Hola hermosas, muy buenas días, antes de iniciar a leer este capítulo les recuerdo que esta historia al igual que todas mis historias son para mayores de edad (21+) y para las personas que no se sienten incómodas con los temas de contenido adulto y con amplio criterio, está escrita sin ánimo de ofender, es solo con fines de entretenimiento, así que recuerdo una vez más que es clasificación M, te pido de la manera más atenta y educada posible que si no tienes la edad suficiente para leer por favor retírate, de lo contrario eres bienvenida. Gracias por tu comprensión.
LA MATRIARCA DE LOS ANDLEY
EL INICIO DE UN SUEÑO
CAPÍTULO 29
Mientras los preparativos para la boda de Candy y Anthony eran llevados a cabo con discreción, Anthony se había dedicado a estudiar con esmero el caso de Albert, encontrando una excelente manera para hacer aquella cirugía que el Dr. Relish había llevado con éxito al quirófano, entendiendo perfectamente lo que había hecho y que a pesar de tener un grado menos que aquella eminencia médica él comprendía muy bien lo que había hecho gracias a los seminarios médicos que había llevado y a las pláticas que había sostenido con él en el pasado, interesándose de lleno en el tema, al tener ahora el miedo de que su futuro heredero necesitara una intervención de ese tipo, era algo que podía suceder a pesar de su negativa a que esto sucediera.
-¿Qué haces amor? – Preguntó Candy cuando entró al despacho.
-Hola amor, estoy estudiando. – Respondió sin pena a su pecosa. Candy sonrió con la respuesta y sintió orgullo de aquel que amaba.
-¿Aún no tienes hambre? – Preguntó de nuevo la pecosa al saber que ya era la hora de la comida y que su cuerpo le pedía alimento, no era capaz de sentarse a la mesa sin la compañía de su amado.
-Lo siento amor. – Le dijo besando su mano, mientras Candy lo abrazaba por la espalda para recargar su pecho en ella. – Vamos, no es bueno que te mal pases. – Le dijo levantándose de su lugar. Candy le sonrió porque a pesar de que estaba siempre atento de ella a veces se le olvidaba cuando se sumía tan minuciosamente en el caso de Albert.
Caminaron de la mano hacia el comedor, mientras la tía abuela se dirigía también hacía el mismo lugar, bajando las escaleras lentamente, alcanzándola Anthony como buen caballero que era para ayudarla a bajar y escoltar a las dos damas que tenía bajo su cuidado. Albert ya estaba sentado a la cabeza de la mesa, esperando al resto de la familia. Stear y George se habían ido a Chicago para poner nuevamente todo en orden y esperar por el regreso de Archie que aún no se daba.
El semblante en el rostro de Albert poco a poco iba cambiando, las ojeras ya no se apreciaban en su rostro y el color iba regresando paulatinamente, así como el peso que había perdido con el paso de los días se hacía más evidente en él, ya no se sentía fatigado ni mucho menos débil, todo gracias a los cuidados y las recomendaciones que seguía Anthony y Candy al pie de la letra, ambos habían puesto todo su empeño en la salud del patriarca y este se los agradecía bastante, se sentía otro, más seguro y con el ánimo de conocer a una mujer que lo amara tanto como Candy amaba a su sobrino, el ejemplo que aquellos rubios le daban era suficiente para comenzar a planear su futuro, uno que no se había atrevido antes a echar a volar por el miedo de dejar a alguien desprotegido, así como sentía había sido como su hermana dejó a Anthony o como su padre y su madre lo habían dejado a él.
-Anthony, Charles me avisó que la reparación del hogar de Ponny ya quedó lista. – Dijo Albert para informar a su sobrino que la obra que él había encomendado a hacer ya estaba terminada. Candy abrió los ojos sorprendida ya que no se imaginaba qué era lo que había hecho Anthony por ella y la hermana María. Anthony sonrió ampliamente al ver el rostro lleno de felicidad de Candy, lo mismo que Albert quien se sintió muy bien de darle esa noticia.
-¿El hogar de Ponny? – Preguntó Candy sorprendida. Anthony asintió.
-Así es amor. – Dijo Anthony en respuesta. – Mandé reestablecer el hogar de Ponny, así como la capilla que tenía a un lado para hacer ahí nuestro juramento ante Dios. – Le dijo con una hermosa sonrisa, misma que Candy correspondió ilusionada, mientras las lágrimas se formaban en sus ojos. - ¿Quieres ser mi esposa ante los ojos de Dios ahí pecosa? – Le preguntó tierno, con la mirada fija en sus verdes que estaban a punto de estallar en llanto. Candy asintió sin poder hablar.
-Sí Anthony, si quiero ser ahí tú esposa. – Le respondió ilusionada creyendo que ese día tardaría más en llegar. Elroy carraspeó un poco por la atmósfera que se había creado frente a ella.
