Lucy tenía solo un vestido de noche, que hizo que Erza repusiera para lo que probablemente iba a ser una cena incómoda. Ni siquiera lo había sacado de la maleta en casa de los Dreyar porque allí no podía ponérselo. Incluso si hubiera habido una ocasión para ello, era demasiado caro para que Jennifer pudiera permitírselo. Era uno de sus vestidos más viejos, y por eso había terminado en una maleta de accesorios. Seda azul claro con un dobladillo gris perla, y zapatos de sedada juego. Por fin podría volver sus joyas. Sus dedos, muñecas, cuello, orejas, incluso los alfileres de su elegante peinado, brillaban con zafiros. Los Dreyar creían conocerla, pero no era así. Aquella noche no quedaría ni rastro de Jennifer Realight.

Se reunió con sus hermanos en el salón antes de que llegaran los invitados. Natsu se rió al verla tan radiante.

—¿Es un hechizo para transportarnos a Nueva York? Ya sabes que aquí no hace falta que te vistas de manera tan elegante, ¿no?

—Ya lo sé. Mi criada lo llama «armada para la batalla».

—Bueno, al menos no está mamá aquí para hacernos vestir también a nosotros con tanta elegancia —bromeó Hibiki—. Era un infierno, Luce, tener que acicalarse tanto para cada cena en la ciudad.

—¿Esperas una batalla? —preguntó Eve.

—Teniendo en cuenta lo que voy a pedirles a los Dreyar que acepten, sí.

Ellos ya sabían qué se proponía esa noche. También sabían que la noche anterior había resuelto sus diferencias con su padre. Sus hermanos cargada con parte de la culpa por su idea equivocada, ya que habían mantenido en secreto que su padre los había acompañado siempre a la ciudad. Todo salió a la luz durante el desayuno, una maravillosa experiencia familiar que solamente podría haber sido más perfecta si Layla también hubiera estado allí. Por supuesto, eso jamás iba a ocurrir.

Jude entró y se paró en seco al verla.

—Dios mío, tan engalanada eres idéntica a tu madre.

—¿Mamá te hacía sufrir muchas cenas de etiqueta? —preguntó ella con una sonrisa.

—No, solo a veces. Le encantaba poder sentirse relajada. Aunque deberías habernos advertido que la cena de esta noche era de etiqueta.

—Qué va. Si todos nos presentamos de etiqueta, los Dreyar se sentirán avergonzados. Esto —dijo señalando el vestido— es simplemente la forma más sencilla de demostrarles que no soy en absoluto la mujer que vivía en su casa, por si acaso piensan que me parezco en algo ella.

De repente oyeron la llegada de jinetes. Y con ellos llegaron los nervios de Lucy. ¿Se habría molestado Laxus en venir? Probablemente, no, teniendo en cuenta lo enojado que parecía la última vez que lo había visto. Como fuera, esa noche ella solo tenía que hablar con Makarov. Y no estaba sola. Su familia estaba allí. No tenía por qué estar nerviosa. Se quedó entre Hibiki y Natsu mientras su padre invitaba a entrar… al enemigo.

—Diablos, Jude, ¿qué es esto brillante que tienes en el suelo? —oyó que preguntaba Makarov en el vestíbulo.

—Mármol.

—Cosa de tu mujer, ¿no? No se romperá si andamos por encima, ¿verdad?

¿Vecinos durante más de veinte años y los Dreyar nunca habían puesto los pies en aquella casa? ¿Ni una sola vez? Y seguramente Jude tampoco había estado nunca en la suya. ¡Qué rivalidad tan estúpida!

Makarov entró en el salón hablando con su esposa. Lo primero que dijo Porlyusica al ver el elegante atuendo de Lucy fue:

—Ya imagino que hoy no has cocinado tú.

A continuación entró Sting con las muletas de Porlyusica en la mano, pero se paró en seco cuando vio a Lucy. Rufus lo apartó y también se quedó paralizado.

Verlos alivió parte de la tensión de Lucy, porque Laxus no estaba con ellos. Después de todo, tal vez no debería haberse puesto el vestido de noche. Su intención no era sorprenderlos tanto, sino simplemente remarcar, sin decirlo, que ella no estaba hecha para vivir en un rancho de Montana.

Educadamente, le dijo a Porlyusica:

—Bienvenida al rancho Heartfilia. Mi padre ya tiene una cocinera excelente.

