Disclaimer: Izuku es de Shouto y de Katsuki, sus dos novios muy novios, con el permiso de Hori.
¡Feliz cumpleaños, Natalie Annick Malfoy Granger! ¡Feliz cumpleaños, Izuku!
Qué menos que un TodoDeku, ¿no? Para gustarme tanto el BakuDeku, hay que ver la cantidad de TodoDekus que he escrito ya, jajaja. En fin, uno más, para que puedas disfrutar de tus novios favoritos.
Imagen de portada de Daiana Sandoval.
Trigger Warning: Hay escenas de sexo explícitas.
No quedan sitios libres en los bancos de la estación de metro donde poder sentarte. Todo el mundo vuelve a casa a la misma hora. Además, se supone que tú eres joven y estás en forma, así que no esperas encontrar un banco libre. Ves cómo la gente te observa, sabes que te reconocen a pesar de la mascarilla contra la polución que llevas. Claro que no es difícil, con los colores tan característicos de tu pelo, pero afortunadamente tu gesto serio suele ahuyentarlos. Tu padre te paga lo suficiente para poder coger un taxi, pero a Izuku le gustaba coger el metro; él siempre lo había hecho, estaba acostumbrado, y te acostumbró a ti también. El panel electrónico anuncia el siguiente tren en menos de dos minutos. El teléfono móvil vibra en tu bolsillo, pero no lo miras. Tampoco es que te haya escrito nadie esta última semana salvo tu padre y Fuyumi, y con tu hermana ya hablaste el fin de semana anterior. A tu padre no sueles contestarle, a pesar, o quizás precisamente por ello, de lo que le frustra que no lo hagas. Te subes la capucha de tu sudadera, caminas hasta el final del andén para así montar en el último vagón y te apoyas en una columna en un intento de descansar un poco.
Estás agotado. Física, mental, social y emocionalmente. No se te ocurren más tipos de agotamiento, pero estás seguro de que si hay alguno más, podrías añadirlo. Endeavour a lo mejor es un gran héroe, pero como padre llega a resultar… pegajoso puede ser un gran adjetivo para definirlo. Cuando aceptaste trabajar en su agencia tras graduarte en la Yuei lo hiciste considerando todos los pros y contras y sabes que todavía es una buena decisión, pero a veces te pesa. Tu padre, deseoso de compensar todas aquellas cosas que nunca podrá compensar salvo que consiga una máquina del tiempo, se vuelca demasiado en ti y te agobia. Sientes que nunca dejará de tratarte como un niño pequeño a pesar de que ya hace años que dejaste atrás la adolescencia. A veces añoras no haber tenido ese trato paternal que sí ves en cómo Inko trata a su hijo y otras recuerdas que, como dijo Izuku, eres tú y tus circunstancias. Por lo visto, lo había oído en alguna de esas series europeas que tanto le gustaba ver por las noches, aunque sospechas que es algo más que una simple frase impactante de teleserie.
Izuku.
Suspiras levemente, dejando escapar el aliento despacio de tu boca. Él fue una de las tres razones por las que escogiste la agencia de tu padre. Aumentar la potencia de tu Don de fuego, trabajar en una agencia que interviniese directamente con villanos e Izuku. Las habías escrito en tu cuaderno el último día de la Yuei, cuando Izuku te dijo con una enorme sonrisa que había escogido la agencia de tu padre y las habías mirado fijamente durante un buen rato, incrédulo, repasando los trazos con el bolígrafo. Antes no hacías eso. Mirar fijamente sí, pero no repasabas con el bolígrafo lo que escribías. Eran tiempos más sencillos, menos grises.
Tampoco tomabas decisiones sentimentales en lo que respectaba a tu futuro como héroe. Ni utilizabas el fuego. Ni confraternizabas con aquellos que se suponía que iban a ser tus rivales. Ni te tomabas con deportividad que en el último ranking de héroes en el que había estado Izuku, hubiese quedado dos puestos por encima de ti, tan cerca de tu padre y de Hawks que creíste que era cuestión de tiempo que cumpliese su sueño de ser el número uno. Aunque admites que sientes cierta satisfacción porque, en el ranking del año anterior, Bakugou quedó sexto y tú quinto. En cambio, ahora incluso te alegras de que te haya sobrepasado y sea al contrario. Al menos por él. De todos modos, sigues con el firme propósito de recobrar el terreno perdido y demostrar que eres el mejor.
Tenía sentido que Izuku hubiese elegido la agencia de Endeavour, el héroe número uno. Además, tu padre trabaja estrechamente con Hawks, el héroe número dos. Izuku quería, quiere, ser el número uno a toda costa. Bakugou también, pero sorprendentemente él terminó eligiendo a Best Jeanist y su agencia para conseguirlo. Tú ya no lo tienes claro. De repente, un día ser el número uno careció de importancia. Quieres seguir siendo un buen héroe y todo eso. Pero ya no es prioritario. Si volvieses a hacer aquella lista, te preguntas si sería lo mismo. La escribes mentalmente.
Aumentar la potencia de tu Don de fuego. Tras varios años en activo, esto ya no es necesario. Sigues entrenando, sigues forzando los límites. Plus ultra y todo eso. Pero tienes un dominio más que firme sobre el Don. Mayor que el de tu padre, en sus propias palabras. Tan fuerte como el que tienes sobre el hielo. Reconciliarte tus ambos lados ha hecho que seas más poderoso, desde luego.
Trabajar derrotando villanos. Ya no te parece tan emocionante como cuando tenías dieciséis años. Quizá porque ya no hay tantos como antes. O porque, a pesar de todo, sigue habiendo más burocracia que acción. O a lo mejor porque lo emocionante era trabajar en equipo con Izuku y no con tu padre, que parece una mamá gallina, más pendiente de ti que de los villanos de poca monta que son vuestro día a día.
No parecen razones de peso como lo habían sido en su momento. Y la tercera, Izuku, tampoco. Él ya no está en la agencia. Debiste haber previsto que pronto se le quedaría corta. No hay nada que pueda aprender ya de tu padre. Su Don es poderoso y versátil, más incluso que el tuyo, y sigue la estela de All Might. Era lógico que, antes o después, imitase la carrera de este y partiese a Norteamérica a potenciar y expandir su Don.
Tras montar, te agarras a la barra del metro para evitar el bamboleo del vagón cuando el tren arranca. Apenas son cuatro paradas de distancia, el apartamento está muy bien situado. Un niño pequeño te observa, agarrado a los pantalones de una de sus madres, escondiendo la mitad de la cara tras la tela, pero sin poder ocultar su asombro al verte en persona. Abre tantísimo los ojos cuando tu capucha cae ligeramente hacia atrás, dejando ver el flequillo de dos colores, que no puedes evitar esbozar una leve sonrisa en su dirección, más una mueca de la comisura del labio que una sonrisa real. Los niños suelen admirarte en la lejanía, no abrir los ojos desmesuradamente cuando te ven. O si lo hacen, no te das cuenta. Les impone tu seriedad. Era Izuku quien los atraía con su sonrisa sincera y plena.
«Mira mamá, están ahí, son ellos. Son Shouto y Deku».
«Deku siempre sonríe mamá. Salva a todos con una sonrisa».
«El pelo de Shouto es muy bonito. ¿Puedo tener su pelo? Quiero tener su pelo».
Parece que tu media sonrisa le ha dado ánimos, así que te esfuerzas en ampliarla. El niño tira del pantalón de su otra madre, emocionado. Esta se agacha para escuchar sus susurros emocionados y luego se fija en ti. Te divierte que no te hubiese visto antes. Izuku solía decir que los niños son capaces de ver el mundo mucho mejor que los adultos. Que no tienen tantas limitaciones para creer en lo que ven. Piensas que tiene razón. La madre susurra de vuelta al niño, con firmeza y negando con la cabeza, e imaginas qué es lo que ocurre, así que sueltas la barra, basculas con una de las piernas para compensar el movimiento del tren y te agachas, extendiendo una mano hacia él. El pequeño duda un segundo, intercambiando una mirada rápida con sus madres, que le sonríen con aprobación, antes de acercarse y estrechártela.
—Encantado de conocerle, Shouto-san —dice el niño entusiasmado, con mucha educación. No te cuesta sonreírle—. Le veo por la televisión. Me encanta cuando salva a la gente con Deku.
Tu sonrisa flaquea durante medio segundo, pero el niño no se ha fijado. Con la mano derecha creas una canica de hielo perfecta, lisa, casi transparente. La exhibición es un regalo efímero, lo sabes, mucho más que un autógrafo, pero el niño no parece tener papel y bolígrafo a mano. Escuchas satisfecho su exclamación de asombro y dejas que la coja. Lo hace con firmeza a pesar de que está muy fría. La tocas con la yema de tu índice izquierdo, concentrándote mucho para limitar la expansión del calor y haces que se derrita tan rápido que las gotas se evaporen antes de tocar el suelo. En unos segundos, sólo queda la mano húmeda y cálida del niño, que se la mira fascinado por la demostración de poder que has hecho.
—Guau. Yo puedo hacer que las cosas cambien de tamaño cuando las toco, Shouto-san. No puedo hacer que crezcan mucho, pero algún día quiero ser un gran héroe como ustedes.
—Es un gran Don —admites en voz baja, genuinamente asombrado. El niño casi vibra de felicidad al oírlo—. Los Dones se entrenan, ¿sabes? Estoy seguro de que conseguirás fortalecerlo y serás un gran héroe.
Vuelves a levantarte y sujetarte a la barra. Una de las madres sujeta al niño para evitar que el frenazo del tren al entrar en la siguiente estación lo haga caer. No sabes qué más decirle. Estás seguro de que Izuku habría tenido una conversación mucho más larga, todos los niños se entusiasman tanto como él hablando, pero a ti no se te dan tan bien esas cosas. Tampoco es que seas muy ducho en las entrevistas para la televisión, que evitas a toda costa. A tu pesar, reconoces que eso es algo en lo que te pareces a tu padre. Endeavour no es carismático, es intimidante. No como puede serlo Bakugou que, aunque asusta a algunos niños pequeños con su actitud, también provoca risas y entusiasmo entre ellos y tiene un cupo de fans tan grande como el de Izuku. El carisma de la familia se lo quedaron Fuyumi y Natsuo, no tú.
El teléfono vuelve a vibrar en tu bolsillo cuando el niño se despide de ti agitando vigorosamente la mano, mirando en tu dirección, lo que te recuerda a Izuku y hace que sea más difícil mantener la sonrisa que le estás dirigiendo. Aun así, vuelves a subir la comisura derecha y asientes con la cabeza, ajustándote de nuevo la capucha para pasar desapercibido, incómodo al darte cuenta de que toda la gente del vagón ha comenzado a mirarte con curiosidad y que la interacción con el niño está provocando que ignoren tu habitual barrera social. Aún queda una parada más hasta la estación que queda más cerca de tu apartamento, pero decides bajar en cuanto el tren vuelve a detenerse y haces el resto del camino caminando. El móvil vuelve a vibrar. En realidad, llevas sin comprobarlo toda la semana, piensas. Desde que terminaste de hablar con Fuyumi. O desde que Izuku no te devolvió la llamada, no recuerdas bien qué fue lo último.
