A Lucy le hizo gracia que Laxus no se hubiera salido con la suya sobre su excursión a Nashart. Pareció bastante contrariado cuando Erik insistió en seguirlo a todas partes una vez más. Pero ella estaba contenta de volver a cabalgar y se vistió adecuadamente con su único traje de montar restante. Hecho de terciopelo verde esmeralda, era un poco caluroso para el tiempo que hacía y le faltaba el espléndido sombrero que hacía juego con él, pero ninguno de sus sombreros había sobrevivido al viaje en tren. Esta vez no tenía ninguna intención de quedarse en el pueblo más tiempo del necesario, así que ni siquiera iba a arriesgarse a parar a visitar a Erza. Llegar y marcharse, para no tropezar con ninguno de sus hermanos, ese era su plan para aquel día.

—Solo dos paradas —aseguró a los dos hombres que la escoltaban, uno a cada lado, cuando los tres entraron cabalgando por la calle principal—. Primero tengo que enviar otra carta, aunque solo será un momento.

—¿Otra carta? —se extrañó Erik.

—A mi novio —mintió Lucy.

—Qué esperabas —dijo Laxus, y dio media vuelta, dirigiéndose en la otra dirección.

Erik suspiró girando la vista hacia Laxus.

—Podría haber mentido.

¡Y sí que había mentido! Y volvió a hacerlo cuando replicó:

—No, no podría. Necesita que le recuerde que tengo novio.

—Entiendo.

Lucy envió la carta a su madre y volvió a montar en su caballo tan rápido como había dicho. Y volvió a desmontar igual de rápido cuando divisó a su hermano Natsu al otro lado de la calle. ¿La estaba mirando directamente? Dios santo, rogó que no. Escondida al otro lado del animal, con la cabeza gacha, caminó así con el caballo, tratando de llegar hasta una callejuela entre dos edificios para escurrirse y dar la vuelta por la calle de atrás hasta la casa de la señora Martin.

—¿Qué haces? —le preguntó Erik mientras la seguía, todavía montado.

—Tratando de quitarme un calambre de la pierna.

—Habría jurado que el calambre lo tenías en el cuello. ¿Te estás escondiendo de alguien?

—¿Qué dice? Solo vigilo dónde pongo los pies.

Lucy completó la huida sin incidentes, volvió a montar rápidamente y cabalgó por detrás de las casas de la calle principal hasta la de la señora Martin. El corazón, sin embargo, todavía le palpitaba. Tendría que dejar de ir al pueblo, se dijo. Era demasiado arriesgado.

Erik esperó delante con los caballos. Agnes ya tenía el pedido de Lucy empaquetado y a punto para entregarlo, solo tenía que ir a buscarlo a su taller. Lucy se paseó con nerviosismo, esperando a que la costurera regresara. Natsu no la había visto, pero le había ido por los pelos. Y de repente se quedó paralizada. No era Agnes la que volvía por el pasillo hacia ella. Natsu sí que la había visto, y parecía furioso. ¡Y, santo cielo, cómo había crecido!

—¡Te lo puedo explicar!

Natsu no estaba interesado en explicaciones, la cogió de una mano y la arrastró al exterior de la casa por la puerta de atrás. Tenían casi la misma edad, él era diez meses y medio menor, pero ya era tan alto como su hermano mayor, Hibiki, que medía como mínimo un metro ochenta. Y era fuerte. Era extraño que no hubiera derrotado a Sting en aquella pelea. Tal vez sí que lo había hecho y se había dejado amoratar un ojo para presumir. ¡Era demasiado fuerte! No había manera de desasirse de él.

—Me estás haciendo daño —dijo cuando llegaron al patio de atrás.

Eso sí que funcionó. Natsu la soltó, dio media vuelta y le espetó:

—¿Qué diablos estás haciendo con ese pistolero? ¡Trabaja para los Dreyar!

Lucy hizo una mueca antes de susurrar:

—Ya lo sé. Y yo también.

—Sí, claro…

—Es complicado, Natsu. No tengo tiempo para explicártelo, pero ve a buscar a Hibiki. Él sabe qué estoy haciendo y por qué. Pero no le digas a nadie más que me has visto.

—¿Es una broma? —repuso volviendo a asirle la mano—. Tú te vienes a casa conmigo.

Lucy clavó los talones en el suelo.

—¡No, no voy!

—Por supuesto que no va a ir —dijo calmosamente una tercera voz en un tono letal.

