Disclaimer: Esta es una traducción/adaptación de la historia de IShouldBeWritingSomethingElse, A Witch Sold. Los personajes reconocibles pertenecen a J. K. Rowling. La historia original, a IShouldBeWritingSomethingElse.

Hechicera a la venta.

Era la ex señora de Weasley.

Hermione soltó un largo suspiro y miró el techo del dosel de su cama. Bueno, la cama de Snape, en realidad.

Hizo un mohín de dolor y se pasó los dedos por el salvaje cabello.

¿Debería llamarlo Severus ahora? ¿Ahora que estaba… casados?

Dios…

Sentía que el abdomen se le llenaba de nudos y retorcía.

Las columnas sin final, que esa desgraciada de Skeeter podía escribir después de la idiotez de Ron.

Había tirado a la basura su matrimonio. Por un galeón.

La castaña no pudo evitar soltar una carcajada apagada. ¿Acaso había valido siquiera la pena?

Severus podría haber arrojado a su ex esposo tan solo un centavo, y ella lo hubiera considerado generoso.

Y, ¿por qué no le sorprendía, para nada, que el mundo mágico tuviera una ley tan horrible, enterrada entre sus pergaminos?

Una venta de esposas.

Una subasta en la cual una mujer podía ser vendida, sin tener en cuenta sus derechos, y en la cual, ni siquiera su cuerpo le pertenecía.

Al menos, en el mundo muggle, cuando se hacían cosas similares, eran con el consentimiento de las partes. Por Merlín… algunas veces, la esposa ya había elegido un nuevo esposo y el precio ya había sido acordado…

Hermione miró hacia la puerta.

Estaba cerrada con llave y cargada de protecciones.

El residuo de la magia todavía se percibía en el aire, aun después de varias horas.

¡Maldita cucaracha!

No. No Snape.

Él, a pesar de lo abrasivo y ácido que era, solo la había llevado a la habitación, y con una ceja alzada, había puesto los hechizos, para luego darse la vuelta y salir de la habitación sin ni una mirada atrás.

No. Ronald Bilius Weasley era la… sabandija a la que maldecía.

"Nunca debimos casarnos."

El ronco susurró pareció casi un grito en el silencio de la pequeña y oscura habitación. Solo había una vela encendida, que proyectaba una suave y temblorosa luz dorada sobre las paredes sencillas y el hierro forjado de la chimenea.

A excepción de las cortinas, el cuarto estaba vacío.

¿Sería que Severus había quitado todo lo que había allí para transfigurarle una cama?

Otra carcajada amarga escapó de su boca.

Y aquí estaba su cerebro, tratando desesperadamente de hacerla pensar en otra cosa que no fuera su desastroso matrimonio.

Pero era verdad.

Ron… solo debieron quedar en un romance de verano. Algo breve. Algo que pudiera ser recordado luego, como amigos, y con lo cual intercambiar sonrisas avergonzadas. Un parpadeo. Algo así como, '¿en qué diablos estaba pensando?'

Tenía que admitirlo. Por Merlín… ¡eso sí que fue un error!

Nunca debió ser algo que culminara en una insanamente lujosa boda, completa con antiguos, inquebrantables, juramentos, y su propia edición especial, en papel brillante, en El Profeta y El Semanario de la Bruja.

El amor que nace de las cenizas.

Construyendo el futuro del mundo mágico… juntos.

Basura. Absoluta y completa mierda.

Y ahora… bueno, ahora todo eso estaba finalizado.

Desaparecido con el lanzamiento de una gruesa moneda de oro.

Hermione presionó las palmas de sus manos sobre sus ojos.

Cielo santo, pero una parte de ella, la más insana parte de ella, estaba jodidamente aliviada.

No más Ronald borracho, sintiéndose amenazado por el éxito de su esposa, o el poder de su magia, o su inteligencia.

Ahora tenía como compañero a un desconocido Severus Snape.

Alzó la mano para observar el brillo de la sortija de platino que había reemplazado la monstruosidad que Ronald la había obligado a usar.

