Otra comida lograda hizo que Lucy subiera aquella noche la escalera con una media sonrisa en los labios. Todavía era temprano. Pensó en escribirle cartas a sus amistades de Nueva York. Podía pedirle a alguien que las enviara por ella. No podía contar a sus amistades en qué había estado ocupada, pero sí cosas más positivas acerca de Montana, siempre que no se las contaran a su madre. Layla tenía que seguir pensando que su hija aborrecía todo lo que tuviera que ver con ese territorio.
Lucy imaginaba que a aquellas alturas su madre ya habría recibido su segunda carta. Había medio esperado un telegrama inmediato con un simple «Vuelve a casa», aunque probablemente su madre querría expresar su opinión más articuladamente en una carta. Layla tendría cosas que recriminarse a sí misma, disculpas que pedir, aunque con suerte no un «¿Estás segura?». Lucy todavía temía que Layla hiciera lo que había hecho Hibiki: tratar de convencerla de que simplemente había tenido mala suerte al presenciar tanta violencia en tan poco tiempo. Tal vez sí que era mala suerte, pero eso no le iba a hacer cambiar de opinión.
Se desató el pelo y se puso uno de sus camisones nuevos para estar cómoda antes de empezar con sus cartas. Al menos, la señora Martin le había hecho dos camisones normales, uno de manga larga para el invierno y otro de manga corta para el verano. Aunque no iba a estar allí para el invierno, así que cortó las mangas largas para poder utilizar ambos ya.
Se quitó el entredós de la blusa y se acercó al espejo del armario ropero para mirarse. No debería haberlo hecho. Con el pelo suelto sobre los hombros y aquella estúpida blusa, ni siquiera se reconoció. La imagen hizo que se sonrojase y cerrara el armario de un portazo.
Eso jamás habría ocurrido si los hombres no le hubieran metido prisas aquel sábado en que encargó la ropa. Habría podido pasar unos minutos más eligiendo sus propios diseños —bueno, habrían sido mucho más que unos minutos, con lo exigente que era ella—. Pero realmente debería haberle devuelto las blusas a la señora Martin, y lo haría si no tuviera tanto miedo de arriesgarse a ir al pueblo.
Volvió a la cama para terminar de desvestirse, pero se detuvo a medio camino cuando alguien llamó a su puerta. Santo cielo, ¿y ahora qué? Le vinieron a la cabeza una serie de desastres, incluida la idea de que fuera algún miembro de su familia quien aporreaba la puerta, cosa que la hizo correr a la puerta y abrirla.
Pero era Laxus, que parecía muy preocupado. Ni siquiera dijo nada, simplemente la cogió de la mano y empezó a tirar de ella por el pasillo. Lucy olió por si había humo. No. No se le ocurrió nada más que pudiera hacerle correr de aquel modo. A medio bajar la escalera, le preguntó:
—¿Adónde me llevas?
Él no se paró, ni siquiera miró atrás, pero respondió:
—Acaba de llegar Caleb al galope y, Dios mío, parece presa del pánico. Necesita a una mujer y rápido, y tú eras la que tenía más cerca.
—¿Qué?
—Para su mujer Shela. Esta noche va a tener al bebé, pero el médico no está en el pueblo.
—¿Y no se puede esperar?
Aunque Laxus también parecía presa del pánico, logró reírse.
—No; te aseguro que no puede esperar.
—Pero ¡yo no sé nada de partos!
—Ni falta que hace. Shela sí que sabe. Este es su segundo. ¿No te lo conté la semana pasada? Sólo tienes que estar allí para coger al bebé cuando salga.
—Caleb conoce a su esposa… íntimamente. Entonces, ¿por qué no puede hacerlo él?
—Sería lo normal, ¿no? Pero lo intentó con el primero y se desmayó antes de que saliera. No, Caleb no sirve para esto.
¿Y qué le hacía pensar a Laxus que ella no se desmayaría? ¿Solo porque era una mujer? ¿Era otra de esas situaciones en las que aquellos hombres creían que una mujer podía apañarse mejor gracias a su instinto femenino natural? Probablemente.
