CAPÍTULO 18

Sakura presionó su espalda contra el profundo arco de piedra de la puerta y apenas se atrevió a respirar. Sus pies estaban dormidos y tenía calambres por acurrucarse en el suelo helado. Presionó sus dedos alrededor de la empuñadura del cuchillo que había hurtado de la cocina. Era una hoja letal, afilada como una navaja de afeitar, tan ancha como su palma y por lo menos de doce pulgadas de largo. Serviría para demostrar su punto muy bien. Había terminado el asunto de esperar el momento y de intentar encontrar la botella pacientemente. Ella iba a volver al futuro ahora.

Verlo planear su vestido de bodas había sido la gota que había derramado el vaso: Madara aceptaba que ella iba a estar para siempre allí, y lo que era peor, ella había empezado a aceptarlo también. Ocultando el cuchillo en los pliegues de su vestido, Sakura se había deslizado al segundo piso y se había escondido en las sombras de una diagonal de la puerta de las cámaras de Madara, esperando que entrara a cambiarse para la cena, como lo hacía todas las noches. La joven concedió que si no hubiera tenido una madre enferma, podría haber disfrutado muchísimo esa experiencia. En su siglo, no había ningún hombre que podría siquiera empezar a compararse al esplendor masculino de Madara Uchiha. Pero Tsunade la necesitaba y siempre estaría en primer lugar.

La escalera crujió débilmente y ella se tensó. Atisbando a la vuelta de la esquina de la puerta, vislumbró a Madara caminando silenciosamente desde el vestíbulo. Para ser un hombre tan grande, se movía por cierto quedamente. En un instante, su espalda estaba frente a ella. Él insertó la llave en la cerradura y ella comprendió que ese era el momento. Obtendría la botella, no importaba la manera de conseguirla. No más la Sakura pasiva, turbada, susceptible a la seducción.

Ella surgió de su escondite, presionó la punta de la hoja en la espalda de Madara, directamente a la altura de su corazón, y ordenó:

—Muévete. Hacia la puerta. Ahora.

Poniendo la otra mano en su espalda, ella lo empujó hacia adelante. Su columna estaba rígida bajo su palma.

—He dicho ahora. Entra al cuarto.

Madara abrió la puerta con un puntapié y entró en la cámara.

—Detente —pidió ella—. No te vuelvas.

—Te vi espiarnos en el gran hall, muchacha —dijo él suavemente—. Si no te gusta la seda dorada, no necesitas ponerte tan melindrosa sobre eso. Puedes seleccionar tu propio vestido. No era mi intención ofenderte con mi elección.

—No seas obtuso. Sabes que no es sobre eso que estoy disgustada —siseó ella—. La botella, Uchiha. Ahora. Búscala —ella presionó la punta de la hoja más duro contra su espalda para ilustrar su resolución, y se mordió un poco su labio cuando una gota de sangre floreció debajo de su paletilla y se extendió en el lino blanco de su camisa. Deseó desesperadamente poder ver su rostro. ¿Estaba oscuro de furia? ¿Se divertía él con su tenacidad, o infravaloraba su alocada resolución?

Él suspiró pesadamente.

—¿Para qué propósito deseas mi frasco? ¿Eres tú en verdad la traidora que temíamos?

—¡No! Yo quiero ir a casa. No quiero tu botella, sólo la necesito para regresar.

—¿Crees todavía que la botella te regresará?

—Me trajo aquí.

—Ya te he explicado que...

—Todo lo que me has dicho es que ese no es el poder de la botella, pero no me dices lo que puede hacer. ¿Esperas que confíe en tu palabra? ¿Por qué debería hacerlo?

—Yo no te mentiría, Sakura. Pero veo que no me creerás. Si hubiera sabido que todavía albergabas esa esperanza tonta, te habría desengañado antes —él se volvió tan rápidamente que ella trastabilló, pero se recuperó y lo pinchó con la punta del cuchillo en el pecho. Más sangre floreció cuando la hoja letalmente afilada traspasó su camisa como si fuera manteca.

—Cuidado con esa cosa, muchacha. A menos que te agrade estropear mis camisas.

—No te muevas y no tendré que cortarte —espetó ella.

Él dejó caer sus manos a los lados.

—Debo moverme para traer la botella.

—Te seguiré.

