Dulce Truco
Las estrellas brillaban en el firmamento sobre Ottery St. Catchpole. El suave viento mecía las ramas de un gran roble, hojas amarillentas caían lentamente, cubriendo el césped en el que se encontraba un grupo de niños vestidos con diversos disfraces alrededor de una hoguera. Una mujer de avanzada edad capturaba todas las miradas, gesticulaba de modo teatral mientras relataba un cuento tras otro. Su cabello rizado y canoso enmarcaba un rostro surcado de arrugas, bajo un oscuro sombrero puntiagudo.
—Señora Granger, tengo una pregunta— dijo una niña disfrazada de hada, alzando la mano como si se encontrara en un salón de clase.
Hermione le sonrió al gesto de la niña y la animó a continuar con un movimiento de cabeza.
— ¿Por qué tenemos que pedir dulces en Halloween?— La pequeña ladeó la cabeza en franca curiosidad, y los demás niños dirigieron sus miradas a la anciana.
— ¡Buena pregunta!— exclamó Hermione, sus ojos nublados por la edad brillaron ante el entusiasmo de compartir sus conocimientos—. Verán, niños, la tradición de Halloween o Noche de Brujas se remonta a los antiguos celtas en una fiesta que denominaban "Samhain". Se celebraba la transición del verano al otoño, y era común que las personas más pobres fueran pidiendo limosna de casa en casa. — Su paciencia al hablar hipnotizaba a los niños, que la escuchaban con suprema atención—, y se les pagaba con dulces u otros alimentos a cambio de que rezaran oraciones por los difuntos de cada familia.
— ¿Y por qué nos disfrazamos?— preguntó esta vez un niño con máscara de vampiro.
—Los celtas creían que durante estas fechas, el umbral entre los vivos y los muertos se estrechaba y que los espíritus podían atravesar este portal. — Un ligero estremecimiento recorrió a los niños, pero continuaron escuchando en silencio. El fuego de la hoguera dibujaba extrañas sombras en sus rostros pintados y enmascarados—. Portaban máscaras y disfraces para que los espíritus malignos no los reconocieran.
—O sea que... ¿Hay fantasmas aquí con nosotros ahora, abuela?
El niño que formuló aquella pregunta portaba un disfraz que había logrado descolocar a todos. Hermione le sonrió a su nieto, cuyo cabello pelirrojo estaba escondido bajo una peluca negra hasta los hombros, llevaba una falsa nariz aguileña pegada en la cara, y de sus hombros colgaba una túnica negra hasta el suelo.
—No lo sé, corazón, eso es lo que se creía en esos tiempos... y algunas culturas todavía lo creen. — Se produjo un murmullo generalizado de inquietud. Hermione exageró un gesto grave y añadió—. Sin embargo, no estaría de más que mostraran un poco de respeto por los difuntos... pues sus espíritus podrían estar rondando entre ustedes y... ¡atraparlos!
La hoguera despidió un fogonazo repentino, provocando que los niños chillaran y saltaran asustados. Hermione soltó una carcajada, seguida de un fuerte ataque de tos.
— ¡Mamá, prometiste que no los ibas a asustar!— reclamó una mujer pelirroja unos metros apartada del círculo.
—No fue nada, Rose— le quitó importancia Hermione, aún tosiendo y levantándose del suelo con dificultad, mientras los niños temblaban y trataban de recomponerse de la impresión—. Simplemente les estaba dando una pequeña lección de historia.
Rose Weasley, la hija mayor del fallido matrimonio entre Ron y Hermione, frunció los labios de forma desaprobatoria.
—Niños, ya es tarde, sus padres deben estar esperándolos— anunció Rose seriamente.
—Pero, mamá...
—Tía Rose, un cuento más, por favor...
—Por favor, tía Rose...
Rose titubeó un instante, pero luego sacudió la cabeza e insistió que era hora de marcharse.
