Capítulo 16: Trauma y amor
Él extiende algo en su dirección, se voltea, sentado sobre las gradas en medio del patio del colegio. Ve la paleta de cereza que le ofrece y se la mete a la boca casi de inmediato. Él siempre le quita el envoltorio antes de ofrecérsela porque sabe que la aceptará, no importa la hora del día, no importa si acaba de comer, él siempre acepta.
Getou siempre sonríe, como si fuera su estado natural. Cada vez que ve una figura de Buda, le recuerda a él.
Está sentado a su lado mientras ven a las muchachas entrenar. Utahime contra Mei Mei, Kasumi contra Shoko.
—Le miraste el culo —dice Gojou con la paleta dentro de la boca.
—No, no lo hice. Tenía un chicle pegado en el pantalón, tu chicle…
—¿Quieres que lo arreglemos afuera?
—Ya estamos afuera, idiota.
Ambos se miran a los ojos, Gojou aprieta los dientes y a Getou se le marca una vena sobre la frente. Repentinamente Satoru pierde su expresión y se sonríe, Suguru hace lo mismo. Ambos ríen hasta que parecen cansarse y continúan allí sentados observando el espectáculo.
Satoru mira la hora en su celular, como siempre hace, y Suguru se inclina estirando el cuello para ver la foto que usa como fondo de pantalla. Una foto de los tres, Kasumi hace un corazón con su índice y su pulgar, Gojou saca la lengua y él los abraza por detrás.
—¿Por qué crees que sueñas este tipo de cosas? —le pregunta él.
—Estás rompiendo la pared… Detente o voy a despertarme.
—Tu inconsciente está tratando de decirte algo, a través de mí. Algo que no quieres enfrentar de forma consciente. Bueno, una parte de ti quiere… que soy yo, la otra, el tú despierto, aún se niega.
—Suguru… ¿no puedes dejarme simplemente… disfrutarlo?
—¿Qué hay aquí para disfrutar? —le pregunta extrañado—. ¿Acaso soy yo? ¿O es ella?
—Si quisiera terapia, la pagaría.
—Deberías incluirlo en tus planes. Después de todo, tu y yo conocemos bastantes chamanes que sufren algún tipo de estés post traumático. Supongo que es difícil abrirse con un psiquiatra cuando la mitad de tu vida es un secreto para el mundo.
—¿Crees que necesito un psiquiatra?
—¿Tú no?
Satoru evita mirarlo. Saborea el dulce entre sus labios y se pregunta cómo es que su cerebro es capaz de hacerle sentir este sabor cuando no es real, como la compañía de él.
—¿Tanto me extrañas que tienes que inventar estos escenarios en tu mente donde yo estoy vivo?
—Guarda silencio… Lo estás arruinando todo.
—Satoru… también te echo de menos.
Los labios de Gojou se aprietan en una línea tensa, no le responde. Se queda completamente callado y continúa observando a Kasumi quien sorprendentemente le sigue muy bien el ritmo a Shoko.
Un tercero llega para ocupar un espacio a la izquierda de Satoru. Se sienta sobre las gradas, unas bancas más abajo y él lo mira por el rabillo del ojo. Trae, como siempre, el rostro cansado, tan machacado que parece un hombre en sus treinta, aunque es más joven que él mismo.
Nanami lo mira desinteresadamente y le hace una pregunta.
—¿Cuánto es veintiocho menos dieciocho?
Fastidiado, aparta la vista y vuelve a la muchacha.
—Diez —responde Getou—, son diez años de diferencia.
—Qué inapropiado —dice Nanami—. Siempre me has parecido un idiota, pero jamás uno tan grande.
—Nanami… ¿quieres meterte en un problema? —interviene Getou mientras que Gojou solo continúa guardando silencio.
—¿Pueden dejarme dormir en paz? —pregunta mientras se levanta de las gradas y se dirige a Kasumi.
—¡Oye! —grita Getou y lo detiene—, ¿no te has preguntado por qué ella usa un uniforme de escuela católica?
Ella voltea y le sonríe en medio del campo. Todo este tiempo ha usado ese uniforme y no se había dado cuenta, demasiado concentrado en esta realidad inventada como para preguntarse por estas pequeñeces. El pecho de Satoru se estremece, Kasumi lleva puesto el uniforme de Riko.
Esto solo sirve para impulsarlo a caminar con más decisión. Llega hasta ella, la toma de la mano y camina en dirección a los árboles, aunque ni siquiera sabe la razón. No sabe por qué se la lleva si ha perdido por completo el control de este sueño, no sabe a dónde la lleva ni con qué fin. Solo sigue el instinto básico de llevársela lo más lejos posible.
—Satoru… —pregunta ella, casi corriendo detrás de sus largas zancadas—. ¿Qué pasa?
—Nada, linda… Nada… Solo vamos a escondernos por un rato. Tal vez meta las manos bajo tu falda, si me dejas.
—Tienes una forma muy particular de lidiar con la culpa.
Gojou vuelve a detenerse sobre sus pasos. Suelta la mano que sostiene, que ya no se siente tan real como hace un momento y se voltea, la observa a través de sus gafas oscuras, traga saliva al ver el uniforme nuevamente y luego se ríe.
—Creo que ya va siendo hora de terminar con esto.
—¿No vas a pedirme disculpas? Después de todo, es solo tu culpa que haya visto morir a mi padre. ¿Por qué no dices la verdad? ¿es porque temes que deje de mirarte como si fueras una estrella de rock? ¿O es porque te importa lo que piense de ti, de verdad? —dice y apoya ambas manos sobre su abdomen—. ¿Es porque me echarás de menos cuando inevitablemente te abandone por el pedazo de mierda que realmente eres? ¿Incapaz de sentir algo por alguien además de deseo y ligero cariño? ¿Tan dañado estás o es que nadie es tan grandioso como tú como para recibir tu afecto? ¿Qué es Gojou Satoru? ¿Qué eso que temes y que añoras tanto al mismo tiempo?
—Basta… —dice retirando las manos de este imaginario de su abdomen.
—¿Es compañía, es amor… o es redención? ¿O es todas esas cosas?
Sobresaltado, abre los ojos. Esta vez le ha costado trabajo terminar con este horrible sueño. Pero, cuando se despierta encuentra con sorpresa a Kasumi con los ojos abiertos, cansados, mirando al techo mientras una lágrima corre por su mejilla.