—No, no lo harás. No irás hasta mi refugio.

—Yo soy quien tiene el cuchillo —le recordó Sakura—. Y ahora mismo está sobre tu corazón.

Si él se había movido, ella no lo vio. Todo lo que ella supo fue que en un momento tenía el cuchillo contra su pecho, y al siguiente ya no estaba.

Ella pestañeó e intentó volver a enfocar el cuarto. La hoja estaba apoyada contra su propia garganta.

Sus ojos brillaron con asombro y jadeó.

—¿Cómo hiciste eso?

—Tú no puedes controlarme, muchacha. Nadie puede —dijo él fatigadamente—. Lo que te doy, es porque escojo dártelo. Y, Sakura, yo escogería darte todo, si me lo permitieras.

—Entonces dame la botella —exigió la muchacha, ignorando el metal frío en su cuello.

—¿Por qué la buscas? ¿Por qué deseas volver? Ya te he dicho que me casaré contigo y cuidaré de ti. Estoy ofreciéndote mi casa.

Un gemido de frustración se escapó de su garganta. Nada estaba funcionando como ella lo había planeado. Él la había desarmado tan fácilmente, despojándola del control. Estoy ofreciéndote mi casa, había dicho, y una parte traicionera de ella estaba profundamente tentada por esa oferta. Estaba haciéndolo de nuevo, estaba vacilando. Lo miró, un brillo de lágrimas nublando su visión.

A la vista de sus lágrimas, él echó el cuchillo a la cama, donde aterrizó con un porrazo suave. Atrayéndola a sus brazos, él acarició su pelo tiernamente.

—Dime, muchacha, ¿qué sucede? ¿Qué es lo que te hace llorar?

Sakura se zafó de su abrazo. Gruñendo de frustración, empezó a caminar entre él y la puerta.

—¿Dónde está mi gorra del béisbol, de todas maneras? ¿Tenías que llevarte eso también?

Él ladeó la cabeza.

—¿Tu gorra de pelota base? —repitió torpemente.

—Mi.. —¿cómo la había llamado él?— el gorro.

Él se movió a un baúl bajo una ventana, alzó la tapa, y recuperó su ropa. Se habían plegado sus pantalones vaqueros y su camiseta pulcramente, y encima de ellos estaba su gorra.

Ella brincó hacia él y lo cogió avariciosamente de su mano y lo asió contra su pecho. Parecía haber pasado una vida entera desde que ella y su padre se habían sentado en la tercera fila, en los asientos azules, directamente detrás de la base del home. Se habían reído y habían gritado a los jugadores de béisbol, bebiendo refrescos y comiendo perritos calientes con mostaza picante. Ella había decidido ese mismo día que se casaría sólo con un hombre como su padre. Encantador, inteligente, con un sentido fabuloso del humor, tierno, y que siempre tenía tiempo para su familia.

Y después había encontrado a este guerrero capaz, poderoso, y en su sombra el real Jiraiya Iwa había entrado en el enfoque que le correspondía. Y ella tenía sentimientos reales hacia él.

Estaba enfadada con su padre. Enfadada con su irresponsabilidad: su fracaso para tener el automóvil reparado, no sacar un seguro de vida, no llevar una adecuada cobertura para el automóvil, no planear un futuro más allá de su presente. De tantas maneras su padre había sido un niño anormalmente crecido, no importaba cuán encantador había sido. Pero Madara Uchiha siempre planearía el futuro de su familia. Si él se casara, mantendría a salvo a su esposa y los niños, no importaba el costo. Madara Uchiha tomaba precauciones, controlaba su ambiente, y construía una fortaleza impenetrable para aquéllos que él llamaba suyos.

—Habla conmigo, muchacha.

Sakura se arrastró fuera de sus pensamientos amargos.

—Si me dices que por qué buscas volver tan desesperadamente, yo te traeré la botella. ¿Es un hombre? —preguntó él cautelosamente—. Creí que me dijiste que no ha habido ningún otro.

La tensión que había burbujeado en las venas de Sakura mientras se había sentado en la puerta, había asido el cuchillo y había esperado por él, se disipó de repente. Se reprendió por su tontería: debía haber previsto que la fuerza no resultaría con ese hombre.

