CAPÍTULO 28
La batalla cerca del arroyo del que tomó nombre Bannock Burn duró sólo dos días, pero fueron dos días gloriosos que resonaron a lo largo del país, de un extremo al otro.
Las tropas de Edward Plantagenet se congregaron cerca del curso de agua. Eran bulliciosos, multiplicando cinco a uno las fuerzas escocesas, y arrogantemente seguros de que la victoria estaba a escasas horas de producirse. A pocas millas de Stirling, tenían una ventaja suprema en número, y todavía tenían dos días para derrotar a los salvajes escoceses.
Edward se mofó y habló en broma con sus hombres. No tomaría más de dos horas, dijo solazándose.
Las tropas contrarias no fueron tan fáciles de vencer, y para gran desmayo de Edward, en el curso de las siguientes dos horas un gran número de ingleses cayeron en las trampas inteligentemente escondidas de Bruce y muchos se clavaron en estacas de hierro alevosamente escondidas en la maleza.
Su confianza mermada por las trampas, se reagruparon después de haber descubierto tardíamente que el frente escocés era casi impenetrable.
Para rodearlos y atacar un flanco sería necesario bordear el pantanoso Carse, mientras los arqueros escoceses se asentaban en tierras altas, esperando recibirlos con sus flechas.
Edward estaba mortificado por qué bien el Bruce había escogido su sitio de batalla, y qué alocadamente sus tropas habían desestimado las habilidades de los escoceses. El final del primer día vio a los pesados jinetes de Edward vendidos dos veces, y un gran número de ingleses muertos.
El campamento de Bruce se retiró a las franjas del bosque del New Park esa noche, exaltado por su éxito rechazando las tropas inglesas.
El campamento inglés cometió el segundo error mortal tomando refugio en la tierra pantanosa entre Burn y el Río Forth, un error táctico que cobraría su precio por la mañana.
Cuando Sir Alexander Seton, un caballero escocés en el ejército inglés de Edward, desertó la primera noche y previno a todos los que lo escucharon que los escoceses ganarían el día siguiente, y si ellos no lo hacían se arrancaría su propia cabeza de buena gana, las tropas inglesas se encontraron aún más desmoralizadas.
El segundo día los ingleses comprendieron el error que habían cometido escogiendo su lugar de campamento. Los escoceses descendieron sobre ellos y entramparon al ejército inglés inmediatamente después de su primera carga, acorralándolos entre Bannock Burn y el Río Forth, en un espacio demasiado estrecho para maniobrar en la formación para otra carga.
Los escoceses habían escogido su posición hábilmente, y habían obligado a los ingleses a emprender la batalla de a pie, una táctica para la que no estaban preparados.
Los escoceses eran superiores a los ingleses en tierra, acostumbrados a luchar en los cenagales pantanosos y ciénagas, y libres para moverse fácilmente sin el peso de la armadura.
Los ingleses empezaron a irrumpir en formaciones desorganizadas, y en ese momento de debilidad, el laird de Uchiha llegó con sus Templarios. En la riña galoparon como uno, los caballeros santos camuflados tras sus mantas escocesas, revelando las severas túnicas blancas y las cruces rojo sangre de su Orden.
Por el campo de barro y los cuerpos destrozados, la ola de caballeros blancos cortó como una guadaña de muerte. Muchos de los ingleses, agotados por la batalla y descorazonados, simplemente se volvieron y huyeron al vislumbrar las túnicas. Los Templarios eran legendarios por su invencibilidad en la batalla. Ninguno había enfrentado a un guerrero Templario y vivido para contarlo. Los ingleses, lo bastante astutos para notar que montaban en la batalla bajo el estandarte del famoso laird de Uchiha, volvieron sus monturas y corrieron lejos de una certera muerte.
A lo largo de Bannock Burn, Madara Uchiha era un animal implacable y veloz. Después los hombres dirían de él que había rivalizado con los Berserkers en su rabia mortal, y se compondrían epopeyas en su honor. Fue frío, certero y feroz, concentrado nada más que en la matanza. Se perdió en una oscuridad tan completa que no se preocupó de matar legiones: simplemente hería, esperando agotarse y ganar la tregua de la inconsciencia, un tipo temporal de muerte.
Cuando por fin uno de sus lugartenientes tomó la montura del rey inglés por la brida y sacó a prisa a Edward del campo de batalla en una admisión ruidosa de derrota, un bramido de triunfo hizo eco por los pantanos.
Los ingleses huyeron rápidamente al ver el estandarte de Edward dejar el campo, mientras los escoceses rugían su alegría.
