Muchísimas gracias a todas las personas que has dejado comentarios en los capítulos pasados!

Espero que todos se encuentren bien~

LAWLESS


Capítulo 22. Audacia (Parte II)


— Lo que no tiene sentido, Eren, es que me digas que no te bese cuando en realidad sí quieres que lo haga.

Eren soltó un largo suspiro contra la curva desnuda entre su cuello y hombro. Mikasa cerró los ojos con deleite ante el mimo cálido y húmedo de su aliento. Luego éste movió un poco la cabeza y la punta de su nariz le rozó la clavícula. Cada toque se sentía como una maravilla. Acarició el cabello corto de su nuca mientras él permanecía quieto y en silencio. Lo arañó perezosamente por dentro del cuello almidonado de su camisa y él se estremeció.

— ¿Qué fue eso que bebiste? — preguntó él poco después de otro suspiro, uno rendido, y tomó distancia para escudriñarla con la mirada entornada y las mejillas encendidas — Estás actuando muy… envalentonada, por decirlo así… Y cariñosa.

La voz de Eren resonaba más atractiva y profunda. Sus ojos eran un par de hipnotizantes esmeraldas que titilaban bajo aquellas tupidas cejas que tendía a fruncir tan seguido. Su boca la llamaba, y ella añoraba tener esa boca sobre la suya. La quería repasando toda la extensión y cada recoveco de su piel. Mikasa curvó los labios en una pequeña sonrisa provocativa mientras le colgaba un brazo ingrávido alrededor de los hombros y apoyaba una palma en su pecho, la cual deslizó a través de su chaleco sin mangas de confección fina. Eren llevaba el primer botón de la camisa desabrochado bajo la corbata negra al igual que el día que lo conoció en el Palacio de los Reiss.

— No me acuerdo de cuál era el nombre que le daban — dijo Mikasa, tratando de contenerse lo mejor que podía para no desabotonarle la camisa. La música de fondo vibraba en su interior como un sueño lejano mientras que un despertar apremiante, más seductor y visceral, la convocaba — Era una bebida roja muy rica. A lo mejor podrías beber una de esas copas también…

Eren meneó la cabeza.

— Uno de los dos tiene que estar sobrio.

— Estoy sobria.

— Seguro… — replicó él con un bufido entre fastidiado y divertido. Mikasa se acomodó sobre sus muslos para acortar un poco de la distancia que él había puesto entre los dos. Le encantaba cuando Eren torcía los labios de esa forma — ¿Cu-Cuánto alcohol crees que podría haber tenido esa cosa?

— Creo que nada. Era jugo de alguna fruta, muy dulce y algo ácido… ¿Frambuesa, quizás? Y me dijeron que tenía algo más, pero no era alcohol.

— ¿Qué era esa otra cosa? — insistió Eren.

Mikasa le dio un suave tirón de la corbata, que enrolló y desenrolló entre sus dedos.

— ¿Qué importa? No sé nada. Deja de preocuparte — susurró ella. Su aspecto la tenía deslumbraba. Esta noche Eren se veía muchísimo más apuesto de lo que ya era. Una manera de definirlo sería insoportablemente irresistible. Trató de peinarle el cabello hacia atrás con tanta parsimonia como pudo, pegando las uñas esmaltadas a su cuero cabelludo. Ella misma se lo había desordenado al acariciarlo antes, mientras la colmaban sensaciones y sentimientos tal vez más sagrados que profanos en comparación con lo que deseaba ahora — Vinimos aquí a pasar un buen rato. Estamos en una maldita fiesta, una de verdad, a la que hemos venido sin obligaciones, sólo porque sí… ¿Es que no quieres divertirte?

Eren arrugó el ceño.

— Claro que quiero, pero-

— ¿Pero, qué…? Tan sólo relájate un rato y deja de interrogarme acerca de lo que bebí. Te estás poniendo pesado con eso — le reprochó con un fugaz mohín. Estaba demasiado fascinada y de buen humor como para que las preguntas y los peros de Eren lograran fastidiarla — Simplemente disfrutemos esta noche juntos, ¿de acuerdo? — propuso mientras le daba un flojo masaje de hombros, que era más bien una caricia mansa y flemática.

Él la observó con fijeza, su semblante serio y nublado de dudas. Mikasa entreabrió los labios cuando él ahuecó una de sus febriles manos en su mejilla, cosa que no hizo más que precipitar sus latidos y avivar el calor que sentía. ¿Eren la iba a besar al fin?

— Es sólo que… ¿Cómo sé si estás… — comenzó a murmurar Eren, sin dejar de rebuscar algo en su rostro con sus bellos ojos vacilantes e inquietos — …haciendo todo esto… Si estás coqueteando conmigo en serio, porque quieres, y no por el efecto de lo que sea que has bebido o por ese… — hizo una pausa y un gesto herido pareció surcar sus facciones por una milésima de segundo —… ese rol que estás tan empeñada en jugar?

Con que era eso. Mikasa respiró hondo. Posó una tierna mano sobre la que Eren aún conservaba en su mejilla, la tomó y la guió hacia abajo con delicadeza, a través de su cuello y clavículas hasta llegar a la curva superior de su seno izquierdo, parcialmente cubierto por la tela de su vestido. Ejerció algo de presión allí para que así su tacto estuviera lo más cerca posible de su corazón. Necesitaba que él comprendiera. Que la sintiera.

— Eres un tonto, Eren — ella le sostuvo la mirada durante lo que pareció una eternidad y, con una sonrisa dulce y una maravillosa sensación apacible en el centro de su pecho, que deseó con todas sus fuerzas él también pudiera percibir, le dijo suavemente: — Estoy enamorada de ti.

Lo dijo así, sin más, y Eren parpadeó aturdido por lo que ella acababa de confesar. Contempló la mano que Mikasa todavía presionaba contra su pecho como si recién se hubiese percatado por completo de ello. Cuando volvió a encontrarse con su mirada, ésta se fue tiñendo de esperanza al igual que su expresión, antes plagada de incertidumbre. Fue un cambio hermoso de presenciar. Él era adorable. El corto espacio que había entre ellos desapareció con un beso amoroso y delicado, casi tímido, que a Mikasa le recordó al primero que compartieron y la hizo suspirar de dulzura.