Ambos miraron a un lado y vieron a Erik caminando lentamente hacia ellos desde el patio lateral. ¡Y había desenfundado la pistola! Lucy palideció y se puso de un brinco delante de su hermano, dándole la espalda a Erik. Con un susurro desesperado, le dijo a Natsu:

—Él no sabe quién soy, pero me protegerá. No estropees lo que estoy haciendo. Vete. Busca a Hibiki. Y no hables con nadie más de esto o… o jamás te perdonaré.

Por un brevísimo instante, Natsu pareció herido por sus palabras, pero luego le lanzó una mirada fulminante a Erik antes de alejarse airado. Lucy esperaba que fuera a hablar con Hibiki enseguida. Pero otro manto de culpabilidad se posó en sus hombros porque Natsu se había enfadado con ella, que no había podido explicarse. Aunque la culpa dejó paso al horror cuando Erik dijo:

—Heartfilia.

Natsu se giró despacio, con el mentón desafiante mientras miraba a Erik. Lucy habría estrangulado a su hermano por su bravuconería cuando dijo:

—¿Me harás callar de un tiro?

Ya estaba a punto de volver a interponerse entre Natsu y Erik cuando este último replicó:

—Es una posibilidad… o también podría convencer a Lisanna para que deje de verte. Dime, ¿qué prefieres?

Una serie de emociones cruzaron el rostro de Natsu —ira, confusión y frustración— antes de replicar:

—¿Y eso a ti qué te importa?

—Simple lealtad hacia mi patrón. Dreyar está decidido a contarle a tu padre que la señorita Realight trabaja para él. Pero dejaremos que lo haga cuando él lo considere oportuno. Ninguno de los dos patriarcas tiene por qué saber de este incidente, que solo avergonzaría a la señorita Realight.

Natsu volvió a mirarla fijamente. La expresión de Lucy era una súplica. Él todavía podía desenmascararla y probablemente estaba pensando en hacerlo, porque la miró largamente. Lucy iba a tener que ver a su padre antes de irse del territorio, tanto si quería como si no, pero maldita sea, así no, no llevada a casa a rastras por un hermano enfurecido.

Pero, finalmente, Natsu suavizó su actitud agresiva y le dijo a Erik:

—Ella ya me ha pedido que no diga nada y no lo haré. Por ella, no por tus amenazas.

—Muy bien —contestó Erik—. No hagas que me arrepienta de fiarme de ti en este asunto.

Natsu soltó un bufido y se marchó. Erik enfundó la pistola. Ahora que el peligro ya había pasado, Lucy lo miró.

—¿Realmente le habría disparado?

—¿Por una broma? Por supuesto que no.

—¿Lo ha dicho en serio, que tampoco le va a contar a Makarov nada de esto?

—Se lo contaré el día que cabalgue hasta el rancho Heartfilia para regodearse. No voy a permitir que lo dejen en ridículo durante ese encuentro. Pero de momento, no le veo mucho sentido a mencionarlo.

—Es usted un hombre leal, ¿verdad?

Erik se limitó a acompañarla a los caballos. Qué hombre tan complejo… Parecía seguir sus propias normas.


El resto de la semana transcurrió lentamente, mientras Lucy esperaba la respuesta de su madre, aunque todavía era demasiado pronto. Lisanna volvió al trabajo esa semana y justo a tiempo, ya que Lucy había vuelto a estornudar aquella misma mañana. Fue un primer encuentro desagradable.

Lisanna entró sin prisa en la cocina, le echó una mirada a Lucy en su espantosa ropa nueva de trabajo y le dijo acusadoramente:

—¿Me has robado la ropa?

Como llevaban el mismo estilo de falda y blusa, Lucy comprendió el error de la mujer. La criada era mucho más curvilínea que Lucy y rellenaba la blusa escotada provocativamente. Lucy no tuvo ninguna duda de que Lisanna llevaba ese tipo de blusa porque la ayudaba en sus seducciones. Con un pelo plateado y suelto sobre los hombros y ojos grises, era bonita en su sencillez. Ahora que la veía de cerca, Lucy comprendió por qué Laxus podía sentirse tentado por Lisanna.

—Cuando le encargué ropa nueva de trabajo a la señora Martin —explicó— no especifiqué el estilo. Es evidente que utilizó la tuya como patrón. Te aseguro que jamás vestiría algo tan sugerente si pudiera elegir.