Ella también se enfada cuando no la contestas los mensajes. Se acostumbró a que cada vez que cogías el teléfono para contestar las llamadas de Izuku, aprovechabas y respondías los mensajes que ella te hubiese enviado. Los de tu padre los marcabas como leídos, simplemente por fastidiarle, pero Fuyumi siempre se había portado bien y se preocupaba de verdad. Pero Izuku llevaba un par de semanas sin llamar. Los primeros días después de que se marchase, mirabas el teléfono con ansias, esperando que fuese él, pero casi nunca era o sólo quería darte largas, así que últimamente sólo lo sacas del bolsillo a la consola del recibidor y de ahí al bolsillo, en modo automático.
Por fin llegas al portal de casa y pulsas el botón del ascensor. Normalmente, subes por la escalera, sólo son dos pisos, pero realmente te sientes cansado. Ni siquiera es algo físico. No solamente. Te has sentido cansado desde que Izuku agitó la mano en el control del aeropuerto con su sempiterna sonrisa a modo de última despedida hace un par de meses. Reaccionaste demasiado tarde; cuando por fin levantaste tu mano, mucho menos entusiasta que él, ya te daba la espalda para hablar con una azafata y no te vio. Tampoco recordaste sonreír a pesar de que lo habías propuesto. Izuku afirmaba adorar tus sonrisas y a ti te gustaba complacerle en ese sentido.
Querrías haber sonreído para él. Izuku se lo merecía. En realidad, la culpa había sido tuya. Dejaste que el silencio se interpusiera entre vosotros desde que a Izuku le ofrecieron una pasantía en una agencia de héroes de Nueva York. Inicialmente, bromeaste sobre la cantidad de villanos que hay en Estados Unidos, pero luego la conversación languideció. No ese día, todos los siguientes. Izuku hablaba del momento en que se marcharía, de las gestiones que tenía que hacer tu padre para poder hacerlo. Tu padre también estaba entusiasmado con la idea, creía que un héroe formado en América como All Might le daría caché a la agencia. Todo giraba alrededor de Izuku y los Estados Unidos. Y tú sólo querías que no se fuese. Pero no lo dijiste, porque no era justo para él.
Porque a ti ya te daba lo mismo si eras el héroe número uno por encima de Endeavour o no. Porque te daba igual si en lugar de atrapar al villano tenías que utilizar el hielo para crear barreras y proteger civiles. Lo único que te importaba era si Izuku y tú saldríais al cine. Si comeríais juntos. Si dormiría en tu apartamento. Y cuando Izuku se fue, desapareció todo rastro de su estancia en él. Ya no estaba su ropa interior en el cajón que despejaste para que pudiese traer algunas prendas de ropa. No había cereales de chocolate en el armario, que desayunaba a diario a pesar de que el nutricionista de la agencia lo desaconsejaba encarecidamente. Ni siquiera estaba el gran cojín de All Might que ganaste para él en una feria y que utilizaba para recostarse en el sofá cuando estabais viendo alguna película. Te preguntas dónde está el cojín y por qué se lo llevaría a Estados Unidos. No tenía sentido que lo hubiese facturado para transportarlo avión, pero la cuestión es que no estaba allí. Y, con el cojín, se había esfumado toda presencia de Izuku. Tu apartamento, diminuto y práctico, te ha parecido enorme y solitario durante estos más de dos meses.
No sabes determinar cuándo había ocurrido ese cambio, en qué momento las prioridades de tu vida habían dado un giro drástico con respecto a tus objetivos de la adolescencia. Izuku y tú celebrasteis el primer aniversario de vuestro primer beso poco antes de que se supiese que se iría a Estados Unidos y en la cena Izuku bromeó sobre que no era mala idea establecer ese día como fecha oficial.
—¿Somos novios? —preguntaste, un poco inseguro, más bruscamente de lo que habías pretendido. Izuku no se amilanó y sonrió más todavía.
—Yo pensaba que lo éramos —asintió Izuku, paciente mientras tú procesabas la información y la reorganizabas en su sitio dentro de tu cabeza.
—Nunca nos lo hemos pedido.
Una de las cosas que Izuku te había demostrado era que te comprendía. En realidad, comprendía a todo el mundo. No intentaba cambiar a nadie, sólo sacar lo mejor que podían ofrecerle todas las personas. Era capaz de hablar con Bakugou sin achantarse por su carácter ni pretender que fuese más amable y al mismo tiempo aprender de lo que él pudiera enseñarle. Hablaba contigo sabiendo que a veces necesitabas tu tiempo para exponer y admitir tus propios sentimientos a la vez que te ayudaba a reflexionar y ver las cosas desde otro punto de vista. Que te considerase tu novio te desconcertó, porque siempre habías creído que para ello uno de los dos debería habérselo pedido al otro, pero no te desagradó la idea. Más bien al contrario.
—¿Necesitas que te lo pida formalmente? —dijo Izuku, mordiéndose el labio con aire pensativo.
—En realidad, no —te reíste tú, negando con la cabeza. Izuku se quedó embobado mirándote sonreír. Intentabas sonreír lo más posible cuando estabas con él, porque sabías que le gustaba verte hacerlo—. Tienes razón, era una tontería.
—No es una tontería —negó Izuku, moviendo la cabeza. Tú sonreíste de nuevo, consciente de qué iba a continuación. Izuku podía llegar a ser verdaderamente cabezota cuando le interesaba—. ¿Quieres salir conmigo, Shouto?
—¿Lo hacemos con efecto retroactivo?
—Lo contrario sería absurdo —dijo Izuku, sonrojándose feliz.
Le dijiste que sí. Cómo no ibas a hacerlo. Y te aferras a esa fecha como un antes y un después, aunque sabes que Izuku se metió debajo de tu piel mucho antes. Quizá fue aquel día poco antes del festival deportivo, cuando consiguió llamar tanto tu atención que te plantaste delante de él y lo desafiaste, marcándolo como rival delante de toda la clase. A lo mejor fue más tarde, durante vuestro combate, cuando Izuku consiguió provocarte para que utilizases tus llamas. Aquel había sido un primer paso para acabar donde estás ahora. Sin Izuku, quizá no habrías ido a hablar todavía con tu madre. No estarías trabajando en la agencia Endeavour, por mucho que te exaspere tu padre, al menos eres capaz de tolerarlo. No estarías echándolo de menos como un alma que vaga en pena.
Sí eres capaz de darte cuenta de en qué momento te hiciste su amigo. No lo pensaste dos veces cuando corriste tras su pista vaga y poco concreta, confiando en que era importante. Tampoco tuviste muchas dudas sobre el sentimiento de preocupación que despertaban en tu interior sus constantes heridas y su desánimo sobre su Don. Pero no sabes en qué momento dejaste de verlo como un amigo y pasó a ser algo más. Seguro que fue antes de aquel primer beso torpe que compartisteis tras una misión ardua en la cual creíste que Izuku estaba herido y luego resultó que no había sido así. Afortunadamente para vosotros, sólo había un par de héroes de la agencia Endeavour, tu padre entre ellos, que vieron cómo te acuclillaste ante Izuku, comprobaste que estaba ileso y le tendiste una mano para ayudarlo a levantarse. Vuestros pechos chocaron cuando él se dio más impulso por no haber desactivado su Don y tú tiraste con más fuerza de la necesaria. Le rodeaste la cintura automáticamente para ayudarle a guardar el equilibrio, sin pensar en lo que estabas haciendo, y te fijaste en que Izuku tenía las pestañas más espesas que habías visto jamás.
Después, os besasteis. No recuerdas si fuiste tú el que te agachaste lo suficiente para hacerlo o si fue él quien se elevó sobre la punta de sus botas para salvar la distancia. Sólo que estabais besándoos como si no hubiese otra cosa que hacer en ese momento, rodeados de polvo, humo y un olor acre que delataba que tu padre había tenido que utilizar sus llamas. Fue torpe, sí. Un simple apretón de labios contra labios hasta que Izuku lamió los tuyos con la punta de la lengua y los entreabriste. También fue corto, tu padre os interrumpió con un cortés carraspeo que os hizo daros cuenta de que el helicóptero que se oía en la distancia debía de ser de la prensa y de pronto no estabas seguro de que quisieses compartir algo tan delicado y emocionante con el resto de Japón, así que te separaste de él.
Izuku pareció comprender, porque sonrió y te soltó, rojo como un tomate, mientras tartamudeaba. Tú sólo podías pensar en que tu estómago parecía haberse girado sobre sí mismo en un nudo de emoción y que querías repetir. Cuanto antes, por favor y gracias. Pero no repetisteis, no en ese momento, porque había mucho trabajo por hacer. Contestaste con paciencia las preguntas de la periodista que te entrevistó, sin comprender las carcajadas de Izuku y la expresión de perplejidad de la mujer a tus respuestas a sus preguntas. Tampoco te preocupó demasiado, nunca se te había dado bien aquella faceta de héroe, estabas más concentrado en ver cómo se oscurecían las pecas de Izuku cuando se sonrojaba o cómo parecían estar esculpidas en tres dimensiones cuando sonreía a la cámara, con la mano detrás de la nuca, como solía hacer cuando se sentía halagado y avergonzado al mismo tiempo.
No tuviste que esperar mucho más para repetirlo, gracias a los Dones. Izuku te propuso cenar juntos, algo que hacíais relativamente a menudo, tras ducharos en la agencia y rellenar vuestros correspondientes formularios sobre el incidente. Mientras sorbías los fideos de tu soba frío, sólo podías mirar los labios de Izuku abriéndose y cerrándose en la charla entusiasmada que monopolizaba la conversación de ambos. Pensaste que eran increíblemente rojos y que se veían jugosos, como una fruta madura que deseas morder, aunque no recordabas haberte fijado en los labios de nadie más hasta ese momento. Cuando os despedisteis en la boca de metro para ir cada uno a vuestro apartamento, fue Izuku quien tomó la iniciativa, esto sí lo recuerdas a la perfección. Se puso de puntillas y te dio un beso suave, acompañado por una fugaz caricia en la mejilla. Cuando se apartó de ti y movió la mano para despedirse, como hacía siempre, extendiste el brazo, le sujetaste por la muñeca, lo atrajiste hacia ti con brusquedad y estampaste tus labios contra los suyos, poco dispuesto a dejarlo marchar dejándote la miel en los labios.