Llegaron al establo antes de que Lucy recordase lo que llevaba puesto y sus mejillas se encendieran.
—No voy vestida para ir a ninguna parte. Déjame volver a cambiarme.
—Ahora no hay tiempo, Blondie.
—¡Al menos necesito una chaqueta! O la tuya. Sí, eso servirá.
Laxus le lanzó su chaqueta y luego la subió a un caballo. Alguien ya había ensillado dos. Caleb debía de haber despertado a un jornalero para que lo hiciera mientras él volvía a su casa a toda prisa.
—He enviado a Sting al pueblo por si el médico hubiera regresado antes de lo previsto —dijo Laxus—. Pero es poco probable, porque siempre suele retrasarse.
Lucy se puso la chaqueta antes de coger las riendas. Seguía sin querer tomar parte en aquello.
—¿Por qué no has ido a buscar Lisanna o Yukino, en vez de a mí? Seguro que saben mucho más…
—No podía —la cortó él mientras montaba—. Yukino visita a sus viejos dos veces a la semana. Esta noche es una de ellas. Y Caleb no permitiría que Lisanna se acercase a su casa después de que se le insinuara cuando Shela estaba embarazada de ocho meses de su otro hijo. Eso te deja solo a ti.
¡Menuda fresca! ¿Con cuántos hombres se estaba acostando Lisanna? Lucy tenía que advertir a Natsu antes de que sucumbiera a sus artimañas.
Salieron al galope. La luna sobre un horizonte sin nubes iluminaba la estrecha senda. Lucy perdió la cuenta de los destellos de relámpagos que rasgaban el cielo nocturno hacia el noreste. Estaban tan lejos que la tormenta que anunciaban podría disiparse antes de llegar al rancho de la Triple D, el de los Dreyar.
No dejaba de preguntarle a Laxus cuánto faltaba, aunque él no la oía porque iban a galope tendido. Y sus nervios aumentaban en consonancia. No podría hacerlo. No tenía la mínima experiencia ni conocimientos, estaba segura de que se desmayaría igual que Caleb, y entonces ¿quién ayudaría al bebé?
Se quedó paralizada por el miedo cuando llegaron a la cabaña. Laxus tuvo que tirar de ella para bajarla del caballo y empujarla dentro. Lo primero que oyeron cuando entraron en la habitación fue el llanto de un bebé. ¡El alivio de Lucy fue instantáneo!
—¡Parece que te has librado, Blondie! —dijo Laxus acercándose a la puerta.
Caleb la abrió en ese instante. No era alto, pero sí bien parecido y de edad similar a la de Laxus, lo que explicaba por qué Lisanna había tratado de tentarlo cuando no iba a sacar nada de él que no fuera sexo. Caleb llevaba un fardo en un brazo y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
—Esta vez es un niño —dijo orgulloso y con una sonrisa radiante—. No sabía que Shela estaba tan a punto. Tuvo una falsa alarma la semana pasada, pero dejó de tener dolores antes de que llegase yo a casa, de modo que no me dijo nada, la muy insensata. Y esta vez ha creído que también era una falsa alarma, así que no me lo comentó cuando vine a comer al mediodía. Me horroriza pensar que esto podría haber pasado mientras yo estaba cabalgando en busca de ayuda.
—Mi madre me dijo que solo la primera vez dura eternamente —observó Laxus—. El resto salen más fácil y rápidamente. Al menos eso le pasó a ella.
—¿Y no podrías habérmelo dicho? —replicó Caleb.
Laxus se encogió de hombros.
—Imaginé que Shela ya lo sabría.
Otra vez con las mismas, dando por hecho que las mujeres lo sabían instintivamente todo sobre los asuntos del hogar y la familia. Lucy puso los ojos en blanco. Laxus tardó un momento en presentársela a Caleb. Ella preguntó:
—¿Así que no ha hecho falta que nadie cogiera al bebé?
Caleb sonrió tímidamente.
—Esta vez he conseguido no desmayarme, de tan asombrado que estaba cuando llegué a casa y Shela me gritó: «¡Ven aquí, deprisa, mueve el trasero!» —Ambos hombres soltaron una carcajada—. ¿Le importa señorita? —dijo entregándole el fardo antes de que ella pudiera responder—. Ya lo he limpiado bien, pero quiero ver cómo está Shela. La pobrecilla se estaba durmiendo.
