El rancho Heartfilia era muy similar al de los Dreyar. La casa igual de grande, aunque de piedra en vez de madera. Lucy sabía que no podía haber sido igual veinte años atrás, cuando cuando su madre había llegado allí como una novia, aunque Layla le había dicho a Lucy que allí se sentiría como en casa. Jude debía de haber construido una casa mayor y más cómoda solo para Layla, para darle a su nueva esposa un hogar que fuera más parecido a lo que ella estaba acostumbrada. A Lucy le costó creer que su sofisticada madre, que vivía rodeada de lujos en Nueva York, hubiera podido vivir allí. Lucy también había vivido en ese lugar, pese a que era demasiado pequeña para conservar ningún recuerdo. Lo único seguro era que no se sentía como si volviera a casa.
Hibiki intentó decirle durante el trayecto que él no se había chivado, pero ella no respondió. Sentía como si un puño se cerrase alrededor de su corazón. ¿Qué se esperaba? ¿Qué Jude la hubiera tomado en brazos delante de todos los Dreyar y sus propios jornaleros y le hubiera dicho lo mucho que la quería, que la había echado de menos, que deseaba que Layla nunca se la hubiera llevad? ¿Por qué no? ¡Era su padre! ¡Pero no le había dicho ni una palabra!
Cuando llegaron a la casa, entró con Hibiki pisándole los talones. Estaba frenética. Si entraba su padre y le decía algo, vomitaría todo el dolor y la rabia que sentía, así que le suplicó a su hermano:
—Acompáñame a mi habitación, deprisa. ¡Por favor!
La nota de pánico en su voz lo convenció de acompañarla a la planta de arriba. Pensaba encerrarse allí hasta que supiera algo de Layla, y luego se escaparía furtivamente como había hecho su madre. Hibiki ya lo explicaría por ella. No habría ninguna cena con los Dreyar. No habría una confrontación con aquel hombre desalmado que la había engendrado. Y por supuesto no iba a casarse con Laxus aunque él fuera capaz de perdonarla. En realidad, confiaba en que no la perdonase. Le resultaría más fácil largarse de allí si no tenía que volver a verlo.
Hibiki volvió a decírselo mientras entraba tras ella en la habitación.
—Ni Natsu ni yo se lo dijimos a papá, aunque Natsu quería decírselo. Discutimos mucho por este tema. Finalmente tuve que zurrarlo un poco para que guardara silencio. Aunque creo que no habría tardado mucho en decírselo, porque me carcomía el remordimiento. No me parecía correcto, Luce. Tu sitio está aquí con nosotros.
—Y ahora todo el mundo está enfadado —replicó ella.
—Papá lo estaba mucho esta mañana —admitió Hibiki—. Cabalgábamos hacia los pastos cuando Herb, uno de los vaqueros, tuvo las agallas de contarle lo que había oído en el pueblo durante el fin de semana. Te habían visto más de una vez con los Dreyar. No hace falta gran cosa para que los del pueblo empiecen a especular y cotillear sobre la gente nueva que llega. Nadie imaginó que fueras tú, sino que todo el mundo creyó que eras el ama de llaves que esperábamos. Creo que papá estaba enojado sobre todo porque Makarov no le había dicho nada sobre esta jugarreta cuando tuvo la ocasión de hacerlo. Al principio Laxus parecía afligido, pero, luego, cuando se ha sabido la verdad, también se ha enfadado. Es comprensible, si has estado espiándolos a plena luz del día. ¿Ha valido la pena?
Lucy se puso tensa, empezando a sentirse culpable. Qué manera de liar las cosas. Los Dreyar ya tenían una mala opinión de ella sin conocerla, ¿y ahora? Muchísimo peor. Pero para responder a la pregunta de Hibiki, dijo:
—Pues la verdad es que sí. No son diferentes de vosotros. Son buena gente cuando los conoces. Aunque debido a esa vieja enemistad, ninguno de los dos bandos habéis tenido nunca la oportunidad. Ellos sienten lo mismo que vosotros. Laxus incluso reconoció que no podía estar seguro de no odiarme si nos casábamos.
—¿Quieres decir que odiaría a una mujer que todavía no conoce?
—Sí —respondió sintiéndose—, pero dijo que sintiera lo que sintiera por ella, es decir por mí, aquel odio siempre se interpondría porque era con lo que había vivido toda su vida.
Hibiki le dio vueltas a aquellas palabras.