Los niños, un poco cabizbajos y cargando bolsas llenas de dulces que habían reunido durante la tarde, se despidieron de Hermione, agradeciéndole haber cumplido una vez más su tradición anual de contarles cuentos de terror (y alguna pequeña clase de historia). Ella pellizcaba sus mejillas y revolvía sus cabellos. Conocía a esos chiquilines desde que habían nacido, así como a sus padres, quienes se habían criado en el pueblo con sus propios hijos... cuando aún creía que había alguna posibilidad de pasar la vida junto a su ex marido.
—Adiós, abuelita, te quiero mucho— dijo su nieto, mientras la rodeaba con fuerza por la cintura y apoyaba su cabeza en su regazo.
Hermione le sonrió tiernamente. Era una imagen peculiar ver a un mini Severus Snape abrazándola con tanto afecto. Todavía recordaba la época posguerra en la que abundaron los disfraces del profesor de pociones: todos querían encarnar al doble agente, al hombre que burló al mago tenebroso más poderoso de la historia. Naturalmente, con el tiempo, fue mermando el entusiasmo por aquel enigmático personaje, y ahora eran pocos los niños o inclusive adultos que lo caracterizaban. No obstante, todos los años aparecía al menos uno, y el corazón de Hermione se llenaba de orgullo y admiración.
—Adiós, mi amor— habló Hermione, agachándose un poco para besar la mejilla de su nieto—. Pórtate bien, ¿sí?, y hazles caso a tus papás. Te amo. — Le plantó otro beso, acarició su carita y le sonrió.
El niño le devolvió la sonrisa, una que se veía fuera de lugar en las facciones replicadas del profesor Snape.
—Mamá, ¿segura que no quieres venir?—preguntó Rose—. El tío Harry se alegraría mucho de tenerte en la cena.
Hermione le ofreció una mirada condescendiente. Ella siempre había comprendido el sentimiento que causaba en Harry la noche de Halloween, pues, pese a que ya era un hombre mayor, la herida que dejó la injusta muerte de sus padres jamás cerró del todo.
—Segura, hija— fue su llana respuesta. Rose la miró, ofuscada.
— ¿Por qué siempre insistes en pasar sola esta noche? No me gusta dejarte cuando se reúne toda la familia. — Hizo una pausa y preguntó con cautela: —. ¿Es por papá?
Hermione empezaba a sentirse enferma otra vez, señal inequívoca de que el efecto de las pociones estaba remitiendo. Juntó fuerzas para disimular. Su hija no podía saber.
—Sabes que no es por él, Rose. Esta noche es especial para mí, y... me gusta disfrutarla a solas.
Rose no pareció complacida con aquella contestación. Frunció el ceño y observó a su madre recelosamente.
—De todas formas, ¿qué es lo que tanto haces? Siempre pareces agotada al día siguiente.
—Te morirías de la impresión si te contara... — La frase de Hermione fue dicha en un tono terriblemente serio, por lo que Rose desvió la mirada con nerviosismo.
— No me gusta cuando te pones misteriosa— comentó, tratando de cambiar de tema. Suspiró y regresó la mirada a su madre—. Está bien, como quieras, pero mañana te sacaremos a almorzar, y no aceptaré ni una queja.
Hermione solo pudo reír suavemente ante el carácter de su hija, tan mandón y decidido como el de ella misma.
—Buenas noches, hija— dijo Hermione, la envolvió en un abrazo, en el que ambas permanecieron más del tiempo acostumbrado. Cuando se separaron, Hermione acunó la cara de Rose entre sus manos con infinita ternura, como si hubiese a vuelto a ser esa chica nerviosa de su primer día de colegio—. Cuídate mucho, ¿sí?, y a tu papá también, es demasiado despistado. Mándales saludos a todos y diles que los amo.
—Sí...— murmuró Rose con un hilo de voz. La actitud de su madre era inquietante, pero sabía que nada en este mundo la haría cambiar de opinión.
—Te amo muchísimo, hija, a ti y a tu hermano. Ve, los están esperando para cenar.
Rose tragó saliva y vaciló antes de emprender la marcha. Miró hacia atrás una última vez: su madre agitaba el brazo, sonreía cálidamente, luego dio media vuelta y se perdió de vista tras la arboleda que protegía su hogar, en el que una vez fueron una familia completa.
