Lucy despertó y no se movió ni un centímetro. Estaba de espaldas a Laxus, pero todavía lo sentía en toda su longitud apretado contra su espalda y sus piernas dobladas. Lucy tenía la cabeza apoyada en un brazo extendido de Laxus. Su mano descansaba en la almohada, en un extremo de la manta. Al final, ninguno de los dos había utilizado la almohada. Se habría reído si no fuera porque se sentía tan… tan… al borde de las lágrimas.

Tendría que mentirle, y mucho. Tendría que decirle que lo que había sucedido era una equivocación y que no podía volver a suceder. Utilizaría cualquier excusa, incluso la verdad si era necesario. Porque lo que habían hecho era sin duda una tremenda equivocación.

—¿Lista para ir a buscar a un predicador?

Lucy pestañeó. No parecían las palabras de un mujeriego, aunque probablemente solo bromeaba. Por supuesto que bromeaba, ese era su punto fuerte. A finales de aquella semana, ella se había ido con el permiso de su madre. Laxus no tenía por qué saber jamás quién era ella en realidad. La olvidaría por completo. Y entonces, ¿por qué sentía tantas ganas de llorar?

De repente, él se incorporó para besarla en el hombro desnudo, luego en la mejilla.

—Vas a ser la novia más guapa que se haya visto nunca en el territorio.

Cielo santo, ¿hablaba en serio? Sus ojos se llenaron de lágrimas. ¡Laxus parecía tan feliz! ¿Qué había hecho, entregándose a aquel hombre increíble que nunca podría tener? Él ni siquiera sabía quién era ella. Si lo supiera…

Lucy se levantó abruptamente y empezó a vestirse.

—No puedo hablar de esto ahora mismo. No… no esperaba que ocurriera esto.

—Te entiendo. Probablemente te sientes mal por ese hombre con el que dijiste que te casarías, pero no te sientas mal. Fue un estúpido dejándote marchar. A estas alturas ya tendrías que saber que no te conviene.

Cada palabra que decía la hacía sentirse peor. Pretendía casarse con una mujer que ni siquiera era ella. Lucy se restregó las mejillas para secarse la humedad.

—Quiero volver al rancho antes de que nadie descubra que hemos estado fuera toda la noche.

—Sí, tendré que darle explicaciones a mi padre, pero no me importa. Le diré que me caso contigo, no con Lucy Heartfilia.

Las lágrimas volvieron y ella continuó secándoselas. Laxus no se dio cuenta porque se estaba vistiendo.

—Así pues, ¿no quieres desayunar antes en casa de Caleb?

—No tengo hambre —mintió, rogando que su estómago no la traicionara—. Si puedes ensillar un caballo, sabré encontrar el camino de vuelta.

—Sabes que no te dejaré montar sola. Aunque si quieres podemos volver ya. Pensándolo bien, prefiero comer lo que tú cocinas, con lo que ha mejorado.

No tuvo la oportunidad de responder al cumplido. Laxus de repente la estrechó entre sus brazos y la besó indolentemente.

—Buenos días, Blondie. —Sonrió—. ¿A que es la mejor mañana del mundo?

La dejó ir con una palmadita en el trasero, se puso la camisa, sin abotonársela, y bajó la escalera. Lucy se dejó caer de rodillas y dejó que las lágrimas fluyeran libremente. ¿Por qué tenía que ser un vaquero? ¿No habría podido conocerlo en Nueva York? Claro que entonces todo lo que le gustaba de él no estaría allí. No sería Laxus, el bromista, risueño, encantador, despreocupado, valeroso y galante Laxus.

El trayecto de regreso al rancho fue corto. No realmente corto, sino más rápido que la noche anterior. Laxus se detuvo delante del porche para que Lucy pudiera entrar y luego fue a guardar los caballos. Ella bajó del caballo antes de que él pudiera desmontar para ayudarla. Pero no llegó a entrar en la casa cuando él dijo:

—¿Qué te parecería ir de pícnic al lago algún día de esta semana?

Lucy gruñó para sí. Pero tenía que comportarse con naturalidad, decir lo que él deseaba oír. Todavía no podía decirle por qué no iba a casarse con él. Si lo intentaba, volvería a llorar. ¡La noche anterior había sido tan hermosa! ¿Por qué había tenido que descubrirlo?

Así que dio media vuelta y dijo:

—Si tú pescas para la cena. —Entonces, cayendo en la cuenta de que Jennifer no habría dicho eso, añadió—: Supongo que esperas que yo llene un cesto de comida para el pícnic, ¿no?