—Ey… ey… —Dice en un susurro y levanta la mano que la abraza para limpiar las lágrimas—. ¿Sigues pensando en lo que pasó?
Kasumi lo mira y se sonríe como si estuviera apenada, sus ojos rojos, sus pestañas húmedas, le hacen preguntarse por cuánto tiempo ha estado llorando mientras él estaba dormido.
—Son cosas a las que uno tiene que acostumbrarse, ¿no? —pregunta con la voz ligeramente entrecortada—. Si tengo suerte… tendré que acostumbrarme a ver morir a mucha gente. ¿Cómo lo haces tú?... ¿cómo se vive con la culpa de no poder salvar a todo el mundo?
Al escuchar esta pregunta, Satoru recuerda a Suguru, revive por un momento la sensación que lo inundó al ver el cuerpo de Riko, tendido en el suelo, sin haber llegado a encontrarse con Tengen. Luego recuerda, como algo demasiado familiar, como si se apagara por completo. Como si todo lo que sintiera hasta ese momento se hubiera desvanecido, el dolor, la ira, la desesperación, todo volviéndose nada al punto de haber sido capaz de asesinar a decenas de personas si solo Suguru hubiera dado la orden, como si solo necesitara un pequeño empujón para cometer una masacre simplemente porque se había quedado sin sentimientos.
—Simplemente lo haces, Kasumi… No hay una formula para lidiar con esas cosas. Solo te despiertas todos los días y vives con ello.
—¿Encontrar tu propósito te ha ayudado?
—De hecho… sí…
Ambos guardan silencio, no se oye nada en la habitación más que la respiración de los dos. Gojou aprovecha este instante para girarse en dirección a Kasumi sobre el colchón y limpiar la última lágrima que se ha escurrido por su mejilla.
—No entiendo… por qué te entristece la muerte de alguien como tu padre —confiesa en voz baja.
Encuentra sorpresa en la mirada que le dirige. Los ojos azules de Miwa lo observan, abre la boca y parece descartar la primera idea que se le viene a la mente. Se detiene a pensar, intenta contestarse a sí misma esta pregunta antes de decírselo a él.
—Es el único padre que conocí.
—Pero, él te maltrataba.
—A veces es difícil dejar de amar a las personas que nos han lastimado.
Luego de escucharla, se ve reflejado en ella. Escucha nuevamente, en las partes más profundas de su mente, esa conversación que una vez lo partió a la mitad, aquel día que Yaga lo buscó para decirle lo que Suguru había hecho en un pueblo lejano. Aquel momento en el que Shoko lo llamó para darle su ubicación y simplemente no tuvo el valor de terminar con su vida porque aún lo amaba. Porque hasta el día de hoy Gojou Satoru ama a Getou Suguru.
La besa nuevamente, suave y lentamente, muy lentamente.
—Lo siento… —se atreve a decir finalmente, cuando se separa por un instante de sus labios—. Lo siento mucho…
—No es tu culpa…
Su respuesta lo deja frío y, por un efímero instante, piensa en confesar. Piensa en decirle todo lo que ha hecho a sus espaldas; la forma en la que leyó ese informe dentro del fichero de la estudiante modelo, el de la muchacha más débil e inútil del Colegio Metropolitano de Hechicería de Kioto.
Abre la boca, pero las palabras no salen, se quedan amontonadas en su garganta cuando un súbito nudo aprieta y cierra las paredes. El aire queda suspendido dentro de su boca, y no es sino hasta que ella lo besa que olvida la idea. La descarta instantáneamente, no puede confesar algo tan terrible porque teme hacerle más daño del que ya se ha hecho.
Y, mientras la besa nuevamente, en medio de la madrugada, una respuesta inesperada llega a su mente obcecada. Lo que en un principio fue una teoría, una que para él era más una certeza, se dobla y desmorona por completo. Ya que, Kasumi jamás fue un espejismo.
Ante él yace una muchacha que no se corrompe, que, a pesar de los horrores, la soledad y la tristeza, continúa sonriendo. Pero no como él lo hace, Kasumi no busca llenar vacíos constantemente, Kasumi acepta con resignación la tajada que la vida le ha dado.
Lo hace mientras lo acaricia, cuando sus dedos finos se deslizan sobre su piel y lo ve a los ojos, lo hace aun sintiéndose tan triste. Kasumi aún sonríe. Igual que lo hacía él.
Y, a pesar de que nota que se ha marchitado a causa de los más recientes eventos, no encuentra eso que creyó ver en un primer momento. ¿Cómo alguien en su situación puede estar tan cuerdo? ¿Cómo puede ella ser tan normal?
Los chamanes suelen decirlo todo el tiempo, para durar en este oficio tienes que tener un par de tornillos sueltos.
Él sabe que los suyos se han aflojado bastante con los años, con eventos específicos que le han corroído el alma. Él siempre se ha sentido el favorito del universo entero, el elegido, el que no puede ser derrotado.
Pero allí, en la intimidad de esa habitación, se siente una farsa.
Se siente una farsa mientras besa la criatura más pura que ha tenido la mala suerte de meterse en su camino. Que tiene la desdicha de estar acostándose con él. Sin embargo, esta parece ser la única manera que tiene de devolverle algo de lo que le ha quitado.
Satoru se reclina sobre su cuerpo desnudo y vuelve a besar cada tramo de su piel, y ella no opone ninguna resistencia. En cambio, su cuerpo se siente suave y tierno, entregado. Kasumi no desea otra cosa que ser una con él, todo lo que le sea posible.
Eventualmente termina buscando entre las cosas de Kasumi la otra caja de condones y vuelve a hacerlo con ella hasta que sale el sol. La toma en tantas posiciones como se le ocurre y, cada vez que vuelve a sentirla, murmura cosas cada vez más vulgares.
En poco tiempo Miwa entiende que esto le excita, incluso le excita a ella, aunque le avergüenza terriblemente la forma en la que se expresa. Le aturde la forma en la que habla de sus tetas y su trasero, le apena los lugares por los que decide deslizar su lengua y gimotea cada vez que va un poco más lejos. Pero termina accediendo solo por esa forma gutural que tiene para pedirle que se deje llevar.
