Lucy no sabía qué habría pasado si no hubiera empezado a llover a cántaros. Sonaba como si se acercara una estampida de animales y al poco ya aporreaba tan fuerte el tejado que Lucy temió que fuera a derribar la casa. El bebé incluso rompió a llorar, aunque pudo calmarlo con arrullos reconfortantes.

Pero no pudo calmar su propio miedo, que no tenía nada que ver con aquella tormenta de verano. Aquel hombre estaba empezando a gustarle demasiado. Y lo que había sentido cuando la miraba tan sensualmente, ¿eso qué era? Todavía se sentía un poco sin aliento por aquella mirada.

Tenía que salir de allí, no de la casa, sino del territorio, antes de que sus sentimientos hacia Laxus crecieran y empezara a pensar que tal vez no estaría tan mal casarse con él. Pero todavía esperaba recibir la respuesta de su madre a su primera carta, y otros días más para saber algo de la segunda. Antes de terminar la semana, seguramente. Entonces podría subirse al primer tren que pasara y dejar atrás todo aquello.

—Esta noche tendremos que dormir aquí —dijo Laxus, que parecía un poco exasperado.

¿Dónde?, se preguntó ella. La casa era demasiado pequeña para hospedar visitas, y en aquella sala hacía demasiado calor para dormir. Casi preferiría volver a la casa cabalgando bajo la lluvia… no, no lo preferiría. Había caído un violento chaparrón y seguramente los caminos estarían embarrados. Tal vez se disiparía con la misma rapidez y todavía podrían regresar a la casa señorial.

—Ya me parecía que esta tormenta venía hacia aquí —dijo Caleb cuando volvió a reunirse con ellos—. Al menos no os ha pillado.

—Se podía esperar, en esta época del año —dijo Laxus encogiéndose de hombros.

—¿Esta es la estación de las lluvias? —preguntó Lucy.

—De mitad de primavera a mitad de verano, o sea que estamos metidos de lleno —contestó Laxus.

—Podéis quedaros aquí esta noche —ofreció Caleb, mientras le cogía el bebé a Lucy, que inmediatamente cruzó los brazos delante del pecho.

—Aquí hace demasiado calor —declinó Laxus—. El granero ya irá bien.

—Pues voy por unas mantas.

A Lucy le resultó más fácil darle la espalda a Laxus cuando Caleb salió de la sala. De hecho, si tenían que salir fuera, debería ponerse otra vez su chaqueta. Se la puso, aunque estuvo a punto de volver a quitársela porque la chaqueta olía a él, aquel aroma a cuero y pino. Era lo que ella olía siempre que estaba cerca de él, ¡y la idea de estar cerca de él toda la noche le provocaba escalofríos!

Caleb regresó con las mantas, incluso una almohada. Les dio las gracias por haber venido y les prometió desayuno por la mañana. Laxus le entregó las mantas a Lucy y se quedó una para echársela a la espalda y protegerse de la lluvia. La levantó y la extendió encima de sus cabezas.

—Arrímate a mí o quedarás empapada.

El patio se había llenado ya de charcos. Lucy los pisaba antes de verlos, empapándose los zapatos. Al menos tuvo la precaución de recogerse la falda por encima de las rodillas con una mano para no mojar el dobladillo, aunque cuando llegaron al granero los dos reían como chiquillos. Laxus lanzó a un lado la manta mojada y encendió un farol. Vieron que el granero también servía de establo, con cuatro compartimentos ocupados por sendas vacas lecheras.

—Iremos arriba, lejos del olor de los animales —dijo Laxus, mirando hacia arriba—. En el desván hay algunas balas de paja. Abriré una y tendremos una cama muy cómoda.

—Dos camas.

—Solo nos quedan dos mantas secas, una para echarnos en ella y la otra para taparnos. No seas tan puritana esta noche, Blondie. No me apetece pillar un resfriado por esta buena obra.

¡Si no hacía ni pizca de frío! Claro que era ella la que llevaba su chaqueta, así que no discutió. Era probable que la temperatura cayera en picado durante la noche, con lluvia o sin ella, así que tampoco estaba exagerando. Todas las noches que había dejado las ventanas abiertas en el rancho, se había despertado por la mañana acurrucada bajo las mantas, con la habitación helada.

