Este es el final, amigos. Sólo he tardado un porrón de tiempo en subirlo, pero eh, no he tardado casi un año, jajaja.
Tengo otra historia más en el tintero de estas dos, así que no será lo último que leáis de mí. Ahora toca terminar la otra que tengo abierta y subir la que estoy escribiendo ahora de estas dos.
Las reviews son muy apreciadas y muchas gracias por leer.
Un saludo, invocadores. :)
Su corazón latía furioso en su pecho, golpeando fuertemente su caja torácica a cada paso que daba, a cada movimiento que hacía. Notaba cómo le iba a explotar la cabeza de la tensión que estaba acumulando de tanto apretar la mandíbula para no gritar, para no salir corriendo de aquel lugar.
El eco de sus pasos retumbaba en sus oídos, al igual que el golpeteo de su sangre, mientras agarraba con fuerza el ramillete de unas rosas sin espinas, caras y con un olor muy agradable entre sus manos. Miraba sus pies, andando lentamente, como si de un penitente se tratara, avanzando con parsimonia y pesar hacia adelante.
Levantó la mirada para poder contemplar el altar que se extendía en aquella magnífica y enorme sala en Piltover, todo un regalo para sus ojos y para todas las novias del mundo, siempre y cuando aquellas personas se casaran por amor y felicidad en vez de por compromiso. El altar se encontraba engalanado con guirnaldas, rosas, flores y colores que gritaban caros con sólo posar los ojos en ellos; seguramente habían costado una fortuna, así como las personas que habían trabajado en decorarlo.
Pero sus ojos no se detuvieron a mirar la decoración más de dos segundos escasos ya que su mirada se dirigió, fría y suplicante, hacia la persona que se encontraba de pie esperándola, con una sonrisa petulante, gesto de victoria y ojos llenos de prepotencia.
Jayce Cadwalder.
Jayce, el heredero de la fortuna de su abuelo si se cumplía con su voluntad y se casaba con ella.
Jayce, el joven inventor que la tenía agarrada del cuello y no la dejaba respirar.
Jayce, el cual su madre admiraba y quería más si cabe que a ella, orquestando junto a él todo para no perder su estatus de alta sociedad ni su fortuna.
Y sólo el nombre y la vista de ese joven eran suficientes para que se le revolviera el estómago y quisiera vomitar. Para que quisiera gritar, llorar y que impedía que el nudo que tenía en la garganta se le soltase.
Porque nunca se puede tener todo lo que quiere uno en esta vida, porque habían conseguido al final convencerla de que se casara con él. Porque habían descubierto su punto débil, algo inesperado incluso para ella, pero se agarraba tan fervientemente al deseo y al amor que sentía por esa persona que estaba dispuesta a cumplir con su cometido siempre y cuando su madre y Jayce cumplieran su palabra.
La palabra de que Vi no resultaría herida, que podría seguir con su vida tranquilamente y que podría seguir estudiando en la Academia de Ciencias de Piltover sin problema. Que podría tener la vida que ella perseguía cuando salió de Zaun, la vida que ella se ganó.
Vi... perdóname —pensó la joven mientras sus pasos empezaban a subir las escaleras hacia el altar.
Respiró agitada mientras terminaba de subir los escalones, llena de frustración y angustia, mirando con rencor la mano que el joven le tendía para que la tomara, esbozando media sonrisa socarrona y triunfal. Caitlyn apretó la mandíbula con fuerza y se colocó a su lado obviando la mano de Jayce. El joven no le dio importancia, borrando la sonrisa y colocándola en su espalda, acercándose a ella con tono amenazante.
—Compórtate y cumple tu papel, preciosa —le dijo el joven al oído—. Déjate guiar y verás como al final disfrutarás de mí.
—Nunca serás feliz conmigo —le advirtió con fuerza en la mirada—. Me he cansado de ser la mártir y la débil, no pienso consentir...