— Estoy enamorada de ti — volvió a decir ella, sonriendo aliviada y repleta de dicha contra sus labios. Todo estaba bien. Lo único que quería y necesitaba era estar con Eren y amarlo.

Una liberadora sensación de euforia reverberó desde su estómago mientras él le devolvía una caricia lenta y suave, con un ligero sabor a canela. Mikasa se empinó e inclinó sobre él. Eren echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el respaldo del sillón y permitiéndole así ahondar el beso. La mezcla de esmerada pasión, calor y humedad la hizo jadear. Una de las manos de Eren descendió por el contorno de su cintura y cadera hasta su muslo, en donde le dio una caricia firme e hincó los dedos a través de la tela de su vestido. Él ajustó el brazo con el que aún rodeaba su cintura al tiempo que ella le sostenía ambos lados del rostro sin dejar de besarlo. Hacía tanto calor. Mikasa anhelaba que sus manos tocaran su piel.

Eren se detuvo en algún momento, respirando agitado. La observó con la mirada brillante, como si lo que estuviera viendo frente a él fuera un ensueño y se estuviera debatiendo acerca de su materialidad, y luego echó un vistazo desconcertado alrededor.

— ¿Qué pasa? — preguntó ella antes de besarlo otra vez. Él respondió con entusiasmo a su beso pero lo interrumpió al cabo de unos segundos.

— Hay mucha gente aquí…

— Nadie nos está mirando — musitó Mikasa sin siquiera cerciorarse de que lo que decía era cierto — No les importa.

— Pero a mí sí me importa — replicó Eren en tono cariñoso, retirando la mano de su muslo y disculpándose mientras le arreglaba el vestido, que apenas se le había subido hasta las pantorrillas, abrigadas por medias negras — A ti también te preocuparía que… nos dejáramos llevar en público. Si estuvieras completamente- — se calló y negó con la cabeza — Mejor busquemos algún sitio por aquí donde podamos estar solos. O… regresemos al hotel — sugirió con un atisbo de nerviosismo.

— Busquemos un sitio aquí. Creo que la fiesta durará toda la noche — dijo besando su mejilla perfectamente afeitada.

No tenía ganas de irse tan pronto. Afuera debía de hacer frío y en esta mansión seguro que podrían encontrar un sitio en el que estar a gusto y aprovechar el tiempo que tenían. Mikasa puso los pies en el piso y se le quitó de encima. Enseguida echó de menos el calor del cuerpo de Eren, quien se levantó tras ella y, entrelazando las manos de ambos, la llevó en la dirección por la que habían llegado. Se aventuraron por un corredor con numerosas puertas en el cual no habían estado antes. Sintió un ligero mareo mientras caminaban. Tenía la garganta seca.

— Tengo sed — dijo luego de que Eren giró un par de pomos sin éxito.

— Vamos a que bebas agua directamente de la llave en algún baño. No confío en el agua que nos puedan dar en la mesa de los cócteles, podrían meterle algo… Um. Espérame aquí, ¿vale? Iré por un vaso.

Lo vio coger una copa con algún licor dorado de la bandeja de un garzón y luego preguntar por el baño a un criado, con quien se toparon al devolverse sobre sus pasos. Éste les señaló dos puertas hacia el final del corredor en el que ya se encontraban, pero enseguida dijo que en el segundo piso de esa area habían dos baños más en caso de que los del primer piso ya estuvieran ocupados, que era lo más probable, y tuvo la amabilidad de llevarlos hasta unas escaleras. Mikasa se tuvo que afirmar de la barandilla luego de subir unos pocos escalones desde el rellano de las escaleras, pues calculó mal al levantar el pie, chocó con la punta de su zapato y casi se cayó al trastabillar.

— ¿Estás bien? — le preguntó Eren, aún sosteniendo su otra mano y bajando un escalón para situarse detrás de ella, evitando así que su repentina torpeza la llevara a resbalar de manera indigna y poco femenina hasta el rellano, cuatro escalones abajo.

Mikasa soltó una risita. Se giró con cuidado en el estrecho escalón y lo apretujó entre sus brazos.

— Sí, es que no me fijé dónde pisaba — contestó en tono divertido y no desperdició la oportunidad de besarlo. No se cansaba de hacerlo.

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A pesar de lo atontado que se encontraba mientras continuaba correspondiendo los encantadores besos de Mikasa, Eren no pudo evitar percatarse de que estaban siendo observados. Se obligó a abrir un poquito los ojos, por si acaso. Habían dos mujeres paradas a medio camino en las escaleras. La que los miraba con mayor fijeza e interés era una rubia con el cabello liso hasta los hombros, de baja estatura y con una mirada poco amistosa, aunque sorprendida. Se le hizo familiar de una forma vaga y, como ya era costumbre, no tenía idea de en dónde la había visto ni de quién se podía tratar. Tampoco era que le pudiera pedir demasiado a su pobre cerebro sometido y fundido pero contento gracias a la placentera actividad en la que se encontraba inmerso. Como fuera, ese mismo cerebro decidió que la fisgona en cuestión no representaba un peligro para ellos, por lo que Eren pronto se olvidó de su indiscreta audiencia y volvió a sellar los párpados, justo a tiempo para sentir cómo Mikasa succionaba su labio inferior y lo ponía aún más estúpido, al punto que derramó casi todo el líquido de la copa que llevaba en la mano izquierda.

— Así que eres voyerista. ¿Quién lo habría imaginado? — dijo una de las mujeres a la otra, y el comentario fue acompañado de unas cuantas pisadas que se alejaron escalones abajo — ¡Ay!

— No es eso, idiota — trató de bisbisear la otra, pero su molestia la llevó a rezongar contra los cargos a un volumen audible.

— ¡Me van a quedar tus uñas y dedos pegotes marcados en el brazo, bruta! — se quejó la primera y tras una risa maliciosa, dijo: — Ya, sí, está bien. Es lindo, pero ya está ocupado. Ella también, ¿a menos que tú-? ¡Mmf!

— ¿Puedes callarte? Mejor vete a buscar a Carly.

Eren tuvo que tratar de sostener mejor a Mikasa porque ésta parecía estar derritiéndose entre sus brazos. De pronto ella le arrebató la copa y bebió un pequeño sorbo de lo que poco y nada que quedaba de licor, haciendo una cómica mueca de disgusto.