Su casa era un refugio en el bosque que parecía sacado de un cuento de hadas. En sus mejores años, Hermione la presumió con orgullo a sus amigos y vecinos... pero ahora resultaba demasiado grande para ella sola.
La única fuente de luz provenía de un par de velas y del fuego de la chimenea. Los leños ardían, al tiempo que la madera del suelo crujía a cada paso tambaleante de Hermione. No supo cómo diablos fue capaz de hilar dos palabras seguidas sin desmayarse. La fiebre estaba en su punto más álgido, produciéndole temblores y escalofríos; la artritis que la aquejaba desde hacía años estaba destrozándole las articulaciones y apenas le permitía caminar; y sus pulmones no lograban obtener el aire suficiente para respirar.
Hacía semanas que estaba enferma, pero no había querido preocupar a sus hijos, de modo que se abasteció de una buena dotación de pociones. Con ello, había conseguido paliar los síntomas los primeros días; sin embargo, su salud seguía decayendo, y pronto tuvo que admitir que ya no había vuelta atrás. No tenía intenciones de internarse en ningún tipo de hospital. ¿Para qué?
Estaba cansada todo el tiempo. Ya había vivido su vida, formó una hermosa familia, tuvo una carrera exitosa... Había cumplido su ciclo... y, de cierta forma, estaba ansiosa por el siguiente paso...
Arrastró los pies hasta el salón, sujetándose de las paredes para no perder el equilibrio y caer. No sabía si esta vez podría volver a levantarse.
Jadeando, se dejó caer en el sillón frente a la chimenea. Sentía como si estuviese quemándose por dentro. Intentó regular su respiración, pero era muy poco el oxígeno que recibía su cuerpo. Aun así, pudo enfocar el fuego crepitante y entonar una oración en su mente.
Si bien Hermione nunca había sido una persona creyente, existía cierta mística en los rituales ancestrales. Desde tiempos inmemoriales, la humanidad se aferraba a la creencia de que una fuerza omnipotente manejaba los hilos de la existencia, quizá para hallar una explicación a la vida, para que no fuese una levedad sin sentido. Se instauró en el subconsciente colectivo la negación a que la muerte es el final, a que no hay otro propósito mayor de la vida que el de morir. Y ella no era nadie para refutar una creencia que había trascendido a los siglos y las culturas, porque si aquella era una fe transversal... algo debía tener de cierta.
Sonrió en medio de su dolor... pues ella había visto caer todos sus sólidos argumentos para no creer en aquellas teorías muchos años atrás, hace más tiempo del que recordaba... Apoyó la cabeza en el respaldo del sillón y cerró los ojos.
Las ramas de un árbol rascaban una ventana, las velas se consumían dentro de las calabazas decorativas en el porche, el silencio era rey del lugar. Hermione luchaba contra el poderoso deseo de rendirse al sueño, cuando escuchó la puerta de entrada abriéndose. Una ráfaga de aire frío atravesó la habitación, las velas se apagaron, el fuego en la chimenea dejó de arder, dándole protagonismo a los rayos de luna.
Abrió los ojos lentamente; los párpados le pesaban una enormidad y la oscuridad no le permitía enfocar correctamente. Una sombra tan oscura como la noche misma se deslizaba hacia ella, sin emitir otro sonido más que una brisa.
La sombra se detuvo justo frente a ella. Era tan solo una alta figura negra de pie, observándola tras una máscara de frío metal. Hermione quiso ponerse de pie o al menos tenderle una mano, pero fue imposible. Su invitado pareció notarlo y se arrodilló lentamente, produciendo un sonido plácido con su capa.
Sus caras estaban a la misma altura. Se miraron durante varios minutos sin pronunciar palabra. Hermione deseó que él se quitara esa horrible máscara, y como si hubiese bastado solo con desearlo, esta se evaporó en el aire. Entonces, pudo ver el rostro pálido y los ojos oscuros del hombre al que había amado en secreto durante toda su vida.
No importaba que la presencia de él no fuese inesperada, tampoco que se hubiese repetido cada año esa misma fecha, a Hermione siempre se le llenaban los ojos de lágrimas cuando volvía a verlo. Sentía cómo su corazón se entibiaba de afecto, de un amor que guardaba solo para él.
