IRA

.

.

.

.


Ellos nunca habían sabido entenderse, eso estaba claro.

Llevaban toda la vida juntos y no por ello habían conseguido cruzar el abismo insalvable que había entre ser amigos o enemigos natos.

La rivalidad, la ira, la frustración, la envidia… pero también la admiración y la familiaridad habían jugado un papel crucial en todo aquello. De ninguna otra manera dos personas que se habían abalanzado a puñetazos sobre el otro a la primera de cambio, podían tener tanto miedo a tocarse, a tan siquiera rozarse de forma que pudiera denotar afecto. Y aquella ocasión no era muy distinta a la de otras veces…

—¡Kacchan, te quieres calmar de una vez!

—¡Muérete idiota! —gritó Katsuki colérico—. ¡A qué has estado jugando, imbécil de mierda! ¡Rata cobarde! —bramó lleno de ira, roto por primera vez en mucho tiempo.

Izuku pensó que había cierta familiaridad en las palabras de Katsuki, pese a que era la primera vez que oía en ellas el miedo. De hecho, nunca había visto a Kacchan tan frágil.

—¡Vas a dejar que al menos te lo explique!

Izuku había abandonado la U.A hacía casi tres años atrás con la intención de alejar del peligro a sus seres queridos.

Era la única solución que había encontrado para enfrentarse y localizar a Tomura Shigaraki y al All for one sin que nadie saliera herido. Había sido doloroso despedirse de su madre desconsolada, pero más doloroso había sido decirle adiós a todos sus compañeros a través de un papel con escuetas palabras.

Todos le conocían. Sabían que era una cuestión de tiempo que todo volviese a la normalidad, que Izuku regresara, que la sociedad se calmase y que los héroes volvieran a ponerse en pie para arrojar luz a una humanidad aterrada de su propia naturaleza.

Sin embargo, el resultado había sido mucho menos alentador…

La sociedad se había quebrado para siempre y la diferencia entre villanos y héroes se había vuelto difusa. Las bandas callejeras gobernaban la ciudad, los robos se habían vuelto una profesión respetable y los atentados marcaban la voz del más fuerte. Toda una ciudad viniéndose abajo para acoger a la gente entre sus escombros. ¿Y dónde estaban los héroes? Siempre llegando tarde.

Al principio la prensa fue contra Endeavor y otros héroes profesionales, pero más tarde también se posicionó en contra de los héroes de segunda, los alumnos de todas las academias del país y de la propia U.A.

Al igual que cuando el secuestro de Bakugo por la liga de villanos, la prensa no tardó tampoco en especular sobre la desaparición de Izuku Midoriya. Su rápido ascenso en su carrera escolar no tardó en ser comparable con los rumores que empezaron a circular sobre su relación con el All for One. Rumores que no tardaron en colocarlo en el punto de mira y condenarlo como enemigo público y sospechoso de conspirar contra las autoridades del estado.

Muchos teorizaba que si había un poder tan terrorífico como para destruir al jefe de la liga de villanos, ese poder en sí mismo podía condenar a la humanidad a la extinción. O al menos esa era la propaganda antihéroes que se fue extendiendo por el país en cuestión de meses.

Al principio nadie hizo mucho caso a esto. Todo parecía una guerra que terminaría cuando el mundo volviera a ordenarse. All Might y el propio Izuku pensaron que la paz volvería cuando encontraran a Shigaraki, fuera cual fuese el resultado. Sin embargo ese era el problema… habían pasado tres años y no había ni rastro de él.

Solo había barricadas, escombros, criminalidad y peleas clandestinas. Por no hablar de los asesinatos de héroes. En cada esquina, en cada callejón… las ideas de El Matahéroes se habían extendido con una religiosidad macabra. Todos eran jueces y verdugos en aquella tarea de ordenar el mundo a base de salvajismo y darwinismo moral.

Las calles no tardaron en volverse peligrosas, los héroes en esconderse y la sangre a correr por las alcantarillas como una peste silenciosa que envenenaba las raíces del nuevo status quo.

Así había sido, por casualidad y violencia cotidiana, como Katsuki e Izuku se había encontrado después de tres años sin verse.

Bakugo nunca había sido un santo y mucho menos después de los atentados a la U.A del último año. Su carrera de héroe se había vuelto, por así decirlo… difusa a ratos. Durante el día y a través de una vieja radio clandestina seguía en contacto con sus compañeros y entre todos organizaban partidas de búsqueda y captura de criminales, rescates y otras tareas condenadas por el nuevo régimen antihéroes. Por las noches, sin embargo, todas esas heroicidades se quedaban atrás y se dedicaba a las peleas clandestinas. ¿Por qué lo hacía?

—Me divierte—respondía con un gruñido a quien le preguntaba.

Y no mentía, siempre supo que su fascinación por pelear tenía su punto sádico; aunque tampoco era sincero del todo cuando le hablaba a sus amigos de esa diversión en la destrucción. Durante las peleas, aparte de destrozarse los nudillos y ganar algo de dinero, lo que realmente hacía era agotarse para llegar a la cama. Porque las noches que no había peleas, dormir era un infierno.

Oía una y otra vez los gritos del atentado de la U.A, la sangre de la batalla de liberación paranormal, la mirada aterrada de sus padres cuando consiguieron abandonar el país antes del cierre nacional, la gente en las calles muriendo de hambre y miseria… Y luego estaba la ira. Esa ira que no se le calmaba con nada.

Una ira terrible hacía sí mismo y el putrefacto mundo en el que vivían, pero sobre todo una ira inconmensurable por no ser suficiente, por no poder hacer nada.

Por ser un inútil.

Jamás había estado tan lejos de ser el número uno… ni siquiera estaba cerca de ser ni el número dos.

—Deku…

Nunca pensó que aquella palabra le hablaría algún día su propia deshonra.

—Cobarde de mierda… —maldecía entonces para sí, pensando en el auténtico Deku.

Izuku Midoriya había estado en todos los focos mediáticos. Había pasado de héroe a villano. Y de villano a maleante clandestino. A veces habían saltado todas las televisiones hablando de rescates heroicos y otra veces de destrucción masiva. Katsuki jamás lo admitiría, pero cada vez que oía el nombre de Deku en las noticias, se ponía el traje a toda prisa y corría al lugar de los hechos para encararle.

—Cuando lo encuentre le voy a partir la cara pecosa esa que tiene—les decía siempre a Kirishima.

Necesitaba una explicación y era frustrante no encontrarla. Deku se había ido sin decir nada, sin explicaciones… pero sobre todo, se había ido para dejarlo atrás. Atrás donde el aire era irrespirable.

Así que siempre corría, volaba y explotaba todo a su paso para alcanzarle, pero cuando llegaba… Midoriya ya no estaba. Lo dejaba atrás una y otra y otra maldita vez.

Hasta que un día desapareció. Despareció de verdad y ni la prensa consiguió hallar ni una foto o imagen suya que dijera que seguía vivo. Y entonces Katsuki dejó de buscar y comenzó a alimentar más la ira.

De eso hacía ya dos años.

Hasta esa noche, claro está. Esa noche que se encontraron.

—¡Te voy a matar! —gritó lanzándose contra Deku, que lo esquivo e intentó bloquearlo para que parara.

—¡Kacchan, escúchame!

—¡Y una mierda!— se revolvió para encararlo, haciendo que el suelo temblara con una exposición—. ¡Muérete, puto nerd egoísta!

Izuku tenía que admitir que aunque se había vuelto muy rápido y mucho más fuerte con los años, había olvidado la violencia con la que peleaba Bakugo.

—¡Para de una vez! —consiguió alejarlo con el aire de una patada, lanzándolo contra la pared.

—¡No me digas qué tengo que hacer! —se recompuso lo más rápido que pudo, aprovechando la pared a su favor para abalanzarse sobre él.

La pared voló por los aires al igual que Bakugo, quien salió despedido hacia Deku.

—¡Vas a enterrarnos en escombros! —consiguió esquivarle a tiempo—. ¡Tan difícil es que te calmes y hablemos como adultos en vez de pegarnos!

Izuku no tuvo tiempo de acabar bien la frase, porque tuvo que volver a esquivar otra explosión, que lo lanzó contra el techo del estrecho pasillo. Apoyó las manos al caer contra el suelo para levantarse, pero no se imaginó que entre el humo de la explosión Bakugo se le lanzaría encima con tanta rapidez.

Ni siquiera sabía de dónde salía aquella energía para pelear.

Aquella noche, horas atrás, Katsuki había salido de una pelea clandestina. Por lo general, solía ser él quien repartía tortas, pero aquella noche le habían dado una buena paliza. No quería decir eso que no hubiese ganado igualmente. Él siempre ganaba. No obstante, irse cojeando a casa con una hemorragia no había sido plato de buen gusto.

Caminó indiferente por las calles, pasando entre avenidas habilitadas para la circulación y escombros. Las calles se habían vuelto peligrosas y oscuras, demandantes de todos los sentidos de sus transeúntes. Por esta razón se preguntaba cuándo había bajado la guardia. Él nunca se despistaba, ni se dejaba atacar tan fácilmente, pero no lo vio venir.

Había parado en una tienda nocturna a comprar alguna botella de alcohol con la que curarse la herida de la pierna, cuando entraron unos seis o siete tipos en el local. Se dio cuenta de que algo no iba bien cuando vio que el dependiente seguía tranquilo, cobrándole la botella. Un dependiente que no se intimida en absoluto con siete tipos con ganas de pelea a altas horas de la madrugada… olía a chamusquina. Cualquiera se hubiese echado a temblar si entran seis o siete tipos con dones a tu establecimiento con el sello de Stain grabado en las camisetas y varios palos de beisbol.

Bakugo actuó con rapidez cuando el primero lo reconoció y se abalanzó sobre él, sin embargo, dio un mal paso y de la nada, algo o alguien le golpeó con una barra metálica por la espalda. Se quedó sin aire por el golpe y la impresión, pero peor fue verse en el suelo tan pronto, sin oportunidad de luchar.

Ni siquiera llevaba el teléfono encima, pero como temía, no eran ladrones.

Con brutalidad lo sacaron de la tienda y lo empujaron al callejón. Sí, en aquella zona de la ciudad estaban muy de moda las cacerías nocturnas bajo los lemas antiheroicistas y no era difícil reconocer físicamente a Dynamight aun sin su traje.

Claro que en esa cacería, no sabían que se habían encontrado con un depredador.

—Idiotas…—sonrió maquiavélicamente Bakugo, escupiendo sangre y poniéndose en pie cuando lo lanzaron contra unos cubos de basura.

Hubo fuego y explosiones por todas partes. Y aunque no fuera elegante ni heroico, también hubo sangre. No obstante, esa noche había un rival peor en la calle peleando contra Bakugo: su propia alta estima.

Porque pese a la inferioridad de los dones de sus adversarios, él se había vuelto lento por la cojera y la confianza. Por eso y por machacar su cuerpo de aquella manera noche tras noche.

En ningún momento se planteó que pudiera tener una muerte tan patética y estúpida, a manos de unos desgraciados de poca monta, de unos extras sin nombre. No obstante, cuando una de las singularidades lo dejó sin poder moverse y su atacante sacó una daga de doce centímetros, la idea de morir se materializó.

—Sólo los héroes de verdad merecen vivir, escoria—profetizó el asesino mientras lo sostenía por el cuello a tres palmos del suelo—. ¿Se merece vivir alguien que mancha sus manos por dinero, héroe?

Él no era de los que se rendían, pero en ese momento, ante el cansancio de su propio cuerpo y la existencia vacía, pensó que de alguna forma ya daba igual si moría esa noche o cualquier otra.

Eso pensó hasta que, justo cuando el cuchillo estaba a punto de degollarle, una luz verde se clavó en el costado de su captor. Una luz verde tan intenta que le obligó a cerrar los ojos. Hubo tal cantidad de energía concentrada en ese instante, que el adversario salió precipitado varios metros de aquella patada. Bakugo estaba seguro que él también habría salido disparado por los aires de no ser porque de repente alguien lo sujetaba por la camiseta con una fuerza estremecedora.

—Tú…—se le atascó la voz cuando bajo la máscara de aquel extraño pudo reconocer sus ojos.

Se llevó las manos al pecho para romper el agarre con una exposición, pero no pudo ni tan siquiera intentarlo. Su sola mirada lo dejó petrificado de terror.

—No hay tiempo—fue lo único que pronunció Deku antes de hacerlos salir disparados de un solo salto.

Desaparecieron con una ráfaga de viento que cortó el silencio roto de la noche, antes de que nadie pudiera ni tan siquiera imaginar lo que estaba pasando.

—¡Bájame ahora mismo idiota! —vociferó Bakugo cuando salió de su shock, intentando soltarse del agarre de Deku mientras se desplazaban a una velocidad vertiginosa.

—Estate quieto —le ordenó la voz, con una imperatividad que Bakugo Katsuki jamás había oído en Midoriya Izuku.

Tal vez esa extrañeza ante la rotundidad lo hizo callarse. O tal vez fue el puro agotamiento.

Sin poder entender muy bien cómo, Deku se movía por el aire con una maestría que ni All Might había mostrado en toda su carrera. Tomaba impulso de su propio movimiento, saltando entre los edificios y las ruinas sin que sus pies tuvieran tiempo ni de posarse en ellos. Bakugo estaba acostumbrado a los vuelos frenéticos, pero se aferró al brazo de Deku al notar que la velocidad no le dejaba establecer ningún equilibrio. Siguieron alejándose hasta alcanzar los escombros de un viejo rascacielos, donde se detuvieron. Con la gentileza que tuvo siempre, Izuku lo soltó con cuidado sobre aquella azotea, asegurándose que no perdía el equilibrio con la pierna herida.

—¿Estás bien?

Pero Bakugo fue incapaz de responder, todavía en shock. Deku solo suspiró tras la máscara.

—Tengo que irme…—sentenció con una extraña tristeza en la voz, pero antes de que saliera de nuevo despedido hacia el cielo, Katsuki lo detuvo agarrándolo con violencia del brazo.

—¡A dónde te crees que vas! —le gritó sin miramientos.

—Es peligroso que me quede… —se limitó a decir, sin oponer resistencia a su agarre—. Siento dejarte aquí, ¿crees que puedes bajar tú solo?

De repente toda esa ira que Bakugo había tenido guardada, estalló. Explotó como solo él podía hacerlo.

—¡¿Pero por quién me tomas, pedazo de mierda¡?! —vociferó, sujetándolo por las solapas del traje y elevándolo con brusquedad para acercárselo a la cara—. ¡¿Crees que no puedo bajar solo de un puto tejado?!

Deku no se resistió lo más mínimo, como si ya hubiese imaginado aquella reacción.

Siempre había sido más bajito que Katsuki, así que irónicamente encontró familiar la sensación de tener los pies suspendidos en el aire a cause de aquel agarre. ¿Cuántas veces en el colegio Bakugo lo había tratado de aquella manera? Demasiadas… Claro que aquella vez, por primera vez, Deku sintió una terrible pena por él.

—¡Pero di algo, puto nerd de mierda! —lo zarandeó—. ¡Dónde demonios te has estado escondiendo, cobarde! ¡Rata! ¡Cucaracha! ¡Quién cojones te crees que eres para desaparecer como si nada!

Izuku suspiró.

—Bájame, Kacchan—dijo con total tranquilidad, arrastrando un profundo cansancio.

Aquella calma solo alimentó más la ira de Bakugo Katsuki, quien lo aferró con ímpetu, retorciendo la tela del traje y clavando los ojos en aquel rostro bajo la máscara verde.

—¡Pero tú quién te crees que eres! ¡De qué cojones vas! ¿¡Te crees mejor que todos nosotros, no!? ¿Es eso? ¡Te crees que puedes aparecer de la nada con esos aires de grandeza, puto idiota egoísta!—siguió escupiendo, temblando de su propia ira—. ¡Están matando gente y tú te escondes como un llorica de mierda!

—Kacchan—pidió muy serio, con la mirada helada—. Bájame, por favor. Tengo que irme.

—¡Tú no te vas a ir a ningún puto sitio! —echaba fuego por los ojos—. ¡Antes te mato con mis propias manos que dejar que vuelvas a desaparecer! ¡Cobarde!

