Laxus siguió con la mirada a Jennifer mientras caminaba por el pasillo, con el polisón balanceándose y su pelo rubio-rojo atado a la nuca, pero aun así lo bastante largo como para extenderse sobre su espalda hasta la cintura. Aquellos ojos verdes esmeralda debían de estar centelleando en ese momento, demostrando que lucharía por un cerdito. Y lucharía, de eso él no tenía duda, y la idea le mantuvo la sonrisa en los labios incluso después de que ella desapareciera de su vista.

Laxus se había reído al leer la nota que había dejado sobre la cazuela. Ni siquiera tenía que estar presente para hacerle reír.

—Basta. ¡Basta!

Laxus se volvió hacia su padre y lo vio erguido sobre la silla, mirándolo amenazadoramente. Laxus fue a apoyarse en la baranda, con una pierna colgando y el cerdo debajo del brazo.

—¿Basta de qué?

—De mirarla así.

Laxus se limitó a encogerse de hombros.

—No puedo evitarlo.

—Por supuesto que puedes.

Laxus rió entre dientes.

—Supongo que ya no te acuerdas de cuando eras joven.

—No soy tan viejo —gruñó Makarov—. Y esto no tiene ninguna gracia.

—Te equivocas, papá. No me había reído tanto en mi vida como desde que Jenny llegó aquí. Es como si cuando entró en casa, la alegría hubiera entrado con ella. Todo en ella me da ganas de sonreír.

—Maldita sea, Laxus, tienes que cortarlo de raíz ahora mismo. ¿Crees que no sé adónde lleva esto?

Laxus se irguió.

—¿Y qué, si lleva?

—Ella ya tiene un hombre, y tú tienes a una chica que está cruzando el país por ti.

—Ya sabes lo que pienso de eso, papá.

—Sí, lo sé. Lo detesto tanto como tú mismo. Pero Layla Heartfilia me hizo aceptarlo… bueno, sobre todo fue tu madre la que me convenció, tomando partido por Layla Heartfilia. Ahora es una cuestión de honor.

¿Cuántas veces había oído eso Laxus? Pero no había otro chivo expiatorio, solo él. Y si bien nunca había hecho nada más que quejarse porque hubieran preparado todo aquello para él antes de que fuera lo bastante mayor como para poder tener voz en el asunto, tampoco había tenido ningún motivo para negarse sin más… hasta entonces. En realidad todavía no tenía el motivo, aunque esperaba tenerlo pronto. Laxus suspiró.

—Les devolvemos las reses que se pierden en nuestras tierras —le recordó a su padre—. Y ellos igual. Básicamente hace quince años que vivimos en paz, salvo las peleas entre Sting y Natsu, y Rufus y Hibiki, y alguna riña sin importancia antes de eso. En paz, papá. No hace falta una boda para que las cosas sigan así. Podrías lograr un acuerdo con Heartfilia, maldita sea. Tú no eres el abuelo, que ni siquiera hablaba con ellos.

—No se puede confiar en que Jude cumpla con un simple acuerdo. Hay que firmarlo con un lazo de sangre. Su esposa lo sabía, y por eso puso esa carta sobre la mesa.

—Tienes cuatro hijos. Cualquiera de los cuatro tendría que valer.

—Pues Layla te eligió a ti. Y aceptamos que fueras tú porque eres el mayor.

—Pues discrepo en ese punto.

—Ya hemos tenido antes esta discusión, Laxus. Y juraría que llegamos a un acuerdo. Tú primero la conoces y luego decides si la quieres o no. Mientras, aparta las manos de las empleadas. Te eduqué mejor que para que coquetees con una mujer que ya está prometida.

¿Tenía que sacar Makarov esa carta? Laxus levantó los brazos en señal de derrota, o empezó a hacerlo hasta que casi se le cayó el cerdito.

