Capítulo Diecinueve. Dragón en el Portón

Severus Snape, maestro de pociones, se sentaba encorvado sobre su gran escritorio. No tenía trabajos que corregir, ni tomo que consultar, ni tratado sobre el que poner la pluma. Durante dos semanas había intentado sacar el asunto de su mente, intentado evitarlo. Pero no había tenido éxito.

Se había mudado por completo fuera de su cómodo apartamento, regresando sólo para cambiarse de ropa. El actual estado ordenado del apartamento carcomía su serenidad, recordándole constantemente lo que estaba echando en falta. Mejor evitarlo, incluso si significaba dormir en la habitación de los prefectos Slytherin.

Mientras había luz de día, se había lanzado a su trabajo. Poción tras poción chisporroteaba y se desinflaba. Su trabajo manual no había sido tan deplorable desde su época como estudiante de primer año. Así que había trabajado en su jardín medicinal, causando la misma cantidad de alboroto, hasta que en un momento de distracción, había tirado por accidente el brote anual de regonia, destruyendo el cuidado de un año entero con un simple barrido de su túnica. Disgustado, reconoció que iba a tener que llegar a las manos con la oferta de la Señorita Granger, de un modo u otro.

Y así, había venido aquí, a su aula desierta. Se había sentado, en el frío, en la penumbra, donde siempre había pensado mejor, y dejó rienda suelta a su cerebro. Por supuesto, fue directamente a la Señorita Granger. Imágenes de ella le llegaron con gran inmediatez. Hermione, el cabello húmedo de transpiración, la cabeza echada atrás en el momento del clímax. Hermione, madura de niño y practicando trabajo de varita. Hermione de parto, luchando con fuerza inhumana para sacar adelante a su hija. Recordó la textura de su mente, cómo, incluso en su agonía, se había sentido tan ligera y sin mancha. Cómo había aceptado su presencia, y se había reconfortado en ella. Consideró el aprecio que le tenía. La ágil brillantez de su mente. La paciente lógica de su naturaleza. El apasionado flujo de su discurso. El deslizarse de su cabello cuando le caía por la espalda. Que estos pensamientos abrieran un pozo de vacío sin fondo en sus emociones, lo reconoció, pero lo dejó a un lado para consideración posterior.

Su cerebro pasó a su hija. Lily Snape. El olor increíblemente delicioso de su cabeza. De hacer una poción Amortentia, no tenía duda de que ése sería su aroma. También pensó en la seria oscuridad sin fondo de sus ojos. Eran los ojos de él, lo sabía, sólo que más pequeños, más perfectos. Sus fieras demandas. El rápido ritmo de su respiración mientras dormía. El jubiloso rapto de su rostro cuando hacía danzar sus juguetes por encima de su cama. Que pensamientos de ella engendraran una necesidad visceral de estar cerca de ella, lo ignoró. Tales cosas, creía, podían ser dominadas con el tiempo.

Había amado una vez antes. A una brillante joven bruja llamada Lily. Su muerte había desgarrado en él una herida que había llevado la mayor parte de cuatro décadas sanar. Volver a abrir voluntariamente esa caja de Pandora era ridículo. Pero, ¿qué había del hecho que el Amas Veritas no hubiera funcionado con él? ¿Ya estaba enamorado de verdad? Por desgracia, conocía la desagradable respuesta a esa pregunta. Había conocido la respuesta desde que las palabras habían salido por primera vez de los labios de la Señorita Granger. Había hecho todo lo que pudo por no vomitárselas de vuelta, y rogarle que se quedara con él para siempre. Sí, a pesar de su resistencia, ciertamente estaba enamorado.