—Kacchan, de verdad que no tengo tiempo para esto…

Izuku hizo amago de rozar las manos de Katsuki aferradas a su traje en un intento infantil de que se calmara, pero no funcionó.

—¡Quieres dejar de despreciarme, inútil! —lo elevó más en el aire—. ¿¡Crees que no soy suficiente como para que me prestes atención, Deku?!

Midoriya empezó a notar que el traje y la tensión de la tela le apretaban el cuello, perdiendo el aire de la impresión. Iba a quejarse, pero de alguna forma sentía que se lo debía a Kacchan. Él era el primero que se sentía inútil. No obstante, también era cierto que no tenía tiempo para esa riña infantil.

—¡Habla! —ordenó Bakugo—. ¡Di algo de una maldita vez, saco de mierda! ¡Quién te crees que eres! ¡Mírame cuándo te hablo! ¡Traidor!

—Kacchan…

Katsuki ya no pudo contenerse más y ante la pasividad de Deku, le levantó la máscara para enfrentarle y destruir aquel escudo impenetrable tras el que parecía esconderse. No obstante, ver realmente la cara de Izuku después de tres años hizo que toda la ira le desapareciera de golpe.

Deku no había cambiado demasiado, pero sí lo suficiente como para no parecer nunca más un niño.

Llevaba el pelo prácticamente igual y salvo algunos rasguños superficiales y una ligera barba incipiente en la barbilla, era exactamente el mismo. Sin embargo, su expresión era ausente y extraña. Nada tenía que ver con lo que había sido. Ni siquiera había miedo o enfado en la forma en la que Bakugo lo estaba tratando. Era como si solo pudiera expresar un profundo y terrible cansancio. Un cansancio que le perseguía como la muerte.

Se hizo un profundo silencio. Y por primera vez Bakugo se sintió mudo, sin poder apartar los ojos de él.

—Kacchan bájame, por favor—pidió casi en un susurró, sin dejar de sostener su mirada.

Los ojos verdes de Izuku se le clavaron como un cuchillo y se odió a sí mismo por sentir aquel cúmulo de emociones contradictorias y terribles.

Bakugo obedeció sin titubeos, terriblemente silencioso.

Los pies de Deku no tardaron en volver a pisar el suelo, pero no por ello Bakugo lo soltó. Al menos había dejado de ejercer esa violencia sobre él.

—¿Por qué…? —murmuró entonces, sosteniéndole la mirada.

—Lo siento…—fue lo único que alcanzó a decir Izuku, bajando la mirada, sintiendo por primera vez el peso de aquel encuentro y todo lo que conllevaba.

Al ver que ninguno se movía y que Kacchan se había quedado petrificado, Izuku alzó las manos para alcanzar las de Bakugo y hacer que le soltara del traje. No se resistió demasiado, pero aquel contacto silencioso le dolió más que una bofetada.

—Tengo que irme, Kacchan. —Izuku le apretó las manos y se las soltó con cuidado—. Espero que algún día puedas entenderlo y perdonarme…

Deku volvió a bajarse la máscara y se alejó unos pasos de él, que seguía inamovible, con la mirada clavada en el suelo. Por un instante, Izuku dudó si marcharse y sintió que esa duda residía también en Kacchan. Sin embargo, no fue capaz de decir nada. Nunca se les había dado demasiado bien hablar.

Se cubrió con la capa desgastada de Gran Torino y se dispuso a impulsarse para desaparecer.

—Cuida de ellos por mí, ¿vale?—pidió antes de saltar.

—¡Y una mierda! —explotó.

Deku y Bakugo saltaron a la vez.

Uno hacia arriba para marcharse y el otro contra él. El resultado fue peor de lo que ninguno había calculado. Bakugo se abalanzó contra Deku con tanta fuerza que ambos atravesaron una de las paredes de la azotea del rascacielos y comenzaron a caer si control por unas escaleras.

Ambos eran ahora, —a su manera—, héroes profesionales, por lo que debía haberles resultado más fácil parar aquella caída terrible. Sin embargo, Bakugo no tenía intención de soltar a Deku por si se escapaba, así que prácticamente estuvieron cayendo escaleras abajo durante al menos doce pisos, hasta que la fuerza de la caída los separó. Deku se ayudó de una pared para parar, pero no tuvo tiempo de salir a socorrer a Kacchan cuando éste volvía a lanzarse contra él con una explosión.

Así llevaban un buen rato, peleando entre escombros, sin espacio al diálogo y sin escapatoria.

—¡Kacchan, te quieres calmar de una vez!

—¡Muérete idiota! —gritaba Katsuki—. ¡A qué has estado jugando, imbécil de mierda! ¡Rata cobarde!

—¡Vas a dejar que al menos te lo explique!

—¡Te voy a matar!

—¡Kacchan, escúchame!

—¡Y una mierda!— seguía explosionando el edificio.

—¡Para de una vez!

—¡No me digas qué tengo que hacer!

—¡Vas a enterrarnos en escombros! —consiguió esquivarle a tiempo—. ¡Tan difícil es que te calmes y hablemos como adultos en vez de pegarnos!

—¡Hace un segundo eras tú el que no quería hablar! —le lanzó una explosión Bakugo, aprovechando la fuerza para darle una patada.—¡Muere!

Deku paró la patada con un puñetazo.

—¡PARA DE UNA VEZ, KACCHAN!

—¡PELEA, COBARDE!

Tal y como prefijo Deku, hubo un momento en el que el edificio empezó a crujir y a tambalearse. No era raro en aquellos tiempos de guerra que un edificio se viniese abajo sin explicación, pero Izuku sabía que aquello llamaría la atención y necesitaba salir de allí antes de que lo encontraran. Era absurdo seguir peleando sin sentido. Además, sabía que Kacchan estaba peleando gracias a la ira y la adrenalina, de ninguna otra forma podría moverse así en su estado. De hecho, el pantalón se le estaba mojando de sangre por la herida de su pierna.

Izuku lo había observado cuando lo estaban atacando. No solo le habían dado una buena paliza, sino que además lo había visto cojear, incluso escupir sangre. Sabía que Bakugo era fuerte de sobra para valerse en ese estado, pero estaba herido. De hecho, si él había intervenido es porque de verdad pensaba que iban a matarle.

Seguramente a Kacchan le avergonzaba haber sido salvado. Ese sentimiento también era recurrente en su forma de pelear y aquella no era una excepción.

Izuku, aunque sabía que era algo rastrero, aprovechó esta ventaja sobre él, llevándolo al límite de sus movimientos. Cuando vio la oportunidad, decidió ir con todo. Tenían que parar esa estupidez cuanto antes.

Saltó, caminó por la pared y atrapó a Kacchan con sus lazos negros. Supo que aquello no lo contendría demasiado, así que giró sobre sí mismo, cambiando el ángulo y tiró de él con fuerza lanzándose cuerpo a cuerpo. Aprovechó el impacto y la sorpresa para inmovilizarlo contra el suelo a horcajadas sobre él, con cuidado de no destrozarle aún más la herida de la pierna, pero haciendo presión para inmovilizarlo. La trayectoria había sido algo nefasta y no todo había salido como planeaba, pero por primera vez tuvo la satisfacción de tener a Kacchan derrotado e inmovilizado.

La victoria definitiva hubiese sido que también se callara.

—¡Suéltame, idiota! —forcejeó—. ¡No vas a derrotarme con esa mierda de movimiento! ¡Pelea de verdad y no con trucos baratos!

—¡Basta! —le gritó Izuku, realmente enfadado—. ¡Cállate de una vez!

—¡A mí no me dices qué tengo que hacer!

—¡No te das cuenta de que esto es peligroso! —le echó en cara, haciendo presión contra sus muñecas, hundiéndolo en el suelo—. ¡Para de comportarte como un crío!

—¡Tú eres el único crío aquí, traidor!

En ese momento, su sensor de peligro se activó. Pensó que sería una jugarreta de Kacchan, pero no era eso.

Había algo sobre ellos. Y se acercaba.

Sin pensarlo soltó una de sus muñecas y le tapó la boca para que se callara. Con la mano liberada, Bakugo intentó lanzarle una explosión a la cara para quitárselo de encima, pero se detuvo al notar que Deku se apretaba contra él.

—No te muevas… —le susurró prácticamente en el oído, rígido.

Una nube de humo comenzó entonces a cubrirles. Era una capa fina y espesa que se mezclaba a la perfección con el polvo revuelto en el aire por la caída de escombros y las exposiciones. Al principio Katsuki no sabía qué estaba pasando, hasta que recordó las habilidades extras de Deku. Había leído tanto sobre ellas, en la prensa, en cuadernos y recortes… que verlo en acción le sorprendió de alguna manera. Nunca se hubiese imaginado a Deku usándolo con tanta maestría.

'Cuánto has seguido avanzando', pensó entre la envidia y el orgullo, recorriendo con la mirada su rostro concentrado e inexpresivo.

Ni siquiera se había dado cuenta de cuándo se le había vuelto a caer la máscara a Izuku. Posiblemente en mitad de su pelea frenética por el edificio, pero le sorprendió ver su rostro tan de cerca, tan lejano y a la vez tan familiar. Tenía las ojeras muy marcadas, la piel llena de polvo y sangre, y los ojos tristes. Aquella desazón que había sentido minutos antes al mirarlo a la cara, parecía haberse incrementado con aquella cercanía. Eso y otros sentimientos que nunca había sabido gestionar y que le atormentaban. Tanto como tenerlo así de cerca sobre él y a la vez tan lejos.

Como predijo Izuku, el ruido de un helicóptero no tardó en aparecer sobre sus cabezas, inundando de luz el edificio. Por suerte, había demasiado polvo por los derrumbes y obstáculos como para divisarlos desde el aire. Cuando tuvieron la certeza de que se habían alejado, Izuku retiró la mano con cuidado de la boca de Katsuki.

—¿Quién te persigue? —susurró entonces Bakugo, todavía con la mirada alerta en el cielo.

—Todo el mundo…—se resignó Izuku, enderezándose un poco sobre él, con el sensor de peligro alerta—. El sol saldrá en menos de dos horas, tenemos que salir de aquí antes de que puedan vernos.

Por primera vez en toda la noche, estaban de acuerdo en algo.

—Creo que se dirigen al sur de la ciudad, a las ruinas de la U.A… —teorizó Deku—. Eso nos da aproximadamente una hora…

—¿Te puedes quitar del encima? —dijo entonces Bakugo, molesto.

Todo Izuku se echó a temblar al darse cuenta del tipo de postura que estaban compartiendo, sentado sobre él a horcajadas. Así que se levantó casi de un salto, poniendo de nuevo espacio entre ambos.

—¡Sí! Perdona.

Por supuesto, le ofreció la mano para levantarse. Esa mano que perseguía a Bakugo desde que eran niños. 'Maldito' pensó para sí, sin entender por qué de repente se sentía tan asustado.

—No tienes que aceptarla si no quieres—casi adivinó Izuku—, pero realmente tengo que irme y necesito que decidas ya si vienes o te quedas.

Así fue como después de tres años, tres años de ira, caída, descontrol y violencia, Bakugo Katsuki sintió un profundo alivio. Un alivio sincero que tuvo lugar cuando la mano de Izuku alcanzó la suya.

.

.

.

Los cálculos de Izuku solían ser bastante precisos, claro que no contó con que Katsuki estaba realmente peor malherido de lo que ninguno de los dos quería admitir. ¿Había sobrevivido a cosas peores? Por supuesto. ¿Estaba jodido? También.

Caminaron por los callejones y escombros, alejándose de las avenidas principales y las zonas iluminadas, que por suerte eran pocas. Al rato, también empezaron a moverse entre los edificios, saltando de unas ventanas a otras. Al principio, Bakugo se negó en rotundo, pero acabó dejando que Izuku lo cargara a caballito en los saltos, ya que sus explosiones hacían demasiado ruido —y él tampoco podía moverse con demasiado sigilo.

—¿Con qué te han hecho lo de la pierna? —preguntó Deku cuando notó la humedad de la sangre filtrarse por el guante de su mano derecha, mientras cargaba a Bakugo.

—No es nada… —gruñó—. Limítate a callarte y llevarme a donde mierda te escondas, rata cobarde.

Deku suspiró, no iba a dejar que después de tanto tiempo Kacchan lo chantajeara con aquella actitud. Había pasado demasiado.

—Preferiría esconder a un herido bocazas, antes que a un muerto—le respondió entonces con una ironía sombría—. ¿Con qué te han herido?

—Tsh… —se limitó a responder Bakugo, realmente sorprendido de que Deku le respondiera así.

—¿Crees que lo tienes infectado? —volvió a preguntar Izuku bajando la voz, mientras se adentraban por la puerta trasera de un edificio en ruinas.

—No… —contestó algo más calmado—. Pero ha sido con un cuchillo, así que debería desinfectarla cuanto antes.

Deku se movió por el edificio a oscuras, huyendo de los rayos de sol que empezaban a colarse por algunos agujeros de las paredes. Caminó cargando con Kacchan hasta encontrarse bajo una escalera y entonces lo descargó con cuidado. Katsuki se limitó a apretarse la herida, que cada vez sangraba más.

—Me alegra saber que esa botella que ibas a comprar era para eso y no porque te hayas vuelto un alcohólico—bromeó Deku, apartando unos cartones del suelo.

Obviamente, eso encendió a Bakugo.

—Vaya… cobarde, traidor y encima una rata espía—escupió con saña—. ¿Cuánto tiempo llevabas espiándome? ¿Ahora eres un sádico al que le gusta ver cómo matan a la gente sin hacer nada?

Midoriya no le contestó. No iba a caer en su provocación.

Tras los cartones del suelo, se podía apreciar una fina línea bajo la losa. Algo imperceptible entre tanto escombro, pero Bakugo supo inmediatamente que era una trampilla cuando lo vio levantarla.

—Además de rata, también puedes añadir que estoy viviendo en un agujero—añadió Izuku con sarcasmo, indicándole que debían bajar por la trampilla que había aparecido bajo sus pies—. Date prisa, nunca he vuelto a casa con tanta luz.

Casa.

Llamar a casa a ese agujero sí que era desalentador.

Bajaron varias escaleras e Izuku volvió a atrancar la losa sobre sus cabezas, para ocultar que ni tan siquiera existiera ese lugar bajo los pies de ese edificio.

Adentro apenas se veía nada, solo la silueta de un pasillo mal iluminado por LEDs rancios. Además, había mucha humedad y un extraño frío propio de los lugares mal acondicionados.

Llegaron hasta una puerta blindada que se abrió con un fuerte estruendo cuando Izuku estableció una especie de combinación. Bakugo entró cojeando por su propio pie, sin saber cuándo se había apoyado en el hombro de Izuku para caminar.

—¿En serio has estado aquí todo este tiempo? —preguntó sin palabras Bakugo al ver el lugar.

Se trata de una habitación prácticamente cuadrada y hermética, donde había un montón de aparatos de escucha, radios y dos ordenadores. También había armas, papeles y varios armarios blindados. Al fondo había un colchón en el suelo y una habitación contigua que Katsuki no sabría decir si era una cocina o un baño.

Lo peor era el caos que reinaba y la oscuridad. Una oscuridad sombría que se extendía por toda la sala. Apenas entrada un leve rayo de luz por un rectángulo prácticamente en el techo. Como la esperanza que se ve pero no se puede alcanzar.

—He estado en sitios mucho peores—lo alentó Izuku, arrastrándolo hasta la cama, para que se sentara—. Voy a buscar algo de alcohol.

Katsuki volvió a agarrase la herida con cuidado, inspeccionándose mientras Izuku rebuscaba en la otra sala.

La tela del pantalón se le había rasgado levemente y un extraño malestar le corrió al ver que, un poco más, y el corte le habrían perforado la femoral. Llevaba semanas que no peleaba con nadie tan diestro. De repente sintió miedo al pensar que tal vez había matado a ese tipo. Él se había marchado de la jaula de pelea herido, pero por su propio pie. Mucho antes de que sacaran a su oponente, que se había quedado inerte en el suelo. Sin nada que pudiera decir si estaba inconsciente o muerto. Sintió un escalofrío. ¿En quién diablos se había convertido?

Deku regresó en menos de un minuto con una botella de aguardiente, algodones y una camiseta vieja.