—¡No, claro que no! —mintió Laxus, que evidentemente era lo que había pensado—. Ya me las apañaré para conseguir un cesto en el pueblo.

Podría haber sido algo divertido de hacer si Lucy no hubiera tenido nuevos dilemas a los que enfrentarse. Aunque también podría ser su última oportunidad de convencer a Laxus de que hiciera algo en relación con la enemistad que no incluyera la violencia. Evidentemente, ella ya no podría hacerlo. Iba a escapar en pocos días sin siquiera despedirse y sin haber visto a su padre, que era el único punto positivo entre tanta desolación.

Asintió con la cabeza y entró en la casa, pero todavía no estaba demasiado lejos cuando oyó:

—¡Blondie, ve a buscar a mi padre! ¡Parece que se acercan problemas a caballo!

Lucy echó un vistazo fuera y siguió la mirada de Laxus. Un pequeño ejército, todavía a cierta distancia, cabalgaba hacia el rancho. Ella corrió arriba para llamar a la puerta de Porlyusica. Todavía era lo bastante temprano como para que Makarov siguiera allí. Porlyusica la invitó a entrar, y Lucy dijo:

—¿Y su marido?
—En la cocina, preparándome algo para desayunar. ¿Pasa algo?

—Un grupo numeroso de hombres cabalgan hacia aquí. Laxus ha dicho que eran problemas.

Porlyusica se quitó las colchas de encima.

—Pásame la muleta.

—¿Puede levantarse? —preguntó Lucy, sorprendida, aunque hizo lo que le pidió.

—Ya estoy casi curada. Todavía necesito ayuda y no puedo intentar bajar las escaleras. Ve a avisar a Makarov. Y mantente lejos, muchacha. No me gustaría que te ocurriera algo si la cosa se pone fea.

Lucy salió corriendo del dormitorio. Porlyusica había querido decir «violenta», y ella pensó en los mineros. ¿Venían para matar a los Dreyar? ¿Una masacre total, que no dejara ninguna prueba que los incriminara? Y probablemente alguien acabaría culpando a los Heartfilia.

Echó un vistazo a los rifles colgados en la pared del salón mientras bajaba a toda prisa. Ojalá le hubiera pedido a Laxus que le enseñara a manejar uno. Aunque cogería uno de todos modos y lo utilizaría en caso necesario. Pero antes encontró a Makarov, le dijo lo que había dicho Laxus y lo siguió de regreso al porche, solo que más lentamente. Los gritos ya habían empezado.

—¡Makarov! En el pueblo se dice que tienes a una mujer del Este bajo tu techo que debería estar bajo el mío. ¡Sal y demuéstrame si estoy equivocado!

Lucy se quedó paralizada. ¡Oh, Dios santo, que no fuera su padre! Aunque, fuera quien fuese, Makarov parecía divertido y se reía ya antes de salir al porche.

—¿Así que lo has descubierto?

—¿Entonces es verdad?

—Le ofrecimos más dinero que tú. Ahora trabaja aquí y será aquí donde se quedará, así que ni se te ocurra superar mi oferta. Aquí la necesitamos. En tu casa no la necesitáis.

—¿Esperas que me crea eso? ¡La tenéis aquí secuestrada!

—Bobadas —bufó Makarov.

—¡Demuéstramelo!

—¿Me estás llamando mentiroso, Jude? —preguntó Makarov en tono amenazador, situado en lo alto de los escalones del porche.

Lucy le vio sacar la pistola. No podía ver a muchos de los jinetes repartidos ante la casa. Eran demasiados. Su padre había ido allí a ajustar cuentas, trayendo consigo a sus hijos y a todos sus empleados, y estaba furioso. Y Makarov también. ¡Y Lucy no podía moverse! Que su padre estuviera allí la había dejado paralizada.

—¡Eres un mentiroso, Makarov! Tuviste la oportunidad de decir que estaba aquí la última vez que hablamos. Y no lo hiciste porque…

—¡Todos vosotros os vais a largar con viento fresco de mi propiedad, y ahora mismo si no queréis que la primera bala sea para Jude!

—Estarás muerto antes de poder disparar —replicó Jude.

Entonces intervino una nueva voz, también enfurecida, aunque no tanto como las de los dos ganaderos.

—Queremos que nos lo diga ella, que está aquí por su propia voluntad.

