Despertó aferrada al cuerpo desnudo, cálido y fuerte de su esposo, bajo la vulnerable protección de las cobijas. Inhaló el dulce aroma que desprendía su piel al mismo tiempo que se movía con cuidado para, en caso de que fuera posible, pegarse más a él. Era lo que siempre había deseado: estar cerca de Goku, y ahora que podía disfrutar de ese hermoso sueño hecho realidad, no perdía oportunidad para mantenerse lo más próxima posible. Se sentía como fuego, ahí donde sus cuerpos hacían contacto.

—Goku —susurró, encerrando en su nombre todo el amor que estaba sintiendo en ese momento.

No hacía falta ver su rostro. Con tan solo contemplar su espalda y recordar los momentos que pasaron la noche anterior la hacía sentir dichosa de poder amanecer una vez más a su lado.

Lo primero que sintió Goku al abrir los ojos, dándole la bienvenida al nuevo día, fue un escalofrío electrizante recorrer toda su columna vertebral, por el tan sencillo hecho de sentir los delgados brazos de ChiChi aferrados a su cuerpo. La menuda mujer se mantenía muy cerca, tanto que el guerrero era capaz de sentir cada una de sus pausadas respiraciones chocando con suavidad sobre su nuca.

Tuvo que controlarse.

Siempre tenía que hacerlo cuando ChiChi se acercaba demasiado. Las sensaciones que su tacto le provocaba aun le resultaban extrañas y de cierta forma, le desagradaba sentirse de esa manera.

Dio media vuelta sobre la cama, ocasionando que ChiChi lo dejara libre, y de inmediato se encontró de frente con la mujer que ahora era su esposa. Sus grandes ojos negros lo recibieron llenos de un brillo especial, un brillo que solo detectaba cuando se estaba viendo a él mismo reflejado en ellos. Por un efímero momento, se preguntó si sus ojos también tenían ese brillo cuando ella contemplaba su propio reflejo.

—Feliz Navidad, ChiChi —le dijo con una sonrisa. Fue lo único que atinó a decir para poder zafarse de la hipnotizante mirada de su mujer.

ChiChi sonrió con todo su cuerpo al escucharlo.

—Feliz Navidad, Goku —respondió con dulzura—. Hoy haremos algo muy divertido que creo que te gustará.


Era la primera navidad que pasaban juntos y ChiChi podría haber jurado que, incluso el fresco viento que golpeaba su piel con fuerza era diferente. Los rayos del sol, filtrándose entre los árboles bañados en nieve, el sonido armonioso de los animales que rondaban cerca y el raspar de las ramas que chocaban por el vaivén del viento, creaban un espectáculo lleno de magia que la mujer de larga cabellera oscura jamás había percibido. Hasta el color blanco que envolvía la montaña le parecía más brillante que el panorama que había disfrutado en el castillo de su padre durante toda su vida.

Su vida antes de Goku.

Era él.

El guerrero de cabellera alborotada lo había cambiado todo.

Habían tenido una gran y deliciosa cena en su antiguo hogar, en compañía de su padre, pero finalmente había llegado el momento de estar solos. Lo esperó ansiosa, con todas sus esperanzas sobre las palmas extendidas de sus pequeñas y pálidas manos. Sentía que no cabían, que era incapaz de sostenerlas todas y que poco a poco, una por una, se iban a esfumar. Porque era tan difícil complacerlo. Goku nunca parecía dispuesto a hacer actividades normales, como una pareja común, lo único que quería era entrenar y cualquier otra cosa que no involucrara golpes, le parecía aburrido.

Pero esa vez sería diferente. Estaba convencida de ello, porque, lo anhelaba tanto que le parecía imposible que sucediera lo contrario.

—¡Vamos, Goku! —le apuró—. El río aún está lejos.

Casi inconsciente, su mano se movió hacia atrás, en busca del frío contacto de la mano de su esposo. Cuando la encontró, la sujetó con fuerza, entrelazando sus dedos con los suyos, como piezas hechas justamente para estar unidas por siempre. Incluso a través de la tela de los guantes color rosa que ChiChi había elegido, podía sentir lo heladas que estaban sus manos, porque se había negado rotundamente a usar guantes también, sin embargo, no era desagradable sentirlo sino todo lo contrario. De una u otra forma, tocar a Goku siempre quemaba, y ella amaba esa sensación.

Caminaron así, sujetados de las manos, hundiendo sus pisadas en la nieve; dejando huellas de pasos que contaban historias y un rastro de ilusiones, hasta que finalmente llegaron a su destino.

—¿Qué vinimos a hacer aquí, ChiChi? —cuestionó un Goku visiblemente confundido—. El río está congelado, no podemos nadar.

