Notas principales: Capítulo inspirado en las canciones de Ludovico Einaudi (Experiencie y Nuvole Blanche). Si desean pueden escucharla mientras leen.

Advertencias: Cambios de narrador.

Capítulo 30: El aliento de la muerte (Parte I).

Hay quienes dicen que cada persona en este mundo nace con un libro, en el cual redactan sobre aquellas pulcras páginas a lo largo de su existencia. De ser así, sé que he manchado muchas páginas con la tinta carmesí de terceros; otras de tono negro con el odio y el resentimiento que he llegado a sentir, y últimamente con tinta azul producto de la tristeza y angustia.

Y heme aquí, tendido sobre el cuerpo de mi enemigo y sin moverme, rodeado de los trozos de vidrio de aquel ventanal, los mismos que me han hecho varios cortes en la piel. Todo es confuso dentro de mi adolorida cabeza y es que todo ocurrió con mucha rapidez. Fue causado por el instinto asesino y de supervivencia a la vez, porque ya no importaban las futuras consecuencias.

Hay instantes en que olvido cómo respirar adecuadamente, sintiendo el agudo dolor producto de mis huesos rotos y siendo incapaz de articular palabra, con suerte emitiendo algunos quejidos que ni siquiera puedo oír del todo.

Ya no sé si mis oídos sangran o si la lluvia sigue cayendo sobre mi, y todo pareciera suceder en cámara lenta ante mis ojos. ¿Será la agonía? ¿Será el castigo previo al que deberé pagar luego de mi muerte terrenal? ¿Será por aquella sombra misteriosa que viene acercándose en mi dirección?

Entonces… no queda mucho tiempo.

Ya no puedo hacer nada más que esperar mi partida, y es por eso que quiero pensar que estoy redactando el último capítulo de mi vida en aquel libro imaginario, pero aun así se siente vacía la idea de hacerlo. La cuestión es, ¿quién lee esto de todos modos? ¿Dios? ¿Tu rama de ancestros? ¿Tú mismo antes de emprender una nueva vida para evitar los mismos errores de la anterior? De ser así, solo quiero escribir en estas últimas páginas una carta para ella. Prefiero pensar en su persona hasta que mi aliento se acabe, porque la muerte ya viene y así la espera será más amena.

Asimismo, una carta es lo más indicado, pues solo ella sabía leerme como si fuese un libro abierto, y entenderme a pesar de no ser bueno expresándome con palabras dichas de manera verbal. Quizás, la mejor manera de comenzar sería así:

Querida, Rin.

Mi hora ha llegado y solo tengo dos cosas en claro en este momento. Primero, que nunca escucharás estas palabras por los motivos que ya conocemos; y segundo, que jamás podré reproducirlas en voz alta alguna vez. Mi dolorosa agonía lo impide y la muerte camina en mi dirección, lentamente, sosteniendo la hoz entre sus manos.

Antes de partir, debo confesarte que la muerte no es tan pacífica como algunos religiosos predican. Al menos no aplica en mi caso. Sin embargo, no es menos de lo que merezco por mis acciones pasadas.

También debe influir el hecho de que no me arrepiento de nada. En serio, amor mío, no bromeo. Si lo hiciera, obviaría muchas cosas que no me habrían guiado hacia ti. No te hubiese conocido ni tenido la dicha de amarte como lo hago, ni tampoco hubiera recibido todo el amor y la entrega que tuviste hacia mi persona, aunque no lo mereciera.

Así que la respuesta sigue siendo "no", no me arrepiento en lo más mínimo. Sé que si estuvieses frente a mí, lucharías obcecadamente para hacerme cambiar de opinión, manteniendo la esperanza de salvar un alma perdida. Pero no es así, Rin, no hay nada que se pueda hacer al respecto. Solo queda esperar y acatar lo que merezco.

Solo me queda agradecerte por todo, y esperar que logres encontrar la paz para descansar sin preocupaciones terrenales, las que sé que suelen agobiarte según tus creencias.