— Sabe horrible.

— Pensé que ibas a escupirlo — Eren recuperó la copa y la olisqueó. Era un destilado concentrado y fuerte que no podía identificar con precisión. Podría ser whisky, brandy, ron o cualquier otra cosa que hubiera probado antes, como también algún trago importado que desconocía. Mikasa no debería verse afectada con lo poco que había consumido. Sólo esperaba que fuera alguna bebida alcohólica regular, sin añadidos exóticos por cortesía de la casa. En todo caso, quizás escupir lo que alcanzó a beber hubiese sido lo mejor, por si acaso.

— Estuve a punto. Puaj. Voy a tener que enjuagarme la boca.

Y eso hizo en cuanto llegaron al baño ubicado al final del pasillo del segundo piso. Eren se encargó de tirar el resto del contenido de la copa en el lavabo, la enjuagó bien y la rellenó con agua. Mikasa se bebió dos copas de agua y él hizo lo mismo. Se quedaron en un tranquilo silencio hasta que Eren le pidió que se situara bajo las ampolletas que coronaban el espejo ovalado. Ella tenía las mejillas sonrosadas y el pigmento que había coloreado sus gentiles labios ya casi se había emborronado por completo. Mikasa era tan hermosa y su presencia tan magnética que de sólo mirarla ya alteraba su frecuencia cardíaca habitual. El efecto era mayor ahora que ella le había revelado algo tan importante… sobre lo cual tendrían que conversar después. Eren la sostuvo de la barbilla con una sonrisita tonta y cómplice, tratando de enfocarse en lo que necesitaba comprobar.

Su sonrisa se desvaneció.

— Tienes las pupilas dilatadas — dijo arrugando la frente. Había sido incapaz de notarlo mientras estuvieron en aquellos otros lugares de la mansión con iluminación tenue — De hecho, están enormes.

Mikasa se giró y casi se pegó al espejo para comprobarlo por sí misma.

— ¡Ohhh! Parece que tuviera los ojos realmente negros — sonrió, abriendo bien los párpados — ¿Y esto qué significa?

— Significa que ese jugo rojo definitivamente tenía una droga. Las pupilas deberían retraerse en respuesta a la luz, pero las tuyas se mantienen igual de dilatadas… Toma — llenó otra vez la copa bajo el chorro de la llave y se la tendió. Habían drogas que, como el alcohol, podían deshidratar bastante a alguien — Bebe más agua. ¿Cómo te sientes?

Mikasa dejó la copa vacía en el lavabo y, secándose la boca con el dorso de la mano, dio un paso hacia Eren. Él no la detuvo cuando le enrolló los brazos alrededor del cuello y apoyó la cabeza en su pecho.

— Siento que todo está bien — dijo con la sonrisa en su voz.

Eren deseó que tuviera razón. La abrazó, titubeante. No quería arruinar el momento con sus propias dudas y preguntas. Inhaló el aroma floral que se desprendía del cabello de Mikasa, sintiendo el metal de su tiara bajo el pómulo. Ella quería divertirse, desconectarse de los deberes, problemas y preocupaciones, y se lo merecía. Si la desconocida droga que tomó estaba teniendo este efecto, digamos, positivo en ella, entonces él no continuaría presionándola al respecto. No se pondría pesado. Sólo la cuidaría y se mantendría alerta en caso de notar algún efecto negativo y peligroso. Le dio de beber un poco más de agua antes de salir del baño y se coló tras ella al interior de lo que parecía ser un pequeño y sencillo despacho, cuya puerta encontraron entreabierta.

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Pasó los dedos sobre el elegante y robusto escritorio de caoba con cubierta de cuero. Encima de éste había un tintero, una pluma y una lámpara de bronce repujado con pantalla de vidrio, la cual Eren acababa de encender. El mueble tenía varios cajones. Mikasa tiró de algunos y los volvió a cerrar sólo por hacer algo con sus inquietas manos, sin interesarse en lo más mínimo por lo que pudieran guardar. De todos modos parecían estar vacíos.

— Kenny debería hacerse con uno de estos. Es bonito — dijo con aire distraido. Su atención se desplazó a la estantería repleta de libros con letras doradas que se alzaba detrás de una abultada silla similar a un pequeño trono.

Eren se sentó a medias sobre el escritorio manteniendo un pie apoyado en el suelo y le dio un golpecito a la cubierta de cuero.

— Lo arruinaría con sus botas — dijo él — O dejaría quemaduras negras en el cuero con sus puros.

— Cierto. Es muy descuidado — Mikasa sonrió, rozando el lomo de los libros al pasar. Probó la silla. Ésta crepitó bajo su peso y se reclinó cuando se apoyó en el respaldo con un poco de fuerza — Ohh, no está mal… Creo que el viejo apreciaría más la silla. ¡Y mira! Está perfecta para que ponga cómodamente sus piernas de zancudo sobre el escritorio — dijo ella mientras hacía exactamente eso.

— Menos mal que te has decidido por la silla — Eren fingió un suspiro de alivio — Será más fácil de cargar. Nos romperíamos la espalda tratando de bajar este enorme escritorio entre los dos por las escaleras.

Mikasa le dedicó una mirada chispeante. Se levantó y se situó frente a él.

— ¿De verdad serías mi cómplice de robo? — jugueteó con su corbata, complacida. Era el hombre más guapo que había visto en su vida. Siempre lo había considerado muy apuesto, pero parecía que andar por ahí con las pupilas dilatadas la ayudaba a admirar y absorber la belleza de Eren con mayor lujo de detalles. Podría contemplarlo durante días y noches enteras. Y acariciarlo durante todo ese tiempo sin descanso.

Él apoyó una floja mano en su cintura. Una media sonrisa pendía de sus labios.

— Ya llevo un tiempo siendo tu cómplice en cosas mucho más… complicadas que eso, ¿no? — dijo Eren, pasándole el dorso del dedo índice por la base de la barbilla en una breve caricia.

— ¿Estás coqueteando conmigo?

— Tal vez — su media sonrisa se transformó en una completa y su rostro adquirió más color — ¿Estoy mejorando en eso?

