Lucy se quedó confundida. Su padre acababa de darle un motivo para odiar a los Dreyar. ¿Cómo podía convencer a sus familiares de una tregua con aquello sobre la mesa?
Pero instantes después frunció el ceño. La rivalidad no podía ser el motivo por el que se había marchado su madre. Eso era algo que Layla podría haber admitido fácilmente cuando Lucy se lo preguntó, pero no lo había hecho. A menos que se lo ocultara porque temía que ella utilizara la misma excusa para no casarse con Laxus.
Pero antes de recoger el aguante, preguntó:
—¿Eso te lo dije ella?
—No, no quería que yo cargara con la culpa, sino que inventó todo tipo de excusas. Cada vez que le desmontaba una, aparecía con otra. Dijo que detestaba este lugar, y sin embargo jamás la había visto tan feliz como cuando diseñábamos esta casa. Dijo que echaba mucho de menos a su madre, aunque la visitábamos cada año y la mujer incluso vino una vez aquí. Dijo que su madre la había convencido de que había cometido una equivocación. Dijo que tener otro hijo la mataría después de haber tenido tantos en tan poco tiempo. Utilizó esa excusa para dormir en habitaciones separadas, y no obstante no podía quitarme las manos de encima. Incluso utilizó eso como excusa de por qué se tenía que marchar. Fue la única que llegué a creerme por un tiempo. Tantas excusas… y rabia, cuando traté de convencerla de que volviera.
Lucy sacudió la cabeza.
—¿Y ahora tú culpas a los Dreyar de algo que ni siquiera estás seguro que sea culpa suya?
—Es lo único que tiene sentido. Hace quince años estuvieron a punto de matarme. Fue poco después de recibir yo esa bala cuando Layla se escabulló contigo. Creo que vio claro que no soportaría volver a vivir otra vez algo igual.
—O tal vez no quiso herirte diciéndote que había dejado de quererte.
—No digas eso, Lucy. No lo digas, por favor.
Ella contuvo la respiración por haber herido a su padre. Sin embargo, debería experimentar satisfacción en vez de sentir aquella especie de nudo en la garganta. Se puso en pie y se dirigió a la puerta, hasta que sintió que los ojos se le inundaban de lágrimas. Solo entonces se detuvo un instante y, sin volver la vista atrás, dijo:
—Yo tampoco sé por qué se fue. Pero sí que sé por qué quiero irme yo. Mañana sugeriré que vuestra tregua con los Dreyar pase a ser permanente de modo inmediato, que ambas familias compartáis el agua de ahora en adelante. ¿Lo aceptarás?
—No lo aceptaré sin establecer un lazo de sangre entre nuestras familias que asegure el acceso al agua a las próximas generaciones. Tu madre tuvo una buena idea. Quiero que mis hijos y mis nietos puedan criar ganado en estas tierras que amamos.
Con las mejillas humedecidas ya con lágrimas de frustración, Lucy salió corriendo del comedor. Tenía que encontrar un poco de intimidad para dejar salir aquella pena antes de volver a reunirse con sus hermanos. Se metió en una habitación vacía. Esperaba que estuviera vacía. No debería haberle hecho aquella pregunta a Jude cuando ya sabía su respuesta. Porque él, como el resto de la gente, esperaba que ella se casara con Laxus. ¿Cómo podía eso acabar con el odio de alguien? ¿Cómo podía no empeorarlo todo?
Apenas había podido eliminar el empañado de sus ojos y secarse las mejillas cuando oyó la voz de su padre detrás de ella, ahora en tono firme:
—Los Dreyar estarán aquí mañana. Necesito saber por qué fingiste ser su ama de llaves antes de que vengan.
—Ya les daré mis motivos.
—Dejar que entren en casa ya va a ser difícil, Lucy. No quiero encontrarme con más sorpresas. Dime por qué.
—Quería ver por mí misma cómo son realmente, porque no creía que fueran a comportarse normalmente conmigo por culpa de la enemistad.
—¿Y ya está?
Lucy podría haberlo dejado así, pero no lo hizo.
—No. Sobre todo, lo hice porque no quería verte. Pensé que tampoco te importaría, ya que tú tampoco habías querido verme nunca.
—Si no temiera que puedas contárselo a Layla, te lo explicaría todo —dijo él, frustrado—. Pero no puede saberlo.
—¿Saber qué?
Jude no respondió. Era de esperar. Simplemente no quería admitir la realidad: que Lucy nunca le había importado.
—Yo te he dado tu respuesta, ahora déjame en paz.
Lucy no lo oyó marcharse. Así que decidió ignorarlo observando la habitación. Era un estudio, ligeramente amueblado con roble. Había un escritorio lleno de fotografías enmarcadas y un pequeño farol. ¿Fotografías de qué? La curiosidad la hizo coger una, pero contuvo la respiración cuando vio que era una carta enmarcada con garabatos infantiles… una carta suya. Cogió otra. Otra de sus cartas al padre que había querido y echaba de menos. ¿Las había enmarcado y guardado en su despacho todos aquellos años? Debería de haberlas sacado recientemente de alguna vieja caja mohosa para impresionarla. ¿Con qué? ¿Con la idea de que ella sí que le importaba, cuando era evidente que no?
