Ninguno de los personajes que reconozcan me pertenece. Sólo Emilia salió de mi imaginación.


DENTRO DE DOS MESES

Los labios de Hermione eran muy suaves.

Los había delineado primero con las yemas de sus dedos, temiendo que ella pensara que eran demasiados ásperos como para que él los acariciase. Pero ella simplemente había sonreído sin apartarse antes de fruncir los labios y besar sus dedos sin apartar sus ojos castaños de los oscuros de él.

No supo cómo pero pronto se encontró besándola, envolviendo su cuerpo con sus brazos, atrayéndola a su pecho mientras ella se aferraba desesperadamente a su cabello negro. Era abrumador. La calidez, el deseo, las ganas de comenzar a besar su cuello y desnudarla.

Pero de repente se oyó un horrible ulular que retumbó en sus oídos, obligándolo a apartarse y mirar a Hermione. Salvo que en vez de la joven mujer, lo que tenía en sus brazos era una horrible lechuza que volvió a soltar un fuerte sonido de su pico.

Saltó hacia atrás, asqueado y horrorizado mientras parpadeaba una y otra vez.

Fue en uno de esos parpadeos que finalmente logró despertar y oír que repiquetear en la ventana de su habitación.

Gimió ruidosamente, maldiciendo su mente por tener ese tipo de sueños ridículos y completamente inapropiados. Lo peor de todo era que ni siquiera era el primero que había tenido con Hermione Granger.

Desde que la había encontrado con su hija en la biblioteca de la Mansión Malfoy, su ex alumna había aparecido en sus sueños y en su mente despierta con más regularidad de la que le gustaría admitir. Él sabía que no podía controlar completamente lo que su mente inconsciente soñaba por las noches pero siempre había creído que tenía un perfecto control sobre sus pensamientos cuando estaba despierto. Después de todo, no había pasado por nada años entrenando su mente y sus expresiones para poder engañar a Voldemort como para que las cosas más absurdas le hicieran pensar en ella.

Lo primero fue el libro de Transfiguraciones que su hija recibió de Draco Malfoy a los pocos días del encuentro. Al parecer, su preciosa y adorable pequeña había decidido mandarle una lechuza al rubio pidiéndoselo.

Luego, fue la mención de Emilia de querer un gato como mascota. Su mente de inmediato le recordó que cierta mujer tenía un gato como mascota en sus años del colegio. Se descubrió a sí mismo preguntándose si todavía lo tendría pero en cuanto lo hizo, se amonestó a sí mismo por tal tontería y le recordó a su hija que en la casa no tendrían jamás ningún tipo de mascotas. Ya demasiado tenían una lechuza y sólo porque era de utilidad.

Una mañana de domingo incluso le pareció ver una cabellera risada cerca de la heladería muggle a la que iban él y su hija usualmente. El terror de encontrarse con ella fue tanto que incluso pensó en correr al punto de aparición más cercano para volver a su casa pero luego se volvió a maldecir a sí mismo por su nerviosismo cuando se dio cuenta que no era Hermione Granger.

Luego fue un poco del chocolate caliente que había dejado su hija en la taza el que le hizo preguntarse si el color de los ojos de la chica eran de ese tono o más claro.

Obviamente se maldijo a sí mismo por preguntarse eso.

Había perdido la cuenta sobre la cantidad de veces que la había reprendido por decirle que aquello no sucedería: no la invitarían a su casa ni a ningún lado y tampoco se casaría con ella. Le había explicado lentamente que las relaciones entre las personas no sucedían del modo en que pensara, que dos adultos debían de estar interesados en conocerse antes de decidir formar una pareja.

La respuesta de Emilia había sido simple:

— ¡La invitaremos a tomar el té con nosotros para que la conozcas mejor!

No tenía duda alguna que aquellos pensamientos indeseados eran producto del encuentro que tuvieron y porque su hija no dejaba de preguntarle si podían invitarla a tomar el té y a leer. Siempre le respondió que no pero su hija no había dejado de insistir.

