—¿No vas a quedarte más en tu pocilga? —preguntó Lucy cuando sintió un golpe en los zapatos y miró abajo para encontrarse nuevamente con el cerdito en el porche a sus pies.

El animalito estaba quieto, con la vista alzada hacia ella. Lucy se agachó para acariciarlo, pero él siguió mirándola fijamente. Finalmente, la muchacha cedió poniendo los ojos en blanco, lo cogió en brazos, le dio la vuelta sobre su regazo y comenzó a frotarle la barriga mientras contemplaba la puesta de sol.

Aquel día no se había presentado ninguna tormenta de verano para estropear el glorioso espectáculo de brillantes franjas de rosa y amarillo. Los árboles de la línea del horizonte parecían presa de las llamas con tanto rojo encima. Lucy tenía tiempo de disfrutarlo mientras se cocía el pan.

—No te preocupes por mí, muchacha —dijo Makarov mientras salía al porche a fumarse su puro de la tarde en su silla favorita.

No hizo ningún comentario acerca del cerdito en su regazo, lo que significaba que apenas la había mirado. Para él no era más que otra criada. Casi invisible. Pero ella lo entendía. La casa de su madre estaba llena de criados, pero ¿con qué frecuencia se fijaba ella en ellos? Aquel papel que estaba interpretando le daba una visión de sí misma no totalmente satisfactoria. Como fuese, podía ignorar a su patrón porque él, aparentemente, tenía la intención de ignorarla a ella. Y tampoco le importaba compartir el porche con él. Además, con la dirección de la brisa tampoco notaría el humo.

—Hay algo que huele rematadamente bien en la cocina —dijo él antes de encender el puro y disfrutar también de la puesta de sol.

Lucy sonrió. Aquella noche la cena iba a ser causa de celebración… bueno, al menos para ella. La cazuela de hierro fundido de Porlyusica resultó ser una estupenda fuente con tapadera para asar. Era poco honda y entraba sin problema en el estante de hornear de la cocina de leña. Tenía asas, de modo que Lucy podía llevarla tal cual a la mesa y servir directamente. Incluso tenía una plataforma sobre la que apoyarla, de modo que también podía utilizarse sobre el fuego. En ese preciso instante estaba sobre la mesa de la cocina, con el asado en su interior hirviendo a fuego lento en su salsa mientras se cocía el pan.

Lucy había dejado una nota sobre la tapadera donde ponía «No tocar». Iba a ser su sorpresa, su primera buena comida, y quería ser ella quien la destapara. Por supuesto que el aroma que había inundado la cocina durante gran parte de la tarde era una buena indicación. Aun así, la presentación lo era todo, y había dispuesto las verduras que había traído y lavado Romeo en círculo alrededor del enorme asado. Y lo había calculado perfectamente para no añadirlas demasiado pronto.

Había sido un día ajetreado, pero todo había ido como una seda… bueno, casi todo. Aquella inquietud que había sentido al salir del dormitorio de la señora había desaparecido hacía rato. Había sido una tontería pensar siquiera por un momento que Porlyusica pudiera haber adivinado quién era cuando había mencionado el pelo rojo de Layla y se había quedado mirando su propio pelo rubio-rojo. Su tono era el mismo. Era absurdo pensar que aquella mujer pudiera haber establecido la relación. Incluso si se le hubiera ocurrido, enseguida se habría reído de la idea. Que era lo que Lucy debería haber hecho antes, en vez de dejar que la inquietara la mitad del día. Lo que realmente la tenía en ascuas era lo que había dicho Porlyusica acerca de sus padres…

Felices y enamorados, y no obstante Layla se había largado sin más. ¿Por qué? ¿Nadie iba a responderle jamás esa pregunta? Aquella era la primera vez que le hablaban sobre lo feliz que era Layla en Montana, lo que lo hacía todo aún más confuso. Y lo que le hizo caer en la cuenta, también, de que ella misma sería una persona distinta si Layla no se la hubiera llevado de allí. Lucy se habría criado conociendo a Laxus y probablemente esperaría ansiosa por casarse con él, probablemente estaría perdidamente enamorada de él. Ya no era una idea tan horrible, pero era un poco triste porque no estaba destinada a ocurrir.

—Ya me gustaría verlo en tu regazo de aquí a seis meses. No escuchaste mi consejo sobre el tamaño, ¿verdad?

Hablando del rey de Roma… Lucy le sonrió a Laxus, que estaba apoyado en el umbral de la puerta, con un libro en la mano y recién aseado, por el aspecto de su cabello mojado. Había hablado lo bastante flojo como para que su padre no advirtiera su presencia.

—No he ido yo a buscarlo —dijo en defensa propia—. Parece que me encuentra cada vez que se abre una puerta o salgo fuera.

—Sé cómo se siente.

Lucy se ruborizó y volvió a mirar la puesta de sol. Tendría que volver a entrar. Era probable que Laxus hubiera salido para hablar con su padre; sin embargo, no se movía en dirección a él. Y ella tampoco se movió, de momento. Incluso lo entretuvo señalando con la cabeza el libro que sujetaba.

—¿Dónde recibiste estudios, si es que los recibiste?

—¿Crees que no estoy a tu nivel, Blondie?

—No; solo me lo preguntaba. —Su charla con Hibiki la noche anterior le había despertado la curiosidad sobre cómo se habían criado juntos los chicos de ambas familias, aunque no podía decírselo—. En donde yo vivo, las escuelas son abundantes. Y se me ha ocurrido que aquí no debe de ser el caso.

—Mamá nos enseñaba. Iba para maestra, pero luego se casó. Aunque finalmente en Nashart sí que hubo un aula. Y te he traído esto para ti. —Dejó el libro en el columpio junto a ella—. He pensado que tal vez te gustaría un poco de ficción ambientada al oeste de las Rocosas, si es que tienes tiempo para leer.

Probablemente lo tendría, ya que esperaba que no todos los días fuesen tan ajetreados como aquel, pero su curiosidad todavía no estaba satisfecha.

—Una sola aula implica que tenías que ir a clase con tus odiados vecinos. ¿Te metías con ellos? ¿No serías un abusón, Laxus Dreyar?

—Si tengo que pelear con alguien —respondió con una sonrisa—, tiene que ser de mi tamaño o mayor. No me importa que sea mayor. Los chicos Heartfilia jamás dieron la talla. Incluso ahora que Hibiki ya es un hombre hecho y derecho, todavía peso mucho más que él.

Sí, definitivamente Laxus era mayor, más musculoso, de hombros más anchos y piernas más fuertes… Lucy apartó su mirada de él y se puso en pie. Se disponía a entrar en la casa, pero se detuvo al recordar al cerdito que tenía en brazos y se volvió para llevárselo a su mamá.

—Ya lo llevo yo —dijo Laxus alargando los brazos—. Seguro que tienes una mesa que poner u otras cosas que acabar antes de la cena.

Ella asintió con la cabeza y le entregó el animalito. Apenas había cruzado la puerta cuando oyó a Makarov decir:

—¿Qué diablos hace este bicho aquí? Richard debe tener más cuidado con las reservas de comida.

—¡No pienso servirlo de cena! ¡Nunca! —gritó Lucy mientras avanzaba por el pasillo.

—¿Lo he oído bien? No puede…

Lucy no oyó el resto de lo que decía Makarov porque su voz quedó sofocada por una carcajada de Laxus.