Las lágrimas volvieron a brotar. ¡Santo cielo, ahora no podía llorar, no cuando no estaba segura de que él se hubiese marchado y tenía miedo de mirar! Se concentró en la decoración de la habitación para reprimir la emoción. Cortinas de terciopelo bermellón, el color preferido de su madre. ¿Las había elegido Layla? ¿Tan viejas eran? Algunos estantes con libros, una vitrina con licores, cuadros de escenas del Oeste en la pared, excepto uno que destacaba extrañamente. Su mirada volvió a él y sus ojos se abrieron lentamente. Era una escena urbana de invierno, con una niña patinando en el estanque congelado de un parque. La niña era ella. Su madre jamás le había mencionado haberlo encargado. Pero ¿de qué otro modo podía tenerlo Jude a menos que Layla se lo hubiera enviado?
—Era el mejor pintor de Nueva York —dijo en voz baja Jude—. Lo conocí en mi último viaje a la ciudad. Tardó todo el invierno en terminarlo. Aquel año no patinaste mucho.
—¿Tú estuviste en Nueva York? —preguntó ella con un hilo de voz—. ¿Por qué no me lo dijiste cuando te acusé de no visitarme nunca?
—Tampoco tendría que decírtelo ahora, pero no quiero que continúes con esa idea equivocada. Tu madre me hizo prometerle que jamás volvería a Nueva York. Yo rompí la promesa, pero ella no podía saberlo, o habría dejado de escribirme. De modo que tampoco podías saberlo tú, no podía arriesgarme a que se lo comentaras, aunque fuera por un descuido. Yo vivía gracias a sus cartas, Lucy. Eran lo único que me quedaba de ella. ¿Podrás guardarme el secreto?
—¿Aún la amas?
—Por supuesto, siempre la amaré. Como te quiero a ti. Y no obstante me da miedo incluso abrazarte, con lo enfadada que estás desde que llegaste aquí. En todos estos años, nunca imaginé que pensarías que no me importabas, Lucy. Te abría mi corazón en las cartas. ¿No me creías?
—Dejé de leer tus cartas. Me dolía demasiado que nunca fueras a visitarme cuando iban mis hermanos.
—Pues sí que iba, incluso varias veces. Pero no podía ni acercarme a tu casa. Había un tipo vigilando, un guardia sin duda contratado por tu madre para impedir que me acercase. Una mala jugada por su parte. Pero yo deseaba tanto veros que me disfrazaba, y una vez que lo hice, me di cuenta de que podía verte, hablar contigo, solo que tú no podías saber quién era yo. ¿Te acuerdas de Charlie?
Lucy tuvo que sentarse. La inundaron lejanos recuerdos de un hombre muy simpático en el parque que frecuentaba con su amiga Margery, jamás en verano, solo brevemente en invierno… cada vez que la visitaban sus hermanos. ¿Habría llegado a presentarse si no hubiera tenido que rescatarla cuando era niña? Ocurrió el primer año que ella intentó patinar sobre hielo en el parque. Se suponía que su madre tenía que estar allí cuando lo probara y le había pedido que la esperara, pero Margery no tenía que esperar a nadie y Lucy tampoco tuvo la suficiente paciencia.
Fue un desastre. Su madre iba a enseñarle a patinar. Sin sus consejos, enseguida se cayó y se torció un tobillo. Charlie presenció la caída y corrió a socorrerla. La llevó con sus criadas. Parecía más preocupado que ella misma por aquel esguince. La siguiente vez que la vio en el parque con Margery le preguntó por la lesión y les contó una historia divertida de una lesión que se había hecho él mismo. Hubo más historias divertidas a lo largo de los años. Cuando Lucy fue mayor, estuvo segura de que ninguna de ellas era auténtica. A Charlie le gustaba hacer reír a la gente, él era así, amable, cariñoso, siempre dispuesto a ayudar a quien lo necesitara… la clase de persona que hubiera querido tener como padre.
Lucy levantó la mirada y, al ver lágrimas en los ojos de su padre, prorrumpió en sollozos y se lanzó entre sus brazos abiertos.
—¡Dios mío, papá! ¡Ojalá me lo hubieras dicho! ¡Me dolía tanto pensar que no te importaba!
—Lo siento, Lucy —dijo él abrazándola fuerte—. Quería decírtelo… lo habría hecho si hubiera sabido lo que pensabas. —Y añadió—: ¿Crees que me gustaba teñirme el pelo de gris para los viajes y tener que aguantar las bromas de los jornaleros cuando volvíamos? ¡Me llamaban «cuerno gris»! ¿Sabes lo insultante que resultaba?
Sí que lo sabía, porque años atrás sus hermanos le habían explicado lo que significaba en el Oeste que te llamaran «cuerno verde», o sea novato, pipiolo. En realidad, su padre solo trataba de quitarle hierro al asunto para calmar sus remordimientos por la manera horrible como lo había tratado desde su llegada al rancho. Y había funcionado. ¡Todavía podía hacerla reír!