El golpeteo en el vidrio de la ventana se volvió más violeto. Giró el rostro, enojado por los sueños y por no poder dormir un poco más, y vio a una lechuza marrón mirarlo con insistencia, claramente molesta por haber sido ignorada por tanto tiempo.

Se levantó soltando un suspiro y se puso de pie dificultosamente, sintiendo los estragos de los labios de la ficticia Hermione Granger en su cuerpo. Abrió la ventana y la lechuza no dudó en entrar y posarse en su cama.

—Atrevida—gruñó mientras sacaba la carta.

El ave simplemente ululó con molestia antes de volver a salir al exterior.

Abrió la carta y leyó.

A medida que las palabras iban cobrando sentido en su mente, sus ojos se abrían más y más.

— ¡EMLIA! —gritó mientras iba corriendo apresuradamente al cuarto de su hija para encontrarlo vacío— ¡EMILIA, VEN AQUÍ DE INMEDIATO!

Encontró a su hija sentada en la mesa de la cocina, con Andrómeda Tonks y Teddy al lado, decorando un pastel con crema de color azul.

— ¡Buen día, papi!

Esa inocente vocecita suya no lo engañaba para nada.

— ¡¿Cómo pudiste hacer esto?! —exclamó furioso— ¡Le escribiste a Hermione Granger!

—Yo no le escribí.

—Ella no le escribió—dijo Teddy en defensa de su mejor amiga del mundo.

— ¡Pues yo tampoco lo hice pero me ha llegado una carta de ella diciendo que acepta mi invitación a almorzar hoy! ¡Mi invitación! —exclamó.

Andrómeda se adelantó y le arrebató la carta a Severus de la mano, contemplándola con interés.

—Severus, ¿realmente crees que Hermione no podría distinguir la caligrafía tuya de la de una niña de seis años? —preguntó finalmente Andy con suavidad—. Es bastante inteligente.

— ¡Sé que es inteligente! —exclamó—No sé cómo lo hizo… ¡Confiesa! —le ordenó a su hija, quien todavía conservando la calma, volvió a poner atención en el pastel— ¡Emilia, dime la verdad!

—Si quieres saber, padre—comenzó a hablar la niña con un tono que realmente molestó a Severus—, pude haberle pedido a alguien que escribiera la carta por mí… pro técnicamente, no lo hice.

Los ojos de Severus viajaron de inmediato hacia la mujer que los acompañaba pero ella negó rápidamente con la cabeza.

—Ella sólo me pidió que la venga a ayudar a hacer un pastel hoy, Severus.

La gran hija de su…

Suspiró e intentó calmarse.

Sí, su hija podría ser inteligente y manipuladora pero no se saldría con la suya.

—Le escribiré de vuelta y le diré que ha sido un error—indicó.

— ¡Oh, no seas así, Severus! —exclamó Andy al ver la expresión de la niña ante las palabras de su padre— ¿Cuál sería el problema en que hicieran una nueva amiga?

El problema era que no era precisamente una amiga lo que su hija quería para él.

—No necesito una amiga—gruñó.

—Sí, necesitas una "amiga" —aseguró la mujer, contemplándolo significativamente para que entendiera muy claramente a lo que se refería.

Severus se sintió insultado y muy avergonzado.

—Fuera de mi casa—gruñó.

Andy, lejos de molestarse, sólo sonrió y tomó la mano de su nieto antes de despedirse y prometer volver mañana para buscar a Emilia para llevarla al colegio.

Severus no podía creer el atrevimiento de todo el maldito mundo. ¿Qué les importaba su vida privada? No tenían ningún derecho a meterse en ella y, mucho menos, asumir que la persona correcta para él era la mismísima Hermione Granger. Claro, era atractiva e inteligente pero no la conocía en absoluto. Además, no podía obviar el hecho de que ella nunca podría sentirse atraída por él de manera romántica.

—Si le dices a Hermione que no venga hoy, te odiaré por el resto de mi vida—le informó su hija con un tono calmado y frío que le recordó demasiado a sí mismo.

