Marca.
Rin regresó a casa sintiéndose mucho más deprimida y exhausta de lo que la situación probablemente requería. No ayudó que tuvo que pasar media hora borrando los registros de vuelo de la memoria interna del aerocoche y aplicando un potente perfume para auto por todas partes para eliminar incluso el más mínimo indicio del olor de Yako. Aunque Hakudoshi no tenía las llaves del aerocoche, Rin no quería dejar nada al azar. Quería que Yako llegara a un lugar relativamente seguro, dondequiera que estuviera. Si hubiera un lugar seguro para un Daiyoukai salvaje.
-No es asunto tuyo. –Murmuró Rin, pero la ansiedad bajo su piel no desapareció.
La casa estaba afortunadamente tranquila, pero en lugar de calmarla, solo la puso más ansiosa. Se sentía como el silencio antes de la tormenta.
Después de borrar sus huellas dactilares de las llaves de su hermanastro y guardarlas, Rin regresó a su habitación. Se subió a su cama y cerró los ojos, deseando quedarse dormida. Mañana iba a ser un día largo. Cuando se descubriera la fuga de Yako, tendría que estar en su mejor momento para convencer a su tío de su inocencia. Necesitaba dejar de preocuparse y dormir.
Pero no importaba cuánto trató de alejar esas preocupaciones, seguían volviendo a colarse en su mente. La verdad era que, en su sociedad, las relaciones entre Youkais y humanos seguían siendo un Tabú. Una mezcla casi impensable entre dos razas completamente distintas. Y eso sin mencionar la soberbia humana, que les hacía creer que incluso siendo más débiles y pasajeros, eran mejores que los Youkais.
Un Youkai salvaje se consideraría una abominación peligrosa, y algunos monjes extremistas podrían derribarlo fácilmente, citando defensa propia. Era un hecho realista y alarmante. Nadie dejaría que un Daiyoukai salvaje se volviera loco. Tarde o temprano, sería capturado. La pregunta era si sería capturado por los malos o por los buenos.
Rin se sentó en su cama, su mente corriendo. Luego salió rápidamente de su habitación y se lanzó a la de Kanna frente a la suya.
Como era de esperar, su hermanita no dormía, rara vez lo hacía de noche. En lugar de eso, hacia algo extraño en su computadora.
-Necesito tu ayuda. –Dijo Rin, cerrando la puerta.
. . .
La mañana llegó demasiado pronto para el gusto de Rin. Apenas podía evitar bostezar mientras estaba en el suelo, junto al sillón donde Kagome y Kanna estaban sentadas, mientras su hermanastro caminaba agitado por la habitación.
-¿Y están seguras de que ninguna ha visto nada? –Dijo Hakudoshi.
Kagome le dedicó una sonrisa angelical y confusa.
-No estoy segura de lo que se suponía que íbamos a ver, Haku. Pensé que no había nada de valor en el sótano. ¿Fue robado algo?
A veces, Rin realmente envidiaba lo bien que Kagome podía mentir cuando quería. Ni sus ojos ni su lenguaje corporal la traicionaron en lo absoluto. E incluso su olor no la delataba. Ahora que tenía un mejorado sentido del olfato, podía reconocer ahora algunas emociones. Kanna no olía a nada. Hakudoshi apestaba a irritación. Kagome olía reconfortante y tal vez hasta sincera, si no la conociera mejor.
Rin nunca había sido tan buena mentirosa, pero afortunadamente Hakudoshi no la conocía lo suficientemente bien como para saber que estaba fingiendo.
Kanna era la que más preocupaba a Rin. Aunque Kanna no sabía todo sobre Yako, había otras cosas que Kanna si sabía, y Rin no estaba segura de poder confiar en que su hermanita no las traicionara con una mentira torpe.
Así que Rin intervino apresuradamente.
-Si hubo algo robado, no vimos nada, Haku. Kanna y yo jugamos videojuegos en su habitación hasta la madrugada; ya sabes, nos dejamos llevar cuando jugamos.
Kanna asintió y, afortunadamente, se quedó callada.
-¿Pasó algo malo? –Rin dijo, porque habría sido más extraño si no preguntaba.
Hakudoshi le dirigió una larga mirada escrutadora.
Rin sostuvo su mirada, esperando que su rostro no la traicionara. Sabía que sería la principal sospechosa de su hermanastro: Era bien sabido que a Kanna no le importaba nada más que su computadora y sus libros, y Kagome tenía la reputación de una encantadora y diligente señorita que jamás había cometido una falta en su vida. Rin solía ser la que tenía que soportar la peor parte de la ira de su hermanastro. Antes, sus padres y Sota eran las que la protegían de ser atacada por el mayor, ahora no había nadie.