La primera razón por la que se había negado a discutir de Tsunade con él, era que no había querido parecer una estúpida, empezar a hablar y terminar llorando abiertamente ante el impasible guerrero. Pero sus emociones ya no estaban bajo control, y la necesidad de hablar la consumía, la necesidad de tener alguien en quien confiar, confiar en él... Sus defensas la abandonaron y la dejaron desnuda y expuesta. Ella se hundió en el suelo.

—No. No es nada así. Es mi madre —susurró.

—¿Tu madre qué? —presionó él suavemente y se sentó a su lado.

—Ella aaagoniza —dijo Sakura. Dejó caer su cabeza y creó una cortina con su pelo.

—¿Está muriendo?

—Sí —ella hizo una respiración profunda—. Yo soy todo lo que le queda, Madara. Está enferma y no vivirá mucho más tiempo. Yo estaba cuidando de ella, alimentándola, trabajando para apoyarnos. Ahora ella está completamente sola —una vez las palabras habían empezado a salir, empezaron a hilarse más fácilmente. Quizá él se preocupara lo bastante para ayudarla. Quizá si ella le dijera todo, él encontraría una manera de regresarla.

—Sufrió hace cinco años un choque de automóviles. Todos nosotros estábamos. Mi papá murió en él —ella acarició la gorra de béisbol amorosamente—. Él me compró esto una semana antes del choque —una sonrisa agridulce cruzó su rostro al recordar—. Los Reds ganaron ese día, y después fuimos a cenar con mi madre, y es la última vez que recuerdo haber estado todos juntos salvo el día del choque. Es mi último recuerdo bueno. Después de eso, todo lo que veo es el choque, trozos aplastados, piezas de un Mercedes azul cubiertas con sangre y...

Madara hizo una mueca de dolor. Poniendo un dedo bajo su barbilla, la obligó a que lo mirara.

—Och, muchacha —susurró. Siguió el rastro de sus lágrimas con su dedo pulgar, sus ojos reflejando su pesar.

Sakura se sentía aliviada por su compasión. Nunca había hablado en alto de eso, ni siquiera con Karin, aunque su mejor amiga había intentado muchas veces conseguir que le hablara. Estaba descubriendo que no era tan difícil confiar en él como había temido.

—Mamá quedó lisiada en el choque de automóvil.

—¿Choque de automóvil? —preguntó él suavemente.

Ella se esforzó en explicarle.

—Máquinas. El Mercedes era un automóvil. En mi tiempo nosotros no montamos caballos, tenemos metal —ella buscó una palabra con la que él pudiera relacionarlos— carruajes que nos llevan. Rápido, a veces demasiado rápidamente. El neumático... er... la rueda del carruaje explotó y nosotros chocamos contra otras máquinas. Papá quedó aplastado detrás de la rueda que lo dirigía y murió al instante —Sakura apagó una respiración e hizo una pausa por un momento—. Cuando me dejaron salir del hospital, encontré un trabajo tan rápidamente como pude, y después un segundo empleo para cuidar de mi madre y de mí y pagar las facturas. Nosotros perdimos todo —susurró—. Era horrible. No pudimos pagar los juicios, por lo que tomaron nuestra casa y todo lo que teníamos. Y yo lo acepté como había aceptado que así sería mi vida, hasta que me trajiste aquí, sacándome del medio de algo que tengo que terminar. Mi madre tiene cáncer y sólo un corto tiempo de vida. Nadie está allí alimentándola, pagando las facturas, o sosteniendo su mano.

Madara tragó. Él no podía interpretar mucho de lo que Sakura había dicho, pero entendió que su madre estaba muriendo y ella había estado intentando cuidar de todo por mucho tiempo.

—¿Está completamente sola? ¿No hay ningún otro de tu clan vivo?

Sakura agitó su cabeza.

—Las familias en mi tiempo no son como las de aquí. Los padres de mi padre murieron hace tiempo, y mi madre fue adoptada. Ahora sólo está mamá, y yo estoy atrapada aquí.

—Och, muchacha —él la atrajo a sus brazos.

—No intentes confortarme —gritó ella y empujó su pecho—. Es culpa mía. Yo soy la que tenía que trabajar en un museo. Yo soy la que tenía que tocar esa condenada botella. Yo soy la egoísta.

