ADVERTENCIA: Este capítulo contiene escenas de violencia gráfica.
Capítulo 15: Ella es por mí, y yo soy por ella
Siente que le remueven las gafas del rostro, pero está demasiado cansado como para hacer algo al respecto. Un par de susurros se oyen por sobre su cabeza, pero Satoru los ignora. Es demasiado temprano, la primera clase de la mañana no debería existir. Mantiene los ojos cerrados y trata de no prestar demasiada atención a lo que pasa a su alrededor.
—Déjaselos puestos… —dice él bajo un tono pasivo.
—Pero son sus favoritos… Va a quebrarlos de nuevo.
El otro suspira, como si ya hubiesen tenido esta conversación en otra ocasión.
—Deberíamos dibujarle algo en el rostro… Unos bigotes de gato o tal vez otro par de gafas.
—N-No creo que le agrade…
—Se vería lindo —él se ríe de forma suave.
—No estoy dormido —contesta Satoru, alzando el rostro que permanecía hundido sobre su pupitre, entre sus brazos—. Te oí, Suguru… ¿intentas corromper a mi chica?
—¿Crees que sea posible?
—No hablen como si no estuviera aquí… —contesta Kasumi, frunce apenas el ceño y luego le entrega las gafas a Satoru. Él vuelve a ponérselas y la mira por un instante.
Encuentra en su rostro un gesto amable, una sonrisa sincera, la sonrisa de Miwa. Se inclina, mira las piernas blancas que se asoman bajo la falda de su uniforme escolar y apoya una mano sobre su rodilla.
—¡S-Satoru! ¡No frente a Suguru! —vocifera escandalizada mientras intenta apartar la mano que se mete entre sus muslos. El rostro se incinera tan súbitamente que le causa gracia.
—Satoru, no incomodes a Kasumi —contesta el otro, tirando de un mechón de su cabello, haciéndolo inclinar sobre su silla.
Gojou suelta la pierna de la muchacha y ella, de a poco, recupera el color natural de sus mejillas.
Los tres están solos en el salón, frente a la pizarra, esperando por su primera clase del día.
—Oigan, ¿qué dicen si vamos al cine por la tarde? —suelta mientras sonríe y mira de lado a lado a sus compañeros.
—¿Qué están estrenando? —pregunta Getou.
—Mmm… Ice Age 2, creo —contesta Miwa mirando hacia arriba, como si estuviera tratando de recordar la cartelera.
—¿No está The Grudge 2? —pregunta Satoru.
—Creo que también estaba esa… —responde Kasumi, pero ahora no suena tan entusiasmada con la idea.
—¿Cuánto falta para que llegue el viejo? —dice Satoru, respecto de su profesor de matemáticas, levantando la tapa de su celular para ver la hora—. ¿Qué tal si nos escapamos?
—¿Huh? Tenemos tarea que entregar hoy.
—¡¿Tarea?! ¿Tú la hiciste?
—Claro que la hizo, Satoru. ¿No sabes con quién estás hablando?
—Déjame copiar tu tarea, bebé.
—Uhm… ¿qué tal si te ayudo a terminar la tuya? —contesta incómoda y se reclina sutilmente sobre su pupitre, lo que hace a Satoru estirar el cuello para darse cuenta de que está ocultando su tarea de él.
—Pero faltan diez minutos para que llegue el profesor, no puedo aprenderme las formulas ahora —dice mientras intenta tomar una página del escritorio y Kasumi aprieta sus codos contra la mesa.
—La idea de venir a la escuela es aprender, no copiar…
—Bah, ¿a quién le importan las matemáticas si voy a ser un hechicero?
—Vamos, Kasumi… No seas tan dura con él.
Ella suspira.
—Está bien, pero no copies todo o él se dará cuenta.
—Voy al pasillo a vigilar —dice Getou y sale hacia la puerta sobre la cual se reclina y sonríe mientras ve a Gojou copiando a toda velocidad.
—No estés tan nerviosa, amor —dice mientras vuelve a poner una mano sobre la piel desnuda de Kasumi, mientras con la otra copia las respuestas. Le sonríe, ella abre la boca y antes de balbucear una respuesta, asiente. Apoya una mano sobre la suya y entrelaza los dedos sobre los de él.
—Es tonto que me preocupe por estas cosas cuando eres el más fuerte, ¿cierto?
—Está bien, te esforzaste para aprender todo esto y yo no. Pero te lo compensaré, ¿qué te parece si llevamos a tus hermanos a ver Ice Age 2?
Ella asiente con notable entusiasmo. Nunca falla, si molestas a Kasumi la mejor forma de arreglar las cosas es a través de Sochi y Kano.
Suguru vuelve a sentarse a su lado y él entiende que el profesor está en el pasillo. No ha terminado con las últimas ecuaciones, pero con lo que ha copiado tiene suficiente para aprobar, no lo duda, Kasumi ha hecho estas cuentas y ella es la mejor de las clases regulares.
—¿Ya te disté cuenta? —pregunta Suguru, descansando su rostro sobre la palma de su mano, apoyado en su pupitre.
Gojou levanta la vista y lo ve a la cara. La misma sonrisa cálida que se extiende por todo su rostro, el aura tranquila, la voz suave. Él asiente.
—Desde hace un momento, pero quería disfrutarlo —contesta y él cierra los ojos mientras le sonríe.
—Hasta la próxima, mejor amigo.
Gojou despierta, acostado sobre su cama en el hotel Livemax de Nagoya. Mira el cielo raso y recuerda con amargura las imágenes que se pintaron en los rincones de su imaginación. No es extraño para él soñar con Suguru, lo hace más a menudo de lo que le gustaría y esta es la razón por la que duerme tan poco. Con los años ha aprendido a identificarlo, a controlarlo de vez en cuando, a terminar sus sueños a voluntad o a extenderlos cuando siente que lo necesita. Cuando le gustaría volver a aquella época en la que todo era perfecto. Antes de que las cosas comenzaran a desmoronarse a su alrededor.
Tal vez ser el más fuerte signifique que será el último hombre parado sobre la tierra y verá a todos los que ha conocido morir de una forma u otra. Por esta razón no ha llamado a nadie más mejor amigo. Perder nuevamente no es algo a lo que aspire.
Quizás Kasumi le atrae tanto por lo mucho que le recuerda a él, la calma y el amor que transmite constantemente.
Gojou se sienta sobre la cama y controla nuevamente aquel sentimiento de duelo que le aplaca el pecho. Toma su celular de la mesa y revisa sus mensajes, pero Miwa no ha contestado.
'¿Dónde estás?'
Kasumi se marchó sin decir mucho, él se pregunta si estará en Kioto o si habrá buscado alguna habitación en una posada en Nagoya. Si se habrá marchado en el último tren, ya que no debe tener dinero suficiente para un pasaje de avión.
'No me ignores,' escribe y envía.
'Llámame', vuelve a escribir.
En las calles de Kioto, Kasumi ha bajado del último tren y camina hasta el Colegio Metropolitano de Magia, mira de reojo los mensajes de Satoru y siente un nudo en el estómago al ignorarlos. No le alcanza para pagarse un taxi, pero esto no le aflige, al contrario, necesita una larga caminata para pensar en lo que ha pasado en las últimas horas y ese extraño mensaje que recibió Satoru.
Es difícil para ella observar la situación con claridad, su falta de experiencia y las voces en su mente la inclinan de un lado al otro. Satoru siempre se preocupa por ella, la ayuda, la entiende. Quizás lo que vio no sea nada, una vieja amistad, o simplemente otra persona que se encuentre igual de embelesada por él como ella. No es descabellado pensar que más mujeres puedan estar detrás de alguien como Gojou Satoru, es sólo natural considerando su magnética personalidad y su apariencia.
Kasumi teme que sus inseguridades, su baja autoestima, su debilidad, le estén jugando una mala pasada. Pero tenía que salir de ahí lo antes posible, considerando además la intervención de Utahime. Simplemente era demasiado para ella.
'¿Estás enojada?'
Ella suspira, Satoru no ha dejado de mandar un mensaje tras otro y esto solo logra hacerla sentir peor. Pero es que hay algo incómodo sobre esta situación y no logra encontrarle una respuesta. Camina en medio de la noche estrechando con fuerza la correa de su bolso, le toma una hora volver al colegio a pie y lo único que desea a este punto es darse una ducha y dormir, cerrar los ojos y dejar la almohada le dé una respuesta.
Al despertar tiene tres nuevos mensajes de Satoru que no sabe cómo contestar. ¿Por qué es tan difícil para ella enfrentar el asunto y simplemente preguntar? Quizás se debe a que teme las respuestas que le deparen, quizás porque teme estar exagerando. O tal vez sea porque ya no se siente tan segura sobre su relación clandestina. Si es que en algún momento la tuvo, seguridad.
'Kasumi, estoy empezando a preocuparme.'
'Kasuuumiiiiii.'
'KASUMI.'
Ella no contesta.
Espera mientras ambas hablan. Mai parece estar teniendo problemas con su última tarea de química y Miwa le explica con envidiable paciencia mientras la otra la escucha, medio aburrida, medio interesada. Él espera y mientras pretende escribir algo en sus notas, la mira de reojo. Se da cuenta casi de inmediato que su semblante ha sido diferente durante todo el día. Parece haber dormido muy poco… Kasumi Miwa es la clase a la que más atención presta Kokichi Muta desde la tina en la que yace postrado.