—Nunca me ha caído bien Laxus por ser quien es, aunque lo respeto. Jamás abusó de mí ni de mis hermanos cuando podría haberlo hecho. Era mucho mayor y más fuerte que cualquiera de nosotros. Rufus es otra cosa, ese tipo parece que esté enfadado con el mundo, y ya era así de niño. Nos provocaba a la mínima ocasión, buscando pelea. Pero siempre lo paraba alguno de sus hermanos. La mayoría de las veces era Laxus. Creo que sus padres les habían dado la orden tajante de dejarnos en paz, por la tregua.
—Menuda tregua —murmuró Lucy—, cuando ambos bandos todavía se amargan la existencia.
Pero Hibiki se rio al oírla.
—Resulta difícil dejar correr algo tan entretenido.
—¿Qué acabas de decir? —repuso ella entornado los ojos.
Hibiki soltó una risita.
—No sé nuestros padres, pero los chavales de ambos bandos nos hemos gastado muchas bromas.
—No te acuerdas de los tiroteos, evidentemente, o no dirías eso.
—Yo me crie con la tregua, Luce —dijo Hibiki encogiéndose de hombros—, igual que Laxus y sus hermanos. Nunca vimos que mataran a nadie. Eso fue antes de nacer nosotros. Luego enviaré a uno de los hombres a buscar tus pertenencias. Supongo que Porlyusica Dreyar se lo permitirá. Siempre era afectuosa con nosotros cuando nos encontrábamos en el pueblo… al contrario que los hombres de su familia.
—No quiero ver a nadie, Hibiki.
—¿Te refieres a papá?
—Sí, me refiero a tu padre.
—También es el tuyo.
La afirmación le sentó como una bofetada.
—¡No es mío! ¿Cuándo en la vida ha sido mío?
—Cuando te tomé en brazos después de que nacieras —dijo Jude en voz baja desde el umbral. Con un gesto de la cabeza le indicó a Hibiki que se fuera antes de continuar—. Cuando te daba de comer antes de que pudieras coger tú misma la cuchara. Cuando te mecía para que que te durmieras por la noche. Cuando me senté junto a tu cama toda una noche con ocasión de tu primer resfriado, porque tu madre temía que pudieras ahogarte mientras dormías. Cuando evitaba que te cayeras mientras dabas tus primeros pasos vacilantes. Cuando…
—¡Basta! —gritó Lucy, con un dolor que se intensificaba, ahogándola—. ¿Esperas que me crea cosas de las que no recuerdo nada? ¡No tengo ningún recuerdo de ti! ¡Ni uno solo! ¿Dónde estabas cuando habría importado? ¿Dónde estabas cuando te necesitaba? Pues ahora es demasiado tarde. ¿Quieres saber realmente por qué he estado fingiendo ser otra persona? ¡Porque prefería vivir con tus enemigos que con un padre al que le importo tan poco que no ha sido capaz de visitarme ni una vez en todos estos años!
Lucy le dio la espalda para que no viera las lágrimas que ya no podía contener y corrían por sus mejillas, lágrimas que vertía por el dolor de su indiferencia, de su ausencia, el dolor de…
—Esta era tu habitación —dijo él con la misma voz suave—. A principios de año hice que la acondicionaran para tu regreso, pero hasta entonces todavía contenía tus cosas de bebé. Cada noche venía aquí antes de acostarme para arroparte… imaginariamente. Sabía que no estabas aquí, pero imaginaba que sí. Te echaba tanto de menos, Lucy. Para mí fue un golpe doble, cuando Layla me abandonó, que te llevara consigo.
Sonaba sincero, pero a ella no la engañaba. Dios santo, ¿de verdad pensaba que se creería sus mentiras a esas alturas? ¿Por qué no podía simplemente admitir la verdad? Tal vez sí que la había mimado cuando era pequeña, pero se había olvidado de ella en cuanto se había ido. Jamás podría creer otra cosa porque tenía la prueba, quince largos años de prueba.
Ya no lo soportaba más. Logrando apenas que las palabras superasen el nudo que tenía en la garganta, dijo:
—Debo pedirte que salgas de mi habitación. De momento me quedaré aquí, pero preferiría que tú y yo no nos veamos. Si no puedes respetar mis deseos, me alojaré en el pueblo hasta que sepa algo de mi madre.
—Lucy…
—¡Por favor! ¡Ni una palabra más!
La puerta se cerró. Lucy volvió la vista atrás para asegurarse de que se había ido y a continuación cayó de rodillas. Se llevó una mano a la boca para silenciar sus sollozos. No lo entendía. No tendría que dolerle tanto después de todos esos años, debería alegrarse de haberle demostrado por fin que él a ella tampoco le importaba…
