CAPÍTULO 15
—Eres una belleza, muchacha —dijo Gillendria, y palmeó las manos—. Sabía que yo podía reformarlo bien, pero es la mujer que luce este vestido.
Sakura estaba de pie ante el espejo, mirándose fijamente no sin un pequeño sobresalto. Gillendria había reformado un vestido que dijo había pertenecido a la madre de Madara, Morganna. Ahora ella lo llevaba encima de sus hombros, sobre una muda de lino más suave. La seda azul medianoche se aferraba a sus pechos, y el cuello ahuecado descubría sus hombros y acentuaba la piel translúcida y las clavículas finas. Abrazaba sus caderas y caía al suelo en un susurro de azul bordado en oro. En su cintura, Gillendria había atado un cinto de oro anudado abajo y del que pendían cientos de lunas y estrellas diminutas. Zapatillas del mismo color en sus pies, y un torque encantador de oro anterior a los tiempos medievales abrazaba su garganta. Un pañuelo bordado fue atado debajo de sus pechos. Gillendria había rizado su pelo, había escogido cuidadosamente los más rosados y los había rizado un poco más firmes que para ponerlos encima de la masa ondulada, ahuecándolos suavemente. Un toque de alguna combinación de raíz, hierbas y flores coloreó de rubí sus labios.
¿Quién era esa mujer en el espejo, luciendo como el pecado?, se preguntó ella. Como Tsumi, enmendó caprichosamente, para incluso admitir que la mujer en el espejo era ahora una compañera adecuada para el laird del castillo. Por una vez, no se maldijo por ser alta, porque en ese vestido su altura agregaba un toque inequívoco de elegancia.
—Eres increíble, Gillendria —suspiró Sakura.
—¿Verdad que lo soy? —contestó Gillendria sin un rastro de arrogancia—. Aunque no he tenido una mujer con su figura perfecta para vestir durante algún tiempo, no he olvidado cómo hacerlo. El laird se sentirá muy complacido.
Sakura estaba muy complacida. No sabía que pudiera lucir así. A los diecisiete, había esperado algún día tener, como Tsunade, una belleza dorada, llamativa, pero el trabajo había ido consumiéndolo todo, mientras se esforzaba en mantener a su madre, y no había dedicado otro pensamiento sobre su propia apariencia en cinco largos años. ¡Su madre estaría encantada! ¡Oh! ¡Mamá!
Se estremeció. ¿Cómo podría olvidarla incluso por un momento?
—¿Tiene frío, milady? —preguntó Gillendria—. Puedo sacar una capa.
—No —dijo Sakura suavemente—. Sólo un escalofrío momentáneo, nada más. Puedes irte ahora, Gillendria. Yo encontraré el camino al gran hall.
Después de que Gillendria saliera, Sakura se hundió en la cama. El Castillo Uchiha era el lugar más adorable que nunca había conocido, y allí estaba ella, con un vestido digno de una princesa, para tomar la cena con un hombre que estaba hecho a la medida de cada uno de sus sueños románticos. Durante unos minutos se había olvidado de Tsunade. Había estado demasiado ocupada experimentando toda la anticipación y la excitación de una mujer que se prepara para una cita especial.
Pero esa no era ninguna cita, y no habría ningún "y vivieron felices...". Su madre la necesitaba desesperadamente, y Sakura estaba haciendo algo que nunca antes se había permitido hacer: no llevaba a cabo sus responsabilidades hacia Tsunade. El fracaso no era una cosa a la que ella estuviera acostumbrada. Siempre podía trabajar más duro, o durante más horas para asegurar, si no el éxito, por lo menos seguridad, comida, y un techo encima de sus cabezas. No tenía ningún derecho de sentir un momento breve de felicidad incluso, se amonestó, hasta que encontrara la botella y estableciera su camino a casa.
¿Y entonces te sentirás feliz, Sakura?, preguntó su corazón suavemente. ¿Cuando lo dejes y vuelvas a casa para sentarte al lado de la cama de tu madre? ¿Cuando ella se haya ido y te quedes sola en el siglo XXI? ¿Serás entonces feliz?