—Ya te dije que no vinimos a nadar —hizo una pausa, poniendo atención al vaho que había expulsado al hablar—. ¡Vamos a patinar!

Soltó su mano con pesar, para ser libre de sacar los dos pares de patines que había estado cargando dentro de un morral a su espalda. Goku ni siquiera tenía idea de que artefactos como aquellos que tenía su esposa en las manos existían, pero no dijo nada. En realidad, lo que estaban haciendo no le entusiasmaba en absoluto, pero ChiChi parecía estar muy emocionada con dicha actividad así que sonrió y aceptó el par de patines que en ese momento le estaba ofreciendo.

Cuando finalmente ambos estuvieron listos para comenzar a patinar sobre la pista natural que hasta hace unos meses era el río donde Goku solía pescar o nadar en compañía de su mujer, ambos entraron al terreno resbaloso, pisando con mucho cuidado, pero rápidamente ChiChi hizo notar que estaba familiarizada con lo que estaba haciendo, sin embargo, Goku jamás había hecho algo como eso y las cosas se le estaban saliendo de control. Estaba seguro que en cualquier momento se caería y la idea no le parecía en absoluto divertida.

—¡Goku, si no te mueves te vas a caer! —se burló ChiChi al ver cómo el guerrero parecía querer domar el hielo a pasos lentos.

ChiChi se enterneció ante la escena. Era como ver a un bebé aprendiendo a caminar, aventurándose a dar sus primeros pasos en un terreno desconocido y siniestro ante sus inocentes ojos.

—¿Estás segura de que esto no es peligroso? —cuestionó sin verla. Su mirada estaba gacha y toda su atención estaba puesta en el hielo bajo sus pies. Sospechaba que, si se atrevía a desviar su atención hasta la mujer que lo observaba en ese momento, al menos por un segundo, terminaría por caerse.

—Claro que sí, Goku —aseguró mientras se acercaba para poder brindarle su ayuda y asegurarse de que se mantuviera de pie por más tiempo—. Aunque te caigas, el hielo no cederá ante tu peso; es una capa muy gruesa y lo resiste todo.

—Lo haría con un Kamehameha.

—Con eso destruirías toda a montaña, no solo el hielo —sonrió. Pensar en la increíble fuerza que poseía su Goku la llenaba de orgullo y la hacía sentir aún más afortunada de poder disfrutar de su compañía.

Goku también sonrió. No solo por el comentario de su esposa, sino porque finalmente se había percatado de que ChiChi se estaba acercando para auxiliarlo. Pero esa mínima distracción le costó su primera caída.

Quedó sentado y no dolió, pero quemaba. Estaba helado ahí donde su cuerpo estaba haciendo contacto con el hielo y Goku nunca había sentido una sensación más desagradable que esa.

—Sujeta mis manos —pidió cuando estuvo lo suficientemente cerca de él, luchando por no burlarse de cómo se había caído el hombre más fuerte del planeta frente a sus ojos.

Lo dudó por un momento, antes de acceder a su petición y aferrarse a las delgadas manos de su esposa para ayudarse a ponerse de pie. A pesar del grosor de la prenda que las cubría, podía sentir su fragilidad y todas las extrañas sensaciones que lo invadían cada que la sentía demasiado cerca comenzaron a aparecer, distrayéndolo de su labor de mantenerse de pie sobre el resbaladizo suelo que parecía hecho de cristal, casi tan frágil y blanco como la piel bajo los guantes rosas. Pero en esa ocasión no se cayó. Sujetarse de ChiChi estaba siendo más que efectivo para comenzar a dar sus primeros pasos decentes sobre la pista.

Se mantuvieron así, sujetados el uno del otro, mirándose de frente, dando vueltas y disfrutando de su mutua compañía. El cabello oscuro de ChiChi bailaba al ritmo del viento, hipnotizando al guerrero que la observaba. Sus mejillas estaban rojas y el vahó que salía de su boca golpeaba el rostro de Goku quien comenzaba a pensar que aquello sí era divertido, pero entonces sucedió...

Se soltaron.

Goku le dio la espalda, para patinar por primera vez por su propia cuenta. Se sentía tan feliz.

—¡Mira, ChiChi! ¡Ya puedo hacerlo solo!

Pero no hubo respuesta.

Goku era el único ser que se encontraba de pie sobre el hielo.

Por un instante no supo qué estaba sucediendo. ¿Por qué de pronto su ChiChi, su hermosa princesa, había desaparecido? Aquella dulce mujer que le regaló tantas alegrías en tan poco tiempo; aquella que había transformado su vida, haciéndolo más dichoso, de un momento a otro se había esfumado, como el vahó del grito de auxilio que no escuchó.

