CAPÍTULO 21
Neji cernió los granos del tiempo y se lanzó a través de ellos a la isla de Morar. Se relajaría allí durante un día o algo así, ponderando los progresos, estudiando los potenciales, y determinando dónde sus gentiles empujones podrían ser requeridos. Las cosas estaban progresando bien, y no tenía ninguna intención de que se echara a perder habiendo llegado tan lejos. Había experimentado un poco de preocupación durante el tiempo que ella había permanecido en sus cámaras y había sufrido, pero la muchacha había demostrado ser tan fuerte como había sospechado y había surgido lista para el amor.
Y cuán encantadora había estado en su baño, reflexionó con una sonrisa.
Cuando sus pies tocaron la playa, sintió su ropa desvanecerse, y entonces empezó a pasear lánguidamente y enterrar sus dedos profundamente en la arena húmeda, de cálida seda. Una vez, él había caminado en una playa de California, desnudo en la plena gloria de su verdadera forma. Miles de californianos habían quedado enfermos con altas fiebres que habían hecho erupción en despliegues públicos de erotismo.
Adoraba ser Neji.
El sol se desplegó en su pecho musculoso, una brisa tropical lamió su pelo oscuro. Era un dios pagano y saboreaba su mundo: no había ningún lugar mejor donde estar.
La mayor parte del tiempo.
En la bahía, navegaba una nave. Neji sonrió abiertamente y saludó. Los lastimosos ocupantes de la nave no podían ver la isla más de lo que podían volar a las estrellas. La isla exótica simplemente no existía, en el sentido usual de la palabra. Pero las islas de las hadas estaban en el mundo mortal, sin pertenecer a él. De vez en cuando, nacía un mortal que podía ver ambos mundos, pero esas criaturas eran raras, y normalmente eran robados rápidamente después de su nacimiento por los Tuatha de Danaan, para minimizar el riesgo. Desde que Manannan había dado a su gente la bebida de la inmortalidad y el Pacto había sido negociado, los Tuatha de Danaan habían sido sumamente cautos al pisar el mundo de los hombres.
Aún así, pensó Neji, había tiempos a los que ni siquiera un semidiós como él podía resistirse. Había algo en el mundo de los hombres que lo fascinaba, le hacía pensar que había sido quizás alguna vez más parecido a ellos de que podía recordar claramente, sus recuerdos oscurecidos por el paso del tiempo.
—¿En qué travesura te has estado entreteniendo? —Mito, Reina de las Hadas, ronroneó detrás de él.
Ella se le unió, sus piernas largas, bonitas, que acomodaron sus pasos con los suyos, y lo guió hacia un chaise-longe carmesí que convenientemente apareció ante ellos. Ella se hundió en él y dio golpecitos a los cojines, indicándole que él debía unírsele. Brilló, rociando polvo de oro como era su costumbre. Obligado a obedecer, Neji reluciría después desde lejos con el polvo de oro fino. Había sospechado hacía mucho tiempo que el polvo contenía un afrodisíaco que penetraba la piel de aquéllos que lo tocaran y los hacía impotentes para negársele.
Cuando ella lo llamó íntimamente cerca, ocultó su asombro. Había pasado una eternidad desde que su reina lo había invitado a compartir su paraíso de almohadas.
¿Qué desearía? Cuando se hundió a su lado, ella amoldó su cuerpo contra el suyo. Él exhaló una respiración rápida, el equivalente de un escalofrío humano. Era la Reina del Tuatha de Danaan por una razón: su poder era enorme, su tentación inmensa. Era tan erótica, y muchos la encontraban aterradora; un mero mortal podría perder la vida en sus brazos, agotado por sus apetitos. Incluso entre la clase de Neji, los varones se habían alejado de su habitación muchas veces.
—Nada de qué preocuparse, mi Reina; he estado pasando tiempo ocioso con Madara —incapaz resistirse, él besó un pezón dorado y arrastró su lengua por la cima.
Mito lo miró, sus inusuales ojos luminosos, su cabeza sostenida en un puño delicado. Pasó el puño de la otra mano en el pelo de él y alzó la cabeza de Neji de su pecho. Sus ojos exóticamente sesgados eran antiguos en su rostro sin edad.