-¿Ya llegó Archie? – Preguntó Anthony ignorando un poco la incomodidad que demostraba la anciana.
-Llega esta semana. – Respondió Albert haciendo lo mismo.
-Bien, entonces todo estará listo para este fin de semana. – Dijo besando la mano de Candy y viendo a su tío para confirmar que así sería. Albert asintió con una sonrisa, demostrando que estaba de acuerdo con él menor.
-Me sigue pareciendo que no será una boda digna de los Andley. – Dijo Elroy incapaz de quedarse callada.
-Usted misma fue la que dijo que no quería escándalos. – Dijo Anthony mirándola a los ojos de la misma manera que ella los veía a ellos, fríamente. – Además si ante los demás Candy y yo ya estamos casados, que importa que haya o no invitados. Candy y yo decidimos que no necesitamos grandes fiestas o anuncios espectaculares para bendecir nuestro amor. – Dijo tranquilo, sin dejar de ver a su futura esposa, mientras posaba su mano libre en el vientre de ella. – Solo la presencia de nuestra familia es más que suficiente e indispensable para nuestra felicidad. – Dijo seguro de lo que decía.
-Estoy completamente de acuerdo. – Dijo Albert a su sobrino, apoyando lo que decía. Elroy ya no mencionó nada, solo asintió aceptando lo que decían ambos caballeros.
Anthony mandó decorar la nueva capilla que había mandado a hacer en aquella pradera que si bien le seguía perteneciendo a Jimmy Cartwright, él había consentido que se hiciera para seguir honrando la memoria de la Srita. Ponny, sin embargo los niños que se habían quedado junto a la hermana María ya no serían adoptados, los tres pequeños se quedarían bajo su tutela, los había tomado como hermanos y entre todos se dedicarían a cuidar a la hermana María y a hacer prosperar el rancho que el Sr. Cartwright le había heredado al joven.
Varias carretas salieron de la mansión de las rosas cargadas de Dulce Candy, iban directamente al hogar de Ponny para que fuese preparado para la pequeña ceremonia que se realizaría aquella tarde. Los nervios y la ilusión que Candy sentía eran reflejados en su rostro, mientras Anthony la abrazaba para que se tranquilizara un poco.
-Tranquila amor, todo saldrá bien. – Le decía como si el nerviosismo de Candy fuese por el temor de que creyera que algo saldría mal.
-Siempre que estés a mi lado todo saldrá bien. – Respondía Candy a sus palabras, con una sonrisa que no podía evitar se le reflejara en su rostro. – Si estoy nerviosa es por la ansiedad que siento de ser por fin tu esposa Anthony. – Le dijo sincera en sus sentimientos.
-Yo también estoy emocionado porque pronto seas mi esposa Candy, es algo que soñé desde que tenía tan solo catorce años y por fin hoy después de tanto tiempo ese sueño se hará realidad. – Le decía mientras Candy lo escuchaba maravillada por esa revelación que él le daba.
-¿De verdad? – Preguntaba sintiéndose un poco coqueta en su pregunta. Sus ojos brillaban de una manera más intensa, más radiante y ese brillo que desprendían sus ojos era lo primero que había advertido cuando la conoció aquella mañana frente al portal de las rosas.
-De verdad pecosa. – Le dijo con una sonrisa sincera. – Fue mi primer pensamiento después de que la tía abuela hizo la presentación oficial frente a los Leagan. – Dijo recordando cuándo había sido la primera vez que pensó en ello. – Después el día que saliste corriendo cuando me confesaste que me amabas la primera vez, ese sentimiento se afianzó aún más en mi corazón, me dejaste con el corazón alborotado, latiendo aceleradamente lleno de felicidad y emoción, siendo incapaz de moverme para ir tras de ti y confesarte que yo también te amaba con la misma intensidad que tú me amabas y me decían tus ojos al verme. – Las palabras de Anthony conmovían mucho a Candy, ella jamás se hubiese imaginado la madurez de Anthony quien solo era un chiquillo pero que ya pensaba como un joven responsable y con un futuro trazado. – La última vez que tuve ese mismo pensamiento fue la tarde de la cacería, cuando nos quedamos solos en la colina, estaba decidido a pedirte que fueras mi novia. Tengo tu imagen grabada en mi mente, fue la última que tuve en mi memoria y a pesar de que la perdí por muchos años, es la única que me viene a la cabeza cuando recuerdo la cacería. Tú montada en Afrodita, con tu kilt escocés, tus hermosos rizos y tus ojos verdes, esos ojos que siempre me enamoraron. – Decía tomándola de la cintura para mantenerla de frente a él, mientras Candy ponía sus brazos sobre su cuello para corresponder a esa acción que él le proporcionaba.
-Nunca me imaginé que esa tarde tuvieras planes. – Dijo aumentando si era posible el brillo de sus ojos. Anthony la miró aún más enamorado, asintiendo que era verdad lo que decía.