Caleb subió al dormitorio. Laxus se dirigió a la puerta, diciendo:
—Supongo que estaremos aquí un buen rato, así que voy a atar los caballos. Vuelvo enseguida.
De repente, Lucy se quedó sola con un bebé. Curiosamente, esta vez no se asuntó, y se puso a caminar lentamente por la sala. No había demasiado espacio para hacerlo. Aquella casa era más como había imaginado que sería la de los Dreyar, menos los troncos de las paredes. Era una sala grande y abierta con muebles de salón en una esquina, una mesa de comedor en otra y una cocina en una tercera, con dos dormitorios apretados en la última esquina. No había cocina de leña, y probablemente era por eso que el hogar todavía estaba encendido y le daba un calor agobiante a la sala. Era suficientemente grande para una familia pequeña, y tenía un aspecto acogedor, con tapetes de ganchillo por doquier, incluso algunos pequeños y redondos debajo de las baratijas.
Finalmente se sentó en el sofá y apartó un poco la manta cuando el bebé hizo un ruidito. ¡Era tan diminuto! Y curioso de ver, sin ningún pelo y la cara casi roja. Movía las manos, al menos la que quedaba fuera de la manta, aunque tenía los ojos cerrados. Era adorable y Lucy empezó a susurrarle tonterías, y así la pilló Laxus cuando volvió.
—Serás una buena madre —susurró para no molestar al bebé. Lucy sonrió al mismo tiempo que se ruborizaba. Supuso que algunas cosas sí les salían a las mujeres espontáneamente
—Creo que está despierto —dijo—. No estoy segura, porque no abre los ojos.
Laxus se sentó junto a ella para echarle un vistazo al bebé, tan cerca que sus hombros se tocaron. Él también sonreía. ¿Le gustaban los bebés?
—Deja que vaya a ver cómo está la niña —añadió Laxus—. No creas que tiene mucho más de cuatro años. Tal vez esté echada en la cama asustada, después de tanto grito.
—¿Qué gritos?
—Un parto puede ser muy ruidoso.
Laxus volvió a desaparecer, aunque volvió en un periquete.
—Ya debía de estar dormida, o ha vuelto a dormirse ahora que hay silencio.
Lucy asintió con la cabeza y se levantó.
—¿Puedes sostenerlo un momento? Con esta chaqueta y una manta en los brazos, tengo la sensación de que voy a derretirme, aquí hace mucho calor.
—Sí, por supuesto —dijo él, y cogió al recién nacido.
Lucy se quitó rápidamente la chaqueta, la dejó en el respaldo del sofá y volvió a tender los platos para recuperar al bebé. Laxus no se movió, mirando fijamente sus pechos medio descubiertos. Ella había llevado la chaqueta abrochada, de modo que él no había visto lo que llevaba puesto hasta ese momento.
Ella había creído que podría quitarse la chaqueta sin sonrojarse, pero estaba equivocada.
—Ya te había avisado que no iba vestida para ir a ninguna parte.
Se acercó a él y le cogió el bebé. Sosteniendo el fardo de modo que le impidiera a Laxus ver sus pechos, volvió a sentarse en el sofá.
—Perdona, es que… no me lo esperaba —se excusó él, y se acercó a la chimenea. Pero cuando volvió a mirarla, Lucy tuvo que contener la respiración. Le estaba mirando el rostro, de modo que ella no lo entendió hasta que le dijo—: Tu pelo se ilumina como una llama con la luz del fuego. Me alegro de no haber tenido que esperar al invierno para verlo.
—Eso… eso son imaginaciones tuyas.
—¿De verdad? —repuso Laxus con voz ronca—. Y que tus ojos brillen cuando me miras, ¿también son imaginaciones mías, Jenny?
—Un reflejo…
Lucy se quedó sin saber qué más decir, con él mirándola de aquella manera. El fuego se reflejaba en sus ojos, y sin embargo… la chimenea estaba detrás de él.