—¿Piensas que no sé de la mujer? —dijo ella—. Lo has hecho de nuevo. ¿Cuán lejos piensas que puedes empujar nuestros límites?
—Yo no la traje a través del tiempo. No fue obra mía. Madara maldijo algo, y, como resultado, la mujer fue llevada a su siglo.
—Ya lo veo —ella estiró su cuerpo largo y delgado lánguidamente, y lo acarició con la curva de sus pechos—. Por favor recuérdame, ¿parezco estar olvidando quién le enseñó a Madara Uchiha cómo maldecir cosas en primer lugar?
Neji reconoció su culpa en silencio.
—Asegúrame, Bromista mío, que no tenías nada que hacer precisamente cuando y donde ese objeto maldito fue encontrado. ¿No lo tocaste un poco quizás para empujarlo en cierta dirección?
—No he tocado el objeto desde que lo coloqué en la batalla donde se perdió.
Ella se rió suavemente.
—Ah, otro "Nejiismo" que no confiesa nada mientras arrogantemente parece no ocultar nada. He visto a la joven. Fui a Uchiha y la inspeccioné. La encuentro realmente... interesante.
—Déjala en paz —espetó Neji.
—Así que tienes un interés en esto, aunque convenientemente le reproches a ese laird escocés —ella irguió su cabeza y lo consideró fríamente—. No interferirás de nuevo. Sé que has estado visitándola en otra forma. Eirren no volverá a cortejarla. No —ella levantó una mano cuando él había empezado a protestar—. Amadan Dubh, te lo ordeno de este modo: no dejarás mi lado ni la isla de Morar a menos que yo te conceda permiso.
Neji siseó.
—¡Cómo te atreves!
—Yo me atrevo a todo. Soy tu Reina, aunque pareces olvidarlo de vez en cuando. Tú pagas diezmos astutos a mi supremacía con tus labios, pero me desafías una y otra vez. Has ido demasiado lejos. Rompiste uno de nuestros convenios más serios con Madara Uchiha, y ahora te atreves a corregirlo. No lo toleraré.
—Tienes celos —dijo Neji cruelmente—. Resientes mis lazos.
—¡Es antinatural! —siseó Mito—. ¡No debes tener ningún lazo! ¡No es nuestra costumbre!
—Fue hecho hace tiempo y no puede deshacerse. No pienso reprimirme. Encontraré una manera para no cumplir la orden.
Mito arqueó una ceja rojiza.
—No lo creo, Amadan, porque estarás a mi lado hasta que te libere. Mi orden es clara. Piénsalo. No hay ninguna debilidad para que te aproveches de ella.
En su mente, Neji clasificó sus palabras. Su orden había sido simple, directa y completa. Sus ojos se ensancharon cuando comprendió cuán completamente lo había cazado con la trampa de usar pocas palabras. La mayoría de los que intentaban ordenarle, componían largos cánones escritos, como ese rudo Sasuke Uchiha de Dalkeith-Upon-the-Sea, que había escrito un verdadero libro. Pero a veces, menos era verdaderamente más, y ella había escogido bien sus palabras. No podría salir de la isla a menos que, y hasta que, ella dijera que lo hiciera.
—Pero arruinarán mi creación.
—No me importa. Desde este momento, tú eres impotente en sus vidas. Amadan Dubh: yo tomo de ti el don de manejar el tiempo.
—¡Detente!
—Obedéceme y cesa tus fastidiosas protestas.
—Perra...
—Y por lo que acabas de decir, tomaré de ti tu habilidad de tejer mundos.
Neji se quedó callado, su rostro ceniciento. La Reina podría despojarlo de todo, si lo deseaba.
—¿Has terminado? —preguntó ella sedosamente.
Neji asintió con la cabeza, no confiando en sí mismo ni para hablar.
—Bien. Cuando esté hecho, yo te soltaré. Cuando ellos hayan tomado sus propias decisiones. Ahora ven, encantador Bromista: muéstrame cómo todavía sabes agradar a una Reina, y haz tu esfuerzo más fino, porque me has ofendido despreciablemente y yo requeriré de mucha... mmm...