-La noche anterior no había dormido esperando poder llevarte a la colina para decirte lo mucho que me gustabas, lo mucho que te amaba y que deseaba me aceptaras como tu novio y futuro esposo- Me sentía completamente enamorado pecosa. – Decía sin dejarla de ver a los ojos. – Cuando me hablaste de la colina de Ponny y me revelaste que yo era ese entonces tu príncipe creí que lo haría más romántico así que me prepararía para hacerlo en ese lugar, hablaría con tus madres y tendría su permiso para ser tu compañero para toda la vida. – Las palabras de Anthony sonaban muy maduras para haber estado en la cabeza de un adolescente, sin embargo él siempre había sido muy maduro para su corta edad, y él siempre había pensado después de la pérdida de su madre que no había que perder mucho tiempo para decir lo que tenías en tu corazón y él mismo fue sorprendido con su supuesta muerte, separándolo por muchos años del amor de su vida.
-Yo tengo que confesarte que también me pasó por la mente ser tu esposa, ser esa compañera que te atendiera todos los días y que te hiciera feliz. – Decía Candy cada vez más emocionada. – Pero cuando pasó el accidente una parte de mí murió ese día y a pesar de que un día volvió a nacer en mí esa ilusión tampoco fue posible. – Decía tranquila, recordando con cariño el amor adolescente que había tenido con Terry, recordándolo solo como lo que era, un recuerdo, uno que había quedado hacía mucho tiempo en su pasado, mucho antes de recuperar el amor de Anthony. Se refugió en sus brazos con mayor anhelo.
-Tranquila mi amor, haré todo lo posible por ver esa sonrisa para siempre en tu rostro y cuando eso no sea posible, seré tu apoyo para reconfortar tu alma y no te abandonaré por voluntad propia. – Decía recordando la separación que habían tenido, no tenía la certeza que no se volverían a separar, pero si tenía la seguridad plena que no la abandonaría por él mismo, por su gusto o voluntad, y aun así dudaba que pudiera dejarla sola si fuese necesario el llamado del creador. Tomó sus labios para sellar la promesa que le hacía y perderse así en su dulce sabor, sus manos recorrían su espalda y sus cuerpos comenzaban a reaccionar de nuevo a la necesidad que tenían el uno por el otro, tenían muchas semanas que habían compartido su cama por última vez y el deseo creciente en su cuerpo comenzaba a despertar una vez más, anhelando fundirse en uno solo una vez más, disfrutar sus caricias y abandonarse al fuego que los consumía plenamente.
Sus lenguas se debatían como en un duelo, insistentes en el juego previo a la entrega, abandonándose a ese calor que poco a poco los poseía y los llevaba al delirio, clamando tocar su piel por debajo de la ropa, apropiarse de nuevo de su cuerpo como lo había hecho ya infinidad de veces y que en ese momento le exigía el propio atendiera de una vez por todas.
-Tranquila amor. – Le dijo con una sonrisa frustrada. Era el día de su boda, el día más importante de todos los que habían vivido juntos y quería volver a tomarla ya con su amor bendecido por Dios. Sus palabras eran más para él mismo que para su pecosa porque la tranquilidad que su mente le mandaba su cuerpo la desobedecía.
-Lo sé. – Decía Candy entendiendo la reacción de su cuerpo, ella también sentía incrementar el deseo en su piel, el calor que la atrapaba y la comenzaba a dominar una vez más. – Falta menos. – Decía un poco con diversión para buscar la manera de encontrar solución a su pasión. El rubor se apoderó de sus rostros al encontrarse de frente y reconocer ambos la necesidad que tenían en ese momento.
-Iré a arreglarme. – Dijo Anthony besando una vez más la boca de su amada. Candy asintió para dejarlo ir e ir ella también a su habitación para comenzar a vestirse, pronto sería la hora y tenían que partir a tiempo. Cada uno en un carruaje diferente, aunque Anthony había decidido ir montando en su caballo para llegar primero a la ceremonia, y cerciorarse por él mismo que todo estuviese listo para la llegada de su amada Candy.
Anthony terminó de alistarse mucho más rápido de lo que él mismo pensaba, su traje gris Oxford a la medida lo hacía ver bastante guapo y elegante. Bajó las escaleras con ligereza para emprender su camino.
-¿Ya estás listo? – Preguntó Albert al verlo bajar con tanta facilidad las escaleras.
-Listo tío. – Le respondió con su rostro lleno de felicidad, su sonrisa no podía negar lo que su corazón estaba sintiendo en ese preciso momento. Albert lo observó de la misma manera, feliz por verlo frente a él. - ¿No han llegado los muchachos? – Preguntó porque los esperaban desde esa mañana.
-Aún no llegan, ya no deben de tardar. – Dijo Albert tranquilo. - ¿Vas a ir a caballo? – Preguntó aún sin creer que prefiriera llegar cabalgando.
-Sí tío, de hecho quiero llegar antes para verificar que todo está en su sitio. – Dijo una vez más.