Cuando la segunda caja de condones se termina, cae rendida sobre la cama para dormir unas pocas horas más. En algún momento, Gojou se levanta y cierra las cortinas, aunque no tiene muchos deseos de volver a dormir y encontrarse nuevamente con su inconsciente.
La observa dormir plácidamente sobre la cama, apenas cubierta por la sábana blanca de esa cama de hotel. Mira de reojo las marcas rosáceas que se esparcen por su piel, esa piel que ya no es virgen, la piel que ahora pertenece a Gojou Satoru, el primer hombre de Miwa Kasumi.
Pero esto no tiene sabor a conquista. Gojou se sienta sobre el sofá, luego de ponerse otra vez sus calzoncillos. Revisa su celular, ignora la mayoría de mensajes y le informa a Yaga que algo importante ha surgido y que se ha marchado de Kioto. Luego se le ocurrirá algo que decirle, alguna mentira sobre el clan Gojou que no tenga manera de corroborar.
Por un momento, medita sobre las amenazas de Mechamaru y Nanami. Lo que acaba de suceder puede terminar costándole más de lo que está dispuesto a arriesgar. Sus grandes planes podrían desmoronarse si deja de ser un sensei, el objetivo sobre el que ha moldeado su vida adulta. El paradigma que anhela cambiar, casi tanto como desea volver a hundirse en la tierna piel de Miwa.
La mira de vez en cuando, pero está tan cansada que está seguro de que continuará durmiendo por un par de horas más. Se rasca la cabeza, se deja caer sobre el sofá y mira el techo mientras medita en lo que se ha metido, qué predicamento ha creado por satisfacer su curiosidad y romper las barreras del aburrimiento.
Unas palabras vuelven a sonar dentro de su mente y rebotan, cada vez pesan más. Él escuchó fuerte y clara su declaración de amor. De hecho, es la primera vez en su vida que alguien se lo dice con tanta sinceridad…
No, él la ha escuchado antes. Una noche en la que él y Suguru se escabulleron en su habitación con una botella de sake. La noche en la que entendió que lo único que no puede hacer es manejar la bebida.
Aquella vez, la curiosidad adolescente los llevó a robarle una botella a Yaga. Podía pagarla, por supuesto, pero no tenía edad para hacerlo. Además, robarla hacía las cosas mucho más entretenidas.
Después del primer vaso no sintió nada más que el ardor de su garganta y una explosión cálida en su abdomen, por lo que tomó otro vaso y después de ese uno más. No fue hasta el cuarto que se dio cuenta que había perdido el control total de sus extremidades y Suguru lo miraba, no como siempre, tranquilo y sonriente, lo miraba como si le costara trabajo. Y al cabo de unas horas de arrastrarse patéticamente por el suelo y reírse de él mismo y de Suguru, lo escuchó decirlo.
—Te amo, maldito idiota. Lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé, yo también me amo.
Al día siguiente le dolía tanto la cabeza que decidió no volver a beber, y Suguru jamás repitió esas palabras en voz alta. Aunque ambos lo sabían, muy a pesar de que Satoru no respondió a su declaración.
Fuera de ello, jamás ha compartido tanto con una mujer como para llegar a estas instancias. Quizás una que otra, pero sus encuentros efímeros, perdidos en una extensa línea de tiempo, no permitieron que se formara algo similar a lo que Miwa siente por él. Tal vez, lo que Miwa siente no es más que una fijación adolescente, una suerte de hormonas y una serie de eventos desafortunados que la han orillado a sentir algo similar al… amor.
Lo que sea que es, Gojou no puede devolverlo, no ahora, cuando las maldiciones están esparciéndose por todo Japón gracias al renacimiento de Ryomen Sukuna. Su papel es demasiado importante como para dejarlo de lado. Una cosa tiene clara, una o dos… La primera es que no puede corresponder a los sentimientos de Miwa, la segunda es que tiene un trabajo importante que hacer en el mundo, de esto último no tiene la más mínima duda, de lo primero… se encargará cuando termine lo segundo.
Por ahora, lo único que puede hacer es hacerla feliz, una y otra vez, todas las veces que ella lo resista, todas las veces que ella lo quiera.
—Condones… —dice y se viste para salir rápidamente del hotel mientras Miwa continúa durmiendo.
Abre los ojos, nublados en un principio. Percibe una figura junto a ella. Parpadea un par de veces y mira en su dirección. Satoru le sonríe, está usando su celular mientras yace sentado en la cama junto a ella. Tiene puestos los pantalones y una camisa arrugada. Se ha puesto la venda otra vez.
—¿Qué tal dormiste? —le pregunta con una sonrisa en el rostro y percibe inmediatamente un ligero rubor sobre sus mejillas.
—Muy bien… —contesta y cuando se levanta del colchón, recuerda que está completamente desnuda. Kasumi se vuelve a hacer contra el colchón, apretando su pecho contra la cama.
—¿Crees que no las he visto ya? Son lindas, tienes la piel muy sensible, aún tienes mis dientes marcados en tu trasero.
Kasumi balbucea, intenta cubrirse con la sábana y se sienta con dificultad a pesar de las descaradas palabras de Satoru.
—Es fácil para ti decirlo, estás vestido…
—¿Quieres que me desnude?
—No es lo que quise decir… —contesta más abochornada y esconde el rostro sobre su pecho.
Satoru deja su celular sobre la mesa de noche junto a la cama y se desabotona nuevamente la camisa. Luego se levanta y lo ve bajarse los pantalones, pero desvía la mirada y sus labios se doblan en una expresión incómoda.
—¡De verdad! ¡No es lo que quise decir!
—¿Te sientes más cómoda ahora? —pregunta completamente desnudo junto a la cama.
Todo Miwa se vuelve rojo escarlata, sus mejillas, su frente, las orejas, el cuello, incluso el pecho. Se gira a su rostro mientras balbucea palabras que no tienen ningún sentido, y en ningún momento logra bajar los ojos a mirar el pene que tiene Satoru colgando entre las piernas.
—No te avergüences, o harás que me de pena —dice mientras sube a gatas sobre la cama.
Intenta besarla, pero ella se aparta de inmediato.
—No me he cepillado los dientes —Se cubre la boca con una mano mientras que con la otra oculta su desnudez.