Madara dejó caer sus manos y expelió una respiración frustrada. No había un solo hueso egoísta en su cuerpo, pero ella todavía estaba censurándose, reprochándose por todo. Él la miró desvalidamente cuando ella se meció de un lado a otro, envolviéndose con sus propios brazos en una postura profundamente afligida que él había visto demasiadas veces en su vida.

—¿No has tenido allí a nadie alguna vez para confortarte como tú a ellos? —preguntó severamente él—. Llevaste el peso de todo tú sola. Eso es insostenible. Eso es para lo que sirve un marido —murmuró.

—Yo no tengo uno.

—Bien, lo tienes ahora —dijo él—. Permíteme ser lo bastante fuerte para los dos. Puedo hacerlo, lo sabes.

Ella limpió enojadamente sus lágrimas con el revés de su mano.

—No puedo. ¿Ahora ves por qué debo volver? ¿Me darás por favor la botella, por el amor de Dios? Cuando estábamos en Dunnottar me prometiste que si había una manera para mí de volver, me ayudarías. ¿Fue algo que dijiste para aplacarme simplemente? ¿Debo rogarte? ¿Eso es lo que quieres?

—No, muchacha —dijo él violentamente—. Nunca necesitaré eso de ti. Te daré la botella, pero debo recogerla. Está en un lugar seguro. ¿Confiarás en mí? ¿Irás a tus cámaras y me esperarás allí?

Sakura contempló su rostro frenéticamente.

—¿La traerás realmente? —susurró.

—Sí. Sakura, yo te traería las estrellas si con eso cesaran tus lágrimas. Yo no sabía. No conocía nada de esto. Tú no me lo dijiste.

—Nunca preguntaste.

Madara frunció el ceño cuando se dio de puntapiés mentalmente. Ella tenía razón. No lo había hecho. Ni una vez había dicho, Perdóname, muchacha, ¿pero estabas haciendo algo cuando yo te saqué fuera de tu tiempo con mi maldición? ¿Estabas casada? ¿Tenías niños? ¿Una madre agonizante que contaba contigo, quizás?

Él la ayudó a levantarse, pero en el momento que ella recuperó el equilibrio, Sakura se deshizo de la mano que la sujetaba.

—¿Cuánto tiempo te llevará recuperarla?

—Un tiempo corto, un cuarto de hora, no más.

—Si no vienes a mí, volveré con un cuchillo más grande.

—No necesitarás un cuchillo, muchacha —le aseguró—. Yo te la traeré.

Ella salió silenciosamente y se llevó con ella una parte de su corazón al franquear la puerta.

.

.
.

Madara abrió su cámara secreta y rígidamente recuperó la botella del compartimiento oculto en el suelo de piedra. Nunca se le había ocurrido que ella había tenido una vida completa en su tiempo; él había sido tan egoísta que no le había preguntado nunca de dónde él se la había llevado. La había visto únicamente como a Sakura, orgullosa, tenaz, sensual, como si ella no hubiera vivido en ninguna parte ante de llegar a él, pero ahora entendía claramente. Ella había sacrificado la mayor parte de sus años de adulta en cuidar de su madre y había llevado cargas bajo las que un laird se tambalearía, y protegía el único clan que le había quedado. Eso explicaba mucho: su resistencia a la adaptación, sus continuos intentos de investigar su castillo, su renuencia ilógica a perder el interés en la botella como una manera de regresar a casa. Sabía que Sakura era una mujer inteligente, y sospechaba que en lo más profundo de ella, comprendía que la botella no la regresaría, pero que si perdiera el interés formalmente en la botella, no tendría esperanza. Las personas a menudo se asían a la esperanza irracional para evitar la desesperación.

Su corazón sangraba por ella, porque sabía que el único hombre que podría regresarla querría verla muerta primero. Por primera vez en su vida, estaba furioso consigo mismo por negarse a aprender las cosas que Neji tan a menudo se había ofrecido a enseñarle.

Ven a entrenarte con mi gente, lo había tentado Neji en numerosas ocasiones. Permíteme enseñarte las artes de las hadas. Permíteme mostrarte los mundos que podrías explorar.

Nunca, había contestado Madara con desdén. Yo nunca me volveré como tú.

Pero la magia está dentro de ti

Nunca lo aceptaré.

Sin embargo, ahora él habría dado cualquier cosa por el arte de manejar el tiempo. Algo que Neji quería por sobre todo.

