Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es Hotteaforme, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is Hotteaforme, I'm just translating her amazing words.


Thank you Hotteaforme for giving me the chance to share your story in another language!


Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.


Música de este capítulo:

Grandson – Oh No!

Twenty One Pilots – Heathens

Deftones – Change


Dualidad

México - Septiembre de 2007

Tengo gotas de sudor en la frente, los ventiladores de escritorio no hacen ni un carajo en este calor, el aire acondicionado está roto. Hay un tipo viejo intentando arreglarlo, pero está haciendo un pésimo trabajo, sus ojos se mueven mucho hacia las chicas semidesnudas que se pavonean por ahí.

—¡Oye, oye! —grita Javier, le da un golpe y truena sus dedos—. ¡Tienes que apurarte con eso, maldito pendejo!

Me recargo en el respaldo de un sillón café, la música vibra ruidosamente a través de la casa a pesar de que apenas es mediodía. Unos cuantos de los hombres de Javier están jugando póker en una mesa redonda en la esquina, otros pocos están parados en las ventanas y puertas con unas AK-47 agarradas fuertemente en sus manos. Alec está sentado frente a mí, tiene los ojos cerrados y la mano en el cabello de una rubia que le atiende enérgicamente la polla. No es nada que no haya visto antes… que no haya hecho yo mismo.

No quería venir a este viaje, y ahora ya llevamos semanas aquí, estamos estableciendo nuevas rutas para el cártel que Javier dirige.

—Solo unos cuantos días —fue lo que dijo Alec.

Así que acepté, como si tuviera opción.

Me necesitaban; tenían que deshacerse de un rival. Me preparé con una M24 en las primeras horas de esta mañana, a mil quinientos metros de distancia de un punto de entrega en el desierto. Todavía puedo sentir las piedras enterrándose en mí de las horas que estuve ahí tirado, el polvo se pegaba a mi aliento, los pocos segundos de calma antes de ceder y disparar en la tenue luz del amanecer. El tipo no tuvo oportunidad. Vi a través de la mirilla como se desataba un infierno; sentí una satisfacción enferma al haber hecho el tiro y haberme ganado otros veinte mil dólares.

Una mano se abre camino hacia mi hombro desde atrás, un perfume empolvado invade mi nariz, una de las chicas de Javier agacha la cabeza hasta llegar a mi oreja y se mueve el cabello.

—¿Por qué estás tan tenso, bebé?

Le doy un trago a mi cerveza, aprieto los dientes y agarro mi cigarro. Sus labios encuentran mi cuello, su aliento me cosquillea mientras masajea mis hombros.

—Relájate —susurra, se endereza y le da la vuelta al sillón hasta quedar frente a mí. Está usando una diminuta falda de látex que apenas le cubre el culo y un sostén pushup negro, hace que parezca que sí tiene tetas. No tiene. Pero es bonita.

Cabello oscuro, ojos oscuros y una piel de oliva que me recuerda un poco de más a la chica a la que dejé en una puerta de Chicago hace más de un mes, con una promesa que no he mantenido.

Mi boca se seca.

Le doy otro trago largo a mi cerveza, la veo ponerse de rodillas. Alejo todos los pensamientos sobre Bella cuando ella desabrocha mi camisa, sus manos bajan por mi estómago.

Inhalando el humo, lo expulso sobre su cara, no me importa si eso la irrita, quiero hacerla enojar, quiero que ella se largue.

No lo hace.

En vez de eso, se sienta a horcajadas en mí, se restriega sobre mi polla bien y lentamente con un calor que me pone duro. Se sentiría bien. Sé que sí. Yo me sentiría bien si le diera lo que ha estado buscando desde hace semanas.

Se inclina, incesante, buscando un beso, pero giro la mejilla, apartando la vista.

Con ella no.

Por ella.

No puedo sacarla de mi cabeza. Su cara se aferra a mí. El sonido de su risa ahora es un recuerdo distante, pero al carajo si eso no me hace alejar el culo de esta zorra idiota que me está manoseando.

Me paro, la levanto junto conmigo antes de dejarla caer en el asiento que acabo de dejar, avanzo hacia el pasillo, hacia afuera; está jodidamente caliente, jodidamente cerca. La risa de Alec suena detrás de mí. Cabrón.

Recargándome en la barandilla que hay afuera sobre el techo, el sol pega con fuerza cuando meto el dedo en una bolsita que tengo en el bolsillo, inhalo el polvo blanco de la punta de mis dedos. Arde al caer por mi garganta. Es una muestra de una mierda muy buena que vamos a cruzar por la frontera en los siguientes seis meses. Lo último que Alec dijo fue que valía millones de dólares y al menos setenta y cinco grandes de eso se abrirán camino hacia las sucias manos de James.

