Capítulo 17: Lo inevitable.
Parte I
Al meter la llave dentro de la cerradura, permanece un momento del otro lado de la puerta y medita un par de veces un discurso que ha ensayado durante todo el camino a casa. Pero se ve interrumpida cuando Sochi abre la puerta y la recibe con una sonrisa tan amplia que la hace sentir culpable por perderse con Gojou durante todo el fin de semana.
—¡Hermana! —le dice, saltando a su abrazo.
Kasumi se agacha y lo abraza, después de tantos horrores vividos en los últimos días esto es justamente lo que necesita. Detrás de él, aparece Kano. Tiene un aspecto preocupado, de hecho, ha estado preocupado por ella desde que se marchó con Sochi dejándola sola frente a ese edificio abandonado.
—¿Tienes hambre? —le pregunta repentinamente y ella asiente, a pesar de que ya ha comido con Satoru. Desde el marco de la puerta siente el olor que emana de la cocina y le apena pensar que Kano ha cocinado para ella, cuando jamás lo ha hecho con anterioridad. Kano y Sochi se han acostumbrado a que su hermana les cocine cuando viene de visita, a veces una vez al mes, a veces con suerte una cada tres.
—¿Cocinaste? —pregunta ella, preguntándose si quizá sólo ordenó algo para el desayuno.
—Claro, no podía dejar que la compra que hiciste se desperdiciara… —contesta desinteresadamente, ocultando la verdadera razón.
Kasumi sonríe y se quita los zapatos, deja sus cosas sobre el perchero y busca una muda de ropa antes de unirse a ellos sobre la mesa.
—¿Qué pasó con tu amigo, hermana? —pregunta Sochi luego de beber un plato de sopa.
—¿Amigo? —cuestiona Kasumi, un ligero rubor le mancha las mejillas.
—El que iba a cenar con nosotros.
—Oh… Ito… Es cierto, tengo que llamarlo para disculparme…
Extrañamente, Kano no hace las preguntas más usuales; tales como "¿cómo se veía la maldición?", "¿a cuantas personas mató?", "¿tu lo exorcizaste?". Parece estar inusualmente callado y esto llega a preocuparle. Mientras come, totalmente ensimismado en un cuenco de ramen, Kasumi tira de su mejilla y lo jala en su dirección. Lo escucha quejarse y luego, cuando lo tiene más cerca, pone una mano sobre su frente.
—¿Acaso estás enfermo? —le pregunta inspeccionando su semblante—. Estás muy callado.
—¡Déjame! —replica quitando las manos de Kasumi de su rostro. Al igual que ella, Kano se sonroja—. No es nada, tonta. No me molestes.
—Kano estaba preocupado por ti, Kasumi. Pero le dije que eres fuerte, tu siempre cuidas a los demás.
Al escuchar las palabras de Sochi, el estómago le duele y apenas puede tragar. Si solo él supiera que su padre ha muerto frente a sus ojos…
Vuelve a mirar el rostro abochornado y molesto de su hermano y le sonríe. Le enternece la idea de que, para Sochi, ella es alguien fuerte. Desearía que esto fuera verdad.
—¿Eso es cierto, Kano? ¿Estabas preocupado por tu hermana?
—No molestes, Kasumi… —murmura, esquivando los entusiasmados ojos de su hermana mayor—, Es que… usualmente no tardas tanto en llamar luego de tus misiones.
Ella pierde todo el entusiasmo que le ocasiona saber que él se preocupa por ella.
—Lo siento… prometo que la próxima no tardaré tanto. No quiero que mis pequeños hermanos se preocupen por mí —contesta intentando recuperar el ánimo mientras revuelve su cabello—. Utahime-sensei me dio un par de días libres y planeo gastarlos con ustedes. ¿Qué dicen si vemos unas películas?
—Bien, bien… —vuelve a murmurar él y luego se le escapa una ligera sonrisa—. ¿Podemos hacer un maratón de Shingeki no Kyojin?
—Uhm… ¿no es Sochi muy pequeño para verlo?
—Ya lo vi dos veces —confiesa Sochi y Kasumi suspira.
Una tarde completamente desconectada del resto del mundo, un par de mensajes a Mechamaru asegurándole que está bien, una corta llamada a Utahime para agradecerle por los días libres, otra a Ito Noboyuki y un mensaje a Satoru que solo dice: 'La pasé muy bien los últimos días contigo'.