— Tal vez — respondió ella con suavidad, contenta de la sensación de ligereza y soltura que fluía a través de su cuerpo y que la motivaba a hacer y decir lo que quisiera. Sin temores. Sin restricciones — El otro día, ¿por qué me dijiste que no querías que te besara más?

— Umm… — Eren soltó una risita nerviosa, desviando la mirada a un lado y luego bajándola en un gesto que a Mikasa se le hizo encantador — Uh… Eso… fue una tontería de mi parte. No era que no quisiera que lo hicieras. Era que, bueno… ya sabes…

— No. No lo sé — dijo ella, poniendo una mano en su muslo y rascando la tela de su pantalón, bajo la cual sintió que él se tensaba de manera casi imperceptible.

Eren se quedó mirando la mano de Mikasa. Luego de tomarse unos momentos, sacudió lentamente la cabeza y la contempló a ella. Había un inesperado atisbo de incertidumbre y cansancio en sus ojos.

— ¿Podemos hablar de todo esto después? — preguntó él, acomodándole un mechón de cabello tras la oreja — En unas pocas horas más, ¿quizás?

Con movimientos lentos y pacientes, Mikasa le abrió los botones del chaleco sin mangas, dibujó el contorno del cuello almidonado de su camisa y le deshizo el nudo de la corbata.

— Mikasa… — susurró Eren, cauteloso, y ella dejó caer la corbata detrás de él sobre el escritorio.

— De acuerdo — su voz sedosa mientras sus manos descendían por su torso en movimientos sinuosos. Bajo la delgada camisa blanca, los pectorales de Eren se elevaron y bajaron en medio de un jadeo contenido — Hablemos después — le dijo al oído. Le pareció que él contenía el aliento.

Lo besó suavemente en el borde de la mandíbula, también en el mentón y cuello. Su aroma la embriagaba. El acogedor calor que emitía su cuerpo era adictivo. Su camisa no era más que una molesta barrera que le impedía sentirlo como corresponde. Mikasa deshizo unos pocos botones más y se dio el gusto de acariciar la piel calurosa y desnuda de su pecho con la yema de los dedos, las palmas de las manos y los labios. Él vibraba y se agitaba bajo su tacto. En su pectoral, describió la forma circular del tatuaje cuyo nombre no recordaba con la punta de una uña. Dejó húmedos besos a través de sus clavículas y se detuvo a unos centímetros sobre la marca negra mientras oía a Eren maldecir muy bajito. Ella clavó la mirada en sus ojos entrecerrados antes de deslizar mansa y lentamente la lengua a través de su labio inferior. Eren gruñó y la abrazó por la cintura, ciñéndola con tal fuerza contra su cuerpo que casi la levantó del suelo. Él le devoró la boca con desesperación contenida, casi reticente. Sin dejar de besarlo, Mikasa lo tiró de la camisa abierta para que él bajara del escritorio y diera media vuelta con ella. Mikasa se sentó en el escritorio y Eren quedó situado entre sus piernas. Sus respiraciones eran superficiales y rápidas como los locos latidos de su corazón que se anticipaban a lo que se moría por hacer con él.

— Eren… — lo llamó, su nombre dulce en la punta de su lengua. Alejó sus labios húmedos no más que unos milímetros — ¿Te gusto? — preguntó atrayéndolo un poco más hacia ella, hacia el fuego en su centro

Él le dio un beso suave y sonrió contra su boca.

— Me gustas mucho — murmuró él con la voz ronca.

Mikasa tomó una de las manos de Eren y la guió por debajo de su vestido, hacia su muslo.

— Entonces, ¿por qué aún no has comenzado a tocarme?

Eren tensó la mandíbula.

— Mikasa, yo-

— Por favor — rogó mientras lo besaba a un ritmo tortuoso — Quiero que me toques.

Eren no quitó la pesada mano de su muslo, sin embargo, tampoco dio indicios de que la desplazaría para aliviar el húmedo ardor entre sus piernas. Mikasa se movió más cerca del borde del escritorio y, rodeando las caderas de Eren con los muslos, apegó lo más que pudo la base de sus caderas a su ingle. Soltó un pequeño gemido de placer apenas se topó con su dureza. Eren hundió los dedos en su muslo y espalda baja cuando ella se frotó contra él.

— Quiero hacer el amor contigo — le susurró Mikasa tras otro movimiento. Lo deseaba como nunca y en esos momentos no tenía dificultad alguna en admitirlo. No entendía cómo es que días y horas antes no había sido capaz de confesar lo que sentía por él. Había perdido el tiempo. ¿Cuánto tiempo le quedaba con él?

— M-Mikasa — jadeó Eren — Estás drogada… No puedo… No puedo hacer esto. Ahh, joder, de-deja de hacer eso.

— ¿Por favor? — suplicó bajito. Necesitaba estar con él como necesitaba oxígeno. Era una necesidad vital, urgente.

— ¿Estás… tratando de matarme? — masculló y suspiró mientras juntaba sus frentes. Se echó hacia atrás y le ofreció una sonrisa dolorida — Haces y dices todas estas cosas… — se pasó una mano por la cara, apretó los párpados durante unos momentos y miró hacia el techo como si estuviera pidiendo ayuda o diciendo una larga plegaria — Mierda… No tienes idea de cuan difícil es decirte esto, pero no, Mikasa… No voy a hacer nada más contigo — finalizó Eren, empujando firme pero suavemente sus caderas lejos de las de él.

— ¿Por qué no? — se quejó Mikasa casi haciendo puchero mientras trataba de volver a su posición original, pero Eren la mantuvo a raya con su sólido agarre. La decepción y tristeza que sintió de repente se reflejaron en su voz — Me dijiste que te gustaba mucho…

Tal vez Eren le había mentido. La golpeó un leve mareo mientras trataba de rebuscar en su mente algo específico relacionado con Eren que le producía una sensación similar, pero fue incapaz de encontrarlo. De todos modos no importaba. Fuera lo que fuera, podían arreglarlo o podían simplemente olvidarlo por esta noche. Ella podía olvidarlo. Lo único que tenían que hacer era disfrutar del momento y tiempo con el que contaban.

— Sí, eso fue lo que dije y te lo reafirmo: me gustas mucho… y me importas más de lo que puedas imaginar — su tono era calmo y gentil — De verdad me preocupa que en cosa de minutos u horas ni siquiera recuerdes lo que ha estado… pasando entre nosotros desde que probaste esa droga.