—¿Consentir? —preguntó cortándola y sonriendo cerca de su oído— Estás aquí y ahora, ¿dónde queda toda tu palabrería, Caitlyn?
La joven volvió a apretar la mandíbula con fuerza mientras el delegado de la ciudad se acercaba con una sonrisa a casarlos.
La ceremonia había dado comienzo.
DOS SEMANAS ANTES
La noticia de la desaparición de Caitlyn Arvino de la Academia de Ciencias de Piltover no salió a la luz hasta pasados tres días, tres días en los que la familia Arvino y Cadwalder intentaron ocultar al público durante todo el fin de semana. Fin de semana que los medios de comunicación resaltaron y calificaron de imprudente, ya que una desaparición y más, de alguien tan notorio como la futura heredera de la vasta fortuna de los Arvino, era algo importante.
No se dejó de lado ninguna hipótesis, desde el secuestro hasta la desaparición voluntaria de la joven. Una hipótesis que ambos padres de Caitlyn desecharon delante de la policía la tarde que los llamaron a declarar a comisaría. A pesar de que dijeron que no habían contactado con la policía hasta pasado el fin de semana, los dos progenitores de la joven fueron a dar parte al Sheriff de la ciudad para que empezara a movilizar efectivos, pero guardando un perfil bajo para no levantar sospechas.
—Las cámaras de seguridad grabaron a una joven que daba el perfil de vuestra hija correr y alejarse de la Academia. De momento no tenemos más pistas que puedan ayudar a identificarla —decía el policía—. Las huellas terminan en cuanto entra en el pequeño bosquecillo que hay cerca de allí.
—Mi hija ha sido secuestrada —decía Marian enfadada sentada en la silla de interrogatorios de la policía—. No tiene motivos para escapar, su vida es perfecta.
—Sentimos no poder ayudar más en este asunto, nos pondremos a buscarla por la ciudad. Quizás aún siga aquí.
—Hagan su trabajo —dijo el padre molesto con la situación—, y nosotros haremos lo que creamos conveniente.
A pesar de que el policía les pidió por favor que no intercedieran en los asuntos de la policía, sabía que contra ellos tenía la batalla perdida. No podía impedir que unos padres buscaran a su hija hasta la saciedad sabiendo que podría estar en cualquier lugar de esa gran y amplia ciudad.
Cuando el policía se marchó y los dejó solos en la sala, Marian miró a su marido con enfado. Se levantó de la silla y ambos se marcharon de la comisaría. Una vez estuvieron a solas, sentados en su coche mientras conducía el chófer hacia su mansión de nuevo, la mujer entrecerró los ojos cansada.
—Caitlyn no ha podido escapar sola —le dijo— y si la policía no quiere ayudar ya lo haremos nosotros.
—¿Qué propones? —preguntó mirando a su esposa con una ceja enarcada.
—Llama a un detective privado y que siga a la chica zaunita de la Academia.
—¿Crees que ha sido ella? —preguntó sacando el teléfono de su chaqueta y buscando entre sus contactos el número del detective.
—Es posible que ella le haya ayudado a escapar. Pero se va a enterar de quiénes somos nosotros. Con los Arvino, no se juega.
Tragó saliva antes de cruzar la puerta de su apartamento, sabiendo que no iba a estar sola en cuanto entrara. Sabía que estaba nerviosa, ansiosa y tenía un nudo en el estómago que no podía quitarse por más que intentara calmarse. Había conseguido llegar dando un rodeo y paseando con la moto por todas las callejuelas posibles de Piltover por si alguien decidía seguirla sin que ella se diera cuenta, pero no estaba segura de haber podido conseguir su objetivo ya que estaba pensando en otras cosas.
Como, por ejemplo, en la chica que vivía en su casa desde hacía unas horas. Tragó otra vez saliva, metiendo la llave en la cerradura y entrando con cuidado en el apartamento, esperando no asustar a la joven que estaba dentro.
