Capítulo 28
El almuerzo fue maravilloso.
Jane preparó risotto con gambas y un pastel de chocolate y coco, por supuesto, con la ayuda de Judith, y era, posiblemente, la mejor comida que había probado en su vida.
A Severus no se le escapaba la idea que el haber sido preparada especialmente para él, con… amor, era probablemente la clave en que fuera tan deliciosa.
Nunca había tenido eso.
Todas sus comidas hasta que llegó a Hogwarts, habían sido… pobres, basadas en el hábito, la necesidad, la insistencia e incluso, para calmar la ira de su padre. Su madre nunca pareció disfrutar de la cocina.
Las comidas en Hogwarts habían sido mejores, mucho mejores, pero nunca nadie había preparado algo especialmente para él.
Cuando se preparaba él mismo la comida, era mucho mejor, y finalmente, había logrado ganar algo de peso, muy necesitado, por cierto. Eran comidas libres de las preocupaciones que lo habían atormentado prácticamente toda la vida, y ahora se veía como un ser humano saludable, uno que incluso era capaz de despertar el deseo de una jovencita.
Pero los platillos que preparaba Jane Granger… bien podía terminar siendo obeso si los comiera a diario.
Insistió en lavar los platos. Era lo menos que podía hacer. Y eso se puso a hacer, pensando en ordenarlo todo, limpiar cada recoveco de la cocina, vaciar cualquier cuenco en el que quedara algo de comida y guardarlo en la nevera, limpiar las ollas y repasar toda superficie. Hermione, sintiéndose mejor de los calambres, se aguantó la leve incomodidad para ayudarlo.
Después de mucha insistencia, Jane los dejó hacer y decidió acompañar a sus padres a pie hasta su casa y pasar un poco más de tiempo con ellos, además de quemar las calorías ganadas con el almuerzo.
Severus vio esa oportunidad para hacer que su trabajo fuera un poco más veloz.
Movió su varita y los trapos estaban limpiando solos todas las superficies de mármol y los platos comenzaron a lavarse solos, incluyendo la olla que Hermione tenía entre las manos. Todo flotó hacia el fregadero y comenzó a limpiarse por sí mismo.
Una fregona danzaba por ahí, limpiando el suelo también.
"¡Severus!" Le regañó Hermione, sin mucho ánimo.
"¿Sí, Gatita?" Preguntó él despreocupadamente, alzando una ceja mientras limpiaba bajo una de sus uñas.
"¿Qué tal si alguien lo ve?"
"No hay nadie en casa, y todo terminará en unos minutos nada más, así podremos descansar." Concluyó él con una sonrisa. Ella le sonrió con timidez.
"Esto es lo que eres, Gatita. No puedes sentirte avergonzada ni dejar que alguien te lo quite a los golpes. Tus habilidades… ayudan a la gente. Ayudan a gente por la que te sientes tan intimidada. Abrázala, conócela, a pesar de lo que él pueda decir o pensar."
Ella sonrió ampliamente, a pesar de las lágrimas que amenazaban con caer de sus ojos.
Pero entonces, por mala suerte, Charles llegó temprano a casa.
Ninguno de los dos lo escuchó acercarse ni abrir la puerta y cerrarla
De pronto, él solo estaba allí, de pie en la cocina como si se hubiera aparecido en ese lugar exacto, o como si la tierra se hubiera abierto y hubiera ascendido desde los mismos infiernos.
Estaba furioso.
Hermione, a pesar de lo que Severus le acababa de decir, estaba lívida.
El trabajo estaba casi terminado.
Los pisos y el mostrador estaban limpios. Lo único que seguía moviéndose por sí mismo, eran los platos. Severus, en ese momento en el que el tiempo pareció detenerse, detuvo la magia y los trastos se hundieron en el agua.
Se preparó para la hecatombe a punto de ocurrir. Le importaba un carajo lo Charles pensara, pero temía que Hermione se enfadara con él, que lo culpara por el enfado de su padre. Que lo odiara.