Yo me aferro a un pensamiento que me llevará a la paz que tanto quieren alcanzar los humanos antes de abandonar este mundo. Al menos eso quiero creer. ¿Quieres saber cuál es? Lo único que me da paz, es que después de lo ocurrido, todo ha finalizado por fin y que ya no queda nada más porqué luchar. Todo se ordenará conforme pase el tiempo, aunque no estaremos para verlo con nuestros propios ojos.

¿Será muy simple aquel pensamiento? No lo sé, tal vez un poco. Sin embargo, no dejo de maldecir el hecho en que estuvimos a un paso de tenerlo todo, amor mío.

Un hijo, una familia, una vida juntos.

Quiero que sepas que, con mucho gusto, jamás te hubiese dejado sola en esto, no por la responsabilidad social que recae, sino porque eras tú la madre. Tú y solo tú. Ese bebé era el fruto de un amor mutuo y eso lo hacía único. Me pregunto cómo sería. ¿Inteligente y con instinto de supervivencia? ¿Gentil y humano como tú? ¿Artista o de pensamiento lógico? Se me vienen tantas preguntas a la mente, que si las menciono todas no terminaría nunca y el tiempo va en contra.

Pero, eso ya nada importa, ¿verdad? Ya no estás aquí para hacerlo realidad. No estás para acompañarte, ni abrazarte, ni verte convertida en una madre hormonal que desea matarme por no parecer tan preocupado como tú lo estarías. Porque sí, los bebés deben llorar, Rin, aunque eso te rompa el corazón.

Y ahora, ya no queda nada más que tu muerte vengada, porque tengo certeza que estarás en el paraíso descansando de la maldad que ha corroído tu existencia, y que yo voy al lado contrario para pagar todo lo hecho. De seguro tu pequeño hermanito, Etsu, ya te ha dado la bienvenida en aquel cálido y tranquilo lugar.

Cuánto necesito abrazarte en este momento, sentir tu calor una última vez, decirte nuevamente y mil veces todo lo que siento por ti. No por medio de una carta como en el pasado, ni solo dedicarte mis últimos pensamientos agonizantes. No, mereces mucho más que eso y nos robaron el tiempo, el espacio y nuestra posible vida.

Hubiese dejado todo por ti y por ese bebé. No más agencia, no más persecuciones, torturas ni muertes. Solo quería entregarte la vida pacífica y llena de amor que siempre quisiste y que la villanía nos robó.

Te robó de mi lado sin que pudiese hacer algo para impedirlo.

Mi pecho se aprieta y quiero llorar por ser tan inútil. Sí, ahora que lo pienso hay algo de lo que me arrepiento, y es de no haber recibido ese disparo por ti. Tú merecías vivir una larga y feliz vida. Todo sería tan distinto. Sé que te hubiese dolido mucho mi muerte y quizás sentirías que el mundo podría abrirse a tus pies, pero habitaba una fuerza de la naturaleza en ti, que te ayudaría a sobrellevarlo poco a poco, y eso hasta te haría más fuerte, porque nada podía contigo.

Sin embargo, Naraku no estaría muerto. Iría por ti en algún momento, morirías de igual forma y yo no podría hacer nada para impedirlo, lo que nos deja en la misma posición. Es decir, ¿todo debía ocurrir tal cual sucedió?

Maldita vida, miserable y llena de ironías.

El tiempo se acaba, Rin, y ya no puedo más. Espero que en otra nos volvamos a encontrar y poder vivir nuestro amor libre de karmas, sin enemigos ni hermanas locas, donde solo seamos dos personas que se aman y comparten sus vidas por largos años, quizás formando una familia, o tal vez no, pero de que seremos felices, lo seremos, de eso me encargaré yo.

Te lo debo. Te lo prometo aunque deba pagar con mi alma luego de ello.

Debo irme, la muerte ya está posicionada a mi lado aunque suene irreal. Con sus dedos fríos, me coge del hombro y voltea hasta quedar de espaldas, ya que todo este tiempo he estado inmóvil sobre el cuerpo de mi mayor enemigo.

Es curioso, ya no siento frío, ni siquiera mis huesos rotos. Todo se siente tan pacífico ahora.