Él enderezó sus hombros, cerró la cámara oculta, y fue a la puerta. ¿Cómo podía haber estado tan deslumbrado como para no comprender que ella había tenido una vida y la había perdido? ¿Cómo podía haber pensado alguna vez que era mentirosa? La imagen de ella con los grandes ojos verdes brillando débilmente con lágrimas cuando lo había mirado fijamente y se había negado a su consuelo, porque evidentemente nunca se lo habían dado y no sabía cómo aceptarlo, ardería para siempre en su mente.

Él tenía un camino difícil para caminar ahora con ella. Se presionó los ojos cerrados por un momento, sabiendo que al descubrir la verdad, ella sabría que estaba atrapada para siempre. Con un suspiro profundo, dejó sus habitaciones.

—Muchacha —dijo él suavemente.

Miró a Sakura cuando entró en el cuarto. Estaba acurrucada en el centro de su cama, su rostro pálido manchado de lágrimas. Él buscó en su sporran y se acercó despacio a su lado, haciendo un camino que estaba renuente a completar.

—Levántate, querida —dijo quedamente.

Sakura se levantó rápidamente.

Él le ofreció la botella.

—La trajiste —susurró la joven.

—Te dije que lo haría. Debí hacerlo antes. Sabía que lo querías; vi la mirada de tu rostro cuando estábamos alejándonos de Dunnottar y lo vislumbraste entre mis cosas.

—¿Puedes leerme tan fácilmente?

—No siempre. A veces no puedo leerte en absoluto, pero esa noche pude. Habías estado llorando.

—Yo no estaba llorando... Yo casi nunca lloro. Sólo lloré ahora porque estoy tan frustrada...

—Mis disculpas si había estado lloviendo —se corrigió él rápidamente, protegiendo su orgullo. Su corazón estaba enternecido: ella se avergonzaba por sus lágrimas. No había vergüenza en llorar. Él había visto sus mejillas mojadas varias noches durante el viaje, pero habían sido lágrimas calladas, y él había asumido que eran parte de su aceptación y nunca sospechó que estaba afligida por su madre. Estaba asombrado de que ella no hubiera llorado abiertamente antes de ese día. Pero era fuerte y resistente, y eso le dio esperanzas de que se recuperara con el tiempo.

—Esa noche estaba lloviendo —ella estuvo de acuerdo—. Sigue.

—Vislumbraste la botella cuando saqué un plaid extra. Para protegerte de la lluvia —bromeó, esperando distraerla de su humor sombrío.

Ella arqueó una ceja, pero sus ojos estaban tristes, llenos de lágrimas no derramadas.

Él suspiró y continuó.

—Y vi la esperanza en tus ojos, una esperanza que estaba centrada en mi botella. Yo sabía que no podría regresarte, por lo que olvidé el pensamiento, pero debí haber comprendido que tú necesitarías demostrarte por ti misma que no funcionaría —él dijo suavemente.

—Dámelo —exigió ella.

A él le aterraba eso, temía el momento en que vería en los encantadores ojos verdes la certeza inexorable de que nunca podría regresar. Él observó la botella color de plata brillando débilmente en silencio.

Ella se acercó.

—¿Cómo funciona? —susurró.

—No lo hace —susurró él a su vez—. Tú sólo piensas que lo hace.

Sus dedos cerraron alrededor de la botella. Él la contempló cuando ella envolvió su mano reverentemente alrededor del objeto. Envolvió ambas manos alrededor de él, hizo algo cómico con sus pies, y cerró sus ojos. Ella murmuró suavemente.

—¿Qué estás diciendo?

—No hay ningún lugar como el hogar.

Las palabras eran mitad masculladas, pero dolorosamente claras en sus oídos. Él hizo una mueca de dolor. No había ningún lugar así, como el hogar; estuvo de acuerdo silenciosamente, y él haría su mejor esfuerzo para hacer que ella se sintiera como en su hogar, ya que él había sido quien la había desterrado involuntariamente con su maldición irreflexiva.

—Lo siento muchísimo, muchacha —dijo suavemente, su tono ronco por la emoción.

Ella no abrió sus ojos, negándose a moverse. Finalmente fue hasta la cama y se sentó en ella sosteniendo fuertemente la botella. Parecía estar recitando mentalmente cada oración o rima que alguna vez aprendiera. Después de un largo tiempo, se levantó y se detuvo ante el fuego.

