CAPÍTULO 16

Sakura esperó, maldiciéndose silenciosamente. Durante el corto paseo hasta su habitación, había pensado en una docena de excusas para escapar de él y huir a su cuarto sola, pero una cosa la había detenido: quería un beso de buenas noches. La cena había sido perfecta, y quería acabarla como en una cita real. Con un beso real.

Por lo que ella lo enfrentó y levantó la boca a la expectativa.

Pero él ni la besó ni la dejó allí. Más bien, la rodeó, alcanzó la puerta, la empujó para abrirla y fácilmente la hizo entrar en el cuarto.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó ella inquieta.

—Pensé simplemente visitarte un rato, muchacha.

—Creo que no es una buena idea —dijo ella—. Puedes desearme las buenas noches ahora —su fantasía estaba demasiado fresca en su mente. Ella quería un simple beso para soñar después, no el hombre entero. No podría manejar al hombre entero.

—¿Por qué? ¿Te hago sentir incómoda, muchacha?

Caminó más lejos en el cuarto y cerró la puerta detrás de él.

—Por supuesto que no —mintió y se alejó rápidamente de él—. ¿Pero me enfureces? Frecuentemente —ella comprendió de repente que estaba paseándose y obligó a sus pies a calmarse—. No veo ninguna razón para que estés en mis cámaras. Vete —ella ondeó su mano ante él.

Madara rió, un retumbar grave.

—Creo que encontrarte en un cuarto conmigo y una cama parece perturbarte.

Sakura fue rápidamente hasta los gordos colchones y se apoyó en ellos, desafiante.

—No, no lo hace. No me molesta en lo más mínimo. Simplemente estoy cansada y me gustaría dormir —ella bostezó muy elocuentemente.

—Realmente un buen bostezo. Una lengua rosa encantadora, a propósito. ¿Recuerdas cómo se siente cuando está contra la mía? Yo no lo he olvidado. Y quiero más.

A pesar de su resolución, ella lo miró, fascinada.

—Quiero tu lengua en mi boca.

Ella apartó su mirada con esfuerzo.

—Y quiero la mía sobre tu cuerpo.

Sakura tragó.

—No estoy interesada —dijo ella débilmente.

—No te mientas a ti misma, Sakura. No me mientas a mí. Me deseas. Puedo sentirlo en el aire entre nosotros. Puedo olerlo.

Sakura no se atrevió a respirar. Albergaba una absurda esperanza que él simplemente se marchara después de declarar esa verdad y no la obligara a confrontar la enormidad de lo que significaba. Ella lo deseaba. Desesperadamente. Las fantasías se atropellaban en su mente, desafiándola a abandonar la inocencia y abrazar su feminidad.

Él se acercó despacio a ella y se sentó en el borde de su cama. Sakura se echó atrás apresuradamente, su espalda apoyada contra la cabecera de la cama, y abrazó una almohada contra su pecho.

—Disfrutas mirándome, ¿no es verdad, Sakura?

Ella disfrutaba haciendo más que mirarlo. Le gustaba sitiarlo con sus besos. Saborear la miel y la sal de su piel.

Con dedos ágiles, él desató los cordones de su camisa de lino y se la sacó por encima de la cabeza. Los músculos en su abdomen se tensaron, las curvas de sus bíceps se flexionaron.

—Entonces mira —dijo él, su voz áspera—. Mira hasta hartarte. ¿Crees que no recuerdo cómo me miraste fijamente en mi baño? —cuando sus hombros anchos fueron revelados, ella agitó su cabeza y sorbió en una respiración.

—¡D-detente! ¿Qué estás haciendo? —exclamó Sakura. Posando al pie de su cama, eran seis pies y siete pulgadas de oscuro, seductor hombre, con músculos ondeados bajo la piel bronceada; un guerrero en todo sentido de la palabra. El fino pelo negro salpicaba su pecho poderoso y los gruesos antebrazos. Un sendero más fino de vello bajaba por su abdomen y se perdía bajo el tartán rojo y negro anudado a su cintura. Único en todo, Madara Uchiha era el hombre más deseable que Sakura hubiera visto alguna vez.

—Úsame, Sakura —animó él suavemente—. Toma lo que quieras —cuando ella no respondió, él dijo—: Nunca has estado con un hombre, ¿verdad?

Sakura alisó la manta, su boca seca. No tenía ninguna intención de discutir eso con él. Mojó sus labios traidores y se espantó cuando ellos se abrieron y dijeron:

—¿Es tan evidente?