Él, como un hombre adulto y lógico, no debería de estar asustado ante esa perspectiva, especialmente porque no creía que Emilia pudiera odiarlo como decía pero no podía poner en duda su enojo. Era terca como nadie y cuando se enojaba con alguien, su frialdad y desprecio podían durar semanas completas. Incluso meses. Había sido testigo del modo en que ignoró a Draco cuando éste se burló una vez de su disfraz de Halloween. Había sido tan divertido ver al rubio casi rogarle perdón unas semanas antes de Navidad.

Pero no sería divertido para Severus verse a sí mismo en esa posición.

—Permitiré que venga hoy, con una condición—dijo finalmente con seriedad, contemplándola a los ojos para darle a entender que no dejaba lugar a la discusión.

— ¿Cuál? —cuestionó.

—No quiero escucharte hablar sobre su estado civil o el mío, ni quiero que le menciones la idea de que se transforme en tu madre. Tampoco quiero escucharte decirle sobre casarnos.

—De acuerdo.

Severus frunció el ceño. Emilia había accedido con demasiada facilidad.

….

Hermione sabía que allí pasaba algo que ella no comprendía.

Cuando recibió aquella carta de parte de Severus invitándola a almorzar con él y su hija aquel domingo, casi había saltado de felicidad. Bueno, patéticamente lo había hecho, en realidad, pero eso era algo que nadie tenía que saber.

Había estado nerviosa, eligiendo cuidadosamente qué vestir, no queriendo que él pensase que se esforzaba demasiado pero tampoco que pensara que no le importaba. No usaba maquillaje por lo que eso no cruzó siquiera por su cabeza pero sí se esmeró por trenzar su cabello para que no pareciera un monstruo listo para devorar a quien se cruzara al lado. También había pasado por una pastelería y había buscado unos cuantos bocadillos dulces para el postre, no queriendo ir con las manos vacías.

Nerviosa y ansiosa al mismo tiempo, había tocado el timbre de la casa sólo para ser recibida por un Severus Snape bastante gruñón que hizo todo lo posible para ignorarla, dejando que Emilia se encargara de charlar con ella.

Fue terriblemente decepcionante para Hermione. Y no es que no le gustara la niña. Por el contrario, desde el primer momento en que la conoció quedó prendada con su energía, sus ansias de conocimiento, su sonrisa encantadora y aquel particular brillo en los ojos que prometían miles de problema era que a Hermione también le gustaba el padre de la pequeña y que fuera tan descortés con ella siendo que él mismo la había invitado a su hogar aquel día, le dolió mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Sin embargo, no demostró su malestar en ningún momento en que Emilia estuvo presente. No quería que la pequeña se sintiera mal.

Tan sólo cuando ella salió corriendo para ir a su cuarto, prometiendo que buscaría el juego muggle de química que le habían regalado para que pudieran jugar juntas, se volteó hacia el hombre con el ceño fruncido y lo miró molesta.

—Le pediré, señor Snape, que la próxima vez se abstenga de invitarme si me va a tratar del mismo modo que hoy—le dijo.

El hombre, que hasta ese entonces pareció hacer todo lo posible para no mirarla, finalmente giró el rostro hacia ella y la contempló.

— ¿Disculpe?

— ¿Tiene problemas de sordera que desconozco o simplemente no entendió lo que acabo de decir? —preguntó con enojo.

—He oído demasiado bien lo que ha dicho, señorita Granger, lo que no comprendo es cómo tiene el atrevimiento de hablarme así en mi propia casa.

Sus ojos eran fríos y, aunque ella se sintió repentinamente como una colegiala reprendida, se recordó a sí misma que él hacía unos cuantos años había dejado de ser su profesor.

—A la que usted mismo me invitó y tuvo el descaro de ser un terrible anfitrión.

Severus rió suavemente sin una pisca de verdadera diversión, sorprendiéndola.

—Señorita Granger, creo que debe saber algo: yo no la invité. De hecho, me enteré de que vendría a mi casa cuando recibí su carta esta mañana. Todo fue obra de Emilia.

Hermione sintió un peso terrible instalarse en su cabeza y en su pecho al comprender finalmente. Un peso tan grande que parecía empujarla al suelo, haciéndola sentir insignificante y tonta.