En medio de la celebración, Madara sentía sólo un dolor salvaje que terminó demasiado rápidamente. Solamente un día de batalla, y ya no tenía ninguna opción para enfrentar su dolor y su antiguo enemigo. Una guerra de un mes lo habría hecho más feliz.
Mientras los hombres celebraban y desfilaban a través del campo para proclamar la derrota inglesa, Madara Uchiha se volvió en su montura y, sin detenerse a comer o descansar, montó de regreso hacia el Castillo Uchiha para destruir su Némesis.
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Madara percibió a Neji desde el momento que entró en el Castillo Uchiha.
Mientras montaba, había concedido la posibilidad de que un desastre natural o un accidente hubieran ocurrido a su amada. Pero la presencia de Neji podía significar sólo una cosa: el hada había encontrado a Sakura y había descubierto que había traído la botella.
O lo haces tú, o lo hago yo, había insistido el duende más negro.
La sangre rugió en sus oídos y aulló por la venganza. No se satisfaría con nada menos que la muerte del inmortal. Madara comprendió tardíamente que nunca debía haberla dejado sola, incluso ni por un momento, no importaba cuán segura había pensado que ella estaba en Uchiha. Aunque Neji había jurado no regresar nunca allí sin una invitación, al parecer lo tenía sin cuidado romper juramentos como había hecho Madara.
Quizás eran en verdad parecidos, pensó amargamente. Se había reñido a sí mismo una y otra vez en la carrera hacia Uchiha. Debía haberse quedado para confortarla, y entonces eso nunca habría pasado. Debía haber deslizado la poción de inmortalidad hacía meses en su vino, y eso nunca habría pasado. Debía haberle explicado que podía hacerla inmortal. Nunca debía haber dejado su lado, incluso por un momento. Luchar ahora en una batalla parecía tan trivial como era en verdad, comparado con la pérdida de su amor. Debía haber enviado a sus Templarios sin él, porque ellos habrían ganado de todos modos.
Dejó caer de golpe sus bultos al suelo y se acercó furtivamente al gran hall. Moriría por dentro más tarde, después de que se hubiera asegurado de que el pecador du siriche nunca manipularía de nuevo a otro mortal.
Ahora entendió por qué su visión lo había mostrado enloquecido siglos después, porque una vez que terminara con Neji, su rabia se disiparía y él sería consumido por un pesar sin fin. Se hundiría y abrazaría la locura.
Cuando Neji se volvió a saludarlo, Madara levantó una mano.
—Quédate allí. No te muevas. Ni siquiera me hables —rechinó a través de los dientes apretados, y se dirigió a los escalones.
Resopló cuando cruzó el corredor. Neji era tan arrogante que no preveía lo que Madara estaba a punto de hacer. Tirando la puerta de sus cámaras, pateó para abrir el cuarto oculto y rápidamente desenterró la Espada de Luz.
Cuando regresó al gran hall, la espada giraba en su puño, y Neji retrocedió.
—¿Qué planeas hacer con eso, Madara Uchiha? —preguntó el hada rígidamente.
La mirada de Madara no mostró misericordia.
— ¿Recuerdas el juramento que hice hace más de quinientos años?
—Por supuesto que lo hago —dijo Neji irritado—. Ahora suelta esa cosa.
Madara continuó como si Neji no hubiera hablado.
—Yo dije: Protegeré las santas reliquias. Nunca permitiré que sean usadas para beneficio mortal. Nunca los usaré para mí o el beneficio de Escocia. Pero lo más importante para ti, es que juré que nunca permitiría usar las armas benditas para destruir a un Tuatha de Danaan inmortal —él hizo silbar la espada brillando débilmente en un golpe veloz—. Ya no creo en juramentos, Neji. Y tengo los medios para destruirte. Un hombre sin juramentos podría destruir tu raza entera, uno por uno.
—¿Y entonces qué ganarías? —replicó Neji—. Te quedarías solo. Además, no sabes encontrar el resto de mi gente.
—Los encontraré. Y una vez los haya matado a todos, me clavaré en tu condenada espada.
—No funcionará. Un inmortal no puede matarse, ni siquiera con la espada sagrada.
—¿Cómo lo sabes? ¿Ha intentado hacerlo alguna vez?
—Ella no está muerta —espetó Neji—. Deja de ser tan melodramático.
Madara se quedó muy inmóvil.
—No puedo sentirla. Ella está muerta para mí.
—Te aseguro que está viva. Te doy mi palabra sobre mí mismo, ya que tú piensas que eso es todo lo que tengo por sagrado. Está segura. Deseó algo en el túmulo, y divirtió lo suficiente a Mito para aparecer y conferirle un don.