Caitlyn se encontraba de pie, mirando por la ventana cuando Vi entró en la casa. La joven miraba cómo las nubes negras de tormentas primaverales se empezaban a acercar por el horizonte.
—Suerte que no te ha pillado lloviendo cuando venías para acá —le dijo con una sonrisa de oreja a oreja mientras Vi cerraba la puerta detrás de ella, echando la llave, sin intención de querer abandonar ese sitio pronto.
—Habrá que agradecérselo al dios de las tormentas —bromeó la joven acercándose hacia ella.
Había dejado el sofá cama abierto, las sábanas perfectamente colocadas. En la mesa se encontraba una taza de té vacía y el portátil que le dejara el día anterior apagado, aunque con la tapa levantada, signo de que había sido usado por Caitlyn. La joven morena dio un paso hacia Vi mientras observaba cómo sus ojos nerviosos se clavaban en los suyos calmados.
—¿Cómo están las cosas por la Academia? —preguntó deteniéndose a un metro de distancia de la joven.
—Tranquilas de momento. Jayce no ha aparecido en todo el día y tus padres se han paseado por las instalaciones hablando con los profesores. He de decirte que han despedido a tu guardaespaldas —dijo con gesto culpable, rascándose la cabeza.
—Bueno, supongo que era algo que iba a pasar —se encogió de hombros, haciendo que se le notara el nerviosismo de golpe— ¿Puedo... abrazarte?
Vi esbozó media sonrisa abriendo los brazos y acercándose a ella, acariciando su espalda con tranquilidad mientras sus brazos la rodeaban con cariño, notando hacer a la joven lo mismo, enterrando su cara en su cuello, aspirando su aroma y apretando con fuerza, con necesidad.
—Estoy asustada —le dijo cerca de su oído, notando su corazón latir con fuerza—, por ti, por mí, por lo que puedan hacer mis padres y Jayce.
—Ya te dije una vez que haría cualquier cosa por ti —dijo con convicción—. De la nada vengo y nada poseo, pero no podría renunciar a ti, aunque quisiera.
—No digas esas cosas —tragó saliva—, no querría que perdieras tu vida por una mala decisión, ni por mí. No soy tan importante.
—Eso lo decido yo, ¿no crees? —se separaron un poco para mirarse a los ojos— Yo doy lo que creo conveniente y lo que me nace. Y si ahora, en este momento, quiero dártelo todo, eso es lo que haré.
Caitlyn miró sus ojos con ternura, levantó las manos hacia su rostro y la atrajo hacia ella para besar lentamente sus labios, sintiéndose feliz mientras Vi respondía a su beso con dulzura y cariño, apretándola contra su cuerpo y evitando que se separara mientras se exploraban lentamente.
Un beso detrás de otro, un roce de labios que cada vez se iba incrementando hasta que la joven morena abrió la boca para dejar paso a la lengua de la zaunita, notando crecer un sentimiento de necesidad y ganas dentro de ella con tanta fuerza que casi le explotaba el corazón en el pecho.
Vi la condujo hacia la pared, donde se quedó aprisionada entre ella y su cuerpo, notando cómo se pegaba más, notando crecer en su interior una necesidad oculta y hasta entonces ahogada. Estaba excitada más de lo que jamás hubiera podido pensar.
Se separaron brevemente, con la respiración entrecortada y comprobando que la misma lujuria que sentía, invadía a la zaunita. Apoyó la frente contra la suya mientras las manos de la joven viajaban lentamente hacia su cintura, apretando el hueso de la cadera delicadamente, haciendo que involuntariamente soltara un tímido gemido al que Vi respondió con una sonrisa.
—¿Estás segura de esto? —preguntó mirando fijamente los ojos nublados de Caitlyn.
—Lo estoy.
—No quiero obligarte a nada que no quieras.