— Lo recordaré todo — le aseguró. Por supuesto que lo haría.

— ¿Cómo podrías saberlo?

— Y tú, ¿cómo podrías saber que no lo recordaré?

Eren la abrazó y le prometió al oído:

— Haremos… todo lo que quieras después, pero no ahora. No de esta manera… Lo haremos cuando ya no quepa duda de que estás completamente consciente de cada una de las cosas que están pasando — Mikasa lo abrazó de vuelta en silencio, en búsqueda de consuelo momentáneo. Podía entender a qué se refería, sin embargo ya no le veía el caso a insistir con que estaba más que consciente de lo que hacía y decía, ni a explicarle cómo era que sus sentimientos y deseos estaban más claros que nunca, por lo que estaba muy segura de querer lo que quería — Además, ¿qué pasaría si digo que sí? ¿Si simplemente me dejo llevar y, una vez que vuelvas a estar sobria, te arrepientes? — añadió Eren, acariciándole la espalda.

— De ninguna manera me arrepentiría. Es lo que quiero — respondió ella, arrebujándose en su calor. Su rostro decayó ante el peso de la negativa de Eren a continuar — ¿Puedes besarme otra vez? Es la última cosa que te voy a pedir — susurró mientras su cerebro era recorrido por una especie de onda que la dejó un poco aturdida y aletargada.

— ¿La última cosa? — preguntó Eren, bromeando un poco con ella.

— Por ahora…

— Si es la última cosa por ahora, entonces sí — musitó él con cierto alivio justo antes de comenzar a acercarse a Mikasa con un cuidado y lentitud frustrantes. Eren dio un abrupto respingo — ¿Escuchaste eso? — preguntó alertado. Ella no había escuchado nada, pero hizo un esfuerzo por concentrarse y aguzó el oído por si se producía otro ruido. Eren volteó la cabeza bruscamente hacia la derecha — ¿Qué demonios es…? ¡Hay alguien más aquí!

— ¿Qué? — acto seguido, una figura se incorporó desde detrás de un sofá a unos tres metros del escritorio. Rápida, Mikasa sacó el cuchillo que ocultaba bajo su vestido y lo lanzó para interrumpir la huida de quien fuera que estuviera en el despacho con ellos. El cuchillo surcó el aire frente a la persona desconocida con un ínfimo silbido, quien soltó una nerviosa palabrota. La punta se clavó en la pared — No te muevas — ordenó al estilo Ackerman, fría e impersonal. Una tranquila amenaza que garantizaba malas noticias para quienquiera que se atreviera a dar un paso en falso.

— Eso estuvo demasiado cerca — siseó la mujer, hosca.

"Aquella voz," pensó Mikasa. "¿Podría ser…?"

Eren había reaccionado rápido y ya estaba plantado frente a la puerta cerrada para impedir que la mujer escapara. De paso, activó un interruptor que iluminó un candelabro al medio del techo y mejoró la visibilidad de todo el despacho. Mikasa se restregó los ojos pues era mucha más luz de la que emitía la pequeña lámpara del escritorio. Entonces la reconoció. ¿Pero qué estaba haciendo ella aquí?

— ¿Cuánto tiempo llevas metida aquí? — inquirió Eren, arrancando el cuchillo de la pared. Al no obtener una respuesta inmediata demandó, ansioso: — ¿Qué tanto escuchaste?

— Sólo un poco más de lo que me hubiese gustado. Tampoco es que pudiera descifrar o me interesara todo lo que se empezaron a susurrar después — reconoció la joven con las manos en alto. Uno de sus ojos claros estaban ocultos tras un grueso mechón de pelo rubio.

— Espera un minuto — masculló Eren, señalándola con el cuchillo en un gesto acusador — A ti te vi hace un rato. Eres la voyerista de la escalera. ¿Nos has estado siguiendo?

— ¡No soy una voyerista, maldición! Y estaba aquí dentro desde antes que ustedes dos entraran.

— ¿Annie? — consiguió decir Mikasa, bajándose al fin del escritorio.

— ¿Annie? — repitió Eren — ¿Annie… Leonhardt, la MP de Trost? ¡Eso era! — hizo un ruido de exasperación y se dio un golpecito con el mango del cuchillo en la sien — Sabía que te había visto en alguna parte.

— ¡Annie! — exclamó Mikasa con una alegre sonrisa. Se apresuró en llegar junto a ella y la estrechó en un efusivo abrazo. La agradable sorpresa le había devuelto la energía — ¡Estás bien!

— No… puedo… res…

— ¡Ah! Lo siento — deshizo el abrazo y la estudió de arriba a abajo con ceño preocupado. La pobre chica había pasado por una explosión. Podía tener alguna quemadura, magulladura, un hueso roto o algo — ¿Estás herida?

— Uhh... No.

Mikasa tocó su dócil cabello dorado suelto y la manga de su lindo vestido azul ceniciento, recobrando la sonrisa fácil que había llevado desde hacía quién sabe cuánto rato.

— Vaya, creo que esta es la primera vez que te veo con un vestido — dijo, y agarró la intacta nariz de Annie entre sus dedos.

— Ugh, ¿qué mierda, Ackerman? — se quejó Annie, apartándole la mano con un flácido manotazo — Sabía que algo no podía andar del todo bien contigo… — dijo entre dientes, dirigiendo una gélida mirada a Eren.

Mikasa encogió los hombros ante su comentario. En su lugar, pensó en que quizás a ella también le podría bien aquél vestido y a Annie el suyo. Le quedaría largo, claro.

— Así que, ¿qué haces por aquí? — preguntó Mikasa como quien pregunta por el clima — ¿Cómo es que andas metida en una fiesta?

El semblante confundido y desconfiado de Annie se profundizó.

— Me… estoy quedando en esta casa… — dijo vacilante — Soy amiga de Carly Stratmann — precisó a regañadientes luego de una pausa.

— No sabía que tenías amigos — bromeó Mikasa.

— Eso suena más como algo que me diría Mikasa Ackerman de buenas a primeras, aunque apuesto que si no anduvieras tan extrañamente alegre lo habrías dicho de una manera mucho más infuriante — replicó Annie en voz baja — En serio, ¿qué pasa contigo?— hizo un gesto vago indicando a Eren, quien se removió en su sitio, miró a Mikasa y luego plantó la vista en el suelo en señal de incomodidad.