Pero Lucy también había rellenado aquel escote ridículamente bajo. Había tardado lo suyo en el cuarto de costura para que Porlyusica confeccionara un entredós que cubriera la parte superior del pecho. Iba abrochado detrás del cuello y metido dentro del corpiño. Había tenido que abandonar la blusa camisera porque se verían los tirantes debido a que las mangas cortas colgaban por debajo del hombro.

Pero Lisanna había captado el insulto, intencionado o no, y replicó con enojo:

—¡Mantente lejos de Laxus, es mío!

Lucy no estaba muy segura de a qué venía todo aquello, pero dijo:

—¿Tuyo?

—Pertenece a mi cama.

Horrorizada de estar discutiendo de algo tan íntimo con una desconocida, Lucy repuso secamente:

—Ya tengo novio.

—Mejor, y procura seguir así.

Avergonzada y entornando los ojos verdes, Lucy dijo:

—Soy la nueva cocinera. Prepararé tu comida. Tal vez será mejor que lo tengas en cuenta.

Como amenaza de represalia, aquella resultó bastante intrascendente, y Lucy se enfureció por no haber pensado nada mejor. Aquel era el único motivo por el que se sentía enfadada aquel día, se aseguró a sí misma. Aunque si Laxus hubiera aparecido antes de que se calmara, habría recibido una bronca a cuenta de su amante.

Quien sí que apareció fue Erik, y Lucy seguía demasiado enfadada como para darse cuenta de que no debía contárselo, ni siquiera a él, especialmente a él. No obstante, Erik aportó cierta luz sobre una cuestión que la preocupaba.

—Bah. Laxus no le interesa. Lo que quiere es ser la señora de una casa como esta. Cosa que jamás ocurrirá aquí mientras viva Porlyusica Dreyar, así que Lisanna haría mejor en buscarse al chico Heartfilia como marido. Ni siquiera estaría trabajando aquí si la hubieran contratado allí. Es en Natsu Heartfilia en quien tiene puestas esperanzas de matrimonio.

Lucy ya se había temido que su hermano tenía alguna relación con la criada, pues Erik había utilizado a Lisanna como amenaza contra Natsu cuando se librase de todo aquel lío, tendría que advertirle contra aquella mujer desabrida, confabuladora e infiel. ¿La escucharía, tan enfadado como estaba ahora con ella? ¿O ya era demasiado tarde? Se preguntó qué podía estar haciendo Natsu en el pueblo a media semana, puesto que Lisanna estaba en el rancho Dreyar.

Al día siguiente, el cerdito volvió a presentarse en la casa, aunque esta vez en brazos de Richard, y el cocinero de campaña estaba enfadado por ello.

—Jamás deberías haber hecho amistad con este animalejo. Por tu culpa, ahora llora porque no puede salir.

—¿Le has puesto más tablas a la valla?

—Tuve que hacerlo —gruñó Richard—. Nunca había tenido ningún problema con los cerditos hasta que te olieron a ti. Toma, ahora es tuyo.

Richard le endosó el animal y se largó. Lucy se quedó sorprendida, aunque no disgustada. Nunca antes había tenido una mascota, y aquella parecía ejercer un efecto calmante sobre ella. Por supuesto, ahora que el cerdito era su mascota, tendría que ponerle un nombre. Se decidió por Maximilian, un nombre de alcurnia para contrarrestar su amor natural por el barro. Pero un beneficio todavía mayor de aquel regalo inesperado era que tener al cerdito todo el día entre los pies en la cocina alejaba de ella a Lisanna. La criada le tenía algún tipo de aversión al animal, pues se alejaba con que el cerdo solo la mirara, como si le tuviera miedo.

Las artes culinarias de Lucy siguieron mejorando esa semana, aunque resultaba difícil superar aquel asado que había hecho. Todo el mundo se lo agradeció al día siguiente. Sorprendentemente, empezó a divertirse cocinando —bueno, no la parte de cocinar, ya que los días cada vez eran más calurosos y la cocina también—. ¡Sudar era una nueva experiencia espantosa! Pero experimentar con las especias era divertido. Solo que reservaba los resultados para las comidas, a las que faltaba la mayor parte de la familia. ¡Y tomaba notas! Incluso eso era divertido. ¡Estaba creando sus propias recetas! Y todo lo que sabía bien pasaba a los menús de la cena.

Laxus no bajó al pueblo el siguiente sábado por la noche con el resto de los hombres. Se quedó en casa para enseñarle a Lucy a jugar al póquer, algo que podría haber hecho cualquier noche, pero utilizó la excusa de que los sábados eran los únicos días que jugaba al póquer, así que tenía que ser aquella noche o nunca.