-Muy bien, no te preocupes por Candy yo la llevaré hasta la puerta de la capilla. – Dijo con una sonrisa.
-Lo sé tío. – Dijo en respuesta Anthony, sonriendo agradecido a su tío. – Cuídalos por favor. – Le dijo refiriéndose a ella y al pequeño fruto que llevaba en su vientre, el cual se notaba cada día más.
-Te lo prometo. – Dijo de nuevo, despidiéndose uno y otro para verse en el hogar de Ponny.
Anthony salió cabalgando en compañía de Charles, quien era el que lo estaba ayudando con el manejo de las flores y era el que lo ayudaría a terminar con la decoración del altar, deseaba ver todo lleno de rosas blancas para recibir a su amada como si estuviera en su jardín de rosas. Quería darle aquella alegría de desposarla en un lugar que era tan importante para ella y cumplir así la promesa que le había hecho diez años atrás, ir con ella al hogar de Ponny, ya no le propondría ser su novia o su prometida, sino le prometería ante Dios amor y fidelidad para toda la vida.
Al poco rato, llegaron los Cornwell junto a sus familias, Stear y Patty con sus hijos y Archie y Annie con los suyos. George iba acompañándolos, quien fue el primero que se bajó para ir a ver a Albert y saber de frente cómo estaba.
-Sr. William. – Dijo con respeto, comprobando que efectivamente se veía mucho mejor que la última vez que lo había visto dos semanas atrás.
-George. – Le dijo Albert abriendo los brazos para recibirlo no como a un empleado, sino como al amigo casi padre que había demostrado ser para él. George se dejó abrazar y correspondió con gusto aquella muestra de cariño que le proporcionaba el patriarca de la familia. – Bienvenidos. – Dijo al resto de la familia una vez que se había liberado del abrazo de George, poniendo los ojos en sus sobrinos y sus parejas. Archie comenzó a correr en cuanto lo vio para lograr abrazarlo y convencerse que realmente aquella carta había sido enviada por un mal entendido como le había dicho Stear y que realmente él había sobrevivido a aquella peligrosa operación.
-¡Tío Albert! – Dijo gritando Archie sin importar las buenas costumbres que le habían inculcado tantos años o la posible reprimenda que le daría la tía abuela.
-¡Archie! – Respondió el mayor con el mismo entusiasmo, la felicidad que le daba ver a su sobrino sobrepasaba toda etiqueta que tuvieran que respetar. Ambos se abrazaron felices, el rostro de Archie comenzaba a ponerse rojo por las ganas que tenía de llorar para desfogar el dolor que había padecido por su muerte. – Tranquilo hijo, tranquilo. – Le decía con palabras tiernas, como si fuera un viejo que le hablaba a un niño indefenso.
-Que gusto me da que estés bien. – Le dijo Archie sincero. – Estás más delgado. – Dijo cuando ya pudo fijarse en su apariencia.
-Si lo hubieses visto hace dos semanas te hubieras espantado. – Le dijo Stear mientras se dedicaba también a abrazarlo. – Ya está más "gordito". – Dijo con gracia ante la risa que le provocaba al rubio.
-Es verdad Archie, antes si hubiera podido espantarte y más si te hubiera salido en el tercer piso. – Le dijo con un guiño para que riera por su ocurrencia, indicando con ello que Anthony le había confesado la manera en la que se habían encontrado por primera vez en el tercer piso de la mansión.
-No digas tonterías William. – Dijo Elroy quien bajaba ya lista para asistir a la ceremonia. Después de todo no podía perderse la boda de su nieto favorito, a pesar de que no era la boda que ella hubiese deseado para él, sin embargo la situación lo ameritaba de esa forma.
-¡Tío Albert! – Gritaron los pequeños Tony y Sam, corriendo a abrazar al querido tío William, mientras el pequeño Arthur caminaba detrás de ellos para acercarse a aquel al que le hacían fiesta, más por curiosidad que por que lo reconociera. Albert lo cargó en sus brazos sorprendido por lo mucho que había crecido.
-Vaya este caballerito está cada vez más grande. – Decía viendo al pequeño Arthur, mientras Sam y el pequeño Anthony comenzaban a medir sus estaturas. – Veo que ustedes también pronto me alcanzarán. – Dijo para calmarlos un poco. – Ella debe de ser la pequeña Erin. – Dijo acercándose a la pequeña que tenía Annie en sus brazos. Annie asintió apenada, aún tenía en mente lo que había hecho con Candy.
-Sí. – Respondió bajando su mirada. Archie se acercó a ella, las semanas que estuvieron separados le sirvieron para aclarar su mente y a pesar del enojo que tenía había hablado con ella tranquilamente. La tomó de la mano y ella la aceptó gustosa.