—Severus—dijo ella con la voz quebrada por la debilidad y la emoción.
Él ladeó un poco la cabeza, como curioso ante lo que veía. Sus ojos negros la escrutaron unos instantes, reflejando la luz de la luna en destellos de plata. Poco a poco, se dibujó en sus labios una pequeña sonrisa.
—Estás más hermosa que nunca— pronunció en voz baja, al tiempo que alzaba la mano y la posaba delicadamente en la mejilla de Hermione, que reprimió el temblor que le causaron sus dedos fríos en su piel.
—Querrás decir más vieja que nunca— replicó Hermione en un tono cómico. Severus negó con la cabeza, pero no abandonó su sonrisa.
—Quiero decir hermosa como siempre. — Trasladó la caricia al cabello canoso de la bruja, luego de regreso a su mejilla y por último a sus labios agrietados.
Hermione abrió la boca para volver a rebatirle; sin embargo, lo único que logró articular fue un quejido, pues todo su cuerpo reclamaba el esfuerzo que suponía mantenerse despierta. Sintió las frías manos de Severus tomar las suyas, como tantas veces había hecho en el pasado.
—No te esfuerces más. Duerme, descansa...— dijo Severus, mirándola con una ternura que hizo saltar lágrimas de los ojos de Hermione.
Él también lo sabía... Él también conocía el agotamiento que causaba luchar obstinadamente por seguir con vida... Él también había perdido esa batalla... y tal como hizo Hermione una noche distante, ahora la acompañaba en sus últimos suspiros, para que no emprendiera sola ese camino desconocido.
Hermione apretó las manos de Severus. Curiosamente, era la única parte de su cuerpo que podía tocar de él. Ansiaba sentir otra vez el roce de sus labios, o abrazarse contra su pecho y dormir arropada en su calor. Sin embargo, todos esos años tuvo que conformarse con el tacto de sus manos siempre frías y convivir con la amargura de un lecho vacío a la mañana siguiente.
Porque él no tenía permitido quedarse ni un segundo demás, por mucho que ambos lo desearan con todo su corazón.
Severus Snape había partido de ese mundo hacía décadas, dejando un cuerpo ensangrentado y un nombre manchado que ella y sus amigos lucharon incansablemente por limpiar. Nadie había sabido jamás lo que sucedió entre ellos. Nadie supo de sus promesas desesperadas en las sombras de las mazmorras a medianoche, ni de los besos robados en los rincones ocultos del castillo, ni del roce de sus manos al cruzarse por los pasillos. Nadie supo cómo el alma de Hermione se había partido en pedazos cuando él murió, ni todas las noches que lloró hasta quedarse dormida.
Nadie supo y nadie sabría jamás la cantidad de sueños que se rompieron. No se sabría que su amor, prohibido o no, era eterno y más real que muchos otros amores.
—Duerme— dijo Severus, con una voz profunda que hizo eco en las esquinas de la habitación. Era una voz extraña, como si estuviese hablando desde lo profundo de un extenso túnel.
—Tengo miedo— confesó Hermione en un susurro, temblando de manera incontrolable. Ya no era muy consciente de lo que ocurría a su alrededor, solo podía concentrarse en las manos de Severus que la sujetaban con firmeza, la misma con la que alguna vez la sostuvieron en esas noches insomnes.
—Duerme— insistió él, posando su mano fantasmal en los ojos de Hermione.
Los latidos de su corazón no seguían el ritmo del miedo que la invadía, eran cada vez más lentos, tan cansados como ella misma. Quizás había idealizado la muerte. Era consciente de que, inevitablemente, algún día llegaría... pero visualizarla como un inexorable hecho lejano no era lo mismo que enfrentarse cara a cara con ella. Hermione sabía que si se dormía, no habría un nuevo despertar... y estaba asustada.
¿Existiría un después? Y si así era... ¿estaría él?
— ¿Me estarás esperando?— preguntó, con la urgente necesidad de recibir una respuesta sincera.