—No lo harás —contestó quedamente tomando de nuevo sus labios entre los suyos y abriendo más la boca para hacer que su lengua explorara sin vergüenza la de su compañera.
Vi sonrió en el beso, apretando su cuerpo contra el suyo de nuevo, metiendo la pierna entre las suyas y ejerciendo presión en su centro, haciendo que volviera a soltar un gemido, esta vez más acalorado.
La separó de la pared y la condujo hacia la cama, donde la dejó caer con media sonrisa pícara, tumbándose entre sus piernas para seguir besándola, notando cómo la ropa le quemaba y le sobraba por igual.
Caitlyn comprendió la mirada que le lanzó, haciendo que sus manos empezaran a quitarle la camiseta que tenía puesta, lanzándola al suelo sin ceremonia, contemplando el cuerpo esculpido de la zaunita, tragando saliva mientras se mordía el labio inferior llena de deseo.
Vi se detuvo delante de ella, mirándola desde arriba y comenzando a desnudarla lentamente. Primero se quitó las zapatillas para que no molestaran, mientras recorría su cintura levantando su camiseta y haciendo que Caitlyn abriera la boca extasiada. Continuó con sus pantalones, dejándola vulnerable, en ropa interior delante de ella.
—Eres preciosa —sentenció mientras se volvía a tumbar sobre ella, notando el roce de sus pieles caliente y besándola con fiereza. Caitlyn agarró el trasero de la joven sonriendo en el beso, apretándola más contra ella.
—Quiero que me toques —le dijo al oído mientras se separaban a tomar aire.
Fue todo lo que necesitó Vi para quitarse la ropa que le quedaba, con un reto en la mirada y sonriendo ante la mirada de lujuria de Caitlyn sobre su cuerpo. Una vez se hubo desnudado del todo, le quitó el sujetador a la morena, para besar sus pechos y bajar lentamente hacia su cintura con sus dedos, agarrándose del elástico de su ropa interior para quitarlas con delicadeza.
Caitlyn se mordió el dedo mientras Vi volvía a tumbarse encima de ella, apretando ahora sin ropa, sin barrera, su centro. Estaba más húmeda de lo que hubiera querido pensar, notando las caricias de su compañera y los besos que le daba, mucho más agitados que antes.
Después de deleitarse tortuosamente con su cuerpo, Vi llegó al centro de sus piernas, apretando con sorpresa y placer lo que Caitlyn quería. Gimió en voz alta, sin darse cuenta, mirando y suplicando con la mirada que lo hiciera. La zaunita introdujo uno de sus dedos en su interior, haciendo que la joven se arqueara y comenzara una sinfonía de gemidos que a Vi le encantaba.
Cerró los ojos dejándose llevar por el placer y no se dio cuenta de que la zaunita había bajado hasta que notó algo húmero que empezó a moverse en su clítoris. Gimió más alto mientras la combinación de la lengua y los dedos de Vi la llevaban al éxtasis, dándole un placer que jamás había sentido ni consigo misma.
Casi pensaba que podía desgañitarse de los gemidos que daba, haciendo que Vi aumentara el ritmo cuando su cuerpo lo pedía. Acumuló tensión con las piernas mientras notaba cómo se acumulaba el placer en su interior y arqueó la espalda con un sonoro gemido, más grande que los demás, cuando llegó al clímax.
Se quedó quieta en la cama, notando cómo Vi se tumbaba a su lado, feliz, contenta, llorando del placer y respirando entrecortadamente.
—Te quiero —atinó a decir solamente Caitlyn, mientras Vi acariciaba su piel tranquilamente, dejando que recuperara la respiración y dejara de sentir espasmos.
—Y yo te quiero a ti —susurró besando su mejilla, abrazándola con cariño mientras Caitlyn sonreía.
Aquella noche ninguna de las dos se libró de disfrutar de sus cuerpos, a veces con caricias sutiles, otras veces con más brío, pero las dos felices de poder estar juntas en ese momento, en ese lugar.
