Lucy estaba demasiado nerviosa para quedarse en la cama cuando su hermano se marchó con sigilo. Debería haberlo acompañado fuera para asegurarse de que se iba sano y salvo. Pero se dio cuenta demasiado tarde, así que anduvo de una a otra ventana de su dormitorio, aunque en el patio solo se veía al guardia que se paseaba con su farol.

De repente, un resplandor procedente de la cocina justo debajo de ella la hizo palidecer, era demasiado similar al que había visto la noche del incendio. Pero ahora la casa estaba vigilada. Podría ser simplemente el guardia, aunque no creía que patrullase también por dentro de la casa. ¡Santo cielo! ¿Y si habían pillado a Hibiki? ¡Tenía que averiguarlo!

Se puso su combinación y cogió la chaqueta de viaje. ¿Por qué no se le había ocurrido pedirle a la señora Martin que le hiciera también una bata? Estaba ridícula, mas no lo importó. Al menos no volvía a bajar otra vez en ropa interior.

Irrumpió en la cocina al mismo tiempo que Laxus salía por la puerta trasera. Él debió de oírla porque se volvió y le preguntó:

—¿Qué haces aquí abajo?

—He oído un ruido.

—Sí, yo también. No era nada, vuelve a la cama. —Aunque por su cara no parecía pensar que fuera nada.

Se lo veía tenso, y saldría fuera a investigar… donde tal vez se toparía con su hermano. ¡Tendría que darle tiempo a Hibiki para escapar! Desesperada, se jugó el todo por el todo: cruzó la cocina corriendo y le rodeó el cuello con los brazos.

—¡No me dejes sola!

Laxus la abrazó sin dudarlo, aunque se sintió confundido, porque preguntó:

—¿Qué ocurre?

—Tú… o sea, la luz que has traído a la cocina. Se veía desde mi ventana y he pensado que volvía a haber fuego.

Laxus reprimió una risa.

—Y tal vez lo haya. —Como ella sofocó un grito, se explicó—. No me refería literalmente. No me hagas caso, ven aquí.

Laxus la acompañó a una silla de la cocina y se sentó con ella en el regazo, con un brazo a su espalda, y con la otra mano empezó a frotarle el hombro y el brazo para tranquilizarla. No la estaba acariciando excesivamente, pese a que su tacto podía convertirse en caricia, y Lucy estaba apoyada contra su pecho, aquel pecho otra vez desnudo. Laxus había bajado a la planta baja solo con los pantalones. Lucy empezó a sentirse avergonzada por haberse lanzado a sus brazos, no importaba cuál fuera el motivo. ¿O tal vez era demasiado recatada para admitir que se alegraba de haber tenido una excusa para hacerlo?

—Me sorprende que te hayas asustado, teniendo en cuenta el valor que demostraste anoche.

—Eso fue diferente.

—¿En qué?

—Ayer el fuego ya ardía. Reaccioné sin pensarlo. Solo pensaba en apagarlo antes de que se expandiera. —Lucy respiró profundamente, inhalando aquel aroma a cuero y pino. Le encantaba cómo olía.

—Eres más valiente de lo que crees, aunque me encanta que acudas a mí cuando flaquees.

A ella no le hacía falta ver su sonrisa para saber que estaba allí mientras la hablaba. Se sintió un poco mal por haberle engañado. Aunque era verdad que se había asustado… por su hermano. A aquellas alturas Hibiki ya debería haber escapado. Era momento de volver a la habitación.

—Supongo que tardaré un poco en dejar de asustarme por cada ruido o luz inesperada en la casa —dijo con una sonrisa y apartándose de su pecho.

