CAPÍTULO 23

Sakura agitó la cabeza cuando salió del garderobe. Muy civilizado. Ahora que sabía donde estaba, no podía creer que lo había esquivado cuando había investigado el castillo buscando la botella, pero la entrada daba la impresión de ser la puerta de los sirvientes, por lo que no lo había tenido en cuenta. El garderobe no era lo que había esperado; era más grande que la mayoría de los baños modernos, y muy limpio. Era obvio que el laird de Uchiha priorizaba los garderobes ordenados. Hierbas frescas y los pétalos secos en medio del heno amontonado dentro de la cámara, era el papel higiénico medieval.

Ella no sólo resolvió bañar a Eirren la siguiente vez que lo viera, sino mojarlo una vez o dos también por todos esos momentos miserables con la olla de cámara. Saliendo del pequeño cuarto, le sorprendió encontrar a Raidō Namiashi rezagado en el corredor.

—Milady, ¿está disfrutando las festividades?

—Sí —sus pies todavía estaban acompasándose con la música alegre y estaba ansiosa de retornar y perfeccionar sus pasos. Pero no había visto a Raidō durante un mes y había extrañado la oportunidad de conocer mejor a un Caballero Templario realmente vivo. Frunció el entrecejo, observando su atavío oscuro.

Madara le había dicho que los Templarios se quedarían en su guarnición y no se unirían a la fiesta.

—Pensé que su Orden no estaba de acuerdo en festejos como estos.

Él se encogió de hombros.

—Algunos de mis hermanos son más rígidos que otros. Algunos de nosotros hemos aceptado que la Orden está destruyéndose, aunque es amargo admitir que has empeñado tu vida en algo que ya no existe.

—Lo siento —dijo Sakura, sintiéndose torpe. Ante ella se erguía uno de los legendarios caballeros Templarios y no podía pensar en nada que decir para hacerlo sentir mejor—. ¿Se arresta a sus hombres, igual aquí en Escocia? —preguntó Sakura. Estaba intensamente intrigada sobre los Templarios, sus poderes legendarios y mitos.

—Depende de quién nos encuentra. Si es un inglés, podría intentar tomarnos por la frontera. Un escocés es menos inclinado a hacerlo. La mayoría de las personas se preocupa poco por los decretos de Francia, Inglaterra, o incluso del Papa —él profirió una risa áspera—. Su propio rey fue excomulgado por el Papa por el asesinato de Red Shimura en la iglesia de Dumfries. Su tierra es salvaje. Cuando un país está luchando simplemente por el derecho a sobrevivir, está menos inclinado a ser sensato. Venga.

Él ofreció su brazo, y ella enlazó el suyo en de él. En esos momentos, estaba tan compenetrada en su conversación que no prestó atención a dónde él estaba llevándola.

Escuchó, fascinada, mientras él hablaba de la Orden, de su residencia fuera de París, del compromiso a sus juramentos mientras viviera. Su expresión se hizo amarga cuando recordó cómo la bula papal Pastoralis praeeminentiae, emitida el 22 de noviembre de 1307, había ordenado a todos los monarcas de la Cristiandad arrestar a los Templarios y embargar sus tierras en nombre del papado. Él habló sobre la persecución, las interrogaciones y la tortura, sin darle demasiados detalles a una mujer, lo que ella agradecía. Había algunos límites para su curiosidad.

Él explicó cómo, en 1310, seiscientos de sus hermanos habían estado de acuerdo en montar una defensa contra la persecución injusta, y el Papa Clemente finalmente había estado de acuerdo en posponer el Concilio de Viena durante un año mientras ellos se preparaban. Entonces, Philippe the Fair, desesperado por aplastar la Orden y llenar sus cofres antes de que fuera demasiado tarde, engañó al Papa, volviendo a abrir la Inquisición episcopal, y logrando que cincuenta y cuatro Templarios fueran quemados en estacas en las afueras de París e imponiendo silencio a las protestas de los Templarios restantes. En 1312, la bula papal Vox in excelso se emitió y suprimió la Orden para siempre.

Había muchas preguntas que ella quiso hacerle, y ésa era una oportunidad rara de explorar la historia desde la perspectiva de un Templario, pero la primera pregunta fue patentemente del siglo XXI, teñida por un momento de romanticismo.

—¿Cuál es el secreto de los Templarios, Raidō? —abundaban tantos rumores: que ellos habían protegido el Santo Grial, que el Grial realmente era la línea de sangre genética de Cristo, que los Templarios habían desarrollado una alquimia personal para la transformación del alma, que esa alquimia podía manipular el tiempo y el espacio. Ella realmente no esperaba que él contestara, pero desde que había pasado su brazo a través del brazo de un Templario, no creía que hiciera daño preguntar.