Quizás los religiosos no estaban tan errados como pensé. Qué ironía.

Me despido de ti, amor mío. Te amo y seré tuyo por toda la eternidad, y no descansaré hasta encontrarte una próxima vez.

Mientras tanto, espera tranquila.

Atentamente, Sesshomaru Taisho.

La muerte, con su velo negro, se posiciona sobre mi, a escasos centímetros de mi rostro. Con la punta de sus dedos huesudos, toca ahora mi tórax, luego los sube hasta mi mejilla derecha y retrocede hasta la altura de mi boca, la cual abre tan lento como si se tratase de un sagrado ritual.

Al estar tan cerca, juraría ver una sonrisa tras ese velo que cubre su rostro, como si pudiese leer mis anteriores pensamientos. En su misma posición, aquel ángel verdugo, libera un gélido aliento hacia mi boca y luego…todo se vuelve oscuro.

'Inhala profundo…Retiene…Exhala lentamente…Repite'.

¡Al diablo con esto!

Se supone que este ejercicio de respiración calmaría mis nervios, pero por más que lo intento no puedo relajarme. Tampoco ha hecho efecto la infusión de hierbas que Inuyasha me trae al cuarto de vez en cuando. Por este motivo, he optado por recibir la taza con aquel tibio y maloliente líquido, sin objeciones para no menospreciar sus atenciones, pero lo vierto en el lavamanos del baño interior sin que se percate.

Dicho esto, es imposible bajar los niveles de estrés y angustia mientras me siento una completa inútil. ¿Motivos? No puedo estar donde deseo por ser una civil ordinaria; por no saber defenderme cuerpo a cuerpo o siquiera manejar un arma sin autolesionarme en el intento.

Patética, Kagome, eres patética.

Inuyasha me ha recomendado estar recostada hasta tener noticias de Rin y su rescate, con el fin de evitar algún tipo de descompensación física por la carga emocional acumulada, ya que han sido días muy intensos. Como punto adicional a su recomendación, no vería a los agentes que están custodiando el apartamento de Rin mientras todo se lleva a cabo según lo ordenado por Sesshomaru. Aun así puedo escucharlos hablar en voz baja, sin lograr entender lo que dicen al otro lado de la puerta. Él espera en la sala con esos extraños, procurando darme privacidad y espacio.

Sin embargo, solo quiero la compañía de alguien en específico, pero no está aquí.

Mi persona especial.

Mis manos sudan y tiemblan levemente ante la presión de la espera. Con suerte me mantengo aquí encerrada en el cuarto de la dueña de este departamento, el sitio más seguro por el momento según todos, pero el que más recuerdos y sentimientos encontrados me provoca. No puedo evitar echar un vistazo a mi teléfono cada tres o cinco minutos, con la anhelante esperanza de recibir una llamada o mensaje que me diga que todo ha salido bien. No obstante, también existe la posibilidad de tener las noticias contrarias y es lo que menos deseo en este mundo.

Él lo prometió. No te puede fallar nuevamente, Kagome.

Abrazo mis piernas en un acto reflejo, las cuales están cubiertas por una manta a cuadros que solía robarle de vez en cuando a su dueña cuando venía a dormir aquí. Me encantaba su esponjosidad y calidez, pero hoy extrañamente no me priva del frío. En realidad, la cama se siente diferente ya que nunca se me hizo tan gigantesca, poco confortable y vacía. Tarde me di cuenta que quien la hacía cálida y acogedora era Rin.

Esta recámara era nuestro santuario, nuestro lugar de encuentro y de desahogo, donde podíamos pasar tardes enteras o largos desvelos nocturnos sin considerar el paso del tiempo. La extraño demasiado y quiero tener más de eso. Cada momento, cada risa, enojo y/o llanto.

Ya bastante tuve con perder a mi padre. No quiero perderla también.

Apoyo el mentón sobre mis rodillas y sin que pueda evitarlo las lágrimas inundan mis ojos. Trato de retenerlas en su lugar de nacimiento, pero se niegan a mantenerse prisioneras. Se desbordan poco a poco, resbalando confianzudamente por mis mejillas y dejando su huella salina y transparente a su paso.