—¿Ahora me vas a decir que el alcohólico eres tú? —ironizó sorprendido Bakugo.

Izuku ni contestó.

—¿Puedes quitarte el pantalón? —preguntó casi en una demanda.

De nuevo se le veía cansado. Terriblemente cansado y mayor.

—No voy a desnudarme en tu cama—se quejó de mala gana Katsuki.

Y se maldijo por sus palabras.

—Soy yo el que no va a desnudarte en mi cama—suspiró Midoriya, apretándose el tabique de la nariz. Realmente no entendía de dónde sacaba fuerzas Kacchan para estar siempre contra el mundo—. Haz el favor y no lo hagas más raro. No me obligues a quitarte los pantalones.

Un extraño escalofrío recorrió la espalda de Bakugo al oírlo decir eso. Y todo él se sacudió, sintiéndose arder por primera vez en mucho tiempo. Una sensación que no tardó en reprimirse. ¿Qué diablos estaba haciendo? Se preguntó. ¿Era idiota?

—Por favor Kacchan, estoy cansado de pelear contigo por hoy— le pidió Izuku, sin saber por qué de repente el rubio estaba tan extraño.

Suspiró largo y tendido y se acercó a él para efectivamente quitarle los pantalones. No podían perder el tiempo con tonterías infantiles y la herida no para de sangrar. No obstante, cuando estaba a punto de tocarle, Kacchan le apartó las manos de un tortazo y empezó a desvestirse él mismo.

—No me toques—dijo muy serio y extremadamente nervioso, mientras se quitaba los pantalones a una velocidad asombrosa, teniendo en cuenta su estado.

—Kacchan, no seas tan bruto—le advirtió Midoriya preocupado al ver que la sangre empezaba a salir sin control por su pierna.

Terminó por ayudarlo al ver que no podía moverse bien y Bakugo acabó acatando, mareado por el dolor y la pérdida de sangre.

Izuku aprovechó para quitarle también los zapatos y así poderle sacar mejor el pantalón. Cuando terminaron con aquel circo, comenzó a limpiarle la herida con un poco de agua, para ver cuán profunda era. No era un corte mortal, pero tampoco era solo un rasguño.

Katsuki se limitó a apretar las sábanas con las manos mientras Midoriya limpiaba y observaba la herida.

—Sé más delicado, cojones—le regañó Katsuki temblando en sudor frío.

La simple tela con agua limpia la sentía como una lija sobre la piel.

—Tengo material para cosértela, pero no te prometo saber hacerlo sin que te duela—meditó Izuku mirando el estado de aquel corte. No era un corte limpio, parecía que se lo habían retorcido adrede—. Tal vez si la limpiamos bien y… mmm… apretamos el vendaje…

Hasta ese momento, Katsuki no se había dado cuenta de que Deku estaba sudando e intentando ocultar que le temblaban las manos. Hasta se había quitado los guantes del traje para tener más precisión.

—No soy idiota—expresó entonces, apartándose los mechones rubios de la frente sudada, manchándose levemente de sangre—. Tiene una pinta espantosa y hay que coserla. Y tú no tienes ni idea de cómo hacerlo. No te hagas el héroe delante de mí.

Izuku apretó los labios, lanzándole una mirada confusa y sentándose a su lado en la cama, meditando mentalmente qué hacer en aquella situación. No era una herida de muerte, eso seguro, pero todo se le complicaría si se le infectaba y la pelea en el edificio no había ayudado. ¿Pero qué opciones tenían? Llevarlo a un hospital a plena luz del día sería un suicidio. Seguramente los estarían buscando y esperar a la noche… no era una opción si empeoraba.

—¿Confías en que pueda hacerlo? —le preguntó serio, mirándolo a los ojos.

El otro gruñó.

—Trae el aguardiente—fue lo único que dijo Bakugo, apartando la mirada.

Izuku suspiró, pero acató.

Lo primero que hizo Bakugo fue llevarse la botella de cristal a los labios y empezar a beber como si nunca hubiese estado más sediento en su vida. Mientras tanto, Izuku le hizo un torniquete en la pierna y limpió la herida, trayendo consigo hilo y aguja.

Pasó el hilo por el agujero de puro milagro y se asustó cuando Bakugo apartó el aguardiente de sus labios para echárselo encima de la herida. Gritó entre dientes e Izuku casi juró que parecía que se iba a desmayar. Pero no lo hizo.

Así eran Bakugo y su brutalidad sobrehumana.

—Tú sabes lo que estás haciendo, ¿no? Friki —. Bakugo se apoyó contra la pared, en un intento de no moverse.

Izuku hizo amago de sonreír, no muy convencido.

—Estate quieto—le ordenó—. Por favor.

—Oi—acató con un gruñido.

Aquello fue una brutalidad espantosa.

Una carnicería que ninguno de los dos tenía planeada para aquella noche veraniega. Y eso que Izuku no pudo ser más delicado, pero oír aguantarse los gritos a Kacchan fue la peor experiencia por la que había pasado en las últimas semanas.

Y eso que había vivido en un infierno en los últimos meses.

Cosió la herida de manera rápida y concisa y solo paró un instante cuando Kacchan lo agarró de la muñeca, silencioso. Como si estuviera suplicando que le diera un respiro. Tras esto cerró la herida, la bañaron en más aguardiente y la taparon con una gasa. Izuku rompió la camiseta que había cogido anteriormente y con ella hizo el mejor esfuerzo por vendarle el corte. Durante ese tiempo, no supo muy bien si Kacchan estaba despierto o aturdido, pero prefirió no molestarlo. Así que ninguno dijo nada hasta que terminó.

Tras esto lo oyó apoyarse de nuevo contra la pared y llevarse la botella a la boca, temblando.

Izuku, que había tenido el pulso de un cirujano mientras lo cosía, se echó a temblar de la adrenalina una vez dio por terminado aquel sinsentido, exhausto. Así fue como se sentó a su lado en la cama y se apoyó también en la pared, en un intento de calmarse.

Demasiadas emociones para una sola noche.

—Toma—le ofreció Bakugo la botella, semiconsciente, al ver que las manos del otro chico se había echado a temblar sin control—. Y cálmate de una vez, me estas poniendo de los nervios… al final no me has matado.

Izuku ni reaccionó al comentario. Estaba perlado en sudor y con la cara descompuesta. Eso y su terrible mirada cansada de quien ha vivido cosas que no debía antes de tiempo.

Hasta alguien como Kacchan podía darse cuenta de eso.

El chico aceptó el trago sin miramientos y eso que nunca había sido buen bebedor. El líquido le quemó la garganta, tosió y consiguió que afloraran las lágrimas que llevaba reprimiéndose durante tanto tiempo.

—No vayas a llorar ahora, llorica—rompió el silencio Kacchan de manera infantil, pero sin la maldad con la que acostumbraba, girando la cabeza para mirarle.

Posiblemente era a causa del nerviosismo y el cúmulo de emociones extrañas, pero Izuku se echó a reír y a llorar por igual, abriéndose la cremallera del traje para encontrar algo de aire.

—Tú no me dices qué tengo que hacer… —imitó al rubio, limpiándose las lágrimas con el brazo.

Ninguno se esperó que Katsuki se riera también, con los ojos vidriosos. ¿Cuánto tiempo llevaban sin reírse juntos? ¿Desde que tenían cinco años?

—Joder—expresó Kacchan, disimulando aquella flaqueza, cerrando los ojos—. Vaya noche de mierda…

—No es mi mejor noche tampoco—añadió Izuku, sorbiéndose los mocos y consiguiendo calmarse.

—Siempre has sido un imán para los problemas—lo pinchó Bakugo, intentando rebajar tensión.

Pensó que Izuku se defendería con alguna broma, pero no fue así. Simplemente dio otro trago al aguardiente y se levantó de la cama tácito, alejándose hacia el baño.

Kacchan lo oyó rebuscar y al cabo de un rato regresó con una pastilla morada y un vaso de agua.

—Tómatela—le pidió con sequedad, más calmado y con restos de lágrimas y sangre en la cara—. Me las dio recovery girl, no son tan poderosas como ella, pero con un poco de suerte mañana amanecerás mejor.

Katsuki lo miró a los ojos, sin saber qué diablos estaba pasando dentro de la cabeza de Deku. Él solía ser un libro abierto. Siempre lo había sido, pero ahora era imposible entenderle. Sus ropas estabas rasgadas, cubiertas de sangre y barro, y nada de aquello parecía del día de hoy. Además, estaba cubierto de vendas prensadas, seguramente por todas heridas que llevaba a sus hombros. ¿Cuándo se había apagado ese brillo que siempre mostraba a los demás? ¿Cuándo había dejado de parecer un héroe brillante a casi un villano? Por alguna razón, estuvo tentado de preguntarle si estaba bien, pero no lo hizo. No tuvo valor.

—Voy a cambiarme y a limpiarme—le explicó—. Puedes dormir en mi cama esta noche. No tengo mucha ropa, pero te puedo dar una camiseta y unos calzoncillos.

Katsuki iba a rebatirle, pero no pudo al notar tanto cansancio. Además, estaba cubierto por todas partes de sangre y sudor. Y sabía que estar bañado en nitroglicerina en espacios cerrados no era buena opción.

Aceptó la ropa de Deku y se cambió con cuidado mientras el otro chico se aseaba en la habitación contigua. No parecía tener ducha, pero sí agua corriente.

La madre de Bakugo siempre había sido muy exigente con su educación en casa ajena, así que mientras Midoriya se tomaba su tiempo se entretuvo en cambiar las sábanas de la cama y dejar su ropa sanguinolenta y explosiva en el lugar más alejado posible. No iba a mentir, también aprovechó para cotillear todos los documentos de las paredes, pero no tuvo tiempo de entender nada de aquellas notas.

—No deberías husmear en lo que no te conviene—le advirtió Deku, que salió de la habitación secándose el pelo con una toalla—. Ni tampoco deberías moverte. Te acabo de coser y estás borracho.

Kacchan sonrió como un fanfarrón y volvió a sentarse en la cama. Todavía no había olvidado lo enfadado que estaba con ese idiota.

—Me aprieta tu ropa—fue lo único que dijo, tumbándose de mala gana sobre el colchón.

Examinó a Izuku moverse por la habitación y teclear algo en el ordenador. Ya no llevaba su traje, sino unos pantalones cortos y una camiseta desgastada. Bakugo lo observó de espaldas, sin saber por qué se sentía tan agitado teniéndolo allí de aquella manera. De alguna forma quería estrangularlo y gritarle que era un cobarde, que había huido y que lo odiaba por creerse siempre mejor que él. No obstante, también sentía un profundo alivio de ver que estaba vivo, aunque algo en él hubiese muerto. Y luego estaba la perturbación y la ira. Con eso sí que no sabía cómo lidiar y menos estando solos en la misma habitación.

—Piensas marcharte en cuanto me duerna, ¿no? —sentenció Bakugo perspicaz al ver que, pese al atuendo nocturno y casual, Deku llevaba los zapatos puestos.

—Es mejor así—se resignó a decir, echando un cojín al suelo y buscando alguna manta.

Katsuki suspiró.

—Me sentiré una basura si dejo que realmente duermas en el suelo— se quejó.

—Me da igual cómo te sientas, Kacchan— le rebatió con seriedad y calma, esa tan extraña que no paraba de rodearle.

Se quitó los zapatos y se tumbó sobre la manta del suelo.

—Mira, no me iré esta noche—anunció entonces, cerrando los ojos y tapándose la cara con los brazos—. Estoy demasiado cansado.

Katsuki sabía que lo decía en serio. Tan en serio que sintió un vació terrible. Él también se acomodó en la cama de Midoriya, buscando la mejor postura para la pierna. Estaba agotado, semiborracho y sentía la pierna arder, pero tenía la certeza de que no podría pegar ojo en toda la noche con ese silencio terrible en la habitación.

—Kacchan… —murmuró entonces Izuku, muy bajito.

—¿Qué? —respondió en el mismo tono, rendido, pensando que ya no podía discutir más con él.

Mañana ya se encargaría de patearle esa cara de cobarde.

—Cuando…yo…—empezó Izuku, lleno de dudas.

Katsuki se acercó un poco al borde de la cama, para escucharle mejor. Se prolongó un rato ese silencio extraño y aunque Bakugo estuvo tentado de romperlo y demandarle que preguntarse lo que mierdas fuera a preguntar, no lo hizo. Por alguna razón entendió que debía respetar ese silencio.

—Cuando… cuando ocurrieron los atentado de la U.A… —intentó formular Izuku, pero se le cortó la voz.

Katsuki no necesitó mucho tiempo para comprender qué quería preguntar.

—Tu madre está bien—respondió de inmediato con sinceridad, tomando aire—. Fue de las últimas que pudieron salir del país tras los atentados. Mis padres están con ella, pero llevo meses sin poder contactarles… casi todas las antenas del país están pinchadas y me parece que es peligroso. Pero está bien, está viva, te lo prometo. Consiguió escapar a tiempo sin ningún rasguño. No me atrevería a mentirte sobre eso—añadió ante su silencio.

Izuku se tomó su tiempo en responder y Katsuki supo en seguida que debía estar reprimiéndose el llanto.

—Qué alivio… —consiguió decir al cabo de un rato, sorbiéndose la nariz, pero con un profundo consuelo—. Pensé que All Might me había mentido para no desmoronarme.

Katsuki digirió aquello.

—¿Él también está vivo?

—Sí—le reveló Izuku sin duda, con plena confianza—, pero al igual que yo es más seguro que esté muerto. Lo entiendes ¿verdad?

Katsuki se incorporó sobre un codo, para echar un vistazo al suelo sobre el que estaba Izuku.

—No diré nada—le juró tácitamente—. De ninguno. Siempre os he guardado el secreto.

—Lo sé… —se limpió la cara Izuku.

—No me vas a contar nada de lo que está pasando aunque te lo suplique—adivinó el rubio—. ¿O me equivoco?

—Lo siento—. Midoriya se giró hacia el lado contrario, dando por zanjada la conversación—. Buenas noches, Kacchan.

El chico no contestó. No eran buenas noches para él y mucho menos para Izuku. Ni siquiera era de noche, por la luz que entraba por la rendija del techo.

¿Cuándo el mundo se había vuelto un lugar tan austero?

Estaba agotado, sedado por el alcohol y entumecido por el esfuerzo físico, pero aun así sintió pánico de no poder conciliar el sueño. Sabía que Izuku tampoco podría dormir, pero no le pareció el mejor momento para aprender a hablar entre ellos.

Aspiró el aire enrarecido del lugar y se calmó al sentir el olor del otro chico en las sábanas. Izuku siempre había olido maravillosamente bien, desde niño. O al menos eso siempre había pensado en secreto.

No se dio cuenta de cuándo se había quedado dormido, pero se despertó asustado. Debía ser medianoche, porque apenas había luz y la poca que entraba era pálida como la luna. Se sentía desorientado y sediento, con la certeza y la rabia de que Deku se había marchado.

Que lo habría vuelto a dejar atrás.

—¿Estás bien? —lo asustó entonces su voz.

—¡Joder! —exclamó al ver su silueta de pie en la oscuridad, apareciendo por la puerta de la otra habitación—. ¡Qué susto! ¡Qué mierdas haces ahí!

Izuku parpadeó varias veces, molesto.

—No deberías moverte tanto—le reprimió, acercándose a él y sentándose al borde de la cama.

Bakugo vio que llevaba una taza de lo que parecía café en la mano y entonces notó la luz de la pantalla del ordenador al fondo.

—¿Qué estás haciendo? ¿Qué hora es? —siguió preguntando desorientado y aturdido—. ¿Vas a largarte?

Izuku no respondió, simplemente le lanzó una sonrisa cansada y le puso una mano en la frente, con cariño.

—Kacchan, estás ardiendo en fiebre—le susurró muy bajito, instándole a que volviera a tumbarse—. No me voy a ir a ningún sitio, te lo prometo—le acarició la cara—, pero tú tienes que dormir, ¿vale?.

—Estoy bien—se quejó enfadando, pero aceptando la caricia de Izuku.

—Lo sé—murmuró el otro chico—, pero ahora duérmete, anda.