Severus había prometido una explicación, pero la había dejado en el cuarto, sin más. ¿Tal vez necesitaba tiempo para pensar en la necedad que había cometido?

Ciertamente ella necesitaba tiempo para calmar sus pensamientos y su magia…

Las guardas mágicas de la casa, se movían como olas.

Ella las había sentido desde que se había encerrado en el dormitorio y se había arrojado a la cama.

Seguramente eran los vociferadores, los patronus o las dos cosas, que intentaban atravesar la magia.

Sin duda, Molly la culparía a ella de la idiotez de su hijito.

"Esto es culpa tuya, Hermione. Si tan solo le hubieras dado el hijo, un hombrecito, que pudiera mantener el apellido, él hubiera sentado cabeza. Hubiera sido feliz."

Hermione dijo esas palabras casi escupiéndolas, haciendo burla del tono de voz de su ex suegra.

"Pero, ¿qué hay de mí? ¿Qué hay de mi felicidad?"

Una expresión de dolor apareció en su rostro, y la culpa también hizo acto de presencia.

¿Podría haber salvado su matrimonio con un hijo?

La psicótica Bella la había torturado, al punto de hacerla estéril, pero la magia era eso, magia, y año tras año, su propia magia había reparado el tejido maldito.

Al principio, ella no había querido decir nada que pudiera alentar las esperanzas de Ron, o de ella misma. Pero entonces, la relación se agrió progresivamente a medida que Ronald bebía y se acostaba con cualquiera.

Hermione no quería traer un niño a un hogar así.

Además, él ya tenía niños, y niñas, que llevaran su nombre.

Al menos tres, según su última cuenta.

Bastardo infiel.

El atisbo de una luz grisácea se coló entre las cortinas y Hermione emitió un quejido grave.

Su mente estaba dando vueltas sobre lo mismo una y otra vez, y ya era tiempo de comenzar el día y ordenar su vida.

Se levantó de la cama y pasó su varita sobre el cuerpo, transfigurando la ropa de dormir en un jean y un jersey. Los colores variaban en tonos de amatista ahumado, probando que el género de la vestimenta original, un vestido de noche, se estremecía bajo una nueva embestida mágica.

Dios, necesitaba de todo.

Severus la había traído a su casa con lo que tenía puesto. Solo había tenido un diminuto bolso en la mano.

Té. Necesitaba té caliente con una decente cantidad de leche. Luego necesitaba pluma y papel para hacer una lista.

Una lista jodidamente larga.

Y al principio de la lista, estaba el sacarle a Ronald Weasley TODO lo que no estuviera clavado al piso.

Ya iba a enterarse de lo muy furiosa que se podía poner una hechicera vendida.

…..

"Señora Esposa."

Severus entró en la pequeña cocina vestido de negro, como siempre, bien afeitado y con el cabello limpio y sostenido por una coleta.

Puso una mano sobre la tetera y su magia calentó el agua.

Vio la extensión del pergamino sobre la mesa de la cocina y alzó una ceja, luego regresó su atención a las tazas, la leche y el azúcar.

Hermione ignoró el comentario.

Estaba acostumbrada a ignorar a su marido por las mañanas, aunque al menos, Severus estaba limpio y no estaba en medio de la resaca del siglo. Y podía hacer su propio desayuno.

Tres puntos para la Casa Snape.

Añadió otra runa al conjunto de fórmulas aritmánticas.

Nueve conjuntos se retorcían y movían a su alrededor, brillando en la tenue luz de la cocina. Y solo mostraban un resultado poco alentador.

Era inmutable. El vínculo con Severus Snape.

La única forma de zafarse de él, era a través de otra venta, y no, no se iba a rebajar a esa indignidad otra vez.

Su miraba se desvió hacia el hombre que estaba poniendo leche en dos tazas.

Dios, ¿cuándo fue la última vez que alguien hizo algo tan simple por ella, como prepararle una taza de té? Hacía mucho. Hacía ya mucho, mucho tiempo.

"Poseo… por herencia, la casa que compartía con Weasley."