Me permito llorar esta vez, porque mi alma ya no puede más consigo misma. Comprimo mis labios para ahogar un sollozo sonoro que llame la atención de Inuyasha y los agentes inquilinos que radican aquí esta noche.

Al menos la tormenta que afecta a esta hora podrá disimular un poco mi llanto, ya que la lluvia se estrella contra las ventanas de la habitación y del departamento en sí.

Luego, algo extraño y familiar ocurre. Percibo un leve hundimiento en el colchón, tal como sucedía cuando lloraba sobre esta cama, junto con una inusual calidez sobre mis hombros. La sensación se asemeja a un abrazo invisible que logra calmarme.

Instintivamente observo a mi lado esperando encontrarla en carne y hueso, pero no está. Solo me encuentro con su recuerdo físico y sus palabras acompañadas de aquella sonrisa apaciguadora que le caracteriza:

-"No te preocupes. Pronto todo acabará, Kagome".

Mi corazón se acelera con solo escucharla y mis ojos quedan expectantes a sus movimientos o expresiones futuras. Anhelo que tenga razón, aunque sea una alucinación producto de la fuerte carga emocional, porque eso es ¿no es cierto? Se ve demasiado real para serlo, pero una luz en mi conciencia racional me insiste en que Rin no está aquí como debería.

-¿Lo prometes? –Musito dejando de lado lo lógico, apegándome a la esperanza que me brinda lo emocional-

-"Ya lo verás. Solo debes tener paciencia". –Su mano izquierda se alza hacia mi cabeza, queriendo tocar mi cabello y consolarme como normalmente lo hace. Sin embargo su toque es invisible, intangible. Nunca se concreta aunque lo desee con todo mi ser- "Recuerda que no hay mal que dure cien años."

-Ni cuerpo que lo resista, ¿no?

Contesto dibujando una sonrisa nostálgica en mis labios, ya que ante ese viejo refrán siempre solíamos contestarlo de ese modo en el pasado. Ella pareciera querer añadir algo más, pero la sonrisa cálida que antes tenía en su rostro comienza a borrarse poco a poco, dejando ver una expresión de tormento en sus ojos.

Se asemeja a una pedida de auxilio silenciosa.

Apunta a la ventana. Acato su muda petición y solo veo las gotas de lluvia deslizarse contra el cristal.

¿Qué quieres que vea?

Antes de cuestionar verbalmente su intención, un trueno remece el cielo y la tierra reventando la burbuja en la que me encontraba momentos antes. La realidad golpea cuando el teléfono pareciera vibrar sobre la mesita de noche, pero al cogerlo noto que está igual que antes: vacío. La barra correspondiente a la señal de telecomunicaciones disminuye y extrañamente mi pecho comienza a apretarse. Más bien mi corazón se encoge como si lo sostuvieran en un puño, consiguiendo que el aire se entrecorte y mi vientre se retuerza de mañera extraña.

Vuelvo a dar una ojeada al costado izquierdo de la cama pero Rin ya no está a mi lado. Se ha desvanecido. Grito su nombre, llamándola desesperadamente mientras este malestar aumenta. Inuyasha no tarda en aparecer en la habitación y corre hacia mí ante la mirada incrédula de los agentes que siguieron sus pasos hasta la puerta. Al verme en este estado ellos no ingresan, brindándonos espacio.

-Kagome, ¿qué ocurre? –Pregunta con suavidad tratando de ocultar su preocupación, mientras me acobija contra su pecho y acaricia la espalda en un gesto de consuelo- ¿Otra pesadilla?

No puedo hablar de momento. El llanto es más fuerte que mi intención comunicativa. Me aferro a él sin soltar mi teléfono celular.

Rin. Algo no va bien, lo presiento.

Cierro los ojos. Intento calmarme e identificar mentalmente los objetos que hay en esta habitación. Una por una, incluyéndonos. Luego, el ajetreo de los agentes es notorio fuera de la habitación. Mi vista se dirige a la puerta donde uno de ellos nos observa en silencio. Él, con un tacto impresionante, pide hablar con Inuyasha un momento. Mi novio se aparta de mi seriamente y el otro hombre le dice algo en voz baja.