También estaba molesto consigo mismo, porque sabiendo que Charles era un cretino, le había dado razón al tipo para ponerse como energúmeno.
Sin duda Hermione lo culparía.
"¿¡Qué diablos significa todo esto!? ¡Después que dije específicamente que no quería nada de esa mierda en mi casa!" La voz de Charles estalló en toda la cocina. "¿Es que eres tan perezosa e inútil que ni siquiera puedes lavar los platos por ti misma?"
La estaba culpando a Hermione.
La chica bufó y alzó la barbilla, en lo que parecía la preparación para una de sus regañadas más brutales. Pero no. No se atrevería. No contra su padre. No era como si quisiera faltarle al respeto o algo así, pero es que no tenía caso.
Él no la escuchaba, no la respetaba, y solo sería una competencia a ver quién gritaba más fuerte, y su padre se impondría como el sabelotodo y más grandiosa autoridad.
Estaba cansada. Tan cansada de todo aquello. No importaba cuántas veces pasara, siempre dolía como la primera vez.
Se retiró a su cuarto a la carrera, y Severus pido ver que, aunque trataba de parecer indiferente, o incluso molesta, estaba aguantando las lágrimas.
"Tú… maldito desgraciado…" Le dijo Severus a Charles una vez que ella estuvo fuera del alcance de escucharlo. Su tono era controlado, pero mortal.
"¿¡Qué mierda acabas de decirme!?" Preguntó Charles, furioso, acercándose e inflando el pecho, tratando de intimidar a Severus, tratando de arrinconarlo.
Pero Severus no se movió ni un centímetro.
"Me escuchaste bien."
"¿Pero…? ¿Qué…? Debería…" Charles gesticulaba furioso, levantando un puño hacia Severus, amenazándolo.
"Hazlo. Te lo ruego. Dame una jodida razón más para que te deje la cara irreconocible, peor de lo que ya es." El tono era como seda, asesino, y movía la varita entre los dedos.
"No tienes las pelotas…"
"¿No? Pruébame."
"¡NO PUEDES HABLARME ASÍ EN MI PROPIA CASA!"
"¿Y por qué mierda no? Solo mira cómo le hablas a tu propia hija, la única que tienes. Ni se te ocurra venir a sermonearme sobre respeto, pedazo de imbécil. Me das asco, y la única razón por la cual aún no te he cortado la lengua, es por Hermione."
Charles se quedó allí, mirándolo, echando humo, echándole una mirada furiosa a Severus cuando este pasó a su lado, con toda calma, para subir las escaleras. Cuando llegó, se dio la vuelta.
"Será mejor que comiences a tratar bien a tu hija, y no solo porque estoy amenazándote, porque, ni lo dudes, si no lo haces, en algún momento de tu corta existencia, inevitablemente, la vas a necesitar. Un día estarás viejo y senil, al punto en el que te cagues encima y necesites que te lleven de aquí para allá, y ¿a quién tendrás que recurrir? Tu única hija. Y tal vez, entonces, ella recuerde la forma en la que la trataste. Piensa en eso. ¿O crees que tu preciosa Vicky dejará el confort que su pobre e ignorante esposo le provee para venir a limpiarte el trasero?"
Severus le dedicó una última mirada de desagrado y comenzó a subir las escaleras, dejando a Charles mudo, pero aún furioso.
EL hechicero entró en la habitación que compartía con su amante, para encontrar a su chica hecha un ovillo sobre la cama, dándole la espalda a la puerta, llorando y sollozando tanto que todo el cuerpo se estremecía.
Severus entendía muy bien lo que ella sentía.
A pesar de las protecciones que pones a tu alrededor para mantenerte fuerte, algunos comentarios, sobre todo cuando te los repiten una y otra vez, rompen las paredes que te protegen o las debilitan hasta quebrarlas. Y es peor cuando es uno de tus progenitores quien los dice.
Ella no había llegado a desarrollar el nivel de frialdad y oscuridad que Severus había alcanzado, quien había utilizado esas agresiones como combustible para alimentar su odio y como motivación para cometer actos… atroces.