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Robert Bruce estaba furioso. El polvoriento, cansado mensajero que estaba de pie ante él se revolvió miserablemente y esperó el golpe fatal. Miró la espada de Bruce, sabiendo que en el momento en que su rey la sacara de su vaina, él perdería probablemente el valor y la dignidad y empezaría a rogarle o, peor, echar a correr.
—¿En qué estaba pensando mi hermano?
—No lo sé —contestó el mensajero abatidamente—. Estaban perdidos de whisky.
—¿Había estado bebiendo de nuevo con el inglés? —los labios de Robert se curvaron en una sonrisa de desprecio.
El mensajero asintió con la cabeza, asustado de hablar.
—¿Cómo se atreve él a determinar el tiempo y lugar de mis batallas? —tronó Robert. No podía creer lo que el mensajero había contado: su hermano Edward, que estaba a cargo del sitio contra Stirling Castle, que había estado sostenido por los ingleses, había hecho una "apuesta" con el inglés que lo sitiaba. ¡Una apuesta! Un desafío inducido por la bebida, y un botín, más valioso que el propio Stirling, era el premio.
Una admisión de derrota era el premio, una plena retirada de la batalla por la corona. Robert casi podía sentir su reino resbalar de su tenue apretón. Sus hombres no estaban todavía listos para esa batalla. Necesitaba más tiempo.
—Puede estar infravalorando a sus hombres —dijo Kakashi Namikaze—. Sé que a menudo el presente no parece el momento correcto, pero quizás lo es.
Robert le disparó una mirada furiosa.
—Exactamente, ¿qué palabras se intercambiaron? —exigió al mensajero ceniciento.
El mensajero hizo una mueca de dolor y echó una mirada alrededor del interior oscuro de la tienda de Bruce, buscando ayuda. Nadie vino en su ayuda. ¡Dos Berserkers de mirada azul observaban cada movimiento desde las sombras, como si eso no fuera bastante para hacer a un hombre derrumbarse en un charco de miedo! Suspiró, resignado a llegar más allá enfureciendo a su rey.
—Sir Philip de Mowbray, comandante actual de las fuerzas inglesas en Stirling, apostó con su hermano de esta manera: si un ejército inglés de relevo no se acerca a un perímetro de tres millas del Castillo de Stirling el Día de San Juan, él rendirá el castillo a vos y vuestro hermano y abandonando Escocia, nunca volverá. Si el ejército de relevo logra llegar a Stirling con éxito, vos dejaréis vuestra lucha por la independencia de Escocia.
—¿Y mi poco inteligente hermano Edward aceptó eso? —rugió Robert.
—Sí.
Robert agitó su cabeza.
—¿No comprende él lo que esto significa? ¿No comprende él que el Rey Edward recogerá cada tropa que tenga: ingleses, galeses, irlandeses, franceses, apoyado por cada mercenario que pueda contratar y conducirlos a mis tierras en menos de dos semanas?
Nadie respiró en la tienda.
—¿No comprende mi hermano idiota que Inglaterra tiene el triple de nuestros hombres montados, cuadruplicando a nuestros lanceros y arqueros?
—Pero estarán en nuestras colinas y valles —recordó Kakashi suavemente—. Nosotros conocemos esta tierra. Sabemos las ventajas para aprovecharse de ella, y no lo olvide, nosotros tenemos a Uchiha y sus Templarios. Tenemos las neblinas mansas y los pantanos. Podemos hacer esto, Robert. Hemos estado luchando durante años por nuestra libertad y no hemos logrado ninguna victoria importante todavía. Es tiempo. No infravalore a los hombres que lo siguen. Tenemos dos semanas para reunir las fuerzas. Crea en nosotros como nosotros hemos creído en usted.
Robert hizo una respiración profunda, ponderando las palabras de Kakashi. ¿Había sido demasiado cauto? ¿Había estado deseoso de luchar batallas pequeñas sólo porque no sería una pérdida terrible si fallara? ¿Había refrenado imprudentemente a sus hombres absteniéndolos de una guerra mayor porque temía la posibilidad de la derrota? Madara había estado impaciente por guerrear. Sus Berserkers estaban impacientes por guerrear, sí, y su propio hermano impaciente había apostado su futuro. Quizás estaban impacientes porque era el momento.