Laxus se enganchó las mantas alrededor del cuello antes de subir la escalera, luego le pidió que le lanzara la almohada y subiera. Pero lanzar algo allí arriba no era tan fácil como parecía. Falló cinco veces en hacer llegar la almohada hasta Laxus, lo que provocó que, cuando por fin lo consiguió, se estuvieran riendo los dos.

La luz del farol bajo el desván iluminaba casi todas las vigas expuestas, pero el desván en sí quedaba en penumbra, aunque con suficiente luz para verse. Lucy lo ayudó a extender la manta cuando él hubo preparado la paja. Las restantes pacas amontonadas rodeaban la cama improvisada como una cabecera envolvente.

Laxus se quitó la pistolera y se sentó en la manta para quitarse las botas y los calcetines y tirarlos a un lado. Luego se echó boca arriba en un lado de la manta. Lucy se había quedado mirándolo. No era su intención, pero se estaba poniendo nerviosa con aquel asunto de dormir a su lado. Cuando Laxus se desabrochó el botón de sus pantalones, a ella le brillaron los ojos.

—¿Qué… qué haces? —dijo con voz entrecortada.

—¿Tú que crees? —se burló él—. Pues tratar de estar un poco más cómodo. No estoy acostumbrado a dormir con la ropa puesta, la verdad, aunque tranquila, que no me los quitaré.

Ella se volvió para ocultar su bochorno. ¿Cómo se quitaría de la cabeza aquella imagen de él desvistiéndose? De repente volvió a sentir un calor sofocante.

Se quitó la chaqueta, aunque la cosa no pareció mejorar. Finalmente se sentó y se quitó los zapatos. Todavía no estaba lista para meterse bajo la manta, con el calor que tenía ahora.

—Podrías compartir la almohada —sugirió Laxus detrás de ella—. Dicen que tengo un brazo muy cómodo, podrías utilizarlo de almohada.

—No.

—Y mi pecho es aún más cómodo.

—¡No!

—Tenía que intentarlo.

Ella no podía verla, pero oyó la sonrisa en su tono. Y la ablandó lo suficiente como para tirarle su chaqueta.

—Utilízala de almohada.

Lucy percibió un suspiro de Laxus cuando ella se echó a su lado, tan lejos de él como fuera posible, en el borde de la manta. Tenía que haber al menos medio metro entre ambos. Y entonces, ¿por qué tenía la sensación de que se estaban tocando?

—Acurrúcate si tienes frío, Jenny. Te aseguro que no me importará.

Había alegría en su tono, pero se giró de espaldas a ella después de decirlo, así que no se molestó en responder y trató de dormirse. Lo intentó de verdad, pero en vano. Tenía los nervios de punta. Ni siquiera podía calmar su respiración. Estaba pendiente y se avergonzaba de todos los ruidos que hacía, porque sencillamente él no hacía ninguno. Debía de haber pasado una hora cuando él dijo:

—Duerme un poco, Blondie. Antes de que te des cuenta se hará de día, esperemos que con sol.

—Nunca había tenido que compartir la cama con nadie —le respondió en un susurro—. No lo estoy haciendo demasiado bien, me temo.

—No tiene ningún secreto. Te arrimas si tienes frío y te separas si tienes calor. Dame un puntapié si ronco. Intentaré no hacer lo mismo si roncas tú.

Lucy estuvo a punto de reírse. Y se relajó un poco, pues esa era la intención de Laxus y se lo agradeció en silencio. Pero diez minutos después ya volvía a moverse. Al menos esta vez trató de hacerlo más silenciosamente, hasta que se dio cuenta de que tampoco dejaba dormir a Laxus.

Había sido muy mala idea. Si supiera ensillar un caballo, volvería al rancho a pesar de la lluvia. Tuvo que resignarse a no dormir aquella noche, con ese hombre tan cerca de ella.

Entonces le oyó roncar suavemente y abrió los ojos. Estaba de cara a él. Gran error. Después de tanto rato con los ojos cerrados, la tenue luz del farol debajo de ellos parecía ahora más brillante. Podía ver a Laxus demasiado claramente. En realidad era la primera vez que podía mirarlo durante un rato sin que él lo supiera ni sentirse avergonzada. Y lo aprovechó al máximo.

Laxus volvía a estar boca arriba, con un brazo detrás de la cabeza. Casi todos los botones de su camisa estaban abiertos. ¡Tenía un cuerpo tan largo! Y firme, con los músculos claramente definidos. Él le había dado permiso para arrimarse, una excusa para tocarlo. ¡No, no! No se atrevió. Se acordaba de lo ocurrido cuando se había sentado en su regazo aquella noche en la cocina. Si se acercaba más a él se despertaría y… y… Evitó pensarlo, aunque seguía sintiéndose acalorada y su respiración se aceleró.