Severus la observó atentamente, recorrió con su mirada cada detalle del rostro de ella. Sus ojos negros envolvieron el mundo de Hermione en un halo de paz. Movió la cabeza de arriba abajo de forma casi imperceptible.
Hermione apreció una última vez el rostro aún joven de Severus y suspiró el poco aire albergado en sus pulmones. Los pensamientos comenzaron a acallar, el dolor se había convertido en un leve hormigueo, y solamente sus instintos la obligaban a continuar respirando.
Pensó en sus nietos, que debían estar devorando los caramelos obtenidos esa noche; en sus hijos, personas decentes y buenas que se esforzaban por hacer de este mundo un mundo mejor; pensó en que sus amigos estarían riendo al recordar sus aventuras escolares.
Y, de repente, todo se apagó...
... las manos de Severus nunca soltaron las suyas.
Recorrió una distancia intemporal, de luces difusas e imágenes incomprensibles. Anduvo por un espiral reverberante, sintiéndose como un halo de luz o una estrella fugaz rompiendo el universo.
El tiempo no era tiempo, parecido a una preexistencia, a eso que se es antes de nacer. No era nada y era algo a la vez.
Continuó navegando cielos imposibles en horizontes inacabables. Estaba cruzando el umbral estrechado esa noche de brujas.
Hasta que se detuvo súbitamente. Descendió como una pluma sobre una superficie mullida y cálida. Notó que volvía a ser dueña de su cuerpo, sus pulmones se llenaron de un aire limpio. Tenía los ojos abiertos y miraba un techo de piedra. No hacía ni frío ni calor. Ya no estaba cansada; no tenía miedo.
Estaba tumbada en una cama pequeña, arropada hasta el cuello. Las almohadas desprendían un aroma familiar. No se detuvo a reflexionar y se incorporó. Ella conocía esa habitación, esa cama y ese aroma, había estado decenas de veces allí.
La emoción estalló en su pecho.
Grande fue su sorpresa cuando se puso de pie y se dio cuenta de que nada dolía. Sus rodillas eran fuertes, su espalda no crujió. Sus manos eran de piel tersa. Se tocó la cara y no halló la huella de la edad. Finalmente, cayó en la cuenta de que iba vestida con el uniforme de Hogwarts.
Todo comenzaba a cobrar sentido.
Sonriendo como la jovencita que había vuelto a ser, hizo uso de su renovada energía y echó a correr.
Del otro lado de la única puerta de la habitación, los vapores se suspendían en el aire y dificultaban la vista, pero ella pudo distinguirlo. Entre la bruma, de cara a ella, Snape revolvía el contenido de un caldero, con aquella advocación que la había fascinado la primera vez, su ceño fruncido y sus manos moviéndose con laboriosa eficacia.
—Severus— habló Hermione. Su voz sonó extraña a sus oídos, tan fina y joven. Había olvidado cómo sonaba su propia voz.
Él solamente movió los ojos hacia ella, conservando su postura inclinada sobre el caldero. Era exactamente la misma mirada que le dirigía cuando irrumpía en su laboratorio sin permiso... solo que esta vez se suavizó enseguida y sonrió como jamás había hecho.
—Veo que, después de todo, no aprendió a tocar antes de entrar, señorita Granger. — El sarcasmo estaba intacto, al igual que esa ceja arqueada remarcando la ironía.
Hermione se largó a reír, más feliz que en mucho, mucho tiempo. Se apresuró hacia él y, sin deseos de desperdiciar más tiempo, lo abrazó por el cuello.
Tantos años había anhelado sentirlo otra vez. Había llorado su pérdida hasta que se le agotaron las lágrimas, soñó cada noche con su sonrisa y su mirada... y ahora, por fin, estaba ahí.
Él rodeó su cintura con fuerza, mientras depositaba suaves besos en su cabeza.
Estaban en su lugar seguro, aquel que resguardó sus más hermosos secretos. El lugar que vio brotar un sentimiento que ni la culpa ni las normas pudieron frenar. Las mazmorras de Hogwarts eran su eterno refugio.
—Te extrañé tanto... Tanto, tanto...— dijo Hermione, todavía abrazada al cuello de él, respirando ese perfume natural de su piel.