-Me alegra que estén bien. – Dijo Albert sincero, sabía de la nobleza de Annie, pero también sabía que se dejaba influenciar mucho por la tía abuela y su madre. – Espero que ya todo esté aclarado entre ustedes. – Dijo observando a ambos. Annie bajó su vista apenada, sabía que se refería al incidente con Candy.
-No te preocupes tío, Annie y yo ya aclaramos ese asunto. – Dijo Archie seguro, sabía bien que aquella llamada de atención y el haberle confesado que le pasó por su mente una separación, el amor y el respeto que le tenía lo habían hecho reconsiderar algo que podría no tener remedio y eso al parecer había tranquilizado mucho el comportamiento de la señora Cornwell.
-Me alegro. – Dijo sonriendo a Annie, demostrándole que no le guardaba rencor por nada de lo sucedido, sin embargo Annie sabía bien que una segunda intervención de su parte no sería tan bien recibida.
-Ya estoy lista. – Dijo de pronto la voz de Candy, quien venía junto a Dorothy quien la ayudaba a bajar las escaleras. Todos se quedaron con la boca abierta al ver al hermoso ángel rubio que venía descendiendo, enfundada en un hermoso vestido de novia.
El vestido corte princesa que usaba Candy se le veía hermoso, aquel corte le ayudaba a esconder un poco su vientre que comenzaba a abultarse en su cuerpo, no porque le avergonzara su estado, sino porque así era el modelo que Albert le había obsequiado. Lo había mandado traer de Nueva York a pedido urgente, el escote era de corazón y las mangas eran tres cuartos cubriendo sus brazos con las mangas que eran de la misma tela de seda de la falda. El velo era de encaje, bastante largo y Dorothy lo traía en sus manos para que no lo arrastrara.
-Estás hermosa Candy. - Dijo Albert acercándose a ella para ofrecer su mano y que se apoyara en él.
-Gracias. – Dijo la rubia ruborizándose por el comentario.
-Es verdad Candy. – Dijo la tía abuela acercándose a ella para darle su bendición antes de salir de la mansión, con una sonrisa sincera y una mirada que hasta podría decirse era tierna.
El resto de la familia se acercó a ella para saludarla y todos salieron juntos para abordar los vehículos que los llevarían hasta el hogar de Ponny. Annie se acercó a Candy hasta lo último para abrazarla con los ojos llenos de lágrimas.
-Me alegro que estés bien. – Le dijo sin poder evitar llorar. Candy sintió que sus fuerzas la dejaban al sentir aquel abrazo sincero y lleno de arrepentimiento de su hermana. Toda la familia las miró enternecidos. No hubo necesidad de más palabras, Candy como siempre era la chica generosa y noble, bastaba con una mirada para darse cuenta que todo estaba olvidado para ella y que no había rencor alguno en su corazón.
-Vamos, nada de llanto. – Dijo Albert. – Es un día para festejar, además tenemos que irnos o tu príncipe puede comenzar a impacientarse. – Dijo de nuevo, recordado que Anthony ya tenía rato que se había ido a la capilla.
-Tienes razón William. – Dijo Elroy.
Todos comenzaron a caminar hacia la salida de la mansión, incluso Dorothy ya que era la encargada de ayudar a la rubia a mover el majestuoso vestido que portaba.
Anthony había llegado tiempo atrás y tanto Charles como él ya habían terminado de adornar el lugar. El rubio no pudo evitar sonreír al resultado obtenido en la capilla. La hermana María, los niños, Jimmy, Tom y su familia habían sido los encargados de ayudar en el arreglo, habían formado un camino largo de Dulce Candy, lleno de velas en su paso, velas que iban iluminando el camino que se iba oscureciendo con el paso de las horas.
Candy viajaba cual princesa de cuento en un carruaje tirados por ocho caballos, iba junto a Albert quien fungía como la figura paterna que no tenía y que a pesar de ya no pertenecer legalmente a los Andley se convertiría en una gracias a la unión que se llevaría a cabo con su sobrino.
Anthony esperaba dentro de la capilla. Estaba nervioso y Tom lo miraba con burla, jamás se imaginó que lo vería alguna vez en ese estado, disfrutando un poco la manera en la que se comportaba.
-¿Nervioso? – Preguntó con cierta burla. Anthony lo miró de la misma manera, comprendiendo el placer que le daba verlo así.
-Más que nada estoy ansioso. – Dijo Anthony revelando realmente su sentir. – Ya es tarde y no llegan. – Dijo inquieto. Tom sonrió de nuevo.
-No te preocupes, aún hay tiempo, además las mujeres siempre llegan tarde a todas partes, sobre todo Candy, nunca ha sido muy puntual que digamos. – Dijo con una sonrisa de lado, gesto que provocó que Anthony le diera un leve empujón para luego soltarse ambos a reír por aquel movimiento. - ¡Es la verdad! – Dijo defendiéndose. En eso el ruido de un automóvil se hizo presente y poco después entraban Archie y Stear con sus familias a la capilla.