Katsuki no supo muy bien cuánto tiempo pasó entre ese momento y la segunda vez que volvió a despertarse. De nuevo había luz diurna en la habitación-bunker, pero era muy débil, como luz de tarde. No tenía muy claro si había pasado un día o dos, pero en seguida se dio cuenta por la lucidez de su consciencia de que ya no tenía fiebre.

Se extraño eso sí de estar tan bien arropado y con una gasa fría sobre la cabeza. La herida de la pierna le escocía un poco, pero el remedio de Recovery Girl debía haber surgido efecto porque la notaba completamente cicatrizada. Eso sí, la marca que le había quedado era bastante fea.

Buscó a Izuku con la mirada y lo encontró rápidamente dormido frente al ordenador, con la cabeza apoyada en un montón de papeles.

Se levantó de la cama con cuidado, tanteando la herida y comprobando que podía caminar sin mucho problema. Sin hacer ruido se acercó al otro chico, echando un vistazo a las notas. Nada más verlas, supo que estaban escritas en alguna especie de código clave, porque era indescifrable saber lo que ponía en ellas.

'Siempre has sido muy listo, eh' pensó, mirándolo dormir.

Así dormido parecía ser el de siempre, con su cara llena de pecas y sus mejillas rosadas. Claro que nunca había tenido esa expresión tan seria ni esas ojeras perfilándole el rostro. También había perdido peso.

Katsuki se asustó cuando Izuku abrió los ojos de golpe. Su primera reacción fue ponerse en alerta, seguramente avisado por su sensor de peligro, pero en seguida se relajó al ver que solo se trataba de Kacchan.

—¡Kacchan! —consiguió articular, parpadeando y frotándose los ojos.

—No lo habéis encontrado todavía, ¿no?

Izuku tardó un rato en espabilarse y seguir la corriente de pensamientos del cenizo.

—¿Qué? —preguntó, armando sus pensamientos—. Ya te he dicho que no te lo podía decir… —se masajeó el cuello, dolorido de la postura—. ¿Qué haces despierto? ¿Estás mejor?

Como un acto casi reflejo, Izuku alzó la mano para ver si el otro chico seguía teniendo fiebre y aunque su primera reacción fue apartarse, Katsuki se dejó tocar.

—No tengo fiebre—dijo él mismo, mirando a Izuku a los ojos, quien se ruborizó por su propia reacción casi maternal hacia el otro chico.

Retiró la mano rápido y se puso en pie.

—Genial—dijo acelerado, paseándose por la habitación—. Creo que puedo sacarte esta noche sin que nos vean. Llevas durmiendo tres días, seguramente estarán preocupados… tendrás que avisar a alguien…

—No me voy a ir ningún lado hasta que hablemos, Deku—respondió muy serio pero sin rastro de altanería o ganas de pelea.

Izuku solo suspiró, rendido. Sabía que no podía contarle nada a Kacchan, pero estaba tan verdaderamente agotado…

—Te contaré hasta lo que pueda—se resignó.

El peliverde calentó dos latas de fideos instantáneos para cada uno y obligó a Kacchan a tomarse otra de las pastillas de Recovery girl, pese a que este insistió en que ya estaba bien. Era agobiante no poder salir de aquellas cuatro paredes, pero con toda la dignidad que pudo recogió los papeles de la mesa e improvisó un lugar para que ambos pudieran comer como dos personas civilizadas.

Al principio Izuku solo respondió con evasivas a todas las preguntas de Katsuki, así que éste último acabó cambiando la táctica a preguntar aquello que creía que el otro chico no le privaría de saber.

—También sigue con vida—respondió Deku cuando Bakugo preguntó por Best Jeanist.

Él también llevaba casi tres años desaparecido y con numerosos rumores acerca de su muerte.

—El repeinado siempre ha tenido suerte—sorbió Katsuki sus fideos, sin querer mostrar lo que realmente le aliviaba esa noticia.

—Hay demasiados espías incluso entre los héroes clandestinos, por eso no debes contarle nada a nadie, tu vida podría correr peligro—quiso remarcar Izuku, que volvía a lucir un aspecto sombrío y serio, desconocido—. No es que no me fíe de nuestros compañeros, pero… hemos perdido a demasiados como para correr más riesgos. El gobierno incluso dice luchar contra la liga, pero en este punto las líneas ideológicas están demasiado difusas…y yo ya no confió en nadie.

Bakugo sabía a qué se refería. Su propia carrera de héroes se había vuelto cuestionable.

—Es demasiado raro que un villano se oculte tan bien, sin dejar rastro, adelantándose a todos los pasos… es evidente que las altas esferas lo respaldan de alguna forma.

—Yo también lo pienso… —farfulló Bakugo—. Pero solos no vais a conseguir una mierda.

Izuku paró de comer.

—Nuestra victoria no está en el número, Kacchan… lo sabrás cuando llegue el momento—le prometió Izuku.

Katsuki había visto esa convicción tantas veces en Izuku, que supo que por más que preguntara realmente el otro chico no iba a contarle nada más.

Así que se limitó a terminar de comer su comida de lata en silencio. Estaba asquerosa. Izuku hizo lo mismo, sin cambiar esa mirada ausente.

En el fondo Bakugo quería zarandearle y pedirle que dejara de hacerse el puto héroe de una vez, con esa integridad incuestionable de mierda y todos sus asuntos súper secretos. Sin embargo, solo le salió decir:

—Deberías echarte un rato en la cama y descansar—gruñó—. Yo haré guardia.

Izuku le sonrió con la mirada, completamente agradecido, clavándole los ojos en el alma con esa promesa silenciosa de que le confiaría su vida.

—¡Porque tienes un aspecto de mierda, imbécil! ¡Si no descansas te acabarán matando un día de estos!—se apresuró en añadir Bakugo, muerto de vergüenza porque lo mirara de esa manera—. ¡Y qué mierda de comida es esta! ¡No puedes seguir alimentándote de esta basura!

Que Izuku lo mirara de esa forma en que siempre lo había mirado cuando eran niños, antes de que Katsuki hiciera de su vida un inferno.

Izuku caminó hasta la cama y se derrumbó sobre el colchón boca abajo, como un peso pesado.

Lo cierto es que llevaba dos días prácticamente sin dormir. Le dolía el cuerpo y los brazos, como solía ser habitual en su rutina de héroe callejero. Sin embargo, a eso se le había sumado que durante esos tres días con Kacchan allí, había dormido solo un par de horas, unas cuantas en el suelo y las otras sobre la mesa de su escritorio. Además de la preocupación de que al otro chico no le bajara la fiebre. Eso le había generado mucha ansiedad. No estaba preparado para la posibilidad de que a Kacchan pudiera pasarle algo.

Al notar la suavidad de las sábanas y el suave olor a nitroglicerina, pensó que sería capaz de dormirse en el acto. Hasta que notó el peso extra del colchón cuando Kacchan se tumbó a su lado, con la mirada clavada en el techo.

Aquella cama estaba pensada para una sola persona, así que le extrañó de sobremanera que el rubio se tumbara a su lado en aquella estrechez. Desde que había desarrollado sus poderes, Kacchan había sido muy receloso a que la gente se le acercara demasiado o le tocara y él no había sido precisamente la excepción. Izuku giró la cabeza para mirarle. A veces deseaba haber tenido como quirk poder leer la mente de Kacchan. Eso le hubiese ahorrado mucho sufrimiento.

—No me mires así—rompió el silencio Katsuki, sin apartar la mirada del techo—. No me dormiré si eso te preocupa, simplemente no me voy a quedar sentado en esa mierda de silla toda la tarde.

Izuku solo suspiró.

—Sé que no debería, pero me alegra que estés aquí—confesó el peliverde, cerrando los ojos.

—Tsk… —se limitó a farfullar el otro.

Aquello le sacó una sonrisa a Izuku.

—¿Cuánto hace? ¿Quince, dieciséis años?

—Qué mierdas hablas—se quejó Katsuki, aunque en el fondo sabía a qué se refería.

—Supongo que ha pasado demasiado tiempo… —se limitó a resumir Midoriya.

Kacchan sabía que estaba a punto de lanzarse a un abismo sin retorno, pero los nervios le retorcían las entrañas. Y claro que sabía a qué se refería Izuku. Él también se había extrañado de volver a tener esa sensación familiar de tenerlo en la misma cama.

—¿Has sabido algo de él? —preguntó sin más rodeos, sabiendo que estaba entrando en un lugar muy privado de la vida de Izuku.

—No—respondió el peliverde, sin emoción en su voz.

—Mejor—sentenció Kacchan, rotundo.

Esto volvió a sacarle una sonrisa triste a Izuku, que abrió los ojos para volver a mirarle. Dudó un instante, pero finalmente habló.

—Creo que intentó llamarme después del festival deportivo— le reveló—, pero no tuve valor de devolverle la llamada. Pensé que volvería a llamar, pero me equivoqué.

—Es un mierdas, no le des más vueltas—dictaminó el rubio—. No merece ni que lo pienses. No debería haber sacado el tema.

Izuku negó en silencio, acomódense mejor en la cama y colocándose de lado para mirar a Kacchan.

—No pasa nada—le restó importancia—. Me alegra que lo mencionaras… Nunca lo he hablado con nadie, eres el único que lo sabe.

Kacchan se estremeció, sin saber cómo sentirse. Por lo general, cuando las emociones se le juntaban, las canalizaba todas y las dejaba estallar en forma de ira. Sin embargo, se sentía incapaz de explotar en esa ocasión.

—Yo jamás se lo he dicho a nadie… —le aseguró Katsuki, con cierto pudor—, pero eso no quita que siga pensado que es un mierdas.

Katsuki y Izuku se conocían desde preescolar, eso lo sabían todos. Lo que no sabían del todo, era la naturaleza de su amistad.

No siempre habían sido abusado y abusador.

Ya en la propia guardería pasaban las tardes enteras jugando el uno con el otro, como mejores amigos. Solían ser lo últimos en ser recogidos por sus madres, ya que la madre Kacchan trabajaba largas jornadas laborales y la madre de Izuku había tenido que postular a dos trabajos para mantenerle.

De alguna forma, ahí había empezado todo. Cuando sus madres se conocieron por llegar siempre tarde a recoger a sus hijos. Y así es como ellos habían compartido su tierna infancia en la casa del otro, pese a que sus vidas no tuvieran nada que ver.

Inko Midoriya siempre había sido muy reservada con su vida privada, pero cuando la situación familiar comenzó a complicarse, actuó como cualquier madre hubiese hecho, alejando a su pequeño de tanto dolor. Así es como Izuku se había pasado casi tres meses durmiendo intermitentemente en la casa de Kacchan.

Ellos eran demasiado pequeños por aquel entonces y el rubio apenas había empezado a manifestar sus poderes. Para Izuku era muy divertido quedarse en su casa a dormir ya que Kacchan tenía un montón de juguetes y podían jugar a explotar cosas. Además de eso el padre de Kacchan le dejaba hasta tarde tener la luz encendida, así que hacían un fuerte de sábanas bajo la cama, donde intercambiaban cromos hasta que se quedaban dormidos, abrazados.

No obstante y pese a ser un niño feliz, Izuku siempre fue consciente de lo había sucedido en su casa. Había visto a su madre llorar demasiado y arrastrarse por un hombre que de cualquier forma iba a abandonarla. Su madre siempre había adorado a su pequeño con locura, pero no había que ser muy listo para saber que no había sido un bebé deseado. Su madre lo había tenido con apenas diecisiete años y su padre no había sido capaz de tomar la responsabilidad de sus actos.

Inko jamás lo culpó delante de Izuku, pero la sensación de abandono siempre había perseguido a Midoriya como un fantasma silencioso.

Y eso era algo que solo sabía Katsuki, quien recordaba haberlo consolado de niño, cuando los demás le preguntaban dónde estaba su padre.

—Su padre está en la cama de tu madre, tonto—lo defendía Kacchan, que por aquel entonces no sabía el significado de aquello, pero que se lo había escuchado a los niños mayores y de seguro era un insulto.

Recordarlo le sacó una sonrisa.

—Espero que también haya podido salir del país con su familia—retomó el hilo de sus pensamientos Izuku, permitiéndose volver al presente lúgubre que hacía brillar a los recuerdos—. Creo que tiene dos hijas pequeñas con otra mujer, al menos eso le dijo a mi madre hace años.

—¿Tu madre sigue hablando con él?

Izuku volvió a negar con la cabeza.

—Perdió el contacto cuando dejó de pasar dinero. Creo que yo tenía seis años—hizo memoria—. En el fondo, no me importa. Nunca quise nada de él. Ahora hasta me hace gracia que durante tantos años deseara haber heredado al menos su quirk.

—Tenía un quirk de mierda—añadió Bakugo, haciendo reír levemente a Izuku—. Me hubiese gustado ver su cara de escoria si te vio en el festival usando el One for all, aunque fuera partiéndote dedos.

Izuku se removió en la cama, imitando la posición de Bakugo, sin poder evitar que sus brazos se rozaran.

—A veces me gusta pensar que ese día mi padre se arrepintió de abandonarnos y se sintió orgulloso al verme. Que… tal vez por eso quería llamarme y que habláramos, recuperar el tiempo perdido.

A Katsuki se le paró el corazón al oírle, estremeciéndose de una extraña pena.

—Aunque lo que realmente creo—siguió Izuku—, es que se sintió engañado. Como dándole la razón al mundo de que yo no pudiera ser su hijo, como tantas veces le dijo a mi madre…

—¡Por qué piensas esas mierdas! —se irguió Katsuki en la cama, desafiante, dando un puñetazo en la almohada.

Izuku tenía un aura tan triste y serena que ni reaccionó a su brusquedad.

—¡Qué más da lo que piense un puto fracasado incapaz de asumir responsabilidades! ¡Es un cobarde y punto!¡Oi!

Izuku sabía que Katsuki lo decía en serio, pero no pudo evitar reírse.

—¡Y tú de qué mierda te ríes ahora puto nerd! —lo recriminó—. ¡No estoy aquí tragándome el orgullo y defendiéndote para que te rías de mi en mi cara! ¡En el fondo sigo queriéndote destrozar por traidor y rata! —se defendió Bakugo—. Este paréntesis no significa que ahora seamos amigos ni esas mierdas.

Izuku intentó no reírse, de verdad que lo intentó, pero lo cierto es que a veces no podía tomar en serio a Kacchan con esa actitud. Realmente era un hombre huraño, molesto y con un carácter inaguantable, pero si lo había admirado tanto en el pasado es porque en el fondo era una buena persona. Aunque fuese muy en el fondo y no en todas las etapas de su vida.

Siempre le había podido el orgullo y la altanería.

No obstante, si Bakugo Katsuki había perseguido a Deku durante tres años allá a donde fuera… el propio Deku se había quedado observándole mientras el rubio trataba de encontrarlo.

Conocía su ira terrible de primera mano, pero también sus miedos y debilidades. Incluso era capaz de adivinar sus secretos.

—¡Di algo idiota! ¡Otra vez te vas a poner en plan intenso!

Izuku se incorporó en la cama también, mirándole con la risa floja.

—Ya decía yo que estábamos teniendo una conversación demasiado larga y profunda… —expresó, con una sonrisa.

Aquello desmontó por completo a Katsuki.

Porque era la primera vez que había visto sonreír a Izuku desde que se habían encontrado. Desde que el hombre serio, tácito y oscuro en el que se había convertido le había arrebatado la personalidad a Midoriya Izuku. Que le había robado su sonrisa, esa que conseguía cambiar el destino de la gente y parar el mundo.

Esa que le había regalado a Bakugo Katsuki desde que eran niños. Esa que lo hacía estallar en ira y deseo, un deseo que le quemaba las entrañas y le erizaba la piel de la nuca.

Se miraron en silencio en la pesadez de esa oscuridad y de repente ya no esperaban que el otro hablara.

Katsuki tragó saliva al verse observar al otro de aquella manera. Le sudaban las manos y le hormigueaban los pies. De repente, es como si Izuku pareciera el mismo de siempre. Le molestó no ver rastro de enfado en sus ojos por los gritos, aunque le alivió no ver tampoco miedo.