El suspiro de satisfacción de Izuku hizo que tu estómago volviese a dar un vuelco. Aquel beso fue más largo. Más anónimo, a pesar de estar rodeados de tanta gente que ni siquiera os miraba al pasar. Dos chicos normales besándose. Si se hubiesen dado cuenta de quiénes erais habrían sacado sus móviles y os habrían fotografiado, pero nadie se fija en dos chicos que se besan en la boca de un metro. Más placentero, porque ambos lo habíais buscado. Y esperado. Y deseado. Más… aliviador. Porque sospechas que Izuku había estado tan pendiente de tus labios como tú de los suyos, pero hacer las cosas en frío requiere de un valor diferente a la impulsividad del momento.
Así fue como empezasteis a salir, piensas mientras metes la llave en la cerradura y miras el teléfono, que ha vuelto a vibrar dos veces: una señalando el mensaje entrante y otra para indicar su escasa batería. Sin embargo, es demasiado tarde: la pantalla oscura no se enciende, tendrás que ponerlo a cargar. Echas de menos a Kaminari, que era capaz de hacerlo en la Yuei en unos pocos segundos. Vuelves a guardar el teléfono, decepcionado y con una sensación de malestar en el estómago parecida a la culpabilidad y abres la puerta, dispuesto a enfrentarte, una noche más al apartamento vacío y solitario.
Aunque Izuku tardase un año en pedírtelo, prácticamente vivíais juntos. Comía con tu madre y tus hermanos algún que otro fin de semana y podías ver en los ojos de tu madre la aprobación que nunca se te ocurriría buscar en los de tu padre. Izuku caía bien a Natsuo y a Fuyumi, podías verlo en la forma en la que Natsuo charla con Izuku de cualquier cosa menos de la agencia Endeavour o la manera en la que Fuyumi trata de ofrecer los platos favoritos de Izuku en cada visita. Era todo tan sencillo, tan natural y tan placentero, que habías llegado a pensar en que aquello sería para siempre.
Y entonces se marchó.
No hubo grandes dramas, pero sí muchos silencios. Izuku te lo dijo durante una cena, poco después de tu cumpleaños, cuando todavía tenías fresco el recuerdo de su petición formal de noviazgo. Una excelente oferta. Lo comprendiste inmediatamente, pero aun así preguntaste.
—¿Te vas?
—Será apenas un año. Me vendrá bien para mi formación —asintió Izuku, escudriñándote con los ojos. Forzaste una sonrisa—. Se pasará rápido.
Quizá debisteis hablar más. A lo mejor debiste pedirle que se quedase. U ofrecerte a ir con él. Pero no dijiste nada de eso. Hiciste lo correcto. Sonreír y alegrarte por la oportunidad que se le presentaba. E Izuku se fue. Hubo palabras de cariño, y os prometisteis escribiros, hablar a diario… al fin y al cabo, internet existe, ¿verdad?
Pero primero fue la diferencia horaria. Tú almuerzas cuando él está en la cama durmiendo agotado. Él se levanta cuando ni siquiera que tú aguantes horas en vela es suficiente para intercambiar un saludo breve por video llamada. Después fue el agotamiento de Izuku. Trabaja demasiado allí, deseoso de mostrarse a sí mismo y al resto del mundo su valía. Su sonrisa flaquea y sólo se ilumina cuando habla de Mike, el que es su mejor amigo allí, su principal compañero en la agencia en la que trabaja y con quien pasa todo su tiempo libre. Y tú no quieres, porque quieres racionalizarlo, pero Mike te cae mal y prefieres no mencionarle en tus, cada vez más escasas, conversaciones con Izuku.
Conversaciones diarias que poco a poco se convirtieron en una o dos a la semana en menos de un mes. Y este último fin de semana ni siquiera te cogió la llamada. Izuku envió un mensaje al cabo de un par de horas, disculpándose.
«Lo siento, estoy muy ocupado, Shouto. Te llamo en cuanto pueda, ¿vale?»
Es lo último que leíste suyo en el móvil. Llevas desde entonces esperando a que llame. A que pueda llamarte. Han pasado casi cinco días desde entonces. Las primeras horas, miraste tanto el teléfono que Endeavour se enfadó porque no prestabas atención durante las tareas de patrulla rutinaria. Los siguientes días lo revisaste un par de veces al día, descartando los mensajes de tu padre, comprendiendo que Izuku no iba a llamar. Después, directamente no lo miraste para no decepcionarte, pensando que si daba señales de vida, lo haría con una llamada tal y como prometió. Pero el teléfono apenas ha vibrado señalando la llegada de unos pocos mensajes durante la semana. Demasiados pocos mensajes, de todos modos.
Frunces el ceño al entrar en casa. Parece que esa mañana te has dejado el fluorescente de la cocina encendida y su haz ilumina la oscuridad del distribuidor que da acceso al salón, el baño y el dormitorio. Sin embargo, una sombra se recorta contra la luz y se desparrama en el pasillo durante unos segundos antes de que alguien salga de la cocina.
Izuku, con una sonrisa culpable y temerosa en el rostro.
Tu instinto ha reaccionado sorprendentemente rápido y te tienes que forzar a apagar la llama que brilla sobre tu mano izquierda y a descongelar la pierna derecha y el pasillo de hielo que has formado en el suelo del distribuidor, listo para hacer perder el equilibrio al intruso. El corazón te late rapidísimo, pero no se calma al reconocer a Izuku, sólo cambia la decisión que has sentido para defenderte de un posible ladrón o villano por la ansiedad de verlo ahí, delante de ti, de manera inesperada.
—Hola, Shouto —dice Izuku con voz avergonzada—. No pretendía asustarte. He llegado hace unas horas.
Viste un pantalón corto de estar en casa. No lo reconoces, así que supones que es nuevo. La camiseta sí es una vieja conocida: una reliquia de su adolescencia, raída y con los colores desvaídos de All Might que ya no le queda tan amplia sobre los músculos de su torso adulto. Está descalzo y de pronto recuerdas que no le gusta caminar descalzo. Cuando se marchó, se dejó las zapatillas que utilizaba cuando se quedaba en tu apartamento, pero las has guardado en el trastero que hay en el sótano del edificio para no verlas y él no sabe dónde están.
—Estás… ¿estás muy enfadado conmigo? —preguntó Izuku al cabo de unos segundos de silencio, apartando la mirada hacia el suelo y mirando con ensimismamiento la humedad que el suelo está absorbiendo. Te maldices a ti mismo por haber creado la película de hielo, pues va a estropear la madera de la tarima, pero ya no tiene mucho remedio.
—Podría haberte matado —dices con voz seria. No es una amenaza. No pretendes hacerle sentir mal. Sólo estás constatando un hecho. Ha entrado en tu casa sin avisar. Si llegas a atacar antes de saber que era él, podrías haberle hecho daño. Daño de verdad. Para ti, tu casa es sagrada.
—Lo siento. Te escribí varios mensajes, pero como no te había escrito en una semana y tú no contestaste a ninguno, pensaba que estabas enfadado y yo no sabía qué… no sabía cómo… —Izuku tartamudea y está a punto de caer en sus habituales balbuceos, pero menea la cabeza y la yergue con más firmeza, mirándote con una sonrisa tentativa—. Creí que sería buena idea venir de todos modos. Que pudiéramos hablar en persona. Estaba… estaba preparando algo para cenar. El vuelo me ha abierto el apetito y pensé que tú también tendrías hambre después de trabajar todo el día.
Con un suspiro tan leve que esperas que Izuku no haya notado, asientes y entras en la cocina detrás de él. Está cocinando algo a la plancha, seguramente los filetes de pollo que tienes marcados en el horario de la nevera. El nutricionista de la agencia te mantiene una rutina de alimentación concreta que fortalece tus músculos y te da suficiente energía para ejercitarte. Tu constitución ya no es tan delgada como la que tenías cuando eras adolescente, pero sigue siendo más similar a la de tu madre o Fuyumi que a la de Natsuo y tu padre, más corpulentos e imponentes. Al lado de Izuku, más bajo pero ancho de hombros y repleto de músculos, pareces delgado y espigado. Al lado de Ochaco eres un armario imponente por la diferencia de tamaño. Siempre te ha hecho gracia, secretamente, esa tesitura.
Enganchas el teléfono en el cargador y lo enciendes en silencio. Mientras se inicia y pones la contraseña, miras a Izuku, que está de espaldas a ti concentrado en la plancha. Jurarías que está murmurando, pero si lo hace, es tan para sí mismo que ni siquiera lo distingues. Los músculos de sus hombros se adivinan debajo de la camiseta gastada, perdiéndose en el hueco del cuello. Las piernas, cubiertas de cicatrices, también son fuertes y musculosas. Repasas que no haya ninguna nueva y contienes un suspiro de alivio cuando te has cerciorado de que es así.
La primera vez que se quedó a dormir contigo habían pasado varias semanas desde el primer beso. No traía ropa adecuada para dormir, pero no hizo falta, porque ninguno de los dos quería prenda de ropa alguna que se interpusiese entre vuestros cuerpos. Al levantarse, utilizó una camiseta tuya que le quedaba tan larga que le caía justo debajo de la línea de los glúteos, casi como un vestido. Recuerdas que te quedaste ensimismado cómo se le entreveía el culo cuando se movía por la cocina preparándose un tazón de cereales mientras pensabas en lo que habíais hecho la noche anterior.
Hasta ese momento sólo habíais intercambiado besos, que fueron abandonando su timidez inicial y cobrando cada vez más ardor y fogosidad. Las manos, inicialmente castas, habían pasado de no saber dónde posarse a buscar contacto cada vez más estrecho. Aquella noche habíais cenado en un restaurante al salir de la agencia. Nada demasiado ostentoso, una nueva hamburguesería de una cadena rápida que empezaba a ponerse de moda, bromeando por el disgusto que se cogería el nutricionista cuando se enterase del exceso. A ti no te importó. La velada había transcurrido con guiños tontos, frases con doble sentido y sentías la cabeza embotada de anticipación. De camino a tu apartamento parasteis en una farmacia a comprar preservativos y aquello fue lo que te hizo darte cuenta de que realmente había llegado el momento. No lo habíais hablado, pero ambos os habíais puesto de acuerdo.
Vuestra primera vez fue un poco desastrosa. En parte porque, obnubilado por tu propio placer al enterrarte en Izuku por primera vez, no te preocupaste suficiente por el de él. No fue tu mejor momento aunque, en tu defensa, la sensación era tan diferente a cuando intercambiabais caricias o utilizabais la boca, que no pudiste evitarlo. Intentaste solucionarlo chupándosela tras terminar tú e Izuku te lo había agradecido con una amplia sonrisa y un montón de gemidos alentadores, pero no estabas seguro de que aquello se fuese a repetir hasta que viste su culo dibujándose por el borde de tu camiseta y supiste que serías desgraciado si Izuku se negaba a hacerlo de nuevo contigo. Este descubrió tu mirada de deseo, porque miró por encima del hombro al ponerse de puntillas, lo que hizo que la camiseta se levantase hasta casi su cintura, y sonrió.