La sonrisa de Raidō la hizo estremecer.

—¿Quiere decir aquello que podríamos poseer nosotros, eso que posiblemente haría que un rey y un Papa nos temiera tan grandemente que usarían cada arma que tuvieran para destruirnos? ¿Es usted una mujer religiosa, Sakura MacRobertson?

—Un poco —concedió.

—¿Qué podrían querer el Papa y el rey de nosotros?

—¿Oro? —supuso Sakura—. ¿Artefactos religiosos?

Su risa envió un escalofrío a su columna vertebral.

—Considere esto: ¿qué tal si los Templarios hubieran descubierto algo que destruiría creencias que se hubieran sostenido durante siglos por casi cada país del mundo?

Ahora él realmente había atrapado su curiosidad.

—Debe decírmelo —respiró Sakura.

—No dije que lo tuviéramos —musitó Raidō—. Simplemente postulé la posibilidad.

—Entonces, ¿es verdad? —preguntó ella, fascinada—. ¿Posee su Orden tal conocimiento?

Él no contestó. Apartó el rostro para que ella no lo viera torcerse con rabia, por lo que la tomó completamente desprevenida cuando agarró su brazo y lo torció detrás de su espalda, formando un arco entre sus omóplatos, obligándola a doblarse sobre sí misma en un esfuerzo por escapar del dolor.

Él la empujó contra la pared y presionó un cuchillo contra su costado.

Sakura estaba tan aturdida que no hizo ningún sonido. En un momento estaba paseándose con un Templario absolutamente sociable, complaciéndola en su curiosidad incesante, balanceándose al borde de revelaciones estupendas, y al siguiente su vida estaba amenazada. Había pasado demasiado rápidamente para comprenderlo, y, en el susto, había desperdiciado segundos preciosos en los que podría haber luchado para liberarse.

—Déme la llave —gruñó Raidō en su oreja—. Y si hace aunque sea un gemido, la mataré.

—¿La llave de qué?

—Las cámaras de Madara.

—¡No tengo ninguna!

—Pequeña mentirosa —enganchando el grueso antebrazo alrededor de su garganta, dio golpecitos a su cuerpo, buscando alguna llave importante—. Entonces está en su cuarto —acusó él.

—¡Él nunca me ha dado una!

Raidō presionó su brazo alrededor de su garganta, cortándole la respiración. Su brazo era una banda tenaz de acero, y Sakura sentía que estaba perdiendo el aliento. Su mejilla golpeó contra la pared de piedra, y sintió un peligroso destello de desmayo.

—Podemos jugar tan áspero como le guste, muchacha —murmuró Raidō en su pelo—. ¿Dónde está la llave?

Sakura cerró los ojos y trató de alcanzar a Madara.

Madara aplastó su copa de metal en su mano y roció a media docena de campesinos. Echó una mirada alrededor, sus ojos salvajes.

Sakura.

Peligro. Miedo. No puedo respirar.

¿Pero dónde?

Él corrió a los escalones hacia el garderobe, sintiendo para ella con su corazón, tranquilizándola porque él estaba llegando.

Dolor.

Maldijo la atadura emocional por la que él podía compartir sus sentimientos, pero no podía obtener palabras o un indicio de su ubicación. ¿Dónde habría ido? ¿Cómo podría estar en peligro? ¿Quién podría desear lastimarla?

Fue por los corredores como una bestia enloquecida, luchando contra el impulso de bramar por ella, consciente de que sólo alertaría a quienquiera estuviera amenazándola. Corrió al corredor sur, entonces regresó. Cada onza de su intelecto estaba absorbiendo su miedo, esponjándose en él, dejándolo enloquecido. Se zambulló hacia un vestíbulo, entonces se detuvo abruptamente.

La furia excesiva no serviría. Debía ser lógico. Debía verificar su cuarto y el de ella, y luego otras áreas a donde a ella le gustaba ir. Quizás la capilla. Se volvió rápidamente y corrió de nuevo al vestíbulo. Voló a través del castillo hacia el ala oriental.

Cuando se acercó a sus propias cámaras caminó despacio, alertado por un murmullo suave y un sonido estrangulado. Deteniéndose, se deslizó furtivamente a la vuelta de la esquina.

Raidō tenía a Sakura presionada contra la pared fuera de sus cámaras, su grueso antebrazo estrangulándola hasta la inconsciencia. Madara intentó hacer respiraciones lentas, silenciosas, aún cuando sus labios rogaron por rugir. Ella estaba quedando flácida en los brazos del Templario, dejando de luchar mientras perdía su preciosa respiración.