Es de noche cuando Sochi se queda dormido, durante el capítulo 36. Kasumi acaricia su suave cabello negro azabache y sonríe al ver la plácida expresión de su rostro. Kano le sirve otro vaso de gaseosa y, cuando están a solas, sabe que es momento de tener una conversación que a esperado en la parte posterior de su mente desde que volvió a entrar en su casa.
—¿Quieres que lo lleve a la cama? —le pregunta, acercándose a ellos.
Kasumi asiente, le resulta extraña esta actitud, particularmente servicial. Kano suele ser más distraído, más cómodo, más adolescente.
Después de dejar a Sochi sobre su cama y arroparlo, regresa y se sienta junto a ella para tomar el control remoto.
—¿Lista para el siguiente capítulo?
Cuando finalmente ambos están solos, Kasumi sabe que ha llegado el momento de tener esta conversación que ha ensayado varias veces antes de llegar.
—Kano… —comienza ella, pero se detiene y suspira mientras ordena las palabras—. Hay algo de lo que tenemos que hablar…
Él deja el control sobre la mesa y espera atento.
—¿Vas a regañarme? ¿Sochi te contó lo de la ventana de la vecina?
—¿Qué? No… ¿cuál ventana? —cuestiona ella y decide dejar eso para otro momento—. No, no… Es sobre otra cosa.
—Oh…
—Es sobre papá.
—¿Qué con él?
—Bueno… —Lo siguiente, se amontona sobre su garganta en un doloroso nudo—. Él murió, hace unos días…
—Ah, bueno, ¿vemos el siguiente? —contesta, volviendo a tomar el control remoto.
—¿Huh? ¿Qué? Espera… ¿escuchaste lo que acabo de decir?
—Que se murió. Sí, te escuché.
Kasumi se queda sin palabras por su indiferencia. No puede entender que, quizás, Gojou tenía razón respecto a él.
—¿Eso es todo? Kano… puedes hablar conmigo si…
—¿Hablar sobre qué, Kasumi? ¿No crees que nos hizo un favor al morirse? Ya no tenemos que preocuparnos porque se le ocurra regresar.
—Kano, es nuestro padre, no puedes hablar así de él…
—¿Por qué no? Kasumi, no me trates como un niño solo porque eres un par de años mayor que yo. Yo también estuve ahí, ¿sabes? Yo también vi todo lo que él te hacía… lo que le hacía a mamá. Nunca voy a perdonarlo, ni tampoco voy a sentir pena por él porque se murió. Si me lo preguntas a mí, tuvo su merecido… ¿Alguna vez te preguntaste cómo me sentí yo durante todo ese tiempo sin poder hacer nada por protegerlas? Me sentía tan… tan…
A pesar de que Kasumi suele ser muy empática con sus hermanos, ha fallado en ver la situación desde la perspectiva de su hermano menor. Al menos, no por completo.
—¿Inútil? —completa luego de escucharlo.
Lo ve asentir, nuevamente desvía la mirada y ella se acerca para rodearlo con su brazo a pesar de que parece repentinamente avergonzado por su gesto.
—Perdóname, no sabía que tu también te sentías así… —le dice suavemente—. Y creo que debo empezar a tratarte como un igual. Después de todo, tú eres quien cuida de Sochi cuando yo no estoy aquí y estás haciendo un estupendo trabajo… Y está bien si decides no perdonarlo, no voy a forzarte a hacerlo… Eso depende de ti.
—No deberíamos… no deberíamos decirle nada a Sochi. Pero… si en algún momento pregunta por su padre, supongo que está bien decirle lo que pasó con él.
Kasumi se inclina sobre su hermano y lo abraza, sin sentir resistencia alguna de parte de él. Aprieta su palma suavemente sobre su brazo y toma el control de entre sus manos.
—¿Quieres mirar el siguiente capítulo?
El alegre saludo de Yuuji, al llegar al campus, le saca por un momento la sensación agridulce que lo acompaña desde el momento en el que se despidió de Miwa.
—¡Gojou-sensei! —grita y levanta la mano para saludarlo.
Yuuji Itadori siempre logra sacarle una sonrisa.
Lo ve de lejos, mientras entrena con Panda y Maki. El pequeño grupo se voltea en su dirección al escuchar a Yuuji.
—Por fin apareció —dice Maki, apoyando sobre su hombro un arma maldita, sonriéndole de esa forma ligeramente altanera que la caracteriza.