— Tal vez mis estados de ánimo y expresiones son más variadas de lo que piensas — reparó en algo que había escuchado un poco antes y su hasta entonces amigable disposición mutó hacia una un tanto recelosa — Oye, ¿por qué Eren te llamó voyerista?

Annie bufó y se cruzó de brazos.

— Eso deberías preguntárselo a él.

— Contéstame, Annie — exigió.

Annie frunció los labios, irritada.

— Conste que estoy respondiendo a tus preguntas solamente porque metí la pata y más tarde no quiero más problemas de los que ya tengo — gruñó y, no sin antes fulminar a Eren con la mirada, prosiguió: — Tu novio no tan falso parecía estar muy ocupado cuando me los encontré en las escaleras pero aún así pudo escuchar que una amiga me llamó de esa estúpida manera por molestar. Eso es todo. Y sí, Mikasa, antes de que vuelvas a hacerte la graciosa, sorprendentemente tengo la capacidad de hacer unos pocos amigos, así como tu tienes la capacidad natural de ser alegre para variar.

Mikasa entrecerró los párpados. Estaba siendo sarcástica, ¿no?

— Es lo único que recuerdo que te dijo porque sí, estaba muy ocupado — irrumpió Eren, apoyando la yema del dedo índice en la punta del cuchillo una y otra vez. Mikasa sintió un inesperado pálpito de timidez al oírlo decir aquello — Estabas fisgoneando justo al lado de nosotros, no podía no darme cuenta de eso. Y ahora te pillamos aquí… Así que puede que tu amiga haya tenido razón — dijo él, alzando una ceja.

— Ya les dije que estaba aquí dentro desde antes que ustedes llegaran — dijo Annie, cansina — Y acerca de lo otro, me los quedé mirando porque los reconocí, idiota. No entendía qué hacían ustedes dos en una fiesta como esta y mucho menos esperaba encontrármelos de improviso mientras bajaba las escaleras.

— Carly nos invitó — dijo Mikasa.

— Parece que pasé por alto sus nombres en la lista de invitados, pero si les permitieron entrar quiere decir que sí estaban incluidos. A menos que se hayan colado por alguna ventana o algo.

— Estábamos en la lista. Entramos civilizadamente por la puerta principal, como todos los demás — dijo Eren, apoyado en un hombro contra la puerta.

Annie lo escrutó con expresión aburrida y desaprobadora, y éste se fijó en su propia camisa abierta. Eren intercambió una mirada abochornada con Mikasa y se la empezó a abotonar.

— Ya pero, si se suponía que ibas bajando las escaleras cuando te topaste con nosotros, ¿por qué es que de pronto volviste sobre tus pasos y te metiste a este despacho, sola? — inquirió Mikasa. La agradable sensación de relajo y ligereza que la había acompañado desde que se bebió aquellas copas de dulce sabor frutal se estaba esfumando poco a poco. Aún persistía algo del efecto, sin embargo su lado racional estaba volviendo a ganar terreno al igual que un creciente mareo. Sus piernas se sentían un tanto endebles — ¿Dónde está tu otra amiga? Explícame, Annie, ¿nos estás siguiendo realmente o qué?

Esta era la segunda vez que alguien que conocían los pillaba o interrumpía mientras las cosas entre ellos iban más allá de unos simples besos. Mikasa sintió que su corazón daba un vuelco. ¿Y si no hubiese sido Annie? ¿Y si un completo desconocido hubiese oído su verdadero nombre de boca de Eren? Entonces la situación se hubiese tornado bastante complicada. La sola idea de quizás haber tenido que deshacerse de alguien aquella noche le produjo escalofríos. Por un lado, era una suerte que fuera Annie quien estaba al interior de ese despacho. Pero por el otro lado…

Mikasa inhaló fuerte por la nariz mientras repasaba y juzgaba lo que se había estado atreviendo a decir y hacer. "Oh. Mierda." Parecía como si el corazón se le fuera a salir por la garganta. Su respiración comenzó a agitarse y su visión periférica se oscureció.

— ¿Cómo lo explico…? Por un momento pensé que ustedes estaban en este sitio para espiarme y que se estaban haciendo los tontos cuando me los encontré. Después vi que subieron y se metieron en el baño. Busqué un lugar en el que esconderme y encontré este despacho vacío desde el que podría oírlos cuando salieran de allí. Sí, mi idea era seguirlos y averiguar qué demonios estaban tramando, pero entonces noté que venían hacia aquí y me tuve que esconder detrás de esas malditas cortinas — Annie señaló la ventana más cercana y Mikasa miró en aquella dirección mientras se llevaba una mano al pecho, tratando de regular su respiración de la manera más disimulada posible — Tú mencionaste a Kenny y esperé a que revelaras alguna cosa importante, hasta que me di cuenta de que el único plan que se traían entre manos era algo que no me interesaba escuchar y mucho menos ver, pero era muy tarde — dijo mirándolos de hito en hito con una mueca.

Mikasa sentía que se iba a desvanecer en cualquier momento. No entendía por qué le estaba costando tanto trabajo controlar su frecuencia cardíaca y calmar su agitación exacerbada. Lo que había hecho no era nada grave y sin embargo parecía estar a punto de morirse, ya fuera de vergüenza o de algo más. Obligó a sus gelatinosas piernas a moverse. Caminar un poco la ayudaría

— Así que sí, ¿por qué otra razón me iba a arriesgar a salir de este sitio a gatas? Taparme los oídos y cerrar los ojos aún estando escondida no sería suficiente y… — Annie dejó de hablar.

— ¿Mikasa? — Eren la llamó desde muy cerca poco antes de que todo se fuera a negro.

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A Mikasa le pesaba el cuerpo, tanto que la intensa gravedad la absorbía al interior del colchón sobre el que estaba tendida. Palpó la superficie blanda y lisa con una mano torpe e insegura. Tenía que ser una cama. ¿Cómo había llegado allí? No sabía cuándo se había ido a dormir. Además, estaba segura que durante los últimos días había pasado las noches en una chaise longue. ¿En dónde estaba? Intuía que se hallaba en un sitio desconocido. Abrió los párpados con dificultad. En su campo de visión aparecieron tres mujeres. Ellas la rodeaban y observaban fijamente.