Alzo la cara hacia el fuego en el cielo, mi corazón empieza a latir más rápido, más fuerte, salta.

Ya ha pasado más de un mes y ni siquiera sé si voy a regresar a Estados Unidos vivo. ¿Por la forma en que va este viaje? No tengo muchas esperanzas.

Si Bella estaba esperando mi llamada, no estará esperando por mucho más. Y tal vez si logro regresar, solo seré un tipo que la ayudó un par de veces y desapareció de la faz de la jodida tierra.

Ella se merece algo mejor.

Mejor que yo. Porque no importa la forma en que lo vea. Lo que hago. Lo que soy. No soy lo suficientemente bueno para ella. Sin importar lo mucho que pueda querer serlo. Soy el villano, no el héroe. Incluso si solo por unas cuantas horas, me sentí como su héroe.

Lo único que puedo hacer es asegurarme de que James jamás vuelva a ser un problema para ella. Además de meterle una bala a la cabeza, esta trampa que estoy montando es la única opción que tengo.

Sí. Sacudo la cabeza. Tengo que dejar ir esta mierda.

Tengo que dejar ir los pensamientos de ella.

Vuelvo a meter los dedos a la bolsita, me meto más por la nariz. No la estoy picando en nada porque este lugar está asqueroso, pero carajo, necesito más. Tengo que bloquear esa sensación de total ineptitud. La amargura de saber que nunca puedo tener lo que quiero, porque esta vida que llevo está jodida. Estoy a entera disposición de alguien más veinticuatro horas al día, trecientos sesenta y cinco días al año.

No hay forma de escapar de eso.

Otro día, otra noche, y el aburrimiento me lleva a un cuadrilátero improvisado. Estoy saltando sobre mis pies, tengo los nudillos vendados, veo al tipo con el que estoy peleando retroceder a trompicones hacia una multitud que ruge. Tiene el pecho desnudo, le sale sangre de la nariz y el ojo izquierdo.

Se lanza de regreso hacia mí, arremete con un gancho derecho, se excede, pero lo bloqueo y pego con fuerza en la cara, un puñetazo izquierdo y luego un gancho derecho.

Está en el piso. El informal referí cuenta y ya tengo esto en la bolsa. Moqueo, escupo sangre en el suelo, me doy la vuelta, ya me estoy quitando las vendas con las que me envolví los puños.

Ni siquiera sonrío cuando Alec me jala a él, se está riendo, eufórico, sus pupilas están dilatadas.

—¡Lo conseguiste, hijo! ¡Ja, ja, ja!

Está agarrando montones de dinero, los empuja hacia mí. Ganancias o lo que sea. En realidad, no me importa ni un carajo.

A veces hago esta mierda solo para sentir algo. Lo que sea. Dolor. Castigo. Porque no soy lo suficientemente bueno. Para nadie. Nunca lo he sido. Al menos, eso es lo que mi viejo solía decir. Supongo que no estaba equivocado.

Inhalo línea tras línea de coca, mi garganta está entumecida, me arde la nariz, y cuando la chica con el cabello y los ojos oscuros me vuelve a arrinconar mucho después de que se metió el sol, la dejo tomarme en su caliente y húmeda boquita. Pronto ya me encuentro protegiéndome la polla y entrando en ella desde atrás. Y cuando gime y grita mientras embisto en ella, es a Bella a quien veo. Porque estoy enfermo de la cabeza, o alguna mierda así. Es a ella a quien veo cuando pierdo el control.

En cuanto echo el condón a la basura, le aviento su ropa a la chica.

—Vete.

—Pero…

—¡Dije que te fueras al carajo!

Se apresura a salir de la habitación, las maldiciones salen volando de su boca y azota la puerta a sus espaldas al irse.

Le pego a la pared antes de dejarme caer en la cama, enciendo un cigarro, me llevo las manos a la cabeza.

—Carajooo.

Javier y Alec están sentados en el techo desayunando cuando vuelvo a salir, no llevo camiseta, dejo que el sol de la mañana se hunda en mis huesos. Es temprano, tal vez son las siete, y este asunto ya es todo un infierno. Me punza la cabeza, me duele el pecho, estoy todo nervioso e inquieto. Me paso una mano sobre el corazón, como si esa cosa estuviera a punto de explotar. Duele. Duele en todas putas partes.

