Makarov había querido hablar. Laxus no. En cuanto los Heartfilia se marcharon al galope, él también. Su padre le gritó que se detuviera. Al momento Laxus ya no lo oía.
Cabalgó hasta el pueblo en línea recta, evitando el tramo de camino donde había visto a los Heartfilia. En el salón El Lazo Azul pidió una botella de whisky. Un borracho le habló en el bar, riéndose. Su puño voló. Ni siquiera sabía a quién atizaba, no le importaba con quien tendría que disculparse más adelante. Cogió su botella y se largo. Tenía la esperanza de encontrar a alguno de los mineros en la calle. Le encantaría desahogarse con ellos, pero no tuvo suerte. No vio a ninguno.
Salió de Nashart y estuvo cabalgando todo el día, ni siquiera podía recordar hacia dónde. A mediodía la mitad de la botella ya estaba vacía. Pero no había logrado el efecto deseado. La imagen de Jenny seguía allí, alejándose a caballo con su familia, inexpresiva, sin ningún destello de culpa o remordimiento en su rostro. Laxus se terminó la botella y continuó cabalgando sin rumbo.
La segunda mitad de la botella sí que le hizo efecto, aunque no el tiempo suficiente. Pero abrió una compuerta a otros recuerdos. Jenny echándole el lazo a una vaca y riéndose de sí misma por su torpeza. Jenny haciendo camas, lavando platos, cocinando para ellos. Era un milagro que no les hubiera envenenado la comida. Jenny tratando de apagar un fuego sin siquiera saber cómo… ¿O ahora saldría a la luz que lo había iniciado ella?
¿Era esa su idea de diversión, espiar a su familia? ¿Se había estado burlando de ellos todo aquel tiempo por haberse creído su historia del ama de llaves? Y qué idiota que había logrado… No tenía sentido negarlo. Su engaño le dolía en el alma porque se había enamorado de ella. ¡Y había ocurrido tan rápidamente! Lo había visto venir y había tratado de evitarlo. Pero verla con el bebé recién nacido de Caleb lo había vencido. ¡Estaba enamorado de una mujer que no existía!
Ya volvía a estar sobrio cuando dejó que Manchas lo llevara a casa. El sol se estaba poniendo. Dios, nunca podría volver a ver una puesta de sol sin pensar en ella y lo mucho que le gustaba. O tal vez solo lo fingía.
Laxus entró por la cocina. Grave error. Iba a tener que evitar aquel sitio como la peste, ya que la veía en todas partes. Ahora allí solo estaba Romeo, que leía el libro de cocina mientras removía lo que fuera que había en una olla sobre el fuego. ¿Así que se iba a quedar él con su trabajo?
Maximilian entró correteando en la cocina al oír que se abría la puerta, para desaparecer enseguida por el pasillo cuando vio que no era su dueña la que volvía a casa. A Laxus le entraba la risa cada vez que veía a aquel cerdito siguiendo a Jenny a todas partes. No se lo había llevado consigo. No, por supuesto que no, todo había sido una actuación, incluso su afecto por el cerdo.
Con cautela, probablemente por la expresión de Laxus, Romeo susurró:
—Yo no sabía que…
—Cállate, chaval —espetó Laxus mientras cruzaba la cocina.
Pensaba escabullirse a su habitación sin ser visto y cerrar la puerta con el pestillo. Pero sus padres estaban en el salón, los dos. Y lo vieron cuando apareció junto a la escalera. Laxus se detuvo en seco, sorprendido.
—¿Cómo has podido bajar, mamá?
—Yo la he traído —gruñó Makarov—. ¡Te hemos estado esperando todo el día! Tu madre no quería volver a subir, temiendo que intentaras entrar sin que nos diéramos cuenta.
—Lo he intentado —confesó Laxus encogiéndose de hombros—. Ahora no quiero hablar.
—Siéntate —le dijo Porlyusica tiernamente.
Una cosa era desobedecer a Makarov. Laxus lo hacía bastante a menudo, dos machos topando de cabeza. Pero otra cosa muy distinta era no cumplir con los dictados de su madre. Se sentó, aunque cambió de asiento y se acomodó junto a su madre en el sofá para no tener a la vista la mesa de póquer. Más malditos recuerdos de diversión y risas con Jenny. ¿Podía haberlo simulado todo? Aquella noche había llegado a pensar que jamás volvería a bajar al pueblo un sábado por la noche si a cambio podía pasarlos con ella. ¡Qué idiota que había sido!
—Ahora no finjas que no vas a ser un novio feliz —dijo Makarov—. Ya que estuviste pendiente de esa muchacha desde que llegó.
—Pendiente de Jenny, sí —dijo Laxus fríamente—. Pero no era ella quien se ha ido hoy de aquí a caballo.
—Y qué si nos ha engañado —replicó Makarov—. Hemos podido ver cómo es realmente, y déjame que te diga que me alegra mucho que no sea la señoritinga estirada que me temía.