Su resolución para no sentir ningún placer duró toda una hora. Sakura terminó su postre y suspiró satisfecha. Si bien no sabía muchas cosas, había aprendido a apreciar las cosas buenas que se encontraban sembradas entre las malas, y la cena había sido de lo mejor. El hall de las cenas formales era bonito, iluminado por docenas de velas. Estaba caliente, limpia y llena. Por primera vez desde que había llegado al siglo XIV, había comido una comida espléndida. Reconocía que sus comidas en su siglo nunca habían sido de los siete campos del paraíso, pero incluso las grasosas hamburguesas de "Castillo Blanco" se lucían contra la carne dura y el pan pétreo a los que se había acostumbrado allí. Durante las últimas semanas, había desesperado por comer de nuevo una comida decente.
Veinte pies de mesa los separaba, como en las viejas películas, pensó. Y necesitaba los veinte pies entre ella y el señor del Castillo Uchiha. Habían cenado prácticamente en silencio, y él había sido el epítome de un cortés anfitrión. Incluso no le había fruncido el ceño ni una sola vez. De hecho, en varias oportunidades ella lo había atrapado observándola con una mirada de admiración. Su mal genio anterior parecía haberse esfumado sin dejar rastro, y parecía más relajado de lo que alguna vez ella lo viera. Se preguntó qué habría cambiado su humor; quizás iba a guerrear pronto, decidió, lo que los satisfaría a los dos al mismo tiempo. Él conseguiría mantener su descarada imagen de macho dominante, y ella sería libre de revisar el castillo del sótano al techo en busca de la botella, sin miedo de su mirada sagaz. Seguramente él no llevaría semejante valiosa reliquia a la batalla: tendría que dejarla allí, en alguna parte. La idea la hizo sentir positivamente magnánima.
Ella le echó una mirada, sintiéndose segura con la distancia entre ellos, y sonrió.
—Gracias —murmuró.
—¿Por qué, muchacha? —él lamió ociosamente un remolino de espuma de su cuchara.
—Por alimentarme —contestó ella, y se aseguró que nada más el destello de su lengua dando un golpecito en una cuchara no era causa suficiente para que subiera su presión sanguínea.
—Te he alimentado todos los días desde que estás aquí y no me lo has agradecido antes —observó él burlonamente.
—Era porque nunca me alimentaste de esta manera antes —lo observó mientras él lamía un poquito de crema de la punta de su cuchara—. Creo que lo haces a propósito —ella dijo, inquieta. De repente el cuarto cavernoso pareció encogerse y ella se sentía como si estuviera sentada a pulgadas de él, no a más de veinte pies. ¿Y quién había atizado el fuego? Abanicó su rostro con una mano que no traicionó ni el más ligero temblor que estaba sintiendo.
—¿Haciendo qué a propósito? —preguntó él, ausente, y llenó su cuchara con un montón de frambuesas y crema.
—¿Cómo está hecha esta cubierta? —preguntó Sakura, y cambió de tema rápidamente.
—Algo derivado de la manteca. Lo bates con unas paletas o lo agitas en un jarro. Es simplemente crema desnatada de la cima de la leche, mezclada con azúcar y un toque de canela. La espesas cuando la bates y agregas algo dulce. Yo los miraba hacerlo cuando era un muchacho, distrayendo al cocinero y con nadie más en la cocina para poner mis manos en ella.
Crema batida en el siglo XIV, se maravilló Sakura. Se preguntó sobre cuántas cosas de esos "bárbaros" los estudiosos modernos nunca habían discutido. ¿Pero por qué no tendrían ellos tales condimentos? En los pocos días que había estado en el Castillo Uchiha había notado muchas cosas que la sorprendieron. Todo parecía demasiado civilizado.
Ella fijó su mirada en su plato, intentando impedirse a sí misma levantarse de la silla, quitarle a él su cuchara, y darle alguna otra cosa más para lamer. Su dedo. Su labio inferior. El hueco de su columna.
Aunque había tenido poca experiencia con los hombres, era por naturaleza sensual y fantaseaba a menudo. Quizás más que la mayoría, porque había disfrutado muy poco de la sexualidad. Esa noche, con ese guerrero magnífico que cenaba suntuosamente al final de la mesa, su imaginación tomó vuelo.