Las dos cejas de Severus se alzaron. ¿Acaso estaba sorprendido que ya no usara el nombre de Ronald?

Cuanto más pensaba en él y la vida que había llevado a su lado, más información se agregaba a los cálculos, mas apretaba los labios y más apretado era el nudo en su pecho.

"Pero eso es todo."

"La disolución forzada de los antiguos votos, favorece al hombre."

"Si, eso parece."

Ronald la había vendido por nada más que un galeón. Y sin su consentimiento. Con la invocación de tal ley, deshaciendo la antigua magia, todos los bienes quedaban para él solo. Pero como la casa le había sido heredada a Hermione de sus padres, era lo único que le quedaba. Diablos, debió mantener más lazos con el mundo muggle para tener algo más que dejar fuera de esa cochina ley mágica.

Pero, momento, había una chispa en la fórmula.

"¿Qué es eso?" Severus se movió alrededor de la mesa, como deslizándose envuelto en lana negra y con el ceño fruncido. "Allí. La runa berkana." Los oscuros ojos fijos en los de ella. "Weasley declaró que eras estéril, frente a toda la horda de simplones pelirrojos, ¿no es cierto?"

Era muy filoso. Pero bueno, era Severus Snape, después de todo.

Y, aun así, se sentía raro compartir algo tan privado con una persona relativamente desconocida, aun cuando era su esposo. Inhaló profundamente y levantó su taza. Hizo un mohín al probar el casi frío té. "Así es. Al principio. Yo… no podía… estaba…" La chica cerró los ojos y trató de serenar la respiración. Dios, cómo odiaba la palabra 'estéril', como si se refiriera a ella como si fuera un pedazo de tierra frío y despreciable. "Por años, mi magia, y sin que yo me diera cuenta, trabajó restaurando el daño que causó Bellatrix, curándome. Creo…"

"Nunca le dijiste."

No había tono de censura en sus palabras. Obviamente, sabía qué clase de persona era su ex marido, y al haber sido el hijo no deseado de un matrimonio, entendió el razonamiento detrás del silencio de Hermione.

Ella negó con la cabeza. "No. No, por la relación que llevábamos. Por la conducta de él. Ningún niño…"

"No." Él le dio la espalda brevemente para tomar la tetera, y en un segundo, tenía una taza nueva, lista para ella. Luego se sentó frente a la castaña, sosteniendo una taza blanca entre sus manos. "Fuiste… muy sabia al guardar silencio."

Hermione se pasó los dedos por el cabello. "Si… si se prueba que mintió, ¿la venta queda anulada?"

El estómago se le retorcía. Estar casada con Severus no le preocupaba nada, en comparación con las ganas de vomitar que le provocaba el solo pensar en volver a estar casada con Weasley. "¿Debo volver con él? ¿Otra vez?"

Los oscuros ojos de Severus estaban clavados en los de ella, por encima de su propia taza, y con un brillo malicioso en la mirada. "¿Preferirías estar casada conmigo?"

Por un momento, un largo, largo segundo, el recuerdo de sus labios contra los de ella, llenaron su mente. Suave y seguro, firme, con dejos de menta y algo dulce, y un desconocido calor le llenó el pecho… ese deseo ardiente y prohibido.

"Sí."

Los ojos oscuros brillaron con más intensidad ante la respuesta.

Severus puso su taza sobre la mesa, deslizando un largo dedo sobre la curva del asa. "Este tipo de ventas, en especial las de esposas, son muy antiguas. Probablemente de la época romana, aunque nadie se ha molestado en buscar la escasa información al respecto, como para dar una respuesta segura o una fuente creíble. Favorece al esposo en todo. En especial, si la venta fue forzada. Con esos votos, un hombre puede… deshacerse de una esposa, como quien quita una mancha de la camisa."

"Pero… ¿qué tal si la mancha no existía?"

"Intensión, Hermione. La magia siempre es sobre intensión. Y la intensión está fundamentada en la creencia. Weasley creía que tu cuerpo estaba dañado en el momento de la venta."