—Permítanos convocar a Uchiha. Esto es por lo que ha estado esperando —dijo Kakashi firmemente.
—Sí, milord —dijo Gai, el hermano de Kakashi—. Si impedimos al ejército de Edward conquistar Stirling, habremos vuelto al punto de partida. Seremos imparables, y si alguna vez el tiempo debía ser ahora, el tiempo es ahora. Plantagenet se hace cada vez más débil en su propio país; muchos de sus propios señores no lo seguirían a nuestra tierra. Propongo que enfrentemos esta apuesta audazmente, como un regalo del destino.
Robert asintió con la cabeza finalmente. Al mensajero le dijo:
—Ve al Castillo Uchiha a toda prisa. Ordénale a Madara que traiga a sus hombres para alcanzarnos en la Iglesia de St. Ninian por el camino romano. Dile que el tiempo es esencial y que traiga cada arma que posea.
El mensajero expelió una respiración aliviada y huyó de la tienda hacia Inverness.
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Sakura y Madara se descubrieron el uno al otro con desinhibida alegría y se retiraron completamente en un mundo de su propia fabricación. Madara se rió más de lo que lo había hecho en siglos. Sakura habló más y expresó pensamientos y sentimientos que no había sospechado tener ni siquiera inactivos dentro de ella. De esa manera, se redescubrieron a sí mismos, abriendo compartimientos cerrados que necesitaban la luz del día.
Los dos vagaron por la propiedad, disfrutando del fresco aire primaveral, utilizando el bothy por un momento privado. Estando allí, Sakura confió a Madara lo que había visto a Shisui hacer con Alesone.
—¿Lo viste? —él frunció el ceño posesivamente—. ¿Lo viste completamente en plena... faena?
—Sí —las mejillas de Sakura se calentaron.
—No quiero ese pensamiento. No verás a otro hombre desnudo el resto de tu vida.
Sakura se rió. Él parecía tan completamente medieval.
—No parecía tan bueno como tú.
—No me importa. Me hace enfadar con Shisui simplemente por ser un hombre.
Entonces él borró de su memoria al joven y viril Ōtsutsuki contra la pared del bothy.
Dos veces.
Pasaron largas noches en la cama de él, en la cama de ella, en los escalones tarde una noche cuando el gran hall estaba solitario. Ella le habló sobre su vida, y despacio, lentamente, él empezó a contarle la suya. Pero ella se dio cuenta de que él estaba reteniendo algo. Debido a su conexión singular, podía sentir una oscuridad en él, que crecía fuertemente y sin explicación. A veces, cuando él miraba a los niños que jugaban en el patio, parecía demasiado callado, y ella podía sentir una mezcla peculiar de angustia y enojo que simplemente no entendía.
El personal del castillo estaba encantado con la risa recién encontrada del laird, y Shisui y Obito lo comentaron cuando cenaron juntos. Ya no había privadas cenas de seducción, salvo las que Madara reservaba para después, en la privacidad de sus cámaras. No se sirvieron más comidas en el comedor formal, pero sí en el gran hall, con un surtido de caballeros y ocasionales Templarios.
Sakura se sentía lenta pero irresistiblemente atraída al siglo XIV. Aprendió a amar los vestidos fluidos y tartanes e incluso se sentaba con algunas de las mujeres, mirándolas teñir las fibras y formar el tejido de Uchiha.
Amaba la costumbre de que las personas se sentaran frente al hogar y hablaran por las tardes, en lugar de retirarse a sus solitarios mundos electrónicos de televisión, teléfonos y juegos de computadora. Poseían historias orales ricamente detalladas y estaban ansiosos de compartirlas. Shisui y Obito conocían siglos de historia pasadas de su clan y le relataron grandiosos historias sobre los muchos héroes Ōtsutsuki. Sakura escuchó y ordenó a través de su propia genealogía, buscando un Iwa para hablar de él, pero ¿qué decir si el tío de uno era abogado? ¿Podría cortar él madera y encauzar el agua?