—¿Dónde está? —exigió él. Ella estaba viva. El alivio se descargó través de su cuerpo tan fuertemente que se estremeció con su intensidad.
—¿Y qué deseó?
—Deseó ir a casa —dijo Neji, más suavemente—. Pero realmente no quiso decirlo, yo estaba allí. Estuve cautivo al lado de Mito por algún tiempo, ya que ella me quitó mis poderes.
—¿Por qué te quitó tus poderes? —Madara estaba tan aturdido porque Neji hubiera sido tan severamente castigado, que se distrajo brevemente.
Neji parecía desconcertado.
—Por interferir contigo.
—Ah, hay un poco de justicia en su mundo, después de todo —dijo Madara secamente—. ¿Así es que Sakura ha vuelto al siglo XXI? —él podría soportar setecientos años de soledad para estar de nuevo con ella.
—No.
—¿Qué quieres decir con "no"? Dijiste que ella deseó regresar.
—Lo hizo. O algo así. Ella era muy irresoluta en ese punto. Podía sentir su indecisión. Por lo que yo ni cumplí ni no cumplí. Mito me dio la orden de 'envíala', y yo obedecí la esencia de su orden enviándola a un lugar seguro, fuera del tiempo, hasta que volvieras. Por eso es que no puedes sentirla. Ella no está... realmente en este mundo.
—¿Dónde está? —dijo Madara entre dientes.
Neji le lanzó una mirada burlona.
—Hice algo mejor que enviarla a su casa. Si yo la hubiera devuelto al futuro, tú te habrías sentado pacientemente sobre tu trasero de guerrero disciplinado y habrías esperado setecientos años para verla de nuevo. Tan pasivo, tan detestable humano. Y entonces yo no habría conseguido lo que quería.
—¿Dónde está? —rugió Madara y giró la espada.
Neji sonrió abiertamente.
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Sakura dio de puntapiés a la arena con incredulidad. Estaba en una isla tropical.
—In-cre-í-ble —murmuró.
Pero realmente no lo era, enmendó. Estaba en perfecta consonancia con el estado lamentable de su existencia. En alguna parte, Dios estaba convulsionado de risa, cada vez que ella subía verticalmente alrededor de otra curva ciega a lo largo del curso enloquecido que él había propuesto para su vida.
Miró fijamente el océano y respiró profundamente. A pesar de su irritación, adoraba la playa; nunca había conseguido pasar mucho tiempo en ella, y aunque no podía evitarlo, inhaló avariciosamente el aire de sal.
Las olas barrieron la arena suavemente. El mar era tan bonito que era difícil de considerar para cualquiera no prolongar su estancia en ese tiempo. El agua era impresionante, de esas exóticas que uno sólo vislumbraba dentro de las páginas de los engañosos folletos de viajes con fotografías retocadas con Photoshop. Seguía en la playa blanca perfecta con pámpanos espumantes.
Chispeante espuma blanca, reluciente arena blanca, y una extensión interminable de agua cristalina.
Estrechó sus ojos.
Era demasiado perfecto. Algo era raro allí. Incluso el aire se sentía extraño. Olía... olfateó cautamente.
Como Madara.
¿Cómo podría una isla oler como Madara?
Sentía un dolor en lo más profundo al pensar en él. Primero había tenido a su madre, pero no vida. Después había tenido a Madara, pero ninguna madre. Ahora no tenía a ninguno, y los extrañaba a ambos con todo su corazón.
—¿Qué hice para merecer esto? —exigió al cielo sin nubes.
—Como si hubiera alguien allí a quien le preocupara —oyó que alguien decía secamente—. ¿Por qué miran siempre hacia arriba cuando usan la retórica? Sería mejor que la criatura nos rogara a nosotros.
Ella se volvió en la arena. Dos hombres absolutamente bellos estaban de pie en la playa, vestidos con simples túnicas blancas. Uno era tan moreno como el otro era blanco, y los dos estaban contemplándola con desdén.
El Adonis rubio gesticuló a su compañero.
—Qué extraño, por un momento casi pensé que me oyó. Ahora parece estar mirándonos.
—No es posible. No puede vernos ni oírnos a menos que nosotros lo permitamos.
—Odio estallar su burbuja pagada de sí misma, pero los veo y soy mortal. ¿Eres tú uno más de esos perniciosos hadas no-se-qué? —ella preguntó irritada. Al infierno con ellos. No iban a manipularla. ¿Además, cuán peor podría ser su vida?