Ella nunca podría llegar a eso. Ella era dulce y pura. Era hermosa en cada aspecto. Pero incluso Severus había tenido días en los que las lágrimas escapaban, aun cuando parecía que todo en su interior estaba muerto.
Ella lo estaba ayudando a sentirse vivo otra vez. Lentamente, pero con certeza.
Severus cerró la puerta y le echó llave. Luego fue a acurrucarse con ella, abrazándola por detrás, encajando su cuerpo perfectamente con el de ella, y rogando a los dioses para que ella no lo rechazara. Había sido su culpa, técnicamente.
Él nunca había tenido a nadie que lo confortara, pero en sus momentos más débiles, había imaginado que sería lindo tener a alguien que lo entendiera, que lo quisiera, que no lo juzgara o lo creyera un lunático.
Y si fuera alguien que se preocupara, que lo quisiera... más profundamente que los demás, y que también pudiera darle algún tipo de confort físico, tanto mejor.
Ella dejó que los brazos de él envolvieran su cintura y que su nariz acariciara su cuello.
Gracias a Merlín por ese hombre.
"Oh, dios… ¡soy un desastre!" La vulnerabilidad provista por las hormonas empeoró las cosas. "Debes creer que estoy loca."
"No." Dijo él voz baja, besando su mejilla.
"No deberías verme así." Ella trató de moverse. Quiso ir a lavarse la cara y limpiarse la nariz, recomponerse, comportarse como una jodida adulta, pero él no la dejó levantarse y volvió a acomodarla perfectamente contra su cuerpo, presionando una mano sobre su desbocado corazón.
"Sí. Claro que debería." La besó en el hombro. "Está bien Gatita. Llora todo lo que necesites. Pero quiero que sepas que no eres nada de lo que dijo. Eras mucho más que capaz. Eres brillante y hermosa, y amorosa. Nada de lo que diga debe hacerte mella. Y no merece que derrames ni una sola lágrima por él." Era un extraño consejo, porque estaban hablando de su padre, pero que actuaba como un pelmazo, así que ella no necesitaba tomar nada de lo que dijera en consideración.
Severus sabía muy bien que era más fácil decirlo que hacerlo.
Las lágrimas regresaron, pero eran de gratitud, incluso, tal vez, de amor por Severus, que ahora la estaba llenando.
"Gracias." Sollozó la castaña.
Él volvió a acariciar el cuello de la chica con la nariz y no dijo nada.
De pronto, la puerta se estremeció con unos furiosos golpazos.
Charles gritaba el nombre de su hija.
Aparentemente, había encontrado más palabras y quería gritárselas.
"¡Mierda! ¡No quiero tener que lidiar con él ahora!"
"Y no lo harás. Estoy aquí para ti. No se acercará a ti por tanto tiempo como tú quieras. Te lo garantizo."
Charles comenzó a sacudir el picaporte. Severus se volteó, soltando a su mujer y sacando su varita, echando un hechizo sobre la puerta.
Ciertamente, la corriente eléctrica alcanzó la mano de Charles, porque por un instante, las sacudidas y los insultos se detuvieron. Unos segundos después, los golpes se reanudaron, y Severus repitió el hechizo dos, tres veces más. Eso fue suficiente para que el tipo se retirara.
"¿Qué pasó? ¿Qué hiciste?" Preguntó ella, todavía acongojada, tratando de mantener el control de sus emociones, todo sin voltearse, todavía dándole la espalda.
"Vivirá, no te preocupes." Dijo Severus y besó suavemente el hombro de la joven, sosteniéndola cerca.
"Necesito ir a limpiarme la cara." Dijo ella, tratando de levantarse, pero él la sostuvo con más firmeza. Sin siquiera moverse o usar su varita, o vocalizar, convocó una caja de pañuelos desechables que estaba en el baño. La caja llegó flotando hasta posarse en la mesita de noche frente a Hermione.
Ella no pudo evitar reír bajito a pesar de las lágrimas.
