EPÍLOGO

Para este último capítulo, les recomiendo escuchar el live en Youtube de la canción Ai ni tsuite de Suga Shikao

OOOOO

-Sólo a tí se te ocurre ir a ese lugar en esta temporada- le reprochó Archie bostezando y a la vez tiritando ayudándole a poner la bolsa grande encima del auto. Se sentía un aire helado propio de invierno.

-No exageres, además sé por el aparato medidor del clima que hoy será un día agradable para pasear- respondió dirigiendo sus ojos azules al cielo para comprobar su aseveración aunque apenas iba a amanecer. Anthony había descubierto medio oculto el aparato apostado en una columna de las caballerizas de la mansión que al parecer nadie más había notado y curiosamente hasta ese momento había sido certero en el pronóstico como había comprobado días atrás. Aunque era probable que en cualquier momento fallara, podría no ser tal el caso precisamente en este día. Su primo lo miró con los ojos entrecerrados, aprovechando que Annie se encontraba con sus padres y regresaba más tarde, Anthony literalmente lo había sacado de su habitación muy temprano para que lo ayudara, el castaño sólo había atinado a ponerse su fina bata al igual que sus no menos finas pantuflas, mientras que el rubio iba con ropa común pero muy bien abrigado - !Estás loco!, sabes de sobra que los aparatos de Stear siempre nos han hecho malas jugadas ¿Por qué crees que han estado guardados todo este tiempo?

Anthony solo sonrió, su intuición le decía que sería un día perfecto para lo que tenía planeado. Le habría gustado ir montado a caballo sosteniendo entre sus brazos a su amada pecosa, recorriendo todo el camino admirando el paisaje hacia ese lugar, pero no quería arriesgarse a que se abriera su herida en el hombro que ya estaba prácticamente cicatrizada. Su hermosa enfermera seguramente se molestaría demasiado si no atendía sus indicaciones, aunque molesta se veía adorable.

-Quiero pensar que regresarán antes de la cena para la foto familiar y que no te perderás en el camino. No quiero que la Tía Abuela me pregunte por ustedes y me regañe por no haberlos acompañado- le advirtió su primo sacándolo de su ensoñación.

-No te preocupes, aprendí muy bien de Thomas, no tardaremos. Anthony le guiñó un ojo. Eso para Archie significaba problemas. Desde su regreso a la familia, ese par de rubios revivían sus paseos de antaño, pero era sólo él quien recibía el regaño de la Tía Abuela, si antes su primo era su nieto favorito, ahora estaba más consentido por parte de la matriarca. Dió un enorme suspiro resignado pero feliz. Anthony lo valía una y mil veces.

Una vez terminaron de acomodar todo, el rubio fue por Candy a su habitación. El día anterior le había dicho que le tenía una sorpresa y que al día siguiente muy temprano pasaría por ella. La pecosa estaba ya lista para la aventura de ese día, ya que no había dormido mucho de la emoción por la expectativa y también por lo que le tenía preparado. Se despidieron de Archie en la entrada de la mansión y subieron al auto apostado cerca de la misma. El rubio advirtió que era el mejor momento para darle su presente antes de partir. Sacó una pequeña caja envuelta debajo del asiento y la depositó en sus manos.

-Ábrela, es mi regalo de Navidad- ella le miró emocionada, segundos después le sonrió ampliamente.

- Yo también tengo aquí tu regalo- palmeo su bolso de mano. E instantes después procedió a abrir el recibido por parte de él.

De la caja salieron un par de guantes de color rojo y gorro a juego muy femeninos. Anthony recibió un abrazo y un cálido beso en los labios como agradecimiento que lo dejó entusiasmado. Mientras ella se ponía los guantes, él colocó el gorro en sus rizos rubios aprovechando para acariciarlos y darle a su vez un par de besos tiernos. Era su turno.

Desenvolvió el paquete que ella le extendió y apareció una bonita bufanda blanca tejida a mano. Candy la tomó y la envolvió en su cuello sonriéndole tiernamente. Anthony quería volver a besarla y abrazarla, pero si lo hacía, no saldrían nunca de ahí, tan sólo atinó a darle una ligera caricia en sus mejillas sonrojadas, dándole las gracias por su obsequio.

El rubio dirigía el auto por el sendero y Candy no le preguntó a dónde iban, confiaba plenamente en él. De vez en cuando la miraba de reojo, y como cada día no se cansaba de admirarla y sentirse profundamente afortunado por tenerla a su lado. Él también era objeto de la misma admiración. Los ojos de ambos brillaban al estar juntos y no hacían falta las palabras para saber lo que se transmitían sus corazones. Una vez llegaron a su destino, detuvo el auto, tomó la bolsa del portaequipaje del techo del mismo y emprendió el camino por la senda del bosque. En una mano llevaba la bolsa y en la otra la mano de Candy. Se detuvieron en un claro que daba justo frente al extenso lago. Habían llegado a su destino.