— Bueno, por suerte nuestra bella durmiente no decidió tomarse una siesta tan larga — comentó una chica con una melena corta y ondulada a la que nunca había visto antes. Llevaba un vestido verde como el musgo que hacía juego con sus ojos.

A las otras dos las reconoció como Carly Stratmann y Annie. "¿Annie?" Mikasa hizo un esfuerzo por alzarse apoyándose en los codos. Tenía que corroborar lo que estaba viendo. Definitivamente era Annie, y estaba de una pieza. Sonrió y se abalanzó sobre la menuda rubia.

— ¡Annie! ¡Estás bien! — chilló contra su pelo.

— ¿Q-Qué demonios? — Annie no la abrazó de vuelta, en lugar de eso, intentó zafarse sin mucho ahínco — ¿Otra vez con eso? Suéltame.

— Eres mala, Annie — rió Carly.

— Es terrible — concordó la otra chica.

— ¡Soy yo, Mi-mmfff! — la joven oficial de policía le tapó la boca sin cuidado y no le permitió seguir hablando.

— Sí, Margot, sé que eres tú — masculló, empujándola por los hombros y echándole una obvia mirada de advertencia para que tuviera cuidado con lo que decía.

Mikasa se enfurruñó con la espalda contra el colchón, parpadeando aturdida. Se sentía rara y aletargada. Era algo parecido al despertar luego de una siesta demasiado larga, sin estar segura de qué día ni qué hora era. Annie dejó de amordazarla con la mano y Mikasa se llevó el dorso de una a la frente, cerrando los ojos. Gimió al intentar hacer memoria sobre cómo había llegado allí. Una pequeña punzada de dolor en la cabeza le dio mala espina. ¿Se había emborrachado? Miró perezosamente alrededor desde su posición y no reconoció la enorme habitación. No estaba en el hotel.

— Ahora pareciera que está borracha, y creo que ni siquiera se acuerda de lo que pasó hace menos de una hora — se quejó Annie a Carly con un gesto exasperado.

— Puede que se vea y sienta un poco así, pero ya volverá a orientarse y empezará a recordar todo lo que pasó, de a poco. Ya verán que no les mentí cuando les dije que la pérdida de memoria podía ocurrir en casos como el suyo y que esa pérdida no es más que transitoria — aclaró Carly, alejándose de la cama y encendiendo un cigarrillo con un click de su mechero metálico. ¿Casos como el suyo? — Tratemos de no abrumarla con preguntas o mucha atención. Hay que darle tiempo para que procese las cosas. Además, después pasará por una especie de resaca.

¿Resaca? Odiaba la resaca y cualquier cosa similar a una. Pasó por una fatal la única vez que se había emborrachado de manera terrible tras beber un engañoso y empalagoso licor de almendras que robó del baúl de Kenny a los trece años. Fue como beber mazapán líquido. Cuando llegó de hacer un trabajo de madrugada, Levi la encontró dormida boca abajo en el suelo del pasillo. Kenny ni cuenta se dio de la pérdida del costoso licor, pues Levi pronto se las arregló para cubrirla y conseguir otro. Por supuesto, Mikasa tuvo que resignarse a escuchar los sermoneos de su primo, quien temió se pudiera convertir en una alcohólica a partir de entonces. Éste incluso le preguntó varias veces desde cuándo era que bebía en secreto y le dejó muy claro que prefería que bebiera un poco de cerveza con ellos de vez en cuando antes que se atragantara con alcohol a solas como un viejo feo cirroso.

— Tengo la leeeve sospecha de que su chico amante con malas pulgas intentará asesinarte si ve que no se le ha pasado el efecto o no recupera la memoria después de su desmayo. O si te ve fumando aquí.

¿Se desmayó? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué?

— Hitch tiene razón — dijo Annie cansina — ¿Cuánto crees que se tarde en la cocina?

Bien. Por lo que estaba entendiendo, Eren no estaba allí con ella porque se encontraba en la cocina pero, ¿la cocina de quién?

— Ni idea — Carly exhaló el humo a través de la rendija de la ventana. El volumen y las ondas de su largo cabello leonino eran fabulosas — Aunque si va a estar supervisando cada cosa que los cocineros ponen en el caldo de pavo, en el zumo recién exprimido de naranja y todo eso, supongo que aún estoy a tiempo de disfrutar al menos media hora o más de paz y vida.

— Eso asumiendo que no intentará apurarlos a todos para volver a cerciorarse de que su princesa está sana y salva y lejos de nuestras garras de arpía lo más pronto posible — dijo Hitch, jugando con una pequeña figura de yeso.

"¿Su princesa…?" No se lo imaginaba llamándola de aquella manera, pero que alguien se refiriera a ella como la princesa de Eren era un tanto… agradable.

— Mmm…— Carly sacudió la ceniza de su cigarrillo en un cenicero, ensimismada — Debería haberle pasado las llaves de mi laboratorio para que tome muestras de la comida y las analice en búsqueda de drogas inexistentes.

Mikasa se sentó cuidadosamente en la cama y tocó la fina camisola de seda burdeo que llevaba puesta. Le quedaba un poco grande y tenía un escote demasiado pronunciado para tratarse de una simple prenda de dormir. Parecía ser de la talla de Carly o Hitch. Ellas tenían un busto mucho más generoso que el suyo. Las sábanas de un índigo profundo también parecían ser de seda, muy suaves y brillantes.

— Debe pensar que pones drogas hasta en los perfumes — se burló Hitch — No, es que en serio, ¿cuántas veces le tomó el pulso y todas esas cosas que hacen los médicos? ¿Cuántos desmayos ha visto ese chico?

— Seguro que ha sido testigo de un montón de desmayos. No deberías juzgarlo tanto por estar preocupado por su novia — intercedió Annie y Mikasa le echó una mirada curiosa.

— Por lo mismo no se me hace difícil comprender y aceptar su desconfianza — dijo Carly, pendiente de algo que ocurría fuera de la ventana.

— Ya… Es sólo que los hombres se alteran tan fácilmente y son tan dramáticos, y luego tienen el descaro de decir que nosotras somos las histéricas… — murmuró Hitch — Igual puede que ella y él me estén dando un poco de celos — concedió en un murmullo fastidiado tras una pausa.