—¿No lo es? —preguntó Laxus, enojado—. ¿Todavía no te has dado cuenta de que interpretaba un papel? Lo que viste y oíste no era ella misma, sino un rol que estaba fingiendo.
Se oyeron las pezuñas del cerdo que bajaba por el pasillo atraído por sus voces, aparentemente todavía con la esperanza de encontrar a su dueña. Max se detuvo al pie de la escalera mirándolos fijamente, como si los acusara de su ausencia. Makarov le tiró uno de los pequeños cojines bordados de Porlyusica, lo que hizo que chillara y se alejara trotando.
—Maldito cerdo —gruñó Makarov—. Mañana tendrás que llevárselo, Laxus.
—¿Por qué? Seguro que se lo llevaría directo a la cocina para cenar. ¿Crees que de todos los animales que hay en el mundo se encariñaría con un cerdo? Eso solo era otra parte de su engaño. No tengo ninguna duda de que fue deliberadamente meticulosa en hacer justo lo contrario de lo que haría realmente, para que no pudiéramos establecer ninguna relación entre Jennifer Realight y Lucy Heartfilia.
—¿Qué relación? —preguntó Makarov bruscamente—. ¿Que ambas llegasen del Este al mismo tiempo? ¿Que ambas fueran hermosas rubias? Habríamos pensado que era una coincidencia.
—Sí, a menos que se comportara como se comporta normalmente, entonces lo habríamos adivinado enseguida. ¿Aún no lo entiendes, papá? En realidad, sí que es la señoritinga fría y estirada del Este que esperabas que fuera.
—No exactamente —discrepó Porlyusica—. Ten en cuenta que fueron tus hermano quienes la abordaron, y no al revés. Y fuera cual fuese el motivo por el que les siguió la corriente, vino aquí esperando hacer únicamente de ama de llaves, que no es un trabajo agotador ni mucho menos, y en cambio nosotros la pusimos a trabajar, a trabajar de verdad. Si fuera la muchacha mimada, engreída y rica que los dos pensáis que es, habría abandonado enseguida. Las señoritas de la alta sociedad no se ensucian las manos. Siempre tienen cerca a una asistenta personal, además.
Laxus soltó un bufido.
—Ahora que lo mencionas, visitó a una mujer en el hotel del pueblo. Dijo que era una amistad que había hecho en el tren, aunque probablemente sea su criada. La auténtica Lucy Heartfilia no habría viajado tan lejos sola, ¿verdad?
—No, ciertamente —aceptó Porlyusica, pero luego le recordó—: Todavía no sabemos por qué lo ha hecho.
—Para espiar para su padre, por supuesto —dijo Makarov reafirmándose en su primera suposición.
—¿Con qué objetivo? —lo interrumpió Makarov—. No tenemos nada que esconder. Si acaso, huele más a una broma para superar cualquiera que nos hayan gastado jamás sus hermanos. Tal vez incluso la convencieron los chicos Heartfilia, pero su padre seguro que no. No obstante, tampoco creo que vaya por ahí la cosa, pero es más probable eso que quisiera espiarnos.
—¿Es que importa el por qué? —saltó Laxus—. Lo que cuenta es que es una mentirosa, y de las buenas. Ya jamás podremos creer una palabra de lo que diga.
Porlyusica le dio una palmadita en la mano.
—Sé que estás enfadado. Y tienes todo el derecho del mundo de estarlo. E incluso puedes dirigir parte de tu enfado hacia mí, porque pude ver a Layla en su rostro, no claramente, pero lo bastante como para hacerme dudar. Y, sin embargo, no dije nada.
—¿Y por qué diablos no? —preguntó Makarov.
—Porque sois tozudos como mulos y estoy segura de que os habríais indignado por ello —replicó su mujer, mirándolo—. Y porque imaginé que tendría sus motivos. Y también porque percibí bondad en ella. Tendría que ser la mejor actriz del mundo para fingir eso.
Laxus se levantó para marcharse. Empezaba a dolerle la cabeza de tantas posibilidades, ninguna de ellas buenas.
—Me voy a la cama.
—¿No vas a comer antes? Tu padre ha convencido a ese chico de que se encargue del trabajo de Jenny, quiero decir, de Lucy.
—Me he bebido una botella de matarratas; esta noche no hay ninguna posibilidad de que la comida se quede en mi estómago.
Porlyusica asintió con la cabeza.
—Por la mañana lo verás todos más claro, Laxus. Y mañana por la noche…
—No os acompañaré.
—Por supuesto que nos acompañarás. Probablemente incluso irás antes que nosotros porque no podrás soportar no saber cuáles fueron sus motivos.
Laxus asintió con la cabeza por respeto a su madre, aunque discrepaba de su opinión. Subió la escalera y allí estaba el cerdo otra vez, junto a la puerta de Jenny, esperando, con la esperanza de que ella le abriera, probablemente echándola tanto de menos como Laxus mismo. Sin siquiera pensar por qué lo hacía, Laxus cogió a Max y se lo llevó a su habitación para que pasara allí la noche.
