La segunda carta de Lucy a su madre era larga y tenía que estar bien redactada. No pudo terminarla de un tirón porque tenía que preparar su primer desayuno para los Dreyar. Sirvió huevos, pan recién hecho, que esta vez salió perfecto, y carne de vacuno, que Romeo asó a la parrilla en el patio trasero para no sobrecalentar la cocina encendiendo la chimenea. Le salió tan bien que ni siquiera estropeó su humor un comentario subido de tono de Laxus haciendo secreta referencia a lo que imprudentemente ella había dejado que sucediera la noche anterior.

Aunque sí que la avergonzó un poco. Lo que la había avergonzado de verdad había sido la primera visión de Laxus aquella mañana y darse cuenta de las ganas que tenía de verlo. La noche anterior había jugado con fuego, y aquella llama podía descontrolarse si no podía apagar aquellos sentimientos inapropiados que seguían revolviéndose en su corazón.

Pero ya tenía el día bastante ocupado y pudo apartar aquellos pensamientos de su cabeza. Después del desayuno tenía que empezar a preparar la cena pronto, ya que iba a hacer un asado. Solo para asegurarse de que no se convirtiera en un nuevo desastre, volvió a visitar a Porlyusica.

Lucy seguía evitando comentarle a la madre de Laxus que no sabía cocinar, pero pensó un modo para obtener su ayuda sin pedirla directamente.

—Esta noche prepararé un asado. Como hay muchas maneras de hacerlo, me gustaría saber si usted tiene alguna receta favorita.

—Tengo muchas, pero sería difícil explicarlas si no puedo estar contigo en la cocina. Yo no cocinaba para la familia, ¿sabes? El padre de Makarov, Yuri, tenía su propia cocinera, que hizo el viaje hasta aquí con nosotros. Cuando se jubiló, pensé que tal vez me tocaría cocinar para mi familia. Mi madre me había enseñado. Pero Makarov fue y contrató a otro cocinero y, bueno... de hecho yo prefería andar por los pastizales.

—¿Usted trabajaba con el ganado? —preguntó Lucy, incrédula.

Porlyusica sonrió.

—Llevar el ganado no es tan duro, cielo. Me permite pasar más tiempo con Makarov, y me encanta estar al aire libre. No me dedico a marcar el ganado en primavera, aunque echarle el lazo a las terneras extraviadas para devolverlas con sus madres es divertido. Tendrás que pedirle a alguno de los chicos que te enseñe algún día.

Lucy decidió que aquella idea ridícula no merecía ningún comentario y que se desviando del tema. Necesitaba recetas, no aprender a echarle el lazo al ganado. El libro de cocina que había comprado simplemente enseñaba lo más básico o demasiadas opciones para variar un plato añadiéndole tal cosa o tal otra, aunque nunca decía cuánto había que echar de esos ingredientes. En sus escasas páginas se destacaba el valor de la experimentación, pero ella no tenía tiempo para experimentos. Quería que sus platos salieran bien a la primera, no después de cinco comidas estropeadas.

—¿Así que no tiene ninguna sugerencia para el asado de esta noche?

—Mi madre prefería prepararlo en una cazuela de hierro fundido, con un poco de laurel y ajo... Ah, y siempre le echaba un poco de vino tinto, medio vaso más o menos.

¡Así que por eso había vino en la despensa! Pero Porlyusica de repente frunció el ceño pensativamente y añadió:

—Ed tenía su propia cazuela de hierro fundido, pero supongo que se la llevó consigo. La que me dejó mi madre está en el desván. Si quieres puedas cogerla, a menos que hayas traído tu propia cazuela.

Lucy la miró con cara de póquer. ¿Viajar con una cazuela? ¿Sabría lo que era una cazuela de hierro fundido cuando la viera? Tal vez Romeo sí. Podía mandarlo al desván a buscarla. Pero por mucho que tuviera una cuasi receta para esa noche, eso no la ayudaría al día siguiente. Así que negó con la cabeza respecto a lo de la cazuela propia y dijo:

—Probaré de echarle el vino esta noche. ¿Tiene alguna receta más que le apetezca?

