Lucy estaba disfrutando al menos de un reencuentro feliz con sus hermanos. El doloroso nudo que sentía en el pecho se calmó a lo largo del día a medida que uno tras otro la visitaban en su habitación, expresando su felicidad por volverla a ver. Hibiki debía de haberles contado a Eve y Natsu los motivos de ella para quedarse con los Dreyar, al menos los que ella le había revelado, porque ninguno de ellos mencionó el asunto.
Eve era adorable, tan vergonzoso. Se había engominado el pelo hacia atrás para demostrarle que ya era un hombre, aunque solo tenía dieciséis años. Pero siempre había sido tímido, así que probablemente tardaría unos días en relajarse en su presencia.
Lucy había temido que Natsu fuera más directo, aunque soñador qué su hermana había hecho algo tan drástico. Antes de irse le dejó un poema, su manera de disculparse por haberse enfadado tanto con ella aquel día en el pueblo.
A primera hora de la tarde, un jornalero le subió la maleta de ropa. A petición de Lucy, Hibiki había ido al pueblo a traer a Erza al rancho.
—Ya iba siendo hora —empezó a jactarse Erza, en un tono de ya-se-lo-había-dicho, hasta que observó los ojos enrojecidos de Lucy. Entonces rectificó—: Así pues, ¿no ha sido decisión suya estar aquí?
Lucy negó con la cabeza.
—Y encontrarme con mi padre fue tan horrible como ya me imaginaba. Aunque solo tendré que soportarlo unos pocos días más.
—¿Qué va a pasar en unos pocos días?
—Que me llegará un indulto y volveré a mi casa de Nueva York. ¿Vendrás conmigo, o ahora prefieres trabajar con martillos?
—Me gustó durante unos días, pero ahora ya me aburría. Este pueblo todavía es demasiado pequeño para un fabricante de muebles a tiempo completo, aunque es algo a lo que podría dedicarme ocasionalmente si usted se quedara por aquí. Aunque en realidad el señor Martin no necesitaba un ayudante, simplemente se sentía solo todo el día en la tienda.
Hubo otra sorpresa. Cuando Hibiki había bajado al pueblo a buscar a Erza, se había cruzado con el jefe de correos, que le dijo que aquella mañana había llegado en el tren un paquete para Lucy. Era la respuesta de su madre a su primera carta. Que su madre se la hubiera dirigido a Lucy al rancho Heartfilia era indicativo de lo enojada que estaba. Lucy no creyó que su madre tuviera la intención de poner al descubierto su farsa, porque Jude habría pensado simplemente que era algo que había enviado antes para asegurarse de que estuviera allí cuando llegara su hija.
Estuvo encantada de ver que eran los libros de cocina que le había pedido, cocina francesa, italiana e incluso platos típicos de Nueva York, tres gruesos volúmenes. Pero no los acompañaba ninguna carta. Lucy estaba segura de que la carta había ido directamente Jennifer Realight al rancho Dreyar. Qué ingenioso por parte de su madre. Quería asegurarse de que Lucy contactase al menos con uno de sus hermanos para conseguir los libros de cocina. Probablemente con la esperanza de que le hicieran ver la tontería que estaba cometiendo. Pero Lucy no estaba impaciente por leer aquella primera carta. Incluso en papel, Layla era más que capaz de ponerse a gritar. Era su siguiente carta la que aguardaba con ansiedad, porque sería la que la rescataría.
Estaba impaciente por reunirse con sus hermanos para cenar e intentó darle prisa a Era para que la emperifollara, pero entonces se rió de sí misma. ¿Se había acostumbrado demasiado a lo rápido que iba todo sin una asistencia que la vistiera y peinara? Respiró hondo y mantuvo la boca cerrada porque el resultado merecería la pena. Viendo su reflejo en el espejo antes de salir del dormitorio, tenía razón. Volvía a parecerse a Lucy, la auténtica.
Estaba riendo con sus hermanos cuando entró su padre y se unió a ellos. Los chicos siguieron hablando excitadamente, contándole anécdotas divertidas y más cosas sobre lo que habían hecho desde la última vez que se habían visto. Nadie se dio cuenta de que ella había dejado de participar en la conversación. Sabía que había sido una equivocación bajar a cenar, pero no había podido resistirse a la compañía de sus hermanos.
—¿Qué te parece, Luce? —le preguntó Natsu—. ¿Luce?
Finalmente logró captar su atención, aunque se había perdido la pregunta original.
—¿Perdona? ¿Qué has dicho?
—¿Qué te parece ir a nadar al lago algún día de esta semana?
¡Aquel maldito lago! Era la razón misma por la que ella estaba allí, una disputa por derechos de agua. Lucy fue bastante cortante:
—¿Y no temes que nos puedan disparar?