Unos minutos después estabais en la cama, olvidado el desayuno, haciéndolo por segunda vez y en esa ocasión supones que te desempeñaste mucho mejor, porque Izuku demostró su disfrute gimiendo y tirándote del pelo, con los labios hinchados de los besos y una sonrisa tonta en la boca. Hasta ese momento ni siquiera habías sentido ese deseo arrollador hacia nadie, ni siquiera hacia ti mismo y, de repente, querías repetir una y otra vez, devorar a Izuku, pasar el resto de tu vida metido en aquella cama con él. Concluiste, cuando te corriste dentro de él y viste su cara de felicidad tras su orgasmo, que podrías hacer eso todos y cada uno de los días de tu vida, siempre que fuese con Izuku.
—De acuerdo —había dicho Izuku cuando lo verbalizaste, sonrojándose.
—Espero que sea una promesa, joven Midoriya —bromeaste tú, antes de que Izuku te callase con un beso.
Volvisteis a hacerlo una tercera vez tras ducharos, incansables y extasiados por la sensación que, hasta ese día, ninguno de los dos había experimentado. Izuku cumplió su promesa. Y tú tu sutil «amenaza». Al fin y al cabo, sois jóvenes. Si no es ahora, no lo haréis cuando tengas la edad de tu padre, solías decir cuando te sonrojabas al pensar en que parecía una obsesión mutua.
Ahora Izuku se pone de puntillas para alcanzar el pimentero, y la camiseta te deja ver los músculos trabajados de la parte baja de su espalda, pero no te mira con deseo por encima del hombro. Lamentas que sea su camiseta y no una de las tuyas, como suele acostumbrar desde aquel día que ahora se te antoja remoto. Te preguntas si es porque no quiere usarla o porque no ha querido hurgar en tus cosas. Cualquiera de las opciones te disgusta. Suspiras audiblemente, lo que hace que Izuku carraspee, pero ninguno decís nada. El teléfono se enciende y varios mensajes de Izuku brillan en el panel de notificaciones, sucediéndose en una rápida cadena.
12/05/2026 22:32
Izuku: «Lo siento, estoy muy ocupado, Shouto. Te llamo en cuanto pueda, ¿vale?»
Ese era el último mensaje que habías leído. Después, Izuku se pasó casi una semana en silencio. No había muchos más, aunque sí que te había escrito. Te sientes culpable por no haberlos leído antes.
18/05/2021 02:23
Izuku: «El otro día olvidé llamarte. Lo siento, ha sido un día complicado. Hoy debes estar ya durmiendo, te llamo mañana y te lo cuento todo, ¿de acuerdo?»
20/05/2021 03:46
Izuku: «Vuelve a ser tardísimo para ti. Lo siento. Ayer Mike resultó herido en una pelea y tuve que acompañarle al hospital, por eso no te he podido llamar. No tuvo ninguna importancia, sólo unos ladrones con Dones más útiles que peligrosos. De mañana no pasa que te llame. ¿Estás bien? Lo siento».
21/05/2021 13:26
Izuku: «No sé si estás enfadado conmigo y por eso no contestas a mis mensajes o si simplemente estás demasiado ocupado tú también. Lo siento. ¿Te llamo? Aquí es tarde y no puedo hablar alto, pero podemos vernos unos segundos aunque sea».
22/05/2021 23:49
Izuku: «Si estás enfadado porque no te cogí el teléfono o no te llamé, lo siento. No sé si quieres que te llame… Pero me gustaría saber si estás bien, aunque estés enfadado. Te amo».
Levantas la vista hacia Izuku, que está de pie, con un plato lleno de filetes en la mano y unas pinzas de cocina en la otra, mirándote con una mueca preocupada. Nunca le habías visto tan inseguro, ni siquiera en los tiempos de la Yuei cuando no sabía manipular ese Don tan fuerte que tenía dentro del cuerpo y del que no te habló hasta que llevabais un par de meses follando juntos. Fue también el primer día que dijo que te amaba.
Lo hizo precisamente una de esas tardes de domingo que apenas salíais de la cama para comer y ducharos, todavía demasiado extasiados el uno con el otro como para necesitar alicientes del mundo exterior. Izuku había propuesto alquilar una película en alguna plataforma digital y pedir comida a domicilio y tú habías estado de acuerdo. Por suerte para ti, el soba frío no se come caliente, recuerdas con media sonrisa melancólica. Ni siquiera recuerdas de qué iba la película exactamente, aunque sí el título. A lo mejor porque fue lo único que viste con claridad. Después, Izuku se removió contra ti dentro del abrazo en el que lo tenías envuelto y besó la línea de tu mandíbula, donde apenas tenías un rastro de vello facial. Suficiente para rasparle la lengua, pero no tanto como para que fuese visible.
Izuku había continuado la línea de besos descendiendo por tu cuello en dirección a tu pecho, rodeando uno de tus pezones, el caliente, con la punta de la lengua en rápidos círculos y siguiendo la línea de fino pelo que iba desde tu ombligo hasta tu pubis. Quizá, pensando en retrospectiva, ver una película desnudos no había sido la mejor de las ideas si realmente queríais enteraros de qué iba. Izuku había apoyado la cabeza en tu muslo, lamiendo lánguidamente tu erección, sin prisa, sin ir a mayores. Tardó más de quince minutos en meterse tu glande en la boca y después de hacerlo ni siquiera se movió. No lo lamió ni lo succionó como hacíais en otras ocasiones. No se apresuró. Sólo se quedó allí, con su saliva cálida envolviendo tu glande y la ligera presión que provocaba el movimiento periódico que Izuku hacía con la garganta al tragarla.
Ni siquiera miraste la película, a pesar de que él te incitaba con los ojos a que lo hicieses. Sólo enterraste la mano en su pelo alborotado, acariciándoselo despacio, y jadeaste de placer, sorprendido porque algo tan simple y nimio te hiciese sentir tan excitado. Habría cabido suponer que, sin más aliciente, tu erección decayese. Al contrario, se hizo más dura y, cuando por fin Izuku succionó y se metió toda tu erección en la boca, no pudiste evitar tirar de su pelo y levantar las caderas, corriéndote con un gemido desesperado. En el sopor del orgasmo, mientras intentabas reunir fuerzas para mover tus músculos y corresponderle, Izuku se volvió a abrazar a ti, ignorando el diálogo de la película y, en voz muy baja, te musitó al oído el gran secreto de su Don. Te convirtió en la tercera persona viva que tenía conocimiento de él. Fue como si Izuku quisiese entregarse a ti en cuerpo y alma y la emoción que atenazó tu garganta fue tan potente que creíste que podrías llorar por primera vez en muchos años. No fue así, porque Izuku te besó apasionadamente, intentando acallar algo en su interior que no supiste comprender del todo, pero que aceptaste sin dudar, paladeando con gusto tu propio sabor en su lengua. Unos segundos después, Izuku volvió a pegar sus labios a tu oreja y, en tono casi inaudible, pronunció las palabras:
—Te amo, Shouto.
No le contestaste. No creíste que hiciese falta. Izuku lo entendía como no te había entendido nadie hasta ese momento.
—No los había leído. Los mensajes —aclaras, notando la voz quebrada. Izuku asiente, comprendiendo. Siempre te comprende y tú le comprendes a él. Como le comprendiste cuando se tuvo que marchar a Estados Unidos. Como te comprendió cuando no le contestaste a su primer te amo, pero supo que tú también le correspondías y que no eras capaz de expresárselo de vuelta—. Esperaba que me llamases y no me molesté en revisar los mensajes. Mi padre a veces puede ponerse muy pesado.
24/05/2021 04:11
Izuku: «Volaré a Japón el viernes. Llegaré a las seis de la tarde de tu hora e iré a ver a mi madre hasta que salgas de trabajar. ¿Puedo quedarme en tu casa a dormir? La otra opción es quedarme en casa de mi madre. Ella estará encantada, pero prefiero… No sé, como tú quieras».
AYER 03:13
Izuku: «Sospecho que ni siquiera estás leyendo los mensajes, pero tampoco quiero llamar y molestarte. He dicho a mi madre que dormiré en su casa, no quiero invadirte. ¿Te parece bien si cenamos juntos?»
HOY 07:32
Izuku: «Monto en el avión ahora mismo».
HOY 07:33
Izuku: «Como al final dormiré en casa de mi madre, he pensado en ir directo a tu apartamento. Me gustaría poder hablar contigo. Tengo la llave y llegaré temprano, ¿te importa si entro?»
HOY 20:58
Izuku: «Ya estoy aquí».
HOY 20:31
Izuku: «Si no he calculado mal, debes estar saliendo de la agencia ahora mismo. Estoy en el apartamento, pero si no quieres que esté aquí cuando llegue puedes decírmelo y me iré».
—¿Todavía quieres quedarte a dormir? —dices cuando terminas de leer el chat, deslizando el dedo para descartar todos los que tu padre te ha enviado esos días sin siquiera leerlos.
—¿Y tú? —pregunta Izuku.
Se ha sentado enfrente de ti y se ha servido un par de filetes, pero no los toca, sólo te mira con intensidad. Tú dudas. No te imaginabas que el regreso de Izuku fuese a ser así. Repentino, improvisado y lleno de incomodidad. A lo mejor habías visto demasiadas películas románticas con él en tu sofá, pero habrías pensado que, cuando el año de entrenamiento de Izuku en Estados Unidos acabase, tú lo irías a recoger al aeropuerto y él se abalanzaría en tus brazos y os besaríais. Ahora, en cambio, no sabes si Izuku quiere que lo beses. Tú sí quieres que te bese, pero desde que has entrado en casa ha mantenido una distancia razonable y no ha hecho ningún gesto que indique quiere acercarse a ti. Es quien suele tomar la iniciativa, salvo escasas ocasiones, muy puntuales, y no sabes qué terreno pisas.
—Le has dicho a tu madre que irías a su casa —respondes, evasivo.
—Va a querer matarme cuando se lo diga, pero lo comprenderá.
—¿Va a querer matarte por quedarte en mi casa? —preguntas, levemente asustado, preguntándote si es una de esas metáforas que a veces se te escapan. No eres capaz de imaginar a Inko matando a Izuku, desde luego, pero a lo mejor le ha echado tanto de menos que...
—Lo comprenderá y no le importará —dice Izuku, categóricamente. Te sirve un filete en tu plato y tú te quedas mirándolo ensimismado, intentando pensar—. ¿Qué nos está pasando, Shouto?
Resoplas. Y luego resoplas por haber resoplado, algo muy impropio de tu carácter. Y cuando la comisura de tu labio sube unos milímetros por la ironía del asunto, ves que Izuku también está sonriendo. Una sonrisa triste y preocupada, pero una sonrisa. Caes en la cuenta: no le has visto sonreír desde que has entrado en casa.