Mai termina su conversación, que no parece haber terminado de comprender y recoge sus cosas para marcharse. Kasumi se toma su tiempo para despejar su escritorio en total silencio y él hace lo mismo.
Sólo hay tres alumnos de segundo año, Miwa, Mai y él mismo. Y esta tarde es turno de Kasumi de limpiar el salón.
—¿Puedo ayudarte, Miwa? —le pregunta y la saca de su ensimismamiento.
Se siente como si la hubiera despertado de un trance, lo observa con los ojos bien abiertos y luego cae en cuenta de la pregunta que le acaban de hacer. Luego sonríe y asiente.
Mechamaru levanta las sillas sobre los únicos tres pupitres y Miwa toma una escoba para comenzar a barrer. Mientras limpia la pizarra, se obliga a hablar y esto es sumamente difícil para él.
—Miwa… —comienza, dándole la espalda—. ¿Eres… eres feliz?
—¿Huh? —suelta ella, él se voltea a ver su rostro apenas por encima del hombro y la mira. Esta pregunta tan súbita, tan de la nada, la deja perpleja. Luego mira el suelo y se aferra del palo de escoba—. Bueno… Uhm… —suspira—. La verdad es que me está costando un poco de trabajo seguirles el ritmo a todos ustedes, son tan talentosos…
La verdad es que Mechamaru no se refiere en lo absoluto a su vida académica, pero no hay forma de explicarle que ha visto y escuchado cosas sobre su vida privada que desearía no saber.
—¿Necesitas ayuda?
—No creo que puedas ayudarme en esto —dice mientras continúa barriendo.
Mechamaru no contesta, no hay mucho más que pueda decir, pero continúa ayudando a Miwa a limpiar el salón y en pocos minutos baja las sillas de los pupitres y ella guarda los elementos de limpieza.
—Gracias, Mechamaru. Cuando sea tu turno también te ayudaré.
Él asiente.
—Oye, deberíamos salir de vez en cuando, ¿sabes? Con las muchachas, tal vez Kamo y Toudou también. No tenemos mucho tiempo de hacer cosas divertidas y últimamente estás muy ocupado… Nos merecemos un descanso, ¿no?
—Eso… eso estaría bien.
La ve sonreír de nuevo, de esa forma amable y dulce que la caracteriza. Cuando sale del salón él recoge sus cosas y se lamenta, aunque espera ilusamente algún día poder levantarse de esa tina y acompañarla a donde sea que ella quiera ir. Tal vez, dentro de poco tiempo pueda hacerlo.
Después de revisar con demasiada constancia su smartphone, Satoru se da cuenta que Kasumi no contestará sus mensajes. Esto le resulta particularmente difícil de comprender, jamás pensó que la intervención de Utahime pudiera hacerla desistir de esta manera. Pero él no desiste, la llama en una ocasión en la cual Miwa está dándose una ducha y no le contesta. La llama en otro momento, pero ella está en clase y suele deja su celular en modo silencioso. Envía al menos cinco mensajes más y no recibe respuesta alguna, lo cual es particularmente desesperante.
Luego de unas cuantas reuniones en Nagoya. Nanami sostiene una conversación con él, un auxiliar de la escuela ha encontrado un muchacho, un posible nuevo integrante del Colegio Metropolitano de Magia de Tokio, a quien entrevistará junto con Ito antes de regresar. Yaga luego le informa que tienen una reunión con Gakuganji y Utahime en Kioto, y muy contrario a lo que esperaba, Satoru no interpone queja alguna a un viaje corto a la escuela hermana.
La idea de dejarle saber que está en camino cruza su mente, pero la descarta rápidamente. Prefiere tomarla por sorpresa, ver su expresión y sacar las conjeturas que tenga que sacar en persona.
Luego de un vuelo de una hora y un corto viaje en un móvil oficial, Satoru pone sus pies sobre el amplio campus del Colegio de Kioto.
Deambula con Nanami, Yaga e Ito hasta el templo principal y escanea los alrededores en busca de Miwa, pero no está por ningún lado, la cabellera cian está completamente ausente. Se pregunta si habrá partido a alguna misión o si simplemente lo está evitando, si se enteró anticipadamente que estaría allí y decidió salir o esconderse en alguna parte.
Luego de una aburrida reunión en la que, extrañamente, no suelta muchas palabras, se dirige al comedor junto con Ito y Nanami. Ambos toman asiento en una mesa deshabitada y nota la presencia silenciosa de Mechamaru a un lado. Los tres almuerzan, pero él solo está sentado, cruzado de brazos sin prestarles atención.
—¿Es una maquina? —susurra Ito.
—Es un alumno —responde Nanami sin mucha más explicación.
—Oye, Mechamaru. Ven a sentarte con nosotros —lo invita Gojou y escucha los chirridos mecánicos de su cuello, él voltea a verlo a la cara a través de su inexpresivo rostro metálico.
—No, gracias —responde escuetamente y los arcos de los labios de Gojou descienden.
—Oh, vamos. No estés allá solo.
—No quiero sentarme junto a ti.
—¿Huh? ¿Por qué no?
—Porque no me agradas.
Ito resopla una risa sobre su taza de té. Nanami bebe su café y deja la taza sobre la mesa.
—¿No te agrado? No te he hecho nada.
—No siento respeto por ti, Gojou Satoru.
—Te entiendo, Mechamaru —agrega Nanami.
—Oye, oye, esa no es forma de hablarle a tu sensei —dice Gojou, comenzando a molestarse.
—Tu no eres mi sensei, no tengo que sentir respeto por ti solo porque seas un sensei.
—Ugh… Utahime le está pegando su malhumor a sus alumnos.
—Miwa-sempai, ¿me das tu número de teléfono?
El cuello de Gojou se dobla en dirección a esta pregunta, al igual que el de Mechamaru. Kasumi está entrando a la habitación con un bolso entre las manos. Ito frente a ella, con el rostro ligeramente abochornado. Ella le sonríe y asiente. Kasumi toma el móvil de Ito y agenda su número.
—¿Tienes una misión? —pregunta él.
—No… Le pedí el fin de semana a Utahime-sensei. Me voy a casa un par de días para ver a mis hermanos. ¿Acabas de llegar?
—Sí, Nanami y Gojou-sensei han venido conmigo —dice y ella se voltea a verlos.
Kasumi se congela por un instante al encontrarlos. A pesar de ello, les rinde una reverencia y los saluda amablemente.
—En realidad, tú viniste con nosotros Ito —comenta Gojou.
—¿Crees que estarás muy ocupada el fin de semana? —pregunta el tembloroso muchacho.
—¿Querías conocer la ciudad? Bueno, no creo que tenga mucho tiempo, pero si quieres puedes ir a cenar a casa conmigo y los muchachos.
—Sería estupendo…
—Luego te enviaré la dirección. Sólo pasé a dejarle algo a Mechamaru —comenta y camina hacia él, quien la espera pacientemente sentado en la banca de madera totalmente atónito al encuentro que acaba de presenciar—. Ten, las notas que me pediste —le dice y luego se despide para salir rápidamente de la habitación que parece estarse quedando corta de aire.
Ito vuelve a sentarse junto a sus superiores. Gojou no puede quitarle la vista de encima al descarado muchacho que se sonríe mientras mira el número agendado en su celular.
—Bastante bien, Ito —dice Nanami y luego observa la reacción de Satoru a través del cristal de sus gafas—. ¿No te parece, Satoru?
—Sí, sí, lo hizo bien… La próxima intenta no temblar tanto.
Ito asiente, Mechamaru no tarda en retirarse arrugando las hojas bajo sus metálicas manos.
'¿Tienes una cita con Ito?'
Kasumi lee el último mensaje de Gojou y siente un enorme deseo de darle una explicación. Pero no está lista para hablar con él aún, necesita espacio y tiempo que él no parece muy dispuesto a darle.
Toma un bus hacia casa, donde la esperan sus emocionados hermanos. Kano necesita con urgencia los detalles más estremecedores de su última misión y la convence de compartirlos bajo el pretexto de estar dibujando un manga sobre hechiceros. Luego ayuda a Sochi con su tarea de matemáticas y prepara la cena para los tres.
Sin lugar a dudas esta sensación de normalidad es lo que venía necesitando después de tantos tropiezos en su vida como hechicera. Se siente como un bálsamo para su alma, como una pequeña caricia a la que tendrá que aferrarse si planea salir cuerda del futuro que le depara.
Recibe un mensaje de Ito, le envía la dirección de su casa y piensa en el menú que preparará para la noche de sábado.
'¿Por qué no me contestas?'
'¿Es por Utahime?'
'Ella no sabe nada'.
Kasumi vuelve a ignorar sus mensajes, aunque siente que se le despedaza el corazón por ignorarlo de una forma tan evidente.
Durante la tarde siguiente, sale al mercado junto a Kano y Sochi, bajo la promesa de comprar algunos postres para los dos. Busca las mejores ofertas y llena dos bolsas ecológicas con verduras y algunos productos congelados. No es un gasto tan grande como el que hizo la noche que Satoru comió en casa, pero está segura de que podrá preparar algo abundante y delicioso.