Sentándome en una de las sillas de jardín de plástico color verde que están decoloradas a causa del sol, saco un cigarro y lo enciendo.

—Al fin te montaste sobre una de mis chicas, ¿y ahora tengo que lidiar con ella actuando como una perra malhumorada? —dice Javier con la boca llena de comida, señalándome con su tenedor—. ¿Qué carajos hiciste?

Exhalo un poco de humo por la nariz, lo miro, intentando entenderlo. Él cambia de ataques de ira a viajes de euforia. El tipo de locura con la que no deberíamos estar haciendo negocios, pero es lo que Caius quiere y lo que necesitamos, y para entregárselo, él tiene bien controlado el asunto aquí.

No alcanza a decirme si está enojado o no porque de repente empiezan a caer los disparos, resonantes, destrozando la pared detrás de nosotros. Golpeo el piso, una mano se dirige a la nueve milímetros que tengo metida en la cintura de mi pantalón, la otra tira la mesa mientras las balas siguen cayendo. Los platos se estrellan, me rasguñan los brazos, tengo una pierna llena de jugo de naranja y café tibio.

—Jódeme —maldice Alec junto a mí, hace una mueca cuando más balas golpean la mesa.

—Preferiría no hacerlo. —Le quito el seguro, ya estoy acuclillado, intentando ver en qué ángulo están. La siguiente ráfaga de balas llega de izquierda a derecha. Si nosotros estamos a las doce, supongo que ellos están a las dos, pero no estoy seguro.

Mi cabeza da vueltas y la sacudo, empiezo a sudar, se me revuelve el estómago.

—Creí que dijiste que este viaje sería relajante. ¿Eh?

Javier le está gritando a sus chicos mientras ellos se apuran para llegar a nosotros, saliendo por la puerta que da hacia el techo, regresan el fuego sobre los techos.

—¡Vámonos! —ordena, haciéndonos un gesto para seguirlo de nuevo hacia el otro lado de las paredes sólidas.

No vacilo. No estoy preparado para vestirme, mucho menos para una pelea con armas.

Nos apuramos a salir de ahí, el tiroteo se vuelve más intenso, el quejido de las sirenas se oye no muy lejos. Tal vez esto es venganza por lo que sucedió hace un par de días; por haberme deshecho de ese cabrón, pero quién sabe.

Solo tengo tiempo de agarrar mi bolsa de lona antes de salir a la calle hacia un Jeep Wrangler de techo abierto. Nos vamos a toda velocidad, Javier se está riendo y está gritando mientras el viento azota entre mi cabello.

—Este tipo está jodidamente loco —le murmuro a Alec mientras meto la mano a mi bolsa en busca de una camiseta.

—Dicen que los mejores lo están —responde Alec, palmeándome la espalda.

Desde la ciudad manejamos media hora hacia el sur en dirección a una pista área privada donde un avión diminuto nos está esperando. Me bajo del Jeep, miro a mi alrededor; el calor está intenso, se escucha el sonido de los insectos zumbando en la hierba alta a ambos lados de la pequeña pista de aterrizaje.

Javier está saludando a un tipo que lleva puesta una camiseta hawaiana y que está fumando marihuana, y casi lo tiro de una patada cuando dice que este tipo es el maldito piloto.

—No te veas tan preocupado, hermano —me dice con un brazo en mis hombros mientras nos lleva a su avión—. Este es mi G, nos va a llevar a Colombia para estar allá un tiempo.

Me detengo de golpe.

Alec choca con mi hombro, moviéndome para seguir avanzando.

—¿Colombia?

—Será divertido, Mase. Veremos donde comienza todo. ¿Qué carajos te pasa?

Pienso en eso cuando estamos en el aire, me aferro al reposabrazos, la turbulencia me hace apretar los dedos. Odio volar; lo odio todavía más cuando hay un cabrón medio drogado volando la maldita cosa.

Para cuando aterrizamos, tengo la cabeza partida en dos, y para cuando llegamos a la enorme casa enrejada a las afueras de un pequeño pueblo, ya estoy listo para terminar el día. Estoy caliente, sudado, cansado y no estoy de humor para nada de compañía.

Javier se baja de un salto de la Chevy Silverado del 98 donde viajamos justo cuando una mujer muy embarazada sale de la casa, seguida de un hombre alto con barba negra y lentes. Javier la besa, y nos presenta. Su hermana, Josefina, y su esposo, Carlos.

Nos reciben en su casa, nos ponen en unas sencillas habitaciones de invitados con paredes verdes y colchas blancas. Me quedo dormido un par de horas, mi mano nunca abandona la pistola que tengo metida debajo de mi almohada.