Los dedos de Severus recorrían y se enredaban en su pelo, y su aliento tibio rozaba la mejilla de Hermione.
—Gracias por no olvidarme— susurró él, deslizando un dedo por la mejilla de la muchacha—... y por regresar.
Hermione apretó la mandíbula y dejó escapar un suspiro entrecortado.
—No hubo día en que no pensara en ti. — Alzó la cabeza, envuelta en aquel cálido abrazo, y lo miró a los ojos.
Entonces notó que ya no había sombras escondidas detrás de la mirada de Severus, tampoco esa expresión abatida que solía acompañarlo en vida, ni aquel aspecto cansado que exhibía cada día. Ahora veía a un hombre completo, sin fantasmas acosándolo... y comprendió que su muerte fue, al mismo tiempo, su liberación, y que no fue un mal destino a fin de cuentas.
Supo por primera vez cómo se veía él realmente. Contempló sus ojos limpios de remordimiento y su sonrisa libre de dolor. Vio el rostro que debió haber tenido. Era Severus Snape en su más brillante esplendor, quien siempre fue pero nunca pudo ser. El verdadero hombre tras los errores de juventud...
… y le pareció aún más hermoso.
Embelesada con tan deslumbrante descubrimiento, Hermione sostuvo la cara de Severus y la acarició con los pulgares, mientras él ensanchaba su sonrisa y se dejaba acariciar.
El denso vapor comenzaba a desvanecerse, aclarando para Hermione la noción de que había muerto y su cuerpo viejo se encontraba abandonado en el salón de su casa... O, por lo menos, la que había sido su casa hasta hace poco. Fue consciente de que su vida había terminado, de que habían transcurrido muchos años y que él se mantuvo siempre allí, en su antiguo despacho... aguardando su llegada.
—Perdón por hacerte esperar tanto...— dijo Hermione. La barbilla le temblaba y sus ojos estaban húmedos.
Severus frunció el ceño ligeramente, mirándola de forma interrogante. Luego esbozó una media sonrisa y limpió las lágrimas que rodaron por el rostro de Hermione.
—Tenías cosas que hacer— repuso él—. Tuviste una buena vida... Fuiste feliz, ¿no?— Hermione solo pudo asentir, tenía la garganta cerrada y no era capaz de vocalizar. Severus se inclinó, sujetando la cara de Hermione entre sus manos—. Eso era todo lo que yo pedía, Hermione...— Se acercó un poco más y apoyó su frente en la de ella. Ambos cerraron los ojos, sus labios estaban a escasos centímetros de volver a encontrarse—. Si eras feliz… te hubiera esperado cien años más.
Hermione mantenía el equilibrio agarrada de la capa de él. Estaba tan cerca... Temió estar soñando, como le había ocurrido innumerables veces... pero la presión de los labios de Severus le arrebató ese temor, y no tuvo impedimentos de entregarse al más allá.
Respondió a aquel beso con el fervor de alguien a quien el destino le robó tantos otros besos que no se hicieron realidad, y con la inmensa alegría de saber que ahora nadie se los volvería a quitar jamás.
Hermione tuvo la certeza de que sus espíritus, sus corazones, su amor recorrerían cielos, océanos y distancias infinitas para estar juntos, tal y como Severus cruzó el umbral que lo separaba de la vida solo para verla una noche de cada año, porque sus almas estaban atadas y no cesarían de buscarse. Mientras existiera dentro de ellos un sitio para el otro, se esperarían y se encontrarían.
La muerte intentó separarlos, pero la eternidad los unió… y ese era el dulce truco que tenían guardado para su acto final.
Volví de mi sequía escritoril. Me siento tan nerviosa y ansiosa como cuando publiqué algo por primera vez jasdjsa Tuve que engrasar mis engranajes de nuevo para escribir esto, pero me gustó, y espero que a ustedes también.
Me demoré un poquito y no lo saqué justo para Halloween como era lo planeado, pero más vale tarde que nunca.
Gracias por seguir conmigo.
Siempre volveré.
Vrunetti.