—Oh… está bien. Puedes ir al baño.
Kasumi asiente y con horror se da cuenta de que su ropa yace tirada a pocos metros. No está tan lejos, pero es un tramo a dar completamente desnuda, fuera de la influencia del éxtasis.
Se voltea cuando se da cuenta que Satoru está pensando lo mismo que ella, lo ve reclinarse sobre la cama, completamente desnudo. Descansa la cabeza sobre ambas manos y arquea los labios en un gesto divertido, uno que casi está diciéndole "adelante, ve por tus cosas".
—¿No ibas al baño? —le pregunta, interrumpiendo la silenciosa meditación de Kasumi—. Vamos, no voy a mirar.
De esto no tiene certeza alguna, con Gojou usando la venda, o incluso sin ella y con los ojos cerrados, tendría la sensación de estar siendo observada desde todos los ángulos posibles. Sin embargo, se arma de valor. Es una estupidez estarse preocupando por este tipo de cosas cuando hace pocas horas se doblaba en ángulos pavorosamente reveladores.
Se levanta, dejando la sábana sobre la desordenada cama y recoge, mientras camina de puntillas, la ropa que Gojou le ayudó a quitarse durante la noche. Luego camina rápido, extremadamente consciente de su trasero.
Cuando cierra la puerta se da cuenta de lo mucho que le ha acelerado el ritmo cardiaco esa pequeña caminata. Después se mira al espejo, uno amplio que se extiende por toda la pared. Se encuentra cubierta de sus besos, Satoru no mentía, su piel es sumamente sensible.
Kasumi se viste su uniforme, el mismo que llevaba puesto cuando salió de compras con sus hermanos. Extrañamente, no siente tanta culpa por haberlos dejado plantados. Se cepilla los dientes y luego sale, lo primero que hace es buscar su móvil y se encuentra con varias llamadas perdidas. Esto sirve como recordatorio, como un vívido dejavú de lo que pasó aquella vez en Oita, cuando durmió con Gojou por primera vez.
Por primera vez se da cuenta, como un extraño momento de lucidez, parece que cada vez que algo malo pasa, él está listo para recibirla con los brazos abiertos. O quizás es ella, quien corre a él cuando las cosas se desmoronan.
Gojou espera pacientemente, ligeramente decepcionado por ver a Miwa nuevamente vestida. La ve mirar la pantalla de su celular con un gesto agobiado, desliza su dedo sobre el aparato móvil y aprieta los labios. La ve marcar y ponerse el teléfono sobre el oído y, después de una corta llamada a Kano, termina colgando y alza el rostro hacia él.
Le causa gracia la forma en la que automáticamente se abochorna, como si se hubiera percatado solo en este instante de su desnudez.
—¿Todo bien en casa?
Ella asiente.
—S-Sí… pero… —Kasumi no parece capaz de seguir pronunciando lo que está pensando, y no es sino hasta este momento que Gojou siente que debería estar vestido para tener esta conversación.
—¿Qué pasa? —dice, poniéndose de pie para vestirse, a sabiendas de que en algún momento volverá a quitarse todo.
—Tengo que decirle a Kano… tengo que contarle que nuestro padre… murió.
—¿Es absolutamente necesario?
Kasumi vuelve a verlo con sorpresa, como si no pudiera creerlo capaz de vociferar tan terribles pensamientos.
—¿Dije algo malo?
—Es nuestro padre, por supuesto que él tiene que saberlo.
—Bueno… Kano no parece el tipo de persona que podría verse afectado por algo así…
—¿Por qué piensas eso?
—No lo sé —contesta y se encoge de hombros—, sólo es una suposición.
—De todas formas, tengo que decírselo. Sochi es otra historia…
—Él ni siquiera lo conoció.
En este momento, Kasumi se extraña. Su expresión hace poco por ocultar este pensamiento y lo vocifera casi de inmediato.
—¿Cómo lo sabes?
—¿Qué cosa?
—Que Sochi no conoció a su padre.
Presa de su propia estupidez, Satoru se congela. Pero, al cabo de pocos segundos recupera la sonrisa y se apresura por sonar convincente.
—¿No me lo habías mencionado? Creí que me lo habías dicho, ¿me equivoqué?
—N-No… Sochi no lo conoció como nosotros, de hecho, él nos dejó poco después de que Sochi naciera.
Repentinamente, Gojou entrelaza sus manos bajo el busto de Miwa y se encorva hasta dejar su mentón apoyado sobre la curva del hombro de ella. Kasumi abre los ojos agigantados y contiene la respiración. Gojou mira de reojo sus mensajes, el más interesante parece ser el de Mechamaru.
'¿Cómo te encuentras?'
El muchacho es sumamente escueto. Kasumi jamás sabrá lo que él siente por ella si continúa abordándola de esta forma. Luego de su última conversación con él, no le cabe la menor duda. Mechamaru está enamorado de Miwa, pero Miwa lo ama a él… Y él, por su parte… preferiría no tener que pensárselo.
—Utahime está preocupada —dice Gojou, mientras desliza su dedo sobre sus mensajes.
'Miwa, tomate unos días más. Si necesitas algo, llámame.'
—Lo sé… debería llamarla…
—Yo creo que deberíamos aprovechar mejor el tiempo —dice y sube las manos hasta sus pechos y los aprieta suavemente.
Se sonríe, Miwa deja un ligero gemido bañado de olor a pasta dental y él se sonríe junto a su oído. No hay resistencia alguna, todos sus músculos están blandos y cansados.
—P-Pero… no es para esto que me ha dado los días libres…
—¿Ah no? ¿No es para que te sientas mejor? Yo puedo hacerte sentir mejor… ¿no quieres?
—No es… no es que no quiera…
—Deja de pensarlo tanto, anoche no lo dudaste… —dice suavemente mientras besa nuevamente su cuello, lleno de las marcas de la noche anterior.
—Pero… no tenemos más condones.
—Compre una caja hace un rato. Tranquila, voy a cuidarte.
Kasumi decide no preguntar, ya que es obvio que él ha estado despierto durante más horas que ella. Cae nuevamente, rendida ante sus palabras. Satoru vuelve a besarla, una y otra vez. Se pierde sobre su piel y la toca en las áreas más sensibles de su cuerpo, sobre estimuladas por sus propias manos.