¿No podría simplemente desenamorarse entonces? ¿Regresar a cómo eran antes las cosas? ¿Reanudar su vida sencilla, segura? Por atractivo que pudiera ser, sabía que no podría. Era, lo sabía, un hombre vil, desagradable. Pero también era tenaz. Su amor por Lily había sido una cosa de juventud, no puesto a prueba, y aun así lo había llevado consigo durante 40 años. Lo que sentía por la Señorita Granger, sospechaba, corría más profundamente que eso. La idea de que pudiera desenamorarse de ella, una hechicera que no sólo estaba viva sino que también lo quería, lo quería lo suficiente para arrojar su corazón a sus pies… bueno, simplemente estaba más allá de su naturaleza. Ahora que la amaba, la amaría para siempre. No había modo de cambiar eso.

Pero no significaba que tuviera que rendirse a su ridícula fantasía de convertirse en una familia.

La guerra había terminado. Sabía esto. Y aun así este mundo siempre era un lugar incierto. Si se permitía formar una familia con ellas, entonces se volvería verdaderamente vulnerable. Alguien podría venir, podría llevárselas, podría hacerles daño. Sintió los hombros encogerse de tensión por la idea. Sí, alguien podría tratar de hacerles daño. Y si permanecía en este curso de acción, ¿dónde estaría él? De regreso en el castillo, dejándolas solas, indefensas. Que Hermione fuera casi tan hábil como él en el combate con varita no interfería en su instinto primario de defender a estas mujeres. ¿Cómo volvería a dormir jamás, sin saber si estaban a salvo? Si estaba con ellas, lo sabría. Si estaba con ellas, podría defenderlas, protegerlas de cualquier mal que pudiera buscar arrebatárselas.

Pero no podía hacer esto. No podía formar una familia. ¿Qué sabía él de la paternidad? ¿Cómo encerrar a un niño en un armario para que "supere" el miedo a la oscuridad? ¿Cómo desgarrar el frágil tejido de la confianza de un niño con palabras hirientes? ¿Cómo usar una correa para disciplinar, y luego frotar los verdugones con pimienta de modo que el mensaje dure más? Ésas eran las lecciones que su padre le había enseñado.

En sus mejores días era acerbo. ¿Qué derecho tenía a imponerse a una niña tan indefensa? Pero bueno, ¿desde cuándo había huido de un tema simplemente porque no lo conociera? Le gustaba un rompecabezas. Siempre podría aprender a ser un buen padre. Podría leer sobre ello. Estudiarlo. Dominarlo. Sonrió por la idea. Sí, si se aplicaba, debería ser capaz de aprender tal cosa. Severus Snape, padre superlativo. ¿No sería eso un giro irónico? ¿No sería la venganza definitiva sobre su propio padre no llorado? ¿Convertirse en experto en la tarea que él tanto había estropeado? Una sonrisa perfectamente Slytherin se desplazó por su rostro ante la simple idea. Con la venganza, al menos, estaba cómodo.

¿Y qué hay de la Señorita Granger? ¿Podría ser de verdad su pareja? Cuando miró más allá de su reacción instintiva, se dio cuenta de que creía que podría. Conocía a esta mujer. Comprendía sus necesidades mejor de lo que comprendía las suyas propias. ¿No había actuado como su pareja durante un año? ¿No se había sentido satisfecho hasta los huesos por proveer para ella, mantenerla bien alimentada, bien descansada, procurar sus necesidades sexuales también? Y además, ¿no habían disfrutado el uno del otro? ¿No habían florecido desafiándose intelectualmente? ¿No lo había espoleado ella para que alcanzara la excelencia? ¿No la había incitado él a que ampliara los límites de sus propios estudios? Realmente, ¿qué otro hombre tendría la capacidad de mantener a una bruja de su calibre desafiada y estimulada? Ella haría morder el polvo a un hombre menor en dos semanas. Sí, él era el hombre para esta hechicera. Sin duda.

Y entonces, ¿qué estaba deteniéndolo? ¿Por qué no había acudido a la casita, reclamado a esta mujer, y las había traído de regreso a casa donde pertenecían? La respuesta estaba allí. Había estado allí, brillando en su conciencia durante la totalidad de su exilio de dos semanas. Severus Snape, héroe de la última batalla de Voldemort, tenía miedo.