Estuvo de pie así, inmóvil, asiendo la botella, tanto tiempo que él finalmente se hundió en una silla a su lado. Cuánto tiempo pasaría entonces, él no tuvo ni idea, pero no se movería una pulgada hasta que ella lo aceptara, y entonces él estaría allí para arroparla con el abrigo de su cuerpo.

La noche había descendido plenamente cuando ella se volvió finalmente, mucho después de la hora de la cena. Su pelo brillaba débilmente a la luz del fuego, su rostro estaba ceniciento, y sus pestañas lucían oscuras contra su piel pálida. Él maldijo cuando una lágrima resbaló por su mejilla.

Cuando abrió sus ojos por fin, él vio dolor en las brillantes profundidades verdes. El rechazo y la aceptación batallaban en sus expresivas facciones, y la aceptación fue la vencedora brutal. Ella había sostenido la botella, había realizado cualquier ritual en el que creyera, y había experimentado la derrota indiscutible.

—No funcionó —dijo con una voz pequeña.

—Och, muchacha —respondió él con un suspiro, desvalido para aliviar su sufrimiento.

Ella empezó a tocar nerviosamente el tapón de la botella.

—¿Qué estás haciendo? —tronó Madara, medio levantándose de la silla, preparado para arrebatar la botella de su mano.

—¿Quizás si bebo esto? —dijo ella vacilantemente.

—Nunca, muchacha —replicó él, su cutis aceitunado palideciendo—. Confía en mí, no deseas hacer algo tan tonto.

—¿Qué hay en él? —ella abrió la boca, claramente herida por su reacción.

—Sakura, lo que está en esa botella no sólo no te regresará a casa, sino que sería la más pura visión del infierno para ti. Yo no te mentiría. Es un veneno del origen más vil.

Él no necesitó decir más para convencerla. Podía ver su aceptación de que no sólo no la haría retornar a casa, sino que podría matarla o hacerla desear estar muerta. Comprendió que Sakura, tan sensata como era, había reconocido ahora que había estado aferrándose a una esperanza imposible y no lo haría de nuevo. Si él dijera que no funcionaría, eso era bastante. Confiando en ella, él había ganado su confianza.

Ella sorbió y, para su evidente mortificación, otra lágrima se deslizó por su rostro. Dejó caer su cabeza adelante para esconderse tras su pelo, de la manera que él había notado que hacía cuando estaba incómoda o avergonzada.

Madara se acercó rápidamente, pensando recoger la lágrima en su dedo y besarla, como la besaría hasta alejar toda su pena y su miedo, y asegurarle que no permitiría que ningún dolor volviera a tocarla y dedicaría su vida en hacer cosas para ella; pero Sakura dejó caer la botella en la mesa y se volvió rápidamente.

—Por favor, déjame sola —dijo, rechazándolo.

—Permíteme consolarte, Sakura —rogó él.

—Déjame sola.

Por primera vez en su vida, Madara se sentía absolutamente desvalido. Permítele lamentarse, decía su corazón. Ella necesitaría hacer su duelo, llorar, al descubrir que el hecho de que la botella no funcionara era equivalente a bajar a su madre a una tumba solitaria. Ella lloraría a su madre como si en verdad hubiera muerto ese mismo día. Dios me perdone, él oró. No sabía lo que estaba haciendo cuando maldije esa botella.

Él recogió la botella de la mesa, la envolvió en su sporran, y dejó el cuarto.

Y eso era todo, admitió Sakura, acurrucándose en la cama y tirando firmemente las cortinas. En su nido cómodo todo que le faltaba eran Tigger y el hombro de su madre para llorar, pero esos consuelos nunca serían de nuevo suyos. Mientras no había probado la botella, había podido fijar todas sus esperanzas en ella. Se había sorprendido por la reacción de Madara a su confesión; había vislumbrado una humedad parecida en sus ojos.

Te estás enamorando, Sakura, su corazón dijo suavemente, y no sólo de un país.

Está bien, ella dijo a su corazón acerbamente, porque por lo que parece es todo lo que tengo, ahora y para siempre.