Lo hacen sobre el sofá, contra la pared, parados en medio de la habitación, sobre la mesa en la habitación contigua. Lo hacen tantas veces que pierde la cuenta que llevaba de acuerdo a los condones que descartan. Kasumi ya no sabe de horas, no ve la luz del día a través de las cortinas y ni siquiera se detienen a comer. Satoru la embiste una y otra vez, hasta que le tiemblan las manos y las rodillas y termina drenada completamente de energía y de pensamientos. En algún punto, no le queda más nada que la cálida sensación de su compañía.
La idea de borrar su pecado a través del placer se siente como una burda excusa, luego de unas cuantas horas. Esta parafernalia de sexo no sólo tiene como objetivo hacer a Kasumi sentirse bien, debajo de la idea, hay otra razón subyacente que se niega a aceptar. Gojou no está listo para entender que se siente bien ser amado.
Las manos que lo tocan no sólo tocan la piel de un chamán que es más bien el elegido del universo. Las manos de Miwa tocan al hombre, a lo que queda de Satoru si le arrebataran el poder, el apellido y la apariencia. Y esta idea es demasiado complicada para él como para analizarla, es mejor hundirse en ella, escuchar sus ruegos tímidos sobre su oído y complacerla tantas veces como le es humanamente posible. Porque, a pesar de todo, Gojou sigue siendo un ser humano.
Cuando su estómago ruge, se levanta de la cama y pide un largo menú luego de preguntarle a Miwa qué desea comer. Ella sólo responde con un tímido 'lo que tú quieras.'
Luego se levantan de la cama y él le ofrece una bata, de esas que tienen colgadas en el baño y se la alcanza sobre la cama, para ahorrarle una penosa caminata ocultando sus pechos y su trasero con ambas manos.
—¿Compraste dulces? —le pregunta al ver una bolsa blanca esperando sobre el sofá.
—Sí, unas paletas también. Sírvete.
Ella extiende su mano hacia la pequeña bolsa y toma una paleta de cereza, la saca de su envoltorio y cuando está a punto de metérsela a la boca, se detiene.
Como una cascada fría, Satoru siente extrañamente su cuerpo helarse. Kasumi decide extendérsela a él, se la ofrece y le sonríe. Pero él no puede contestar. Por un momento permanece estático reviviendo algún momento lejano, cuando Suguru tenía estos mismos gestos que ella.
En este punto, es imposible para él entender que este gesto no hay más que cariño. Ella no es una copia de lo que fue Suguru en el pasado, sino más bien comparten un sentimiento similar hacia él.
Satoru toma la paleta después de salir de su ensimismamiento y se la mete a la boca sin compartir con ella lo que pasa por su mente. Sólo hay en su rostro una sonrisa bañada de nostalgia, nostalgia que Kasumi no tiene manera de percibir. Kasumi desconoce el sentimiento de pérdida que hasta el día de hoy embarga a Satoru cada vez que recuerda a su mejor amigo, a su único amigo.
—Debería marcharme —dice ella, mientras toma otra paleta y la saca de su envoltorio.
—¿Tan pronto? —pregunta él sin meditar en absoluto sobre sus palabras.
Esta pregunta parece inflarle el pecho a Kasumi. No por la idea de seguir envolviéndose con él en las faenas de la noche anterior, sino más bien por el deseo que él parece tener de seguir a su lado, así sea por un par de horas más.
—Tal vez pueda quedarme un poco más… —contesta, tratando de no sonreír tan ampliamente.
Ninguno de los dos se detiene a hacer alguna apreciación sobre la aparente luna de miel en la que se han perdido durante más de doce horas. Comen, conversan sobre trivialidades de la vida escolar de Miwa, Gojou comparte con ella algunas experiencias sobre sus alumnos y evita mencionar demasiado al joven Ito Noboyuki, por obvias razones.
—¿Qué hay de tus padres? —pregunta Miwa mientras come un trozo de carne asada.
—¿Qué hay con ellos? —contesta él con poco interés.
La forma que tiene él de responder a su pregunta no parece ser evasiva, sino más bien apatía.
—Bueno… creo que hemos conversado bastante sobre mi familia, mis padres… mis hermanos… Pero, ¿qué hay de ti?... Sé que eres la cabeza del clan Gojou, pero no sé nada sobre el resto del clan…
—No hay mucho qué decir sobre el resto del clan, no hay hechiceros demasiado fuertes en él y como soy la cabeza del clan he decidido hacer las cosas de manera diferente al resto de los clanes… El clan Zen'in, el clan Kamo… están repletos de viejos con la mente podrida de tradiciones absurdas, completamente obsoletas. Tienen chamanes trabajando para ellos, haciendo el trabajo sucio. Gente dispuesta a bajar la cabeza con tal de seguir perteneciendo al clan. El clan Gojou en cambio… bueno, yo soy el Clan Gojou.
—¿Tus padres no son hechiceros poderosos?
—No es que no lo sean, pero no se comparan conmigo. Y como el clan se regía hasta el momento por viejas tradiciones, igual que el resto, me criaron para ser el líder y nada más. Considerando las técnicas que heredé, mi único fin es ser la cabeza del clan.
—¿Y no piensas en… tener un heredero?
A Kasumi le cuesta mucho trabajo hacer esta pregunta, pero él no parece perturbado en lo más mínimo. Los arcos de su sonrisa se elevan y él se ríe ligeramente.
—¿Sabías que Kamo Nitorishi es el hijo ilegítimo de una de las amantes del actual líder del clan? —ella asiente—. Los líderes están tan intoxicados con la idea de heredarle sus técnicas a sus hijos que están dispuestos a tener varias amantes, por supuesto, eligen a la más apta para darle a sus hijos legítimos, alguna mujer de buen apellido con alguna técnica interesante… pero la genética es caprichosa y muchas veces esos hijos no nacen como ellos esperan. Ahí es donde los hijos de las amantes entran en consideración, y los hijos, legítimos e ilegítimos son capaces de matarse entre ellos con tal de estar un paso más arriba. Es tan patético… No quiero ser parte de algo así, no es mi objetivo.
—¿El resto del clan está de acuerdo?
—Por supuesto que no, es una conversación recurrente cada vez que voy al templo de la familia Gojou. Pero no pueden hacer nada al respecto, ¿o sí?