"No vas a dejar que me levante nunca, ¿no?"
"No. Nunca." Nunca voy a dejarte ir y haré todo lo posible para tenerte conmigo. "Al menos hasta que estés más tranquila y sonriendo." Siguió diciendo él mientras ella se limpiaba las lágrimas y la nariz.
Con la palma de la mano todavía sobre el pecho de la joven, Severus seguía acariciando su cuello con la nariz o le besaba el hombro o el brazo. Podía sentir que su respiración y su corazón comenzaban a calmarse.
Hermione dejó los pañuelos que había usado sobre la mesita de noche y volvió a acurrucarse junto a él, exhalando profundamente una vez más.
Se sentía tan segura, tan protegida, amada, como nunca se había sentido con ningún hombre. Con él, podía ser ella misma. Podía ser la insegura, mandona y malhumorada Hermione. La verdadera. Finalmente, Severus ya conocía todos los niveles de locura y vulnerabilidad, y aun así se había quedado con ella, a su lado, brindándole apoyo. ¿Quién hubiera dicho que Severus Snape podía ser tan dulce? El también necesitaba aceptación. Una oportunidad para dejar ver su lado más suave y hermoso, sin que nadie recriminara y sin consecuencias.
"Mírame Gatita." Susurró él. Como ella se estaba tomando su tiempo para responder, Severus le mordisqueó el oído.
"¡No! ¡Estoy horrible!" Respondió la castaña con un poco de humor y sin estar llorando ya.
"Gatita…" Quitó el brazo que estaba bajo el cuerpo de la joven y la volteó.
Hermione tenía el rostro hinchado y rojo por el llanto, y la nariz un poco irritada por haberla limpiado varias veces. Le acarició la mejilla, secando una solitaria lágrima que repentinamente se deslizó sobre la piel. Luego, tocó la punta de su nariz con la de él.
"Me veo desastrosa."
"No. Estás igual de hermosa que siempre."
"No es cierto." Dijo ella, pero sonrió con timidez mientras le acariciaba el brazo.
"Si quieres, te follo ahora mismo para probarte que digo la verdad." Se acercó para tomar los enrojecidos labios con los suyos. "Tienes la capacidad de ponerme duro con solo quitarte un guante."
"¡Severus!" Dijo ella. "Estoy en mi período. Sería un desastre."
"La sangre nunca me causó repulsión." Retrucó él con una sonrisa juguetona.
Ella se rio y le dio una palmada en el brazo.
"Ahí está esa maravillosa sonrisa y esa hermosa risa." Trazó el labio inferior de Hermione con el pulgar. "Nunca vuelvas a permitir que te borre la sonrisa otra vez, ¿de acuerdo? Sé que es difícil porque es tu padre y lo que él diga debería importar… pero como no dice las cosas correctas, como debería hacerlo un padre, lo mejor que puedes hacer, es aprender a ignorarlo, ¿sí?"
Severus sabía muy bien de qué estaba hablando.
El horrible tratamiento que había recibido, solo lo había empujado hacia el auto desprecio, muchísima furia, y la intensa necesidad de ser aceptado por alguien, cualquiera, en cualquier lugar. Y eso lo había conducido por caminos que deseaba no haber tomado.
Pero de nuevo, esos caminos, eventualmente, lo habían llevado a ese punto, a tener esa maravillosa mujer entre sus brazos.
Ella asintió y le acarició dulcemente la mejilla, besándolo luego.
Se quedaron acostados en silencio un poco más, con Severus hundiendo el rostro en el dulce aroma de su cabello.
"Necesito beber un poco de agua." Dijo ella repentinamente. "Pero no quiero tener que verlo ahora."
No se necesitó decir nada más. Severus se levantó inmediatamente y bajó a la cocina a buscar lo que su chica necesitaba.
Encontró a Jane allí, que acababa de llegar y estaba mirando con curiosidad los pocos platos que aun necesitaban ser lavados, hundidos en el fregadero.
"Oh, sí. Terminaré con eso. Hubo una… interrupción." Se acercó al fregadero y rápidamente limpió todo antes de llevarle el agua a Hermione.