—¡ChiChi! —gritó, presa de la angustia.

Su voz, desesperada, desgarró el blanco y hermoso paisaje que los había acompañado y que había sido testigo de lo que sucedió cuando Goku liberó aquellas frágiles y delgadas manos, convirtiéndolo en algo oscuro.

También la desgarró a ella, que allí donde se encontraba, pudo escucharlo; tan lleno de dolor por no encontrarla.

—¡ChiChi, por favor —quiso dar un paso adelante, pero el resbaloso hielo se lo impidió—, deja de bromear!

¿Qué otra cosa podría ser más que una broma de mal gusto? Aquello era lo menos divertido del mundo para el desesperado guerrero. Pero, su esposa no era capaz de eso, ella jamás bromearía en una situación así. Comenzaba a sentir una presión en el pecho que iba en aumento conforme pasaban los segundos y ChiChi no aparecía en su campo de visión.

Con movimientos torpes, Goku se deshizo de los patines que tanto le estorbaban para avanzar sobre el hielo. Pensó que quizá, sin ellos podría mantenerse de pie con más facilidad y estaba en lo correcto. Sus pasos comenzaron a ser más firmes; dolorosamente firmes gracias al agua congelada que parecía clavar navajas en las plantas de sus pies, pero finalmente logró avanzar hacia donde había estado con ella, dando vuelvas sobre el hielo, por última vez. Tan cerca de donde había sido su caída...

—No, no, no —comenzó a musitar—, no puede ser posible.

Conforme se acercaba, las cosas iban siendo más claras; no solo porque comenzaba a comprender lo que había sucedido realmente, sino porque era capaz de verlo. Agua. Ahí donde debía haber un bloque de hielo, firme, grueso y resistente, solo había líquido. La pista se había transformado en el lugar exacto donde él cayó. Su peso fracturó el río, y aquella herida no había sido capaz de soportar el ligero peso de ChiChi.

Pudo verla a través del hielo, como si estuviera mirando una muñeca de porcelana en una vitrina. Su cabello suelto, flotando como un aura alrededor de su rostro, con los ojos cerrados, como si estuviera disfrutando de una placentera siesta; pies y brazos extendidos, haciéndola ver vulnerable. Una delicada muñeca hundiéndose; despidiéndose aún sin decir nada.

Era lo más hermoso y triste que Goku había visto en toda su vida.

ChiChi luchó desesperadamente por regresar a la superficie. Contaba con la fuerza suficiente para ganarle a la corriente que intentaba arrastrarla lejos de donde el hielo cedió ante su peso, pero su cuerpo no fue capaz de soportar la baja temperatura del agua y en pocos segundos, todos sus músculos se habían entumecido. Se sentía pesada, como si estuviera amarrada a una gigantesca piedra que la arrastraba hacia el fondo. No sentía ningún miembro de su cuerpo y en poco tiempo ya ni siquiera pudo ser capaz de mantener los ojos abiertos. Necesitaba que Goku llegara a ayudarla.

¿Por qué tardaba tanto?

—Voy a morir aquí —las palabras llegaron a su cabeza en el momento en que ya no pudo ser capaz de aguatar por más tiempo la respiración.

El guerrero de cabello en puntas se quedó paralizado por un instante, contemplando la manera en que el cuerpo de ChiChi era arrastrado a la profundidad del río por las corrientes que se arremolinaban a su alrededor. Conforme pasaban los segundos, se iba alejando cada vez más y rápidamente Goku comprendió que si no se apresuraba a sacarla de allí, la iba a perder para siempre. No le importó el frio, ni la ropa; ni la posibilidad de perderse en ese abismo oscuro junto a ella.

El cuerpo de Goku resistió a la baja temperatura y gracias a su gran fuerza, no le costó mucho trabajo llegar hasta su esposa. La sujetó de un brazo, para atraerla hacía él y aferrarse a su cuerpo para poder regresar a la superficie. Fue como sujetar una muñeca de trapo.

—¡ChiChi! —la llamó a gritos, en un intento de hacerla reaccionar, pero fue inútil.

Se abrazó a su pequeño cuerpo con todas sus fuerzas, meciéndola, como si hubiera perdido el control de sí mismo de tan solo verla en ese estado. Estaba casi tan blanca como la nieve que los rodeaba, su piel parecía hecha de hielo y no reaccionaba con nada. Necesitaba que abriera los ojos y sonriera; necesitaba que lo regañara, que incluso lo golpeara; necesitaba que estuviera bien, que se salvara, porque sin ella, ¿qué iba a ser de él?

—Vamos, Chi —pasó una mano por la cara de su esposa, acariciándola, para quitar un mechón de cabello oscuro que se había quedado pegado a su piel y no lo dejaba contemplar bien su hermoso rostro—. Quédate conmigo. Vamos, ChiChi... abre los ojos, por favor.