—¿Por qué no invitamos también a Mechamaru? —dice Kano, quien ya ha perdido la costumbre de llamarlo 'Cyborg'.
—Mejor invitemos a Gojou-sensei —contesta Sochi, tomando la mano de su hermana para cruzar la calle.
—¿Qué tal si cierras la boca, Sochi?
—¡Kano! —lo reprende Kasumi y él arruga su expresión—. Después de que te escapaste con él a A-cho creí que te caería mejor…
—Supongo que él está bien… Lo que no me agrada es como te pones cuando él está cerca. Te comportas como una idiota.
—¡Oye! Soy tu hermana mayor, no puedes hablarme así.
El cuerpo de Kasumi se vuelve frígido, suelta la mano de Sochi y deja caer la bolsa de compras que sostiene en la otra mano. Una turbia sensación la recorre, algo que no la deja dar un paso más. Tiembla, todo su cuerpo tiembla y se voltea hacia el edificio de departamentos abandonado del otro lado de la calle. Un Viejo complejo que se incendió hace al menos cinco años atrás.
Esta sensación es familiar y a la vez nueva, jamás había sido tan fuerte. Kasumi supone que esto deben sentir los animales al detectar la presencia de su depredador natural.
—Niños, lleven esto y vayan a casa —dice, volteándose hacia la calle.
—No soy un niño, tengo quin—.
—¡Kano! —le grita su hermana y lo deja rígido—. Haz lo que te digo, vayan a casa y no vuelva aquí.
Kano se da cuenta inmediatamente que esto no es un juego. Sin replicar, toma la mano de Sochi que no deja de hacer preguntas que nadie le responde. Toma las bolsas de compra del suelo y retoma el camino en dirección a su hogar. Mira por encima de su hombro, Kasumi lo ve por un instante y ambos asienten. La prioridad es sacar a Sochi de aquí.
Ella cruza la calle, la sensación, la pesadez, se incrementa paso a paso. El aura que rodea al edificio se vuelve oscura, se vuelve incluso dolorosa y la deja sin aire. Toma su celular antes de avanzar más, pero cuando está a punto de llamar a Utahime, recibe una llamada de Ito Noboyuki.
—¡Miwa-sempai! —dice con entusiasmo. Kasumi ignora lo mucho que ha practicado su nombre antes de llamarla—. Me preguntaba, ¿quieres que… lleve algo esta noche? Tal vez una película o…
—Ito —lo interrumpe—. ¿Estás con Nanami o Gojou Satoru? ¿Está Utahime ahí contigo?
—¿Eh? Uhm… Gojou-sensei está con Yaga-sama. Nanami está aquí con…
—Dile a Nanami que he encontrado una maldición, creo que… es de un grado dos o cuasi primer grado —comenta mientras se acerca y escucha levemente la voz de Ito repitiendo sus palabras.
Kasumi ve a través de las ventanas un grupo de al menos cuatro personas corriendo por un pasillo, luego una de las figuras desaparece y escucha un grito desgarrador. Abre los ojos, su corazón se hunde sobre su pecho.
—Miwa-chan —La voz de Nanami se oye del otro lado del teléfono—. Miwa-chan —repite con más fuerza cuando ella no le contesta.
—¡Hay civiles! ¡Hay civiles dentro del edificio! —grita incapaz de esconder el horror que la embarga.
—Miwa, escúchame. No entres al edificio.
—Pero… pero hay gente atrapada… No puedo—.
—No hay nada que puedas hacer, esas personas ya están muertas. Lo lamento, pero si entras no llegaremos a tiempo para ayudarte. ¿Lo entiendes?... Contéstame Miwa…
—Lo… lo entiendo —contesta afligida, planta sus pies frente al edificio sintiéndose nuevamente inútil.
—Envíame la dirección, iré de inmediato.
—Sí… —contesta, cuelga y envía la ubicación pocos segundos después.
La sensación de ser inútil o inferior siempre la ha acompañado, sobre todo desde el momento en el que ingresó al Colegio Metropolitano de Magia de Kioto. Estar constantemente rodeada de gente extraordinaria es difícil de maniobrar y mantener una autoestima saludable. Pero, en esta ocasión se vuelve particularmente insoportable.
Un nuevo grito llega a sus oídos, uno que le hiela la sangre. Kasumi es tan inútil que dejará personas morir a pocos metros de ella. Como Nanami le ha explicado, estas personas ya están muertas. Mientras corren por los pasillos, aterrados, están muertos y aún no lo saben. Están muertos porque la única que está ahí para rescatarlos es ella, están muertos porque sólo cuentan con Miwa Kasumi.
Repentinamente un nuevo grito llega y como un flechazo le estremece el corazón. Es un niño, Kasumi escucha la voz de un niño. Ayuda, grita una y otra vez, con una fuerza que debe desgarrarle la garganta. Ayuda, grita y a Kasumi le estremece lo similar que suena a Sochi. Debe tener diez años, quizás. Es sólo un niño.
Ahí dentro está atrapado el hijo de alguien, el hermano de alguien. Y Kasumi no lo soporta y corre hacia la entrada a pesar de saber que buscará su propia muerte. No puede quedarse de brazos cruzados mientras lo escucha morir sólo porque ella es débil.
Kasumi afortunadamente lleva su katana, no la ha dejado de llevar en el cinturón desde el incidente con Ito. Quizás porque teme que alguien parecido a Mamuru, con una técnica similar, la encuentre y tenga los mismos planes para ella.
Empuja la puerta del edificio de departamentos en estado de abandono y desenvaina la espada.
Camina temblorosa, tiene ambas manos sobre la empuñadura sobre la que ha cosido una hebra de su cabello. No puede dejar de temblar, desde las rodillas, los codos, las manos, el pecho. Todo ella tiembla y suda frío solo de estar en el terreno de esta terrible maldición que podría aparecer en cualquier sitio.
—¡AYUDA! —vuelve a escuchar en los pisos superiores y corre en busca de aquella voz infantil a través de las escaleras.
Los pasos de Kasumi frenan al subir la escalera. Su pupila se vuelve pequeña, los ojos se abren agigantados y se queda sin aire al ver los cuerpos destazados que se esparcen por el corredor. Tres cuerpos adultos, o al menos eso asume. Litros y litros de sangre bañan el suelo. La laguna sanguinolenta, borgoña, se expande abandonando los miembros mientras ella está parada frente a ellos, totalmente conmocionada.
Sufre un espasmo, se voltea sobre la pared y vomita. Kasumi se dobla contra un rincón y cae sobre sus rodillas. Sus ojos se llenan de lágrimas por mismo espasmo y cuando termina, se limpia los labios y se vuelve a observarlos mientras lucha por controlar su respiración. Observa los restos, los uniformes escolares de tres adolescentes manchados de color vino, las entrañas esparcidas por las paredes.
Para su alivio, no hay ningún niño entre ellos. Quizás aún pueda encontrarlo y salir de ahí antes de que él sufra el mismo destino.
Lo escucha nuevamente, escucha al niño gritando desde el otro lado. Sin meditarlo, Kasumi corre sobre el charco de órganos, sangre y entrañas en busca de aquel niño que clama por su rescate. Corre de prisa con la espada entre las manos y llega hasta la última habitación, desde la cual creyó haber oído la voz.
Pero no encuentra nada.
La habitación está completamente deshabitada. Kasumi camina con cuidado en su interior, ya que algo en el centro llama su atención. Observa el pentagrama dibujado en tiza sobre el suelo y unas cuantas velas. Solo una permanece encendida, el resto están repartidas por el suelo. Un poco de sal en el marco de la puerta, una línea que se deshizo cuando los estudiantes salieron corriendo.
Quizás este es el lugar que los adolescentes usan para este tipo de cosas, para realizar un rito que no comprenden, o en los que ni siquiera creen.
Kasumi mira la disposición de objetos sobre el suelo y escucha unos pasos acercarse a ella. Se aferra de la espada una vez más y planta sus pies en el suelo.
—Nuevo estilo de som—.
Al voltearse a su encuentro, se queda paralizada. No lo ha visto en años, sin embargo, solo tuvo que verlo una vez para reconocerlo. Este es el rostro que ha habitado las pesadillas de Kasumi durante muchos años.
Con los labios entreabiertos, lo observa totalmente inmóvil. No termina de pronunciar su técnica y se siente nuevamente como una niña de cinco años.
—¿Pa… papá? —pronuncia en un hilo de voz.
Isao camina hacia ella, se ve pálido. Fuma un cigarrillo y se limpia el sudor de la frente. La mira de forma efímera, como si le costara trabajo sostenerle la mirada. Kasumi tiembla cada vez que él posa sus ojos oscuros sobre ella. Lo observa abrirse paso por la habitación, deambula hasta una ventana, la abre y toma aire. Luego se voltea, ve el pentagrama dibujado en el suelo y se ríe.
—Kasumi… —pronuncia después de un momento de silencio.
—¿Qué… qué estás? ¿Por qué? —balbucea Kasumi y baja la espada.