Gojou se acerca a ellos y se para frente al grupo con ambas manos dentro de los bolsillos de su chaqueta.
—¿Dónde está el resto?
—Inumaki debe estar por llegar —comienza Maki.
—Oh, Fushiguro y Kugisaki salieron.
—¡Qué bien! Todos están en Tokio —contesta Gojou y saca ambas manos para aplaudirle a la idea que acaba de tener—. ¿Qué les parece si salimos a comer todos juntos?
—¡OH! ¡Sí, salgamos a comer!
—Sólo si tu invitas.
—Panda no tiene dinero.
—Ustedes se encargarán de elegir el sitio —contesta Gojou y los señala con un gesto autoritario que carece de autoridad—. Oh, cierto, también inviten al de primer año.
—Hay uno nuevo, Ito y Nanami lo trajeron ayer.
—¿Un nuevo alumno? —pregunta y luego recuerda que esa era la razón por lo que estaban en Kioto—. Bueno, invítenlo también. Será una buena bienvenida.
Luego de una acalorada discusión entre todos los estudiantes, tras la llegada de Inumaki, Megumi y Nobara, finalmente se deciden por Katsumidori Seibu Shibuya. A Gojou le da la impresión de que Nobara ha insistido por este restaurante por dos razones, el sushi y el precio de la carta, considerando que él es quien paga.
Tras una corta presentación con el nuevo alumno de primero, Kentaro Kojima, un muchacho alto tan apático como Megumi, quien no parece demasiado entusiasmado con la idea de salir, el grupo se prepara para salir.
Nanami no se encuentra en la ciudad, Gojou se entera de esto tras llamarlo para extenderle una efusiva invitación que termina rechazando.
Una vez en el restaurante, luego de esperar unos minutos afuera para tener suficientes sillas disponibles para el amplio grupo y una especialmente ancha para Panda, entran.
—¿Ustedes dos saben usar el menú electrónico? —Gojou pregunta a Nobara e Itadori.
—¿¡Crees que porque somos de pueblo no podemos usarlo!? —exclama Kugisaki, levantándose de la mesa para derramar un vaso de jugo sobre el que Inumaki arroja una servilleta antes de tocar la pantalla.
—¡No se burle de la gente de pueblo!
—¿Pueden intentar no hacer una escena esta vez? —pregunta Megumi mientras aplaca su fruncido ceño con una mano.
—¿Siempre son tan escandalosos? —pregunta Kentaro.
—¿Puedes ayudarme con mi orden, Ito? —pregunta en voz baja Yuuji.
—¡Estúpido! ¡Se hace así! —interrumpe Nobara, cliqueando abruptamente sobre la pantalla.
—¡No! ¡Kugisaki! ¡Eso no!
La disfunción de grupo es una de las cosas que más le agradan a Gojou. Tantos gritos y risas, por alguna razón los adolescentes le hacen sentir más cómodo que los adultos. Siempre se ha sentido con la libertad de ser él mismo a su alrededor.
Ordenan tanta comida que Megumi se avergüenza de estar con ellos, el nuevo los mira de reojo, Panda tiene problemas con los palillos e Inumaki le ayuda a llevarse los trozos de sushi a la boca. Gojou escucha unas risas femeninas contra la pared y se voltea a sonreírles antes de seguir comiendo.
Repentinamente Ito mira la pantalla de su celular y Yuuji, a su lado, abre la boca y se gira a él con un gesto emocionado.
—¡Miwa-sempai! —dice y luego repite—. ¡Miwa-sempai está llamando a Ito!
—¡Deja que suene un par de veces! —recomienda Nobara—. ¡No atiendas tan rápido o creerá que estás desesperado!
—¿Quién es? —pregunta Kentaro a Megumi.
—La chica que le gusta a Ito, de Kioto.
—¡Ito no interrumpas la bienvenida del nuevo! —le grita Gojou desde el otro lado de la mesa.
—Ni siquiera recuerda mi nombre, ¿verdad?
—¿Katsuo? —pregunta el sensei y lo ve negar mientras Megumi pone los ojos en blanco.
Entre tanto escándalo, Ito decide levantarse y salir del restaurante para tomar su llamada. Gojou lo sigue con la mirada mientras sale, abre sus seis ojos hasta que se pierde del otro lado de la puerta y presiona los labios. Usa ese momento para ver su celular y no encuentra ningún mensaje de Kasumi, aunque esto… tras mayor meditación, es como deberían ser las cosas.