Hacía años que Midoriya había dejado de temerle. De hecho, era más bien Katsuki quien lo temía ahora. Temía su prodigioso talento, su naturaleza bondadosa y la tranquilidad que sentía teniéndole cerca. Se retorcía de terror con solo mirarle y verse en sus ojos, o porque él le sonriera después de tanto daño. Se estremecía de que sus mejillas se rosaran para él. Y lo peor es que lo tenía tan cerca y deseaba tanto que no se alejara…

E Izuku lo notó, porque aún con dudas se acercó un poco más a Kacchan. Y éste no se alejó.

Suspiró y casi temblando alzó una mano, rozando la mejilla pálida de Katsuki que se erizó bajo su piel. No era la primera vez que Izuku sentía tan de cerca el cálido aliento del rubio, pero sí la primera vez que veía en él la clara intención de recortar distancia. Porque sí, estaban muy cerca… tanto que la punta de sus narices se rozaron y por un segundo se obligaron a cerrar los ojos.

—¡Joder! ¡Qué coño haces!—se alejó con brusquedad Bakugo quitándole la mano con violencia, hiperventilando—, ¿Qué coño ibas a hacer? ¿Besarme? Maricón de mierda.

Izuku abrió los ojos sorprendido por aquella acusación, sintiéndose terriblemente violento e incómodo.

—Perdona, Kacchan… —fue lo único que atinó a decir, echándose a temblar, nervioso—, perdona, perdona, lo siento…

Katsuki se puso de pie casi de un salto, y eso que todavía le dolía un poco la pierna.

—Perdona, de verdad… —repitió Izuku, que no sabía que más decir—. Siento… siento si lo he malinterpretado.

Si su vida ya era de por sí una marea de ansiedad constante, aquello era lo que le faltaba por sumar a la lista de cosas horribles a las que no parar de darle vueltas.

—¿Qué lo has malinterpretado? —preguntó Katsuki, al borde de la histeria mientras caminaba en círculos en la pequeña habitación, todavía hiperventilando, con las mejillas ardiendo—. ¡Qué te hace pensar que a mí me van los rabos! ¡O que quisiera besarme con un traidor! ¡Contigo!

—Kacchan, cálmate—pidió Izuku, recuperando la seriedad—. Ha sido una tontería y ni siquiera nos hemos besado. Tenemos suficiente cosas de las que preocuparnos como para hacer un drama por esto— intentó razonar, con el estómago revuelto de nervios por haberse expuesto de esa manera.

—¡Joder! —maldijo Bakugo, pasándose la mano por el pelo, incapaz de mirar a Izuku, temblando—. ¿Y tú desde cuándo eres así?

Izuku no entendió la pregunta. ¿Desde cuándo era qué?

—¿Qué? —preguntó desconcertado.

—¡Por qué coño ibas a besarme, nerd!

El silencio llenó el ambiente entre ambos y solo se vio interrumpido por el crujir de la cama cuando Izuku se levantó para responderle a la misma altura.

—Kacchan…—alzó la voz Izuku, con esa verdad que siempre había tenido para hablar desde el corazón—. Tú… tú siempre me has gustado, desde que éramos niños. Creí que era evidente—confesó con inocencia—, pensé… pensé que lo sabías.

Pues claro que lo sabía.

Siempre lo había sabido, ¡joder!

—Aggg—gritó impotente Bakugo, apretando los puños.

Izuku se sorprendió de la rapidez con la que Kacchan lo empujó, tirándolo contra la cama. Perdió por un segundo el aire de la impresión y su sensor de peligro hizo que todo su cuerpo se tensara. No obstante, lo que le sorprendió no es que Kacchan se abalanzara sobre él, eso ya lo veía venir. Lo que lo tomó de improviso fue que en vez de pegarle como se esperaba, lo agarrara de la camisa contra la cama y lo besara.

Por supuesto y como no podía ser de otra manera, fue un beso tan bruto que Midoriya no supo ni cómo reaccionar. De hecho, por poco le parte el labio. Le puso las manos en el pecho, para quitárselo de encima y quiso abrir la boca para recriminarle, pero lo único que encontró fue la lengua de Katsuki, que se introdujo en su boca con suma habilidad.

Y lo maldijo por bruto e idiota, pero dejó de resistirse. Porque aunque tuviese el labio dolorido por el contacto, la suavidad de su lengua hizo que se le olvidara. De hecho, pensó que podía olvidar hasta su nombre con solo pensar que Kacchan lo estaba besando. Y que lo estaba besando de aquella manera.

Porque debajo de aquella fachada de hombre insufrible, irascible y huraño, resultaba que Bakugo Katsuki besaba jodidamente bien.

No obstante, si había alguien nervioso de los dos, sin duda ése era el rubio. Realmente temblaba de nerviosismo y excitación, a partes iguales. Y más cuando bajo su cuerpo Izuku se entregó por completo al beso y dejó de oponer resistencia, enredando su lengua con la suya y abrazándose a su espalda.

Jamás se había permitido fantasear con ello, hasta el punto de reprimirse y sentirse una basura con tan siquiera pensarlo. Y no es que no lo hubiera deseado. Llevaba buscando el tacto de Izuku en demasiados cuerpos ajenos. No obstante, ahora que lo tenía debajo suyo se daba cuenta cuánto lo había deseado y cuán fácil era. Cuánto había deseado que Izuku lo abrazara de aquella manera, que lo besara con esa desesperación, que sus manos se aferraran a su piel de aquella forma.

Debatiéndose todavía entre seguir devorando su boca o avanzar, lo agarró por la cintura y los obligó a ambos a recostarse mejor en la cama, ya que tenían una postura algo extraña por la caída.

—Ahh—siseó al sentir un tirón en la herida de la pierna.

—No seas bruto—se acomodó Izuku bajo él, con Bakugo a horcajadas.

—Cállate.

Había sonado a orden, pero realmente fue casi una súplica. Le daba demasiada vergüenza que el peliverde pudiera rechazarlo.

Volvió a besar a Izuku, esta vez con más calma. Fue un beso húmedo, pero se podría decir que incluso con cierta inocencia. Seguía temblando, pero ya no tenía dudas. En esa habitación solo había espacio para que lo que estaba pasando entre ellos dos y no iba a dejar que el exterior ni él mismo lo estropeara.

Solo se separaron para tomar aire, pero incapaz de sostenerle la mirada, Katsuki enterró la cabeza en el cuello de Izuku. Olía tan bien como sus sábanas. A té verde, canela y hogar. Siempre había olido tan maravillosamente bien.

No se lo pensó demasiado cuando pasó la lengua por aquella piel suave y cálida llena de pecas. Era salada y maravillosa, tal como había imaginado. Lo que no había imaginado es que los suspiros de Izuku tendrían ese efecto en él. Que lo harían estremecerse de esa manera.

Como tampoco pensó que se volvería loco al notar cómo se rozaban su partes erógenas y comprobar casi de sorpresa que Izuku estaba igual o más excitado que él.

Se maldijo por sentirse tan débil, pero se frotó de nuevo contra él, lamiendo la piel de su cuello y sintiendo una descarga abrasadora en el bajo vientre. Toda la piel de Izuku se erizó ante el contacto, dejando escapar un leve gemido.

Solo entonces, Katsuki sintió dudas. ¿Qué estaban haciendo? ¿Cómo sería capaz de mirarlo luego a la cara? ¿Al imbécil de Deku?

No obstante, los titubeos se disiparon de golpe cuando sintió la lengua de Izuku lamer su oreja y devorar su lóbulo, mientras bajaba las manos por su espalda y las colaba por debajo de la camiseta, abrazándole. Aquella caricia lo hizo temblar, notando las yemas de Izuku acariciar su espalda de abajo a arriba.

Definitivamente aquello no podía estar mal. Era jodidamente correcto y perfecto.

Katsuki se lanzó de nuevo a besarlo, silenciando a la voz de su cabeza. Quería besarlo hasta que se le desgastaran los labios, quería comérselo, devorarlo si es que eso era posible. Lo había deseado tanto. Había anhelado con demasiada desesperación aquella lengua que ahora lo buscaba dentro de su boca, que se enredaba en él con esa extraña familiaridad y esa maravillosa calidez. Con la humedad de quien quiere degustar todo del otro y la ganas para hacerlo.

Por primera vez Katsuki pensó que podía explotar de algo que no fuese ira y lo supo cuando por el movimiento volvieron a rozarse entre las piernas.

—Ahh—se le escapó a Izuku contra su boca, lamiendo su aliento.

Eso había sonado demasiado bien para Katsuki, quien repitió el movimiento, echándose a temblar cuando Izuku se mordió los labios y le sonrió. Pero no era su sonrisa de siempre. No.

Por primera vez, no había inocencia en la sonrisa de Izuku. Y eso lo encendió. Lo encendió como el fuego.

Lo agarró del cuello y atrapó su lengua con ganas, embistiéndolo repetidas veces por encima de los pantalones, rozándose contra él. Apretándose contra su cuerpo, que vibraba bajo él. En algún momento Izuku se hizo partícipe de aquello, bajando las manos y agarrando las caderas de Katsuki para controlar aquel movimiento de vaivén.

¿Qué estaban haciendo?

Por un instante sus miradas se encontraron, pero Katsuki no fue capaz de sostenerla. Tenía demasiado miedo. Miedo de tener miedo. De arrepentirse. De ver en la mirada del otro que quería que se apartara. O peor, de ver que Izuku no tenía ni una sola duda.

Volvió a enterrarse en el cuello de Deku, aspiró su aroma y tomó valor para descender. Para bajar su lengua por la clavícula, hasta que le molestó la camiseta. Metió la manos por debajo de ella, nervioso. Se encontró entonces con la calidez de la piel de Izuku, con el leve vello verdoso que decoraba su torso y lo guiaba en línea recta hacia su perdición, el inicio del fin de sus pantalones, donde la tela le apretaba. Notó que toda esa piel pálida expuesta se erizaba para él, se sacudía, temblaba expuesta a su contacto... y se estremeció. Dudó, pero la acarició con la lengua, desde los pantalones hasta el ombligo. Y la deliciosa voz de Izuku lo alentó a que tirara de la camiseta para que se la quitara. Y para sorpresa de Katsuki, él obedeció de inmediato, sin pensarlo, enderezándose un poco y sacándose la camiseta por la cabeza.

Katsuki lo había visto muchas veces desnudo en las duchas de la UA y por esta razón pudo comprobar enseguida la cantidad de nuevas cicatrices que tenía por todo el cuerpo. Le estremeció verlo así.

—Han sido unos años complicados… —susurró con algo de timidez, rompiendo el silencio. Avergonzado al ver que tenía la mirada de Katsuki clavada en la piel.

En la línea de su estilo, Bakugo no respondió. Solía ser más de hechos que de palabras, así que le sostuvo la mirada por primera vez en el silencio de aquella oscuridad opaca. Sus ojos rubíes brillaban y no tardaron en descender allí donde se dispuso a seguir con la labor que había dejado. Besó la piel del dorso de Izuku, allí donde se había cubierto de nuevas y viejas marcas. Donde seguían sus pecas de siempre. Era su forma de decir que no pasaba nada.

Eran héroes después de todo. Las heridas formaban parte de sus luchas.

Más relajado, Izuku volvió a dejarse caer sobre la cama, dejándose besar y lamer el cuerpo allí a donde Katsuki alcanzaba. Todavía pensaba que aquello no podía estar pasando entre ellos, pero la mente se le nubló por completo cuando Kacchan empezó a jugar con sus pezones.

—Ah, no me muerdas… —le regañó, aunque no le hizo demasiado caso.

Izuku no sabría decir si aquello le ponía, le dolía o le estaba haciendo cosquillas, pero al ver que Katsuki no se detenía lo aferró con las piernas para intentar quitárselo de encima.

Por supuesto, Kacchan lo tomó como un reto, así que lo abrazó por las rodillas, para impedir el movimiento. Izuku chasqueó la lengua, no sabía si enfadado o divertido.

Posiblemente desde fuera más que liándose, debían parecer que se estaban pateando.

Y la lucha la ganó Bakugo, que envolvió a Izuku con su cuerpo sin darle tregua, besándolo y lamiéndole desde el cuello hasta el abdomen, sin dejar de rozarse contra él. Y aquello era demasiado placentero como para resistirse, así que el peliverde decidió dejarse hacer, enredando sus manos en el pelo de Kacchan y aferrándose a sus besos. Esos que no paraban de bajar más y más por su cuerpo. Esos que se acercaban peligrosamente al punto de no retorno.

—Ahh—no pudo evitar gemir cuando Kacchan sacó la lengua y le lamió la erección por encima de los pantalones.

Y no fue casual. O no, no lo era, porque pasó de contornearla con la lengua y besarla, a devorarla por encima de la tela. Tanto, que Izuku no supo bien si se estaba mojando el pantalón de la saliva de Katsuki o de su propio líquido preseminal.

—Para—suplicó ronco Izuku al momento, ardiendo—, para… o me voy a correr.

Se arrepintió de decir aquello, porque a Katsuki se le ensanchó la sonrisa de gato. Y se miraron, sosteniéndose la mirada el tiempo suficiente como para reconocer lo que estaban haciendo, con quien lo estaban haciendo y que querían seguir haciéndolo.

—Quítate los pantalones—le ordenó Bakugo, apretándose con la mano su propia erección, que le iba a estallar en la pequeña muda que le había prestado Izuku.

El peliverde se sentía terriblemente confundido.

¿Aquel era el mismo Kacchan que minutos atrás lo había llamado maricón de mierda? Porque no parecía en absoluto que él no supiera bien lo que estaba haciendo…

—Kacchan… —dijo Izuku, intentando recuperar la claridad mental, notando que las cosas estaban saltando de nivel—. Espera, y si lo hablamos…

Sin embargo, la frase murió en su boca cuando Kacchan se quitó la camiseta. No solo perdió el hilo de sus pensamientos porque el calor le inundara el pecho ante la visión semidesnuda y sudada del otro chico, sino porque además era la primera vez que veía las cicatrices que tanto había visto en sus pesadillas.

Las cicatrices de aquel día en que pensó que Katsuki iba a morir. Que había de hecho muerto por salvarle.

Tras la batalla con Shigaraki, Izuku estuvo inconsciente en cama mucho más tiempo que el resto. Kacchan había ido día sí y día también a visitarlo y a gritarle una y otra vez que saliera del puto coma de mierda de una vez por todas. Ese del que parecía que nunca despertaría. Sin embargo, cuando Izuku realmente despertó, a Kacchan ya le habían dado el alta así que su única despedida fue por carta.

No le había visto esas horribles marcas en el cuerpo, esas que lo habían atravesado de lado a lado.

—Lo volvería a hacer sin dudarlo—resolvió Katsuki rápido, al notar la mirada angustiada de Izuku en su pecho.

'Lo volvería a hacer sin dudarlo'. E Izuku supo que lo decía en serio. Él también lo habría hecho. Ya lo hizo una vez.

Dudó, pero pasó un dedo por las marcas del pecho de Kacchan, notando cómo se le erizaba la piel y el cabello tostado ahí donde lo tocaba y cómo se le tensaban los músculos ante el contacto. Katsuki acabó atrapando su dedo, despacio, retirándolo de las cicatrices, indicándole que eso era pasado. Y ese mismo dedo se lo llevó entonces al presente, a su boca.

Su lengua se enredó en su dedo con maestría, lamiéndolo despacio. Su boca parecía mucho más húmeda alrededor de su índice e Izuku supo por la mirada lasciva de Kacchan a dónde quería llevarlo. Y si de verdad estaba dispuesto a chupársela como lo estaba haciendo con su dedo, Izuku estaba realmente perdido.

Se dio cuenta entonces de que lo que verdaderamente estaba haciendo Kacchan era huir de una dolorosa conversación que tenían pendiente. De hecho, le estaba rogando tácitamente que por favor se callara. Y en el fondo, él tampoco quería hablar. No quería discutir con él o que se enfadaran. Y sinceramente tampoco estaba preparado para hablar de lo que estaban haciendo en ese momento. Le aterraba que después Kacchan no quisiera volver a hablarle. O le pegara.

Sí, tenía pinta que luego querría arreglar la situación a puñetazos, muy en su estilo. Así que pensando en todas las opciones que tenía, Izuku llegó a una conclusión:

Sinceramente, prefería follárselo.

Sin miramientos, le sacó el dedo de la boca y lo empujó contra la cama, tumbándose sobre él para devorar sus labios, retomando los besos, ahora mucho más encendidos.