—Por supuesto—murmuró, muerta de vergüenza, sintiéndose incapaz de mirarlo mientras luchaba con el ardor que quemaba en sus ojos—. Por supuesto…

Tensa, se movió mecánicamente para ponerse de pie.

Oyó un pesado suspiro a su lado.

—Granger, no te estoy echando.

—Lo sé—asintió—. Recordé que tenía planes—mintió mientras luchaba fieramente para alzar los ojos nuevamente y mirarlo a pesar de lo vulnerable que se sentía en ese momento—. Gracias por recibirme aún en contra de sus deseos. Discúlpeme con Emilia, por favor.

—Granger…

Pero ella no perdió el tiempo en salir casi corriendo de allí.

Cuando la puerta se cerró, Emilia hizo acto de presencia. No tardó demasiado en darse cuenta que su futura madre no se encontraba allí.

— ¿Qué hiciste ahora? —le preguntó con decepción a su padre.

— ¿Sigue sin hablarte?

Severus apartó la mirada de su hija que se encontraba sentada en el suelo de la sala jugando con Teddy y miró a Narcissa.

—Sí.

Hacía dos semanas su hija lo trataba con fría indiferencia. No lo evitaba ya que era imposible porque vivían los dos juntos, pero no le dirigía la palabra ni para responderle si quería ir a la heladería.

— ¿Has intentado hablar con ella sobre el asunto de las relaciones? —preguntó la mujer.

—Por supuesto que sí—gruñó.

Varias veces lo había intentado. Le había explicado que Hermione había salido presurosa por motivos personales pero obviamente la niña no le creyó y lo siguió culpando… ¡Y no es que él tuviera la culpa de algo! Después de todo, no había sido idea suya invitarla a su casa. Pero iba a admitir que quizás debió de tratarla un poco mejor, teniendo en cuenta que era también una víctima de las manipulaciones de su hija.

— ¿Y si invitas a la señorita Granger a cenar?

—Dudo que acepte.

—Quizás si te disculparas primero…—sugirió Narcissa con lentitud.

Severus frunció el ceño con profundidad ante la sugerencia.

—No voy a disculparme por no hacer nada.

—Exacto, Severus, no hiciste nada—indicó Narcissa—. Emilia me contó que te quedaste sentado, ignorando a la señorita Granger. Eso fue increíblemente descortés de tu parte. Cualquiera podría pensar que tienes mejores modales.

— ¿Y qué se supone que debía de hacer? —inquirió con enojo— ¡No quería que pensara que realmente la veía de algún modo incorrecto!

— ¡Oh, por Circe, Severus! —protestó la elegante mujer— ¡Era una cena amistosa, no una maldita cita! Estoy segura que la señorita Ganger no estaba esperando que le propongas matrimonio.

Una risa divertida sonó detrás de ellos. Ambos giraron el rostro y contemplaron la divertida mirada de Draco.

—Yo no estaría tan seguro de eso, madre—le indicó mientras iba hacia ellos y se sentaba al lado de Severus—. Granger ha tenido un flechazo por el temido murciélago de las mazmorras desde que íbamos al colegio.

Los ojos de Narcissa se abrieron graciosamente ante esta nueva información, mientras que los de Severus se estrecharon.

—Esto es simplemente absurdo—dijo.

— ¿Estás seguro? —la voz burlona de Draco le hizo sentir deseos de golpearlo— ¿No recuerdas nada que haya hecho o dicho que te haya hecho sospechar que tenía deseos de que la encierres en tu habitación?

— ¡Draco, por favor, cuida tu lenguaje! —protestó Narcissa, lanzando una mirada en dirección a los niños que, por fortuna, seguían completamente ajenos a la conversación.

—No—dijo respondiéndole al rubio.

La única palabra que dijo Severus salió entre sus dientes.

Pero su mente no pudo evitar recordar que la joven mujer le había querido dejar muy en claro que estaba soltera y que, cuando se enteró de que no había sido él quien la había invitado, parecía querer llorar.