La lluvia las alcanzó y la tormenta veraniega ocultó el cielo oscuro de Piltover, mientras las dos se abrazaban sentadas en la cama, mirando llover con tranquilidad.
—A veces me arrepiento de no haberte besado el primer día que te conocí —le dijo Vi con un susurro a su oído, acariciando sus hombros con dulzura—. Hubiera sido un buen espectáculo para la clase.
—Vayne te hubiera expulsado por eso el primer día —contestó riéndose—. Yo me arrepiento de no haberte besado el día que estuvimos en la piscina, aunque… soñé que me besabas aquella noche.
—Oh, vaya, ¿en serio? —se rió girando el cuerpo de su compañera para mirarla a la luz de las farolas que entraba por la ventana— ¿Ya te gustaba por aquel entonces?
—Algo sospechaba, pero no quería admitirlo. Siento mucho todo lo que te he hecho pasar, Vi.
—No tienes por qué pedir perdón, es normal que te pasara.
—Ya, pero aún así… ahora no sé qué va a pasar.
—Si te encuentran, te harán ir a la boda, ¿verdad? —preguntó apoyando su cabeza en su hombro.
—Me temo que sí.
Se quedaron en silencio con el sonido del agua caer de fondo mientras Vi suspiraba intranquila. Besó la piel de su amante con cariño y la giró para que la mirara a los ojos.
—Lo he estado pensando mucho estas últimas semanas, antes de que pasara todo lo demás y tengo una idea. No te va a gustar, pero no te la presentaría si no viera que no hay otra opción para que puedas ser libre del todo —le dijo seriamente.
Caitlyn se quedó mirando el gesto convencido de Vi y asintió, esperando pacientemente.
—¿Y qué has pensado?
—Cásate conmigo —dijo intentando no sonar como si le hubiera dicho una broma, completamente seria.
—¿Cómo?
—He dicho que te cases conmigo —dijo de nuevo, poniéndose nerviosa—, no quiero que me des nada, firmaremos separación de bienes, pero así, si tus padres te localizan, ya no podrás casarte con Jayce porque legalmente serías mi mujer.
—Vi…
—No tienes que vivir conmigo, este piso te lo dejaría a ti hasta que consiguieras trabajo, te dejaría tu espacio, no necesito que aceptes como si fuera un compromiso de por vida, sólo hasta que puedas hacer tu vida y dejar a tus padres por fin y luego si quieres, podemos divorciarnos, no hay problema —dijo rápidamente, esquivando nerviosa la mirada de la morena.
—Vi —llamó la atención de la joven poniendo la palma de la mano en su cara para que la mirara y se tranquilizara.
—¿Qué me dices entonces?
—Sí —dijo con una sonrisa—, me parece el mejor plan hasta ahora.
—¿Lo dices en serio?
—No estoy de broma, es bueno. Casarme con otra persona haría que mis padres ya no me pudieran casar con Jayce.
Vi sonrió de oreja a oreja, cogiendo su cara entre sus manos y besándola con pasión y alegría.
—¿Qué tenemos que mirar para hacerlo?
—Ya lo tengo todo controlado, tenemos cita el miércoles en el juzgado.
—Espera, ¿qué? —se rió incrédula— ¿Ya habías pedido cita en el juzgado, aunque pudiera decirte que no?
—Si me hubieras dicho que no la hubiera cancelado sin problema, la administración no pone muchos problemas en esas cosas, la verdad —se rió acompañando a Caitlyn.
—Eres un caso extraño, sí —dijo ella esta vez tumbándose en la cama y acariciando el brazo de la joven, observando su figura desnuda a su lado—, pero eres lo mejor que me ha pasado en la vida.
Ante toda respuesta, Vi se inclinó sobre ella para besarla.