Quizás debería dejar que Ito la persiga.
—¿Todo en orden? —pregunta Megumi.
Este muchacho siempre ha sido demasiado perceptivo para su propio bien. Se ha dado cuenta en un instante el cambio en el semblante de su sensei con sólo ver la pantalla de su celular. Pero Gojou amplía su sonrisa y hace un gesto con su mano hacia él.
—Nada, nada, Megumi…
—¿Creen que va a invitarlo a salir?
—Tuna mayo.
—¿Consiguió su número en Kioto? Vaya, no pensé que se atreviera. Ito tiene más agallas de lo que creí —comenta Maki.
—¿Es linda? —pregunta Kentaro.
—Sí, es linda. No como las otras estudiantes de Kioto…
—¿Qué debe tener una chica para ser linda? —pregunta Panda.
Todos se detienen a pensar por un momento. La mesa se sume en silencio mientras todos piensan su respuesta.
— Bueno, el tipo de Fushiguro es una mujer con un carácter inquebrantable, ¿no? … —dice Maki con una ligera sonrisa y él aparta la vista—. Supongo que opino algo parecido.
—Supongo que tiene que ser fuerte, un rostro bonito, que se vista a la moda… —agrega Kugisaki.
—Bonito flakes.
—Mientras sea una buena persona… —comenta Itadori.
—¿No habías dicho que te gustaban altas con un enorme trasero? Como Jennifer Lawrence —pregunta Gojou y Maki y Nobara lo fusilan con la mirada.
—¡GO-GOJOU-SENSEI! ¡Eso… ¡Dijo que no iba a contarle a nadie!
—¿Yo dije eso?
—Yo prefiero una buena delantera —agrega el nuevo y continúa comiendo totalmente indiferente a la mirada del resto.
—¿Y tú, idiota? ¿cuál es tu tipo de mujer?
—¿Huh? ¿el mío? Esto… bueno… Que sea buena gente… creo.
—¿HUH? ¿Buena gente? Esperaba algo más, no lo sé… —se queja Kugisaki.
—Obsceno —termina Megumi—. De hecho, yo también.
—¡Oigan, oigan! Uhg, de verdad no tienen ningún respeto por su sensei, ¿por quién me toman?
Maki alza la vista hacia la puerta y todos se voltean a ver a Ito, regresa a paso lento con los labios torcidos en una expresión incómoda. El resto lo presienten, y cuando él toma asiento junto a Yuuji se da cuenta que parecen estar esperando una explicación.
—Creo… creo que a Miwa-sempai le gusta alguien más.
—¡¿Qué?! ¿Quién? ¿Será un compañero de Kioto? —pregunta Yuuji y él niega.
—No, no es un alumno… es alguien mayor —Gojou se atraganta con el vaso de gaseosa que comenzaba a beber—. Creo que le gusta Nanami-san.
—¡¿NANAMI?! —se oye con fuerza dentro del restaurante.
—¿Por qué lo dices, Ito? —pregunta Gojou.
—Porque… me acaba de pedir su número de teléfono…
—Ahhh, un amor prohibido —suspira Kugisaki—. Pero no te preocupes, Ito. Nanami es un hombre decente, si Miwa-sempai se le declara lo más seguro es que la rechace.
Una idea cruza su mente. ¿Será posible que Kasumi lo delate? Debería sentirse horrorizado, debería tener miedo. Pero es incapaz de rozar aquel sentimiento. Una ligera curva se forma sobre sus mejillas cuando se sonríe y piensa: "Qué divertido".
Que estalle, que vuele la mierda. Este juego de estarse escondiendo con una alumna está llegando a su fin y lo presiente con la misma certeza que sopesa sobre la relación entre Ryomen Sukuna y la aparición de tantas maldiciones.
Sobre las dos cosas, no ve la hora de que llegue el momento de la verdad. Que lo dejen al descubierto por lo que realmente es. Y que las maldiciones revelen su verdadero objetivo.
..
—¿Puedes perdonarme?
—No… no tengo nada que perdonarte, Miwa-sempai. Lamento mucho lo que pasó, ¿cómo te encuentras?
La pregunta que Ito acaba de hacer le sabe a estúpida apenas termina de pronunciarla. Por supuesto, ella no debe sentirse para nada bien.
—Estoy bien —ella miente—. Pero, me preguntaba si podía pedirte un favor.