Lucy no lo había querido. Pasar una velada nocturna juntos no creía que fuese una buena idea, teniendo en cuenta que ya lo veía demasiado cada día. Incluso había empezado a reunirse con ella en el porche al atardecer para contemplar la puesta de sol, sentándose amigablemente en el columpio con ella y Maximilian, no siempre hablando, aunque, cuando lo hacía, siempre la hacía reír. Pero aquella noche la había persuadido de jugar a las cartas.

Utilizaron la mesa de póquer del salón. Estaban solos en aquella sala de techo alto, lo que hacía que sus risas tuvieran un eco fuerte, tan fuerte que Makarov les gritó desde lo alto de la escalera que bajaran la voz. Lucy fue incapaz de ganar una sola partida, y empezó a sospechar que Laxus hacía trampas. ¡E incluso eso le resultó divertido!

Tenía que dejar de divertirse con aquel hombre. No debería sentirse tan a gusto en su compañía cuando le echaba el lazo con su sentido del humor. Le echaba el lazo. Eso era también otro recuerdo divertido. ¡Lucy le había echado el lazo a una vaca!

Ocurrió el día que Mario la invitó a montar. Él le dejó elegir qué dirección tomar. Ella quería ver los daños que la mina de cobre estaba causando en los pastizales, de modo que cabalgaron hacia el este. Los Dreyar no habían exagerado. La hierba en la quebrada donde estaba le campamento minero estaba negra de hollín. El socavón había creado un enorme agujero en el suelo. No se acercaron al borde hasta que oyeron a la vaca. Otra más que había quedado atrapada en el profundo agujero. Por suerte, esta solo había caído en un saliente a un metro de profundidad y estaba allí atrapada. No parecía herida, pero no podría salir sin ayuda.

Laxus desmontó y agarró la soga que llevaba enganchada a la silla. Cuando ella vio que iba a echarle el lazo al animal, en vez de dejarlo caer simplemente encima de su cabeza, recordó que Porlyusica le había contado cuándo le gustaba echarle el lazo a las terneras extraviadas y le pidió a Laxus si podía probarlo. Él se sorprendido, pero le enseñó a hacerlo. Su madre tenía razón. Era divertido una vez que le pillabas el truco y dejabas de lacearte tú misma en vez de la cabeza de la res.

Eso retrasó su vuelta al rancho. Ya era la puesta de sol y Lucy empezó a distanciarse de Laxus mientras observaba el cielo.

—Presta atención —le dijo él—, ¿o prefieres que te coja las riendas para guiarte?

Lucy le sonrió.

—Lo siento, es que todo esto es muy bonito, y las puestas de sol son espectaculares.

Laxus se rió.

—Ya me imaginaba que te gustarían. Cuando has vivido con ellas toda la vida como yo, dejas de fijarte tanto.

—Qué suerte que tienes. En la cuidad, con edificios todo alrededor, nunca llegas a ver el horizonte. Tal vez un reflejo rosado en lo alto del cielo al anochecer, pero nada parecido a esto.

Un final perfecto para un día agradable. Aunque pensarlo la perturbó un poco. ¿Cuándo había empezado a gustarle pasar el rato con Laxus? No llevaba allí ni siquiera dos semanas, aunque ya se acercaba. Lo que no se acercaba era encontrar una solución pacífica para la enemistad que no incluyera el matrimonio. Laxus podía, estaba en su mano.

No pudo quitarse aquella idea de la cabeza mientras dejaban los caballos en el establo. Y cuando caminaban de vuelta a la casa, le preguntó:

—¿Has pensando alguna vez en alcanzar una tregua permanente con vuestros vecinos sin tener que casarte con una de ellos, ya que dijiste que no querías casarte?

—Yo no he dicho que no quiera casarme, solo que no con ella.

—¿Incluso aunque fuera hermosa? Hum, bueno, me han dicho que su madre era guapa.

—Y la hija probablemente también lo sea, pero eso no importa, no cuando he vivido con este odio hacia su familia toda mi vida. Y no creo que haya nada que pueda hacerlo desaparecer. En el fondo siempre existirá, debajo de la superficie. Cualquier cosa que ella hiciera mal probablemente sería un detonante, y ni siquiera sería culpa suya. —De repente, Laxus pareció sorprendido—. Esto no se lo había contado nunca a nadie, lo de este temor en concreto.

Lucy se apresuró a entrar en la casa. Ojalá tampoco se lo hubiera contado a ella.