Esperar, esperar siempre desespera, aunque es una acción de las más simples que puede haber en la vida. Esperar a que salgan unas notas, esperar a que la chica que te gusta te diga algo, esperar a que pase un tren, esperar a que llegue una hora que esperas con impaciencia.
Y eso es justo lo que le pasaba a ella, que esperar desespera, y ella, desesperada, cometió el error más grande de su vida.
Había quedado con Caitlyn en que la esperaría hasta el miércoles, donde ella iría directa al juzgado para poder firmar los papeles tranquilamente que le darían la tan ansiada libertad para poder vivir su vida sin tener que depender de su familia. Pero no pudo esperar cuando la impaciencia se apoderó de ella y fue a verla antes de tiempo.
Y todo fue perfecto, porque Caitlyn la recibió con los brazos abiertos y la cama abierta para ellas dos, donde volvieron a colmarse de besos y de caricias, llenando la habitación de risas y gemidos por igual.
Las dos cenaron algo ligeras de ropa y se quedaron hablando de mil cosas y a la vez de ninguna mientras pasaba el tiempo, esperando con impaciencia que Caitlyn fuera libre, esperando que todo saliera bien. Pero Vi sabía que la vida no era tan simple y cuando la medianoche llegó y estaba preparada para dejar el apartamento, manteniendo la farsa de que seguía durmiendo en la Academia, todo se torció.
—Voy a echarte de menos —le dijo Vi mientras se terminaba de atar las zapatillas, Caitlyn abrazándola desde la espalda y dejándole besos en el cuello lentamente—, y si sigues así, no podré irme.
—No te vayas entonces —sonrió picaronamente mientras soltaba a Vi y se sentaba a su lado con mirada juguetona.
—El miércoles te veré, ¿acaso somos incapaces de estar separadas dos días?
—Parece ser que sí —dijo besando la comisura de su boca, atrayendo de nuevo la cara de Vi para que la besara completamente.
Se dejó llevar por el calor de su boca, acariciando su cintura de nuevo hasta que unos golpes en la puerta las sobresaltaron. Ambas sintieron sus corazones latir fuertemente en su pecho mientras los golpes en la puerta se repetían.
—Abran, policía —dijo una voz autoritaria desde el otro lado de la puerta.
—Lo siento —susurró Vi levantándose de la cama—, lo siento, no debí haber venido.
—No es tu culpa —dijo acariciando su cara mientras los golpes continuaban.
Vi se acercó a la puerta mirando con tristeza a Caitlyn, sintiendo rabia en su interior de que la hubieran pillado. Abrió con cuidado, notando cómo la tiraban hacia atrás con fuerza, entrando dos agentes que la tiraron al suelo sin muchos miramientos, haciendo que Caitlyn saltara en su ayuda, pero la apartaron mientras esposaban a Vi, la cual no opuso resistencia.
—Queda detenida por el secuestro de Caitlyn Arvino —dijo el policía que había encima de ella mientras la esposaba.
—¡No, no, no! —exclamó Caitlyn luchando contra el agente— ¡Yo me escapé, ella no tuvo nada que ver!
Pero no la oyeron porque en el umbral de la puerta apareció la figura de su padre, el cual tenía las manos en los bolsillos e hizo que Caitlyn sintiera que todo su mundo se derrumbaba.
—Detenlos —dijo zafándose del agente y acercándose a su progenitor con fuerza y con determinación—, ella no tiene culpa de nada.
—Todos sabíamos que una antigua delincuente zaunita no era una buena adición para la Academia, cariño —contestó secamente—. Era sólo cuestión de tiempo que hiciera alguna tontería como esta.
—Ella no me ha hecho nada, he sido yo —se reiteró, pero su padre no quitaba los ojos de la figura de Vi, a la cual la estaban levantando para llevársela a comisaría—, llevadme a mí también, quiero hacer una declaración.
—No será necesario —dijo su padre mirando a su hija por primera vez desde que entró en el apartamento—, ya tenemos una declaración válida sobre este asunto.