—¡Claro! Lo que quieras —dice, olvidando por completo el consejo de Kugisaki-sempai de no sonar desesperado.
—¿Podrías darme el número de Nanami-sama?
…
—Eso fue todo —relata Ito—. Me rindo, no puedo competir con Nanami…
—Calma, Ito. No es el fin del mundo —lo tranquiliza Panda—. Mírame a mí, no me interesa conocer chicas y estoy bien. Puedes vivir como lo hace Panda.
—O como lo hace Gojou-sensei —dice Megumi—. Él nunca ha tenido novia.
—Oh, y tú eres el que lo conoce por más tiempo, ¿cierto? —pregunta Nobara y él asiente—. Tal vez deberías dedicarte a estudiar y hacerte más fuerte. Deja las relaciones para los mayores. No me gustaría que el de primer año tenga novia mientras yo sigo soltera.
Gojou escucha la conversación en la distancia mientras medita sobre la futura conversación que Kasumi y Nanami tendrán. Inesperadamente suena su teléfono y esta vez sabe que es ella, ya que ha cambiado su tono para no revisar la pantalla cada dos por tres. Se lleva el smartphone a la cara y lee.
'La pasé muy bien los últimos días contigo'.
Él no puede decir lo contrario. Uno creería que con tal faena se le hubiera esfumado el hambre, empalagado de los sabores más íntimos de Miwa Kasumi. Pero, mientras más lo recuerda, más hambre le genera. Y esto, en contraposición con la idea de dejarla atrás para perseguir sus verdaderas metas, su gran propósito, es particularmente desagradable.
Son pocas las ocasiones en las que controla sus impulsos y esta vez se detiene cuando está a punto de contestarle. Se reprime, guarda el móvil en su bolsillo y vuelve al grupo que consuela infructuosamente al joven de primer año.
Ver el mensaje, leído e ignorado, le trae a Miwa el recuerdo de meses anteriores después de su primer encuentro con Gojou en aquel hotel. Cuando se dejó creer que su idea de llevar las cosas a su paso lo había disuadido de entablar algo más con ella. Ahora, luego de haberse doblegado a sus deseos más crudos, vuelve a sentir la inseguridad que la invadía en aquel momento. ¿Cómo puede la inseguridad sentirse tan similar cuando es antitético en sus causas?
Mientras regresa al colegio de hechicería de Kioto intenta no pensárselo demasiado. Probablemente Gojou debe estar ocupado, siendo el chamán más fuerte del mundo, no se trata de una idea disparatada. Le toma mucho poder autoconvencerse de estos motivos, porque al haberse desaparecido un fin de semana de sus obligaciones, no debería serle difícil darse unos minutos para contestar un mensaje o hacer una llamada. Cada vez que lo ve tiene el celular en la palma de su mano, siempre lo lleva en el bolsillo… La excusa laboral suena insuficiente de a momentos.
Miwa pasa de frustrarse a entristecerse, una y otra vez. La verdad es que Gojou Satoru no es el más confiable del montón.
Al llegar al colegio, sus compañeros la abordan con pinzas. Utahime les ha contado lo que ha sucedido con ella y su padre y todos parecen caminar de puntillas alrededor de ella, todos excepto Toudou.
Se lo cruzó por unos minutos en el comedor una noche cuando se levantó a beber una taza de té caliente. Él acababa de mirar un documental de la vida de Takada-chan y cuando la encontró apoyó una mano sobre su hombro. Sus manos se sintieron tan inmensas que sintió sus dedos tocándole hasta la mitad de su menudo brazo.
—Lo hiciste bien, Miwa-chan. Usa el dolor de tu perdida para motivar tu energía maldita, pero no te ahogues en el sentimiento o terminarás muerta. Úsalo, no te sumerjas en él.
Él sonreía, aunque sus palabras le causaron escalofríos, no solo por el tono sino porque la mayoría de luces estaban apagadas y Toudou siempre le causó pánico por esa forma tan fea de mirar que tiene. Pero, a pesar de la aversión que le tiene, Miwa le devolvió la sonrisa.
—Solo tuve suerte, pero gracias, Toudou-sempai.
Tres días.
Miwa mira la pantalla, esperando siempre un resultado diferente. Nada.
Una semana.
Escribe y borra sobre su pantalla. Algún mensaje ligero, intenta sonar graciosa. Luego borra cuando se siente una estúpida.
Dos semanas.
Le duele, ha empezado a doler profundamente desde hace un buen tiempo y no sabe qué decir.
