CAPÍTULO 17

Tres días habían pasado desde su primera cena en el comedor formal. Habían sido setenta y dos horas. Cuatro mil trescientos veinte minutos, y Sakura había sentido cada uno de ellos perdidos para siempre.

Nueve cambios de enfermeras se habrían sucedido en la casa. Nueve comidas habían sido servidas a su madre con comida blanda, estaba segura. Ninguna ciruela madura o albaricoques seleccionados cuidadosamente del mercado en su hora del almuerzo. La enfermedad había cambiado el apetito de Tsunade, y había desarrollado deseo por las frutas.

Sakura se había pasado los días curioseando tan furtivamente como le fue posible, pero había empezado a sospechar que era inútil. No tenía la menor idea dónde buscar la botella. Ella había probado entrar en las cámaras de Madara varias veces durante el día, pero la puerta siempre estaba cerrada con llave. De todas maneras, ella había ido al torreón a la izquierda de esas habitaciones para ver si había alguna manera en que pudiera escalar la pared externa para llegar allí, porque estaba desesperada. Pero sus cámaras estaban en la segunda planta del ala oriental, y había guardias en todo momento en las almenas.

Había pasado las tardes complaciéndose en comidas ofensivamente suntuosas. La noche anterior, el primer plato había sido una mezcla de ciruelas, membrillos, manzanas y peras con romero, albahaca y ruda en una tarta dulce. El segundo plato había sido un pan de carne cortado, el tercero una tortilla de huevos con almendras, pasas de Corinto, miel y azafrán; el cuarto, salmón asado en cebolla y salsa de vino, el quinto, alcachofas llenas con arroz. Hacia el pollo glaseado en miel y bañado en mostaza, romero y piñones, ella había estado revolcándose en la culpa. A la altura de los pasteles de frambuesas con crema batida, se había despreciado a sí misma.

Y cada noche, él había saboreado su postre con la misma sensualidad perezosa que la hacía desear ser una frambuesa o una esponjosa crema. No pudo encontrar ninguna falta en su conducta: había sido un encantador compañero de cena y un anfitrión impecable. Habían charlado; él le había contado sobre los Templarios y su condición, descrito su entrenamiento y exaltado el poder y la fortaleza de las Highlands. Ella había preguntado por sus campesinos, de quienes él parecía saber sorprendentemente poco. Él había preguntado por su siglo y ella, a cambio, le había hecho hablar sobre el suyo. Cuando ella había preguntado por su familia, él había devuelto las preguntas y había preguntado por la suya. Después de unos momentos de evidentes evasiones, se concedieron mutuamente dejar ese tema de lado.

Él parecía dejar aflorar su manera de ser cortés, paciente y agradable. A su vez, ella había sido cuidadosamente reservada y había encontrado una excusa cada noche para levantarse de la mesa después del último plato y refugiarse en su cuarto.

Él permitía el escape, pero al precio de un beso atormentador cada noche en su puerta. No había intentado entrar en sus cámaras de nuevo; ella supo que estaba esperando su invitación, y también que ella estaba peligrosamente cerca de extenderla. Cada noche era más difícil encontrar una razón para no tomar lo que deseaba tan desesperadamente. Después de todo, no era tampoco como si permitiéndole pasar una noche en su cama tuviera el mismo efecto de Persephone comiendo seis semillas en el Averno.

Su problema era doble: no sólo estaba perdiendo un tiempo precioso y sin conseguir ningún resultado en su búsqueda de la botella, sino que estaba empezando a adaptarse de insidiosas pequeñas maneras. Su presencia permanente en el siglo XIV de Escocia parecía estar extrayendo la savia de su resolución. Nunca en su vida había experimentado momentos tan pacíficos, tan llenos de ocio, tan seguros. Nadie dependía de ella, la vida de nadie se derrumbaría si ella se resfriaba y era incapaz de trabajar durante unos pocos días. Ninguna factura estaba pendiendo amenazadora, ninguna manta profunda de oscuridad la abarcaba.

Se sentía como una traidora.

Las facturas la estaban acosando; alguien confiaba en ella. Y ella estaba desvalida de hacer algo al respecto de la maldición hasta que encontrara esa botella.