Total, nunca se les había dado demasiado bien hablar. No parecía el momento de empezar a hacerlo.

Katsuki no se esperó aquella reacción por parte de Deku, pero la recibió gustoso. Casi agradecido. Con las manos se aferró a su culo con fuerza, ese que llevaba toda la vida queriendo estrujar entre sus manos. ¿Podía tener el culo más duro y firme el cabrón? Maldijo para sí el rubio. Lo empujó contra su erección, esa que buscaba contacto desesperada.

E Izuku se frotó un rato más contra él, sin dejar de besarle la clavícula y el cuello. ¡Hasta le mordió! Sin embargo, eso dejó de saciarle y al cabo de un rato, bajó la mano con cuidado y la acomodó entre sus piernas para acariciarle. Al principio pareció tímido, pero no tardó demasiado en meter la mano en sus calzoncillos.

Kacchan dejó escapar un gemido contra su voluntad cuando la mano de Deku se aferró a la carne su miembro. Y no se quedó ahí, porque empezó a masturbarlo, mientras gemía contra su boca, descarado.

Y aquello era demasiado. ¿Desde cuándo ese idiota era tan lanzando?

¡Já! Él no se iba a dejar intimidar.

Alzó levemente la cadena para quitarse los calzoncillos y agradeció que Izuku no necesitara instrucciones, porque lo imitó.

No era la primera vez que se veían desnudos, pero sí la primera vez que se veían de aquella manera. Excitados, erectos, con las pupilas dilatadas y tan cerca que podían respirarse.

Bakugo tomó la iniciativa aprovechando que Izuku se había incorporado de rodillas para quitarse los calzoncillos. Se agachó levemente y sin mucho preámbulo, agarró con fuerza su pene y se lo llevó a la boca. Izuku quiso retroceder al sentir aquella cantidad de calor, estrechez y humedad en la punta de su hombría, pero casi adivinando su pensamiento, Katsuki volvió a agarrarlo del culo para que no huyera, apretándolo contra su boca.

No tardó en notar cómo los dedos de Izuku se enredaban en su pelo y su espalda, intentando dominar aquel movimiento imparable que había iniciado Kacchan.

—Despacio… —le suplicó Izuku entre gemidos, ardiendo—. Más despacio…

Asombrosamente Katsuki obedeció, lamiéndolo mucho más lento, dejando que el propio Izuku marcara el ritmo mientras lo engullía. Siempre pensó que Izuku la tenía más pequeña, claro que nunca lo había visto erecto. Con suavidad, pasó su lengua por la punta de su glande, atrapándolo y succionándolo. Se notaba que Izuku se estaba conteniendo porque temía hacerle daño, así que fue Katsuki quien se atrevió a profundizar el movimiento, complacido de notar la respiración agitada de Deku, que había incluso cerrado los ojos, concentrado en no correrse.

Katsuki tuvo que apretarse de nuevo su propia erección. De alguna forma hasta le dolía de lo cachondo que estaba. Aumento el ritmo, tanto de la felación como de su mano dándose placer. Estaba seguro de que Izuku iba a correrse. Todo él se estaba tensando en su boca y su respiración estaba desbocada. Además, había empezado a expulsar mucho más presemen y ya no parecía controlar tan bien la fuerza que ejercía sobre él ¿Iba a dejarle correrse en su boca? Posiblemente sí, la idea le tentaba. Y eso que jamás se lo había permitido a nadie.

No obstante, notó como las manos del otro chico abandonaban su pelo y se aferraban a su nuca, en una caricia tan tierna que hasta le dio escalofríos.

—Kacchan… —lo llamó con un extraño cariño y deseo rasposo en la voz—. Deja eso… túmbate.

Izuku lo obligó a separase, dejando un filo hilo de saliva entre el chico y su pene. Le sonrió entonces desde arriba y lo miró con sus bonitas orbes esmeraldas, haciendo que el nerviosismo regresara de nuevo a Katsuki. Sintió rabia de que el otro chico siempre tuviera ese efecto en él. Odiaba sentirse así. Sentirse frágil frente a Deku.

Izuku no estaba en su cabeza, pero sentía que podía leerle el pensamiento. Se inclinó y aunque Kacchan hizo amagado de limpiarse y alejarse por pudor, se dejó besar de nuevo por Deku. Un beso tan dulce y profundo que se echó a temblar.

Para Izuku fue extraño probarse a sí mismo en los labios de Kacchan, pero no le resultó raro ni desagradable. Al contrario, aquello pareció excitarlo más. Con cuidado, acarició la erección del rubio y lo apretó, para comenzar a masturbarlo con cuidado, con movimiento errático y firme. Disfrutando de su dureza, de su forma, de su humedad…

Volvieron a besarse como al principio, con mucha más calma. La única diferencia es que ahora se rozaban completamente desnudos. Y la sensación era maravillosa. Bakugo era un obseso del control y el poder, pero sinceramente se dejó hacer. Dejó que Deku se echara sobre él y marcara el ritmo desde arriba, sujetando ambos penes y dándole placer a ambos, sin dejar de besar a Kacchan, de lamer su cuello y sus pezones. Por lo no hablar de la maravillosa fricción que ejercía, de cómo sus penes vibraban y se mojaban con la humedad del otro. De hecho, el de Izuku estaba tan mojado por la saliva del otro que hasta se le resbalaba entre los dedos, en un roce que iba a volverlos locos.

Aumentó el ritmo cuando notó que el rubio lo agarraba por el trasero y le separaba las nalgas, acariciándolo ahí dónde nadie jamás lo había tocado, pasando el dedo por su entrada. Se estremeció, pero se dejó acariciar ahí. Incluso dejó que Kacchan jugara a introducirle levemente un dedo. El calor y la humedad habían aumentado tanto que empezó a sudar y comenzó a notar el maravilloso olor a nitroglicerina que siempre había tenido Katsuki. Y luego estaban sus gemidos ahogados, la dureza de su miembro contra el suyo y el calor. El inmenso calor que había entre ellos. Que había en la forma en la que Kacchan pasaba las manos por su cuerpo y lo acariciaba. Estaba tan cerca de correrse…

Cometió entonces el grave error de mirar a Kacchan a los ojos.

Katsuki tenía los labios apretados, las mejillas rojas y los ojos dilatados, observando con atención la forma en la que Deku los masturbaba a ambos. Era una imagen deliciosa y sentía que podía alcanzar el cielo en cualquier instante. Sin embargo, cuando alzó la vista y se topó con la mirada sonriente y cómplice de Izuku, regresó la ira.

Esa que no se le calmaba con nada.

Y sintió vergüenza. Una vergüenza terrible de que Deku lo viera disfrutar de aquella manera. De que él fuera el causante de ese placer. De estar a punto de correrse sólo con su estúpida sonrisa.

Iba a explotar, pero todavía no sabía si de ira, vergüenza o placer. Lo único que tenía claro, es que no quería que Deku lo mirara a los ojos. Que presenciara lo bajo que había caído. Que viera que había estado a punto de sonreírle como un idiota enamorado cuando le había pedido que se tumbara. Que había estado a punto de volver a besarle con un amor que nunca había demostrado por nadie.

No quería sus besos.

No quería sentirte tan tonto.

No quería estar enamorado de alguien a quien se suponía que tenía que odiar. Que de hecho odiaba.

—¿Estás bien, Kacchan? —preguntó entonces Izuku al ver que se había puesto rígido.

Katsuki lo apartó e Izuku se incorporó un poco sin saber qué pasaba.

—¿Kacchan…?

—Cállate y fóllame de una vez—le ordenó imperativo, dándole la espalda.

—¿Qué? —preguntó desconcertado Izuku—, pensé que eso estábamos haciendo…

Y llevaba razón.

—Que me folles por el culo, idiota.

Kacchan se colocó a cuatro patas y empezó a masturbarse, casi enfadado. Izuku no supo muy bien qué hacer. Le gustaba lo que estaban haciendo antes. No sabía si estaba preparado para eso…

—Kacchan, yo…

—¿Te quieres callar de una vez? —dijo imperativo—. ¿Siempre tienes que estropearlo todo…?

Aquello le dolió. Le dolió porque le recordó a ese Kacchan que le había humillado tantas veces en el pasado. Ése que era egoísta y ególatra.

Y él ya no era ese niño asustado. Ni siquiera era el adolescente inocente y soñador que había entrado en la U.A. Había vivido demasiado en la oscuridad como para derrumbarse delante del Kacchan caprichoso y bocazas de su adolescencia. ¿Qué diablos le pasaba? Porque no podía dejarse llevar y disfrutar. Izuku no era tonto. Lo había notado: él también había estado a punto de correrse hacía un instante con aquel roce. Le gustaba lo que estaban haciendo. ¿A qué venía aquella orden? Contempló el cuerpo del rubio, la forma en la que se masturbaba y aquella estrecha entrada.

¿Quería que se lo follara? Pues se lo iba a follar.

Sin casi pedir permiso, agarró la cadera de Katsuki y la pegó contra la suya. Kacchan jadeó, más sorprendido que otra cosa. Tal vez no esperaba que Izuku accediera.

Sin mucho miramiento, Deku mojó sus dedos en saliva y los introdujo en aquel pequeño agujero donde no pensó que pudiera entrar nada, tal y como el rubio había hecho con él antes. Kacchan tembló y se apretó inconscientemente alrededor de sus dedos. Izuku había sido más bruto de lo que pensaba, pero aun así no se quejó. El leve dolor conseguía hacerlo sentirse menos idiota. No estaba enamorado de Deku, solo era sexo.

'Solo es sexo', se repitió en su cabeza al notar la lengua de Deku recorrer su espalda y mover su dedo dentro de él. Sexo como el que tendría con cualquiera, como todos esos polvos sin importancia… Se le erizó la piel al notar su cálida respiración en la nuca.

Pensó que Izuku lo prepararía algo más, pero tras probar con un segundo dedo empapado en saliva y ver cómo se movía ansioso dentro de él, supo que lo siguiente era su polla. Al menos lo penetró despacio y con cuidado, haciendo que todo él se estremeciera en una mezcla de dolor y placer por la penetración.

Izuku no se imaginó cómo se sentiría aquella estrechez. Le apretaba tanto que hasta le dolía. Tardó en acostumbrarse a la forma en la que Kacchan lo apretaba y lo succionaba, pero pese a la sensación inicial, la presión era jodidamente maravillosa. Kacchan había sido bastante desagradable en su petición y aunque no se merecía que fuera cortés, entró despacio. Tenía miedo de hacerle daño o que pudiera desgarrarle.

—Muévete—ordenó Katsuki, recuperando la compostura, restregándose contra él.

Apenas había luz en la habitación, pero la silueta de Katsuki en la oscuridad, apretado y sudado, era sin duda una de las imágenes más eróticas que Izuku había presenciado en su vida. Se echó sobre él para seguir lamiendo su espalda hasta llegar a su cuello, sin dejar de penetrarle. Tentando, le volvió a morder la oreja, haciendo que todo Kacchan se estremeciera.

—Joder…—suspiró éste, golpeándose contra él para que Deku entrara más profundo.

Intentando no perder el equilibrio, el rubio se llevó también una mano al miembro. Había perdido un poco la erección, así que comenzó a masturbarse. Y entonces Izuku empezó a embestirle.

Trató de ir lento y suave, pero llegado a cierto punto no pudo contenerse. Kacchan jadeaba demasiado alto y todo él vibraba a golpe de mano, suplicando por más.

—Más… —pidió explícitamente en algún momento de aquel delirio.

Y entonces Izuku ya no trató de ser gentil. Agarró su cadera con fuerza y comenzó con embestidas profundas. La estrechez se había empapado con su propio fluido, así que ya no había quien pudiera parar aquel movimiento. Katsuki de hecho tuvo que apoyarse con la otra mano en la cama, sin poder controlar el equilibrio por las embestidas. Fue entonces cuando Izuku se echó sobre él y tomó el relevo de su mano. Comenzó a masturbarlo con fuerza, sin parar de penetrarle. Kacchan pensó que se volvería loco cada vez que el pene de Izuku rozaba su éxtasis con aquella fuerza frenética. Dolía, pero estaba tan cachondo que supo que sería capaz de correrse solo con las penetraciones. Al principio él había intentado moverse, pero ya solo se veía con fuerzas para recibir una y otra vez las embestidas del otro, con una sumisión muy poco propia de él, pero paralizado de placer. De hecho, en sus fantasías solía ser él el que se follaba a Deku de esa manera. Quien se exponía para él y le dejaba tratarlo con esa lívido, con esa rudeza. No obstante, poco le importó invertir los roles en ese momento. Estaba ardiendo con cada penetración, con aquella entrega impuesta a las manos de Izuku.

—Joder, más rápido—casi le suplicó, sintiéndose explotar en el orgasmo, sin controlar su propio gemido.

Izuku no tardó en notar su mano empapada de semen, ese que salía casi con violencia del cuerpo del otro chico, mientras gruñía y gemía. Kacchan perdió entonces la fuerza, dejándose caer sobre el colchón. Deku acompañó el movimiento, sosteniéndolo firme por la cadera.

—Córrete de una vez…—jadeó entonces Katsuki, con la voz estrangulada.

E Izuku ya no pudo pensar en nada.

Lo embistió casi desesperado, echado sobre él y aferrándose a su cuerpo. Ese que estaba ardiendo y empapado en nitroglicerina. La estrechez de Kacchan lo apretaba y lo succionaba con tanta fuerza que no tardó en sentir que él también se corría con apenas un par de estocadas más. Notó el calor de su propio semen en la cavidad y pensó que aquello debía ser parecido a rozar el cielo.

Perdió entonces la fuerza y se dejó caer en la espalda de Kacchan, jadeando todavía contra su nuca, empapado en sudor. Tardó un segundo en recuperar el aliento. Rato que se limitó a buscar aire en el cuello del otro, intentando calmarse. Jamás se había corrido de esa manera.

Buscó su cara, pero no la encontró, así que lo besó con cuidado en el nacimiento del pelo antes de apartarse y dejarse caer boca arriba al otro lado de la cama, en busca de aire. Estaba empapado en el sudor de ambos y sentía que el corazón iba a salírsele del pecho. No obstante, se sentía tan maravillosamente en calma... Todo su cuerpo hormigueaba de placer por el orgasmo. Pero no solo eso… también el estómago le bailaba al son de respirar todavía el calor de Kacchan enredado en su cuerpo. De su piel perlada, suave, caliente, sudada…

Giró la cabeza para mirarle, buscando algo de complicidad, pero no la encontró. El chico le daba ahora la espalda, girado hacia el otro lado.

Izuku alzó una mano y le acarició el hombro con cariño. No obstante, Katsuki se sacudió, evitando el contacto. Se curvó sobre sí mismo en posición fetal, dándole a entender que no quería que lo tocara. Lo peor fue el silencio.

—¿Kacchan…? —lo llamó Izuku desconcertado, todavía agitado pero ya con aire en el cuerpo, sin entender su reacción.

¿Ahora no quería que lo tocara?

—Déjame—respondió con sequedad.

Izuku se irguió un poco en la cama para observarle, preocupado por esa respuesta, pero el otro chico se tapó la cara con el brazo.

—¿Estás bien? —preguntó entonces, apartándose los mechones verdes mojados de la frente.

Katsuki no contesto. ¿Le habría hecho daño? Lo cierto es que había sido bastante bruto al final…

—¿Te… te he hecho daño? —lanzó entonces más inquieto, acercándose a él.

—Qué mierda me vas a hacer daño, puto nerd—le gruñó Kacchan con voz rota, apartándolo.

El rubio se apretó más contra sí mismo, con la cara cubierta con sus brazos y con un ligero temblor. Debía de saber que tenía la mirada de Deku clavada en él, porque tardó en emitir sonido alguno, sorbiéndose la nariz muy bajito.

Acaso estaba… ¿llorando?

Izuku volvió a tumbarse despacio en la cama, observando la espalda tensada de Kacchan que trataba de contenerse.

No sabía qué hacer.