Felizmente los días y las noches se desplegaron, y Sakura comprendió ahora por qué su madre había perdido la voluntad de vivir cuando Jiraiya había muerto. Si su madre hubiera sentido una décima parte de lo que Sakura sentía por Madara, habría sido devastador para Tsunade perder a su marido. Y su madre había perdido tanto en un día: a su amor, su habilidad para caminar, su estilo de vida entero. Sakura sintió un nuevo respeto por la fuerza de su madre y sólo entendía ahora la magnitud de su pérdida y el dolor que debía haberle causado continuar viviendo sin Jiraiya.
La fuerza de Madara y su amor la rodeaban como una capa protectora. No podía imaginar cómo había vivido antes sin él. El eslabón entre ellos la mantenía constantemente consciente de él, no importaba dónde estuviera. Nunca era invasiva, pero se había descubierto sintiendo una necesidad de completa privacidad mientras estaba usando la olla de cámara, y que el lazo podía oscurecerse si ella lo deseaba. Nunca estaría de nuevo sola. A veces, cuando él estaba lejos y montaba con sus hombres, algo lo divertía y ella se daba cuenta de su risa rica rodando dentro de ella, aunque no tuviera ninguna idea de lo que lo había hecho reír.
En otros momentos, sentía su frustración mientras estaba fuera con sus caballeros, y sin incluso saber por qué estaba enfadado, se sentía inundada por su masculinidad cruda que rugía por manejar un hacha de batalla y proteger su patria activamente. A través de su atadura, experimentó las emociones masculinas y conductas que nunca había entendido antes, y estaba fascinada por el conocimiento de que él estaba sintiendo su más femenino y tierno carácter de mujer.
No fue que hasta que ella le preguntó si conocía un cachorro que pudiera adoptar que chocó con el profundo y amargo abismo de oscuridad que habitaba dentro de él.
Estaban sentados en el banco de piedra junto al estanque transparente que se había vuelto su lugar favorito, mirando a algunos niños jugando con una pelota en el patio. Un perrillo pequeño se había zambullido en la refriega y había agarrado la pelota entre sus dientes afilados, y cuando había estallado contra sus bigotes, él había saltado en el aire, ladrando frenéticamente, intentando raspar los restos de la piel fuera de su nariz de una manera muy cómica. Mientras los niños habían reído tontamente, Sakura se había reído hasta que las lágrimas chispearon en sus ojos.
—Quiero un cachorro —dijo, cuando su diversión menguó—. Siempre he querido uno, pero nuestro apartamento era demasiado pequeño y...
—No.
Perpleja, su sonrisa se marchitó. Una ola de dolor la envolvió, irradiando de él. La cubrió un sentido profundo de nulidad.
—¿Por qué?
Él reflexionó y miró fijamente al perro callejero que ladraba.
—¿Por qué querrías un cachorro? No viven mucho tiempo, sabes.
—Sí, lo hacen. Pueden vivir diez o quince años, dependiendo de la casta.
—Diez o quince años. Y entonces mueren.
—Sí —Sakura estaba de acuerdo, incapaz de sondear su resistencia. Otra ola de oscuridad y enojo surgía alrededor de ella—. ¿Has tenido alguna vez un cachorro?
—No. Ven. Vamos a caminar —él se levantó y extendió su mano. Guiándola lejos de los niños que jugaban, la llevó al espeso bosquecillo.
—Pero, Madara, no me importa que el cachorro muera. Por lo menos podré amarlo durante el tiempo que esté con él.
Él empujó su espalda contra un árbol y cubrió su boca con la suya, salvajemente.
Su respiración salió en un "humph" suave, cuando él la aplastó entre su cuerpo y el árbol. Sakura se sofocó en sus emociones: dolor, desesperación, y hambre teñida por una necesidad salvaje de poseerla completamente, marcarla a hierro con su cuerpo. Y algo más, algo que bailaba tentadoramente fuera de su alcance.
—Mía —él susurró contra sus labios.
—Qué totalmente bárbaro —ella hizo una respiración profunda bajo el asalto de sus labios— medieval, arrogante... señorial cosa para decir.
—Y verdadera. Eres mía —él arrastró su lengua por su labio inferior y lo saboreó, succionándolo. Sus dedos se hundieron en la carne suave de sus caderas. La aplastó contra el árbol y la apretó contra él. Su oscuridad cobró vida en el aire entre ellos y la infiltró y la mojó con su tensión. Él levantó sus faldas, resbaló su mano entre sus muslos y enterró su dedo abruptamente dentro de ella—. Estás húmeda, muchacha —dijo él bruscamente—. Goteando para mí cuando apenas te he besado. Me gusta saberlo. Date la vuelta, prepárate para mí.