—Como ya te he dicho, mi madre me enseñó y era muy buena cocinera, pero está todo aquí dentro —dijo Porlyusica señalándose la cabeza.

—Tal vez podría apuntar algunas para mí.

Porlyusica soltó una risita.

—Es difícil describir un pellizco de esto y una pizca de lo otro cuando se habla de especias. Y el secreto está en la medida, ¿sabes? Si pones demasiado estropeas el plato, y si pones poco también lo estropeas. Pero podré volver a caminar antes de la boda. Entonces podré enseñarte.

La maldita boda. Eso no iba a ayudar ahora a Lucy. Aunque en realidad...

—También podría considerar la posibilidad de anotar esos pellizcos y pizcas en un papel —observó con una sonrisa—. Imagine qué maravilloso regalo sería para su futura nuera.

Había conseguido sorprender a Porlyusica.

—¡Mecachis, muchacha, es una magnífica idea! Veré qué puedo hacer y luego te puedes hacer copias también para ti.

Lucy se levantó para irse, contenta de haber conseguido lo que necesitaba. Pero entonces recordó la carta a su madre que había empezado. Si lograba el resultado deseado, que era el permiso para volver a casa, Porlyusica era probablemente la única que podría hacer que viajara sin remordimiento alguno. Con ese fin, dijo impulsivamente:

—Hay otro regalo que sería todavía mejor, señora Dreyar, al menos para la nuera que espera pronto. Bueno, si fuera yo, seguro que me lo parecería.

—¿Cuál? —dijo Porlyusica incorporándose.

—Poner fin a la enemistad con su familia antes de la boda. Sería un gesto magnánimo, ¿no cree?

La mujer volvió a dejarse caer sobre las almohadas.

—Sí que lo sería. Es tan lamentable. Mi hijos podrían haber sido grandes amigos de los de Jude. Demonios, si prácticamente vivimos tan cerca que podríamos hablar a gritos de un rancho al otro.

—Y entonces, ¿por qué depender de una boda para que termine? ¿Por qué no le ponen fin y punto?

—¿Crees que no lo he intentado? Layla también quería acabar con las hostilidades. Las dos queríamos. No hay derecho a que tengamos que soportar algo en cuyo inicio no participamos.

—¿Layla? —Lucy se esforzó por no sonrojarse.

—La mujer de Jude Heartfilia. Siempre hablábamos cuando nos cruzábamos en el pueblo. Era una joven muy simpática, jamás se dio aires, a pesar de venir de la gran cuidad. Se adoptó perfectamente porque quiso, y además Jude y ella parecían muy felices juntos, siempre tocándose, riendo... —Y añadió con un susurro—: Incluso besándose en público. Luego me dijeron que se volvió muy excitable y empezó a quejarse de la vida en el rancho cuando le dispararon a Jude. Y un día, sin más, se marchó llevándose a su hija pequeña consigo. Jamás lo entendí. Todavía hoy sigo sin entenderlo. Pero al menos la tregua duró, aun tras la marcha de ella.

—Tal vez... tal vez echaba de menos la vida de la ciudad.

—¡Qué va! —bufó Porlyusica—. A esa muchacha le encantaba vivir aquí, y amaba a su marido. No me sorprendió cuando organizó el compromiso matrimonial y la tregua, de hecho lo exigió. —Otro susurro—. Creo que aquella noche asustó un poco a Makarov cuando se presentó aquí sola. De tanta rabia incluso lloraba. Como mínimo, lo dejó perplejo, sin duda. Pero yo ya me veía a venir que haría algo así. No le asustaba discutir con los hombres por el acceso al agua. Sé que la enfurecía que no fueran capaces de compartirla. Tanto como a mí, pero yo jamás tuve las agallas de plantarme como lo hizo ella. Era una mujer apasionada y valiente. Debía de ser por su pelo rojo... —dijo Porlyusica, con la mirada puesta en el largo cabello de Lucy.