Inuyasha me devuelve la mirada y sé que algo ha ocurrido, pero que no encuentra las palabras adecuadas para hacerlo. Sabía que ese silencio vaticinaba algo.

-Dilo de una vez, por favor.

-Acaban de notificar que Rin está en el hospital. –Obedece a mi petición, rascándose la cabeza con nerviosismo-

-¿Está…está…?

No me atrevo a vociferarlo en voz alta.

-No lo sé, allá nos darán información de su estado. –Contesta antes de que pueda terminar la pregunta- Pero, ha sido algo grande lo que ha ocurrido.

-¿Qué tanto? –Digo mientras me incorporo rápidamente y me dirijo al armario para coger uno de los abrigos de Rin, al igual que mi celular- ¿Se sabe algo de tu hermano?

-Lo suficiente para que estos agentes nos lleven personalmente hasta allá. –Se limita a decir mientras me observa. Su tono de voz demuestra aflicción- Y respecto a Sesshomaru… no me han dicho nada aún.

-De seguro está camino al hospital también, si es que ya no llegó antes que nosotros. –Camino hacia el exterior de aquella habitación en busca de mi bolso y documentación- ¿verdad?

-Esperemos que así sea.

Y no obstante, esas palabras sonaron tan vacías, porque demostraba su angustia interna, pero no podía juzgarlo. No quería alterarme más de lo que ya estaba. Así que decidí mantenerme en silencio todo el trayecto hasta el hospital, para así brindarle un poco de paz, pues no solo era yo la que tenía un familiar involucrado directamente en todo este meollo, sino también él.

Luego corroboré por mí misma lo grave de la situación que desde el interior del apartamento de Rin ignoraba por completo. Fujisawa entró de un momento a otro en un estado de emergencia y todo se había convertido en un gran alboroto debido a las múltiples patrullas, ambulancias, helicópteros incluso, que iban de un sitio a otro.

Algunos conductores consultaban a viva voz si se trataba de una invasión extranjera o de mero terrorismo, ya que asociaban la similitud de hechos con la explosión del edificio en Tokio. Si solo supieran la clase de personas que los agentes estaban combatiendo, sin duda se devolverían a sus hogares sin rebatir, pero como no era así, algunos desafiaban la autoridad.

Los policías y algunos militares dirigían el tránsito con el fin desviar los trayectos hacia el sector del puerto, incluso intentaron devolvernos a nuestros domicilios por la alerta emitida, pero al ser conducidos por agentes de la central de inteligencia, el panorama cambió. Rápidamente nos dieron luz verde y nos dirigimos al recinto de salud tan rápido como fue posible.

Al descender del vehículo, mi estómago extrañamente se contrae y el aire de mis pulmones pareció disminuir de un momento a otro. ¿Presentimiento? No lo sé, pero aun así no podía dejar de mover mis piernas y entrar al edificio donde por fin sabría la verdad sobre el estado de Rin.

El sonido de mis pisadas se detuvo tras dar unos cuantos pasos en el interior de Urgencias, ya que fue impresionante ver la cantidad de gente sobre las camillas, baleados, cercenados y algunos con serias quemaduras. Unas manos protectoras sobre mis hombros estremecidos me guían hacia donde los agentes indican.

No puedo escuchar mucho de lo que dicen, ya que persisten los lamentos agónicos de esas personas en mis oídos. Algunos suplican ayuda en su agonía, otros maldicen y unos cuantos lamentan sus pecados antes de morir.

No soy del todo consciente cuando nos ponen en frente de un doctor, cuya bata está cubierta de sangre y su frente de un espeso sudor. Ha sido una frenética jornada para el equipo de salud y quizás deban enfrentar mucho más.

-Doctor, mi nombre es Inuyasha Taisho y ella es Kagome Higurashi, quien es familiar directa de Rin Higurashi. –Habló Inuyasha guardando la compostura tanto como podía- Nos dijeron que tenían información sobre esta última, pero los agentes no nos han dicho nada hasta ahora y que por protocolo debíamos consultarle a usted directamente.