Hakudoshi se acercó y, mirándola a los ojos, dijo:
-Dime. La. VERDAD.
La respiración de Rin se aceleró. Mierda. ¿Por qué tenía Hakudoshi que hablarle así? Él tenía una voz aterradora, que siempre hacia que terminara llorando o vomitando la verdad, solo para que se alejara de ella. Siempre funcionaba, desde que podía recordar.
Por un momento entró en pánico, esperando por completo que su cuerpo temblara y el terror absoluto recorriera su cuerpo enteró antes de soltar la verdad solo para terminar por esto, pero, sorprendentemente... no pasó nada. El pánico fue rápidamente aplastado por un confort y una vibrante paz que relajó su cuerpo entero, tanto que incluso el tono empleado por Hakudoshi no fue suficiente para hacerla sentir nada más.
Rin casi sonrió aliviada cuando se dio cuenta del porqué: Yako la había marcado. Al poner su marca en Rin, había cambiado la química de su cuerpo, convirtiéndolo no solo en su pareja, sino en su guardián, anulando cualquier poder de autoridad que otro hombre tuviera sobre ella.
Básicamente, cuando un Youkai marcaba a una hembra, tenía que proveer de todo lo que esta pudiera necesitar, y eso incluía seguridad. Ninguna persona, por más amenazante que fuera, podía causarle ningún daño emocional, dado que la marca le transmitiría la seguridad que su compañero ejercía sobre ella, aunque estuviera muy lejos, y si sufría de alguna agresión verbal.
Bueno, esta era una ventaja inesperada.
-Estoy diciendo la verdad. –Dijo Rin, sosteniendo la mirada de Hakudoshi. –Jugamos videojuegos en la habitación de Kanna hasta bien entrada la noche y no oímos nada. No sabemos lo que estás buscando.
Ah-Un, que tenía ambas cabezas sobre su regazo, recibiendo amorosas caricias, alzaron los cuellos y gruñeron amenazantes a Hakudoshi. Rin las abrazó y siguió dándoles caricias, sonriendo casi triunfante.
Hakudoshi maldijo entre dientes y se alejó. Comenzó a caminar de nuevo.
-Había una bestia peligrosa encerrada en el sótano. –Dijo al fin. –Pensé que alguien podría haberlo dejado salir, pero parece que los guardias idiotas simplemente se olvidaron de cerrar la puerta, pensando que era seguro porque la bestia estaba encadenada. Imbéciles. Como si no supieran que las cerraduras magnéticas a veces pueden fallar.
-Que descuidados. –Dijo Kagome distraídamente, leyendo una revista de moda en su teléfono.
Hakudoshi gruñó algo y salió furioso de la habitación.
Rin exhaló.
-Fiuf. –Dijo Kagome cuando los pasos de su hermano retrocedieron. –Parece muy enojado.
-Está enojado. –Dijo Rin, levantándose del suelo, antes de dejarse caer entre sus hermanas y lanzando sus brazos alrededor de ellas. -¡Gracias, chicas! No podría haberlo hecho sin su ayuda.
Kanna le lanzó una mirada.
-Todavía no me has dicho todo.
Rin le pico la mejilla.
-Cuanto menos sepas, más segura estarás. Apestas mintiendo. –Mirando a la puerta, bajó la voz y susurró: -¿Recibieron el mensaje?
Kanna asintió con la cabeza, sus ojos brillaban.
-¡Es fácilmente el trabajo de pirateo más impresionante que he hecho! Maldita sea, me gustaría poder contárselo a mis amigos en línea...
-¿De qué están hablando? –Dijo Kagome con sospecha.
Cierto. Kagome no conocía su plan.
Rin se aclaró la garganta.
-Le pedí a Kanna que pirateara la red telefónica y le enviara a la Reina Izayoi un mensaje sobre el paradero de Ya... Del Youkai.
Las cejas de Kagome se fruncieron.
-¿La Reina Izayoi? ¿Por qué ella?
Rin se encogió de hombros ligeramente.