Supones que es una pregunta retórica. Claro que sabéis qué es lo que os está pasando. El entusiasmo inicial y las promesas de hablar a diario se desvanecieron en apenas unos días. Antes de viajar, Izuku incluso había insinuado que podríais practicar sexo viéndoos a través de la cámara del teléfono. Tú no lo habías tenido claro la primera, y única, vez que lo hicisteis, pero ahora intuyes que si hubierais perseverado, no habría salido tan mal. No en vano te masturbaste a diario durante las primeras semanas pensando en Izuku y en su voz, echándolo de menos, hasta que la melancolía por la falta de contacto y sus silencios, cada vez más frecuentes, se impusieron al deseo.
—Lo siento mucho, Shouto —dice Izuku, agachando la cabeza y raspando con el tenedor en su plato, dibujando líneas invisibles en la grasa que el filete ha soltado—. Yo… creo que tengo toda la culpa, en realidad. Aquello era tan novedoso y me gustaba tantísimo… que se me olvidó un poco lo que había dejado atrás.
—¿Te olvidaste de mí? —preguntas, dolido. Has cortado tu filete en pedacitos, pero no los pinchas con el tenedor. En realidad, no tienes mucho apetito.
—No, no. Qué va. Al contrario. Te echaba de menos todo el tiempo. Pero siempre parecía que sólo podíamos hablar cuando uno de los dos estaba trabajando y el otro muerto de sueño. Me sentía incómodo… —Izuku ha ido bajando el tono de voz, murmurando.
—Lo siento —dices, para interrumpirle. Prefieres que hable contigo, no consigo mismo.
—¿Por qué? En realidad, soy yo quien no tenía tiempo para ti. Tú siempre parecías conformarte.
—No creo que sea sólo culpa tuya. Solo… no funcionó —dices, meneando la cabeza y mirando los trozos de filete en tu plato sin mucho entusiasmo.
—¿Eso crees?
El silencio vuelve a instalarse entre vosotros, pero intuyes que algo ha cambiado. Ya no es tan denso. Te das cuenta de que Izuku está moviendo los pies por debajo de la mesita porque sus dedos rozan tus pantalones de vez en cuando. Adelantas un poco la pierna para provocar el contacto y, cuando se produce, sientes un escalofrío recorriendo tu espalda de abajo a arriba. Izuku también debe haberlo notado, porque de repente se detiene, pero no rompe el contacto.
—Estás lejos. Estás ocupado. Tienes nuevos amigos y compañeros allí. Es normal que no tengas tiempo de hacer llamadas a horas intempestivas —dices, encogiéndote de hombros, tratando de no mencionar a Mike. Tratando de no mencionar lo que te duele: que no tenga tiempo para ti.
Si bien no habías sentido el placer de amar y sentirte amado hasta que Izuku y tú expresasteis vuestros sentimientos, tampoco habías sentido nunca el mordisco de los celos. En Japón, Izuku tenía muchos amigos, pero nunca te habías sentido amenazado por ninguno de ellos. Ni siquiera por Bakugou, con quien a veces tiene una relación de amistad y rivalidad que roza lo enfermizo y lo obsesivo y que data desde su infancia. Sin embargo, oír y leer a Izuku en sus primeros días hablar de su compañero con quien tan bien había congeniado había despertado sentimientos dentro de ti que desconocías tener. Sólo lo habías visto una vez, en una foto que te envió Izuku al poco de irse allí, donde se les veía a los dos posando frente al puente de Washington Heights durante una patrulla de reconocimiento que habían aprovechado para mostrarle a Izuku los distintos barrios de la ciudad.
Era un chico bien parecido, con un Don sorprendente que le permitía estirar sus extremidades varias decenas de metros y que había sabido aprovechar para convertirse en un héroe profesional. Su rostro desprendía la misma simpatía arrolladora de Izuku y una determinación muy similar. Sus sonrisas eran tan iguales… Tan parecido a él y tan diferente de ti que te había caído mal desde el momento de verlo a pesar de saber que estabas siendo injusto. Lo habías comentado con Iida, Ochaco y Tsuyu en la única ocasión en que habíais salido a cenar juntos durante estos meses. Más bien, sólo habías respondido a la pregunta de Iida sobre Izuku.
—Está bien. Tiene un nuevo amigo, Mike, con quien lo pasa genial —dijiste en tono cuidadosamente neutro.
—¿Eso te molesta? —había preguntado Tsuyu con cierta simpatía a pesar de que estabas seguro de haber ocultado bien tus verdaderos sentimientos. Sostuviste su mirada durante varios segundos antes de asentir secamente—. No deberías preocuparte, Deku-kun está loco por ti. Pero deberías hablarlo con él.
No se lo habías dicho, por supuesto. Primero porque no querías quedar como un novio posesivo y celoso sabiendo a ciencia cierta que no tenías ningún motivo para serlo. Y, aunque tuvieras motivo, aunque Mike estuviese interesado en Izuku o viceversa, confiabas en Izuku. En que sabría hablar contigo y ser sincero. Lo demás, lo arrinconaste en el fondo de tu mente. Pero no tuvisteis muchas oportunidades de ello. Poco a poco las conversaciones con Izuku fueron más cortas y espaciadas, las video llamadas se convirtieron en llamadas y las llamadas en mensajes.
—Prometí que lo haría —repone Izuku, pareciendo verdaderamente contrito, al cabo de unos segundos—. Prometí que, pasase lo que pasase, hablaríamos todos los días. Que aunque estuviese lejos, entre nosotros todo sería igual. O lo más igual que fuese posible.
—No importa.
—Sí importa.
Sí importa. Claro que importa, piensas mientras miras a Izuku, parpadeando. Pero no quieres que importe, porque si importa, significa que a lo mejor ya no le importas a Izuku. Y no sabes si lo que acabas de pensar tiene o no algún sentido, pero desde luego que sabes qué es lo que sientes en tu estómago cada vez que Izuku te cuelga apresuradamente porque ha quedado con Mike o te llama tan tarde para él que apenas puede concentrarse en la conversación por el sueño que tiene. O todo este tiempo sin recibir una llamada suya a pesar de que había prometido que lo haría. Miedo. Tienes miedo de perderlo sin poder hacer nada, sin saber hacer nada, para evitarlo.
—Lo siento, Shouto. De verdad —lamenta Izuku.
—Yo también lo siento. —Buscas otro tema de conversación, pensando que no hay mucho más que deciros. Renovar las promesas de hablar a diario parecería una burla viendo que no ha funcionado, hacer acto de enmienda es algo que debe verse cuando Izuku regrese a los Estados Unidos y la actitud desanimada de Izuku no te alienta a pensar que esa noche vaya a haber besos—. ¿Te quedas muchos días?
—Unos pocos —responde Izuku, encogiéndose de hombros.
Os levantáis de la mesa. Guardas los filetes que no habéis comido en una fiambrera mientras Izuku friega los platos. Tú barres la cocina y, durante unos pocos segundos, parece como si nunca se hubiera ido de allí. Como si todavía viviese en tu apartamento, aunque oficialmente él tuviese otro en alquiler que pagaba religiosamente mes a mes. Pero faltan las miradas pícaras por encima del hombro, los calzoncillos de Izuku, si es que los llevaba, asomando por debajo de tus camisetas largas que le quedan como mini vestidos y los besos húmedos y cálidos que compartíais a cada momento, sin conteneros.
—Yo… dormiré en el sofá, ¿de acuerdo? —dice Izuku cuando salís de la cocina.
Tu apartamento sólo tiene un dormitorio. No necesitabas más cuando lo alquilaste. Un dormitorio amplio con una pequeña cama de matrimonio. Claro que eso no había sido problema cuando Izuku dormía allí. Pero ahora Izuku no tiene apartamento propio, porque dejó el piso que tenía en alquiler cuando se mudó a Estados Unidos. Quieres decirle que quieres que duerma contigo, que juguéis a que nada ha cambiado y a que los dos últimos meses no han existido, pero temes que te diga que no, que es demasiado tarde para eso. Que haya venido para cerrar un ciclo contigo y nada más. Piensas que estaría más cómodo en su dormitorio de la infancia en casa de su madre, pero no quieres decirlo en voz alta, porque sería como dar un portazo a una puerta que no estás dispuesto a cerrar sin pelear.
—Traeré unas sábanas para que puedas arroparte —dices, sin embargo.
Cuando regresas con ellas, Izuku está de rodillas en el suelo, frente a varias maletas enormes. No comprendes por qué ha traído tanto equipaje para unos días, debe haberle costado muchísimo cargarlo en el avión. De una de ellas saca una camiseta que reconoces como tuya y te sorprende, porque no recordabas que esa camiseta no estuviese en tu armario. De otra, saca el enorme cojín de All Might que no hace ni tres meses decoraba y estorbaba por doquier en casa y lo sacude para permitirle expandirse completamente.
—Lo usaré como almohada —bromea Izuku.
—¿Vas con ese mostrenco de cojín allá donde viajas? —preguntas con cierto tono de sorpresa y mucho sarcasmo.
—Es un gran recuerdo. Lo ganaste para mí.
No fue difícil. Para ninguno de los dos lo es, claro. Participar en la feria no tiene demasiado aliciente cuando pasas horas y horas entrenando la puntería de tus Dones. Una vez descubres la desviación de la escopeta, el contrapeso de los bolos o el ángulo exacto de los aros, conseguir peluches y armatostes inservibles en las casetas de los feriantes pierde todo su aliciente. Salvo si vas a la feria con Izuku, que lo mira todo con ojos de niño pequeño emocionado, como si el Izuku de cinco años todavía viviese dentro de él, queriendo verlo todo, queriendo subir a todas las atracciones, probar suerte en todas las casetas y comer algodón de azúcar hasta quedar al borde de la diabetes.
Fuisteis a la feria en un festival de primavera. Montasteis en la noria, comisteis gofres belgas llenos de nata y chocolate que os mancharon la punta de la nariz, lo que os dio la excusa de lamérosla mutuamente para limpiárosla. Cuando os reconocieron, os hicisteis fotos con algunos niños con paciencia, sosteniendo los palos de algodón de azúcar por encima de sus cabezas para no mancharlos y firmasteis algunos autógrafos. Después subisteis a las atracciones más temerarias y reíste a carcajadas al escuchar a Izuku, que enfrentaba villanos constantemente con una sonrisa digna de All Might, gritar de emoción y terror en las caídas de la montaña rusa.
—¡Eh! Yo tuve un cojín como ese —dijo Izuku en un momento dado. Miraste en la dirección que señalaba. Un enorme cojín, fruto del merchandising del antiguo héroe número uno que todavía podía encontrarse en tiendas a pesar de los años que hacía de su retiro, se bamboleaba con la brisa colgado del tejadillo de una de las casetas de dardos—. Me pregunto qué fue de él.
—¿No lo sabes? —preguntaste, verdaderamente interesado, ignorando el enorme peluche de Endeavour con el traje de la segunda década de los dos mil, que cuelga al lado del cojín de All Might.
—No. Mamá dijo que se extravió pero… ¿Cómo se extravía un cojín tan grande?
