Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es Hotteaforme, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is Hotteaforme, I'm just translating her amazing words.
Thank you Hotteaforme for giving me the chance to share your story in another language!
Gracias a Yani B por ser mi beta en esta historia.
Música de este capítulo:
Straylight Run – Hands in the sky (big shot)
Dualidad
Colombia - Octubre de 2007
Pasamos las siguientes semanas aquí, septiembre se transforma en octubre. Hacemos excursiones en la jungla colombiana hasta donde siembran la cocaína. Se necesita un día para llegar a algunos sitios, otros no requieren tanto y cuando regresamos a la casa, Alec, Javier y Carlos usualmente se encierran para discutir las mierdas que Caius quiere.
Actualmente enviamos el producto a Estados Unidos mediante flete, pero puede tardar un tiempo. Demasiado. Quieren reducir las escalas de tiempo. Mover más. Hablan sobre refinarlo en México primero para que esté listo para salir en cuanto llegue a los puertos.
Alec quería que estuviera en esas reuniones, pero Caius no ve la necesidad. No soy lo suficientemente importante, y eso está bien para mí.
—¿Siempre eres tan callado? —pregunta Carlos una noche durante la cena. Javier alza la vista, sonriendo, y choca mi hombro con el suyo mientras sopeo un poco de pan en una especie de sopa de papa.
—Puede que sea callado, hermano, pero es una puta máquina. Derribó a Juan Santiago a mil quinientos metros de distancia, tenía una precisión que… —Se besa los dedos.
Carlos me mira, sus ojos oscuros me analizan. Me equivoqué al pensar que Javier era el que controlaba todo aquí. Carlos… él es el cerebro detrás de todo este asunto. Y es inteligente al permanecer fuera de México así, con todo lo que sucede justo ahora entre cárteles. La mafia italiana-americana… son jodidamente civilizados en comparación con algunas de las mierdas que suceden acá entre ellos.
—¿Dónde aprendiste a disparar así? —me cuestiona Carlos—. ¿En el ejército?
Me termino mi bocado de comida antes de responder. En cierto punto lo había estado considerando. Sin embargo, niego con la cabeza.
—Tengo buen ojo. Práctica.
Es lo que había estado haciendo antes de que se oscureciera demasiado; la noche que conocimos a Bella y su amiga allá en el lago en la frontera del estado. Un inmenso espacio abierto, había estado probando el alcance de unos cuantos rifles de francotirador que habían sido enviados antes de que oscureciera.
Carlos asiente, pensativo.
…
El sonido de pasos afuera de mi puerta justo después de la medianoche hace que estire la mano en busca de mi nueve, escucho con cuidado antes de abrir la puerta con la pistola alzada.
Díganme paranoico.
Carlos está ahí parado, tiene la mano hecha puño como si estuviera a punto de tocar. Entra cuando me muevo a un lado, bajo mi pistola mientras sus ojos se mueven por la habitación.
Lo miro con recelo cuando sus ojos permanecen en los pocos objetos personales que tengo sobre el buró. Una copia con las esquinas dobladas de Pánico y locura en Las Vegas, una navaja de bolsillo que he tenido desde que era adolescente y un reloj que mi mamá me dio por mi cumpleaños veintiuno.
Agarra el libro y lee la parte de atrás antes de volver a dejarlo donde estaba. Sentándose pesadamente en la cama individual que está al otro lado de la mía, junta sus dedos y los frota lentamente, llegando a jugar con la banda de oro que rodea su dedo anular izquierdo.
Su voz es apenas audible al hablar.
—Eres más inteligente de lo que Alec te reconoce —dice, lentamente—. Ves cómo funciona esto. La jugada de poder que hay aquí.
Exhala una carcajada, se limpia la frente con el dorso de su muñeca.
—Lo que necesito que hagas… necesito que desaparezca mi cuñado. ¿Entiendes lo que digo, Masen?
Lo analizo. Su seriedad.
—Sí —le digo y me siento frente a él con la pistola a mi lado.