-¿Recuerdas la última vez que estuvimos aquí?- el rubio echó un leño más a la pequeña fogata frente a ellos y después ajustó más la manta gruesa y extensa que los cobijaba a ambos del ligero viento fresco de la mañana invernal. El sol ya se asomaba tímidamente a través de las montañas lejanas y ya habían desayunado un ligero refrigerio.

-Nunca lo he olvidado- le respondió ella, pues era parte de sus preciadas memorias vividas junto a él.

-La última vez que estuve aquí Eliza me encontró- mencionó él, su mirada estaba fija hacia esa extensión de agua cristalina-estaba muy triste por tí y me refugié unos días en la cabaña, salí al lago y la ví, fue cuando supe que la Tía Abuela había ocultado mi existencia. Lo siento Candy debí prever lo que sucedería con Eliza- se volvió a mirarla apesadumbrado. Ella tomó sus manos y las apretó suavemente mientras negaba con su cabeza volviéndose hacia él.

-No pasa nada, todo ha quedado atrás, olvidémoslo. A él se le ocurrió la mejor forma para eso. Tomó entre sus manos su rostro y besó su frente, después muy lentamente su nariz coronada de pecas, ambas mejillas y se detuvo un momento para disfrutar del bello rostro de su pecosa. Candy había cerrado sus ojos a esa sesión de besos esperando más, sin embargo al no sentir sus labios sobre su rostro, abrió sus verdes luceros y en cuanto él se vio reflejado en ellos se adueñó de sus labios. Sintió que ella disfrutaba de su contacto comprendiendo lo que quería transmitirle y le correspondió, por lo que él se atrevió a ir más allá de un simple beso recorriendo febrilmente su boca liberando parte de lo que le impedía llegar hacia su cuello y hombro, regresando de nuevo a sus labios rosados. Una sensación nueva se abría paso entre ellos, un instinto más audaz se apoderó de la pareja haciendo que el sonido de sus besos los transportara más allá de la inocente ternura llegando al borde del deseo. Anthony reconoció ese instinto de hombre despertado en él y que al parecer Candy lo había intuido al sentir él su estremecimiento. Se obligó a controlarse y después de unos minutos poco a poco fueron disminuyendo la demostración de su afecto. Ya habría tiempo para que trascendiera aún más en el plano físico.

-Eres la única para mí y siempre lo serás, me encanta tu espíritu, tu fortaleza, tu sencillez, tu sonrisa, tu alma...- le susurró una vez que se separaron pero sus frentes estaban unidas.

-Tú también me encantas, tu bondad, tu inteligencia, tu fuerza, tu calidez, tu nobleza, todo tú porque eres Anthony- le respondió ella mirándole a los ojos- estoy completamente enamorada de tí.

Ambos sonrieron inmensamente felices con su declaración. El rubio antes de que se perdiera la magia decidió que era el momento perfecto para llevar a cabo lo que había planeado para este día. Se levantó para situarse frente a ella, ajustar la manta a la figura de su pecosa que lucía adorable para después arrodillarse y tomar sus manos enguantadas.

-Te amo, eres la luz de mi vida, sé que nunca voy a sentir esto por nadie más - notó que los ojos de ella se humedecían- La felicidad solo es real cuando se comparte. Mi corazón es tuyo, siempre lo ha sido y siempre lo será- le dijo anhelante y un poco nervioso- No puedo imaginarme una vida sin que tú estés a mi lado, sin regalarte mi amor cada día ¿Me harías el honor de casarte conmigo Candy?

Ella al borde de las lágrimas muy emocionada asintió fervientemente mientras apretaba a su vez sus manos- Sí Anthony mío, tampoco puedo imaginar mi vida sin tí a mi lado, mi corazón también es tuyo. El feliz rubio sacó el anillo que tenía en el bolsillo del fino abrigo y lo colocó en su dedo enguantado. El anillo de Rosemary Andrew tenía nueva dueña. Ambos contemplaron su mano y sonrieron dichosamente enamorados. Segundos después la expresión de ella se tornó de extrañeza.

-Creo que algo se quema - arrugó su nariz pecosa, tratando de identificar de dónde venía el olor. Anthony sorprendido también había captado un olor inusual, se giró un poco hacia un lado, mostrando una parte de la prenda que había sido alcanzada por las llamas de la fogata - !Anthony tu abrigo! le señaló alarmada levantándose para ayudarle a quitárselo. Sin embargo él fue más rápido, se lo quitó y corrió hacia el lago. Ella lo siguió dejando su manta abrigadora a un lado.