Mechamaru la mira, siempre de reojo y con el disimulo que le otorga ese rostro metálico de su marioneta. Suspira. Él lo sabe, sabe y también asume detalles que le desgarran hasta el alma e incluso duelen más que la ausencia de sus piernas y su brazo derecho. Kasumi ha pasado un fin de semana con él y ahora el desgraciado se da el gusto de ignorarla. Lo sabe, no sólo porque puede leerla con sólo ver su expresión a un banco de distancia, en las clases que comparten con Mai, sino porque ha invadido los artefactos electrónicos del colegio, la información de cada ordenador llega a él, en ese sitio en el que se oculta y reúne energía en jarros.
En un principio era agradable, leer los mensajes entre ella y Kano, leer los mangas que dibuja el muchacho, ver cómo ayuda al más pequeño con sus tareas de matemáticas. Saber cosas de Miwa Kasumi que nunca podría saber a través de Mechamaru, o que más bien no se atreve a preguntar… parecía un aliciente para sus heridas. Pero luego, cuando comenzó a leer los mensajes de Gojou Satoru… la idea dio una vuelta de ciento ochenta grados.
Tan desagradable… inquietante. Tanto que deseó compartir su hallazgo con Utahime o con Gakuganji, pero no podía hacerlo sin delatarse. No podía decir nada porque incluso temía lastimar a Miwa en el proceso de protegerla de él, de lo que le está haciendo en este momento.
Ella ve con demasiada constancia ese celular, nuevamente esperando algo que probablemente no llegue. Gojou ya obtuvo de ella lo único que buscaba. Y teme que sólo regrese para tomar un poco más y volverse a marchar.
Lo más frustrante es que no puede hacer nada para abrirle los ojos, Miwa siempre ha estado enceguecida por él. Miwa quiere un hombre como Gojou, uno atractivo, gracioso… Pero Gojou nunca podría hacerla sentir como si ella fuera la única mujer para él, duda incluso que la considere una mujer como tal.
—Miwa —la llama, mientras mira a través de la ventana las primeras lluvias de otoño bañando los viejos árboles del campus. Ella parece despertar de un sueño y voltea hacia él para forzar una sonrisa—. Aquí tienes las notas que me prestaste.
—Espero que te hayan servido —contesta Miwa y extiende su sonrisa a lo largo de su rostro, algo que siempre logra hacerlo sonreír a él, aunque ella no pueda verlo.
—¿Son de química? —pregunta Mai y las toma entre sus manos antes que Miwa—. Préstamelas, me fue pésimo en el último examen.
Kasumi no dice nada, sabe que este pedido implica que ella responda con una afirmación, Mai nunca deja mucho lugar a réplica.
—Oye, Miwa… —vuelve a llamarla, impulsado por el deseo de quitar su mente de lo que obviamente está pensando, de lo que la invade como veneno durante las últimas semanas—. ¿Quieres salir a comer algo?
Ambas se voltean a él, esto es algo muy atípico de Mechamaru.
—¿Cómo en una cita? —pregunta Mai, sentada entre los dos.
—Tu querías… salir con todos… —termina él.
Kokichi se da cuenta que ha valido la pena, que los ojos de Kasumi se abren, separa los labios y su rostro se vuelve una sonrisa gigante. Ha valido la pena el riesgo, que ahora se siente tan minúsculo.
—¡SÍ! —responde con tal entusiasmo que le hace sonreír hasta que las yagas de su rostro arden—. ¡Mai! ¡Salgamos todos juntos!
—Depende de a donde vayan… No voy a ir a comer a cualquier sitio.
—Tú eliges —contesta Miwa sin perder el ánimo—. ¡Voy a invitar a Momo! ¡También a Kamo y a Toudou!
Recoge sus cosas a toda velocidad y sale, dejándolos solos. Cuando la puerta se cierra, Mai se cruza de brazos y se reclina sobre su silla, hamacándola hacia atrás. Lo mira con una expresión maliciosa, su sonrisa inspira algo que él desconoce, pero no puede ignorar esa forma en la que lo mira, es la mirada de alguien que sabe más de lo que le han dicho.
—¿Por qué no dijiste que era una cita? ¿Crees que porque estás hecho de metal nadie se dará cuenta de lo que pasa por tu mente?
—No sé de qué estás hablando —se desentiende rápidamente para ponerse de pie.