—Eso… en el pasillo… —dice con dificultad—. ¿Fueron las cosas que ves? ¿Las cosas que Akiko veía?...
Ella asiente, repentinamente se le ha cerrado la garganta. Le duele el pecho, el estómago se vuelve un tenso nudo que aprieta y tira hacia adentro.
—Mierda… —dice al verla asentir—. Mierda… —repite mientras medita, mira el techo y se sonríe—. El sensei no mentía.
—Papá… tienes que salir de aquí —le dice, reuniendo valor—. Esa cosa sigue aquí.
—¿Vas a matarlo con esa espada?
Kasumi mira su mano temblorosa sobre la empuñadura. Su gesto se vuelve triste.
—No creo que pueda hacerlo. Sólo vine a intentar rescatar a alguien.
El llamado se vuelve a escuchar, esta vez sobre el tercer piso. Kasumi corre hacia la salida, pero se detiene un momento, voltea su rostro ligeramente sobre su hombro y se dirige a él una vez más antes de partir.
—Vete ahora, o vas a morir igual que ellos… —le advierte antes de marcharse.
Vuelve a correr otro tramo de escaleras, revisa uno a uno los departamentos corroídos por el paso de los años. Polvorientos, ennegrecidos. Puede sentirlo, puede sentir como la presencia maligna la aplaca, la vuelve lenta y enferma. Kasumi siente dolor sobre la frente a medida que avanza. Es tan poderoso que teme sea una maldición de primer grado.
—¡Ayuda! —vuelve a escuchar del otro lado de la última puerta al tiempo que camina con el corazón golpeándole con fuerza sobre las costillas.
Pero, al abrir la puerta sufre el mismo destino que en el piso inferior; la habitación está vacía.
Ayuda, escucha nuevamente, pero esta vez a sus espaldas. Abre los ojos agigantados, la sangre se vuelve helada. Cuando se voltea vuelve a encontrar a Isao, deambulando detrás de sus pasos y, detrás de él, la criatura que ha estado gritando por su ayuda durante todo este tiempo.
—¡Papá! —grita con tanta fuerza que se queda sin aire y la garganta le duele.
Isao se voltea y por primera vez, posa sus ojos sobre una maldición. A pesar de haber estado pensando en esto durante mucho tiempo, de haber deseado ver con sus propios ojos eso que existe y que ignoraba hasta hace poco, sólo puede sentir pavor al tenerlo frente a él. Su rostro se desencaja, abre la boca y tartamudea algo incomprensible, presa del pánico. El monstruo abre la boca, sus labios negros llenos de dientes afilados como una piraña, escurriendo líquido negro que parece sangre podrida. Su cuerpo largo y oscuro, sin ojos, sin expresión. Sus manos largas de tres dedos largos, afilados como cuchillas, hacen un movimiento rápido y cortan a Isao en tres pedazos que caen sobre el corredor frente a los ojos horrorizados de Kasumi.
Ella observa, con la boca abierta, los trozos de su padre caer al suelo. La sangre que salpica las ventanas, los órganos escurriéndose de sus pedazos.
Kasumi está totalmente paralizada. Sus ojos no pueden dejar de ver el charco de viseras. Tiembla, incluso más que antes. Lagrimas mojan sus pestañas y, cuando apenas está saliendo del shock, ve a la maldición saltar en su dirección y levanta su espada para protegerse del ataque de sus garras.
El chirrido del metal contra los dedos negros de la maldición suena contra su oído y ella alza la mirada para ver de frente los largos dientes afilados que mastican en su dirección mientras ella tiembla intentando mantener la espada en alto.
Apenas puede procesar la muerte de su padre, cuando su cuerpo se llena de energía maligna. Cuando la botella se quiebra y todo lo que ha venido escondiendo durante tantos años se salpica en su interior y llora mientras tiene la espada en alto entre ella y la maldición que está dispuesta a dejarla hecha un manojo de nada.
La ira, la pérdida, el dolor, el abandono, la violencia.
Kasumi grita y empuja la espada con todas sus fuerzas mientras siente que su alma se rompe en mil pedazos. Mientras siente que explora por dentro. Los sentimientos más oscuros se manifiestan e invaden la hoja de la espada y logra quitarse la maldición de encima.
Lo ve saltar unos pasos hacia atrás, justo frente al cadáver de lo que alguna vez fue su padre.
Ella ve sus propias manos, moviéndose copiosamente, aferradas con fuerza de la empuñadura. Entonces llega a ella una calma extraña, algo que hace que sus manos dejen de tiritar, que su torso se mantenga firme. Kasumi siente con fluidez la energía deslizándose dentro de su cuerpo, desde su pecho, su estómago, hasta la punta de sus dedos.
En este instante de claridad, o de falta total de cordura, Kasumi siente que está lista para morir. Entiende perfectamente la filosofía de Gojou Satoru, esto es ganar o morir.
Kasumi arremete contra su oponente, alza su espada, elude sus ataques. Siente las garras rozarle un brazo, escucha la tela de su chaqueta romperse, oye el filo de su espada chocar contra la coraza de la piel del monstruo oscuro y repentinamente, la katana vuela de entre sus manos.
Con horror, se da cuenta de que, con un simple movimiento, el mismo sudor de sus manos ha hecho que la katana vuele hacia el otro lado del pasillo. Entre ella, y la maldición.
¿Ha perdido? ¿Ha perdido la pelea?
Retrocede lentamente sobre sus pasos. La maldición parece estarse riendo de ella, quizás lo viene haciendo desde el mismo momento en el que pidió su ayuda, quizás esta cosa ha apelado a sus instintos más básicos para atraerla aquí y matarla.
En este momento, no le queda nada más que hacer que echarse a correr y rogar que Nanami esté cerca. Que Gojou haya escuchado su conversación y esté ahora mismo dentro del edificio. Y mientras corre, dándole la espalda a la bestia que gime detrás de ella, se lamenta por haberlo ignorado. Lamenta cada interacción de la que se privó, se lamenta de no haber compartido un poco más con él y una lágrima se desliza por su mejilla.
Kasumi cae al suelo cuando la maldición la toma de una pierna y ella se voltea para enfrentar su muerte. Pero recuerda, como un mantra, las palabras que le profesó a su espada y levanta la mano.
La espada es por Miwa Kasumi, y Miwa Kasumi es por la espada.
Como un vínculo invisible, como si este cabello que unió a su espada se entrelazara entre la empuñadura y la palma de su mano, la espada vibra sobre el suelo y se desliza sobre el aire para volver a ella. Kasumi aprieta su mano sin saber con certeza si esta sensación es real y corta con fuerza sobre el cuello de la maldición.
Aún temblando con la espalda en el suelo, siente el cuerpo monstruoso caer sobre ella, la cabeza rueda junto a la suya y lentamente se desvanece en el aire.
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Deambula por los alrededores, se ajusta las gafas cuando encuentra los cuerpos mutilados de los adolescentes. Llega al piso superior a paso lento y encuentra un cuarto cuerpo, es un adulto. Ijichi camina de cerca. Al llegar, ya no había ninguna presencia maligna dentro del edificio. Ito espera en el auto, aunque ha sido difícil disuadirlo de entrar.
Nanami investiga el edificio en busca de Miwa Kasumi, pero no logra encontrarla por ningún lado. Teme que la maldición se la haya llevado, ya que las probabilidades de que la haya exorcizado son escasas.
Escucha la voz descompuesta de Ijichi detrás de él. No es raro que le siente mal ver tan horrorosa escena. Pero se detiene a su lado cuando él mira con atención el rostro intacto de una de las víctimas de la maldición.
—Él… él es… Isao Miwa.
Luego, busca en su tableta la información que previamente había compartido con Gojou Satoru. Le muestra el pedido de captura que emitió la policía y Nanami lo lee por un momento, luego ve el rostro que yace sobre una piscina de su propia sangre y asiente.
Esto le sienta particularmente mal. La pobre niña probablemente ha visto morir a su padre. Entonces detecta sobre el otro lado del pasillo, los vestigios de una técnica, un rastro apenas visible. Tal vez sea una técnica débil, pero está ahí y tiene la esperanza de que este sea el rastro de Miwa Kasumi.
—Lleva a Ito al colegio y envía el reporte, yo buscaré a Miwa-chan.
Ijichi asiente y sale del edificio abandonado mientras Nanami emprende otro camino. El escaso rastro lo lleva por varias cuadras, al menos diez. Hasta que finalmente se detiene en un corredor entre dos edificios.
Un sonido se oye, pequeño, débil. Nanami lo escucha por un momento y suspira. Camina hasta el pasillo, junto a un poste de luz.
Kasumi está parada junto a la pared, ambas manos en la espalda. El rostro cubierto de cabello celeste cian, su cuerpo se mece ligeramente mientras respira entrecortadame nte. Ella no reconoce su presencia, parece totalme nte ensimismada. Nanami se pare fre nte a ella y solo en este momento ella levanta el mentón y lo mira a los ojos.
Se sonroja cuando siente la mano de este hombre posándose sobre su mejilla y limpia las lágrimas que caen hasta su mentón con el pulgar.
—¿Exorcizaste la maldición tu sola?