-En efecto. –Concordó el médico retirando la cofia de su cabeza para sostenerla un momento en sus manos enguantadas- ¿Cuál es su parentesco con la señorita Higurashi?

-Prima.

-Hermana. –Respondí al mismo tiempo que Inuyasha, a quien no pude evitar mirar con mala cara debido a su impulsiva respuesta- Es una larga historia, pero soy su hermana al fin y al cabo, y quizás su única pariente con los cinco sentidos.

-Me temo que no tengo muy buenas noticias, señorita. -Su semblante cansado se hizo más evidente e indicó en silencio que lo mejor era tomar asiento en una de las bancas de aquel frío pasillo. Una vez que lo hice, prosiguió- No puedo llegar a imaginar siquiera lo que está pasando o sintiendo en este momento, pero debo decirle la verdad sobre el estado real de la señorita Higurashi.

Tensión. Mis lágrimas se acumulan en mis ojos sin poderlo evitar. Atrapo la mano de Inuyasha intentando ser fuerte para lo que se viene, porque sé que si se demora tanto en decir qué rayos ocurre no es nada bueno y no sé si estoy lista para escucharlo.

-Está…

¿Qué hago si ella no está?

-Está en estado crítico, en quirófano en este mismo instante.

¡Doctor, hijo de su perra madre!

-Entonces, ¿está viva? –Sonrío sin poderlo evitar, derramando las lágrimas que mantuve a duras penas cautivas, ignorando el hecho que deseo darle un puñetazo por tenerme en este estado agónico- ¡Sigue con vida, Inuyasha! –Me pongo de pie y lo estrecho entre mis brazos, tan fuerte como me permiten mis fuerzas- ¡El maldito de Sesshomaru lo logró! ¡Cumplió su promesa!

-Creo que no entiende por completo lo que digo y, en serio, lamento decir que el panorama no es tan positivo como piensa, señorita. –Me volteo para verlo, quien ya se encuentra de pie también- La señorita Higurashi está muy débil. Está en un severo caso de deshidratación, inanición, y otros aspectos que luego se le detallarán. –Tras el gesto de exasperación de mi parte, el cual amenazaba en querer darle esta vez un golpe, añadió- Ha sufrido un paro cardiorrespiratorio camino al hospital. De no ser por la reanimación oportuna de nuestro personal, otra sería la historia. Además, estamos haciendo lo posible para salvar al bebé mediante una cesárea de emergencia…

-Pero, ¡si tiene con suerte cinco meses y algo de embarazo! –Interrumpí sintiendo mis fuerzas flaquear- ¡Ni siquiera debe tener el peso necesario para sobrevivir fuera del útero de su madre!

-Kagome, necesitas calmarte un poco.

-¡No, no me calmaré! –Rebatí queriéndome jalar el pelo de la frustración- ¡Es una locura lo que están haciendo!

-Lo lamento, pero con la condición actual de la paciente, prácticamente era inviable ese embarazo a largo plazo. –Explicó tan sereno como pudo, pero con cara de querer aplicarme un sedante si no cambiaba la actitud- Si tenemos suerte, el bebé sobrevivirá recibiendo los cuidados necesarios en la UCIN.

-¿Qué rayos es eso? –Cuestiono sin entender las siglas médicas-

-Creo que se refiere a la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales. –Explica algo dudoso mi acompañante-

-En efecto, señor Taisho. –Confirma el doctor Asa Ishikawa, cuya identificación indica su nombre- Ahí se monitoreará en la incubadora y se aplicará el protocolo establecido en estos casos. Solo intentamos salvar la vida, tanto de la madre como del hijo.

-¿Qué mierda te hicieron, Rin? –Estallo en lágrimas nuevamente, ocultando mi rostro en el pecho de Inuyasha como una niña pequeña- No se supone que esto debiese ocurrir así.