Echó una mirada alrededor de la cama encortinada y se acurrucó más profundamente en las mantas. El fuego calentaba la habitación, y había una botella de sidra en la cabecera de la cama. Cuando tomó un profundo trago y saboreó el sabor picante de fruta, cedió ante su pesar. Su madre se moriría sola y no había nada que Sakura pudiera hacer para prevenirla. Bebió y lloró hasta que estuvo demasiado exhausta para hacer más que acurrucarse sobre sí misma y resbalar en el manso, narcótico olvido del sueño también.

Todo lo que quería era sostener su mano cuando muriera, fue su último pensamiento antes de soñar.

Madara Uchiha estaba de pie al lado de la cama, vigilando el sueño de Sakura. Abrió las cortinas de la cama y se acercó, dejando caer su mano para tocar su cabello ligeramente. Acurrucada de lado, ella había plegado ambas manos bajo una mejilla, como una niña. La roja mancha de su gorra de baseball, que él recordaba haber aplastado entre sus manos, y un plaid con el que había hecho una pila eran una suerte de almohada. Había llorado hasta dormirse, y parecía como si hubiera luchado una batalla perdedora con sus mantas. Suavemente, él desanudó el plaid lejos de su cuello que para que no se estrangulara con él, y enderezó el tejido torcido sobre sus piernas. Ella suspiró y se acurrucó más profundamente en el colchón suave. Quitando el odre anidado cerca, hizo una mueca de dolor cuando descubrió que estaba vacío, aunque entendía lo que la había llevado a beberlo.

Ella había estado buscando olvido, una búsqueda que él mismo había emprendido una vez o dos.

Estaba perdida. Lejos de su casa. Abandonada en medio de un siglo que posiblemente no podía entender.

Y era su culpa.

Él se casaría con ella, la ayudaría a adaptarse, protegiéndola del descubrimiento y de todo, protegiéndola de Neji Hyūga. De una manera u otra, se prometió firmemente, la haría sonreír de nuevo y ganaría su corazón. Ella era toda Brude y más. Su madre habría amado a esa mujer.

—Duerme con los ángeles, mi reina Brude —él dijo suavemente—. Pero regresa. Este demonio te necesita como nunca necesitó algo antes.

Cuando él se volvió para salir, le dirigió una última mirada encima de su hombro. Una sonrisa débil encorvó sus labios cuando recordó su fascinación con la crema batida. Esperaba que un día ella confiara en él, deseándolo lo bastante para permitirle tomar su cucharada de crema batida, arrastrarlo por su cuerpo encantador, y quitarle la confección dulce con su lengua.

Él la sanaría. Con su amor.

Y él nunca dejaría morir una promesa ante ella.

—¿Qué sucede? —preguntó Obito, dirigiendo una mirada a la expresión austera de Madara cuando él entró en el gran hall.

El laird se dejó caer pesadamente en una silla, recogió una botella de sidra y la dio vueltas ausentemente en sus manos.

—¿Es Sakura? —preguntó Shisui rápidamente—. ¿Qué pasó? Pensaba que ustedes dos estaban... acercándose.

—Le di la botella —gruñó Madara, escasamente inteligible.

—¿Que tú qué? —rugió Obito y brincó de la silla—. ¿La hiciste como tú?

—No —Madara ondeó una mano impaciente—. Nunca haría eso. Se la di simplemente para que pudiera ver que no la regresaría a su casa —él hizo una pausa, entonces levantó sus ojos del suelo—. Averigüé por qué ella quiere volver tan desesperadamente —dijo. Entonces, lentamente, les dijo lo que Sakura le había confiado.

—Och, Cristo —dijo Shisui cuando él terminó—. Esto es un embrollo. ¿No puedes regresarla? Es su madre.

Obito murmuró su acuerdo.

Madara se encogió de hombros y extendió sus manos en un gesto desvalido.

—No sé cómo. La única criatura que sabe cómo es Neji.

—Y Neji la mataría —terminó Shisui amargamente.

—Sí.

Shisui agitó la cabeza.

—Nunca lo supe. Ella me dijo que una mujer dependía de ella, pero no me dijo más.

—¿Ella te lo dijo? —espetó Madara.

—Sí.

Los labios de Madara se estiraron amargamente.

—Bien, aquí estoy yo ofreciéndome a ser su marido y ella no me dijo tanto.

—¿Preguntas alguna vez? —dijo Obito suavemente.

Madara murmuró una maldición, destapó el vino, y empezó a beber.