Siempre había tratado de entender a Katsuki, pero era realmente complicado meterse en su cabeza. Tal vez lo mejor era dejarle espacio, tal y como había pedido, pero lo cierto que es Izuku pensó que eso no era correcto. No después de lo que había pasado entre ellos, de la forma tan violenta en que habían tenido sexo. ¿Acaso no había sido del todo consentido? Se preguntó. Se sentía responsable de los sentimientos de Katsuki. Tal vez la situación le había superado. Por un momento evaluó la situación y creyó entender qué estaba pasando.

Suspiró agotado.

Sin decir nada más y sin importar que estuvieran todavía sudados, se acercó a Kacchan y pegó su cuerpo contra su espalda. Con suavidad, lo rodeó por la cintura y lo abrazó con firmeza, enterrando la frente en el hueco de su cuello. Fue entonces al sentir la sinceridad de ese contacto, que Bakugo Katsuki se quebró.

Y ya no pudo contener más el llanto.

Izuku lo había visto llorar otras veces. De impotencia o enfado cuando eran niños, de rabia aquel día que pelearon por primera vez en la U.A y de culpa aquella otra vez que se habían peleado a puñetazos afuera de la residencia. Sin embargo, ninguna de esas veces había visto a Kacchan llorar de esa manera, tan roto y con tanto dolor.

Se limitó a abrazarlo en silencio mientras lloraba y se desahogaba. Al principio fue un abrazo algo tosco, acompañado de los movimientos involuntarios de aquel llanto incontrolable. Luego fue más suave y hasta el propio Katsuki se dejó abrazar.

Se sentía tan miserable. Tanto que no podía ni respirar.

Lloró durante un rato interminable, como un niño que todavía no ha aprendido a entender sus emociones. En algún momento llegó incluso a aferrarse al brazo de Deku, ese que amenaza con no soltarle.

Cuando consiguió calmarse, Izuku lo besó en la nuca, sin saber ni qué decir. Se incorporó un poco y le acarició el pelo, intentando verle la cara.

—Kacchan—le susurró Izuku, cálido y empático—. ¿Estás bien? ¿Quieres… que lo hablemos?

Katsuki negó, todavía con el brazo sobre la cara. Seguramente le daba vergüenza que Deku lo viera así.

—Kacchan… —intentó incitarlo a que hablaran.

—¡Me doy asco!—consiguió articular, todavía con la cara cubierta, temblando—. Eso es lo que me pasa.

Izuku sintió un gran vacío al oírle.

—Déjame en paz de una vez—volvió a cerrarse banda antes de que el otro hablara. Con una salvedad—: de verdad, Icchan, déjame en paz… por favor.

'Icchan' 'Por favor'. Oh Dios, eso sí que no era normal.

Katsuki había dado por zanjada la conversación, apretándose contra la almohada, buscando todavía una serenidad que no encontraba. Izuku se separó un poco de él y tomó algo de impulso para erguirse. El rubio se asustó al sentir el peso de Izuku sobre él, pero fue algo momentáneo, ya que el peliverde solo quería pasarse de un lado a otro de la cama.

Hacerle frente era peor que dejarse abrazar por él, o al menos eso pensó Katsuki al notar las manos de Izuku acariciándole el brazo, ahora a unos centímetros de su cara.

—Kacchan…—dijo con suavidad, intentando hacerle entrar en razón—. No pasa nada, todo está bien.

—¡Qué mierdas va a estar bien! —se quejó, limpiándose con algo de rudeza la cara.

Izuku solo le sonrió con cierta tristeza y se llevó una mano a su mejilla, ayudándole a limpiarse las lágrimas.

—A veces eres realmente insufrible, ¿sabes? —le dijo cariñoso, mirándole como sólo él sabía mirarle—. Kacchan, no puedo saber qué te pasa si no me lo cuentas. ¿Es por lo que ha pasado entre nosotros? ¿Te… te hecho sentir mal?

Aquel sentimiento de remordimiento en Izuku sí que lo hizo sentir mal.

—¡Joder! ¡No tiene nada que ver contigo! —bramó enfadado, sin saber dónde meterse para huir de la mirada de Izuku—. Soy… soy yo —se le quebró la voz.

Se puso bocarriba, terminado de limpiarse las últimas lágrimas. El otro chico respetó su silencio, mientras se recomponía.

—Me da asco ser lo que soy, ya está—concluyó, sorbiéndose la nariz—. Y me da vergüenza que tú lo sepas. ¡Joder!

Izuku alzó las cejas levemente y se incorporó un poco más para mirarle. Para mirar esa cara de enfado, con los ojos brilloso y la piel de la cara mojada.

Sentía que estaba mirando al Kacchan de 5 años.

—Con ser lo que eres… —tanteó con cuidado Deku, con una sonrisa dulce y comprensiva—. ¿Te refieres a ser homosexual?

Por la forma en la Katsuki reaccionó ante las palabras, supo que había acertado.

—Kacchan, sabes que eso no tiene nada de malo, ¿verdad?

Katsuki se sentó en la cama, sorbiéndose la nariz y limpiándose los restos de lágrimas. Aquello le estaba superando. Encontrarse con Deku después de tanto buscarle, pegarle, besarle, acostarse con él… pero sobre todo exponerse de esa manera. Llorando como un crío mientras él lo consolaba. No era justo. No era así cómo tendrían que estar sucedido las cosas.

Izuku también se incorporó en la cama, quedando levemente detrás de él.

—¿Quieres que te traiga un vaso de agua, un pañuelo o algo?—le ofreció, acariciándole la espalda de forma conciliadora.

—Un pañuelo está bien. Es lo mínimo que deberías hacer después de correrte en mi ano—le agradeció a su manera Kacchan, con esa horrible forma que tenía para escabullirse de dar las gracias.

Izuku solo rodó los ojos y salió de la cama. Cuando regresó Katsuki parecía más tranquilo. Se limpió la cara, se sorbió los mocos y fue al baño para terminar de asearse.

Cuando regresó a la habitación con la esperanza de que Izuku se hubiese dormido, se lo encontró sentado en la cama en bóxers, con su bonita sonrisa, esperándole.

—No vas a parar de dar el coñazo hasta que lo hablemos, ¿no?

Izuku se tumbó en la cama, sin decir nada, pero haciéndole un gesto para que él también se tumbara.

Sí, sí quería que lo hablaran. Bufó.

Lo que le sorprendió fue que Kacchan aceptara sin ninguna duda u objeción. Se tumbó sin vacilar en la cama, se abrazó a él para sorpresa de ambos y enterró la cabeza en el pecho del peliverde.

—Siempre me ha gustado cómo hueles—dijo con simpleza después de un rato de silencio, como si fuera lo más obvio del mundo—. Eso me enfadaba mucho antes, cuando éramos niños.

Confuso por esas palabras, pero con un gesto casi maternal, Izuku le acarició la cabeza, uniéndose al extraño abrazo que Kacchan había iniciado, enredando las piernas con él.

—A mí me enfadaba más que me pegaras, la verdad—le respondió con cierta ironía el peliverde, intentando gestionar la histriónica sinceridad de Kacchan—. O que me ridiculizaras todo el rato.

—Y aun así no te apartabas… eras insoportable.

—Es que eras mi mejor amigo, Kacchan—resolvió Izuku—. Nunca entendía cuándo eso cambió. Cuándo decidiste… no sé, echarme de tu vida.

Katsuki suspiró incómodo.

—Notsu le dijo a todos los niños que Icchan era mi novia—gruñó.

Izuku pareció comprender, haciendo memoria. Aunque lo cierto es que se habían reído tanto de él siendo un niño quirkless que era difícil recordar a todos los abusones de preescolar, el colegio y secundaria.

—Eran tonterías de críos, Kacchan—intentó concluir Izuku, a quien todo aquello le quedaba muy atrás.

—Pero era verdad que me gustabas… —confesó Katsuki en un extraño tono neutro, escondiendo la cabeza, sin valor para mirarle—. Y todos los sabían y se reían de mí. Pensé que si te pegaba, se olvidarían. Que yo lo olvidaría.

Izuku hizo un esfuerzo por digerir todo aquello, sin saber cómo sentirse. Todos esos años de bulling y palizas… simplemente porque su mejor amigo estaba ¿enamorado de él?

—Pero no había forma de que te alejaras, por más que te pegara o te dijera que no quería ser tu amigo—siguió hablando Katsuki, aferrado al cuerpo del otro—. Siempre estabas detrás, persiguiéndome… allá a dónde iba estabas tú, todo lo que hacía, todo lo que pensaba… Y esa cara de idiota. ¿Por qué mierda me lo perdonabas todo? Te he hecho cosas horribles…

—Kacchan…

—El día que te dije que te tiraras por la ventana…—se cortó, volviendo a gestionar el llanto—. Y tú te lanzaste a salvarme sin dudarlo… Yo no sabía qué decir.

Katsuki estaba tan nervioso que no sabía ni cómo ordenar sus pensamientos. No obstante, Izuku no lo interrumpió. Se limitó a recibir en silencio toda aquella sinceridad que dolía, pero que de alguna forma necesitaba tanto escuchar.

—No pude dormir esa noche—siguió Katsuki—, realmente pensé… ¿y si lo hace? ¿En qué me convierte eso a mí? Jamás me lo habría perdonado… Fui hasta a la puerta de tu casa por la noche, pero me sentí muy estúpido.

Aquello sí que no se lo esperaba.

—Kacchan, no pasa nada de verdad—lo abrazó más fuerte Izuku—. Ha pasado mucho tiempo de eso. Lo que importa es lo que eres ahora, el hombre en el que te has convertido…

—Soy una persona horrible y miserable—lo cortó Katsuki, más serio, sin atisbo de duda en su voz—. Soy un héroe mediocre y egoísta, desde hace tres años no he hecho otra cosa que beber, meterme en peleas y acostarme con desconocidos. No recuerdo ni un solo nombre. A veces incluso me acuesto con los mismos tipos con los que luego peleo. Creo que maté el tipo de la última noche.

Izuku suspiró, sin saber cómo gestionar las confesiones de Kacchan. Rompió levemente el abrazo y se agachó un poco en la cama para quedarse a la altura de Katsuki. Para mirarlo a los ojos.

—Kacchan, todo eso… sé que es horrible y que tiene un precio, pero… eso no cambia quién eres como héroe, a mí me salvaste la vida—le aseguró con firmeza—. Yo tampoco soy quien era. Me… me he manchado demasiadas veces las manos de sangre. Créeme si te digo que no soy mejor que tú ni que nadie, pero… —Izuku tomó impulso antes de hablar—. Te conozco y sé que si estás aquí llorando es porque realmente eres una buena persona, incluso a tu pesar. Muy a tu pesar. Y sé que sabrás responder ante tus actos. Te he estado mirando a lo largo de estos años, sé que a pesar de todo lo que has hecho, también sigues salvando vidas.

Katsuki no pudo evitar que los ojos volvieran a inundársele en lágrimas.

—Y sé que saldrás de este agujero negro, todos lo haremos y el futuro volverá a ser brillante—le sonrió Izuku—. Te lo prometo.

Katsuki se limpió las lágrimas con la mano.

—Había olvidado lo molesto que era esa positividad tuya—gruñó.

—A mí también se me había olvidado… —dijo más para sí que otra cosa.

Realmente en los últimos meses Izuku solo había vivido una pesadilla tras otra. Se le había olvidado lo que era pensar en la esperanza.

Se encontró entonces con los ojos rubí de Katsuki, esos que lo escrutaban en silencio. Le salió espontáneo, pero le sonrió, aun cuando el cansancio y la tristeza habían vuelto a su cuerpo.

Kacchan dudó, batiéndose en su lucha interna, pero finalmente acercó una mano y acarició la mejilla de Izuku. El otro ensanchó más su sonrisa y cerró los ojos, dejándose acariciar.

Estaba agotado. Y aquella caricia fue como una brisa de calma en la tormenta. No se había dado cuenta de lo solo que se había sentido hasta ese instante, con Katsuki enredado a su cuerpo. Que pese al miedo inicial, tenerlo allí era un regalo. Pensó que podía haberse dormido en ese instante, pero la voz de Kacchan lo trajo de nuevo al presente.

—Cuando tenía cinco años mi madre y yo pillamos a mi padre con otro hombre en nuestra casa—le reveló con voz neutra, sin apartar la mirada—. Se suponía que íbamos a estar todo el día fuera, pero se puso a llover y mi madre pensó que lo mejor era volver a casa.

Izuku le aguantó la mirada, consciente del esfuerzo que debía estar haciendo Kacchan para contarle algo tan privado como aquello.

—Mi madre los echó a ambos a patadas de casa y le quemó toda la ropa a mi padre—siguió relatando, haciendo una larga pausa antes de continuar—. A la semana lo dejó volver. A mis padres siempre les ha importado mucho lo que pensara la familia y los vecinos. Mi padre ha dormido desde entonces en el sofá, durante doce años. A veces cuando bebe, mi madre lo llama maricón de mierda y le pega. Luego le da pena y esas noches lo deja dormir en la cama.

Izuku estaba frío. No sabía cómo reaccionar ante aquello.

—Siempre lo he culpado por destrozar nuestra familia—confesó, agachando la mirada—. Lo he tratado como una basura desde entonces. Pensaba que tenía derecho a hacerlo. He despreciado todo lo que me ha dado y rehuido como la peste cada vez que quería darme su apoyo.

Katsuki se revolvió en la cama, mirando al techo.

— Lo odiaba, me daba asco—anunció—. Se lo he dicho tantas veces que creo que jamás podré volver a mirarlo a la cara. Cuando lo oía llorar por las noches, incluso pensaba que se lo merecía…

Katsuki apretó los labios, sin saber cómo gestionar sus propias palabras.

—Ahora soy yo el que se da asco—repitió la confesión del principio—. Me siento sucio y me odio cada vez que me hierve el cuerpo. Cada vez me acuesto con otro tío sabiendo que no me importa ni su nombre. Y me juró que será la última vez… pero siempre hay otra. Y otra y otra… Y lo peor es que él jamás podrá perdonarme…

Izuku tomó aire, sin saber ni qué podía decir.

—Si mi madre lo supiera… —Katsuki se llevó la mano al tabique. Izuku no era el único agotado—. No soportaría que me mirase como mira a mi padre… pero tengo miedo de ser tan cobarde como él. Con el tiempo eso es lo que he aprendido a odiar más de él.

Tras un momento de silencio, Izuku aceptó que Kacchan no tenía más que decir, así que acomodó para mirarle y escoger bien sus palabras.

—Kacchan—le susurró—. No creo que tener miedo a perder a los que quieres te haga ser un cobarde. No sabía que tenías esa situación en tu casa, pero creo que si tu padre no se ha marchado es en parte porque os quiere y tiene miedo de perderos… Tal vez, sacrificar su felicidad no es la mejor forma de hacerlo, pero no creo que sea un cobarde. Estoy seguro que lo ha hecho lo mejor que ha sabido…

Katsuki se tensó al escucharle.

—Y tú no eres ningún cobarde, es normal que te de miedo decírselo a su madre— ensanchó la sonrisa—. Tu madre siempre ha sido terrorífica—bromeó.

Katsuki pasó de cero a cien, típico en él.

—¡Pero qué dices de mi madre, desgraciado! —se lanzó sobre él para pegarle.

Izuku se defendió como pudo de aquella lucha ridícula, sin saber si reírse o llorar. Con sus dones, Deku le daba mil vueltas en experiencia y velocidad a Bakugo, pero en la lucha cuerpo a cuerpo, Katsuki siempre había sido un bruto, mucho más fuerte que él. Así que al rato de zarandear, lo tenía inmovilizado en la cama, sujetado por las muñecas.

—Te juro que a veces te partiría esa cara pecosa que tienes—dijo enfadado Katsuki.

Izuku solo sonrió.

—Yo también quiero volver a besarte, Katsu.

La cara del rubio cambió, regresando la expresión contrariada que había tenido durante toda la noche. Soltó despacio las muñecas de Izuku y dejó el peliverde acunara su rostro con las manos.

Todo él tembló cuando los labios de Izuku lo encontraron en aquella penumbra, cuando le prometieron en silencio que todo estaba bien en él. Que no le pasaba nada malo. Que se merecía todo ese cariño y ese perdón que tanto anhelaba. Fue un beso tan dulce y tan inocente, que solo se rompió cuando Izuku sintió la humedad en sus mejillas. Humedad que provenía de las lágrimas de Katsuki. Todavía sobre Midoriya, inmovilizándolo contra la cama. Se dejó caer sobre él, permitiéndose ser abrazado.