—Muy bien —gruñó antes de marcharse y dar la vuelta hacia la parte posterior de la casa. Debería haber ido por el otro lado. Su padre se asomó a la baranda cuando Laxus pasó por su lado.

—Tal vez la chica Heartfilia tampoco quiera casarse contigo. ¿No lo has pensado? Tal vez te estás subiendo por las paredes por nada. Aunque eso ya lo veréis vosotros cuando ella llegue aquí.

Laxus siguió su camino sin responder. No le gustaba discutir con su padre. Él ya sabía que a fin de cuentas la decisión final sería suya. Makarov se lo había dejado claro. Laxus ni siquiera debería intentar solucionarlo antes de conocer a la chica Heartfilia. Simplemente habría sido bonito tener paz sin un límite de tiempo, de modo que sus vecinos no se alzasen en armas cuando él finalmente rompiera ese estúpido compromiso matrimonial.

Al regresar de la porqueriza no encontró a Jennifer en la cocina. Bastaría mirarla una sola vez para superar aquel enfado, de eso estaba seguro. Y lo superó cuando entró en el comedor y la encontró poniendo el asado en la mesa y al resto de su familia ya sentada. Ella pasó por su lado de vuelta a la cocina. Como Makarov estaba mirándolo con una ceja arqueada, Laxus logró no seguirla con la mirada y se sentó a la mesa.

De modo que se sorprendió al oír que su padre, mientras se levantaba para cortar el asado, decía:

—Ve a buscarla. Huele como que esta noche lo ha hecho bien. Puede empezar a compartir las comidas con nosotros como hacía Ed. Y tal vez pueda enseñaros algunos modales que habéis olvidado desde que vuestra madre guarda cama.

Aquello era una concesión para Laxus, que asintió con la cabeza antes de dirigirse a la cocina. Jennifer estaba junto al fregadero, de espaldas a él, y cuando oyó sus pasos miró por encima del hombro.

—He olvidado mencionar que guardéis un poco para el resto de nosotros. No quería estropear la presentación cortando la carne antes.

Laxus sonrió.

—Supongo que la nota de «No tocar» era para ti misma, entonces.

Lucy se rió.

—No, pero es que… ¿Qué pasa?

El alegre sonido de su risa lo había dejado boquiabierto. ¿Nunca antes había oído su risa? Bueno, sí la había oído, pero no le había afectado de aquella manera. ¿Cómo era posible que pudiera ser incluso más bonita? Por fin Laxus recuperó el habla.

—Tu risa te hace resplandecer. Te ilumina como una vela. Ponme mala cara, Jenny, para que pueda volver a moverme.

Contrariamente, ella volvió a reírse, al parecer pensando que bromeaba. Laxus no estaba seguro de estar bromeando, pero ella se había vuelto hacia el fregadero cuando le dijo:

—Ve y come mientras está caliente.

Laxus se aclaró la voz.

—Pues entonces tendrás que volver al comedor para que eso ocurra. Sígueme, Blondie. Papá no comerá hasta que tú te sientes a la mesa.

Lucy se giró e incluso dio algunos pasos antes de pararse para observar:

—No es apropiado que los empleados se sienten a la mesa con la familia. ¿Las criadas cenan con vosotros?

—No, pero tú no eres exactamente una criada. Y Ed el Viejo comía con nosotros, igual que Erik. Además, papá cree que nos puedes enseñar modales a los jóvenes. O sea que se acabó la discusión.

Laxus volvió a su silla, dejando para ella la elección de seguirlo. En realidad, no se fiaba de sí mismo si la tocaba, ni siquiera la mano. Pero Lucy entró unos segundos más tarde, sin la más mínima señal de vergüenza que la mayoría de los criados sentirían al ser invitados a la mesa familiar. Se comportaba como si fuera la reina del lugar. Bien mirado, aquella muchacha no tenía ni un pelo de servil ni jamás lo había tenido. A Laxus no le sorprendió. Jennifer Realight era consciente de lo que valía.