Jane notó que el buen humor de Severus parecía haber desaparecido. De hecho, parecía más rígido, mas estoico. El hombre temía que Charles le dijera mentiras sobre lo que había pasado y la dama se pusiera en contra de él.
Le había gustado el cariño maternal, la sensación de tener una familia… eso le había gustado, pero no debía acostumbrarse tan fácil. Sabía bien que no debía.
La peor parte sería si Jane decidiera convencer a Hermione de dejarlo, apartarla de cualquier sentimiento que estuviera floreciendo por él.
"Severus, ¿qué pasó?" Preguntó Jane.
"¿Hmmmm?"
"Qué pasó para interrumpirte." La señora tenía la mandíbula dura por la determinación, justo como lo hacía su hija. La miró mientras se secaba las manos, y la observó con cautela.
"Severus, vamos a ser familia. Te estoy confiando el corazón de mi hija, su bienestar, y mi confianza debe ser más intensa por el hecho de vivir tan apartados. Espero que puedas confiar en mí, tanto como para ser franco y abierto."
Él asintió una vez, entendiendo.
"Bueno, entonces, dilo."
"Yo… en un intento de dejar todo perfectamente limpio y con rapidez, antes que usted regresara, usé…" Movió los dedos en el aire vagamente y rodó los ojos. Ella entendió al punto lo que quería decir y asintió. "Su esposo llegó y dijo algunas cosas bastante duras a Hermione, como ya habrá notado que… suele hacer." Dijo Severus sombríamente. "Tuve que ir a consolarla, luego de… decirle algunas… cosas a su esposo."
"Ya veo. Gracias por ser honesto conmigo." La expresión en los ojos de la mujer era furiosa, por la amargura.
"Le pido disculpas."
"¿Por qué?" Los ojos de la dama se dulcificaron.
"Por usar… habilidades que usted no aprueba en su casa, y por decirle algunas cosas… desagradables a su esposo."
"Oh, querido." Comenzó a decir Jane con una sonrisa tierna. "Primero que nada, no me molestan tus habilidades, de hecho, las encuentro fascinantes. Y Hermione me asegura que las usas para buenas causas, así que… déjame decirte que no me molestaría para nada poder fregar los trastos con un chasquido de los dedos."
Severus sintió que sus labios se estiraban en una pequeña sonrisa.
"Yo solo… trato de mantener la paz. Así que, si puedes mantener al mínimo el uso de tales habilidades, incluso si significa tener que esconderlas de… otros, y en mi mente, clasifico a Charles como 'otros', por favor, hazlo. Soy yo quien tiene que disculparse, porque seguramente te hace sentir… restringido, como si no pudieras ser tú mismo conmigo. Y por las cosas desagradables… ese hombre de verdad necesita escucharlas." De nuevo esa expresión furibunda. "Ya se las verá conmigo, no lo dudes."
Severus sonrió de lado.
"Severus," Preguntó Jane al cabo de algunos momentos de silencio. "Por favor, sé franco conmigo de nuevo. Necesito saber… ¿es Charles la razón por la cual no viene a vernos más a menudo?"
"Sí, una de ellas." Dejó entrever él.
"¿Una de ellas?"
"Estoy seguro que ver a Jacques no le cae en gracia tampoco." Severus trató de convencerla y corregir su descuido.
"Hmmm… ¿Está bien mi hija?"
"Está mejor, sí. Aunque sí hubo lágrimas. Y ella… no desea verlo ahora, por eso vine a buscarle un vaso de agua."
"De acuerdo. Dile que no hay de qué preocuparse. Nadie la molestará hoy de nuevo."
Jane salió de la cocina con determinación, sin duda, en busca de su esposo.
Por supuesto que nadie iba a molestar a su leoncita.
No con su leal, protector y posesivo Slytherin para cuidarla, y su mamá leona en guardia.
N/T: Charles se pasó de la raya, pero al menos, Severus le contó cuántos pares son tres botas.