Ella asiente rápido, varias veces. Aspira por la nariz y se limpia con la mano cuando Nanami saca un pañuelo de tela de su bolsillo y se lo ofrece. Kasumi lo toma con vergüenza.
—Voy a ensuciarlo… Nanami-sama.
—Quédatelo —le dice y apoya una mano sobre su hombro, y esto resulta ser suficiente para que Kasumi se desarme sobre su regazo.
Nanami la rodea con ambas manos y acaricia su cabello mientras la muchacha llora copiosas lagrimas sobre su camisa.
Gojou termina otra fastidiosa reunión en la que se han replanteado la metodología de estudio y el desempeño de los alumnos ante los más recientes eventos. Satoru sale de allí, recibe un par de golpes de Yaga por insinuar tantas veces la muerte de Gakuganji y se lleva la sorpresa de que Ijichi los espera del otro lado de la puerta.
Le entrega un informe a Utahime y luego mira fijamente a Gojou antes de entregarle una copia.
Ambos leen en silencio. Gojou no tarda mucho en entender el motivo tras la mirada intensa del auxiliar. Isao Miwa ha muerto, Kasumi Miwa ha desaparecido.
Toma su celular de inmediato, no hay mensajes de ella. Sale rápidamente del corredor en el que el resto conversan al respecto y recibe una llamada de Nanami, que atiende inmediatamente.
—¿La encontraste? —pregunta como si escupiera las palabras.
—Sí, está conmigo. Está bien, sólo un poco lastimada. Ella exorcizó la maldición.
—¿Puedo… puedo hablar con ella?
Nanami guarda silencio, mira de reojo a la muchacha que está sentada a unos metros en una banca, esperando por algún vehículo del colegio que venga a recogerlos. Luego suspira y vuelve a dirigirse a Gojou.
—Está un poco conmocionada aún. Lo que tengas que decirle yo puedo transmitírselo.
—No, está bien.
—Satoru… ¿hay algo que te gustaría decirme?
—¿Sobre qué?
—Sobre Miwa Kasumi.
—¿Qué insinúas?
—Creí verla salir del hotel Livemax en el que te hospedaste hace unos días, además has estado disuadiendo a Ito de invitarla a salir. Esto es particularmente extraño en ti, por lo general hubieras hecho lo posible por ayudarlo. No creo que sea una casualidad.
—No sé de qué estás hablando, Nanami.
—Ijichi ya me contó todo, sobre el informe que pediste sobre la familia Miwa. ¿Tienes algo qué ver en todo eso?
—Nanami…
—Satoru, lo que sea que esté sucediendo… Es inapropiado, como mínimo —No hay respuesta del otro lado—. Te aconsejo ponerle un fin de forma inmediata, de lo contrario llevaré mis sospechas a Gakuganji.
—No sucede nada, Nanami. Sólo tenía curiosidad, eso es todo. Deja de preocuparte, sólo son ideas tuyas.
—Eso espero, si vuelvo a notar algo fuera de lo normal… Considérate advertido.
Nanami cuelga el teléfono. Saca una cajetilla de cigarrillos del bolsillo interno de su chaqueta y lo enciende a una distancia prudente de Kasumi. La mira de reojo, aún tiene esa expresión, esa que le es tan familiar, porque él también vivió experiencias similares a su edad.
Luego de terminar su cigarrillo, Nanami se sienta a su lado.
—¿Cómo te sientes, Miwa-chan? En unos minutos pasarán por nosotros.
—Bien… estoy bien.
—Lo que pasó, es lamentable. Pero es algo típico en nuestro oficio… De hecho, es una de las razones por las que decidí abandonar esta práctica y buscarme un trabajo asalariado.
La muchacha lo mira, hay ligera sorpresa en su expresión. Kasumi ve el rostro adusto de aquel hombre, tan fuerte e imponente, y no logra imaginar que pensamientos tan débiles como los suyos puedan ser pensados por alguien como él.
—¿Renunció… a la hechicería?
—Sí. La verdad es que odio este trabajo, todo el tiempo lo detesto. Es una mierda.
Kasumi se sonroja por la elección de palabras de Nanami-sama.
—¿Por qué decidió regresar?
—Por la misma razón por la que tu entraste a ese edificio sin saber si ibas a sobrevivir. Eres una muchacha fuerte, Kasumi-chan. A mí me tomó muchos años comprenderlo, comprender la razón por la que soy un chamán. Tú lo comprendes, ¿verdad?
Desanimada, baja el rostro y vuelve a mirar la punta de sus zapatos. Sin embargo, asiente. Ya lo ha comprendido.
—Pero no salvé a nadie…
—Te salvaste a ti misma. Date por satisfecha, es mucho más de lo que muchos en nuestro lugar hicieron. Lo difícil es seguir viviendo.
—¿Seguir viviendo sabiendo que no salvamos a nadie?
—Seguramente has salvado a más personas de lo que te imaginas. Alguien más hubiera entrado allí para encontrar su muerte, de no ser por ti. No siempre conocerás los rostros de las personas que estás salvando, Miwa-chan.
Vuelve a asentir, ligeramente más animada.
—Debería reprenderte por no seguir mis instrucciones. Pero… dadas las circunstancias, creo que te mereces un pase.
—Gracias, Nanami-sama.
—Kasumi, ¿no? —ella asiente. Desea interrogarla sobre su vínculo con Gojou Satoru, pero no considera que sea el momento apropiado.
—Me gustaría… volver a casa, ¿es eso posible?
—¿Qué hay de tus heridas?
—No son graves… —contesta, escondiendo las heridas cortantes en su brazo bajo la palma de su mano.
—Está bien, te llevaremos a tu casa, Kasumi-chan.
No hace más que dar vueltas por los jardines del colegio, da una vuelta, se detiene, murmura algo, se rasca la cabeza y vuelve a caminar. Mira su celular, evita escribirle temiendo que aún se encuentre con Nanami y teme aún más que el encuentro de Kasumi con Isao se haya debido a su intervención, meses atrás.
El idiota probablemente continuaba detrás de ella y sus hermanos, y se vio envuelto en algo que jamás podría haber imaginado.
Pasa una hora, para cuando mira su celular vibrando, brillando con el nombre de Kasumi. Gojou atiende al instante.
—Kasumi —pronuncia inquieto y no escucha más que silencio del otro lado—. ¿Dónde estás? ¿Estás bien?
—¿Puedes venir por mí? —pronuncia suavemente, escondida a un lado de su edificio de departamentos. No ha entrado desde el momento en el que Nanami e Ijichi la dejaron.
—Sí, dime dónde estás.
—En casa… aún no veo a los niños.
—Llámalos, diles que las cosas se complicaron e iré por ti. Espérame.
—S-sí…
Gojou se marcha sin decir nada, camina a paso rápido hasta la salida mientras pide un táxi y hace una reservación en un hotel alejado. Pero, antes de poder dejar las inmediaciones del Colegio, una voz familiar lo detiene. Gojou se detiene sobre sus pasos y sonríe.
—Sé lo que estás haciendo, ¿sabes? Lo sé todo… demasiado bien.
—¿Ah sí? ¿y qué vas a hacer al respecto?
Mechamaru se deja ver entre los árboles, da un paso hacia adelante y lo enfrenta. Gojou apenas gira el rostro en su dirección con una expresión cínica. Aprieta los puños, haciendo sonar sus nudillos.
—Si le haces daño… Voy a matarte.
—No puedes, nadie puede. Así que te recomiendo no volver a amenazarme, Mechamaru. Porque yo sí puedo matarte.
Se marcha sin más, continúa caminando apresurado mientras lo deja atrás, a él y a sus amenazas vacías. Está casi seguro de que entre las palabras de Nanami y las de Mechamaru, será suficiente para retirarlo del colegio, quizás de forma permanente, pero no le importa. En este momento tiene cosas más importantes en mente.
A una cuadra de distancia de la dirección de la casa de los muchachos Miwa, Gojou se detiene y baja de auto en busca de Kasumi.
No tarda en encontrar su rostro afligido, sentada en los columpios de la misma plaza en la que se besaron en público por primera vez. Gojou se acerca, camina hasta ella y una vez frente a la muchacha extiende su mano. Kasumi mira su cálida sonrisa y por primera vez desde el encuentro con la maldición, sonríe. Kasumi sonríe, se levanta y toma su mano.
Sin decir nada, la lleva al taxi en el que se recuesta contra él y luego a un pequeño hotel a las afueras de Kioto. Gojou no se intimida ni por la mirada del conductor, ni por la expresión incómoda de la recepcionista del hotel. Kasumi camina a su lado sin prestar atención a nadie, absolutamente a nadie.
Y parece que han llegado a la habitación en un parpadeo.
Cuando la puerta se cierra y finalmente están solos, Gojou posa una mano sobre la frente de Kasumi, ella lo mira, apenas sonrojada, a través de sus espesas pestañas negras. Lo observa con atención mientras él analiza su expresión.
—Creí que tenías fiebre —dice al soltarla y luego mira los cortes sobre sus brazos—. Pediré un botequín de primeros auxilios… ¿te duele? —pregunta mientras le ayuda a retirarse la chaqueta.
—Sólo un poco… aunque estoy algo mareada.