Mientras Satoru se sonríe mientras describe esta serie de eventos horripilantes, Kasumi recuerda a Mai y a Maki Zen'in. La frialdad con la que fueron criadas debe ser escalofriantemente similar a la crianza de Gojou, pero él no parece ligeramente afectado por ello.
—Claro… —contesta ella—. Es extraño pensar que tengo suerte… Es decir, sé que mi padre no fue el mejor, pero mi mamá y mis hermanos… No sé qué sería de mí si no los hubiera tenido. Es agradable tener una familia.
La sonrisa de Gojou desaparece por un momento, no sólo por el hecho de ser el culpable de la muerte de Isao, sino por la idea de lo que significa una familia para sí mismo.
Hace mucho tiempo no se detiene a pensar tantas veces en Suguru, lo que él considera ha sido su única familia. Estar cerca de ella le hace pensar en él, una y otra vez, y esto ya no sé limita solamente a sus sueños. ¿Por qué es que lo recuerda justo ahora? Lo ignora y trata de removerlo de su mente.
—¿Quieres pedir algo más? Voy a pedir helado.
—Un helado de vainilla estaría bien.
Aún siente el sabor del chocolate y sus labios ligeramente entumecidos por el frío cuando vuelve a arrastrarla sobre la cama. Satoru sabe con certeza que jamás se ha acostado tantas veces con una misma mujer un mismo día. Y sabe con mucha más certeza, que ella tampoco con ningún otro hombre.
A pesar del dolor que acarrea sobre la cadera, no tiene la fuerza para pedirle que se detenga. No hay más voluntad en ella que la de ser una con él, Miwa sólo desea sentir las grandes manos de Satoru recorrer su cuerpo con un hambre descomunal, como si esto fuera la declaración de amor que no le profesó durante su primer encuentro. Porque quizás entiende que esto es todo lo que puede tener de alguien como Satoru Gojou.
La intimidad, que realmente no es tan íntima como ella esperaba, es lo único a lo que aspira. La constante e irrefrenable unión de sus cuerpos, el húmedo vaivén de las caderas, los dedos marcados, los dientes tirando suavemente de la piel sensible. Kasumi aprende con la tenacidad de una estudiante modelo, a moverse acompañando el movimiento que Satoru marca, la forma en la que le gusta ser besado, ser tocado. Ella desea conocer todo lo que él le permita.
Ignorando ambos celulares hasta el día siguiente, cuando el sábado por la tarde ambos continúan tirando hasta que la piel les arde, hasta que finalmente Kasumi se rinde y cierra las piernas con la pena de alguien que se siente promiscua. Se retira la venda que Satoru ha puesto sobre sus ojos y lo ve, tirado sobre el colchón, recuperando la respiración.
Él cierra los ojos, Kasumi sabe que no ha dormido casi nada. Cada vez que ella se despierta luego de caer agotada tras otro orgasmo, lo encuentra despierto, comiendo los dulces que ha comprado y tomando un té con demasiados cubos de azúcar.
Era cierto eso de que dormía poco.
Y cada vez que hace el amague de vestirse para volver a casa, él la abraza y le pregunta si ya ha tenido suficiente de él. La respuesta nunca llega a sus oídos como palabras, ya que Kasumi es incapaz de confesar que jamás podría cansarse de él, tal vez su cuerpo sí, de eso se ha dado cuenta, pero aún totalmente agotada es capaz de volver a recibirlo, una y otra vez.
Esta vez, cuando deja la venda de Satoru sobre la mesa junto a la cama, se levanta con dirección al baño. Tiene el cabello completamente enredado y se siente tan pegajosa que le avergüenza. Camina con piernas temblorosas alrededor de la cama y él se vuelve a levantar. ¿Es que acaso este hombre no tiene límites?
—¿Vamos a darnos un baño?
Es fascinante, aún después de dos días de sexo, de verse desnudos durante horas y de haber recorrido mutuamente los sitios más íntimos del otro, Kasumi sigue sonrojándose frente a sus avances. Pero, luego de luchar contra sí misma en sus pensamientos, ella asiente con la boca bien apretada.
Él se levanta y la acompaña, toma un par de toallas limpias y camina detrás de ella. Kasumi no ha dejado de ser extremadamente consciente de su propia desnudez en todo este tiempo. Y deambula con la espalda rígida y los hombros contraídos.
Al llegar al baño él llena la tina y espera sentado sobre el acrílico blanco. Ella se mira al espejo, aún envuelta en una bata que no esconde muy bien su escote, y cuando se reclina sobre el lavabo Satoru levanta sus dedos para remover la cinta que tiene ceñida sobre la cintura, desarmando el nudo que la mantiene cerrada.
Se levanta y desliza sus largos dedos sobre su pecho y los arrastra sobre sus hombros para quitarle nuevamente la bata. Kasumi lo ve a través del espejo, traga y espera mientras él la desviste. Cuando la bata cae al suelo ella suspira y siente los dedos de Gojou bajar por la curva de su cintura y envolverse en ella hasta acunar sus pechos. Gime suavemente cuando pellizca sus pezones y besa su cuello.
—¿Aún no te acostumbras a estar desnuda frente a mí? —le susurra al oído entre besos castos—. No tienes nada de qué preocuparte… me gusta mucho tu cuerpo, ¿no lo has notado?
—La tina… está llena… —ella suspira sus palabras y gira su rostro lo suficiente como para ver su perfil inclinado sobre la curva de su hombro.
Las manos se retiran, pero no por completo; aún la sostiene por la cintura y luego de girarse, la atrae consigo.
Mete un pie, luego el otro y se sienta con las piernas abiertas y una sonrisa ancha en el rostro. Después levanta una mano y la invita a acompañarlo. Kasumi lo imita, primero un pie y luego el otro. Las manos de Satoru la toman por las caderas y ella se sienta frente a él, hundida entre sus piernas.
La sensación cálida del agua es agradable, aunque más agradable aún es la forma en la que él desliza un jabón sobre su espalda, sus hombros y luego sus brazos. Kasumi suspira, así se siente ser completamente feliz.