-Sabes que un Youkai salvaje nunca estará a salvo. –Dijo, mirándose las manos. –Lo atraparán, tarde o temprano. Así que solo quería asegurarme de que los buenos lo atrapen. Sabes que ella encabeza los grupos de protección de Hanyous y Youkais en estado salvaje. Si el Daiyoukai es realmente el que escapó del Reino Demonio, es muy probable que la Reina Izayoi y su familia lo ayuden. Y la reina será justa con él, independientemente de la condición del Youkai; después de todo está casada con uno de los más importantes Lores del Reino y tiene un hijo Hanyou con él. Y lo más importante, ella no tiene prejuicios contra los Daiyoukai, su esposo y su hijastro también lo son.
-Sí. –El ceño fruncido de Kagome desapareció. –Supongo que tiene sentido.
Rin sonrió levemente mientras volvía a sentarse en el suelo a acicalar a su mascota. Solo podía esperar no haber cometido un error. Si estaba equivocada... Si estaba equivocada acerca de que la princesa Izayoi y su familia fueran lo suficientemente imparciales como para ayudar a Yako... Bueno.
No era probable que se enterara nunca, ¿Verdad?
. . .
Ocho días después, Rin se despertó con dolor.
Respirando entrecortadamente, miró hacia el techo oscuro de su dormitorio, confundida y enloquecida. Le dolía, pero ni siquiera estaba segura de donde se originó el dolor. Todo dolía, todo su ser temblaba con algo terrible. Algo andaba mal. Algo andaba muy mal.
Se acurrucó en una bola y se balanceó hacia adelante y hacia atrás, tratando de reprimir los violentos temblores que atormentaban su cuerpo y darle sentido a su sentimiento de absoluta miseria, cuya fuente no podía explicar.
Le tomó un tiempo hasta que pudo concentrarse lo suficiente como para darse cuenta de que la leve sensación de otra persona protegiendo su alrededor, que había tenido desde la fuga de Yako, se había ido.
No podía oler nada.
Sus ojos ya no distinguían nada en la oscuridad, como si hubiera perdido la vista.
Rin se congeló, sus ojos se agrandaron, antes de bajarse de la cama y salir corriendo de la habitación.
Ni siquiera podía recordar como termino frente a la puerta de su mayordomo. La golpeó antes de que pudiera pensarlo dos veces.
El señor Burton parecía adormilado y confundido cuando finalmente la abrió.
-¿Señorita Rin? ¿Cuál es el problema?
-Por favor, tome mi mano. –Espetó Rin.
El mayordomo se quedó helado.
-¿Disculpe?
-Solo estréchela un poco. –Repitió Rin. –Ahora, por favor.
Burton parpadeó con evidente desconcierto antes de estrechar la pequeña mano de Rin entre la suya.
Rin no se estremeció, Burton la veía como una hija más que a como una mujer, así que el contacto no le provoco más que una ligera incomodidad, pero nada más. No sintió la oleada de dolor en el cuello que normalmente sintió toda la semana cada vez que un hombre la tocaba.
Con las rodillas repentinamente débiles, Rin murmuró unas gracias y se volvió, ignorando las preguntas del mayordomo.
El vínculo de apareamiento se había ido.
Se había ido.
Desapareció.
Los lazos de apareamiento podrían desvanecerse si se descuidaran durante mucho tiempo, pero no podían... no podían simplemente romperse así. No tan abruptamente. A no ser que...
Solo la muerte de un compañero de vínculo podría romper un vínculo de apareamiento.
Rin no estaba segura de cómo llegó a la habitación de Kagome.
-¿Rin? –Kagome dijo adormilada, sentándose.
Rin se metió en la cama y hundió la cara en el hombro de su hermana.
-Es mi culpa. –Susurró con voz minúscula, cerrando los ojos.
-¿Qué estás-?
-Está muerto, Kag.
Después de un momento, los brazos de Kagome la rodearon.
-¿Cómo... como lo sabes?
-Ya no puedo sentirlo.
Kagome se puso rígida contra ella.
-¿Qué?
Rin se mordió el labio inferior con fuerza. No dijo nada. Kagome no era tonta. Le tomaría solo unos momentos llegar a la conclusión correcta.
Y Kagome lo hizo.
-¿Quieres decir que te uniste al Youkai? Tú... tuviste...
-Me marcó. –Dijo Rin, presionando sus ojos húmedos contra el hombro de su hermana. –Y la marca se quedó. Aparentemente, éramos lo suficientemente compatibles como para que se quedara. Pero el vínculo se ha ido ahora, Kag.
Su hermana estaba callada.
Después de un momento, dedos delgados comenzaron a acariciar el cabello de Rin, abrazándola de manera maternal. Los latidos de su corazón la relajaron.