-Se refiere al secuestro. –Explica mi paciente acompañante, mientras me contenía lo mejor que podía- Sé que ella aprecia el esfuerzo que están haciendo con Rin y su bebé, solo es la situación lo que la tiene así de trastornada.

-Por favor, sálvenlos. –Supliqué viéndole de reojo, y con vergüenza me acerco a él, para coger sus manos entre las mías, en una clara señal de petición casi divina- No sabe cuánto los necesito, doctor. Ya casi no me queda nadie en este mundo.

-¿Ella no es casada, verdad? –Niego con la cabeza- ¿Alguna figura parental?

-Mi tía acaba de morir y mi tío está recluso con un par de huesos rotos. –Explico- De seguro escuchó en las noticias el escándalo judicial cuando todo explotó en su cara hace unos meses. –El médico asintió- Mi prima, Mei, que es también su hermana, no está psíquica ni emocionalmente estable.

-Lo que la convertirá en la persona que, esperemos no suceda, deberá tomar decisiones respecto al estado de la paciente. –Comenta con toda su ética profesional que le ha caracterizado hasta el momento- Debe estar preparada para todo, porque las siguientes horas serán cruciales para ambos, ¿de acuerdo?

Solo un asentimiento silencioso basta. Le suelto las manos que en todo momento siguieron enguantadas, y ya no puedo escuchar más. Rin está aquí y a la vez no. Ahora la pregunta es, ¿dónde está Sesshomaru?

Kagome…Kagome, despierta.

Abro los ojos, es Inuyasha quien me despierta de mi breve sueño. No tengo idea qué hora es, pero me extiende un vaso de café caliente y humeante para despejarme los sentidos. La sala de esperas sigue siendo un caos, pero aun así no sé cómo pude dormir un instante. Impensable, pero sucedió.

-Tranquila, creo que fueron cinco o siete minutos con suerte. –Explica bebiendo un poco de su propio vaso- No te has perdido de nada.

-¿Qué hora es? –Consulto con nerviosismo-

-Apenas las tres de la mañana.

-¿Y aún no dicen nada de Rin? –Reclamo entre dientes- ¡Porque es ilógico que siga en quirófano!

-Esperemos que no haya tenido otra complicación, Kagome. –Suspira un poco cabreado- El médico nos ha dicho que está en estado crítico y hay muchos más como ella por lo que verás. –Apunta a todos los familiares que se han acumulado tras cada hora transcurrida-

-Lo sé, es solo que…

-Ya debería de estar aquí. –Sentenció Inuyasha con voz quebrada- Y aún no aparece, Kagome.

-¿De qué…?

-Sesshomaru no ha venido. –Sus ojos se posicionan en mi, y veo como su barbilla se tensa y tiembla a la vez, levemente- Tú y yo sabemos que sería el primero en reclamar información sobre Rin y el bebé de estar todo en orden, y no está.

-Quizás…

-Los agentes tienen toda la información, dudo que no le hayan dicho nada o que hubiese una confusión. –Le da otro sorbo al café, brusco, dándome la impresión que no le importa quemarse la boca y garganta en este instante- ¡Irasue no responde tampoco y ya no sé a quién más consultar! –Alza la voz un poco a la vez que se levanta a tirar aquel vaso vacío al papelero metálico- Ya no sé qué… Kagome, es mi hermano. –Explica como si estuviese a punto de derrumbarse- Es un imbécil que me cae pésimo el noventa y cinco por ciento del tiempo, pero es mi hermano. ¡Es lo único que me queda de familia!

-Ven aquí, ven. –Le abrazo para contenerle como lo ha hecho conmigo- Sé que todo va a estar bien, después de todo, las malas noticias se saben mucho rápido que las buenas. Quizás estén persiguiendo al bastardo de Naraku, por eso no se sabe más allá. –Intento razonar tanto me como me permite la situación-

Otra hora más transcurrió y no hubo mayores noticias. De momento, nos aferramos a la idea de que es lo mejor. Después de todo, las horas críticas seguían en curso, y Rin debía luchar por su vida como siempre lo hizo y, quizás, con mayor ímpetu esta vez. Pero, ¿y si no tenía esa fuerza esta vez? No solo física, sino emocionalmente. Porque soy plenamente consciente de que ha tenido que pasar por mucho, y que de seguro el doctor que lleva su caso, no dijo toda la verdad.