-¿Candy? – Preguntó a sus primos quienes se acercaban a él para saludarlo.
-No te preocupes, viene atrás con el tío. – Dijo Archie con una sonrisa, abrazando a su primo con gusto.
-Es bueno verte de nuevo Archie. – Le dijo Anthony. - ¿Vendrán muy lejos? – Preguntó una vez más cuando vio que el sacerdote comenzaba a inquietarse por el retraso.
-No, tranquilo. – Dijo ahora Stear con una sonrisa y palmeando al mismo tiempo el hombro de Anthony para calmar un poco su ánimo. Anthony sonrió travieso al gesto de su primo.
El ruido de la carreta fue evidente, los caballos comenzaban a relinchar al momento que paraban su galope y el rostro de Anthony se iluminó lleno de felicidad, respirando más tranquilo al saber que su amada rubia había llegado.
-Anda romeo. – Dijo Tom en tono de burla. – Que ya llegó tu Julieta. – Dijo de nuevo. Anthony le sonrió de lado y de nuevo le dio un empujón, riendo de nueva cuenta todos para colocarse en sus lugares.
La tía abuela se puso al frente, así como las Cornwell con sus hijos más pequeños en brazos. La hermana María estaba en lo alto de la capilla para dirigir al coro que formaban los tres pequeños que aún criaba.
Albert ayudó a bajar a Candy de la carreta y mientras Dorothy le arreglaba la cola del vestido y el gran velo bordado de piedras preciosas, el cual era tomado por las traviesas manos del pequeño Anthony y Samanta Cornwell, ambos serían los encargados de llevar el velo de la novia hasta que llegara al frente del altar.
Los niños comenzaron su canto una vez que divisaron la silueta de Candy en la entrada de la iglesia. Albert la llevaba del brazo y el rostro de Anthony se iluminaba aún más al ver la belleza de la rubia frente a él, solo unos pasos los separaban, el pasillo que tenía que recorrer no era tan amplio ni tan largo como una iglesia en Chicago, pero era lo suficiente largo para sentir la distancia de no tenerla a su lado.
Anthony suspiró enamorado y sus ojos se fijaron en la figura de su amada quien lucía como un verdadero ángel en la tierra, sus ojos verdes brillaban con más intensidad que nunca y su pequeño vientre abultado lucía disimulado con los metros y metros de tela que adornaban el vestido, de pronto sintió que la calma y la tranquilidad lo acompañaban al tenerla de frente, sus ojos viajaban por su figura y la sonrisa de chico enamorado no lo abandonaba, volvía a ser el mismo niño que la observaba impactado por su apariencia, no solo era bella por fuera, sino que era la mujer con los sentimientos más hermosos que hubiese conocido. Una vez más llegó a él la imagen de su madre, estaba seguro que ella hubiera amado a Candy como a una hija y que sería la primera en desearles la felicidad eterna. No se dio cuenta en qué momento ya tenía a su preciada dama ante él, solo sintió que sus manos entrelazaban las de ella y una corriente eléctrica lo devolvía al presente, sus recuerdos le habían jugado un pasada al hacerlo regresar al momento que la vio por primera vez.
-Cuídala mucho, Anthony. – Dijo Albert para terminar de regresarlo al presente.
-Con mi propia vida. – Respondió Anthony sin dejar de verla a los ojos. Albert sonrió por aquella magia que existía entre ellos, una magia que admiraba y que a la vez deseaba con descubrir alguna vez en su vida.
El sacerdote los miró sonriendo y a la vez suspirando de que por fin estuvieran listos para comenzar la ceremonia, observando desde arriba del altar la poca presencia de invitados, no era mucha gente la que estaba presente, sin embargo el amor que aquella pareja desprendía con su presencia era suficiente para provocar un ambiente lleno de armonía y buenos deseos.
-Yo Anthony Brower Andley, te tomo a ti Candy White como mi amada esposa, como la compañera que eligió mi corazón desde siempre, como la pareja que espero todos estos años para renacer y convertirse en mi alma gemela. Eres la persona que convirtió mis días oscuros en esperanza, la que llenó mi vacío en una fuente de alegría e inspiró a mi alma a convertirse en la fuente de tu dicha. Prometo que siempre te amaré y te seré fiel, en los momentos de tristeza buscaré tu felicidad, en los momentos de incertidumbre buscaré la certeza, en los momentos de llanto buscaré tu risa y los momentos de dicha serán todos y cada uno de los que pasaremos juntos hasta que la muerte nos separe. – Las palabras de Anthony dejaron a más de uno con lágrimas en los ojos, formando en los de Candy una especie de encantamiento que le impedían dejar de verlo, maravillada por el amor que había encontrado en él desde muy temprana edad y que por un accidente del destino por poco pierde para siempre. Él había regresado a su vida como un milagro y le ponía el mundo de nuevo a sus pies. Sus labios se separaron con dificultad para ser ella ahora la que haría el juramento ante los ojos de Dios y el representante de él en la tierra.
