Lucy bajó lentamente la sábana. Hibiki la miraba boquiabierto, hasta que la cerilla empezó a quemarle los dedos. La tiró y encendió otra, luego encendió el farol que había junto a la cama. Sin tener en cuenta su ceño fruncido, Lucy cedió al impulso que había sentido inicialmente y le dio un fuerte abrazo.

—Puedo explicártelo —susurró.

Hibiki la apartó para mirarla. A Lucy la inundó la dicha por ver a su hermano después de tantos años. Rubio, de ojos verdes y muy apuesto. Una vez le había dicho que no se parecía a ella. Él había explicado con orgullo que había salido a su padre. Eso había sido en los tiempos en que ella anhelaba saberlo todo acerca de su padre y aquel día había sentido envidia de Hibiki porque se parecía a Jude y ella no.

Su expresión se había tornado sombría.

—Así que te secuestraron. ¿Por qué no me lo decías?

—Porque no me secuestraron. Ellos pensaron lo mismo que tú, que yo era Jennifer Realight. Y lo que te he dicho es verdad, creen que me han persuadido de trabajar aquí duplicándome el sueldo.

—¿Y por qué no aclaraste las cosas?

—Porque quería estar aquí.

—¡Qué! Luc…

—Siéntate —dijo dando una palmadita en la cama a su lado—. Escúchame, por favor. Yo no quería venir a Montana. Y mucho menos quiero casarme con un vaquero. Pero mamá arregló este compromiso matrimonial y, aunque no insistió en que lo cumpliera, sí que me hizo prometer que estaría aquí dos meses para darle una oportunidad a Laxus. Y es aquí donde quiero hacerlo.

—Nuestros hermanos y yo tampoco queremos que te cases con Laxus. Solo son los mayores los que quieren esta boda para asegurar la tregua. Pero eso es ridículo. No es que no sepamos cuidarnos solos. Vaya, podríamos darles su merecido a los Dreyar si quisiéramos. —Hibiki se rió con desdén—. Y ellos deben de saberlo cuando han hecho venir a un pistolero famoso como Erik Grant para protegerlos. El viejo Makarov incluso lo ha traído consigo esta mañana para acusarnos de provocar un incendio. Pero no nos asustan los matones a sueldo, Luce.

Quien sí que se asustó fue ella por aquel exceso de confianza.

—¡Deberías tenerle miedo! Ese tipo es peligroso…

—No hablemos más de él. No puedes ni imaginar las ganas que teníamos todos de que llegaras, y ahora vengo y te encuentro aquí.

—Y yo también me moría por veros —dijo ella con una mueca de tristeza—. Pero es que… —Se mordió la lengua. No podía decirle lo que sentía por su padre, que había asumido aquella farsa para poder evitar verse cara a cara con él. Hibiki no podría entenderlo porque lo adoraba.

—¿Qué? —preguntó Hibiki.

—Ya he estado aquí unos días, el tiempo suficiente para saber que esta vida no es para mí.

—Unos días no son nada, y además… —de repente Hibiki pareció caer en la cuenta— ¡los estás pasando como una criada, así que es normal que no te guste!

—Los deberes de un ama de llaves son mínimos —observó Lucy sonriendo. No pensaba mencionar la pesadilla de la cocina—. Y además, me refiero a esta parte del país. Ya me he topado con salteadores de trenes, me han disparado, he visto cómo bajaban cadáveres del tren, perdí la mayor parte de mi equipaje, vi cómo casi le disparaban a Laxus por la espalda… Ya es más que suficiente. Todo esto —dijo, agitando una mano en derredor— es vuestra vida, no la mía.

Hibiki suspiró.

—Te entiendo, Luce. Cada vez que os visitábamos a mamá y a ti nos sentíamos fuera de lugar. No era nuestro mundo, lo percibíamos allá donde fuéramos. Pero Natsu, que os visitó más, cuando volvió la última vez dijo que hasta echaba de menos la ciudad, que se estaba acostumbrando a ella. Solo es cuestión de tiempo habituarse a un lugar.

—Tal vez para un hombre, pero cada vez que vuelvo la cabeza presencio algún tipo de violencia.

—Diría que solo has tenido una racha de mala suerte. Podemos estar meses sin oír un disparo, y cuando lo oímos, normalmente es alguien que le dispara a una serpiente. —Lucy hizo una mueca—. Los forajidos son una especie en extinción. Los sheriffs los persiguen implacablemente. Y cada día nos volvemos más civilizados gracias al ferrocarril.

Lucy le dio una palmadita en el dorso de la mano. Ningún consuelo que le ofreciera podría cambiar lo que había vivido ya. «Volverse» no era «ser». Hibiki debió de percatarse porque pareció frustrado.

—Es por eso que tendrías que venir a casa con nosotros. Te lo pasarás en grande. Iremos a pescar y montar, te llevaremos a ver auténticas montañas, verás cómo es realmente este lugar. Y papá está deseando verte. —Lucy arqueó una ceja con escepticismo, pero Hibiki malinterpretó el gesto y dijo—: Sí, quiere que te cases con un Dreyar, pero tranquila, no se lo permitiremos. Y tal vez mamá también venga a visitarnos si sabe que te lo estás pasando bien aquí.