Él la dio la vuelta para enfrentar el árbol. Empujó su tartán a un lado y quitó los pliegues de su vestido fuera de su camino, entrampando el tejido entre su cuerpo y la corteza. Ahuecó las manos sobre sus curvas expuestas, masajeándolas y al mismo tiempo abriéndola para él. Su respiración era áspera, y ella abrió la boca cuando lo sintió fuerte e inflamado entre sus nalgas. Entonces, de repente, él empujó en ella.
Era demasiado grande para entrar de esa manera. Sakura intentó apartarlo con sus caderas, pero él empujó de nuevo implacablemente.
Ella agarró el árbol con sus manos, confundida por la intensidad de sus emociones, doblemente desconcertada porque fue atrapada en la vorágine de su furia. La imbuyó con una rabia inidentificable, que no tenía ningún objeto que pudiera discernir y podía traducirse en una necesidad feroz de poseer, de dominar, de incluso tomar lo que se habría, bajo otras circunstancias, dado de buena gana. El único descargo para el enojo estaba en la posesión.
Su rabia la consumió, y ella se volvió contra él, forzándolo con su cuerpo. Presionó sus palmas contra el pecho de Madara.
—No te entiendo —espetó ella, sus ojos encendidos. Aún así, la intensa oscuridad se expandió dentro de ella y la atrapó, estimulándola a liberarla de algún modo.
Sus ojos eran piscinas oscuras, insondables, y el peligro irradiaba de él. Él empujó su espalda contra el árbol.
Sakura golpeó las manos de Madara de sus hombros con un empujón veloz de ambos brazos.
—Oh, no. Me dijiste que podía tener el control también. No pienses que lo he olvidado. Harás lo que yo quiera esta vez.
—¿Y qué quieres tú, Sakura? —él preguntó, su voz gravemente suave.
Ella agarró su plaid y lo apartó de su cuerpo. Lo dejó caer sobre la tierra y lo extendió con la punta de su zapatilla.
—Tiéndete —exigió, su oscuridad extraña llenándola.
Él cumplió, con ojos relucientes. Aunque había honrado su demanda, no estaba por ningún medio dominado. Era peligroso y letal, pero ella no se preocupó ni un poco, porque sus emociones la hicieron sentir también peligrosa.
Se dejó caer encima de él y lo besó con toda su rabia frustrada. Se volvió salvaje, sin preocuparse al llenar el aire de sonidos de pasión. Rodeó su rostro con las manos y lo besó profundamente, invadiendo su boca, mordisqueando sus labios, cabalgando las caderas masculinas para estar a horcajadas sobre él. El movimiento con el que ella lo exigió dentro de su cuerpo no fue tierno. Sus ojos se encontraron y enlazaron, y ella imaginó chispas que volaban del puro calor de él.
Se sentía como una Valkyria, exigiendo satisfacción de su compañero. Las manos de él se deslizaron y cerraron sobre sus pechos, su mirada fija en el lunar en su muslo izquierdo. Ella se meció contra él, levantando y bajando sus caderas una y otra vez, sus palmas apoyadas en su pecho para no perder el equilibrio, mirando el área donde sus cuerpos se unían sobre el grueso miembro. Él se movió hambrientamente y succionó sus pezones cuando sus pechos oscilaron sobre él, sus caderas empujando urgentemente. Cuando él explotó dentro de ella, la satisfacción salvaje la inundó y ella casi se desmayó por la intensidad de las emociones de ambos. Estaba agobiado, y la empujó rápidamente más allá del borde. Ella arqueó su cuello y gritó.
Después, Sakura se apoyó sobre su pecho, preguntándose qué había pasado. ¿Lo había tomado ella con su deseo, o la había tomado él con el suyo? Estaba confundida, la mente paralizada, por su atadura extraña. Cuando sus pasiones bullían y sus cuerpos sudorosos se unían, no podía ver de verdad dónde empezaba él y acababa ella, porque lo sentía todo. Elevaba su placer al infinito.