Un parpadeo de plata brilló a la luz oscura de los rushlights montados en las paredes. El Templario tenía un cuchillo. Madara no esperó a ver más. Utilizó sus habilidades sobrenaturales para moverse como el viento y detenerse detrás del Templario, que no tenía ninguna advertencia de que Madara contenía la respiración detrás de su corazón.

—La llave, perra estúpida —murmuró Raidō—. No te desmayes sobre mí —él la agitó—. ¿Dónde guarda él las reliquias?

La boca de Madara se torció. Así que de eso se trataba. Un Templario traidor, volviéndose contra su propia Orden. Raidō no era el único caballero que había perdido la fe. Madara había oído hablar de otros que, creyendo que Dios los había abandonado, se habían hecho mercenarios e infieles.

En un momento de tiempo nebuloso, Madara desarmó al caballero y lo empujó por el corredor, donde golpeó la pared de piedra con un crujido afilado de su cabeza y cayó al suelo. Madara ni siquiera se preocupó porque el ataque hubiera sido injusto. Mientras en el pasado había sentido culpa por usar sus habilidades, sentía una satisfacción austera ahora. Se alzó por encima del caballero caído y levantó su espada para el golpe fatal.

—¡Detente! —gritó Sakura.

La mandíbula de Madara se endureció, su rostro contorsionado de furia. Su brazo suspendido al nivel de los ojos, la punta angulosa hacia abajo, preparado para un empujón veloz en el corazón de Raidō. Cuando él terminara el movimiento, sería con tal enojo que probablemente la fuerza estrellaría su espada contra la piedra bajo el caballero caído. Él le dirigió una mirada a Sakura, y por su expresión, comprendió horrorizado que ella estaba sintiendo su emoción interior: la sensación estéril, fría y homicida. Caliente. Infernalmente caliente. Él no entendería nunca, incluso si viviera cinco mil años, por qué las mujeres protegían constantemente a los villanos. Era simple en la mente de un hombre: matar al hombre que intentara dañar lo que era suyo. Pero las mujeres lo hacían mucho más complejo. Ellas esperaban que el mal pudiera redimirse. Una esperanza tonta, a su manera de pensar.

—No lo mates, Madara. Él no me dañó —ella tocó su garganta con las suaves yemas de los dedos—. Estaré bien. Unos cardenales, nada más. Nos encontraste a tiempo.

—Él te tocó —gruñó Madara—. Intentaba herirte.

—Pero no tuvo éxito —ella apeló a su lógica—: Interrógalo, determina lo que persigue y después destiérralo, pero por favor...

Ella calló y él la miró fija, desvalidamente. Maldita sea, pensó. Ella estaba inundándolo deliberadamente con la misericordia, el perdón, y el viento fresco de la lógica. Todas esas cosas femeninas dieron volteretas como copos de nieve en su calor masculino.

Enfriándolo.

Aunque renuente a admitirlo, ella tenía razón. Matando a Raidō rápidamente, nunca sabría sus motivos. Necesitaba descubrir el propósito del Templario, determinar con quién estaba en colusión y si había otros caballeros corruptos en esa tarea. Necesitaba información primero. Entonces lo mataría.

Bajó la espada con un ronco gruñido de rabia insatisfecha.

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Sakura se arrastró escaleras abajo. Había intentado esperar en la cama el regreso de Madara, pero había sido incapaz de resistirlo ya. Habían pasado horas desde el ataque de Raidō, y aunque Madara había prometido no matar al Templario y jurado enojadamente que lo devolvería a sus propios hermanos, Sakura todavía sentía su furia asesina. Su atadura le destrozaba los nervios. No tenía ninguna idea de por qué el caballero la había secuestrado. Quizás no debía haberlo cuestionado. Quizás simplemente estaba demasiado perturbado por hablar de las atrocidades que había soportado.

La fiesta todavía estaba en marcha en el gran hall, los lugareños desconociendo los eventos amargos de la tarde. Madara mantendría el problema en silencio, lo resolvería, y nadie sufriría por él. Ella admiraba sus métodos. Él era un laird que no preocuparía a su clan con problemas que podría resolver solo.

Moviéndose furtivamente, se deslizó desde el corredor al estudio. La puerta estaba entreabierta y se asomó cautamente. Él estaba allí, como había sospechado, con Shisui y Obito.

Una docena de cejijuntos Templarios permanecía ante él, y por el brillo ligero de la lluvia en sus túnicas, ella dedujo que se había perdido su entrada por minutos no más.