—Es normal… Kasumi, mataste una maldición de primer grado. Tienes que estar orgullosa. Debe ser por la influencia de un buen sensei.
Ella recupera la risa por un instante y un recuerdo le nubla la mente. ¿Isao había mencionado un sensei? Se extraña al pensar en ello y Gojou nota inmediatamente la expresión pensativa de la muchacha.
Hace una llamada a la recepción, pide un botiquín y unas vendas extra y cuelga.
Kasumi se ha sentado sobre el sofá sin decir mucho, de hecho, casi no han cruzado palabra desde que volvieron a verse. Él se sienta a su lado y la mira, no puede quitarle los ojos de encima, los seis, de hecho.
—¿Aún estás mareada? ¿Quieres comer? —pregunta y ella niega. Luego recuerda el informe que leyó y que probablemente esta es la primera vez que ve una escena tan grotesca, sobre todo, considerando lo que pasó con Isao.
—Mi padre estaba ahí —comienza ella—. No lo he visto desde… ya ni siquiera recuerdo la última vez que lo vi…
—Él te abandonó, ¿cierto? —De esto tiene más certeza de lo que Kasumi se imagina.
—Sí. Cuando mi madre estaba viva nos abandonó. Él era un hombre… violento. Muy violento. No comprendía que lo que mi madre y yo veíamos era real. Bueno, yo tampoco quería creer que era real… por eso fingía no verlos, para ser… normal… como él quería. Él me odiaba —dice y se le empaña la mirada, pero no ve a Gojou, Kasumi mira algún punto incierto de la habitación—. Él nos terminó odiando a las dos… Obligaba a mi madre a teñir mi cabello, quería que me viera como los demás, no le gustaba cuando le preguntaban por qué mi cabello era… así —se ríe suavemente—. No le importaba que me quemara la piel… cada vez que lo hacía, mi madre me pedía disculpas, y luego le pedía disculpas a él por haberme hecho así. Pero… cuando volví a verlo… No sentí odio —Kasumi levanta la vista y enfrenta su rostro al de Satoru. El escucha con atención, algo en su estómago le duele, le incomoda terriblemente—. No sentí ningún resentimiento cuando volví a verlo, sólo sentí… sorpresa, también un poco de miedo... Pero… cuando lo vi morir… —Kasumi vuelve a quebrarse y se desmorona nuevamente, esta vez sobre el pecho de Gojou y él la envuelve entre sus brazos—. Sólo sentí dolor…
Gojou la escucha llorar, escucha llorar a la muchacha que ha ayudado a despedazar y su pecho se hunde. Apenas puede tocarla mientras la consuela, mientras acaricia su espalda y su cabello mientras ella se dobla sobre su regazo y llora pesadas lágrimas.
—Ey, ey… —dice suavemente cuando percibe bajo sus manos la energía incrementarse. La acaricia y obliga a levantarse. Toma su rostro entre sus manos y ella lo mira, las mejillas húmedas, los ojos rojos—. Tranquila, estás dejando que la energía salga… Respira profundamente. Vamos, tú sabes hacer esto… —le dice en un tono tan suave que se siente como una caricia—. Respira profundamente y contrólalo, no queremos que se forme una maldición aquí mismo, ¿no?
—No… —contesta Kasumi, cerrando los ojos, mientras Gojou limpia las lágrimas en su rostro con ambos pulgares.
Alguien toca a la puerta y Gojou se levanta, recibe el botiquín de primeros auxilios y agradece antes de cerrar la puerta. Lo deja sobre la mesa y la invita a sentarse. Kasumi se pone de pie y toma asiento en una silla junto a él, pero antes de que se disponga a abrir el pequeño maletín, él ya está sacando las vendas y el alcohol.
—Quítate la camisa —le dice en tono que, a diferencia de todos los demás no parece esconder ningún rastro de segundas intenciones.
La duda la abate por un momento, luego sale de aquel estado dubitativo y comienza a desabotonarse la camisa.
Gojou observa atento, cuando la tela cae sobre sus hombros y con ligero esfuerzo Kasumi se la quita, manteniéndola sobre su regazo. Ella no se cubre, a pesar de estar sólo llevar puesto su brasier, uno bastante simple color melocotón. Gojou arrastra una silla a su lado, separa sus largas piernas con Kasumi entre ellas y moja un algodón con alcohol. Pero antes de apoyarlo sobre su piel, se detiene.
—Esto va a arder —le dice antes de tocarla y, cuando lo hace, ella frunce su expresión.
Un poco de antiséptico, y comienza a rodear la herida con una gasa. Kasumi levanta el brazo mientras él lo rodea con la tela y repentinamente se siente incómoda por el silencio que los rodea.
—Satoru… —pronuncia suavemente, le cuesta verlo a los ojos—. Lamento haber ignorado tus mensajes…
—Eso ya no importa… —le responde con una sonrisa—. Pero… ¿acaso terminaste conmigo? —le pregunta ligeramente y baña sus palabras con un dejo de humor.
Este tono tan ajeno, le sorprende a él mismo. Incluso la pregunta que le ha hecho le sorprende. El hecho de terminar implica que algo ha empezado.
—N-no… Yo… necesitaba algo de espacio…
—¿Y ya no lo necesitas?
—No lo sé. Esto… es muy complicado, ¿sabes?
Él asiente, en otro momento hubiera encontrado la forma de convencerla de que no es tan difícil como parece, que él hará las cosas más fáciles, pero no encuentra las palabras. Gojou siente unas palabras colarse sobre su garganta, pero no puede pronunciarlas. Gojou quisiera pedirle disculpas, después de todo, es su culpa que Isao estuviera merodeando a su alrededor, por ende, buscando su propia muerte. Pero no lo dice, Gojou no se atreve a disculparse con ella.
—Puedo llamar un taxi cuando quieras… —contesta finalmente en un tono ligeramente derrotado, sin un ápice de diversión.
—No… Yo quisiera… pasar la noche contigo.
Él termina de envolver la herida en gasas y alza el rostro hacia ella. Kasumi lo observa, no como lo mejor que le ha pasado en la vida, como suele hacer, no como un ser divino. Kasumi lo ve a los ojos con una expresión de derrota y vulnerabilidad que quisiera apaciguar de forma inmediata.
Él, tan derrotado como ella, se inclina y la besa. Kasumi cierra los ojos apenas nota sus intenciones y apoya sus dedos fríos sobre su cuello, apenas rozando su piel con la punta de sus dedos. Gojou la besa suave y tiernamente, como si esta fuera la única manera en la que pudiera pedirle una disculpa por el daño que le ha hecho.
Ella se gira sobre la silla, se inclina para besarlo más, abre la boca, une su lengua a la de él y olvida por un instante todo lo que ha ocurrido este día. Kasumi necesita hundirse en las manos de Gojou Satoru.
Él se quita la venda de los ojos, la mira atentamente, apoya su frente sobre la de ella y desliza su pulgar sobre los labios húmedos de Kasumi.
—Tan linda… —le dice—, siempre eres tan buena y linda.
Kasumi vuelve a buscarlo, insatisfecha por el efímero roce de sus labios. Apoya sus manos sobre las piernas de Satoru y se inclina en su dirección. Y mientras lo besa, siente como él apoya una mano sobre la curva de su cintura, incitándola a levantarse de aquella silla.
Las patas de las sillas rechinan sobre el suelo cuando las empujan. Satoru respira profundamente y se encorva para besarla mientras ella se para de puntas de pie. Toca la piel desnuda de su espalda y la arrastra, lentamente, paso a paso, hacia la cama.
Cuando ella siente sus piernas chocar contra el borde, sus piernas se doblan y se sienta sobre el colchón. Gojou no tarda mucho en ponerse sobre ella, sin descuidar la inquietante necesidad que sus labios tienen de ella, de compartir su saliva y sentir la calidez de su lengua húmeda entrelazarse contra la suya.
Se quita la chaqueta, luego la camisa. La respiración se vuelve más cálida, y cada beso acarrea un ligero gemido.
Besa su mentón, su mandíbula, luego bajo la oreja y terminar repartiendo besos por todo su cuello mientras ella desabrocha los botones de su pantalón.
—Te… te amo… —susurra Kasumi y Gojou se traga sus palabras con un beso hambriento mientras posa sus largas manos sobre la tela de su brasier y aprieta con suavidad.
Repentinamente, Kasumi hace un intento de desarmar la cama. Gojou la ve, con un ojo observa la forma en la que ella tira de los cobertores y la ayuda mientras se sonríe. Ella quiere hacerlo bajo las sábanas.
Se levanta, con las manos apoyadas a los lados del rostro sonrojado de Kasumi. Gojou se da un momento para apreciar las flores rosadas que ha dibujado con sus besos sobre la piel virgen de Miwa. Con cuidado, flexiona los brazos y reparte pequeños besos sobre su escote, sobre la piel que está expuesta bajo su brasier. Siente las manos inexpertas de ella tocando suavemente su cabello blanco, suspirando luego de cada pequeño beso que deja sobre sus senos. Luego se levanta nuevamente y la mira a los ojos.
Hay algo en ella que lo ha despojado completamente del juicio. Pero se siente bien, se siente demasiado bien como para detenerse a pensar en lo que realmente está pasando allí, en esa alejada habitación de hotel.