En su fantasía él caminaba a su extremo de la mesa, capturaba y retenía su mirada con ese magnetismo sutil que poseía. Sus ojos pesadamente entrecerrados implicaban un desafío: ¿Quieres ser una mujer, Sakura? Él tomaba su mano, la levantaba y la besaba, una caricia suave de sus labios, un golpe aterciopelado y rápido de su lengua prometiendo más, que se resbalarían profundamente en su boca cuando sus labios se abrieran en un suspiro. Su fantasía tomó velocidad, para llegar abruptamente a sus manos apoyándola de espaldas en la mesa, quitando el vestido de su cuerpo, dejando caer crema batida en sus pechos y lamiendo la piel húmeda, caliente, con la misma deliberación cuidadosa que él había dedicado a su cuchara. Quizás un golpecito de crema tibia, rica, caería inadvertidamente donde ella se había tocado antes, y con sus labios él habría...
Tragando en seco, ella lo miró.
Él levantó sus ojos de la invención espumosa en su cuchara en el momento preciso en el que ella lo miraba, y sus miradas se entrelazaron por encima de la longitud de la mesa de madera pulida. ¿En dónde dejarías caer crema batida sobre él, Sakura? La respuesta vino con rapidez y convicción aterradoras: por todas partes. Quería explorar su cuerpo, las ondulaciones duras, la piel lisa. Las luces de los candelabros bañaban su piel aceitunada con un color dorado, y su mirada tan oscura parecía combinar perfectamente con su camisa de lino y la tela entretejida de negro y rojo que cubría su pecho. Él estaba hipnotizante.
—¿Estás hambrienta, muchacha? —él lamió su cuchara lánguidamente.
Ella no podía apartar su mirada.
—No. Realmente he comido bastante —respondió.
—Pareces estar mirando mi postre demasiado intensamente. ¿Estás segura de no hay algo más con que desees saciar tu apetito?
¿Además de quitarte la ropa, echarte en la mesa y permitirme pintarte con crema batida, quieres decir?
—No —ella dijo todo lo casualmente que pudo—. Ninguna cosa —lo miró por un momento; él todavía tenía mucho postre. ¿Cómo podría ella usar eso?— realmente —dijo, y se levantó de un salto— estoy agotada y me gustaría retirarme.
Él dejó caer su cuchara y se desplazó rápidamente a su lado.
—Te escoltaré a tus cámaras —murmuró, tomando su brazo y envolviéndolo en el suyo. Sakura se estremeció. El hombre despedía el calor de una pequeña fragua. Su olor la envolvió, débil pero picante. Era una fragancia que ella nunca podría usar: estaba segura de que lo había olido antes, pero no podía deducir dónde. Era definitivamente un aroma único, un perfume por el que los laboratorios modernos habrían matado.
—Puedo caminar absolutamente bien yo sola —dijo ella, y quitó el brazo del suyo.
—Como desees, Sakura —contestó él afablemente. Sus ojos se entrecerraron.
—¿Por qué estás siendo de repente tan agradable conmigo? Pensé que estabas enfadado, que no querías que nos casáramos. Que pensabas que yo era una espía.
Él se encogió de hombros.
—Primero, siempre he sido bastante agradable contigo. Segundo, no tengo ninguna opción más que casarnos, y tercero, casándonos se acabará la desconfianza. Soy un hombre lógico, muchacha. Cuando un guerrero comprende que tiene sólo un curso de acción, hace lo mejor con él. Hacer otra cosa sería tonto. Eso no significa que no tengo todavía muchas preguntas. Planeo aprender todo sobre ti, Sakura —dijo él significativamente—. Pero ya no voy a luchar contra mi situación —no con una parte de ella, agregó silenciosamente. No con mi magia, no con mi lado oscuro, no con mi fidelidad a las reglas. Soy un nuevo hombre, Sakura Iwa, le dijo dentro de su cabeza, en silencio. Y se sentía bien. Nunca antes había aceptado cualquier vestigio de lo que él consideraba su lado oscuro, pero nunca antes había sido tentado así por una mujer para hacerlo. Tenía el presentimiento de que un hombre podría necesitar un poco de magia para cortejar y ganar a Sakura Iwa.
Ascendieron los escalones en silencio. Él sonrió, pensando que finalmente intentaría calmar su lengua acre simplemente siendo tan tierno con ella como habría querido ser desde el principio, pero, reprimido por su juramento y sus reglas, se había resistido. Ella ya no encontraría más resistencia en él.
En la puerta de su cámara, ella se detuvo y se volvió, con la cara levantada. A él le agradó su acción, porque le dijo claramente que ella deseaba su beso.
Y él planeaba darle mucho más que un beso antes de que la noche hubiera terminado.