Su observación estropeó el ambiente alegre de la mesa. Los tres muchachos parecieron arrepentidos, cuando ni siquiera era culpa suya. Aunque sí que era culpa de Jude, que no parecía consciente de su parte en aquella rivalidad. Ahora era evidente por qué Layla se había casado con él. Rubio, con los ojos tan verde como Lucy, de conducta aparentemente tranquila en contraposición con lo tempestuosa que era Layla, y todavía bien parecido a pesar de ser un cuarentón.
—¿No podrías concedernos al menos una noche para disfrutar de tu compañía sin remover el pasado? —preguntó.
Ya le gustaría a ella, aunque no con él sentado a la mesa. Estuvo a punto de pedirle que se marchara. A punto. Pero sin duda sus hermanos saldrían en defensa de su padre y se enfadarían con ella, así que no lo hizo. Aunque sí que le recordó:
—Es el único motivo por el que estoy aquí. El pasado. Una enemistad a la que ninguno de vosotros ha tenido la sensatez de poner fin. Ya he oído la versión de los Dreyar. Ahora me gustaría oír la vuestra.
—Podemos hablar del tema si hace falta —dijo Jude esbozando una leve sonrisa—. Aunque no es exactamente lo mejor para la digestión. ¿No puede esperar a que acabemos de comer?
¿Frivolidad cuando su presencia la enfurecida? Pero entonces apareció una criada con una gran fuente de ensalada que empezó a servirles como entrante. Al menos Jude tenía una cocinera decente, y varios sirvientes. Muchos de ellos parecían indios o de ascendencia india. Después de que dos criadas de rasgos indígenas le hubieran llenado las bañera a Lucy ese mismo día, su bañera particular, le había preguntado a Hibiki al respecto. Él le había contado que veinte años atrás no era raro que los indios les ofrecieran mujeres a los primeros tramperos de la región. Las mujeres no podían volver a sus tribus después de eso, y en la época en que empezaron las Guerras Indias, ya tenían sus propias familias y no se implicaron en los combates. Pero como muchos blancos murieron en esas guerras, los prejuicios contra los indios se intensificaron, incluso después de que las tribus fueran expulsadas del territorio. Los hijos mestizos de aquellas uniones interraciales tuvieron problemas para encontrar trabajo. Aparentemente, Jude no compartía esos prejuicios, porque había comerciado con las tribus mucho antes de que se iniciaran las hostilidades, razón por la cual probablemente el rancho Heartfilia se había salvado durante el conflicto.
Lucy logró morderse la lengua durante la comida. Llegó el plato principal, un guiso de pollo recubierto con queso fresco batido. Tenía un aspecto y un aroma delicioso, lo que la llevó a preguntarse qué estaría cenando Laxus esa noche. Esperaba que no fuera la comida de Richard.
Los muchachos siguieron charlando y riendo, mientras ella sonreía tibiamente cuando trataban de incluirla. Su padre la observaba en silencio. Cada vez Lucy lo pescaba mirándola, el dolor de su pecho empeoraba. Era raro que pudiera tragar nada de comida, incluida la tarta de cereza que llegó como postre. Lo único que hizo fue recordarle que no les había preparado ningún postre a los Dreyar, ni el pastel prometido a los jornaleros cuando limpiaron la casa.
Pero cuando se colocó en la mesa el último tenedor, Lucy ya estaba cansada de esperar. Sus hermanos se dieron cuenta. Hibiki les indicó con la cabeza que salieran del comedor para dejarle un poco de intimidad con su padre. Ella no contaba con quedarse a solas con él y estuvo a punto de revolverse contra él, pero no tenía sentido. Aquella mañana, él había tenido su oportunidad de arreglar sus desavenencias, pero solo había dicho que «pensaba» mucho en ella. ¿De qué le habían servido a ella sus «pensamientos» cuando era niña? Así que se centró en su objetivo y le dijo:
—Quiero que termine vuestra enemistad sin necesidad de boda, porque yo no puedo vivir aquí. Yo he llevado una vida refinada. Ni una sola vez, jamás, estuvo marcada por la violencia hasta que llegué aquí, donde me han apuntado con una pistola, he visto morir a hombres delante de mí y a hombres peleando en la calle. Me volveré a casa en cuanto mamá acepte que jamás debería haberme enviado aquí. Así que antes de que vengan los Dreyar mañana, quiero saber por qué tuve que verme enredada en esto.
—Lamento que hayas tenido que presenciar…
—Por favor —lo interrumpió secamente—. Hibiki ya me dijo que probablemente solo ha sido mala suerte. Lo sea o no, la realidad sigue siendo que una boda no va a poner fin a algo que ya dura tres generaciones. No tendría ninguna posibilidad de éxito si el único motivo es poner fin a la enemistad.
—Nunca pensé que fuera el único motivo. Estaba seguro de que te gustaría Laxus. ¿No te gusta?