-Archie me mataría si fuera suyo- levantó la prenda mojada para ver cuán grande había sido el daño mostrando un hoyo de considerable tamaño. -Menos mal que ya no llevo el cabello largo- se tocó su cabello algo serio. Dejó el abrigo colgado en un árbol cercano para que se secara mientras se frotaba sus brazos para sentir calor y disminuir la sensación de frío.

Candy que estaba detrás de él, empezó a reírse primero discretamente y después ya era en forma franca a carcajadas, el rubio la miró con sorpresa, pero se contagió inmediatamente al intuir lo que ella había imaginado.

-Pagarás por tu ofensa- se acercó sigilosamente a ella con ojos entrecerrados, Candy a su vez retrocedía los mismos pasos que él daba al acercarse como un felino hacia su adorada y tierna presa.

-Yo no he dicho nada - se defendió ella para inmediatamente echar a correr por el borde del lago riendo alegremente.

Anthony la persiguió y con su largas zancadas no tardó en atraparla entre sus brazos, ambos riendo felices por el futuro que tenían por delante. Permanecieron entre arrumacos en ese lugar hasta el atardecer regresando muy felices en el auto hacia la mansión de Lakewood para posteriormente cambiarse y prepararse para la celebración nocturna.

Así como en toda festividad de los Andrew, la Navidad también era una época para festejar. Sin embargo a diferencia de otras fiestas, esta fecha era más íntima, tan sólo los más cercanos a la Tía Abuela y al patriarca se encontraban en la bella mansión de las rosas. Sin embargo los Leagan habían declinado la invitación so pretexto de estar muy ocupados con los negocios. A decir verdad a la matriarca no le había gustado el comportamiento de Eliza en la celebración pasada, había notado las malas intenciones de la pelirroja contra Candy utilizando a Anthony, pero esta vez no lo permitiría así que sólo había bastado unas palabras de ella y la anuencia de Albert para sugerirles que no hicieran acto de presencia.

Mientras tanto se había dispuesto desde la semana anterior todos los arreglos y adornos necesarios y la mansión lucía espléndida esa mañana previa a Navidad. Se dispuso el comedor para la gran cena navideña y poco después la foto familiar. La Tía Abuela se había vuelto muy observadora desde que Anthony regresó a la familia y así como no había pasado desapercibido el amor que le profesaba Anthony a la enfermera y viceversa, tampoco ésta vez dejó de notar un aura especial en la pareja, además de un brillo inusual en la mano izquierda de la rubia. Sonrió satisfecha y muy orgullosa de la elección de su adorado nieto. Pronto se celebraría el compromiso y posterior matrimonio, por lo que ella se encargaría de organizarlo como la matriarca del clan. Faltaba más.

Más tarde, mientras estaban en uno de los balcones de la mansión observando en el horizonte las estrellas brillar a lo lejos de montes y montañas, Anthony se volvió para admirar la figura de ella, que se veía espléndida, más hermosa que nunca y su semblante era de la mayor dicha, el rubio de pronto recordó lo que le había dicho Terry días atrás cuando fue a NY junto con Archie a una revisión médica de rutina y de paso visitarlo en sus ensayos.

Volteó hacia arriba y se percató del muérdago sobre sus cabezas, en ese momento sus pensamientos se dirigieron hacia lo que había oído y leído años atrás sobre aquella leyenda que permeaba en estas festividades. Sonrió para sí emocionado, no estaba por demás llevar a cabo esa tradición por lo que valía la pena intentarlo.

-Candy…- le llamó Anthony, ella se volvió a mirarle, entonces él señaló hacia una de las constelaciones de estrellas que brillaban en el firmamento mientras con su brazo la acercaba junto a él. Ella con su sonrisa que siempre tenía para él miró curiosa hacia ese lado que le mencionaba. Entonces tomándola desprevenida tomó su rostro girándola hacia él y la besó larga y suavemente.

Siempre has sido tú, tú eres su felicidad- resonaron en su mente las palabras del actor.

-No veo la hora en que por fin estemos juntos- le murmuró Candy tímidamente junto a sus labios, después del beso con sus mejillas sonrosadas. Él la tenía fuertemente abrazada y sentían muy cerca el aliento uno del otro.

-Y yo espero cada minuto y cada segundo que por fin seas mi Sra. Brower- le respondió Anthony de igual forma en voz baja a escasos milímetros. El rostro de ambos resplandeció de dicha por el porvenir.

Si... y la mía… mi felicidad sin duda la creó ella aquel día que la conocí.

FIN