—Para mí. Quizás no para otros hombres. ¿Por qué? Eres lo bastante mayor para haber estado con muchos hombres. Eres demasiado bonita para que muchos no lo hayan intentado. ¿No encontraste ninguno que te gustara?

Sakura abrazó la almohada más firmemente. En la escuela secundaria había tenido varios novios, pero siempre le parecían muy inmaduros. Tsunade había dicho que era porque era una hija única acostumbrada a estar rodeada de adultos. Había sospechado que su madre tenía razón.

—¿Te estoy apartando de alguien? ¿Un amante quizás? —un músculo tiró bruscamente en su mandíbula.

—No. No hay nadie.

—Encuentro difícil ese "no", es imposible de creer.

—Confía en mí —dijo Sakura con una risa humilde—. Los hombres no estaban golpeando exactamente a mi puerta —si así hubiera sido, habrían huido poco después de cruzar entrada y descubrir los aprietos financieros y su papel de sirvienta.

—Ah, ¿quizás te tengan miedo, porque eres demasiado mujer?

—No estoy gorda —Sakura se erizó—. Estoy... saludable—replicó defensivamente.

Madara sonrió.

—Así eres tú, pero no es lo que quise decir.

—Bien, tampoco soy demasiado alta. Una giganta no sería demasiado alta para ti —con cinco pies diez, ella había sobrepasado a muchos de los muchachos de su clase hasta los últimos dos años de escuela secundaria.

—No quise decir eso.

—Entonces, ¿qué quisiste decir? —preguntó ella, herida.

—Eres inteligente.

—No, no lo soy —replicó. Algo lista, pero inteligente...

—Sí, lo eres. Fuiste lo bastante inteligente para comprender que sería tonto escapar de mí en Dunnottar, y lo bastante lista para deducir una manera de salir de mis cámaras. Sí, incluso lo bastante intrépida para atreverte a hacerlo. Dime, ¿lees y escribes?

—Sí —interiormente, Sakura estaba ilusionada. Ella era inteligente para el siglo XIV.

—Eres persistente. Tenaz. Determinada. Muy bien. No necesitas a nadie, ¿verdad?

—No he tenido la oportunidad de necesitar a alguien. Todos siempre estaban ocupados necesitándome... —murmuró ella, y entonces se sintió culpable por expresar su más secreto resentimiento.

—Necesítame, Sakura.

Ella escrutó su rostro. ¿Qué lo había cambiado? ¿Por qué estaba actuando de esa manera? Era como si él auténticamente se preocupara y la deseara con sinceridad.

—Necesítame —él repitió firmemente—. Úsame para explorar a la mujer a la que nunca le ha sido dada la oportunidad de vivir. Tómame, necesítame, y satisface toda esa curiosidad que siento arder en ti. Y por Dagda, deja ir a la doncella. ¿Deseas vivir y morir, sin nunca haber conocido la pasión? ¿No habiendo probado lo que te ofrezco? Se valiente. Tómalo —él profirió la última palabra en un tono bajo, masculino.

Tómalo. La palabra permaneció suspendida en su mente.

Casi era como si surgiera más allá de su lengua, imbuida en algún tipo de hechicería. ¿Qué se sentiría tomarlo, como él había dicho, consumida absolutamente, sin culpa o miedo? Tomar porque su sangre lo exigía, porque su cuerpo lo necesitaba. Los labios de Sakura se abrieron cuando meditó sus palabras. Su torso era una inmensa extensión de piel aceitunada que sería aterciopelada al tacto. Sus dedos le dolieron por arrastrarse encima de las duras ondulaciones de su pecho, detenerse encima de sus hombros, curvarse alrededor de su cuello poderoso y arrastrarlo a un beso que la haría olvidarse de dónde empezaba él y acababa ella.

—Pensé que los hombres medievales apreciaban la virginidad. ¿No piensas que es incorrecto que una mujer tenga sus propios deseos y actúe en consecuencia?

—La virginidad es un poco de piel, una membrana, Sakura. Mi primera vez fue hace mucho tiempo y no ha cambiado quién soy en cualquier aspecto. Piensa, no estoy diciendo que debes dar el regalo de hacer el amor a cualquiera. Pero una obsesión con la virginidad es absurda y no sirve a ningún propósito más que para hacer a una mujer rechazar una parte exquisita de su naturaleza. Las mujeres y los hombres tienen los mismos deseos, por lo menos hasta que los sacerdotes llegan y los convencen de que es vergonzoso. Lo que los sacerdotes deberían decir es 'escoge bien'.