Era evidente que sus hermanos imaginaban un tipo de visita muy diferente si incluso esperaban que se divirtiera en Montana y que su madre se reuniera con ellos. Nada de eso iba a ocurrir. Lucy de repente se sintió furiosa con sus padres y sus secretos. Su extraña relación todavía perjudicaba a sus hermanos, incluso ahora que eran adultos.

Pero Lucy no le dijo nada acerca de su frustración, sino que le preguntó:

—¿Por qué dejasteis todos de venir a Nueva York? Ya hace cinco años desde la última vez que uno de vosotros nos visitó.

Hibiki pareció sorprendido por la pregunta.

—Lo mencioné en mis cartas, ¿no? Fuimos adquiriendo más responsabilidades. Empezamos arreando a los rebaños para llevarlo al mercado. Fui a mi primer traslado de ganado cuando tenía trece años. Por supuesto, la llegada del ferrocarril a casi todo el territorio este último año casi ha terminado con esta actividad. Todavía tenemos pequeños traslados desde pueblos cercanos que aún no están conectados con el tren, pero con un par de hombres hay bastante. Y luego estaba el colegio.

—Pero eso no había evitado que vinieses antes.

—Porque antes no teníamos colegio. Papá solía enseñarnos cuando tenía tiempo. Pero entonces llegó el primer profesor a Nashart, un profesor de verdad, y construyeron un aula para él. No estábamos obligados a asistir, pero papá supuso que mamá se alegraría si íbamos, así que fuimos. Todos los malditos días.

—A mí me gustaba el colegio, ¿a vosotros no?

—Aprender estaba bien, pero estar metidos en un aula todo el día con Rufus y Sting Dreyar era un infierno.

—Oh. —Lucy trató de no reírse. Entonces se dio cuenta de que no era una cuestión de risa, aunque debería haberlo sido. Pero sus hermanos no se habían criado con las dificultades normales de otros niños. Habían tenido a enemigos de verdad como vecinos, y casi todos mayores que ellos. Si se metían en una pelea con un Dreyar, probablemente nunca ganaban. Qué espantoso.

—Como te decía —continuó Hibiki—, ahora las cosas están cambiando rápidamente en el Oeste. Nashart ha doblado incluso su tamaño en los dos últimos años.

Lucy volvió a hacer una mueca de incredulidad. Hibiki seguía tratando de convencerla de que podía gustarle aquel lugar. Pero ella se dio cuenta que también tenía que convencerlo de algo.

—Hibiki, tengo que descubrir la manera de poner fin a esta enemistad sin ser parte de la solución. Y tendré más posibilidades de hacerlo aquí en esta casa, con esta gente. La clave probablemente sea Porlyusica Dreyar. Si alguien puede hacer entrar en razón a esta familia, tiene que ser ella. Y necesito tiempo para hacerle ver mi punto de vista. Y no quiero que papá me empuje por el pasillo del altar con Laxus solo porque está impaciente por poner fin a la enemistad. Así que quiero que mantengas el secreto de que estoy aquí, con papá e incluso con nuestros hermanos.

Hibiki se levantó de golpe.

—No puedes pedirme que le mienta a papá. ¡Eso sí que no!

—Mentirle no, solo que no le digas que me has visto.

—Eso es lo mismo que…

—Hibiki, es mi vida, no la tuya. Necesito tiempo. Si le dices a alguien que estoy aquí, a alguien de nuestra familia o incluso de ésta, te juro que subiré al próximo tren hacia casa. Entonces ya no habrá más tregua. ¿Tienes idea de cómo era antes de la tregua? Por supuesto que no, eras demasiado joven, igual que yo. Pero mamá sí que lo sabe. Entonces vivía aquí. Me lo contó todo. ¡Y lo detestaba!

—¿Fue por eso que se marchó? —Hibiki parecía afligido. Lucy pestañeó.

—¿Tú no sabes por qué?

—Se lo pregunté a papá. Y también a ella. ¿Sabes cómo duele saber que tus padres te están mintiendo? No se les da muy bien, ¿sabes? Pero nunca tuve el valor de insistir. Papá siempre se entristecía. Y mamá se enfadaba, aunque juraría que lo fingía para disimular que también estaba triste. Qué absurdo.

—Desde luego. —Lucy volvió a jurarse que obligaría a sus padres a hablar claro sobre su separación. Ya no era una niña. Tenía derecho a saberlo. Ya estaba harta de sus mentiras. Aunque ahora tenía que convertir a Hibiki en su cómplice—. ¿Qué, me guardarás el secreto?

Hibiki apretó los labios. Era evidente que le costaba decidirse. Lucy aguantó la respiración.

—Espero que odies a Laxus pero adores a Montana —dijo finalmente—, tanto como para querer quedarte aquí a vivir con nosotros. Solo tienes que pensar que podríamos vernos cada día.

—Hibiki —dijo Lucy conteniendo las lágrimas y negando con la cabeza.

El joven parecía enfadado cuando se levantó.

—Esto no ha terminado, Luce. No está bien que le mientas a papá y que te hagas pasar por un ama de llaves para los Dreyar. Piénsalo. Yo no diré nada… por ahora.