. . . . . . . . .

Severus estaba parado, inspeccionando la casita de Hermione. Una fina pluma de humo ascendía de la chimenea, un pulcro coche muggle color humo estaba parado en medio del camino. Estaban allí, dentro. Podía sentir la cercanía de Hermione en la sangre. Todo lo que necesitaba era acercarse, y las protecciones de Hermione la alertarían de su presencia. En cambio, estaba parado allí, mientras el sol se hundía en el brezo de las colinas, y esperaba.

Habría esperado más, quizá por siempre, de no haber llegado el sonido del llanto de Lily flotando por la ventana abierta. El instinto le hizo avanzar, hasta que fue llevado a una desapacible parada entre dos plantas de lavanda inglesa. Se volvió para esperar en el portón.

La puerta se abrió, pero no fue Hermione quien salió. Una mujer grande con un halo de rizado cabello entrecano, y suspicaces ojos entrecerrados, venía como una tormenta hacia él. Parecía que el portón del jardín había adquirido un dragón. Un dragón muggle de 60 años con dientes perfectos. Pero un dragón de todos modos. Y ese dragón estaba parado entre él y la casita en la que ahora quería entrar desesperadamente.

"Así que," dijo el dragón, "usted es el maestro de pociones, entiendo."

"Sí, soy Sever…"

"Conozco su nombre."

"¿Y usted es?"

"Puede llamarme Dra. Granger hasta el momento que se haya ganado el derecho de hacerlo de otro modo."

"Dra. Granger. Encantado."

"¿Sí? Bueno, yo no lo estoy. ¿Qué estaba pensando? ¿Haciendo esperar a Hermione tanto tiempo? No la he visto llorar así en toda su vida. Si no lo amara tanto, le arrancaría el corazón aquí mismo."

Severus podría haber señalado que era un hábil practicante de artes marciales, que tenía una varita, y que podría emplear cualquier instrumento para asegurarse de que nunca se acercara a su esternón. Pero descubrió que no podía evitar admirar el coraje de la mujer, no podía culparla por recriminarle su mal comportamiento, no podía echarle la culpa por defender a su hija con uñas y dientes. Una traicionera vocecita en su cabeza dijo, "quieres gustarle, ¿no?" Acalló la voz, pero era demasiado tarde. En efecto, quería la buena consideración de la Dra. Granger. Así que, cuando lo amenazó, simplemente permaneció callado, inclinó la cabeza, y aceptó la reprimenda.

Una voz, familiar, bienvenida, llegó desde dentro de la casa.

"Mamá, deja de torturar a Severus, y déjalo entrar."

La Dra. Granger se volvió y gritó hacia la casa, "Lo merece." Entonces se volvió hacia él. "Lo merece, lo sabe."

Él asintió despacio. "Lo hago. He sido un asno torpe sin mitigar."

La Dra. Granger lo miró valorándolo. "Sí, lo ha sido. Pero ella lo ama de todos modos. Así que puede entrar. Pero se lo digo ahora, vuelva a herirla y le arrancaré el corazón."

Snape, en un gesto que fue más duro para él que meter la mano en un caldero de aceite hirviendo, la extendió y tomó la de la Dra. Granger.

"Si vuelvo a herirla, espero que lo haga."

La madre de Hermione resopló, y se apartó a un lado.

. . . . . . . . .

Se la veía cansada, se percató. Sus ojos tenían el aspecto hinchado, vacío, que le decía que había estado llorando. Sintió una ola de vergüenza al saber que él había sido la causa. Pero la vergüenza fue ensombrecida, en un instante, por el gozo. No habiendo experimentado mucho gozo en su vida, lo sacudió. Le llevó un momento clasificar la emoción, pero gozo era, derramándose a través de él al verla, con su hija en el pecho. Sintió una humedad inesperada deslizarse por su rostro.