—Lo ganaré para ti —dijiste. La carcajada de Izuku ante tu demostración de varonil hombría, como habría dicho Kirishima, no te amilanó. Pusiste los yenes que te permitían hacer una jugada y probaste suerte. Fallaste, pero te diste cuenta de qué era lo que estaba trucado en los dardos y pagaste por otra, haciendo la máxima puntuación que permitía la diana con una sonrisa complacida—. El cojín de All Might, por favor.
El feriante os había reconocido, pero tuvo la discreción de no decir nada, algo que agradeciste. Pagaste por un par de tiradas más para materializar tu gratitud, pero tiraste con desinterés para no obtener más premios. El feriante quiso insistir en regalarte, aun así, el peluche de tu padre, que tuviste que aceptar porque negarte más habría sido descortés, intentando no pensar en las carcajadas de Izuku, que lo estaba pasando en grande. Regalaste el peluche al primer niño que viste que lo miraba con fascinación y sujetaste la única mano libre de Izuku, que cargaba con el cojín con una sonrisa tan amplia como si fuera otro de esos niños.
En casa, duchados y tirados en el sofá, agotados pero llenos de energía por todo el azúcar que habías comido, Izuku se colocó sobre tu regazo, de espaldas a ti, dejándose caer con lentitud sobre tu polla hasta quedar completamente clavado en ella. Pensaste que quería llevar el ritmo, y le dejaste hacer, pero Izuku levantó las piernas hasta poner los pies sobre tus rodillas. Pasaste las manos por debajo de sus muslos y el levantó los pies, cayendo con todo su peso sobre tus manos y provocando que tu polla se hundiese un poco más en su interior.
—Todo tuyo —jadeó Izuku, mordiéndose el labio con evidente placer.
Comprendiste lo que quería. Sujetándole con firmeza, levantaste sus piernas tanto que Izuku casi se dobló sobre sí mismo y lo dejaste caer suavemente hasta que sentiste sus huevos acariciando los tuyos. Con los pies de Izuku tan elevados, era imposible que este controlase el ritmo o la profundidad. La postura casi te enloqueció de placer, nunca habías conseguido entrar tan dentro de él. Apoyaste los talones con fuerza en el suelo para hacer palanca y te empujaste con fiereza, notando cómo los pelos de Izuku se erizaban en su nuca bajo tu aliento excitado, formando pequeñas gotitas de condensación. Hundiste la nariz en su cabello e inspiraste, sin dejar de follártelo, de metérsela todo lo que podías, de llevar el control. Izuku dejó caer la cabeza en el hueco de tu hombro y su aliento golpeó tus mejillas. Olía dulce, al caramelo del algodón de azúcar que habíais comido en la feria. Escuchaste sus gemidos de relajado placer cada vez que se la metías y sus sollozos de súplica cuando retirabas ligeramente las caderas para conseguir el movimiento de vaivén que os llevaba al orgasmo con paso inexorable. El semen de Izuku salpicó el suelo en apenas diez o doce empujones, sin necesidad de tocarse, entre jadeos desesperados. Tu orgasmo no se retrasó mucho más, inundándote por completo de placer.
—Fue una gran noche —dices, finalmente, cuando te das cuenta de que Izuku te mira con una expresión intrigada porque te has perdido una vez más en tus recuerdos.
—¿Dices la feria o el polvo de después? —te pregunta Izuku con un destello pícaro en la mirada.
—¿Tengo que elegir? —repones. Izuku sonríe más ampliamente. Aún hay tristeza en su rostro, pero es una sonrisa auténtica.
—Es verdad.
—Entonces, ¿viajas con un cojín que es del tamaño de un perro de veinte kilos por medio mundo sólo porque te recuerda a un buen polvo?
—Pensaba que no había que elegir —dice Izuku con tono de disculpa—. Es… yo… Lo uso como almohada. En Nueva York —aclara al ver tu gesto de escepticismo y se sonroja antes de seguir confesándose—. En realidad, lo utilizo para abrazarme a él cuando te echo de menos. La cama… es muy solitaria. Y huele a casa, a ti.
—Izuku… —dices, con la voz impregnada de compasión al comprender que estabas equivocado, que te ha echado de menos tanto como tú a él, que tiene los mismos miedos que tú y no sabe cómo expresarlos. Y eso que es el más hablador de los dos—. Ven aquí.
Le tiendes la mano. Se acerca, tropezando con sus propios pies con torpeza en su prisa por llegar a tus brazos. Hunde la cara en el hueco de tu hombro y te aprieta con fuerza. Entierras una mano en su pelo y lo acaricias antes de besar la coronilla de su cabeza. Izuku levanta el rostro y te mira, con los ojos empañados en lágrimas.
—Te amo, Shouto. Siento no haber llamado cuando lo prometí. Siento haber descuidado todo lo que…
—Olvidado —dices. Inclinas la cabeza y le das un beso suave en los labios, sellando sus disculpas y descartándolas. Él te aprieta más fuerte entre sus brazos, escondiendo la cara para ahogar un sollozo—. ¿Has venido por eso?
—No contestabas mis mensajes —hipa Izuku—. No sabía si es que no querías que te llamase. Si nosotros ya no… ya no… No se me ocurrió pensar que no los estuvieses leyendo. Y… no lo estaba pasando bien en Nueva York.
—Pensaba que todo iba bien allí. —Frunces el ceño y lo sujetas de los hombros para mirarle a la cara. Le limpias las mejillas con los pulgares—. ¿Por qué no me lo contaste?
—No quería preocuparte. —Izuku se encoge de hombros y parece más apenado. Baja el tono de voz y se embala hablando—. Te echaba de menos, no terminaba de encajar allí. Al principio fue divertido, claro, pero luego… Había mucha nostalgia, pero Mike se esforzaba por hacerme sentir parte de aquello. Pero entonces Mike me besó, yo salí corriendo, aterrado, luego al día siguiente un villano nos atacó y él estaba en el hospital y yo quería hablar con Mike y aclarar las cosas y me sentía culpable por haberle dado las señales equivocadas y me daba miedo contártelo porque creo que Mike no te cae muy bien y entonces dejaste de contestar mis mensajes y me sentí aún más culpable y…
—Izuku. —Lo cortas con voz segura, intentando detener el torrente de palabras. Algunas cosas no has llegado a entenderlas del todo, pero has pillado lo suficiente. Sorprendentemente, no te molesta enterarte de que Mike ha besado a Izuku. No ahora que has visto que ha vuelto a Japón sólo porque estaba preocupado por tu silencio. Además, comprendes a ese chico muy bien. ¿Quién no querría besar a Izuku?—. Siento haber aumentado tus preocupaciones. De verdad no se me ocurrió revisar el teléfono, ya sabes que a veces…
—Te olvidas de que existe porque tu padre te agobia demasiado —termina Izuku, forzando una sonrisa—. Lo sé. También lo pensé, pero decidí venir igual.
—¿Y por qué has traído tanto equipaje? —preguntas a pesar de que intuyes la respuesta—. No hubiera sido necesario viajar hasta aquí con el cojín de All Might. —Izuku se sonroja y aparta la mirada—. No planeabas volver a Nueva York, ¿verdad?
—No —admite Izuku en voz baja.
—No digas tonterías, Izuku. Claro que vas a volver, es una gran oportunidad. —All Might sabe lo muchísimo que te ha costado decir esto, pero no vas a ser tan egoísta—. ¿Cuántos días te han dado libres?
—¿Cómo sabes que me han dado días libres? —pregunta Izuku, sorbiendo por la nariz.
—Porque si yo fuera la agencia que te ha contratado, preferiría darte unos días libres para pensar que dejar que te despidieses.
—Una semana. Les dije que me volvía a Japón y me dijeron que podía tener unos días para reconsiderarlo. Si quiero volver, tengo una semana libre y luego tendría que reincorporarme.
—Pues entonces, tenemos una semana para determinar cómo vamos a pasar los siguientes diez meses —concluyes, con más optimismo del que sientes realmente. Izuku niega con la cabeza, pero tú continúas hablando—. Mi padre me debe un mes de vacaciones. Y de aquí a diez meses acumularé casi otro mes más. Y seguro que tú podrás escaparte un par de veces más. No debimos descartar tan rápido el no vernos durante un año.
—Es muy caro. —Te encoges de hombros. No te parece que sea excesivo gastar unos pocos miles de yenes para iros a visitar y poder veros.
—¿Qué te parece si lo hablamos mañana por la mañana? —propones. Izuku asiente, pero no lo sueltas—. Pero duermes en mi cama. Si solo te voy a tener siete días, no voy a perder el tiempo dejándote dormir en el sofá.
—Totalmente de acuerdo en eso —asiente Izuku, riendo entre dientes, más relajado—. Aunque no puedes monopolizarme, tendremos que ir a visitar a mi madre.
—¿Tendremos? Estás tentando demasiado a la suerte, Midoriya. —En realidad, te gusta visitar a la madre de Izuku. Durante estos dos meses largos lo has hecho un par de veces, acompañado de Bakugou, que la trata como si fuese su tía y, aunque no lo diga, le apena que esté sola durante todo este año—. Está bien, te compartiré con tu madre.
—Te lo compensaré —promete Izuku.
Tú sonríes y él, alborozado por tu sonrisa, se pone de puntillas y te besa. Esta vez no es solo un roce y, aunque comienza muy pausado, cobra energías según transcurren los segundos.
—¿Hablaste con Mike? —preguntas, sintiéndote un poco culpable por hacerlo.
—Sí. Lo comprendió perfectamente —asiente Izuku. Te mira con los ojos entrecerrados—. No te molestes por eso, por favor. Te juro que…
—Lo sé —lo interrumpes, dándole otro beso—. Me enamoré de ti, Izuku. Entiendo de primera mano qué ven otras personas en ti. Perdón por ponerme celoso. No pude evitarlo, estabas lejos y él es guapo…
Izuku no responde, sólo mueve la cabeza con seguridad. Lo empujas con las caderas hacia el baño. Buscas un cepillo de dientes sin estrenar mientras Izuku se ducha. Se pone una camiseta tuya, que le cae por debajo de la cadera, y cuando os metéis en la cama tu mano explora por debajo de la tela con impaciencia. Durante unos maravillosos minutos, con las piernas de Izuku rodeándote la espalda para alzar las caderas, su frente perlada de sudor pegada a la tuya, vuestros alientos mezclándose mientras jadeáis, te sientes la persona más fuerte y optimista del mundo. Claro que podéis aguantar diez meses más, si sois capaces de entender las necesidades del otro. Cuando aceleras el ritmo y los gemidos de Izuku se vuelven tan fuertes que tiene que morderse el puño para no despertar a los vecinos, sientes cómo su otra mano se mueve rápidamente entre vuestros vientres, salpicándolos de tibia humedad. Te dejas llevar, empujándote dentro de él caóticamente hasta el paroxismo.