—No podéis hacer esto —dijo llena de odio, acercándose a Vi, pero el agente impidió que se acercara—, Vi, resiste, no tienen nada contra ti.
La zaunita la miró con pena mientras se la llevaban esposada del apartamento sin decir nada, agachó la cabeza y se mordió el interior de la mejilla cerrando sus puños llena de odio.
Cuando estuvieron los dos solos, Caitlyn no pudo evitar llorar.
—¿A esto habéis llegado por dinero? —preguntó sin mirar a su padre, recogiendo las cosas que pudiera necesitar del apartamento y las llaves de este mientras salía detrás de Vi.
Al llegar a la calle se encontró que al lado del coche patrulla, su madre la estaba esperando en la limusina que había aparcada, apoyada en la carrocería del automóvil y de brazos cruzados.
—Me alegro de que estés bien, cariño —dijo su madre con una sonrisa.
—No me llames cariño —contestó ella frunciendo el entrecejo—, detén esto ahora mismo, Vi no tiene culpa de nada.
—Según la policía, era ella la que te retenía en ese apartamento contra tu voluntad. Me temo que no puedo hacer nada para hacerles cambiar de opinión.
—Sí puedes, ¿qué es lo que quieres?
—Negociemos —abrió la puerta del automóvil para que entrara junto a ella y su padre en la limusina. Caitlyn accedió echando una última mirada al coche de policía que se marchaba de allí sin montar mucho alboroto, sabiendo que Vi se encontraba dentro sola.
Una vez se sentó y empezaron a moverse, su madre se aclaró la garganta.
—No nos lo has puesto fácil, Caitlyn, pero no nos has dejado otra solución. Vi será acusada de secuestro por las autoridades de Piltover, así como expulsada de la Academia y despojada de todo trato favorable por las administraciones durante toda su vida. Prácticamente no podrá volver a poner un pie en Piltover y estar tranquila.
—Sois unos monstruos.
—Nosotros no hemos abandonado a la familia por un capricho.
—¡No es un capricho! ¡Estoy enamorada de ella! —exclamó con fuerza, ninguno de sus padres le dirigió la mirada.
—Te casarás con Jayce este fin de semana, harás de feliz novia con todo el mundo y retiraremos los cargos contra Vi. Pero nunca, nunca podrás volver a verla. Ella podrá terminar sus estudios en la Academia y tú podrás… cumplir tu parte del acuerdo. Tal como estaba previsto.
—Y si me niego… haréis de la vida de Vi un infierno —suspiró intranquila.
—Exacto.
—Una familia nunca se haría esto —sentenció cruzándose de brazos mientras una lágrima solitaria caía por su mejilla.
Cuando Vi llegó a comisaría, ni siquiera le tomaron declaración, directamente la lanzaron a una celda donde no le dirigieron ni la palabra. Pero la joven gritó hasta que un agente que no sabía de qué iba la cosa paseó por los calabozos.
—Tengo derecho a una llamada, ¿no? —preguntó con angustia, esperando que la joven policía afirmara con la cabeza.
La condujo hacia los teléfonos que tenían puestos en la pared y le dijo que no podía estar más de cinco minutos con él, que volvería al calabozo de inmediato. Vi asintió y comenzó a marcar con celeridad los números que se sabía de memoria. Agarró con fuerza el teléfono esperando que la otra persona contestara y cuando por fin conectó, la zaunita suspiró con fuerza.
—Antes de que digas nada, estoy en el calabozo de la comisaría de Piltover y necesito de verdad que cumplas tu palabra y me hagas un favor enorme.
La voz al otro lado de la línea se quedó en silencio, pero pudo oír cómo sonreía mientras decía:
—Cuéntame.
Vi se relajó mientras hablaba rápidamente antes de que se le acabara el tiempo.
La ceremonia había dado comienzo.