Mientras sonríe, toma un borde de las sábanas y, mientras ella se acomoda, desabotona sus pantalones. Cuando tira de la tela, la deja solo con unas bragas del mismo color que su brasier.
Siente ganas de quitárselas y degustar los sabores más íntimos de Kasumi Miwa, pero se resiste, esta es la primera vez.
Él mismo se despoja de sus pantalones y ella lo ayuda a cubrirse con las sábanas blancas de esa cama de hotel.
Kasumi toca su piel, explora la textura de su espalda, blanca y suave. La sensación de los músculos contrayéndose cuando se inclina sobre ella y la besa hasta que se queda sin aliento. Siente las manos de él, deslizándose sutilmente por su espalda para desabrochar su brasier y luego los dedos apretándole los senos hasta hacerla gemir dentro de su boca.
—¿Quieres que sea el primero? —pregunta mientras moja su cuello de saliva con la punta de su lengua.
—Sí… —contesta ella, con los dedos perdidos entre las hebras de su cabello.
Satoru se inclina, se levanta un poco sobre las sábanas y observa la figura menuda de la joven que tiene a sus pies. La mira de una forma tan depravada que la hace sonrojar, incluso más de lo que ya se encuentra. Intenta grabar en su mente cada centímetro de la piel impoluta de Kasumi y luego se acerca a su abdomen. Besa suavemente sobre su ombligo y la siente estremecerse. Kasumi tiembla un poco, no tanto como la primera vez que puso una mano sobre ella en el bar karaoke, sin embargo, aún tiembla, pero esto no es miedo, esto es inexperiencia.
Gojou desliza la punta de su nariz sobre su piel y saborea cada milímetro con particular voracidad. Dibuja un sendero entre sus pechos y los aprieta con ambas manos hasta que la escucha gemir su nombre. Rodea con su lengua los pezones, los mordisquea, uno a uno, y mientras más fuerte lo hace, más ella gime. Pero no lo detiene y esto solo sirve para convencerlo de que está bien ir más allá. Kasumi lo desea, lo ha deseado desde tanto tiempo que siente la obligación de darle lo mejor de él.
Con su mano derecha, toca sobre la tela húmeda de su ropa interior. Expande los dedos, toca mientras un sonido ronco sale de su garganta y muere sobre la piel de los pechos de Kasumi.
Ella arquea la espalda al sentirlo, al percibir la punta de los dedos deslizándose por su pierna, desde su rodilla hasta el centro de su intimidad. Y esta nueva sensación, estos dedos ajenos inmiscuyéndose sobre su piel, se siente particularmente agradable. Tan agradable que se muerde los labios sintiéndose sofocada por un súbito calor que hace que le arda la piel, que hace que arda sobre su sexo.
—¿Quieres que te toque otra vez? —le susurra al oído mientras muerde el lóbulo de su oreja.
Una respuesta entrecortada llega a él y se detiene, vuelve a inclinarse sobre ella y la mira a los ojos, con los dedos aún merodeando sobre la tela de su ropa interior.
—Dímelo, lo quiero oír.
—Quiero que me toques, Satoru… —contesta ella en un tono que parece estar rogando y él, como en pocas ocasiones, se siente débil.
Corre la tela y se deja caer sobre el cuello de Kasumi. Toca sus labios, húmedos de deseo por él. Hunde sus dedos y dibuja trazos sobre la piel sensible mientras ella se remueve bajo su cuerpo.
Kasumi escucha los susurros roncos de Satoru sobre el arco de su hombro, la muerde suavemente mientras ella gime sintiendo los dedos metiéndose dentro de ella. Mientras la otra mano le pellizca un pezón.
—Por favor… —dice ella—, por favor… —vuelve a repetir.
—¿Estás lista?
Ella asiente y luego gime cuando la toca en aquel punto exacto que une tantos nervios que la hace gimotear.
Gojou se levanta, detesta este momento porque interrumpe por completo este vaivén de sensaciones. Camina en ropa interior hasta su chaqueta y saca un condón de su bolsillo.
Kasumi lo ve, instintivamente se cubre y él se sonríe. Deja el sobre oscuro pendiendo entre sus dientes y vuelve a inclinarse sobre la cama, esta vez, tomando las muñecas de ella para evitar que continúe ocultándose de él.
Su pecho se mece con fuerza, él mira desvergonzadamente sus senos, admira el tono rosa de sus pezones y luego la mira descaradamente a los ojos. Suelta una mano, toma el condón y se incorpora sobre sus rodillas.
—Te ves tan linda —le dice sin dejar de verla, desde la curva de sus caderas, la menuda cintura y los pechos sonrojados que se balancean bajo su respiración agitada.
Ella traga saliva, se atreve a verlo bajo la escasa luz que se cuela por la ventana. Ya lo había visto, en otras ocasiones. El cuerpo delgado y bien delineado del sensei. Pero este arrebato no dura mucho, Kasumi mira hacia otro rincón y espera como un animal asustado.
Gojou la envuelve con su figura, su amplia espalda la cubre por completo y vuelve a besarla mientras la quita las bragas. Kasumi levanta el trasero para ayudarlo y suspira cuando se da cuenta que está completamente desnuda debajo de él. Pero este pensamiento se borra cuando la piel del pecho de Satoru se pega a la de ella. Sus pechos apretados bajo su pectoral. Sus piernas separadas por las de él, sintiendo sobre su cadera la punzante sensación de su erección aún escondida bajo sus calzoncillos.
Los dedos de ella se hunden bajo su piel, Kasumi gime cada vez más desvergonzadamente. Mientras más la besa, mientras más su lengua juega con la suya, más dispuesta está a recibirlo. Lo siente bajo sus dedos, cuando la toca nuevamente para estar seguro de que está lista. Se sostiene de un codo y libera su erección, rápidamente la cubre con un condón, cuyo sobre abre con los dientes y luego descarta junto a la cama.
—¿Estás lista? —le pregunta—. Voy a meterla.
—S-sí, estoy lista.
Gojou desliza su erección sobre los labios de Kasumi, se humedece ella y la escucha gemir de una forma que lo deja con la boca abierta. La mira, ella cierra los ojos y lo abraza, con una expresión que lo deja sin aliento, sus cejas se doblan hacia arriba, su entrecejo se frunce y ella vuelve a suspirar su nombre cuando él empuja ligeramente en su interior. Una y otra vez, Gojou menea su cadera sobre ella abriéndose paso.
Tal vez, de buenas a primeras, no se sienta muy agradable para ella. Pero para él, a pesar del condón, la sensación es exquisita. Las paredes de su intimidad se abren mezquinamente tras cada empujón, cada vez un centímetro más adentro de ella.
—Tan caliente… —murmura él—. Estás tan mojada, Kasumi…
A ella le gustaría decirle que no diga esas cosas, que la avergüenza demasiado escucharlo decir algo así. Pero lo único que puede hacer en este momento es intentar soportar el tamaño de lo que Gojou empuja en su interior.
—Duele… —dice finalmente en otro gemido.
—Tranquila… haré que se sienta mejor… —Gojou se lleva un par de dedos a la boca y los humedece para volver a tocarla en el sitio más hinchado de su sexo.
Kasumi se sonroja aún más de sólo verlo y luego lo siente, dibujando círculos sobre su clítoris mientras empuja con más rapidez, aún sin haber entrado completamente en su interior.
—Satoru… —gime y se queda boquiabierta al sentir como cada centímetro de Gojou Satoru yace dentro de ella.
—Ahora voy a empezar… —le dice y sin esperar respuesta la embiste suavemente, una y otra vez.
Kasumi escucha los gemidos de Satoru sobre su oído. Las palabras entrecortadas que salen de su garganta cada vez que empuja en su húmedo y apretado interior. No descuida por un minuto el meticuloso trabajo que lleva a cabo sobre su clítoris. No deja de besar su cuello y meter la lengua sobre su boca, mientras un 'mmmm' ronco muere entre sus besos.
Él mira de vez en cuando, se separa de ella y echa un vistazo al espacio en el que sus cuerpos se unen una y otra vez. Mama de sus pechos y muerde, las caderas de Miwa se aflojan, cede y se menea debajo de él.
—Te sientes tan bien, tan apretada…
Los delgados brazos de Kasumi recorren su espalda, lo abraza, aprieta la punta de los dedos en él, las uñas ligeramente clavadas sobre él al tiempo que empuja y susurra su nombre sobre su oído. Kasumi siente el aliento húmedo de Gojou chocar contra su oreja. Lo siente entrar una y otra vez en ella hasta que se acostumbra y se adapta, y ya no duele tanto como hacía un momento atrás.
Repentinamente él se incorpora sobre sus rodillas, llevándose consigo la sábana blanca que los escondía. Satoru le toca las piernas con ambas manos sin dejar de empujar. La mira a los ojos desde donde está, no deja de moverse ni un segundo y la mira a los ojos. Observa su rostro abochornado y luego sale de ella, toma su erección entre las manos y acaricia con ella el clítoris hinchado de Kasumi, la escucha gemir un momento y luego arrastra las rodillas hacia atrás y se inclina entre sus piernas.