"La creencia no es un hecho."

"Exacto."

Hermione gimió. "Si presiono, si peleo por recobrar lo que es mío por derecho, no quiero verme envuelta con él, nunca más. JAMÁS." Hundió los dedos todavía más en su cabello, mientras observaba las líneas en la madera de la mesa. "¿Por qué le lanzaste esa moneda, Severus?" La chica alzó la mirada hacia el imperturbable rostro de su ahora esposo. La quemazón de muchas más preguntas. ¿Había sido por rencor? ¿Por amargura? ¿Para crear discordia? ¿Por qué se esperaba que fuera un tipo malvado? ¿Todo lo anterior?

"Bajo esa apariencia de pureza y luz, el mundo mágico es siempre lo mismo. Egoísta e ignorante. ¿Por qué no exponer eso?" Bebió de su té. "Y tu ex esposo, con toda seguridad, ha arruinado el nombre de la familia."

"Solo era cuestión de tiempo."

Hermione lo dijo entre dientes, y por los dioses, no podía disentir con él.

Por demasiados años, se había enfrentado al prejuicio y la misoginia. Habían peleado una guerra contra la oscuridad, pero nada, NADA, había cambiado en realidad.

"Y… nosotros… ¿qué es lo que somos, Severus?"

"¿Con honestidad?"

Ella parpadeó. ¿En serio? ¿De verdad preguntaba eso la mamba negra de los Slytherins? "¿En serio?"

"Siempre soy honesto."

"Excepto cuando mientes. ¡Y eres el mejor mentiroso del mundo!"

Severus bufó un poco, pero sus ojos brillaban de picardía. El corazón de Hermione aceleró el paso al ver el brillo pícaro. "Esa es una habilidad que tuve que adquirir y perfeccionar, Hermione. No es quien soy en realidad. En realidad, se me considera… difícil, por mi exceso de honestidad."

La tomó de la mano, y la áspera punta del pulgar, acariciaba lenta e hipnóticamente los nudillos de ella. El calor de la caricia se derramó sobre la piel de la chica. Cielos… ¿es que esa atracción era parte de la venta? ¿Algún hechizo la empujaba hacia él? No… no había nada en las ecuaciones que demostrara coerción.

Esta era una reacción real de ella hacia él. Ese calor, ese… deseo. Una sensación que había pensado ya había muerto en ella.

"Soy cascarrabias y malhumorado, y… ¿quisquilloso? Si, si, lo soy, pero…" Le sostenía la mirada, segura y firme, y calmada, y con una fuerza que hacía que algo se tensara en el pecho de la castaña. "Nunca, jamás, te ofendería en público o en privado. Te seré fiel siempre, y no bebo." Miró a su alrededor. "Esta casa es mía. Mi trabajo está aquí. Estoy… cómodo."

Y ella iba a ser igual de sincera. Era un poco extraño el estar cara a cara, con alguien tan notorio como lo era el maestro pocionista. "Soy mandona y eminentemente práctica, y también soy muy quisquillosa." Le nació una sonrisa cuando lo vio bufar. "Y como ya sabes, tengo mi propia casa, aunque los contenidos están sujetos a debate. Soy una esclava del ministerio, tengo una maestría en aritmancia, y soy…" Los labios de Hermione se alzaron en una sonrisa maliciosa. "… soy fértil."

Los ojos de Severus estaban afilados como una navaja. Enfocado. Se humedeció los labios, y eso solo fue suficiente para que ella sintiera mariposas en el abdomen. "¿Un bebé?"

"Posiblemente más de uno."

Severus sacudió la cabeza y la miraba con desconcierto. "Un bebé… más de uno… ¿conmigo?"

"Tú proteges a los tuyos, Severus Snape. Siempre te asegurarás que estén bien y que prosperen." Hizo un gesto de asco. "Con Ron…"

"Ya hiciste de mami para él."

"Eso mismo."

"¿Y cuándo…?"

"Dejemos que la magia decida."