Suspiró y deseó fervorosamente tener algo que hacer. El trabajo sería catártico; sumergirse en labores físicas era la única manera que ella conocía de alejar los persistentes demonios de su vida. Quizás podría ayudar a una de las sirvientas, entrar en confianza y aprender más sobre el laird y sus costumbres, como tal vez cuáles eran sus cuartos favoritos, donde guardaba sus tesoros.

Brincando de asiento en el alféizar de la ventana del estudio, se marchó determinada a buscar abajo un trabajo para ella.

—¡Gillendria, espera! —Sakura llamó a la apresurada sirvienta en el corredor.

—¿Milady? —Gillendria hizo una pausa y se volvió, sus brazos llenos de sábanas de lino de las camas.

—¿A dónde vas? —preguntó Sakura, interceptándola. Ella extendió sus manos para liberar una porción de la carga de Gillendria—. Aquí, permíteme ayudarte a llevar algunos de estos.

El rostro de la sirvienta estaba medio oculto detrás de la montaña de sábanas, pero lo que Sakura podía ver de él fue transformándose rápidamente en una expresión de horror: sus ojos azules se ensancharon, sus cejas oscuras se elevaron, y su boca se partió en un jadeo.

—¡Milady! Éstos están sucios —exclamó Gillendria.

—Está bien, estás haciendo la colada hoy. Yo puedo ayudar —dijo ella alegremente. Gillendria saltó hacia atrás.

—¡No! ¡El laird me desterraría!

Ella se volvió y echó a correr por el vestíbulo tan rápidamente como pudo bajo el alto montón de sábanas.

Cielos, pensó Sakura, yo sólo estaba intentando ayudar.

Después de buscar una media hora, Sakura encontró la cocina. Era tan espléndida como el resto del castillo, limpia, eficazmente diseñada, y actualmente ocupada por una docena de sirvientes que preparan la comida de la tarde. Zumbando con sus conversaciones, y de vez en cuando interrumpidos por una risa melódica, la cocina se hacía más cómoda por un fuego brillantemente brincando bajo las ollas donde las salsas se cocían a fuego lento y las carnes se asaban. El siseo de las llamas y su fluctuar suave se hilvanaba como jugos rociados sobre los leños.

Ella sonrió y saludó con un alegre hola.

Todas las manos se inmovilizaron: los cuchillos se detuvieron, las escobas dejaron de barrer, los dedos dejaron de amasar, incluso el perro rizado en el suelo cerca del hogar dejó caer su cabeza entre sus patas y lloriqueó. Como uno, los sirvientes se inclinaron en deferencia a su posición.

—Milady —murmuraron nerviosamente.

Sakura estudió la imagen congelada por un momento, golpeada por la insensatez de la situación. ¿Por qué no había anticipado esto? Ella sabía de historia. Nadie en el castillo le permitiría trabajar: ni el personal de la cocina, ni la lavandera, incluso ni las sirvientas que desempolvaban los tapices. Ella era una señora y una señora debía ser cuidada, pero no cuidar.

Pero ella no sabía cómo ser cuidada. Deprimida, masculló una despedida atenta y huyó de la cocina.

Sakura se hundió en una silla frente al hogar en el gran hall y se arrellanó como una niña. Tenía dos cosas con que ocupar a su mente: su madre y Madara, y los dos eran peligrosos, aunque por razones inmensamente diferentes. Estaba considerando limpiar por fuera el hogar y fregar las piedras cuando Madara entró.

Él le echó una mirada.

—Muchacha —la saludó—. ¿Has desayunado?

—Sí —contestó ella con un suspiro abatido.

—¿Qué anda mal? —preguntó él—. Y me refiero a otra cosa que la que es usual que siempre esté mal contigo. Quizás prologaré cada conversación que mantengamos asegurándote que todavía no sé cómo regresarte. Ahora, ¿que te tiene malhumorada tan temprano, en una mañana hermosa de las Highlands?

—El sarcasmo no te sienta —murmuró Sakura.

Él desnudó sus dientes en una sonrisa, y aunque mantuvo su rostro inescrutable, interiormente ella suspiró de placer. Alto, poderoso y absolutamente atractivo, era una visión que una mujer podría acostumbrarse fácilmente a ver por las mañanas. Él llevaba su tartán y una camisa de lino blanca. Su sporran estaba abrochado alrededor de él y acentuaba su cintura esbelta y las musculosas piernas largas. Acababa de afeitarse y un poco de agua brillaba en su mandíbula. Y parecía lo que era: una montaña de masculinidad.