Y lo único que quería hacer Caitlyn era llorar, gritar, salir corriendo de allí. Jayce miraba con superioridad a la gente que había en los bancos del lugar, muchos conocidos de los dos, mucha gente de la Academia y los altos cargos de la sociedad Piltoveriana.
—Estamos aquí reunidos para celebrar con felicidad la unión de estos dos jóvenes tan excelentes en el día de hoy —dijo la voz del representante de Piltover, el que estaba ofreciendo la ceremonia de casamiento—, estas dos almas que se han encontrado en el vasto mundo y que han decidido compartir su vida juntos con alegría y amor.
Marian miraba con orgullo cómo sus planes habían dado fruto, notando cómo la tensión que había acumulado esas semanas se disipaba mientras el hombre oficiaba la ceremonia.
—No quiero aburriros con cuentos de amor y esas cosas, así que demos paso a los votos de los jóvenes protagonistas de hoy —le hizo un gesto a Caitlyn para que empezara.
—Yo, Caitlyn Arvino —tragó saliva sin mirar a los ojos a Jayce, mirando de reojo a la gente que había en primera fila—, prometo ser fiel como esposa, ayudarte en todo lo posible y hacer tu vida más agradable a cada segundo de la mía.
—Yo, Jayce Cadwalder, prometo amarte y respetarte, cuidarte y protegerte de todo mal mientras haya aire en mis pulmones y sangre en mis venas.
—Dichas estas palabras, yo os declaro marido y mujer — dijo con una sonrisa haciendo un gesto a uno de sus ayudantes para que se acercara con una carpeta.
La gente aplaudió mientras Jayce tomaba de la mano a su esposa y se disponía a darle un beso que fue detenido por la voz ominosa del hombre que había oficiado la ceremonia.
—¡Alto! —exclamó acallando a los presentes, haciendo que Marian diera un brinco en su asiento, notando que algo no iba bien— ¡Esta mujer no puede casarse!
—¿Cómo que no? —preguntó Jayce mirando a Caitlyn sin comprender, haciendo que la joven se separara de él ante la mirada atónita de la gente de la sala— ¿Qué está pasando?
—¡Esta mujer no puede casarse porque ya está casada! —exclamó el hombre mirando los documentos que tenía delante de él— ¿Qué demonios está pasando?
La puerta de la sala se abrió con un estruendo, haciendo que la gente se girara hacia la entrada, viendo cómo dos personas entraban con aire tranquilo. Una de ellas llevaba una cresta de colores vivos que atrajo la atención de todos, haciendo que agarraran sus pertenencias con fuerza, además de la otra chica, una con el pelo rosa y vestida con vaqueros rotos.
—¡Aparta tus sucias manos de mi mujer! —exclamó la voz de Ekko, señalando con un dedo a Jayce.
—¿Cómo? —preguntó el joven incrédulo.
—¡Esto es un disparate! —exclamó Marian mientras su hija soltaba el ramo de flores y bajaba los escalones del altar con media sonrisa, quitándose el velo— ¡Que alguien detenga a esos embusteros!
—Está en los papeles, señora Arvino, su hija está casada con ese muchacho.
—Explícate —le dijo su madre sibilina mientras Caitlyn pasaba por su lado camino de la salida.
—Vi estaba en la cárcel, pero teníamos cita en el juzgado para casarnos el miércoles, teníamos que mantenerlo en secreto hasta que retiraras los cargos, así que Ekko cambió el nombre de Vi por el suyo y ahora estamos felizmente casados.
—Esto… esto es inaudito.
—Soy un monstruo —dijo con una sonrisa de oreja a oreja—, pero soy un monstruo feliz.
Caminó hacia la salida, donde Vi la recibió con los brazos abiertos, besándola con pasión delante de toda la gente que había en la sala mientras Ekko miraba con asco a Jayce y salía de la sala detrás de ellas.
Por fin, todo salía bien para las dos. Por fin, Caitlyn era feliz.