—El tal Buffalo será ahora nuestro cocinero —dijo Makarov mientras ayudaba a Porlyusica a sentarse en una silla.

—Mi madre me ha enviado algunos libros de cocina. Tal vez a Romeo puedan serle útiles.

—Muy amable por tu parte —dijo Porlyusica

—Por favor. Permítanme un segundo para disculparme por…

Lucy calló cuando oyó el chillido de un cerdo, ¿Le habían traído a Max? ¡Qué gesto tan generoso, después de lo que les había hecho! Con una sonrisa radiante, se excusó y salió deprisa al porche. Encontró a Maximilian atado a la baranda y lo levantó en brazos para abrazarlo, sin tener en cuenta el vestido.

—¿Así que Blondie sigue aquí? ¿No se ha ido del todo?

Lucy contuvo la respiración y se volvió de golpe para chocar con un beso de Laxus. Bueno, él colaboró a que sucediera, con la mano detrás de su cuello. Ella no le detuvo, consciente de que podría ser la última vez que lo saboreara. Eso le dio al beso un matiz agridulce.

Max se retorció cuando Laxus se acercó demasiado. Lucy se echó atrás, nerviosa. Aquello no tendría que haber ocurrido, no debería haberlo permitido. Se suponía que esa noche tenía que dar la impresión de que Jenny —o Blondie o como quisiera llamarla— se había ido. Que no era real. ¡Si esperaba encontrarla allí, andaba equivocado!

—Gracias por traerme a Max —dijo con formalidad.

—Tenía que hacerlo. Contigo fuera, el bicho se creía que podía quedarse en mi habitación.

—¿En serio?

—Anoche le dejé entrar, pero con una noche he tenido suficiente. Por algún motivo, se creía que podía dormir en mi cama. ¿Tú se lo permitías?

Él no respondió de inmediato y a Lucy se le paró el corazón. No quería que se marchara. Tenía que admitir que se sentía feliz de verlo. Y aquella noche estaba tan guapo con una camisa blanca, limpia y planchada, pantalones oscuros y botas negras relucientes… Laxus se recostó en la pared junto a la puerta, levantando una rodilla y apoyando la suela de la bota en la pared. Lucy estaba tan acostumbrada a aquella postura suya que a menudo la visualizaba mentalmente… ¡Cuando no lo visualizaba envuelto en una toalla o directamente desnudo y haciéndole el amor! Cerró los ojos brevemente para quitarse aquellas imágenes de la cabeza.

—Aún lo estoy pensando —respondió—. Pensaba que tendría tiempo para decidirlo, que te encontraría ahí fuera contemplando la puesta de sol. Lástima que esta casa esté encarada al este. Echarás de menos sentarte en el porche a contemplar.

Lucy estuvo a punto de sonreír, pero se reprimió a tiempo. Era demasiado fácil dejarse llevar por aquella familiaridad relajada que tenía con él. Pero ¡esa no era ella! Aunque Jennifer también era del Este. Y Jennifer seguramente se habría mantenido en sus trece y conservado la corrección en sus encuentros, en vez de permitirle ponerle apodos, flirtear con ella, besarla y…

—No echaré de menos las puestas de sol porque tenemos un pequeño porche atrás —dijo ella, logrando mantener un tono formal—. Papá me dijo que fue idea de mi madre, a la que también le encantan las puestas de sol, y que siempre se sentaban allí a última hora de la tarde antes de cenar.

—Decían los rumores que él le pegaba y por eso se marchó. ¿Es verdad?

—¡Pues claro que no! —respondió ella secamente.

—Y entonces, ¿por qué lo dejó?

—Esperaba que él pudiera decírmelo. Pero él culpa a tu familia, bueno, a la enemistad. Un motivo más que tiene para odiar a los Dreyar.

—Eso sería muy desafortunado. —Laxus la miraba fijamente con sus ojos azul celeste.

—¿Por qué?

—Porque es una razón muy estúpida para abandonar a un marido y unos hijos. Porque tú y yo habríamos crecido juntos si ella no hubiera huido. Porque a estas alturas estaríamos casados.

¡Cómo podía dar por sentado tal cosa! Indignada, replicó:

—No presumas lo que habría ocurrido si me hubiera criado aquí. En ese caso, es más probable que me hubiera enamorado de tu hermano Sting, que es más de mi edad.

Lucy volvió a entrar en la casa antes de que Laxus pudiera responder.