—¿Hadas no-se-qué? —los ojos del rubio se ensancharon—. Nos llamó hadas no-se- qué —informó a su compañero—. Nos ve. ¿Piensas que puede ser uno de esos mortales entrometidos que ve ambos mundos y que nuestra Reina y el Rey secuestran al nacer?
El hombre moreno arqueó una ceja.
—¿Entonces dónde ha estado esta? Porque me parece totalmente crecido.
—Yo no soy un 'esta', estoy totalmente crecida, no me secuestraron al nacer y apreciaría que no hablaras de mí como si no existiera.
—¿Entonces cómo viniste aquí?
—¿Dónde es aquí? —Sakura preguntó rápidamente. Iba a asumir el mando de eventos de momento en ese lugar extraño.
—Morar. Es donde los Tuatha de Danaan se retiraron después del Pacto —dijo el Adonis.
—Llévame a tu Reina —ordenó Sakura imperiosamente.
Ellos intercambiaron miradas, y luego simplemente desaparecieron.
Los hombros de Sakura cayeron. Bravo con su conducta imperial. Había pensado que había parecido bastante regia.
Apagó un suspiro y empezó a caminar playa abajo, decidida a enfrentar con aplomo el nuevo fenómeno que el destino escogiera sacar de los dientes del océano. Una piraña grande como una ballena en bikini sobre la playa no la habría sorprendido en ese momento.
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—Morar —repitió Madara, su mandíbula apretándose—. ¿Y por qué la enviaste a la isla de tu gente?
—Para dejarla fuera del tiempo un poco, mientras esperaba tu retorno. Comprar tiempo para tomar una decisión.
—¿Una decisión sobre qué? —preguntó Madara fríamente.
—Sobre lo que deseas hacer con ella.
—No necesito tiempo para decidir eso: quiero casarme con ella, la quiero aquí, y la quiero inmortal. Pero no entiendo tus motivos. Pensé que la querías muerta, Neji. No forzarás otro juramento de mí.
—Nunca tomes algo de lo que digo o hago literalmente, Madara. Nunca se trató de eso. Necesitabas romper algunas de tus reglas ridículas. Yo te puse simplemente en una posición donde te obligarías a cuestionarlas. Si la hubieras matado, me habría sentido inmensamente defraudado. Nunca entendiste lo que yo realmente perseguía.
Madara agitó su cabeza, y murmurando, tranquilizó su respiración. Toda su angustia sobre romper el juramento había sido para nada, porque Neji nunca había deseado que lo cumpliera, para empezar.
—Y tampoco lo entiendo ahora, ¿por qué no me lo explicas?
Neji lo rodeó, estudiándolo.
—¿Por qué no sueltas esa espada? —él se estremeció—. Te la dimos para que nosotros no nos tentáramos para luchar entre nuestra propia gente. Confiamos en ti.
—Me coaccionaste para ser el guardián, y tú lo sabes bien —dijo él amargamente. Aun así, permitió que la punta bajara hacia el suelo, aunque mantuvo su mano firmemente en la empuñadura.
Neji se relajó.
—De la manera en que yo lo veo, tienes varias opciones. Puedes ir a unirte a ella donde está. En mi mundo —él agregó limpiamente—. O puedes traerla de regreso aquí. O puedes ir a su futuro y entonces enviarla de regreso. Ella está segura, fuera del tiempo, mientras decides.
—¿Por qué te burlas de mí, Neji? Sabes que yo no sé hacer ninguna de esas cosas. ¿Estás ofreciéndote a realizar tal magia por mí?
Neji parecía dolido.
—No puedo. Mito ha sujetado mis alas, por así decirlo.
—¿Entonces exactamente cómo esperas que yo me lance a través del tiempo? Morar no es accesible por medios mortales. Has atrapado a mi mujer en una isla de hadas a la que yo no tengo ningún medio de viajar —dijo él, sintiendo crecer su enfado de nuevo.
Neji miró desafiante a Madara.
—Sí, puedes.
Madara agitó una mano en el aire.
—No puedo cernir el tiempo; si pudiera, me habría ofrecido a regresarla cuando descubrí lo que ella había perdido y cuánto le dolía.
—Puedes cernir el tiempo. Lo sabes. También sabes que hace muy poco hubo un momento en que habrías dado cualquier cosa por haber aceptado mis lecciones. Te negaste a permitirme enseñarte, pero sabes que tienes el poder que hierve dentro de ti. Ruega ser librado. Aprenderías rápidamente. Me tomaría días solamente enseñarte cómo cernir el tiempo. Podríamos practicar con paseos cortos.