—Quien diría que serías tú el que llorara más que yo—le acompañó Izuku con cariño, abrazándole con fuerza.

—Te odio.

—Y yo a ti, tonto—le besó la mejilla.

—Soy horrible, Izuku…

El chico le acarició la cabeza.

—Sólo un poco—intentó rebajar la culpa de Kacchan—. No llores más. Todo está bien.

Katsuki se apretó contra él, escondiendo la cabeza en su cuello.

—Mientes fatal, nerd.

—Siempre he sido honesto contigo.

Kacchan se separó de él al cabo de un rato, limpiándose los restos de lágrimas.

—Si le cuentas todo esto a alguien, te mato—le amenazó, diciéndole que tenía que ir al baño.

Izuku hizo un gesto de cremallera sobre los labios y le dejó algo de espacio. Sabía que Kacchan no necesitaba ir al baño, sino poner en calma sus emociones, así que decidió respectar su espacio. Él también se sentía raro respecto a aquella situación, todavía no sabía cómo gestionar sus sentimientos hacia Kacchan. Habían pasado tantas cosas entre ellos en los últimos años…

Al fondo, sobre el escritorio, parpadeaba una luz verde. Suspiró.

Era la señal.

Se levantó y tecleó las claves, confirmando que seguiría el plan tal y como habían acordado. De repente, la realidad le golpeó. Le hizo recordar que aquella vivencia adolescente no era más que un paréntesis.

—¡Oi! —oyó detrás de él.

Se giró despacio, apagando la pantalla del ordenador.

—Tienes una cara de mierda, deberías descansar—le regañó—. Esta vez haré guardia de verdad, te lo prometo.

Izuku sonrió despacio.

—Te lo agradezco, pero no es necesario. Ya tengo un sistema de vigilancia—se puso en pie, acercándose a la cama.

—Puedo dormir yo en el suelo esta vez… —empezó Katsuki, incapaz de mirar a Deku a los ojos, intentando marcar distancia.

Izuku bufó.

—No seas idiota y túmbate conmigo—resolvió, casi molesto, tirando de la mano de Kacchan para que se tumbara a su lado—. ¿Me abrazas?

Katsuki no sabía en qué momento Izuku había ganado ese poder sobre él o esa seguridad en sí mismo, pero obedeció sin cuestionarlo. Estaba emocionalmente destrozado y físicamente agotado. Sentía que se había quitado el peso de dos vidas de encima y lo cierto es que tener a Izuku abrazado a su cuerpo era un consuelo. La promesa silenciosa de que todavía estaba a tiempo de arreglar todo el mal que había hecho. El inicio de una redención.

—Tengo una pregunta—rompió el silencio Kacchan, jugando con cierta torpeza con la mano de Izuku, que se enredaba en sus dedos—. ¿Tú por qué cojones no eres virgen?

Izuku se hubiese esperado que Kacchan le preguntara cualquier cosa, salvo eso. Se echó a reír con suavidad sobre su pecho.

—Podría hacerte la misma pregunta, Kacchan—resolvió tranquilo.

—Yo he preguntado primero.

—¿Cómo sabes que no lo era?

Aquello empezó a mosquear al rubio.

—No te hagas el imbécil conmigo, sigo teniendo ganas de pegarte por traidor y cobarde.

—Aish… —suspiró.

—Me dijiste que me ibas a responder a cualquier cosa que te preguntara que no tuviese que ver con vuestra mierda secreta—defendió.

Izuku arrugó la nariz. Touché.

—Me han pasado muchas cosas en estos tres últimos años… —resumió Izuku—. No todo ha sido tan horrible, aunque no fuera como esperaba. Perdí la virginidad hace un año y medio con una chica con la que trabaja. Nos pasamos meses en una misión espantosa, viviendo en las cloacas… Lo peor es que no sirvió para nada, fue muy frustrante. Supongo que… simplemente pasó—intentó explicarse Izuku, ahora con mucho más pudor—. También he estado con algunos chicos, pero esta es la primera vez que he estado con un hombre de esa manera… antes solo—tragó saliva, notando que las mejillas le ardían—bueno, nos habíamos limitado a… tocarnos.

Kacchan asintió sin decir nada, silencioso. ¿Le habría servido para saciar su curiosidad?

—La cara pan te sigue esperando como viuda en pena—dijo entonces, sorprendiendo a Izuku.

El chico se revolvió incómodo, algo angustiado. Él también la había tenido muy presente en los últimos años. Había sido su primera amiga en la UA, su más leal y fiel compañera. Y además… siempre le había acelerado el corazón con su sonrisa, su complicidad y su cercanía.

—Creo que se ha dado cuenta de que la miro—reveló entonces Izuku, cada vez más rojo—. Contigo también lo hacía… espiaros, quiero decir—se confesó incómodo—, pero con ella es diferente. Uraraka San es… más lista de lo que parece. El primer sábado de cada mes se sienta en el mismo banco del parque en ruinas de Kadomi, hace como lee, espera un rato y luego se marcha. Siempre se deja olvidada una bolsa de Mochis y un recorte de periódico, donde me señala algunos kanjis.

Katsuki bufó, semiasqueado.

—Sois vomitivos—gruñó.

—Es… una buena amiga—dijo rojo como un tomate.

A Katsuki le faltó rechinar los dientes.

—¿Sabes que ella no quiere ser solo tu amiga, no, nerd?

Izuku se incorporó un poco, serio y nervioso.

—¿Tú crees?

—Hay que ser imbécil para no verlo.

Izuku apretó los labios, con una leve inseguridad.

—Uraraka es mi amiga—respondió firme—, pero… yo tampoco quiero ser solo su amigo, Kacchan. Me gustaría… ser capaz… saber cómo decírselo. ¿Crees que aceptaría?

Todos en la clase A anhelaban el momento en que Izuku u Ochako dieran el paso y se confesaran. Mina había estado súper insistente con eso antes de que el mundo cambiara para siempre. Y eso le había hecho hervir la sangre a Bakugo durante mucho tiempo.

No sabía si era envidia o celos, pero le molestaba. Le molestaba cómo la cara pan lo había enfrentado en el festival deportivo sin la menor duda, con aquella entereza heroica. O cómo se acercaba a Izuku sin esperar nada a cambio. Cómo había visto en él lo que Katsuki siempre había admirado, pero sin tener el valor de hacérselo saber. Lo peor era tener la certeza de que el idiota de Deku también estaba enamorado de ella. De esa cara redonda adorable, a quien realmente no podía recriminarle nada. De hecho, en los último tres años había sido comprensiva con él, leal y amigable. Era de las pocas personas que se habían ganado la confianza de Bakugo en aquella realidad oscura en la que vivían. La admiraba, aun cuando los celos le carcomían las entrañas…

—Ey—lo llamó entonces Izuku, al ver que el rubio se había aislado en sí mismo, con cara de pocos amigos—. Mis sentimientos por Uraraka no cambian nada de lo que siento hacia ti, de lo que ha pasado esta noche, lo sabes ¿no?

—Tsh—se limitó a expresar Bakugo, sin saber cómo sentirse.

Tampoco es que él estuviese enamorado de Deku. Tal vez lo estuvo… —y mucho—, pero ahora más bien era como un fantasma que lo perseguía, como una obsesión mal sana. Y no había que ser muy listo para saber que a Izuku le seguía gustando, pero que ya no estaba enamorado de él. No al menos con la devoción de antes. Tampoco podría culparle. Había sido un auténtico cretino con él.

Izuku sonrió con resignación al ver su cara de enfado y volvió a tumbarse a su lado.

—Kacchan tú y yo siempre hemos sido tóxicos—argumentó en voz alta—. Creo que eso lo sabemos ambos. Siempre… —tomó aire—. Siempre te he querido con locura, pero también he tenido la certeza de que lo nuestro no funcionaría.

—Eso no puedes saberlo.

Izuku bufó. Siempre había estado loco por él. De hecho, tenerlo allí desnudo en su cama y hablando de sus sentimientos era casi como sueño hecho realidad, sino fuera porque el tiempo había marchitado muchas cosas.

—Kacchan… tú sacas lo mejor y lo peor de mí. Cada vez que te veo me tiembla el mundo—se sinceró, mirándolo a los ojos—, cuando te he vuelto a ver… se ha parado el tiempo y he olvidado todo lo que me importa. He olvidado hasta la causa por la que llevo tres años luchando.

—Yo no te he pedido nada de eso.

Y era verdad.

—Lo sé… ese es el problema.

Katsuki cerró los ojos, incapaz de mirarle.

—Yo tengo mucha ira—fue lo único que dijo.

Izuku sonrió, resignado. No obtendría más respuesta de Kacchan.

Al ver que Bakugo seguía rígido, tomó el rol que siempre había tenido en esa rara relación que mantenían: ser el que persigue y da consuelo.

—Te he echado de menos, incluso a tu ira.

—Yo a ti no.

—Me alegra que lo hayamos hablado…

—Yo no quiero hablar nada, no hay más que hablar—se cruzó de brazos—. Tú sigue con tus mierdas de héroe y da la cara de una vez. Y espero que sepas lo que haces, porque no pienso volver a quedarme como un colador por salvar tu culo traidor.

Izuku sonrió. Sabía que nada de lo que estaba diciendo iba en serio.

—Lo que me faltaba es tener que salvarte otra vez para que vuelvas a desaparecer como un desagradecido bastardo o que te vayas detrás de la cara redonda cursi esa…

El peliverde rodó los ojos. ¡Qué idiota era! ¿Nunca iba a cambiar? Decidió que había acabado el momento de hablar.

—Ay, Kacchan, no te enfades—se abrazó a él con fuerza, besándole el cuello.

Katsuki apretó los brazos sobre el pecho, indicando que más le enfadaba que le dijera que estaba enfadado. No obstante, no hizo amago de apartarlo. Al contrario, aquel contacto solo consiguió volver a encenderlo.

—Me enfado si quiero—replicó—. Y no estoy enfadado.

—No me puedo creer que estés celoso… —opinó Izuku, casi coqueto.

—No estoy celoso, tú me das igual. Por mí como si te casas con la cara pan y tenéis cientos de hijos. Me da igual lo que hagas con tu vida, me da exactamente lo mismo. Limítate a ganar esta guerra de mierda y apartarte cuando llegue mi momento.

Lo había dicho tan tajante y rápido que Izuku se echó a reír.

—¿Cientos de hijos? —tonteó contra su oreja, lamiéndola y enredando las piernas alrededor de su cadera—. ¿De verdad quieres que me aparte cuando llegue tu momento?

Bakugo se estremeció, notando la erección de Deku contra su pierna.

—¡Es una expresión, bastardo!—le recriminó, nervioso.

¡Por qué demonios estaba bajo su control! ¡Por qué Deku tenía ahora ese poder sobre él!

—¡Y no me tientes!—le advirtió en una amenaza el rubio, agarrándolo del brazo que se acercaba peligrosamente a su erección—. Porque si me buscas, me vas a encontrar.

Katsuki lo retó con la mirada a escasos centímetros de su cara. E Izuku aceptó el reto, porque sin dudarlo, se acercó y lo lamió desde la punta de la barbilla a la nariz, pasando por sus labios.

Bakugo sonrió de punta a punta, con esa sonrisa maquiavélica que a veces tenía.

—Te vas a enterar… —lo amenazó.

Fue agradable poder tener un instante en el que poder volver a ser adolescentes. Ser los adolescentes que nunca habían podido ser. Lo cierto es que Izuku estaba agotado, pero volver a hacer el amor con Kacchan fue demasiado tentador.

Se besaron y se tocaron con ganas, pero esta vez sin el silencio, la hostilidad y la violencia de la primera vez. De hecho, aunque fuera raro e inédito en ellos, se rieron bastante. La arrogancia de Katsuki en la cama hacía que Izuku no pudiera tomarlo en serio. Como Katsuki no podía controlar el pudor y el temblor que le hacía estremecerse cada vez que Izuku le coqueteaba de aquella forma o se le insinuaba.

—Hay algo que tampoco he hecho nunca con un hombre… —le llegó a decir en cierto momento, con su pudor característico.

Por supuesto, Katsuki pensó que se refería a otra cosa, pero cuando notó que Izuku descendía por su vientre, pensó que aquello tampoco estaba mal.

No, nada pero que nada mal…

Como tampoco estuvo mal volver a dejar que lo penetrara, esta vez mirándose a los ojos, con esa complicidad que Katsuki no se había permitido con nadie. Izuku fue mucho más dulce esa vez, siguiendo las instrucciones de Kacchan y de cómo le gustaba, ya que la vez anterior —pese a haberse corrido—, le había hecho un poco de daño.

Tampoco es que tuvieran mucha prisa. De alguna forma, temían al futuro, por lo que el presente se les tenía que hacer eterno. Se tenían demasiadas ganas como para no recrearse en ese instante. En la forma de tocarse, en el calor de sus cuerpos, en el sabor del otro… como si tuvieran la oportunidad de aprenderse de memoria para poder recordarse en ese instante.

Hablaron de algunas trivialidades más cuando saciaron la danza de sus cuerpos, pero lo cierto es que lo único que querían eran abrazarse y perdonarse.

—Prométeme que tendrás cuidado y no harás más el idiota—le pidió Izuku acurrado en su pecho, protegido por los brazos del otro—. Y que hablarás con tu padre…

Katsuki sintió esa frase como una terrible despedida.

—Oi—asintió, besándolo en la cabeza mientras lo abrazaba con más fuerza.

Izuku sonrió para sí, extrañado por aquel gesto, pero complacido. Feliz. Así fue como se quedó profundamente dormido, después de días de agotamiento. Años incluso.

Katsuki tardó algo más en rendirse al sueño, intentando afianzarse a ese momento. Al maravilloso olor a hogar y paz.

Deku tenía razón cuando había dicho que tenían una relación tóxica. De ninguna otra forma podía haber sentido tanto odio y resentimiento hacia él y a la vez tanto amor. Porque al verlo dormir en sus brazos se dio cuenta lo mucho que lo quería, de lo muy enamorado que estaba todavía de él. Y eso era algo que algún día tendría que sanar si quería seguir avanzando con su vida. Izuku lo había hecho. Tal vez él también podía.

Luchó por no dormirse, pero eso era una guerra perdida.

Por primera vez en años durmió profundamente, sin pesadillas, sin sudores fríos, sin remordimientos... sin nada que lo hiciera sentir culpable o miserable. Solo en paz. Una paz conciliadora que pensó que no merecía, pero que tanto había necesitado.

Cuando despertó, sintió el frío de la ausencia y ya antes de abrir los ojos supo que Deku se había marchado.

De alguna forma, ya lo esperaba. Lo supo desde la primera noche de su encuentro.

Se desperezó en la cama y vio que no había rastro de nada. Ni ordenadores, ni notas… solo quedaban restos de cosas sin importancias. Sonrió resignado al ver que al menos le había dejado algo de ropa encima de una silla y una nota.

Una nota llena de palabras más alentadoras que la última que le dejó. Palabras que no le hicieron sentir odio, sino un profundo alivio.

Se vistió en silencio y salió de aquel lugar por donde había entrado. Cuando alcanzó a ver la luz del sol inundando los escombros de esa ciudad, se sorprendió a sí mismo sonriendo. Porque por primera vez, había un mañana por el que luchar. Había esperanza. Todavía había un símbolo silencioso que protegía el futuro.

—Idiota… —susurró para sí, con una extraña felicidad.

Luego se sintió raro. Como si le faltara algo…

Era la ira, esa ira terrible que no se le marchaba con nada. Esa que carcomía a Bakugo Katsuki. Esa que, de repente, se había marchado para siempre.

.

.

.


Muchas gracias por leer! Espero que la hayáis disfrutado. ^^

Sé que a mucha gente le cuesta dejar comentarios en este tipo de historias, pero me haría muy feliz saber que os ha gustado y vuestra opinión/especulación sobre qué pasará a partir de ahora. Lo cierto que a diferencia de otras historias, esta la he escrito sin esperar nada a cambio. Y eso me ha dado mucha paz. Espero que vosotrxs también la hayáis encontrado inspiradora y la hayáis disfrutado tanto como yo.

Un abrazo!