Lucy sintió ganas de gruñir, estaba cansada de oír esa pregunta.
—Sí, me gusta, pero se ha pasado toda su vida odiando a los Heartfilia. Y ese odio siempre se interpondrá. Así que explícame por qué tuvo que criarse odiándoos.
—Supongo que los Dreyar debían de culparnos a nosotros cuando te lo contaron.
—Sé que vuestra rivalidad no empezó aquí, que empezó con una broma de mal gusto de Yuri Dreyar que terminó muy mal. Y que tu madre, Anna, le disparó el día que tenían que casarse.
Lucy le contó toda la historia que le había revelado Porlyusica Dreyar. Su padre asintió con la cabeza.
—Le disparó porque la engañó, así de sencillo. Por eso se enfureció tanto y se casó con otra persona tan pronto. Mi padre, Malcolm, incluso sospechaba que ella todavía amaba a Yuri, pero aun así la quería lo suficiente como para casarse con ella. No obstante, acabó odiando a los Dreyar por ello. Dios, el odio de Anna era tan intenso…
—Y os lo contagió a todos.
Jude asintió con la cabeza.
—Aunque creo que parte de ese odio era para sí misma, porque sabía que era incapaz de perdonar al hombre que amaba. Lo amaba con todo su corazón. Por eso nunca pudo superarlo…
¿Así que toda la culpa era de su familia? ¿Había omitido Porlyusica adrede la parte acerca de que Yuri había engañado a Anna, o tal vez Yuri se había sentido demasiado avergonzado para hablarle a su familia acerca de su indiscreción? De todos modos, eso no explicaba por qué la enemistad se había trasladado a Montana.
—Yuri trató de alejarse de ella —dijo Lucy—. Atravesó con su familia todo el continente. ¿Por qué lo siguió ella hasta aquí?
—Mi madre era una mujer fuerte, valiente y apasionada, que sufrió un desengaño amoroso y pérdidas en poco tiempo. Mi padre y dos hermanos murieron en cinco años, y ella cargó con toda la responsabilidad del rancho mientras yo era un chaval. Después de tantas muertes en nuestra familia, su obsesión por Yuri se acrecentó. Se enfureció cuando supo que él se marchaba de Florida. Yo entonces no lo sabía, pero tu abuela contrató a un hombre para que lo siguiera y descubriera dónde se instalaba. Entonces empezó a quejarse de Florida y a sugerir que nos mudáramos al Oeste, a Montana. Yo apenas tenía dieciocho años. No sospechaba que estaba jugando conmigo para que aceptara levantar el campamento y trasladarnos aquí, aunque en realidad no fue una mala idea.
—¿Seguirlos?
—No, marcharnos de Florida —dijo Jude—. Había muchos ranchos peleando por muy poca tierra y el cuatrerismo era excesivo. Esas fueron sus excusas, que también eran acertadas, y más fáciles que contarme la verdad, porque yo jamás lo habría aceptado. Yo me sorprendí tanto como los Dreyar cuando vi que nos establecíamos en unas tierras tan cercanas a las suyas.
—¿Y no se lo echaste en cara a tu madre?
—Por supuesto que sí. Y lo único que dijo fue que necesitaba una resolución. Paz. Tendría que haberme imaginado que su definición de paz no era la misma que la mía. Su paz significaba matarlo. Lo había dicho muchas veces a lo largo de los años, que debería haberlo matado aquella noche infausta del día de su boda.
—¿Cuándo se dispararon el uno al otro?
—Fue casi un año después de llegar aquí. Makarov vino una mañana exigiendo que le dijeran dónde estaba su padre. Yo hasta ese momento tampoco sabía que mi madre también estaba desaparecida. Tardamos todo el día, pero finalmente encontramos su rastro. Estaban en la cabaña de un viejo trampero, abrazados el uno al otro. Sus armas, que habían sido disparadas, seguían en sus manos o cerca. Y los únicos rastros recientes hasta allí eran los suyos. No sabemos exactamente qué ocurrió. Tal vez confiaban en encontrar la paz juntos en la otra vida, ya que eran incapaces de encontrarla en esta. Solo queda la esperanza de que supieran perdonarse antes del final.
—Entonces, ¿por lo único que os peleáis ahora es por el agua?
—No exactamente. Los Dreyar culparon a mi madre de todo, de dispararle a Yuri en vez de casarse con él, de seguirlo hasta aquí y finalmente de matarlo. El agua es un tema secundario. Yo solo tenía dieciocho años cuando vinimos aquí, Makarov era unos años mayor que yo. Él y yo no podíamos acercarnos sin que saltaran las acusaciones. A mí me educaron en el odio, Lucy, a los dos. Resulta difícil superarlo aunque nuestros padres ya no estuvieran.
—¿Todavía los odias?
—Más que nunca.
—Pero ¿por qué?
—Porque se llevaron a tu madre.