Se detuvo detrás de la silla vacía justo frente a Laxus. No la tocó. Lección número uno. Laxus empezó a reír, simplemente no pudo evitarlo. La cosa empeoró cuando Sting, Erik y Rufus se levantaron para apartarle el asiento. Pero Sting fue el más rápido y el que estaba más cerca y tiró de la silla hacía atrás.

Lucy le correspondió con una sonrisa de agradecimiento que hizo sonrojar a Sting. Makarov seguía cortando el asado, y como tardaba tanto, Laxus tuvo la sensación de que su padre temía estropearlo y decepcionar a la cocinera. Los demás empezaron a pasarle los platos.

—No habéis todos a la vez —dijo el patriarca.

Algunas risas nerviosas y carraspeos siguieron a sus palabras. Jennifer inició una conversación para que no se sintieran tan incómodos con su presencia, viendo que era ella la causa de sus nervios. Era su vestido. Sencillamente no parecía una empleada con aquellas prendas tan elegantes y sentada tan correctamente, era como si tuvieran a una dama rica a la mesa. Y ninguno de ellos estaba acostumbrado a eso. Ni siquiera su padre.

—¿Tal vez alguno de ustedes podría contarme algo más acerca de Nashart? La señora Dreyar dijo que el pueblo no existía cuando su familia se mudó aquí. Que no era más que un puesto comercial.

—Sí, no había nada más —respondió Makarov—. Y durante mucho tiempo, además.

—Pero ¿estar tan lejos de los mercados para su ganado no complicaba el negocio?

—Pues no era un factor decisivo, ya que esperábamos que tardaríamos unos años en volver a tener un rebaño numeroso. Solo trajimos con nosotros cien cabezas y perdimos la cuarta parte en el viaje.

—¿Tan penoso resultó?

—La verdad es que no. Realizamos la mayor parte del trayecto por río, primero por el Misisipi, luego por el Misuri hasta Fort Union. Eso está muy lejos de aquí, pero mientras que el Misuri sigue hacia el oeste y los barcos de vapor viajan actualmente por esa ruta, por aquel entonces no lo hacían.

—¿Por qué no se establecieron cerca de Fort Union?

Makarov soltó una risita.

—Mi padre quería vivir aún más aislado. Ya habíamos hecho fortuna como rancheros en Florida, donde están ubicados algunos de los ranchos más antiguos del país. La verdad es que allí se había desmandado demasiado el robo de ganado. Muchos ranchos y muy cerca unos de otros. Y queríamos huir de eso… entre otras cosas. De modo que no buscábamos una región muy poblada, sino todo lo contrario. No obstante, tampoco podíamos alejarnos demasiado del agua, de modo que seguimos el río Yellowstone. No podíamos navegar porque corría hacia el norte, hacia el Misuri, pero nunca nos apartamos demasiado de él o de sus afluentes. El arroyo que fluye cerca de aquí casi todo el año y alimenta el lago fue la causa de que echáramos raíces aquí, eso y encontrar la senda de los tramperos hacia el puesto comercial de la región.

—¿Casi todo el año? —preguntó Lucy.

—A veces se seca a finales de año; un año se secó el cauce entero —respondió Rufus mientras Makarov empezaba a repartir los platos servidos.

—Aquí en invierno debe de helar, ¿no? —preguntó ella—. ¿De dónde saca el agua entonces el ganado?

—Rompemos el hielo de las orillas del lago para las vacas que son demasiado tontas para chupar la nieve —se atrevió a intervenir Sting.

Jennifer asintió con la cabeza.

—Y así, ¿cuándo nació como tal el pueblo de Nashart?

—A eso pueden responder mis muchachos. Yo voy a compartir esta deliciosa cena con Porlyusica —dijo Makarov mientras cogía dos platos repletos para salir del comedor.

Jennifer miró alrededor, esperando una respuesta, aunque Laxus notó que hacía lo posible por no mirarlo a él. De todos modos, fue él quien respondió.