Te dejas caer a su lado, exhausto. Izuku se apresura a acurrucarse junto a ti y tú lo rodeas con los brazos. Utilizas tu hielo de forma muy sutil para refrescaros el sudor que recubre vuestros cuerpos. Aun así, la piel de Izuku arde al contacto con la tuya. Izuku se remueve entre tus brazos para encararte y poder besarte lánguidamente.
—Que bien besas —murmuras cuando por fin se retira.
—El beso del amante satisfecho —dice Izuku, con una sonrisa resplandeciente.
Te acaricia la mejilla y tú sabes que eso quiere decir que quiere verte sonreír, así que lo haces. Después te inclinas hacia adelante y le das un mordisquito en la punta de la nariz. Guiña los ojos como un gatito somnoliento y estás seguro de que está a punto de empezar a ronronear.
—Polvos Shouto Todoroki. Si no queda satisfecho, le devolvemos su dinero —mascullas en tono irónico..
—No seas bobo —protesta Izuku, débilmente. Después, apoya la cabeza en tu pecho. Su respiración se hace más regular y crees que se ha quedado dormido, pero le oyes preguntar—. ¿De verdad crees que debo regresar? Puedo quedarme aquí contigo, no tendríamos que volver a separarnos.
—Creo que si no regresas, no te lo perdonarás nunca.
—Tampoco me perdonaré regresar y que eso me cueste estar contigo.
—Te prometo que no será así. He aprendido la lección, no volverá a ocurrir —dices con total seguridad.
Un suave resoplido te indica que, esta vez sí, se ha quedado dormido. Satisfecho por tenerlo ahí contigo, olvidada la melancolía que sentías hasta hace apenas unas horas, te acurrucas junto a él, contemplando sus espesas pestañas, el alboroto desordenado de su pelo y la tibieza de su aliento condensándose junto al tuyo, y te duermes también.
Izuku te despierta a la mañana siguiente antes de que suene tu despertador, devorándote con voracidad. Sonríes, haciendo que tu garganta vibre con un profundo gemido. Te estiras, lo que provoca que tu erección se hunda más profundamente en la boca de Izuku, que sonríe mientras mueve la mano para ampliar tus sensaciones. A ambos os encanta despertaros mutuamente de esa manera. Izuku fue el primero en confesar que fantaseaba con que tú se lo hicieses y, cuando cumpliste su fantasía, se apresuró a corresponderte al día siguiente. Se te había olvidado lo muchísimo que habías echado de menos aquella complicidad e intimidad compartida en el sexo.
—Ven aquí —murmuras, todavía soñoliento, pero ansioso.
Izuku obedece, moviéndose para colocar sus piernas a ambos lados de tu cabeza y ofrecerte su propia erección, que gotea una húmeda gota de líquido, anticipando el placer que siente cuando la recoges gentilmente con la punta de la lengua, extendiéndola por su glande antes de introducirte su miembro entero en la boca, cerrar los ojos y abandonarte a las cálidas sensaciones de la lengua de Izuku, su sabor salado en tu boca y el tacto de su piel bajo la caricia de tus dedos, todo lo que habías añorado tan largamente.
Al acabar te duchas mientras Izuku prepara el desayuno para ambos. Te sorprende cuando, estando ya listo para irte a trabajar, Izuku sale a su vez de la ducha y se viste con ropa de calle cogiendo, de una de las maletas, el pequeño maletín donde sabes que guarda su traje de héroe profesional. Le observas hacerlo sin moverte del sitio, perplejo, sin interrumpirlo.
—¿Dónde vas con eso?
—Contigo —dice Izuku resueltamente, aunque puedes leer en sus ojos cierto nerviosismo—. Vas a la agencia, ¿no? Pues voy contigo.
—Pensaba que querrías ir a visitar a tu madre.
—La verdad… He quedado con mamá por la tarde, para cenar. Pensaba que querrías venir tú también. Avisé también a Kacchan, así puedo ver a todo el mundo —admite con tono de disculpa—. Kacchan también trabaja en su agencia y aunque me apetece mucho ver a mamá, no quiero elegir entre pasarme el día siendo mimado por ella o aquí mirando al techo.
—Una forma interesante de enfocar unas vacaciones, desde luego —dices antes de salir del dormitorio, seguido con alegría por él.
Una vez en la agencia, en el despacho de tu padre, puede saborearse el estupor en el aire al ver a Izuku entrar por la puerta. En tu interior, reconoces que la cara desconcertada de Endeavour, que no sabe cómo gestionar la presencia de Izuku allí de pie, plantado con firmeza y asegurando con una sonrisa enorme que quiere trabajar durante su estancia en Japón, hace que merezca la pena que no hayas intentado convencerle de lo contrario. Finalmente, Endeavour decide que ambos patrullaréis con él. Una de las desventajas de que Izuku se marchase a Nueva York fue que dejó de ser tu compañero de patrulla. Al principio, teníais que idear estrategias que argumentabais con cándidas sonrisas para que Endeavour os permitiese patrullar juntos por el barrio que os correspondiese. Después, fue siendo tan natural veros juntos, que a tu padre no parecía importarle y os dejaba trabajar juntos sin poner demasiadas pegas. Pero desde que Izuku no está, Endeavour insiste en ser tu compañero en las rondas de vigilancia, mostrándose inflexible al respecto. Y supones que, en vista de lo irregular de la situación de Izuku, tampoco quiere perderlo demasiado de vista.
La semana transcurre plácidamente. Izuku patrulla contigo en una de las semanas más tranquilas que has visto en mucho tiempo en la ciudad; lo más grave que ha ocurrido ha sido forzar una puerta para ayudar a una anciana encerrada en su propia casa. Afortunadamente, porque Endeavour ha dado órdenes explícitas a Izuku de que no intervenga en una pelea con villanos salvo en caso de extrema necesidad y tú sabes que el concepto varía mucho en la mente de Izuku con respecto al que pueda tener tu padre. Como a tu padre le estresan los posibles conflictos diplomáticos o burocráticos de tener un héroe asignado temporalmente a otra agencia bajo sus órdenes, reduce tu horario con la excusa de que tengas más tiempo libre para dedicarle a Izuku.
Visitáis a Inko todos los días durante un par de horas. Veis a Bakugou un par de veces, una de ellas acompañados de Kirishima, Ashido, Sato y Kaminari, a quien hacía meses que no veías. Una noche cenáis con vuestros amigos, que están encantados de ver a Izuku, y salís a bailar hasta la madrugada. Pasas el resto del tiempo, que no es tanto desde tu punto de vista, a solas con Izuku. Paseáis, encargáis comida a domicilio todos los días a pesar de las lágrimas del nutricionista de la agencia al enterarse y, sobre todo, tenéis sexo. Constantemente. En la cama, en el sofá, encima de la mesa de la cocina, contra la pared de un callejón al lado del restaurante donde habéis pedido comida, en los baños de la discoteca donde salisteis a bailar. Es como si tanto Izuku como tú quisierais recuperar los días perdidos. O adelantar los que sabéis que vais a perder, aunque esta vez tienes claro que vas a ser más firme en las video llamadas para que, al contrario que la primera vez, Izuku no se distancie de nuevo.
No te dejas avasallar por la melancolía que invade tu cuerpo y mente cuando la fecha de salida del avión de Izuku se acerca inexorablemente. Tampoco permites que él sucumba a ella. Aun así, la mañana que se marcha el ambiente en el apartamento es triste y pesado. Aprovechando que has pedido el día libre en la agencia para acompañarlo al aeropuerto, los dos remoloneáis en la cama, fingiendo que los besos que os dais no os saben a despedida. Otra vez. Dejas que las manos de Izuku exploren tu cuerpo mientras tú haces lo mismo la última vez que lo hacéis, justo antes de levantaros, intentando memorizar en tu mente y en el tacto de tus dedos las sensaciones de la piel de Izuku bajo tu cuerpo. Muerdes con fuerza su hombro, dejando tus dientes marcados en él, cuando lo penetras despacio, intentando disfrutar de las sensaciones que recorren tu cuerpo, procurando contener y alargar el orgasmo lo más posible. El gemido de Izuku te incita a moverte más rápido sobre él pero, a pesar de que está bocabajo y no puedes verle la cara, sabes que está llorando.
—¿Quieres que pare? —preguntas, deteniéndote, todavía dentro de él.
—¡No!
Izuku gira la cabeza, mirándote con una sonrisa enamorada en la cara y los ojos empañados en lágrimas. Busca tu mano, que tienes apoyada sobre el colchón para impulsarte, y entrelaza los dedos. Comprendiéndolo, porque tú te sientes exactamente igual, haces lo mismo con la otra mano, dejando caer suavemente tu peso sobre su cuerpo y besando su mejilla. Así, piel con piel, aunque la fricción por la postura sea mucho más leve de lo que sueles preferir, te empujas dentro de él lentamente, una y otra vez, mientras susurras palabras de amor en su oído. Te corres con un gemido cuando oyes los sollozos de placer de Izuku que te indican que ya ha llegado al orgasmo y te quedas así, con tu pecho pegado a su espalda, durante unos minutos, sintiéndolo más cerca que nunca.
—Funcionará —le dices con voz queda cuando ambos habéis recuperado el aliento, rodando a un lado para permitirle moverse. Izuku evita tu mirada y sabes que no está seguro de tus palabras cuando se centra en intentar limpiar la mancha que ha dejado en las sábanas bajo su cuerpo, así que lo repites en un tono más firme—: Ahora que sabemos en qué fallamos, lo haremos mejor.
Izuku asiente. Esta vez sí habláis. Desecháis el silencio que se instaló entre vosotros la ocasión anterior en que su partida y permitís que un torrente de palabras, cada vez más entusiasmadas aunque empañadas de melancolía, se instale en su lugar. Establecéis horarios para vuestras video llamadas. Acordáis intercambiar al menos dos o tres mensajes al día. Prometes estar más pendiente del teléfono aunque eso suponga leer más mensajes de tu padre e Izuku promete no dudar y llamar por teléfono en lugar de escribir mensajes.
Habláis mientras desayunáis de lo que te enseñará cuando vayas dentro de cinco o seis semanas a pasar allí tus vacaciones, que ya has solicitado formalmente en la agencia. Especuláis sobre cuándo podrá Izuku volver a Japón y tú cruzas los dedos por no tener que esperar a Navidad. Entráis juntos en el cuarto de baño para asearos. Volvéis a intercambiar besos en la ducha y acabáis follando de pie en ella, contra la pared, a pesar de que el plato de ducha es tan pequeño que casi no cabéis dentro y vuestros cuerpos resbalan en la mampara de cristal transparente. Te alegras, porque el polvo anterior te había sabido a despedida y este te sabe a promesa; a lo mejor porque ambos habíais dado por hecho que no iba a haber más y este ha sido deseo puro arrollándoos, sellando todas las palabras que os habéis dicho durante la hora anterior en una suerte de ritual.