— Marlowe es un imbécil. Supéralo.

— Uy sí, Annie. Al fin he superado la ira que me produce su estupidez porque se acaba de cumplir la millonésima vez que me dices que lo haga. Gracias, eres un rayo de sol, ahora podré salir adelante y contemplar nuevos horizontes. Vaya. Nunca pensé que fuera así de fácil.

Carly rió bajito hasta que su mirada se depositó en Mikasa.

— ¿Qué tal te sientes, Margot? — preguntó mientras apagaba su cigarrillo y cerraba la ventana.

Mikasa se tardó unos instantes en enterarse de que ella era Margot.

— Uh. Me siento… un poco rara. ¿En dónde estamos?

— En mi fiesta. En mi casa. Estás tendida en la enorme cama de primera calidad que mi connotado padre no ha usado en un mes — Carly estaba imitando la cadencia y estilo típico de expresión de varias personas que pertenecían a la alta sociedad de Paradis. Aquél desagradable tono remilgado — Tiene sábanas limpias, por supuesto. Espero que sea de tu agrado — dijo en su modo de hablar habitual y con una sonrisa sincera.

— Ah, ya veo…

Carly Stratmann. La fiesta turbia. Los engranajes en el cerebro embotado de Mikasa crujieron, se desatascaron y algunos recuerdos empezaron a fluir hacia su mente de manera desordenada: ella arreglándose frente al tocador de la habitación en el hotel, el baile y la música frenética en un salón con estatuas, su hermoso vestido negro, una copa roja, un grupo de mujeres riendo con ella junto a la mesa de los cócteles, una pequeña orquesta, los ojos de Eren y las cosas que ella le dijo a él mientras estaba sentada encima de sus piernas. ¡Se había sentado en sus piernas! Mikasa se llevó una mano a la cabeza.

— ¿Margot? — preguntó Annie, a su lado.

Oh, joder, Annie. Annie había estado en el despacho mientras ellos… Mientras ella pedía y le hacía todas esas cosas a Eren. Mikasa se dejó caer de costado en la cama con la mirada fija en la nada. Los recuerdos continuaron acumulándose hasta que fueron demasiados y cayeron y la golpearon como una fría y densa avalancha. Incluso recordó el momento exacto en que perdió el conocimiento.

— Carly, ¿qué demonios le pasa? — la voz de Annie era inquieta — Está como ida.

Los tacones de Carly repicaron rápidos contra el piso de madera, probablemente de parquet. Todas esas casas enormes tenían impecables pisos de parquet. Y, por lo que veía y sentía, las camas de sus dueños tenían costosas sábanas de seda de importación. El revelador pijama que llevaba puesto debía de ser carísimo también y Mikasa estaba casi segura de que, por la postura en la cual se encontraba, se le veían las tetas gracias al maldito escote. Pero poco y nada le importaba que otras mujeres le vieran las tetas después de que no sólo se había atrevido a confesarle su amor a Eren, sino que además se había empeñado en seducirlo sin el más mínimo pudor. Le había pedido explícitamente a Eren que la tocara. Se había frotado contra su… con su… Mikasa se cubrió la cara hirviente con ambas manos. Era tanto el sofoco que estaba experimentando que deseó con todas sus fuerzas poder desmayarse de nuevo, pero no estaba funcionando.

— Hitch, por favor, ve a buscar a Eren Jaeger — pidió Carly mientras la volteaba y situaba dos dedos a un lado de su cuello para tomarle el pulso.

— ¡No! — gritó Mikasa. Terminó a cuatro patas sobre la cama en un intento automático por ir a detener a Hitch. Carly casi se cayó de culo ante su repentino grito y movimiento, pero Annie alcanzó a sujetarla. Hitch se había quedado de una pieza con la mano sobre el pecho y la miraba desconcertada con un tic en el ojo izquierdo. Mikasa tragó saliva. Como un gato crispado, retrocedió lentamente para sentarse sin dejar de examinar a sus acompañantes una a una. Agarró las colchas y se cubrió. Tenía que tratar de actuar normal. Allí sólo Annie conocía la verdadera situación entre Eren y ella. Las otras dos pensaban que ellos tenían una relación amorosa oficial con todo lo que eso implicaba. Carly hasta creía que habían roto una cama follando en la casa de ese viejo de apellido largo. No podía decirles que aún no estaba preparada para ver a Eren a la cara por razones que no les harían ningún sentido — Lo siento… No sé a qué vino eso. Todavía me siento rara y estoy muy confundida — dijo con voz trémula.

— Oh, claro… — sonrió Carly, reponiéndose del susto — No pasa nada.

— Carly. Hitch. Creo que ya no es necesario que estemos todas aquí. Mencionaste que no deberíamos abrumarla y, ahora mismo, lo está — dijo Annie — Yo me quedaré con ella.

Hitch asintió y salió de la habitación tan pronto como pudo, mientras que Carly tomó una colorida caja de hojalata y la dejó sobre la cama, al alcance de Mikasa. Estaba decorada con delicados dibujos de flores y personas vestidas a la antigua usanza. Reconoció la marca Süsswerk escrita con bonitas letras cursivas.

— ¿Ya has probado estos? Son bombones con varios tipos de relleno. El chocolate te hará sentir mejor — le dijo con un guiño — Hay más cajas al interior de aquella cómoda. Puedes compartirlos con tu novio si quieres.

— Gracias… — aunque no tenía hambre, abrió la caja y se metió un bombón a la boca. El chocolate se derritió con un sabor dulce y amargo. Degustó el cremoso relleno — ¿Avellana?

— Sí. Esos son mis favoritos — dijo Carly — Bueno. Volveré después.

Mikasa le hizo un gesto de despedida con la mano pues aún no terminaba de comer el bombón de avellana. Esperó hasta que la muchacha cerró la puerta para agarrar a Annie de un brazo.

— ¡Ayúdame! — le susurró con desesperación y el rostro ardiente — Él vendrá pronto y no sé qué hacer.

Annie alzó las cejas.

— Si quieres que te esconda en algún sitio, olvídalo… Pero creo que estoy dispuesta a escucharte durante unos cinco minutos si es que eso cuenta como apoyo moral.