—¿Qué ha sucedido? —susurró ella.
—Creo que demostramos la verdadera magnitud de nuestra necesidad, muchacha —dijo él suavemente y acarició su pelo—. A veces la necesidad puede ser una cosa violenta.
—¿Pero qué fue toda la oscuridad que estaba recibiendo de ti? —presionó ella.
—¿Cómo... qué se sentía, muchacha? —preguntó Madara cuidadosamente.
—Como si estuvieras furioso con algo o alguien, y casi como si pensaras que yo no estaría aquí mañana.
Él suspiró contra su pelo. Sus brazos se apretaron alrededor de ella y ella sintió que su garganta se movía cuando tragó.
—El tiempo es demasiado corto, amor. Eso es todo lo que tú sentías. Que no importa cuánto tiempo podría tener contigo, nunca sería bastante.
—Tenemos una vida entera, Madara —ella lo tranquilizó y lo besó—. Tú tienes toda mi vida.
—Lo sé —dijo él tristemente—. Lo sé. Toda la tuya.
—Hay algo que no me estás diciendo, Madara.
—Y aún así no es bastante —contestó—. Empiezo a temer que sólo para siempre me satisfará.
—Entonces seré tuya para siempre —dijo ella sencillamente.
—Ten cuidado con lo que prometes, muchacha —sus ojos eran oscuros—. Podría obligarte a cumplirlo.
Sakura presionó su mejilla contra su pecho, cansada por el arranque de emoción y confundida por sus palabras extrañas. Se dio cuenta de alguna amenaza oscura allí que no estaba segura siquiera de desear entender.
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—Dime todo sobre tu vida, chica —exigió él después, cuando descansaban en su cama. Él cambió de posición dentro de ella y se movió.
—¿Todo? —su respiración era rápida y poco profunda. Dios, pero él sabía cómo tocarla; nunca había entendido lo que significaba ser tocada de verdad, hasta que ese Highlander había puesto sus manos en su cuerpo.
—Todo. ¿Conocías el placer de una mujer antes de que yo te hiciera mía?
—¿Quieres decir si he tenido alguna vez un orgasmo? Así es como lo llamamos en mi tiempo. Un clímax o un orgasmo.
—Sí. ¿Lo has hecho?
Sakura se ruborizó.
—Sí —dijo suavemente. Sus dedos se tensaron en sus caderas, y él enterró su rostro entre sus muslos, lamiéndola suavemente.
—¿Cuándo? —gruñó. La vibración era exquisita.
—Eso es bastante personal —protestó ella débilmente y se arqueó contra él.
—Sí, eso es bastante personal —se mofó él—. ¿Y piensas no pronunciar simples palabras cuando te estoy haciendo esto?
—Yo tenía curiosidad. Yo... me toqué una vez o dos.
—¿Y?
—Y encontré la sensación más rara. Entonces compré un libro que lo explicó todo.
—¿Y?
—¿Y qué? —dijo ella, sintiéndose avergonzada.
—¿Se siente así? —él resbaló un dedo dentro de ella.
—Nada se siente como tú —susurró Sakura y se arqueó contra su mano.
—¿Te tocabas así? —él se retiró atrás para que ella pudiera verlo. La palma de la mano del hombre sobre su monte de Venus, la parte inferior de su mano ejerciendo una fricción mansa; la otra sosteniendo su propio miembro.
Ella perdió su respiración, magnetizada por la vista de su mano sosteniendo su grueso órgano. Celosa de su mano, que estaba donde la suya anhelaba estar, extendió las suyas y golpeó la de él, y Madara rió.
—Mío —dijo ella bruscamente.
—Ah, sí.
Después él empezó de nuevo.
—Dime todo sobre tu vida. Háblame del choque y lo que está mal con tu madre, y lo que extrañas y lo que anhelas —él intentó enmascarar sus sentimientos rápidamente, avergonzado de lo que estaba pensando. Debía haber tenido éxito en esconder sus emociones, porque ella confió prontamente y le enseñó muchas nuevas palabras mientras charlaban.
Un pensamiento peligroso se había formado en el fondo de su mente, y él luchaba contra ello intentando vencerlo.
Pero conocía bien el peligro de las semillas de la tentación una vez plantadas.