-Yo Candy White, te tomo a ti Anthony Brower como mí amado esposo y compañero de vida, prometiéndote todo mi amor y fidelidad a lo largo de este camino que hoy emprendemos juntos. En los momentos de tristeza encontrarás mi alegría, en los momentos de incertidumbre encontrarás mi certeza y en los momentos de llanto encontrarás siempre mi risa. Prometo amarte, respetarte y ser esa alma que necesitas para seguir tus sueños y anhelos, seguir siendo tu luz en los momentos de oscuridad y tu guía todos los días de mi vida. – Anthony sonrió convencido aún más que realmente Candy era su alma gemela, agradeció en silencio el haber tenido la fortuna de poder recuperarla y sobre todo el haber sido él el único que la había conquistado a pesar del tiempo que habían pasado separados.
Ambos colocaron sus alianzas, las cuales ahora sí eran complemento una de la otra, siendo copias exactas para su hombre y su mujer, cubriendo con ellas la marca que habían dejado las anteriores, una marca que ahora llenarían las que les correspondía realmente a sus dueños.
El religioso procedió a bendecir aquella sencilla unión, una muy diferente que había oficiado desde que comenzó su vida sacerdotal, sin embargo una de las más hermosas que había visto, convencido de ello procedió a dar su autorización para que el novio pudiera besar a la novia, quien no tardó mucho en aceptar aquella muestra de amor que ahora sí ya estaba bendecida ante los ojos de Dios.
El canto de los niños se hacía presente de nuevo cuando los dos rubios ahora como marido y mujer caminaban por el estrecho pasillo de aquella hermosa capilla, rodeados de Dulce Candy y de las miradas de amor que les dedicaban sus familiares, las pocas personas que sabían de aquel enlace y que estaban ahí para celebrarlo. Hasta la tía abuela estaba conmovida por aquella unión que había presenciado y que a pesar de sus años era la que más emotiva la había puesto.
-¡Felicidades! – Gritaron todos una vez ya que estaban afuera de la pequeña iglesia, las velas seguían iluminando el camino que había recorrido Candy antes de entrar, pero la oscuridad ya se había encargado de atrapar el paisaje de aquella colina que estaba frente al hogar de Ponny.
La celebración se llevó a cabo dentro del mismo hogar, ahí dentro se habían colocado algunas mesas y habían simulado una pequeña pista de baile, una que quedaba perfecto para los nuevos esposos Brower Andley. La cena no dejó nada que desear a los banquetes elaborados y fastuosos que la tía abuela solía dar en sus fiestas, la única diferencia fue el número de invitados, ya que aquel espacio estaba decorado con la misma elegancia que el gran salón de los Andley en Chicago.
El primer baile fue amenizado por un violín de cuerdas que era tocado por Annie, quien interpretó una romántica melodía para la pareja, demostrando su talento en ese arte. Todos miraban con emoción la manera en la que la pareja se adaptaba a los pasos que marcaba el rubio. Definitivamente él sabía guiarla y ella seguirle.
-Y a mí me pisó. – Decía Archie a su hermano quien comenzó a burlarse de él por aquel recuerdo.
-Es que tú no eres Anthony hermanito... – Dijo Stear dando un leve codazo a su hermano, quien ahora reía por aquella observación, la misma que le había hecho su hermano tiempo atrás, la diferencia es que en aquel entonces sí había dolido. - Y además no eres tan buen bailarín... - Agregó el inventor para ganarse ahora sí un empujón un poco más fuerte, provocando en ambos una risotada por la reacción que habían tenido ambos con aquellos comentarios.
Festejaron alegres entre la música de las gaitas que Albert tocaba y la bohemia guitarra que Tom rascaba, formado una boda muy diferente a la que habían asistido alguno de los presentes, todos felices, hasta los niños que se habían atrevido a bailar entre ellos entre correteos y juegos. Incluso la tía abuela había disfrutado aquella celebración muy por el contrario de lo que había creído sería, había sido pequeña, muy pequeña para su gusto pero elegante y había sido necesario hacerlo así.
La noche comenzó a avanzar y con ello la hora de irse cada uno a sus respectivos hogares, a pesar de que era pasada la media noche Albert y los Cornwell decidieron retirarse hasta la mansión de las Rosas para poder dejar solos a los novios. La hermana María regresaría junto a Jimmy y los niños y Tom con su familia a su rancho. Los únicos que quedarían en el hogar eran Candy y Anthony quien había adecuado ese espacio para pasar unas horas disfrutando de su esposa.
-Tengan mucho cuidado. – Dijo Anthony a su tío y sus primos, sabía bien que la oscuridad no era adecuada para andar viajando, pero lo que lo tranquilizaba era la seguridad de aquellos caminos que circulaban y que iban en automóvil.
-No te preocupes Anthony, la noche está muy iluminada. – Dijo Albert con una sonrisa.