Seguía sin poder apartar la vista de él. Miró incluso adonde nunca antes se había atrevido, al bulto en su ingle. Sabía lo que era. Su madre le había explicado las intimidades del lecho matrimonial, describiéndole incluso el cuerpo masculino y los cambios que experimentaba en la cama. En Laxus parecía demasiado grande. Tenía que ser incómodo para él. Entonces Lucy abrió los ojos como platos. ¿Se le había movido?

Varios minutos más tarde, se dio cuenta de que Laxus ya no roncaba. Su mirada se desplazó hasta su cara para encontrarlo con los ojos abiertos y mirándola.

—¿No estabas dormido? —susurró Lucy.

Laxus gruñó antes de admitir:

—Lo fingía para que pudieras relajarte. ¿Cómo es que no te has dormido?

Lucy no respondió. Estaba reprimiendo lo que él le hacía sentir, y ni siquiera había intentado hacerle sentir nada, sino todo lo contrario. Pero seguía allí, aquel calor que recorría todo su cuerpo, el ritmo acelerado de sus pulsaciones, aquella carga de tensión, como si algo en su interior estuviera a punto de estallar si no hallaba una salida.

Debía de haber cierto anhelo en su expresión que hizo que Laxus volviese a gruñir.

—Me moría de ganas, pero he jurado que esta noche no me aprovecharía de ti.

—¿A quién se lo has jurado?

—A mí mismo.

—Desjúralo.

¿Lo había dicho realmente? Debía de ser que sí, porque se encontraron en el medio de la manta y se produjo la explosión. Lucy se desprendió de todas sus inhibiciones. Estaba besándolo agresivamente, impregnándose de todos los matices de Laxus, que hacía lo mismo con ella. Pero no era suficiente. Santo Dios, todavía le parecía que no estaba lo bastante cerca de él.

Laxus se arrancó la camisa y le quitó a ella la blusa tan rápidamente que apenas se dio cuenta. La piel de Laxus estaba tan caliente que Lucy temía tocarla, aunque lo hacía de todos modos, tenía que hacerlo. Pensó que gritaría si no lo hacía. Algo seguía ardiendo en su interior. Besarlo era hondamente satisfactorio, pero no acallaba el clamor de sus entrañas por algo más.

—¿Cómo logras que sienta que me moriré si no te saboreo? Toda entera.

Fue dicho y hecho. Era demasiado, y sin embargo ella no lo hubiera detenido por nada del mundo. Bajando por su cuello y sus hombros, a sus pechos y más allá. Lo había dicho en serio, tenía la intención de besar y saborear hasta el último centímetro de su cuerpo. ¡Incluso le lamió la palma de las manos y le chupó los dedos uno por uno! Todo su cuerpo se estremeció mientras la abrasaba la avidez de aquella boca.

—Ayúdame… —jadeó Lucy cuando pudo coger aire. No podía coger mucho, de tan fuerte que jadeaba.

—Lo que quieras. Tú pide…

—¡Por favor!

Lucy ni siquiera sabía qué era lo que le suplicaba. Un final, ciertamente. Era demasiado placer de golpe y sin embargo no bastaba. Eso ni siquiera tenía sentido para su mente exhausta. Pero él sí que lo sabía y le arrancó un grito de éxtasis dándole exactamente lo que necesitaba en lo más profundo de ella. Lucy se abrazó a él con fuerza, rodeándole el cuello con los brazos mientras la recorrían palpitantes oleadas de placer. Jamás hubiera imaginado que algo tan hermoso y satisfactorio pudiera surgir de un anhelo tan frenético.

Continuó maravillada por lo que él le había dado cuando lo oyó alcanzar su propio éxtasis. Al cabo de pocos segundos se echó a su lado, arrimándola a él. Sintió sus labios suaves en la frente y luego un beso final, tan tierno, tan… cariñoso. Probablemente habría llorado de la emoción si no se hubiera sentido todavía sumida en aquella languidez deliciosa que le impedía moverse, hablar. Ya vería como se apañaría por la mañana, pero ahora por fin se sentía lo bastante cómoda como para acurrucarse a su lado y dormirse.