—¿Qué… qué haces? —pregunta, aunque no necesita que él le responda ya que sus intenciones se hacen claras cuando siente su aliento acariciar su sexo, tan húmedo y caliente que el aire que sale de su garganta se siente frío y ella se estremece.
—Va a gustarte, Kasumi —dice un segundo antes de sacar la lengua y probar el sabor natural de su excitación.
Él escucha claramente sus gemidos, escucha atento la forma en que suspira y la ve, por el rabillo de ojo, cuando se aferra a las sábanas. Satoru desliza su lengua por todo su sexo, separa los labios, la humedece más y la penetra con dos dedos. Él mismo se siente a punto de reventar cuando ella se estremece y comienza a cerrar las piernas en un pequeño espasmo. Kasumi gime su nombre y cierra los ojos durante su orgasmo para luego caer rendida sobre el colchón.
Su cuerpo, despojado repentinamente de toda su fuerza, se vuelve blando. Tratando de recuperar el aliento, levanta su vista cansada y lo ve. Él vuelve a incorporarse sobre la cama y repentinamente la toma por las piernas y la arrastra hasta él.
—Aún no he terminado contigo —le dice, y vuelve a entrar en una más dispuesta Kasumi. Más mojada, más tierna y sensible.
Ella recibe cada embestida, cada golpe cada vez menos delicado, cada vez más rápido y continúa escuchando las palabras groseras que salen de la garganta del hombre que la está haciendo de él. Luego la voltea, como una muñeca sin voluntad, la pone en cuatro patas y besa con cuidado la piel de su trasero. Le acaricia la espalda, se acomoda y la toma por la cintura.
—¿Lista? —le pregunta mientras se acomoda en su entrada.
—Sí… —suspira Kasumi con el rostro abochornado sobre la almohada.
Descubre que en esta posición lo siente más, como si fuera más grande. Abre la boca, el dolor vuelve repentinamente y mientras se queja escucha los pequeños 'shhh' que salen de los labios de Satoru. Vuelve a meter una mano entre sus piernas y se encorva para complementar su forma mientras estimula su clítoris y la penetra hasta que se acostumbra nuevamente a la sensación. Hasta que puede embestirla con fuerza y solo escuchar los gemidos de placer de la muchacha.
Vuelve a empujarla sobre la cama, levanta una de sus piernas y se la echa al hombro. Esta vez no le advierte lo que hará, simplemente entra en ella y empieza otra vez ese delicioso vaivén bañado del sonido húmedo de sus sexos chocando entre sí.
Se aferra a ella, gruñe, la ve recibirlo con la boca abierta, respirando entrecortadamente, todo su cuerpo sacudiéndose debajo de él.
—Quiero verte acabar otra vez —le dice y toma una de sus manos para dirigirla a su propio clítoris—. Tócate, como lo haces cuando piensas en mí.
A pesar de que le apena profundamente este pedido, Kasumi acepta y desliza sus finos dedos bajo el terrible escrutinio de Satoru. De sólo verla tocándose para él, cree que acabará, pero resiste un poco más, tiene que esperarla.
Mira con atención la forma en la que los dedos se mueven. Así que así es como te gusta, piensa y se muerde los labios.
Kasumi estira la espalda sobre el colchón y gime con fuerza. Satoru suda mientras empuja cada vez más rápido hasta que un quejido pesado abandona su garganta y cae entre las piernas de Kasumi después de empujar un par de veces más. Deseando poder derramarse dentro de ella.
Cuando Gojou cae sobre el pecho de Kasumi, ella aún suelta los últimos gemidos de su segundo orgasmo. La adrenalina la deja, poco a poco, y todo lo que puede sentir es la intensidad de sus palpitaciones, su corazón palpita, su sexo palpita, y el corazón de Gojou palpita con fuerza sobre su pecho.
Unas cuantas horas pasan, cuando Gojou decide detenerse. Kasumi ya ha tenido cuatro o cinco orgasmos, él tres. Ya se ha terminado la primera caja de condones y cuando se lo comenta se lleva la sorpresa de que Kasumi ha traído algunos con ella. Esta noticia lo deja incrédulo, pero le parece terriblemente conveniente y decide no hacer demasiadas preguntas al respecto, ella ya parece avergonzada al compartir estas noticias.
Mientras yacen acostados, habiendo finalizado su faena momentáneamente, Gojou desliza sus dedos sobre los hombros desnudos de Kasumi. Ella descansa, con su rostro sobre su brazo derecho, haciendo dibujo con su dedo índice sobre su pecho, con una ligera sonrisa que lo desarma.
Gojou hace círculos sobre su piel y no dice absolutamente nada, este momento le resulta particularmente… perfecto.
Siente como el arrebatado latido de su corazón se calma, como su cuerpo se aletarga de sueño y de orgasmos pasados y ella repentinamente levanta el mentón para mirarlo.
—Olvidé contarte algo… algo que no estará en los informes…
—No tenemos que hablar de eso ahora —contesta, recordando la razón del llanto de Kasumi, horas atrás.
—No… no es algo malo. Sólo… no sé si pueda, ¿los hechizos si rompen si los cuentas?
—Eso solo pasa con los deseos de cumpleaños —contesta, acariciando la piel desnuda de Kasumi con la palma de su mano—. Eso depende del hechizo, las técnicas malditas se vuelven más efectivas una vez que la revelas a tu enemigo, es un tipo de contrato implícito. Eso lo sabes, ¿de qué tipo de hechicería hablas?
—De otro tipo… como… las escaleras de brujas.
Gojou estira los labios, la verdad es que no está seguro. Piensa por un momento y luego la mira a los ojos.
—No creo que afecte el hechizo, ¿acaso hiciste uno?
—Bueno… sí, en realidad no sabía si lo había logrado… —mientras habla, Kasumi toma una hebra de su cabello y la mano libre de Satoru, la que descansa sobre su ombligo. Él estira los dedos para ella y Miwa envuelve el índice con su cabello—. Momo me dio las instrucciones, además leí un poco sobre como hacerlo… utilicé uno de mis cabellos para hacer un hechizo sobre mi espada. Y funcionó… en algún momento de la pelea, la maldición me la quitó. En ese instante pensé en las palabras de mi hechizo… la verdad no sabía lo que estaba haciendo, lo único que pensé cuando hice el hechizo era en que… si moría, quería hacerlo con mi espada en la palma de mi mano. Y… cuando creí que la maldición iba a matarme… —Kasumi extiende su palma frente a Gojou—, volvió a mí. La katana volvió a mí.
Gojou no puede evitar ver su propio dedo, envuelto en los cabellos azules de Kasumi. Es extraño para él sentirse tan cómodo con esta clase de intimidad. Ella se abre como un libro abierto y comparte con él cosas que probablemente no le dirá a nadie más.
—¿Acaso estás lanzándome una maldición? —pregunta sonriendo, señalándole la punta de la nariz con su dedo enredado.
—Tal vez… —contesta ella y se ríe—. Tal vez, como mi katana, siempre vuelvas a mí.
N/A: Parece que cada vez que digo "este es el capítulo más largo", escribo otro incluso más largo. Me ha tomado mucho trabajo, mucha energía, escribir este capítulo. Soy de esas personas que involuntariamente sienten lo que el personaje siente, cuando los escribo o los leo, así que soy sincera cuando digo que he temblado mucho durante algunas escenas. Quizás suena tonto, pero es la verdad. No creo que se deba a que en mi ciudad estamos con temperaturas bajo cero jajaja En fin… Ha pasado mucho en este capítulo, sé que muchas personas piensan que Gojou no se merece a Kasumi (es la verdad), pero ¿cuántas de nosotras no hemos caído duro por un tipo que no nos merecía? Incluyendo a los hombres. No sé si lo he mencionado en mis notas o si lo he dicho en alguna respuesta a algún comentario, pero he tratado de enfocarme en las partes más humanas de estos personajes, de que como lectores puedan encontrarse a sí mismos en algún párrafo, de pensar "eso me pasó" o "esa soy yo", "así me sentí". Kasumi es uno de los personajes más humanos en ese sentido, en mi opinión, por lo poco que hemos visto de ella. Gojou, en cambio, es mucho más complejo y espero que no se queden con una simple idea de fuckboy, sino algo más intrincado que espero representar bien durante los siguientes capítulos. Perdonen si esta nota ha resultado demasiado larga, pero quería detenerme un momento para tener una conversación con ustedes, los lectores. Espero que hayan disfrutado de este capítulo, que puedan compartir conmigo si les gustó o si no, también, todas las opiniones y críticas son válidas, siempre desde el respeto.
Como siempre, quiero darles las gracias a quienes se quedaron unos minutos después de leer para dejarme un comentario o unas palabras de apoyo. Gracias a Nicole (y gracias también por tus servicios durante esta pandemia, imagino que tu tiempo libre es escaso y por eso te doy las gracias por siempre dejar un comentario), RebecaLH, Moooooon, kykiole25, Princesa Camison, Wandd, Hina D. Hitsumakiha e Ina.
De paso, antes de despedirme, los invito a unirse a una pequeña comunidad que estamos formando en facebook para compartir fanarts del ship, pueden encontrarlo como GojoxMiwa.
¡Nos leemos en el próximo capítulo!