No es hasta mucho después que me arrastro fuera de la habitación, me baño antes de encontrarme merodeando por la casa buscando un lugar para fumar y algo para comer.

En la cocina está lo que supongo que son empleadas limpiando. Dejan de platicar cuando me ven ahí.

—¿Tiene hambre, señor? —dice una de ellas, avanza un paso y se alisa un delantal.

—Sí, si no es mucha molestia. Ha sido un día largo.

La chica sonríe y sacude la cabeza, se gira y me prepara un plato de carnes frías, queso, fruta y pan mientras mi estómago ruge.

—Te lo agradezco —le digo cuando me lo entrega, sus mejillas se tiñen de rosa—. ¿Cuál es tu nombre?

—Carmen —me dice con voz queda.

—Gracias, Carmen. ¿Hay algún lugar donde pueda fumar y comer?

Asiente y me dice que la siga, me lleva a la terraza exterior. Los últimos residuos del ocaso me dan un vistazo de una densa jungla en las colinas que hay más allá. Está tranquilo aquí, un respiro, y me alegra tenerlo.

Alec me encuentra poco después. Me frota la cabeza con los nudillos mientras se sienta en la silla frente a mí, enciende un cigarro y me pasa una cerveza mientras el aire húmedo se aferra a mi piel, hay mosquitos pululando en la luz de afuera.

—Empiezas a preocuparme. Es por este humor que tienes —dice eventualmente, se inclina hacia enfrente y apoya los codos en sus rodillas—. ¿Es tu ma?

Niego con la cabeza.

—No, hombre. Solo estoy cansado. Todo este asunto me tiene hecho trizas. —No es una mentira. Me estoy volviendo demasiado viejo para esta mierda.

Se queda en silencio, analizándome.

—¿Seguro que quieres hacer este asunto de James? Es mucho dinero el que estás soltando para que esto funcione.

—Sí. —Le doy un trago a la cerveza. De eso estoy seguro.

—Vamos a tener que encontrar a alguien más que se haga cargo de sus esquinas si haces esto. —Sus ojos se mueven hacia mí—. ¿Te gusta?

Me hago el jodido idiota porque él no necesita saberlo.

—¿Quién?

—Bella. —Incluso la forma en que arrastra su nombre me hace querer aterrizar mi puño en su cara. No digo nada—. Está claro que tienes un buen interés en ella. —Hace una pausa, inhala una respiración de humo, la sopla por un lado de su boca—. No te voy a culpar. Una cosita bonita como esa habría ganado muchos dólares, es seguro.

Mi cuerpo se tensa porque con un carajo si voy a permitir que eso pase. No hay muchas cosas en las que Alec y yo estemos en desacuerdo, pero Fever es una de ellas. Todo lo que tenga que ver con ese lugar es algo de lo que no quiero formar parte.

—No era una deuda que ella tuviera que pagar. No tenía idea de lo que James estaba haciendo… de quiénes somos —repito.

—¿Y cómo lo sabes?

Exhalo, me irrita que vayamos por este camino otra vez.

—Solo lo sé.

Me mira críticamente, sus cejas oscuras se juntan, le da un trago a su cerveza.

—¿Sabes qué pienso?

No me interesa en realidad lo que piensa, pero de todas formas me lo dirá, así que me preparo. Intento contener mi enojo.

—Lo que pienso es que te estás esforzando mucho y ese no es tu modus operandi normal. Ni siquiera por Tanya…

—Al carajo con Tanya.

Se truena unos cuantos nudillos.

—Solo no dejes que ninguna puta te nuble el juicio. Esta mierda con James…

—La viste. Él es una maldita escoria. Ella no tiene a nadie cuidándola. No tiene padres, a nadie.

—¿Así que tú la cuidas? Te estás suavizando un putero, Masen. ¡Jesús! Cuando tus sentimientos empiezan a joder mis acuerdos de negocios, se convierte en un jodido problema.

—Ve al grano.

—Lo que digo es que no dejes que una puta idiota te saque del juego. Ella no es nada especial.

Me pongo de pie, aplasto mi cigarro en el cenicero porque él está tan malditamente equivocado y no quiero seguir escuchándolo. Me voy, abriendo la puerta con demasiada violencia.

—No dejes que se convierta en un problema, Masen. De otra forma, te convertirás en mi problema. ¿Entendido?

Me giro hacia él, rechino los dientes al decir:

—Entendido.

—Quiero decir, ¿siquiera ya te la follaste? Al menos haz que valga la pena.

Le enseño el dedo medio al irme.