"¡Mujer!" Severus soltó una carcajada. "¿Dónde está la mujer que hace listas y planea todo, y que genera nueve, nueve, conjuntos aritmánticos?"

Ella alzó los hombros y deslizó su propio pulgar sobre el de él, sintiendo la fuerte línea del dedo, exudando poder y talento. "La magia me curó."

¿Cómo podía explicarlo? ¿Qué a pesar de toda su practicidad, de toda su lógica, era la calidez del sentimiento en su pecho la que, en ese momento, le decía que lo correcto era dejar que la magia siguiera el curso que deseaba? La había sanado. Y aunque era extraño considerar a la magia como algo fuera de su control, en ese preciso momento, deseaba creer que había sido curada por una razón. Y el retoño, o retoños, que tuviera con Severus, serían amados, bien cuidados, protegidos, y no sufrirían los caprichos infantiles de Ronald. Severus sería un padre, uno de verdad, y no lo que era Weasley en ese momento, un desgraciado egoísta, codicioso y derrochador.

"Creo que la consumación es lo que sella la magia de la venta." Los labios de Severus se estiraron en una suave sonrisa. "Luego de eso, estaría en mi derecho de venderte de nuevo."

Hermione achicó los ojos. Ignoró el comentario mordaz. Bastardo. "Y con el matrimonio sellado, cualquier… retribución con la quiera perseguir a Weasley, no tendría resultado, ¿verdad? Ni tampoco tendría que regresar al dudoso honor de volver a ser su esposa, ¿cierto?"

"Un matrimonio consumado corta todo lazo, excepto el de sangre."

Con un movimiento de su mano, Hermione encogió los pergaminos cargados de ecuaciones, y reacomodó todo sobre la mesa.

Los ojos de Severus brillaron de interés. "¿Un hechizo de tu invención?"

Ella se puso en guardia, lista para hacerle frente a cualquier ataque que él fuera a lanzar en su contra.

"Sí."

"¿Está patentado?"

Hermione no pudo evitar fruncir el ceño. "No…"

"Qué bueno. Weasley no podrá sacar nada de él. Le recomiendo, Sra. Snape, que, de ahora en adelante, patente sus inventos." Sonrió con la taza en sus labios. "Aprecio que una esposa… pueda mantenerse a sí misma."

"Bastardo."

Pero los labios de la chica temblaban al tratar de contener una sonrisa.

"Así que…" Severus dejó su taza sobre la mesa y se puso de pie. Ofreció su mano hacia Hermione. "¿Lo hacemos?"

Una horda de hadas pareció levantar vuelo en su abdomen, y la castaña se obligó a salir de su estado contemplativo, para tomar la mano de él y volviera a respirar. La magia danzaba en sus dedos, como un soplo cálido en el aire, cargado del aroma de hierbas frescas, y aunque parecía totalmente increíble, Hermione había vivido demasiadas cosas increíbles en su vida, y sentía que lo que estaba ocurriendo entre los dos, era lo correcto. Decidió darle la razón a la magia.

"Sí. Creo que debemos hacerlo."

…..

"¡Mione! ¿Dónde has estado? ¡Desapareciste dos semanas!"

Ron se tambaleaba hacia ella en el oscuro pasillo. Apestaba y estaba sin afeitar. Su ropa estaba sucia, con manchas de comida y cerveza vieja, y toda arrugada. Era una podre excusa de hombre.

Y le quedaba el zapato. El Profeta no había sido amable con él. Con ninguno de los dos, en realidad, pero a Hermione le importaba un bledo las idioteces del mundo mágico. Su nueva vida tenía una chispa que nunca había sentido antes… y con eso en mente, le dedicó una torcida sonrisa a su ex esposo.

Ron se puso derecho y trató de acomodarse el jersey de quidditch que llevaba puesto. "Vuelves arrastrándote, ¿no? ¿Te escapaste de ese bastardo de Snape? ¿Sabes lo que he tenido que sufrir porque tú solo…? ¡puf! ¿Desapareciste?" Tronó los dedos y un débil destello de magia apenas iluminó la oscuridad del pasillo.