—¿Cuántas? —ella lo interrumpió rápidamente. Era una pregunta tonta para hacer. Parecería una adolescente infantil, posesiva. Pero quería saber. Diría algo sobre el hombre. Un hombre que hubiera estado con centenares de mujeres tenía un problema real, en lo que a ella concernía.

—Siete —sus dientes lucieron muy blancos contra su rostro.

—Eso no es mucho. Quiero decir para un hombre, tú sabes —ella agregó apresuradamente.

¿Qué pensaría ella si supiera que él había estado sólo con siete en quinientos años? Miles de veces con esas siete, lo bastante para saber bien cómo agradar a cualquier mujer, pero sólo siete en todo ese tiempo.

—Cada mujer era como un país, rica y exuberante como Escocia, y yo las amé con la misma dedicación y la atención completa que presto a mi patria. Confieso, las primeras no significaron mucho, pero el hombre en mí celebraba así la vida cuando era muy joven. Pero las últimas dos eran mujeres maravillosas, amigas y amantes.

—Entonces, ¿por qué las dejaste?

Una sombra cruzó su hermoso rostro.

—Ellas me dejaron —dijo él suavemente. Muertas. Demasiado jóvenes, en una tierra demasiado áspera.

—¿Por qué?

—Sakura, tócame —él se movió más cerca, lo bastante para que ella pudiera oler el aroma a especias de su piel. Lo bastante para que pudiera sentir el calor que irradiaba su cuerpo y pudiera mezclarse con el calor del suyo. Lo suficiente para que sus labios estuvieran a un suspiro y un "" saliera de los de ella. Tentándola, impulsando su necesidad del instinto básico de supervivencia. Los dedos se extendieron, ella trató de alcanzarlo, pero en el último instante dejó caer su mano y formó un puño en su regazo.

Él estuvo callado por un largo momento.

—No estás lista todavía. Muy bien. Puedo esperar —él se levantó con un movimiento fluido. Cuando se puso de pie, el nudo en su tartán resbaló y el tejido cayó más abajo de sus caderas y le dio un centelleo pecador de lo que ella estaba negándose. Su mirada siguió el sendero negro de pelo que descendía de su ombligo, entonces la dejó caer hasta el vello más espeso que atisbó bajo el tartán. La mirada de él le hizo sentir una pesadez en el estómago, una presión vacía horrible. Si él se movió o el plaid se resbaló, ella nunca lo supo, pero de repente cayó y reveló la gruesa base de su miembro en medio de los oscuros rizos de seda. Ella no podía ver toda la longitud de él, pero eso no fue lo que hizo batir su corazón. Era el grosor de él. Ella nunca podría envolver su mano alrededor... ¿Qué se sentiría al empujarse dentro de ella? Su boca se secó.

Los ojos de Madara brillaron tan apreciativamente como la mirada de ella fija allí.

—Yo podría levantarte y envolver esas largas y encantadoras piernas tuyas alrededor de mi cintura. Resbalarme en lo más profundo, mecerte contra mí y amarte mientras descansas en mis brazos y duermes como un bebé. Pasaré cada noche echado a tu lado y te enseñaré lo que quieras que te enseñe. Puedo sentir lo que quieres de mí. Pero será a tu ritmo, cuando tú escojas. Esperaré tanto como deba. Pero debes saber esto, Sakura: cuando estés al otro lado de la mesa, en la cena la mañana siguiente, en mi mente yo estaré empujándote de espaldas en una cama. En mi fantasía —él se rió, como si lo sorprendiera su propio atrevimiento— estarás descubriéndote con mi cuerpo deseoso. Quién sabe, quizás incluso sitiando al corazón que late dentro de este pecho —él golpeó su pecho con un puño y silenciosamente admitió que ella ya había empezado a hacerlo, aunque él no se habría ofrecido voluntariamente. Pero no necesitaba saber eso. Él anudó el tartán despacio y nunca despegó sus ojos de los de ella.

—Buenas noches, Sakura. Que duermas con los ángeles.

Los ojos le picaron de lágrimas rápidas. Había sido la bendición nocturna de su madre: duerme con los ángeles. Pero entonces él agregó palabras que su madre nunca habría dicho:

—Entonces regresa a la tierra y duerme con tu demonio, que se quemaría en el infierno por una noche en tus brazos.

¡Wow!, era todo lo que su desmadejada mente podría pensar cuando él salió del cuarto.