Esa fue probablemente su mayor equivocación, ya que ahora vio lo atractivo que era y tuvo ganas de quedarse en su regazo. Observó fascinada su pecho y sus brazos musculosos, sus hombros anchos, los marcados tendones de su cuello y su hermoso rostro. Sus ojos azules la habían capturado y no la soltaban. ¿Vio en sus ojos el ardor del deseo, o era un reflejo del farol? Fue un momento emocionante. Lucy recordó que él no sabía quién era ella y que si lo supiera no le gustaría. Aunque sí que le gustaba Jennifer. ¿Por qué no podía ser la auténtica Jennifer por un rato aquella noche?

—Jenny —dijo él tiernamente, como respondiendo a su pregunta, animándola a que se dejase llevar.

Lucy no impidió que volviera a estrecharla contra su cuerpo; ella enredó sus dedos entre sus largos y rubios cabellos sujetándole la cabeza mientras la boca de Laxus reclamaba la suya.

Su beso fue dulce al principio, para volverse intenso y exploratorio cuando hurgó con la lengua los labios de Lucy hasta separarlos. Entonces estalló la pasión. Durante un largo rato, los engulló y ninguno de los dos parecía capaz de saciarse con el otro. Laxus recorría su espalda con las manos arriba y abajo mientras sus besos eran cada vez más ávidos. Las manos de Lucy le aferraban los hombros mientras todo su cuerpo crepitaba con cada empuje de la lengua de Laxus. Finalmente fue él quien se moderó, tal vez porque no quería asustarla. No sabía que Lucy ya había superado el miedo, aunque era demasiado inexperta para hacer otra cosa que dejar que él la guiara.

Laxus le quitó la chaqueta y apartó los tirantes de su camisón, luego le besó el hombro desnudo, dejando una marca antes de moverse hacia su cuello. Lucy temblaba mientras Laxus seguía besándola y acariciándola con ternura. La excitaba de un modo que jamás habría soñado. Era tan grande, tan fuerte, más atractivo que ningún hombre que hubiera conocido jamás. Y además la deseaba.

Lucy notó que él tiraba de los lazos del camisón, aflojándolos, y que ahuecaba una mano sobre uno de sus senos. Jadeó. Laxus le tocó el pezón, dibujando círculos suavemente y despertando un cálido cosquilleo por todo su cuerpo que la hizo jadear más fuerte. Ambos oyeron las pisadas al mismo tiempo. Lucy inhaló bruscamente y comenzó a levantarse, pero Laxus la apretó hacia él para taparle los pechos desnudos mientras el guardia pasaba junto a las ventanas de la cocina.

A Lucy le palpitaba el corazón y seguía jadeando cuando las pisadas se alejaron y volvió a dejarse caer hacia atrás. Laxus sonrió apesadumbrado.

—Tal vez sea mejor así. Me estaba dejando llevar por el entusiasmo.

Ella se limitó a ceñirse el camisón y salir a toda prisa de la cocina hacia la planta de arriba. Ahora se sentía asaltada por un doble sentimiento de culpa, por haberle pedido a Hibiki que le guardara el secreto y por darle a Laxus la impresión equivocada. ¡Por Dios santo, si solo hacía tres días que conocía a aquel hombre! Y no tenía ninguna intención de casarse con él. ¿Cómo había podido ceder a impulsos prohibidos? ¡Incluso se había animado a sí misma a permitírselo! ¿Es que no estaba bien de la cabeza? Estaba jugando con fuego.

Aquella farsa tenía que terminar. Al día siguiente le escribiría otra carta a su madre. Esta vez se lo contaría todo, todos los horrores de que había sido testigo, el miedo que había pasado y lo que estaba teniendo que soportar, lavar platos y demás, solo para evitar a Jude Heartfilia y encontrar la manera de poner fin a la enemistad sin tener que casarse. Había intentado evitarle a su madre más preocupaciones, pero ya no podía seguir soportándolo sola. Cuando Layla lo supiera todo, la liberaría de su promesa. Antes de marcharse, sentaría a aquella gente a una mesa y les haría resolver lo que nunca debería haberse convertido en una enemistad. Luego regresaría a casa sin ningún remordimiento…