— ¿Y cómo es que sabes algo como eso? —Narcissa no pudo controlar su curiosidad.

—Casi todo el mundo lo sospechaba cuando estábamos en Hogwarts y hace poco Luna me lo confirmó—miró a Severus—. Uno podría pensar que una chica como Granger podría haber superado cualquier ridículo enamoramiento adolescente pero obviamente no debe ser tan inteligente si sigue teniendo sentimientos por tan grande imbécil.

Severus ni se molestó en defenderse, perdido en sus pensamientos, aunque Narcissa sí reprendió a su hijo por hablar de ese modo a su padrino.

A su modo de ver, que Hermione Granger tuviera sentimientos por él era la cosa más ridícula del mundo. Era un hombre con un pasado complejo, que había asesinado y lanzado maldiciones oscuras, que tenía los años suficientes como para ser su padre y que tenía la responsabilidad de tener una hija a cuestas.

¿Cómo podía simplemente mirar en su dirección?

…..

La culpa era un sentimiento extraño al que, desgraciadamente, estaba habituado. De todos modos, cada vez que la sentía, se sorprendía a sí mismo luchando casi violentamente por aniquilarla, aunque patéticamente siempre terminaba cediendo y buscando el modo de redimirse.

La primera vez que sintió culpa, una tan grande que no pudo ni siquiera perdonarse a sí mismo, fue cuando en un momento de vulnerabilidad insultó a su mejor amiga de la infancia. Pasó noches enteras frente a la torre de Gryffindor rogando por su perdón por conseguirlo.

La segunda vez que se sintió así fue mucho más devastadora porque terminó con la vida de la mujer que amaba y le llevó más de una década encontrar algo de paz.

La tercera ocasión que sintió culpa fue cuando miró los ojos de su colega sobre la mesa lujosa de Lucius Malfoy, rogándole que la salvara. No pudo hacer nada más que mirar con frialdad, simulando estar desinteresado, cuando por dentro en realidad algo se rompía en mil pedazos. La forma de redimirse por ello fue adoptar la hija de dicha mujer sin pensarlo siquiera. En cuanto se enteró de la existencia de Emilia supo que no podía simplemente dejarla en los orfanatos donde otros de cientos de huérfanos vivían esperando encontrar un poco de amor.

Y allí estaba ahora, luchando nuevamente con la culpa de haber herido los sentimientos de Hermione Granger. No debía de sentirse así. No era su maldita responsabilidad. Ni siquiera sabía con certeza si lo que le había dicho Draco era cierto o no. Debía de simplemente olvidarlo y sólo luchar por conseguir que su hija le hablase nuevamente.

Pero por alguna extraña razón no podía hacerlo y se encontró, un sábado por la noche, golpeando la puerta de la casa de la mujer mientras rogaba internamente que no se encontrara en la casa. Pero el destino quiso que pagara por lo que había hecho y tras unos segundos la puerta se abrió, dejando ver a una Hermione Granger sorprendida. Ya podía verse a sí mismo siendo hechizado por la joven mujer pero, en vez de hacerlo, suavizó su expresión e incluso le dedicó una ligera sonrisa.

—Señor Snape.

—Señorita Granger—no podía dejar de sentir los nervios en la boca del estómago al pensar que había una pequeña posibilidad que ella sintiera algo por él—, lamento haber venido sin avisar… yo.. eg…

¡¿Por qué le resultaba tan condenadamente difícil?!

— ¿Quiere pasar? —preguntó ella.

Severus asintió.

La casa de Granger era agradable. Llena de libros, como era de esperarse. Ordenada, con claros toques femenino pero sin ser demasiado. Le gustaba.

Ella lo acompañó hasta la sala donde ambos se sentaron en silencio. Notó que jugaba con sus manos, apretándolas nerviosamente, lo que lo hizo sentir un poco mejor consigo mismo.

—Supongo que te debo una disculpa.

Fue el primero en hablar, aunque no quería hacerlo, pero después de todo había sido él quién se había aparecido frente a su casa y tocado su puerta.

—No tiene que hacerlo, señor Snape.