Hermione vio la emoción saltar a los ojos de él. Era amor, y era todo lo que necesitaba ver para sentir su equilibrio restablecido. La amaba; todo estaba bien en el mundo. Probablemente también habría lagrimeado, salvo por el hecho de que sus ojos lo habían llorado todo. Así que en cambio, sonrió, y extendió una mano hacia la de él. Él se acercó a ella, cayó de rodillas, y llevó la mano de ella a su rostro, su rostro húmedo de lágrimas.

"Hermione. Te he extrañado tanto."

Hermione cerró los ojos, y respiró hondo. Cuando pudo hablar sin que su voz se quebrara, lo hizo. "Yo también te he extrañado, Severus. Mucho."

"Hermione, no soy el hombre que crees que soy. No, espera, déjame terminar. No soy el hombre que crees que soy… pero me gustaría serlo. Y podría ser capaz de convertirme en él con tu ayuda."

Hermione suspiró. "Oh, Severus, no quiero que seas nadie sino quien eres."

"Pero no me conoces…"

De esto, Hermione rio. "Oh, te conozco. He vivido contigo la mayor parte de un año. Eres un imbécil obsesivo compulsivo, gruñón y egocéntrico. Trabajas demasiado, tu lengua es afilada como una daga, y ocupas perpetuamente dos tercios de la cama. También eres brillante, y bueno, y generoso. Eres estupendo en la cama. Y haces pasteles maravillosos. Y te amo. Cada parte de ti."

Severus Snape bajó la mirada a sus manos unidas. Todo esto sería más fácil si sus malditos ojos dejaran de hacer agua. "Hermione, tenías toda la razón respecto al Amas Veritas. No me hizo nada, porque ya estoy enamorado de ti. Pero debo confesarte que estoy aterrado. Aterrado de que podría no ser lo que necesitas que sea. Aterrado de que podría no ser lo que Lily necesita que sea."

"Lo sé, Severus. Yo también estoy aterrada. Creo que puede ser muy bien una parte de la paternidad. Pero por fortuna para nosotros, ninguno somos cobardes. El miedo no evita que hagamos lo que tenemos que hacer."

Severus consideró eso por un momento, y Hermione vio realmente el alivio deslizarse en sus ojos. "En efecto, Señorita Granger. Parece que durante las dos últimas semanas había olvidado eso. Puede que no sea muchas cosas, pero la falta de valor nunca ha sido uno de mis defectos." Sonrió. Una sonrisa tentativa, esperanzada. "¿Necesitamos un nuevo contrato?"

Hermione rio desde lo profundo de su vientre, "Severus, ¿podrías estar cómodo sin uno?"

Él hizo una pausa, lo consideró, y sacudió la cabeza con pesar. "Con toda probabilidad, no."

"Entonces es mejor que comencemos las negociaciones."

Él se inclinó hacia delante, los ojos abiertos, y presionó suavemente sus labios llenos contra los de ella. Ella también mantuvo los ojos abiertos. Cuando rompieron el beso, él susurró. "¿Qué tal eso?"

Hermione sonrió, una hermosa sonrisa de gozo. "Es un comienzo, Severus. Es un comienzo."

La Dra. Emily Granger se secó lágrimas de agradecimiento de sus propias mejillas, y en silencio se retiró de la habitación. Era, en efecto, un buen comienzo.

Fin del Capítulo 19

NA: ¿No os encanta la Dra. Emily? Está modelada como mi mamá, Theo. Mamá era una mujer fabulosa, que amenazó con disparar a mi marido en las rodillas el día que lo conoció. Es dolorosamente extrañada; ¡todos necesitamos un dragón en el portón cuando la vida se pone difícil!

Sólo queda el epílogo. Gracias, una vez más, a todos por leer. ¡Me siento honrada de verdad porque hayáis leído hasta aquí!

Theolyn