-Nosotros cuidaremos del tío, no te preocupes. – Dijo Stear, seguro de que Anthony tenía también ese pendiente, esa había sido otro de los motivos por los cuales no habría luna de miel, si es que no era el principal de todos.
-Vamos, si no soy un chiquillo. – Dijo quejándose el mayor, mientras los demás reían por su comentario.
-A veces te portas como tal. – Dijo la tía abuela para sorpresa de todos, aumentando las risas en cada uno de ellos.
-Tienes razón tía abuela. – Respondió Candy. – Sobre todo cuando es hora de tomar sus medicinas. – Volvió a agregar una vez más, recordando lo que batallaba con él para que se tomara la medicina a sus horas, teniendo que casi corretearlo como a un niño pequeño para que se las tomara a tiempo.
-Yo me encargo de ello. – Dijo Archie tranquilo, observando a su tío con respeto y a la vez advertencia en sus ojos de que tenía que hacer caso. – No quiero volver a pasar otro susto. – Dijo refiriéndose a cuando pensó que lo había perdido. Albert sonrió agradecido, observando a cada uno de sus sobrinos y la tía abuela, no tenía duda alguna que ellos lo querían y harían todo por él.
-Gracias. – Les dijo emocionado. Los cuatro se abrazaron para despedirse por fin, viendo como los autos encendían las luces para iluminar el camino que los llevaría a la mansión de regreso.
-¡Hasta pronto! – Decían los Brower agitando sus manos en señal de despedida, ilusionados, con una sonrisa radiante en cada uno de sus rostros, comenzando una nueva vida juntos ahora sí como la sociedad lo indicaba, sin culpas o remordimientos, quedándose de pronto solos en aquel hogar que su amado príncipe de las rosas había reconstruido para ella.
Continuará…
Hasta aquí un nuevo capítulo, espero que les haya gustado, por fin se casaron este par y ahora sí a vivir el sueño que ellos crean a su alrededor. Espero que lo hayan disfrutado mucho.
Julie-Andley-00, Hola hermosa, muchas gracias por tu apoyo a mis historias, sobre todo por ser una fiel seguidora pero sobre todo una amiga. Gracias por leer y seguir mis locuras, espero pronto poder publicar otra. Por supuesto que estaré lista para leer otra adaptación que tengas en mente, siempre y cuando sea de Anthony y Candy por favor jajaja así como la otra ya sabes, no quiero volver a ser infiel a esta pareja jajaja (Ya me embaucaron una vez jajaja) Te mando un fuerte abrazo hermosa, cuídate mucho, saludos y bendiciones.
TeamColombia, Hola hermosas, espero haber cumplido con sus expectativas en este capítulo, los rubios ya están casados y esperando comenzar su luna de miel solitos en el hogar de Ponny, lo malo que no podrán viajar, pero creo yo que al inicio de la historia vivieron con ganas su luna de miel por adelantado. Recuerden que antes se vivía de las apariencias, y más en esa época en donde lo peor que le podía pasar a las familias de dinero que hablaran mal de ellas o andar en entre dicho y ahora se vive de lo mismo pero de diferente manera, sino solo falta ver los comentarios que la gente pone en las redes sociales, antes la gente se enteraba de la boca del vecino. Bueno hermosas les mando un fuerte abrazo, saludos y bendiciones a cada una de ustedes.
Aminaabud, Jajajajaja no! ya no, Candy es una dramática pero ya estuvo bueno de huir, hasta Anthony le agarró la mano para que no se fuera corriendo, también temía como tú que se fuera jajaja Albert solo andaba malpasado por no seguir la dieta, pero ahora tiene más gente que lo cuida ahora sí que como a un niño chiquito. Igualmente amiga, te mando un fuerte abrazo, saludos y bendiciones. Cuídate mucho.
Ster Star, Hermosa muchas gracias por tu esfuerzo en la lectura. Me alegra saber que estás mejor, sigue cuidándote por favor, que bueno que mi historia ya no te estresa, te aseguro que lo que sigue será pura miel sobre hojuelas jajaja. Aquí los Leagan no pintaron mucho en la historia, solo quise mencionar porque la tía abuela se había distanciado de ellos, como dices lo bueno que nadie le quiso abrir los ojos, sino que ella solita se dio cuenta de su manera de ser y cortó por lo sano. Hermosa igualmente te mando un fuerte abrazo y mis mejores vibras para que te recuperes mucho más rápido. Saludos y bendiciones amiga.
A las demás personas que comentan quiero también agradecer sus comentarios (que sé que pondrán en cuanto puedan) pero como había mencionado anteriormente ya quiero terminar con esta historia, ya que siento que ya me tardé mucho publicando, cinco meses es un récord para mí, espero yo ya no me tarde mucho en la próxima que viene. Gracias a cada una de ustedes por leer, les mando un fuerte abrazo a todas, saludos y bendiciones.
GeoMtzR.