—Severus—intervino—. Puedes llamarme Severus—le dijo—. Y sí, debo hacerlo—insistió, hablando pausadamente—. Podría haberle comunicado de otro modo lo sucedido, podría haberla tratado con respeto porque tuve la oportunidad de negarme cuando me enteré la verdad y decidí no hacerlo. Estaba enojado y avergonzado por el comportamiento de mi hija y me desquité con usted.

Ese debió de ser el discurso de disculpa más largo que dio en su vida. Ni siquiera cuando intentó disculparse con Lily.

—Supongo que yo también debo disculparme—comenzó a decir ella, consiguiendo que Severus la contemplara con incredulidad—. El modo en que reaccioné fue muy inadecuado. Debería de haber controlado mejor mis sentimientos y haberme despedido de Emilia.

— ¿Sentimientos?

Su lengua se movió antes de que pudiera evitarlo pero se arrepintió en cuanto notó que ella se ruborizaba terriblemente. No había sido su intención avergonzarla. Si a él le hubieran hecho la misma pregunta, se hubiera puesto furioso.

—Yo…

—No tiene que responder, señorita Granger.

—Hermione—corrigió ella—. Y no tengo que responder pero quiero hacerlo—la vio morderse el labio inferior—. Puede que cuando haya recibido la invitación, me haya creado ciertas expectativas. Totalmente infundadas, por supuesto, porque nada de lo que allí decía me dio a entender que…—se silenció y le sonrió tímidamente—. Lo siento.

Severus supo, finalmente, que lo que había dicho Draco tenía una parte de verdad. No lo entendía, pero lo sabía.

— ¿Ya comiste, Hermione? —preguntó con suavidad.

Ella lo miró con intensidad, quizás preguntándose cuáles eran sus intenciones.

—No.

— ¿Te gustaría ir a cenar conmigo?

—Me encantaría.

Ella no le permitió ni siquiera la oportunidad de ponerse nervioso antes de soltar su respuesta.

Sonriendo ligeramente, se puso de pie y le ofreció su mano con cortesía. Hermione la tomó sin dudarlo y se puso de pie, quedando a su lado. El calor de su proximidad le aceleró el corazón pero no se apartó.

— ¿Iremos a buscar a Emilia?

—Por lo general, uno no se llevan a los hijos a las citas.

…..

Hermione no debería de haber hecho aquello.

No debería de haberle sonreído como si se hubiera sacado un gran premio cuando él la invitó a cenar a su casa junto con su hija. Tampoco debería de haber aparecido con aquel vestido encantador, llevando un pote de helado para el postre. Tampoco debió de haber actuado tan dulcemente con su hija, incluso cuando la pequeña pareció esforzarse enormemente para avergonzarlo cuando se enteró que ellos estaban en una relación.

— ¡Son novios! —había exclamado Emilia— ¡Son novios y se van a casar!

—Los adultos suelen hablar de muchas cosas antes de tomar la decisión de casarse, Emilia. Si tu padre y yo decidimos un día que estamos listo para casarnos, te lo informaremos.

Pero hizo todo eso y mucho más a lo largo de los seis meses que llevaban viéndose en secreto y Severus no pudo evitar pensar que estaba completamente enamorado de ella. Fue patético lo rápido que se rindió ante ella pero lo mejor de todo fue que no le importó porque comprendía que la joven mujer le devolvía los sentimientos, aceptaba a su hija y lo aceptaba a él con su pasado.

Habían acostado juntos a Emilia, deseándole una buena noche.

Luego, ella lo había tomado de la mano suavemente para luego autoinvitarse a su dormitorio. No es que a él le importara demasiado y la siguió más que encantado.

Los labios de Hermione eran mejores de los que en su fantasía y cada beso nuevo que compartían parecía mejor que el anterior. Su aroma, su sabor, su voz, sus gestos… todo de ella le encantaba.

Si tuviera que seguir los deseos de su hija, se casaría con la mujer en ese mismo instante pero no quería apresurar las cosas.

Esperaría un par de meses más y luego se lo propondría.