Madara lo consideró y no dijo nada. Un músculo en su mandíbula tiraba bruscamente.
—Madara, he estado diciéndote durante quinientos años que puedo enseñarte cómo moverte a través del tiempo y el espacio. Siempre has sonreído con desprecio y te has alejado. Ahora te lo ofrezco de nuevo: puedo enseñarte cómo cernir el tiempo, tejer mundos, cómo cambiar el futuro de Sakura para que sus padres no mueran. Puedo enseñarte lo bastante para que puedas prevenir el choque de automóvil, quizás incluso prevenir el cáncer, y devolverla a su futuro con su recuerdo de ti intacto. Cuando lo hagas, puedes unirte con ella allí, o traerla de regreso. O compartir sus vidas entre los dos lugares. Puedes hacer todo lo que quieras, Madara Uchiha. Siempre te he dicho eso.
—¿Y cuál es el precio de ese conocimiento, Neji? ¿Cuál es el precio para regresar a mi mujer?
—Oh, es tan simple —dijo Neji suavemente—. Es todo lo que he querido alguna vez, desde el principio —él asintió con la cabeza alentadoramente—. Tú sabes lo que quiero. Te ofrezco un trato. Permíteme enseñarte. Permíteme llevarte a donde perteneces. Permíteme mostrarte mi mundo. No es tan malo.
Madara gruñó y frotó sus ojos. Hacía quinientos años había jurado evitar ese momento a toda costa. A lo largo de los siglos, Neji lo había tentado repetidamente con algo que él pudiera desear, y falló en cada oportunidad. Al parecer, Neji había comprendido que la trampa tendría que ser puesta más hábilmente, y esta vez había tenido un éxito brillante. Lo que Madara se había negado durante cinco siglos se había hecho inevitable ahora. El hombre del siglo IX dentro de él se encogió de hombros, inclinó la cabeza, y cedió en su derrota. ¿Era malo? ¿Eran Neji y su raza malas? ¿O había perdonado Madara a Neji por los pecados cometidos hacía tiempo?
Sus opciones eran dolorosamente simples: estar con Sakura, o no estar con Sakura.
Lo último era inaceptable, y Neji sabía eso. Madara se sentía manipulado por Neji amargamente, y el enojo lo quemó por dentro. Esa situación había sido diseñada y orquestada por Neji Hyūga desde el principio.
Pero entonces pensó en Sakura. Lo que existía entre ellos no tenía nada que ver con Neji. Neji podía haber manipulado los eventos diestramente, pero sólo Madara se había enamorado de Sakura. Él la habría amado no importaba dónde la hubiera conocido. Su enojo se esfumó.
Si él aceptara lo que Neji estaba ofreciendo, podría cambiar la vida de Sakura: podría deslizarse al futuro y salvar a sus padres: podría devolverle todo lo que ella quería de la vida, y estar de nuevo a su lado. ¿Y no había estado jugando él mismo con esa idea durante algún tiempo? Cuando le había pedido que le dijera todo sobre su vida, cuando había escuchado y había tomado apuntes mentales... sí, incluso entonces, él había estado analizando posibilidades en el fondo de su mente. Su amargura por lo que Neji le había hecho hacía quinientos años al convertirlo en inmortal, lo había hecho rechazar violentamente todo lo que tenía que ver con los Tuatha de Danaan. Pero quizás no sería tan malo después de todo.
Él sabía que ella lo amaba. Y si tenía que aceptar las lecciones de Neji, sólo para rescatarla de la isla de las hadas, ¿por qué no recorrer todo el camino? ¿Por qué no perfeccionar su mundo y darle todos los deseos de su corazón? Como un regalo, para ser tan poderoso que pudiera convertir en realidad sus sueños más salvajes. ¿Qué más podría darle a ella?
Todo, dijo Neji sin palabras.
Madara miró a Neji.
¿Tendría el valor de ir al tiempo de Sakura? ¿Atreverse a ir y amarla allí?
Él la amaría en cualquier parte.
¿Atreverse a darle lo que quería a Neji?
Madara Uchiha hizo una respiración profunda y contempló al duende más negro. Vio ante sí el potencial para la corrupción, el poder ilimitado, la libertad espantosa.
Quizás vio un poco de sí mismo en esos ojos oscuros.
—Es tan fácil —le aseguró Neji—. No te dolerá, una vez que lo hagas por primera vez. Encontrarás que se siente bastante natural después de un tiempo.
Madara asintió con la cabeza.
—Entonces enséñame. Enséñame todo lo que sabes... padre.