Él es particularmente minucioso en su tarea, cubre cada rincón y luego frota hasta que la blanca espalda de Miwa se llena de burbujas, hasta que no puede ver las marcas de sus besos, manos y dientes. Después hace lo mismo sobre su pecho, con más cuidado ya que sus pezones han recibido suficiente castigo para un mes entero. La llena de agua hasta dejarla oliendo a jazmines y la invita a recostarse sobre su amplio pecho por un momento.
Kasumi cae sobre él, esbozando una sonrisa que él no puede ver. Está tan tranquila, tan cansada y satisfecha que podría quedarse dormida allí mismo. Pero no hay manera de permitirse perderse de esta agradable sensación, la de estar en los brazos del hombre más fuerte del mundo.
Así debe sentirse ser protegida, piensa ella.
Gojou huele el perfume que se desprende de su piel limpia, apoya ambas manos sobre los lados de la tina y no dice absolutamente nada. Deja caer el cuello sobre el borde y cierra los ojos. No es ningún sacrificio complacer a Kasumi-chan, de hecho, le gustaría volver a tener la oportunidad de hacerlo.
Los planes que había hecho durante la mañana, cuando la sensación desbordante de sus orgasmos se había esfumado, comienza a desmoronarse en su mente sin siquiera darse cuenta.
Quizás así es como viven los hombres normales.
Pero él no es el caso, Satoru no es cualquier hombre. Se conoce demasiado bien como para no suponer que eventualmente se aburrirá de ella, como se aburre de todas las cosas. Sabe que no está hecho para compromisos duraderos, que siempre rompe sus promesas y que hay cosas que están incluso fuera de su alcance, cosas que no puede darle a alguien como ella.
—Estoy empezando a arrugarme —la escucha decirle después de unos minutos.
—Déjame lavar tu cabello antes de salir.
De la misma forma que limpió su espalda, masajea su cabello con shampoo y luego la ve alzar el mentón para escurrirlo con agua. Para cuando salen de la tina, todo Miwa huele bien, cada corrupto rincón de su cuerpo huele bien.
Se envuelve en la bata que él le sacó y se detiene frente al espejo para peinarse y secarse el cabello. Satoru se cepilla los dientes a su lado y la ve de reojo, sonriéndole de vez en cuando.
Esta sensación de cotidianidad es nueva, es similar a la que sintió cuando cenó con ella y sus hermanos. Hay calidez en el aire y él reconoce… es intoxicante. ¿Realmente podría cansarse de sentirse así?
—Es tarde… creo que debería volver a casa.
—Es de noche, aún no hemos cenado. Deberías irte por la mañana —responde Satoru mirándose a sí mismo en el espejo mientras termina de cepillarse los dientes.
Ella asiente, el pecho se infama de calor y sonríe de sólo pensar que lo que él realmente quiere es… permanecer a su lado. Gojou en cambio, no medita demasiado sobre lo que dice. Sabe que la casilla de mensajes de su celular esta llena, y ha mirado de vez en cuando, en los esporádicos momentos en los que no está sobre ella, para cerciorarse de que nada demasiado malo esté pasando.
Cenar con Kasumi, ver como su expresión se vuelve infantil cuando prueba algo que sabe bien, como sus mejillas se enrojecen y cierra los ojos para sentir profundamente la textura de la comida. Escucharla tararear una que otra canción de los comerciales más pegadizos que suenan por los parlantes de la TV que permanece encendida, aprovechar los momentos de calma entre sesiones de sexo para mostrarle sus canciones favoritas o videos graciosos en su celular, son cosas él que descubre… son inquietantemente agradables, algo a lo que podría llegar a acostumbrarse. Algo que probablemente echará de menos y recordará eventualmente con añoranza.
El domingo por la noche, Kasumi duerme prendida de su pecho, feliz y cansada. Y él, que ha dormido sólo tres horas, termina cerrando los ojos a sabiendas de lo que le espera del otro lado.
Cuando abre los ojos lo encuentra otra vez. Lo mira atentamente, su rostro igual al de hace diez años. La misma sonrisa de hace diez años atrás.
Al principio, como todo sueño, no sabe que está durmiendo. Toma un plato de arroz que alguien le alcanza y se sirve una abundante porción, luego estira su brazo sobre la mesa y Kugisaki se apresura y toma la salsa de soja. Gojou ve como le saca la lengua y Maki, a su lado, se ríe suave y disimuladamente. A su izquierda se extiende otro plato, Kasumi le sonríe y le extiende los camarones asados y él desiste de la pelea que planeaba comenzar.
Nanami, Yu, Ijichi, Utahime… Yuuji, Megumi, Panda, Inumaki, Yuta. La mesa es larga, tan larga y ancha que todos tienen un espacio para compartir la comida.
—Sochi, come más despacio —dice Kasumi a su hermano menor mientras le otro hermano da vuelta los trozos de carne sobre el asador.
Gojou usa sus palillos para tomar el trozo más grande antes de que Kano lo pinche con los suyos.
—¡Yo lo vi primero!
—¡Toma otro! ¡Ese es mío!
—¿Quieres dejar de pelear con el niño, Satoru? —dice Suguru en un tono cansado.
—¿No estás algo grande para estas cosas? —continúa Maki.
—¡Satoru! ¡Deja al muchacho comer en paz! —resuena la voz de Yaga en la punta de la mesa y él levanta sus palillos del trozo de carne.
Aborrece la expresión de victoria de Kano, le sonríe y se mete la carne a la boca y él se promete mentalmente cobrárselas de alguna forma, eventualmente.
Suguru le sirve otro pedazo de carne asada sin decir mucho, Kasumi le alcanza un cuenco con sopa miso. Suguru le sirve un vaso de agua.
Mira el plato lleno frente a él y sonríe. Con una mano toca las piernas suaves de Miwa por debajo de la mesa, lejos de la vista de todos y ella se sonroja, pero no dice nada. Sus músculos apenas se contraen, pero disimuladamente entrelaza sus dedos frágiles sobre su mano y le sonríe.
—Se siente bien, ¿cierto?
Satoru comprende luego de escucharlo, que nuevamente está soñando. Las risas y conversaciones sobre la mesa se vuelven ajenas, se escuchan cada vez más distantes y lo único que puede escuchar ahora es la suave voz de Suguru. La sonrisa de Gojou se deshace.
—¿Por qué haces esto? —le pregunta con genuina curiosidad—. ¿Es una forma de tortura?