—Con el surgimiento de nuestro rancho cerca del puesto comercial, no tardó demasiado en construirse un salón. Aún así, por lo que sé, durante algunos años más solo hubo esas dos edificaciones. No había el suficiente tráfico por aquí para justificar más… Vaya, por aquel entonces no había más que tramperos e indios.

—¿Y qué cambió eso?

—El oro. Antes de que descubrieran oro en la parte occidental del territorio, Nashart era apenas un puñado de edificios. Empezó a llegar gente afectada por la fiebre del oro de todo el país y de todas las clases sociales, la mayoría demasiado tarde, ya que entonces las noticias viajaban muy lentamente. Alguna gente del Este pasó por aquí de camino a hacerse rica porque por entonces ya habíamos llevado vacas unas cuantas veces a Fort Union, de modo que había una senda bastante buena entre aquí y allí. Y luego volvieron a pasar por aquí de vuelta a casa cuando la cosa no les salió bien.

—¿Y se quedaron?

—Algunos sí. Vieron que se estaba construyendo. El puesto comercial ya se estaba convirtiendo en un almacén general para aprovechar el creciente tráfico que pasaba por aquí. Y el progreso puede ser tan contagioso como la fiebre del oro. Pronto surgieron pequeños negocios que no costaba demasiado poner en marcha, como la barbería, la lavandería, la carpintería, entre otros.

—¿Y fue entonces cuando Nashart pasó a ser un pueblo de verdad?

—Sí, aunque todavía no era ni una cuarta parte de lo que es hoy. Continuó creciendo, solo que más lentamente hasta que llegó una línea de diligencias. No me sorprendió ver lo que ocurría a pesar de haberse acabado la fiebre del oro. Butte, Helena e incluso Virginia City se hicieron tan grandes que ya atraían a nuevos negocios en vez de a nuevos buscadores de oro.

Laxus había hablado tanto que se sorprendió al descubrir que solo quedaban Jennifer y él sentados a la mesa. Decidió llevar la conversación hacia temas más personales, ahora que estaban solos, pero ella también se percató de la situación y se levantó para marcharse. Aunque lo hizo educadamente, terminando la conversación con una reflexión.

—Me pregunto si este territorio llegará alguna vez a ser un estado o no será más que pueblos fantasmas cuando se agote todo el mineral.

—Subestimas el poder del ferrocarril. Ahora ya hay pueblos que no son solo mineros, y surgirán cada vez más junto a las vías del tren. —Laxus se levantó para seguirla, sintiendo el impulso de no perder todavía su compañía—. Deja que te ayude a limpiar.

—¡No! —rehusó ella, tal vez demasiado bruscamente, así que se corrigió—. Quiero decir que ya tengo a Romeo para ello. Y tenemos que empezar a hacer el pan para mañana. Solo nos molestarías.

—Siempre viene bien una ayuda —dijo él frunciendo el ceño.

—No si es una distracción. —Por su tono, parecía que empezaba a sentirse molesta—. No quiero pasarme toda la noche en la cocina, gracias. —Se sonrojó en cuanto lo dijo, recordando la noche anterior. Aquel día apenas había podido pensar en otra cosa—. Aunque si quieres ayudar, podrías preparar un caballo para que pueda montarlo yo mañana.

Laxus sonrió ¡Lo consideraba una distracción!

—¿Así que querrás venir a montar conmigo?

—No, es que tengo que ir al pueblo a recoger la ropa que encargué. Romeo puede acompañarme.

—Creo que ya quedó claro que no irás a ninguna parte sin mí.

—¡Vale! —respondió ella, y se alejó haciendo aspavientos.

Laxus se rió para sí mismo. Sin duda Jennifer tenía un problema cuando no le salían las cosas como ella quería. Vivir con esa mujer no sería sencillo. Vivir con ella… ¿realmente pensaba en un futuro tan lejano?