—¿Cuáles son tus términos?
—Tú dime. Yo te diré si lo acepto.
Se mete una mano en el bolsillo, saca un fajo de dólares americanos.
—Diez ahora. Diez al completar. Mi esposa… Josefina. Ella no puede… ella ama a su hermano. Rápido, limpio, es lo mejor. Si puedes hacer que parezca… accidental.
—¿Estás seguro de que esto es lo que quieres? —pregunto, pasando el pulgar sobre el dinero. Lo miro con atención—. No hay vuelta atrás.
Le ofrezco una mano y la contempla, indeciso.
—Sí —dice eventualmente. Pone su mano en la mía y la agarra con firmeza al darnos un apretón.
Meto el dinero en el forro de mi bolsa de lona después de que se va junto con los otros veinte que Javier me dio hace unas cuantas semanas.
Cuando el dinero se apila, también lo hacen los cuerpos.
Sin embargo, este es el problema que Alec está encontrando. La lealtad aquí vale pura mierda, incluso entre familia. Carajo, incluso Alec ha estado vociferando recientemente que desaprueba lo que hace Caius. Pero así es como es este mundo. El perro se come al perro con un poco de ayuda de un amigo.
Vigilo a Javier durante días, pensando en cómo voy a hacer esto. Se sienta en la mesa para mimar a su hermanita sin tener ni idea de que su esposo los está traicionando a los dos. Que lo quiere muerto.
Entiendo las razones, pero está muy jodido.
…
La oportunidad llega en un viaje a un sembradío a dos días de aquí. Mientras nos guían a través de la jungla, inmediatamente queda claro que sucede algo malo.
Se escuchan gritos llenos de pánico cuando los chicos que van frente a nosotros empiezan a adelantarse para ver qué sucedió. Y entre más nos acercamos, más aumenta la sensación de que nada está bien. Me eriza los vellos de la nuca y ya tengo la pistola alzada en mi mano, la mirada aguda.
El problema con la jungla es que hay suficiente espacio para esconderse.
Nos golpea un olor que me revuelve el estómago cuando seguimos avanzando por un sendero despejado, y unos minutos después lo vemos con nuestros ojos.
Hay cuerpos en todas jodidas partes. Algunos están despedazados, otros están tirados ahí donde cayeron, hay sangre cubriendo el suelo de la jungla, moscas por todas partes. Hay cosas incendiándose. Estructuras improvisadas. Carne. Eso es lo que huele.
Lo que sea que haya sucedido aquí pasó hace poco. Los hombres de Javier están actuando, llenan la jungla de plomo antes de darle caza a un enemigo que no puedo ver.
Javier se gira hacia nosotros, pero ya estoy ahí, tirando del gatillo. Su boca se abre ligeramente cuando su cabeza se mueve hacia atrás por la fuerza del tiro, su cuerpo golpea el suelo poco después.
Alec se gira enfrente de mí, su cara es la viva imagen de la incredulidad.
—¿Qué carajos estás haciendo?
—Es un contrato —respondo, paso sobre Javier y lo muevo con el pie. Me agacho para revisar bien. Estar muerto tiene que significar eso.
—¿Carlos? ¿Y no pensaste, carajo, en comentármelo primero?
Ladeo la cabeza mientras Alec sacude la suya.
—Bueno, esto facilita la vida. Es una maldita pena. Me agradaba ese loco hijo de puta.
Cuando los hombres de Javier regresan, mentimos. Les decimos que la bala provino de la jungla.
Lo aceptan.
Su hermana no lo acepta. Su angustia. Se mete bajo mi piel, sus llantos y súplicas cuando le dicen la noticia. Y ni siquiera sabrá que fue su propio esposo el que lo quiso. El que lo ordenó.
Esa noche cuestiono mi moralidad. Es la primera vez en mucho tiempo en que siento que necesito hacerlo.
Pero este es quien soy.
Lo que hago.
La razón por la que no soy bueno.