"Los nombres que me pusieron en El Profeta… ¡A mí, Mione, a mí! Un vago, un bruto… me llamaron parásito y que vivo de la falsa fama."

Eso no era nada. Podría haber sido peor. Pero Ron se había acostumbrado a ser adorado. Ya era tiempo que la gente viera la clase de persona con la que se vio obligada a pasar ocho años de su vida.

"Esta es mi casa. Todo lo que hay dentro, es mío. Esto," Hermione movió un pergamino frente a los ojos del pelirrojo. "Es un aviso de desalojo del ministerio. Todo lo que te pertenezca, te será enviado a La Madriguera en los próximos minutos. Te permitiré largarte bajo tus propios medios, pero si no te has ido, tú también serás enviado a La Madriguera, junto con tus porquerías."

Ronald parpadeó. "No, no, aguarda un minuto. La venta me da derecho a…"

Hermione inclinó la cabeza y le sonrió con malicia. "¿Todo?"

Ah. Así que el muy cretino había sabido exactamente lo que hacía cuando atrapó el dichoso galeón. ¿O sea que ese había sido su plan? ¿Deshacerse de ella y ponerse cómodo con cada moneda y cada pieza de mobiliario que le había costado a Hermione, tanto sudor y trabajo duro?

El cretino alzó la barbilla, desafiante. "Sí."

"¡Qué pena que la venta haya sido basada en una mentira!" Hermione movió su varita y el fulgor de su embarazo iluminó las penumbras.

Ron volvió a pestañear. Dos veces.

Podía ser la adulta allí, y no refregarle los hechos en la cara al pelirrojo, sobre la naturaleza de su… desaparición por dos semanas. Podría, pero... la sombra de su segundo esposo era una cálida y oscura presencia en su espalda, con la suave caricia en su columna. El recuerdo del placer experimentado hacía menos de una hora…

"Quiero que sepas que, en los últimos catorce días, he tenido más orgasmos que en los ocho años pasados en tu cama."

Ronald se atragantó y la suave y grave risita de Severus, le llenó el corazón de calidez.

"¿Tú…? ¿Él…? Pero eso es…" Apuntó un tembloroso dedo hacia el vientre de Hermione. "Imposible."

"He descubierto que muy poco es imposible cuando la magia está involucrada." Otra vez, le sonrió tensamente. "El reloj sigue su marcha, Ronald. Vete por tus propios medios o la magia te expulsará. Tú eliges." Alzó los hombros. "A mí no me importa."

"Pero… pero…"

Toda actividad cerebral superior, la poca que había habido en la mente del pelirrojo, en los últimos ocho años, se le había escapado por las orejas.

"Permítame agradecerle, Sr. Weasley."

Severus estaba de pie, detrás de Hermione, como una ardiente pared, hecha de carne, hueso y poder. El brazo del hombre reptó alrededor del cuerpo de la joven, hasta llegar al abdomen, en donde la enorme mano se posó protectoramente. Hermione presionó su espalda contra el pecho de su esposo, y lo sintió acomodarse para el placer de ella.

No. Ella no le había mentido a Ron sobre el sexo con Severus Snape. Pero era un secreto que pretendía guardar bien, solo para ella.

Excepto frente a su muy ex esposo.

"Su codicia y cabal idiotez me han dado un regalo. Uno que pretendo atesorar." Dejó un suave beso en la sien de la chica y la sonrisa que estiró sus labios, hizo cosquillas en la piel de ella. "Y de verdad, el sexo es absolutamente… excepcional. Es tan flexible… tan increíblemente… atrevida."

Ronald soltaba unos sonidos como si tuviera algo atorado en la garganta, y los ojos parecían listos para salirse de sus órbitas.

Bastardo. ¿No había implicado ella lo mismo? Solo que con menos… detalles. Detalles que hacían que su pulso se acelerara y sintiera que el calor le invadía el cuerpo, a pesar de lo muy satisfecha que estaba.

"Tick, tock…" Hermione meneó un dedo frente a los ojos del pelirrojo.