—¿Qué esperas de mí, Madara Uchiha? —preguntó ella irritada. Él estaba muy inmóvil.

—¿Cómo me llamaste?

Sakura dudó y se preguntó si ese hombre arrogante realmente esperaba que ella lo llamara "milord" aun después de lo que él había ofrecido hacía unas noches. Muy bien. Mantendría las cosas impersonales. Sakura se levantó del sillón y se inclinó reverentemente.

—Mi señor —ronroneó.

—El sarcasmo tampoco te sienta a ti. Es la primera vez que oigo mi nombre en tus labios. Como vamos a casarnos, debes usarlo de aquí en adelante. Puedes llamarme Tsumi.

Sakura pestañeó ante su humilde disposición. Pecado. Lo que él era. Y ésa era la magnitud de su problema. Si no fuera tan irresistible, ella no se sentiría tan viva junto a él, y en consecuencia no se sentiría constantemente tan culpable por su madre. Si él hubiera sido un hombre poco atractivo, apagado, tonto, ella se habría sentido miserable todos los minutos del día y habría sido más aceptable. Ella debía ser miserable. Había abandonado a su propia madre, por todos los Cielos. Su espalda se atiesó y se enderezó.

—Quizás debo prologar también cada una de nuestras conversaciones, recordándote que no me casaré contigo. Mi señor.

Una esquina de su boca se tensó.

—Eres de verdad muy posesiva con tu cuota de desafío, ¿no es verdad? ¿Qué harían los hombres en tu tiempo con eso?

Antes de que pudiera contestar, llegó Shisui, entrando en el vestíbulo seguido por Obito.

—Buenos días a todos, y es un día hermoso, ¿eh? —saludó Shisui brillantemente.

Sakura resopló. ¿No podría ser ese guapo Highlander pesimista sólo una vez?

—Madara, Obito estuvo en el pueblo temprano esta mañana, oyendo algunas de las disputas que han tenido lugar en las cortes del feudo.

—¿No se supone que el señor decide eso? —preguntó Sakura acerbamente.

La mirada de Madara cayó sobre ella.

—¿Cómo sabes eso? ¿Y por qué es asunto tuyo?

Sakura pestañeó inocentemente.

—Debo haberlo oído por casualidad en alguna parte. Y simplemente era curiosidad.

—Uno pensaría que podrías aprender a domar esa curiosidad, viendo hasta donde te ha llevado.

—Y mientras Obito estaba en el pueblo —continuó Shisui—, comprendió que los lugareños están esperando tener una celebración.

—No entiendo por qué tú no oyes los casos. ¿No eres el laird? —presionó Sakura—. ¿O estás demasiado ocupado controlando la vida de todos los demás y reflexionando todo el tiempo? —agregó dulcemente. La inactividad estaba destrozando sus nervios, y si no empezaba a ser desagradable con él, terminaría siendo demasiado amable. Su resolución no podría resistir otro postre con él.

La risa de Shisui sacudió las vigas.

—No es asunto tuyo por qué no los oigo —gruñó Madara.

—Está bien. Nada de aquí es asunto mío, ¿no es cierto? ¿Qué esperas que haga? ¿Simplemente sentarme alrededor, no hacer ninguna pregunta, no tener deseos, y ser un trozo de feminidad frágil?

—No podrías ser frágil ni aunque lo intentaras —dijo Madara con un suspiro de resignación.

—Una celebración —dijo Shisui ruidosamente—. Los lugareños están planeando una fiesta.

—¿Sobre qué estás murmurando? —Madara de mala gana retornó su atención a Shisui.

—Si me permitieras completar una frase entera, podrías saberlo —dijo Shisui aburridamente.

—¿Bien? —lo animó Madara—. Tienes mi completa atención.

—Los lugareños desean celebrar tu retorno y la siguiente boda.

—Ninguna celebración —dijo Sakura inmediatamente.

—La idea es muy buena —opuso Madara.

Sakura lo miró como si hubiera perdido el juicio.

—No voy a casarme contigo, ¿recuerdas? No voy a estar aquí.