Aunque salís más tarde de casa de lo que habíais planificado, llegáis con tiempo al aeropuerto. Recorréis los largos pasillos que os separan de la terminal mientras le ayudas a llevar las maletas y observas cómo las factura. Esta vez, el cojín de All Might se ha quedado en tu sofá. Otra demostración de la promesa de que Izuku volverá. A cambio, has notado que en tu armario faltan un par de camisetas, las favoritas de Izuku, y tu bote de perfume. No le dirás a Izuku que lo sabes hasta que esté en Nueva York, no quieres que se arrepienta o piense que su gesto es pueril y te devuelva todo antes de marcharse. Además, es muy posible que el enorme cojín de All Might acabe ocupando el espacio de Izuku en tu cama. Apuestas a que, si ha estado durmiendo más de dos meses abrazado a él, tiene que tener su olor profundamente impregnado.
Izuku y tú esperáis juntos en uno de los pasillos que hay antes de acceder a la puerta de embarque el máximo tiempo posible, compartiendo besos, dándoos la mano y susurrándote, sobre todo él a ti, palabras de cariño. Espera tanto tiempo que llegas a creer que no quiere marcharse pero, cuando se gira hacia ti para darte un último beso de despedida, lees en sus ojos que has hecho bien en animarle a tomar la decisión correcta y no permitirle dejarse llevar por la nostalgia que os invadía a ambos: está ilusionado por volver a Nueva York y mucho más seguro de su decisión. El beso se alarga, lo repetís cuando por fin termina y donde eran dos besos acaban siendo tantos que pierdes la cuenta. Izuku tiene los ojos llenos de lágrimas y la sonrisa le flaquea, pero tú sonríes por los dos, consciente de lo mucho que le gusta a Izuku tu sonrisa, de lo mucho que la necesita en este momento.
—Te amo, Shouto —susurra, apretando tus manos una vez más entre las suyas cuando llaman por última vez a los pasajeros de su vuelo.
—Te amo, Izuku —dices con voz clara, contento por ver cómo la cara de Izuku se ilumina con su sempiterna sonrisa. No es necesario que lo digas, porque Izuku te comprende y sabe que tú actúas mejor que hablas, pero no quieres que se vaya a Nueva York sin oírlo de tu boca—. Te amo, Izuku.
—Te amo, Shouto —repite él con seguridad, poniéndose de puntillas para darte un beso más y corre hacía la puerta de embarque. Te tocas los labios con la yema de los dedos. Ha sido un beso corto que sabe a poco pero que no tiene regusto a melancolía y separación. Es el beso que te habría dado un día cualquiera para despedirse hasta que volváis a veros. Otra promesa silenciosa más.
Traspasa la puerta a la zona de embarque en último lugar y te parece que la guardia de seguridad lo regaña por ello. Tras coger las cosas que ha tenido que dejar en la cinta del arco de seguridad, Izuku se vuelve hacia ti y agita la mano con entusiasmo a modo de despedida, sonriéndote. Esta vez estás más preparado que la anterior y correspondes levantando la tuya y sonriendo más ampliamente. Quieres que lo último que vea Izuku antes de partir no sea tu melancolía de estos meses, tu pesar por su marcha. Quieres que vea que esta vez estás más preparado y consciente de lo que hacéis, así que agitas la mano hasta que Izuku se ve obligado a darte la espalda para entregar su billete a una azafata.
Te diriges al mostrador de la aerolínea. Podrías comprar los billetes de avión por internet, pero no quieres postergarlo. Tener los billetes en la mano te dará la seguridad que necesitas de saber que hay una fecha concreta para volver a ver a Izuku, para estrecharlo entre tus brazos, para besarlo en los labios. Mencionas el destino y las fechas en las que quieres viajar y extiendes la tarjeta de la agencia Endeavour y tu pasaporte por encima del mostrador. La azafata que te está atendiendo, que hasta ese momento no había mirado en tu dirección, abre los ojos con sorpresa al reconocerte. Comprendes que todavía debes estar sonriendo porque ella te devuelve la sonrisa, algo que la gente no suele hacer cuando te ve, y entiendes por qué es Izuku quien se lleva bien con todas las personas que os atienden cuando vais a un mostrador y no tú. Contienes una carcajada cuando la azafata pregunta si eres el dueño de la tarjeta.
La has obtenido esa misma semana. Fue uno de los pocos trabajos que tuvisteis durante las patrullas que hacíais tu padre, Izuku y tú. Una anciana se había quedado encerrada dentro de su casa, con la llave partida dentro de la cerradura. Normalmente la policía se hace cargo de esas cosas, pero en esta ocasión estabais tan cerca que los vecinos os pidieron ayuda directamente y vosotros acudisteis sin dudarlo.
—Necesitamos una tarjeta de crédito. Endeavour… —Extendiste una mano hacia tu padre, consciente de lo muchísimo que le molestaba que te dirijas a él por su nombre de héroe en todo momento del trabajo.
—Ten. —Como habías previsto, tu padre presupuso que querías forzar la cerradura como solían hacer en las películas policíacas. A veces te preguntas cómo puede no enfadarse por todas esas pequeñas bromas pesadas que le haces a diario. Rabia, sí, pero el cabreo no le dura nunca hasta el final de la jornada, aceptando las pullas con resignación.
—Izuku —dijiste mientras te guardabas la tarjeta en el bolsillo superior de tu traje, decidiendo que puedes quedártela un par de días—, tira la puerta abajo.
—Señora, apártese. De hecho, mejor vaya a otro cuarto de la casa. —Izuku, conteniendo una carcajada, te obedeció al instante, necesitando apenas un ápice de su fuerza.
—Parece que la agencia tendrá que correr con el gasto de repararla —murmuraste con sarcasmo antes de entrar en la casa y cerciorarte de que la anciana no precisaba de ayuda médica alguna mientras Izuku la tranquilizaba asegurándole que pronto tendría una puerta nueva.
—Shouto… —Tu padre te llamó a su despacho unas horas después, cuando Izuku y tú ya os habíais cambiado de ropa, dispuestos a salir. Entraste en su oficina, pusiste los ojos en blanco y sacaste la tarjeta de tu bolsillo, tendiéndosela—. De hecho, iba a decirte que te la quedases. —Levantaste una ceja, incrédulo por lo fácil que ha sido. Habías pensado hacerle un par de gastos no muy grandes, quizá la cena de ese día en un buen restaurante y un par de taxis, pero no habías considerado la idea de quedártela—. Está a nombre de la agencia, no al mío. Creo que… He oído que el joven Midoriya regresará a Nueva York a terminar su pasantía.
—Así es.
—Imagino que querrás ir a visitarle igual que ha venido él. —Te mira durante unos segundos y comprendes que está esperando una respuesta. Miras la tarjeta en tu mano y decides que te conviene contestar. Asientes—. Los gastos de los billetes de avión y las comidas que hagáis allí pueden desgravarse como viaje de negocios. Al fin y al cabo, estoy seguro de que acompañarás al joven Midoriya en sus patrullas.
—Puede estar seguro —murmuras, impertérrito, sin saber si le estás contestando a tu padre, a Izuku o a ambos.
—Entonces, cuenta como entrenamiento. Yo mismo escribiré a su agencia cuando sepas las fechas en las que irás, para organizar todo el papeleo. Ya eres todo un héroe, confío en que harás buen uso de los fondos que hay. Yo conseguiré otra. —Te extendió un papel con el número secreto anotado. Lo cogiste, impresionado. Sin él, podrías haber hecho un par de gastos como los que habías pensado, sólo imitando su firma, pero con el número, podrías arruinarlo en cuestión de horas.
—Gracias, papá —contestaste, no obstante, antes de salir de la oficina. El pecho de Endeavour se hincha de orgullo cuando no le llamas por su nombre de héroe, pero finges no verlo.
Sonriendo todavía al recordarlo, introduces el número secreto en el terminal que te ofrece la azafata. Ni siquiera has mirado el precio de los billetes, pero has pedido no viajar en bussiness. No sabes qué te ha impelido a tomar esa decisión, pero no quieres pararte a cuestionarla, implicaría pensar en tu padre y tú prefieres pensar en el momento en que serás tú quien cruce la puerta de embarque y dejarás que Izuku te guíe por las calles de Nueva York. Tu teléfono vibra con un mensaje. Le has asignado un tono de notificación concreto a Izuku, para distinguirlo del resto y así mirarlos al momento.
AHORA MISMO
Izuku: «Ya estoy en mi asiento. Tengo que apagar el teléfono. ¿Nos vemos cuando lo encienda?»
AHORA MISMO
Tú: «Mejor llega a casa primero. Luego me mandas un mensaje y nos hacemos video llamada cuando estés en tu cuarto».
AHORA MISMO
Izuku: «Puedo llamarte según llegue, de verdad».
AHORA MISMO
Tú: «Pero no puedes llamarme desnudo desde el taxi».
No sabes que te ha impelido a decir eso. Bueno, sí. Sí lo sabes. No quieres que vuelva a instalarse la melancolía y la desidia entre vosotros. Estás dispuesto a intentarlo con todas tus fuerzas. A que la complicidad que sentís cuando habláis, os besáis o folláis traspase la pantalla y los miles de kilómetros que os separan. Aunque hablar de sexo pueda resultar un tanto ridículo.
AHORA MISMO
Izuku: «Jajaja».
AHROA MISMO
Tú: «No era un chiste».
AHORA MISMO
Izuku: «No he despegado todavía y ya me quieres ver desnudo?»
AHORA MISMO
Tú: «Querría verte desnudo el resto de mi vida».
AHORA MISMO
Izuku: «Te prometo que me pondré mis calzoncillos más bonitos, te llamaré y me los quitaré para ti en cuanto llegue. Ahora tengo que apagar el teléfono. Te amo».
AHORA MISMO
Tú: «Te amo, Izuku».
Haces una foto de los billetes y se la envías, pero el mensaje ya no le llega. Ha apagado el teléfono. No te importa. Los verá cuando llegue a Nueva York. Bajas las escaleras de la boca de metro con energía y te diriges en tren hasta la agencia, con los billetes a buen resguardo dentro de tu cartera, dispuesto a trabajar el resto de la jornada para paliar las horas que faltan hasta que vuelvas a ver a Izuku, esta vez a través de una pantalla. Por una vez, no te molesta que tu padre insista en ser tu acompañante durante la patrulla y caminas junto a él en un agradable silencio, pensando en Izuku y en la sonrisa optimista que ha puesto cuando le has sonreído por última vez en el aeropuerto.
NdA. Tengo que decirque la idea original era muchísimo más simple. Comenzaba en el momento en que Shouto entra en su apartamento y ve a Izuku y acababa cuando se acuestan (con mucha menos narración de por medio). Todo lo demás bebe de otra idea que tengo en desarrollo para un BakuDeku (Izuku está en Nueva York trabajando y Katsuki en Japón y en un momento dado Izuku vuelve a casa), así que me disculpo por adelantado porque si ese otro fic finalmente ve la luz, seguramente le veais alguna semejanza a esa escena en concreto xD.