—¿Tortura? ¿Qué acaso no estabas feliz hace un momento? Esto es lo que quieres, ¿no? Te encanta estar rodeado de personas, esto es lo que siempre buscas, ¿o no?
Satoru medita sobre sus palabras.
—Esto no es real —contesta, soltando la mano de Kasumi para apoyar ambas manos sobre la mesa.
—¿Por qué tendría que serlo? ¿Quieres seguir soñando con maldiciones?
—Quiero que dejes de perseguirme.
—¿Yo? Yo ya estoy muerto, Satoru. Yu también lo está. Los muertos no persiguen. ¿Cómo es que eres tan inteligente y al mismo tiempo tan estúpido? Tienes tanta hambre, Satoru… tanta necesidad de afecto y al mismo tiempo tanto miedo que siento pena por ti. Lo entiendo, ¿sabes? Después de todo… el número uno… es el número más solitario de todos.
—No estoy solo.
—Satoru, tu puedes estar rodeado de gente y al mismo tiempo estar completamente solo. Hace mucho tiempo… estás completamente solo.
—No lo estoy…
—Tal vez, pero eventualmente… morirás completamente solo.
—Guarda silencio —se exaspera, la sonrisa se vuelve cínica y se voltea al escuchar su nombre.
—Satoru… —murmura Miwa y al voltearse la ve tocar sobre su frente.
Bajo los mechones de cabello color cian, una gota borgoña recorre su mejilla. Ella mira su palma bañada de sangre y lo ve a los ojos sin entender lo que le ha pasado. Una herida que va de lado a lado de su cráneo. Satoru la sostiene antes de caer desplomada sobre el suelo.
Kasumi está muerta cuando Gojou la toma entre sus brazos. Kasumi tiene la misma herida mortal que Riko. Gojou sostiene el cuerpo inerte, las gafas caen de su rostro y él abre la boca, los ojos desencajados, la piel helada.
—¿Es por eso que tienes tanto miedo? —dice Suguru en un susurro a sus espaldas.
Abre los ojos, bañado de sudor. La luz de la mañana se cuela a través de las cortinas y Satoru se voltea inmediatamente a Kasumi que yace aún dormida a su lado. Levanta un mechón de cabello y no encuentra nada más que la piel blanca de su rostro, no hay nada. Suspira, se deja caer sobre la cama y la observa.
Kasumi remueve tantas cosas dentro de él que repentinamente desea correr. Satoru siente dentro de él como las ansias de escapar lo consumen cuando un lazo imaginario lo ata contra ella. Mientras más tiempo pasa a su lado, más pesa, más asfixia, más quema.
Se levanta de la cama, se viste nuevamente el uniforme que usa regularmente en sus actividades como sensei y se prepara un té mientras espera que ella se despierte. Se coloca la venda sobre los ojos y luego de endulzar hasta el hartazgo su infusión, se sienta el sofá.
Tal vez, cuando deje de verla… deje de soñar.
Satoru se convence de ello, y le ayuda a nuevamente recobrar las fuerzas que necesita para poner distancia. Levanta los pedazos desmoronados de sus planes y la idea se consolida en su mente, una vez más.
Cuando Kasumi despierta, un desayuno completo la espera. Satoru está sentado, ya ha empezado a comer y la ve con una sonrisa en el rostro. La misma sonrisa amable de siempre.
Él espera mientras ella se viste, se peina, cepilla sus dientes y sale para sentarse frente a él para comer, desconociendo por completo los más profundos sentimientos que sobrepasan a Satoru. Y él, no deja ver absolutamente nada a través de su expresión. Se ha convertido en un maestro en este arte performativo.
Kasumi da lentos sorbos a su té. Sabe que hasta aquí ha llegado su escapada, si no es que Gojou le repite que se quede con él un poco más y sea tan débil como para quedarse allí. No sabe por qué, pero no se siente muy feliz. Quizás se deba a que su luna de miel ha terminado y tenga que regresar al grotesco mundo de la hechicería. Quizás se deba a que tendrá que continuar mintiendo para justificar su ausencia. O porque salir de esta habitación implica pensar nuevamente en todos los eventos previos a su llegada al hotel. Kasumi no sabe por qué siente un sabor amargo sobre la boca, cuando está comiendo un plato dulce y bebe un té de canela.
—Es hora de irnos… —dice Gojou en un tono inusual mientras ve la pantalla de su celular a un lado de la mesa.
Ella asiente, probablemente Gojou haya ignorado mucho trabajo para costearse este fin de semana. Lo cual es más de lo que ella hubiera sido capaz de pedir.
Salen del hotel, Gojou paga por su estadía con una tarjeta negra y en plena luz del día, la acompaña hasta un taxi. Abre la puerta para ella y parece estar a punto de decirle algo antes de despedirse.
Kasumi permanece parada, entre él y el taxi. Espera por aquello que él intenta decir, pero luego lo ve sacudir ligeramente el rosto, como si estuviera sacando de su mente algún pensamiento intruso.
—No es nada. Cuídate, Kasumi-chan —dice y se inclina para darle un último beso sobre los labios.
Este beso, tan suave, tierno, ligero, pierde contacto con sus labios al cabo de pocos segundos y la deja ligeramente aturdida. Ya la había besado una vez en plena luz del día, pero no en un sitio lleno de personas, a la vista de todo el mundo. Y esta aparente falta de inhibición se siente extraña, se siente a despedida.
Kasumi silencia las voces de su mente y se dice a sí misma que sólo es ella. Que sólo es el miedo de perderlo el que le hace sentir de esta manera.
—Tú también, Satoru-san.
Le sonríe por última vez y se sube al taxi, tomando rumbo a su hogar.
N/A: Originalmente este capítulo no sólo iba a ser sobre Kasumi y Satoru, sino que otras cosas más iban a pasar, pero decidí dejar el resto de eventos para los capítulos 17 y 18, que serán considerablemente más largos. Ya estoy sintiendo el sabor agridulce. Espero que hayan disfrutado de este capítulo, a mí me costó un poco de trabajo escribirlo. Quería tener un último capítulo que sea exclusivamente de ellos, antes de los próximos eventos y el climax del fic. Ojalá les haya dado algunas respuestas.
Nos leemos en el próximo capítulo. Muchas gracias por leer.