Los tres guerreros se volvieron para considerarla como que si ella acabara de informarles que le crecerían alas y volaría de regreso a casa.

—No tomaré parte en esto —espetó ella.

—Una celebración podría ser justo lo que necesitas, muchacha —dijo Shisui—. Y tendrás la oportunidad de encontrarte con tu gente.

—Ellos no son mi gente, ni lo serán nunca —dijo Sakura rígidamente—. Yo no estaré aquí —con eso ella se volvió y huyó hacia los escalones.

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Pero se encontró con que no podía apartarse mucho tiempo. Furtivamente, se arrastró hasta la cima de las escaleras, fascinada por los eventos que se desarrollaban debajo.

Estaban planeando su boda, lo que era bastante para hacer vacilar su resolución.

Allí estaban ellos, reunidos alrededor de la mesa en el gran hall, y el dominante pero irresistiblemente sexy pedazo de laird de las Highlands tenía sus manos enterradas en una tela.

—No. No es lo bastante suave. Gillendria, ve y saca las sedas guardadas en el cuarto de los tapices. Neji me dio algo que debe lucir mejor. Tráeme el rollo de seda y oro.

Shisui se apoyó atrás en su silla, sus brazos flexionados detrás de la cabeza y las botas en la mesa. Las patas delanteras de su silla subieron unas pulgadas precariamente sobre el suelo, antes de caer con un golpe cuando Obito dio un puntapié a la espalda de la silla.

—¿Qué anda mal contigo, Obito? —se quejó Shisui.

—Saca tus pies de la mesa —lo reprendió Obito—. Están sucios.

—Déjalo, Obito. La mesa puede limpiarse —dijo Madara ausente, tocando una lana azul pálida y desechándola con una sacudida de su cabeza.

Shisui y Obito miraban a Madara como si hubiera perdido el juicio.

—¿A dónde hemos llegado? ¿Barro en la mesa? ¿Tú eligiendo telas? ¿Significa esto que hacerlo en la cocina es ahora aceptable, también? —preguntó Shisui, incrédulo.

—Lejos de mí regular tu actividad —dijo Madara ligeramente y alzó un pliegue de terciopelo carmesí.

Obito selló la boca de Shisui, cerrándola con un dedo bajo su barbilla.

—Pensé que odiabas los regalos que Neji te trajo, Madara —recordó Obito al laird.

Madara echó un lino rosa pálido a un lado.

—Sólo colores vibrantes para la muchacha —les dijo a las sirvientas—. Excepto quizás el lavanda —él echó una mirada a la costurera que permanecía cerca de su silla—
. ¿Tienes cualquier cosa lavanda?

En la cima de los escalones, Sakura se ruborizó. Él estaba recordando su sostén y sus bragas, obviamente. El pensamiento envió una ola de calor a través de ella. Pero entonces sus cejas se unieron: ¿Quién era Neji y por qué traía regalos, y por qué los odiaba Madara? Agitó la cabeza y lo miró escoger entre las telas extendidas en la mesa. Una media docena de mujeres se amontonaron alrededor de Madara y recogieron los tejidos que él había aprobado.

—Una capa de terciopelo —dijo él—, con piel negra al borde de la capucha y los puños. Mis colores —agregó limpiamente.

Sakura se heló, desequilibrada por la nota posesiva en su voz. Mis colores, él había dicho, pero ella le oyó claramente decir, mi mujer.

Y la había estremecido.

Retrocedió rápidamente y se agachó en una esquina apoyándose contra la pared, su corazón golpeando.

¿Qué estaba haciendo?

¡Había estado de pie a la cima de unas escaleras en el siglo XIV, mirándolo elegir telas para su vestido de bodas!

Santo Dios, estaba perdiéndose completamente. Su presencia en ese presente la incitaba, tan rico y excitante, a que sus lazos con su vida real se corroyeran, minando su determinación para volver con su madre.

Se hundió en el suelo, cerró los ojos y se obligó a pensar en Tsunade, imaginar lo que ella estaba haciendo, cuán gravemente enferma estaba, cuán sola. Sakura permaneció acurrucada en el suelo, forzándose a sí misma brutalmente a regresar a la realidad hasta que sintió las lágrimas arder en sus ojos.

Y entonces se levantó, determinada a tomar el control de las cosas de una vez por todas.