"No, oye, no puedes quedarte con…"

La magia se removió alrededor de Weasley, como un remolino, absorbiendo pergaminos y todas las porquerías anaranjadas de los Cannons. Las protestas y gritos de Ronald fueron tragados por el rugir de la magia, cuya repentina explosión de poder, batía el cabello de Hermione y le pegaba el vestido al cuerpo.

Pero la segura mano de Severus estaba sobre su vientre, protegiéndola del pulso salvaje de la magia. La absoluta fuerza de su hombre la protegía.

En unos segundos más, Ronald ya no estaba.

El pasillo estaba silencioso y oscuro otra vez, y libre del ex esposo.

Hermione se relajó, sintiendo el alivio de haber logrado dar el paso, el último, de sacar a Ronald Weasley de su casa y de su vida. Todo había terminado.

Todo lo que tuviera que ver con Weasley, ya no era asunto suyo.

"Pon tus propias protecciones en la casa, mi hechicera, para que podamos volver cuando queramos."

Ella movió su varita y la magia recorrió las paredes, ventanas y cimientos de la casa. Solo unos segundos. Dejó caer el brazo. "Debería deshacerme de este lugar, Severus."

Se quedó mirando las familiares paredes, viendo las sombras que habían dejado las fotografías de sus padres, que estaban almacenadas en el ático, porque como eran muggles, no se movían, y eso le molestaba a Ronald.

Todo lo relativo a los padres de ella, le había molestado al pelirrojo. Como si no quisiera ningún recordatorio que los muggles podían ser muy listos y exitosos, sin necesidad de la magia. "No ha sido mi hogar, el de nadie, en realidad, por un muy largo tiempo."

"No hay prisa, Hermione." Otro beso en la sien. "Es tuya, y ahora, está a salvo."

Ella tomó la mano de su marido y la acercó a sus labios, para besar con toda suavidad los nudillos llenos de cicatrices. "Yo estoy segura."

El pecho de Severus se hinchó por una fracción de segundo, y sus dedos se relajaron sobre el vientre de su mujer. Todavía no estaba del todo acostumbrado a que su esposa confiara ciegamente en él, así que, por supuesto, tenía que actuar como un desgraciado.

"Deberíamos hacer un tour sexual por la casa."

La risa brotó de los labios de la castaña, quien alzó la mirada hacia él.

"¿Tour sexual?"

Él se puso serio y enderezó el cuerpo, pero en sus ojos brillaba la picardía.

"El sexo excepcional crea una limpieza… mágica, que levanta el aura…"

"¡Qué tontería!"

Los labios de Severus se torcieron. "Para que sepas, fue tu amiga la que citó las pruebas sobre las limpiezas sexuales…"

Ella emitió un gemido de hastío. "Luna…"

"Correcto. La Srta. Lovegood."

Hermione soltó una larga exhalación. "La verdad, preferiría levantar el aura de tu casa, Severus."

"Nuestra casa."

La palabra quedó atrapada en el corazón de la chica.

Nuestra, había dicho.

Había pasado tanto tiempo, Tanto.

Hermione apoyó la frente contra el pecho de Severus y aspiró su aroma. Lana, pergamino, hierbas frescas. El perfume la inundó.

¿Quién hubiera pensado, no más de quince días atrás, que Severus Snape era el hombre perfecto para ella? ¿O que la magia los uniría? ¿O que les haría semejante obsequio?

Los pensamientos de la joven fueron hacia la nueva vida que crecía en su vientre.

Un obsequio para los dos.

"Vamos a casa, Severus."

"Como desees."

Y con un ruido de aparición, se fueron.

…..

EL PROFETA

NATALICIOS

Ha nacido hoy, Vanya, hija de Severus y Hermione Snape.

N/T: Ya saben lo mucho que disfruto el Ron-Bashing. Acá les dejo otro.

Por cierto, la venta de esposas no es un invento para la historia. En la Inglaterra de la Regencia, y un poco ya entrada la victoriana, se hacían 'ventas de esposas', que requerían del consentimiento de ambas partes.