¡Era Natsu! Lo iba a matar. Él sabía que pasaría en cuanto la vieran. Pero ¿pasaría? Jude no tenía idea de qué aspecto tenía su propia hija. Nunca se había molestado en averiguarlo. Así que Natsu debía querer obligarla a decir la verdad para que se fuera a casa con ellos. ¡Tal vez él no lo consideraría una traición de su confianza, pero lo era! Entonces oyó a Laxus:

—Tiene razón. Voy a buscarla.

¡Corre! ¡Sal corriendo por la puerta de atrás, ve por un caballo y huye al pueblo! ¡Ya! ¡Ya!

Lucy seguía paralizada de miedo cuando Laxus la tomó por el brazo y la escoltó fuera, diciéndole dulcemente:

—Solo tienes que decirles que no estás aquí contra tu voluntad, Jenny, y se marcharán.

Ella lo miró frenéticamente.

—¡No me hagas salir, por favor!

—No pasará nada, te lo prometo.

Lucy se negó a caminar, pero Laxus la empujó hacia el porche. No lo entendía. Imaginaba protegerla. En pocos instantes, la echaría a los lobos. Aquello podía provocar una escalada en la enemistad, si no se mataban todos allí mismo. ¡Podía ser la historia repitiéndose!

—¡¿Lucy?!

No fue ni Hibiki, ni Natsu, ni su padre quien pronunció su nombre absolutamente atónito, sino su hermano Eve. Y enseguida todas las miradas se posaron en ella. Era fácil distinguir a Jude delante y en el centro del grupo. El de más edad de los jinetes, cuyo aspecto era una mezcla de los de sus hermanos. Rubio y ancho de hombros. Un hombre apuesto. Un hombre enfurecido. No era extraño que Layla lo hubiera abandonado. Parecía como si fuera a matar a alguien, y ese alguien podía ser incluso ella.

—Maldito hijo de perra, lo sabías desde el principio, ¿verdad?

—¿De qué diablos estás hablando? —preguntó Makarov antes de mirar a Lucy—. ¿Qué está pasando aquí, señorita Realight?

Lucy no podía haber respondido aunque hubiera querido, estaba estupefacta por la ira y las acusaciones, y entonces oyó la voz de Laxus a su lado.

—¿Jenny? Diles que están cometiendo una equivocación. Cielo santo…

—¡Es mi hija! —dijo Jude, furioso—. Deja de fingir que no lo sabías. ¡Se parece demasiado a Layla para que no lo supieras!

—¡Y qué sé yo! —replicó Makarov con un gruñido—. Apenas vi a tu mujer para recordar cómo era. ¡Malnacido! ¿Nos has enviado aquí a tu hija a espiarnos? Menuda desfachatez.

—¡Por supuesto! Tendría que haber imaginado que no podía fiarme de un Dre…

Sonó un disparo. Media docena de hombres se llevaron la mano a la pistola, aunque sólo de sorpresa. El sonido había venido de arriba. Todos los jinetes miraron hacia una de las ventanas de la planta superior. Makarov incluso salió del porche para acercarse al caballo de Jude y poder ver también por encima del techo del porche.

—Vamos Porlyusica… —dijo en tono apaciguador.

—Ahora me toca a mí, Makarov, así que cállate —espetó Porlyusica—. Los hombres de ambas familias nunca habéis tenido ni un ápice de sentido común en cuanto a la vieja enemistad, pero las mujeres somos más sensatas. La boda se celebrará tal como dispusimos Layla y yo hace años. Y Jude, ya que nos vas a privar de la mejor cocinera del territorio, mañana iremos a cenar a tu casa. Entonces podremos resolver todo este asunto pacíficamente. ¿Me oyes?

Jude ni aceptó ni negó, pero sí que bajó la pistola antes de decirles a sus hijos:

—Id por vuestra hermana.

Los tres hermanos empezaron a desmontar, pero ninguno tuvo que ir a buscarla. Desconcertada, Lucy se acercó al caballo de Hibiki, que le alargó una mano y la subió detrás de él. Ella no volvió a mirar a su padre, no le importaba lo que pensara, no le importaba lo enojado que estuviera con ella. Una vez superado el shock de haber sido descubierta, pensaba contarle por qué había hecho algo tan drástico… ¡por su culpa!

Los dos principales antagonistas no cruzaron ni una palabra más. Porlyusica seguía asomada a la ventana, empuñando un rifle, aunque se despidió con la mano de Lucy mientras se alejaba cabalgando. Laxus seguía el porche. Lo último que vio ella fue su expresión. Además del dolor de su mirada, parecía totalmente furioso.