No se percató de que había comenzado a llorar hasta que vio gotas caer sobre sus mejillas. ChiChi se estaba yendo y él sentía que lo estaba perdiendo todo.

—¡Maldición, ChiChi, despierta! —alzó la voz en un grito lleno de dolor—. No me dejes...

No permitía que su menudo cuerpo tocara el hielo; la mantenía sobre sus piernas, mientras él se llevaba la peor parte del simple hecho de seguir allí, en ese infierno blanco con la ropa congelada. Estaba tiritando y necesitaba entrar en calor.

Fue entonces cuando lo comprendió: ChiChi no iba a despertar a menos que entrara en calor. Y él tenía la forma de hacerlo.

Llamó a la nube voladora y subió a ella sin problema para emprender el vuelo de regreso a casa. En el trayecto, se dedicó a protegerla del aire con su propio cuerpo y al mismo tiempo comenzó con su labor de cederle su energía para regresar su cuerpo a su temperatura habitual.

—Pronto llegaremos a casa —depositó un beso fugaz sobre su frente—, estarás bien. Prometo que estarás bien.

Abandonó la nube a toda prisa en cuanto descendieron cerca de la entrada de la pequeña vivienda circular y entró en ella lo más rápido que sus pasos lo permitieron en dirección al sofá que se encontraba más cerca de la chimenea. Dejó a ChiChi sobre el cómodo asiento con sumo cuidado, como si estuviera hecha de cristal.

Sus manos temblaban mientras acumulaba un poco de energía para hacer prender la chimenea con mayor facilidad y en el momento en que las llamas estuvieron listas, Goku regresó con ChiChi y se deshizo de su ropa mojada para después proceder a hacer lo mismo con las de él. Tomó una cobija y se cubrió con ella al mismo tiempo que se aferraba a su mujer. Se sentó casi en la misma posición que cuando la sacó del río, pero esta vez, acogidos por el cálido fuego que desprendían las brasas.

—Regresa —suplicó nuevamente.

Goku expulsaba energía gradualmente mientras que, con ambas manos, frotaba el cuerpo de ChiChi en un intento de apresurar su labor. Seguía con vida, podía sentirla, y aunque su respiración era lenta, el guerrero se aferraba a la esperanza que le brindaba escuchar sus pequeños y pausados resoplidos.

—Dijiste que no era peligroso —hundió su rostro en el cuello de ChiChi, amortiguando el doloroso tono de su voz—. Debí haber sido yo.

Se culpaba a sí mismo por haber caído, por haber fracturado el bloque de hielo, por haberla soltado, por no haberla cuidado lo suficiente. Los recuerdos comenzaron a arremolinarse en su mente; memorias que llegaban como flechas, haciéndolo sangrar ahí donde permanecía la imagen de su princesa de hielo. Se sentía culpable de tantas cosas... No era un buen esposo, no era el hombre que ChiChi merecía. Había ocasiones en que ni siquiera permitía que se acercara a él, porque al sentirla despertaba algo dentro suyo que no llegaba a comprender, y de cierta forma lo incomodaba al grado de querer evitarla a toda costa. ¿Cuántas veces la hizo sentir mal? ¿Cuántas veces ella pensó que no la quería?

Era un tonto. El más tonto del universo.

—Quiero que te quedes conmigo y sigas haciéndome sentir todas esas cosas extrañas —suplicó con un nudo en la garganta—. Te prometo que te cuidaré y seré un buen esposo, pero por favor, ChiChi, ¡quédate conmigo!

Ya no le quedaban fuerzas. Le había cedido toda su energía, al grado de que sus brazos ya casi no tenían resistencia para seguir sosteniéndola. Se dejó caer en el suelo, cuidando que ChiChi no se golpeara.

—Es lo único que puedo hacer —pensó, rindiéndose—. Perdóname, ChiChi.

Cerró los ojos, abatido.

—¿Goku?

Una respuesta. Un leve aire que golpeó la cara del guerrero, haciéndolo estremecer. Abrió los ojos de inmediato, para toparse con el dulce y bello rostro de ChiChi. Sus ojos negros mirándolo. Viva. Con las mejillas ligeramente enrojecidas.

—Regresaste —susurró—. No volveremos a patinar sobre hielo nunca más —se apresuró a decir.

ChiChi se rió y las lágrimas comenzaron a surgir de inmediato. Se abalanzó sobre su esposo y rodeó su cuello con ambos brazos, sin importarle que ambos estuvieran totalmente desnudos.

En esa ocasión Goku no se sintió extraño y por primera vez, sus labios encontraron primero el camino para besarla.