Porque conociendo parte del historial de aquel sujeto, Naraku, Rin no podía salir tan invicta de todo eso. Haciéndole pasar hambre y sed no es la forma de llamar la atención de un adversario al secuestrar a alguien. Había que ser estúpido para pensar que no sería torturada por su mano.

Pero, la pregunta era: ¿qué desencadenó aquel paro cardiorrespiratorio?

-¡Kagome, Kagome! –Inuyasha me llamaba desde afuera del tocador de mujeres de aquel piso- ¡Kagome!

-¡Ya voy! –Alcé la voz tras tirar la cadena del sanitario-

Rápidamente me lavé las manos y salí de aquel tocador, encontrándome de frente con mi pálido acompañante. Temblaba como un cachorro abandonado en plena tormenta de nieve, y quizás si estaba viviendo una. Sus ojos estaban rojos y húmedos, sus lágrimas no dejaban de salir una tras otra y mi corazón se paralizó. ¿Qué carajos había sucedido?

-¡Kagome! –Cayó de rodillas sin poder soportar su propio peso- Está pasando de nuevo.

-Inuyasha… no te entiendo, amor. –Caigo con él sin soltarlo en ningún momento, acariciando su cabello blanquecino- ¿Qué ha sucedido?

Solloza y murmura algo que no logro comprender. Dios, está tan roto. ¿Habrá sucedido algo con Irasue o tal vez…?

-Inuyasha…

-Irasue… -Solloza nuevamente, atragantándose con su saliva al intentar hablar- Irasue…

-Cariño, calma, respira. Estoy aquí contigo, lo sabes.

-Ella… me ha contactado… a través de uno de sus hombres. –Explica tan legible como le es posible en medio del llanto. Espero pacientemente y con el corazón colgando en un hilo mientras controla sus emociones- Viene para acá…

-¿Eso es bueno, no es así? –trato de comprender el porqué de su estado- Significa que todo acabo al fin, ¿verdad?

Asiente en silencio, pero rompe en llanto nuevamente.

-Es Sesshomaru, Kagome. –Indica con desesperación- Cumplió con salvar a Rin, pero eso le costó todo.

-¿De qué hablas, Inuyasha?

-Así que aquí están ustedes dos.

Al mirar a un costado, vi la figura imponente de Irasue, la madre de Sesshomaru, quien sostenía a la agente Sango ya que cojeaba a su lado. Ambas seguían con sus ropas de combate totalmente mojadas. Ambas se veían demacradas y exhaustas.

Irasue liberó a la mujer, quien recibiría ayuda próximamente por parte de una enfermera que acercó oportunamente una silla de ruedas, y luego la agente encaminó sus pasos hacia nuestra dirección. Tan lenta y dolorosamente, que sentí que mis penurias eran una tontería a comparación de lo que vivió en forma reciente.

Inuyasha se incorporó y me apartó de su lado como si fuera una extraña por una milésima de segundo, siendo sutil. Y como un niño pequeño corrió hacia ella y le abrazó, derribando la fría pared que esa mujer limitaba a todo el mundo, pues ella no dudó en corresponderlo.

Increíble, pero cierto.

Y lo peor, fue darme cuenta que Sesshomaru no estaba en ninguna parte de nuevo. Estúpidamente, tarde me di cuenta del motivo real por el cual mi novio lloraba desconsolado.

Tan atormentado tenían el corazón, que por primera vez, vi como la mujer de hierro, Irasue Taisho, derramaba una lágrima mencionando el nombre de su único hijo: Sesshomaru.

.

.

.

Notas autora: Gracias por sus lecturas y comentarios, me hacen muy feliz leerlos después de tanto tiempo. Nos vemos en la próxima entrega, y gustosa leeré sus reacciones a este capítulo lleno de emociones. Me voy a hacer bolita en un rincón y procederé a hacer la *lloración*.

Un beso a todos.