Rin se relajó, sabiendo que estaba tratando de reemplazar a su madre en este momento. No le importaba, no esta vez.
-No es tu culpa. –Dijo Kagome al fin. –Si no lo hubieras ayudado a escapar, Hakudoshi lo habría matado de todos modos. Al menos murió libre.
Los ojos de Rin se llenaron de lágrimas de nuevo.
-Tal vez no debería haberle dicho a la familia Real sobre su paradero. Tal vez la reina Izayoi no sea tan justa y buena como pensábamos...
-Es más probable que alguien más haya encontrado al Youkai. –Dijo Kagome con calma. –Los Youkai son muy veloces. Probablemente ya estaba a una buena distancia de las coordenadas que habías mandado al Reino del Oeste cuando recibieron tu mensaje.
Las palabras de Kagome tenían sentido. Lo tenían. Entonces, ¿Por qué todavía se sentía tan mal?
-Debería haberme quedado con él. –Dijo Rin. –No debería haberlo dejado allí solo.
Kagome hizo una mueca.
-Por favor. Si alguien lograra matar a un Daiyoukai casi cambiado, una débil humana no les habría impedido hacerlo. No seas estúpida, Rini.
Rin se encogió. Odiaba que la llamaran "Rini". Era un nombre para una mujer hermosa, dulce, elegante y sofisticada. Ella era todo menos eso.
-No me llames Rini.
-Entonces no seas estúpida, Rin.
Una leve sonrisa curvó los labios de Rin.
-Gracias. –Dijo en voz baja. –Necesitaba eso.
El brazo de Kagome se apretó a su alrededor.
-¿Duele?
Rin cerró los ojos sin saber cómo responder. Sin saber cómo poner en palabras lo que estaba sintiendo. Se sentía adolorida, su cuerpo dolía por dentro. No, no su cuerpo, era como si hubiera una herida dentro de su alma. Algo intangible pero muy real.
-Solo tengo que tomar alguna pastilla para el dolor. –Dijo. –Probablemente ayudará.
Tenía que hacerlo.
No podía imaginar como se habría sentido este dolor sin los medicamentos que ya tomaba. Hubo casos de mujeres humanas que murieron cuando lo hizo su pareja Youkai. Ayudó que el vínculo de Rin hubiera sido nuevo y no muy profundo. Si hubiera tenido un fuerte vinculo emocional con Yako, habría sido mucho peor, aunque por el momento era difícil imaginar sentirse peor.
-Todo estará bien. –Dijo Kagome, besándola en la frente con torpeza. Su voz alegre era tan obviamente falsa que Rin casi sonrió. Kagome, a pesar de su perfecta apariencia de "Mujer Ideal", no era tan cariñosa. Siempre resultaba incomodo cuando Kagome trataba de ser amable y cariñosa. -¡La temporada comenzará el próximo mes, y estoy segura de que te olvidaras de esto por la emoción!
-Oh, qué alegría. –Dijo Rin inexpresiva. –Si crees que eso es realmente reconfortante, odio decírtelo, pero en realidad no lo es.
Kagome rió entre dientes.
-Ya verás, hermanita. ¡Nos divertiremos mucho tú y yo!
Rin forzó una sonrisa.
. . .
Miró por millonésima vez la pagina en su computadora.
-Estoy haciendo lo correcto, ¿Verdad? –Murmuró, viendo a Ah-Un, que dormitaba tranquilamente junto a su cama.
El animal, cada vez más grande, abrió un ojo y volvió a cerrarlo a los segundos.
-Lo tomaré como un sí. –Sonrió tentativamente, mientras leía el encabezado de la pagina: "Asociación de la Virtud Eterna. Dedica tu vida al servicio y ayuda de los demás."
Ser una "Guadiana de la Pureza eterna" no era su idea de una vida feliz y plena, pero por otra parte, era la mejor opción que tenia para no ridiculizar a su familia y terminar en la deshonra. De todos modos, no iba a ser quien se quedara con todos los pretendientes.
Era definitivamente la mejor opción.
Era lo mejor para todos.
Kagome disfrutaría su debut social. Hakudoshi no la molestaría con su debut social. Todos estarían felices.
No podía permitirse arruinarlo todo por su imprudencia y descuido.
Dio clic en: "Asociarse".
La página cargó unos momentos antes de que un mensaje saltara en su pantalla.
¡Felicidades! Te has inscrito con éxito.
Haz hecho la mejor elección de tu vida. 3
Esperaba que lo fuera.