—Está hecho, milord. Hemos terminado nuestro interrogatorio —dijo Asuma Sarutobi fatigadamente.

—¿Y? —gruñó Madara.

—Era peor de lo que temíamos. Él era doblemente traidor, al mismo tiempo a sus propios hermanos y a Escocia. Su plan era raptar a su señora y vendérsela al rey inglés a cambio de su peso en oro, además de títulos y tierras en Inglaterra —Asuma agitó su cabeza—. No sé qué decir. Lo siento. Raidō era Comandante de Caballeros en nuestra Orden, y favorablemente considerado. No teníamos idea. Le juro que en nuestra Orden actuó completamente solo —Asuma dirigió su mirada al suelo—. Esperamos su decisión con respecto al resto de nosotros. Entenderemos si decide que debe enviarnos lejos de aquí.

Madara agitó su cabeza.

—No haré al resto de ustedes responsables por sus acciones. Tú me has sido fiel desde hace muchos años.

Los Templarios susurraron con murmullos de gratitud y repeticiones de juramentos de lealtad.

—Ha sido bueno con nosotros, milord —dijo Asuma. Hizo una respiración profunda, y cuando habló de nuevo, lo hizo con tal fervor que sus palabras parecían elevarse—. No deseamos arriesgar su buena voluntad de forma alguna. Esperamos tener un futuro en Escocia. ¿Qué podemos hacer para restaurar su fe en nosotros?

—Nunca estuvo perdida —dijo Madara, frotando su mandíbula—. Si Raidō no hubiera estado actuando solo, probablemente habría tenido éxito secuestrándola. No infravaloro los poderes de tu Orden, Asuma. Sé lo que puedes hacer cuando descubres que algunos Templarios provocan un problema. Un múltiple complot de hermanos la hubiera llevado sin violencia a donde desearan que fuera. No usan la violencia. Usan... una persuasión poderosa.

Asuma parecía desconcertado.

—No lo había considerado, pero es verdad. Nosotros podríamos haberla atrapado como grupo. Olvido que sabe tanto de nosotros —él se inclinó, en una postura de disculpa abyecta—. Milord, nunca dañaríamos a su señora. La protegeremos como nuestra propia...

Madara inclinó su cabeza.

—¿Qué hay de Raidō?

—Como muestra de nuestra obediencia, nos resolvimos en esa materia. Él no lo preocupará más.

Sakura se apoyó un poco más cerca de la puerta. ¿Qué le habrían hecho? ¿Lo habrían desterrado? ¿Lo conducirían por la frontera para que el inglés lo atrapara?

—Explícate —pidió Madara.

—Determinamos su crimen y distribuimos un castigo acorde.

—¿Está muerto? —preguntó Madara fatigadamente.

—Murió recibiendo el precio que había nombrado por su corrupción. Le concedimos su peso en oro.

Sakura hizo un sonido estrangulado que fue enmascarado afortunadamente por el propio Madara. Sus ojos volaron hasta los suyos, pero él no la había notado todavía. Parecía asustado.

—No tema, actuamos generosamente —se apresuró a asegurar Asuma—. Sabemos que necesitaremos el oro para reconstruir nuestra Orden una vez que haya terminado la guerra en Escocia. Lo recuperaremos cuando descuarticemos a Raidō.

Sakura tuvo náuseas instintivamente, incapaz de contenerlas. Una docena de ojos volaron a la puerta, donde ella estaba de pie asiendo su estómago.

—Sakura —exclamó Madara, medio levantándose. Sus ojos eran anchos y apologéticos—. Te pedí que esperaras en tu cuarto.

—Sabes que nunca lo hago —dijo ella irritada—. ¿Por qué esperarías que lo hiciera esta vez? —miró directamente los ojos de Asuma—. ¿Qué quiere decir que usted... que le concedió su peso en oro y lo recuperará? —ella supo que no debía preguntar, pero sus sospechas eran tan horribles que no podía detenerse. Si ellos no se lo dijeran, imaginaría simplemente atrocidades. Había comprendido hacía tiempo que era más fácil tratar con la realidad que imaginar los miedos.

Asuma no respondió, claramente renuente a discutir el asunto con una mujer.

—Dígamelo —repitió ella, a través de los dientes apretados. Echó una mirada a Madara, que estaba mirándola con dolor y comprensión. Apreció que él no intentara escudarla; entendía que necesitaba sus propias respuestas a algunas cosas.

Asuma aclaró su garganta inquietamente.

—Fundido. Vertido por su garganta. Se enfriará y quitará sin dificultad.

—¡Sakura! —Madara se levantó del escritorio, pero era demasiado tarde. Ella ya estaba corriendo por el vestíbulo.