—Oye, oye, no te pongas así —Se levanta y lo rodea con un brazo, deteniendo su escape—. Ella no se ha dado cuenta, es la clase de chica que sólo tiene ojos para un hombre, lo sabes, ¿cierto? —Él no responde, Mai suspira—. Haces bien, yo también he notado lo desanimada que ha estado últimamente…
—Sólo… —dice Kokichi a través de Mechamaru—. Sólo quiero que Miwa sea feliz.
A Kamo le tomó más tiempo que ha Toudou rechazar su propuesta. Él no es el tipo de persona que dejaría de lado sus entrenamientos para socializar con sus compañeros, a pesar de que parece tener una pequeña conversación interna en la cual terminan pesando más otros motivos. Toudou, en cambio, fue rápido y conciso.
—Takada-chan tiene una entrevista en un programa de televisión a las 7.
Ella lo sabe bien, nada se interpone entre él y Takada-chan, por lo que no insiste. Se consuela con saber que al menos podrá salir con Momo, Mai y Mechamaru. La adición de este último al grupo la emociona como no se ha emocionado en semanas, no desde la ausencia de Gojou Satoru.
Mai elije un restaurante cerca de la línea del metro, Katsukura Kioto's building The Cube. Y como han decidido sobre sus planes bastante tarde, no han tenido tiempo de elegir algo casual para usar. Pero, a pesar de estar usando sus uniformes escolares, las chicas no parecen desanimadas en lo más mínimo. Tal vez, salir con Mechamaru, para variar, no sólo entusiasma a Miwa.
Nishimiya no deja de mirar la carta y morderse los labios, casi de la misma forma que hace cuando ve fotos de los miembros del elenco masculino de Marvel.
—¿Qué tal si Mechamaru ordena sake para nosotras? ¿Quién le pediría una identificación a él?
—No creo que sea una buena idea —dice Miwa.
—¡Bah! Tal vez no lleguemos a los 21 años, es nuestra oportunidad.
—En eso tiene razón… —agrega Momo, desviando su vista de la carta—. ¿Qué puede hacernos un vaso de sake?
—Lo beberemos con discreción —susurra Mai.
Por supuesto, Kokichi no se siente cómodo con la idea de darle alcohol a las muchachas. Se cruza de brazos, sentado junto a Mai y frente a Miwa. Mira a los lados esperando que nadie los haya escuchado y espera que Kasumi pueda disuadirlas de la idea.
Mientras ella replica, como era de esperarse, Mechamaru se pregunta por qué ha tardado tanto en hacer algo como esto. Si bien no puede reunirse con ellos con el cuerpo que la vida le ha dado, no es tan terrible estar allí, en la forma de su marioneta. Verlas reírse, interactuar fuera de la escuela, escuchar sus conversaciones sobre las que apenas forma parte y, sobre todo, distraer a Miwa de ese otro, que ahora la ignora con una facilidad que le da asco.
—¿Podríamos… —comienza Miwa y él voltea en su dirección, ve con ternura cómo baja el rostro y sus mejillas se pintan de un rojo intenso—, tomarnos una foto todos juntos?
Él se sonríe, no hay nada que le guste más en la vida que ella. El corazón de Kokichi late con fuerza dentro de todo su cuerpo atrofiado.
—Claro —contesta Mai—. Oiga —llama a un mesero—, ¿podría tomarnos una foto?
El mesero sonríe, toma el celular que Mai le extiende y se para frente a la mesa.
—Acérquense más —le pide, haciendo un gesto una las manos.
Mai se levanta, empuja a Mechamaru y lo abraza, tironeándolo, aunque aún tiene los brazos cruzados, con el otro brazo rodea a Miwa y Momo se coloca sobre ella.
—Más cerca —dice el mesero y Momo se ríe mientras se aprieta contra ella.
—Vamos, Mechamaru, no seas tan tímido.
—Debe ser porque está rodeado de mujeres hermosas —dice Momo.
Kasumi apenas puede levantar la vista. Esto es lo que había estado esperando tanto. Se sonroja y se da cuenta que ya han tomado la foto para cuando puede alzar el rostro. Mai toma su celular y Miwa agradece por el resto. Cuando se inclina a ver la foto, vuelve a sonreír. Esto es exactamente lo que Kasumi quería.
Tres semanas
Como siempre, la tranquilidad no dura mucho. Kasumi recibe una misión fácil en un pequeño pueblo no muy lejos de Kioto y cuando regresa, sus compañeros siguen fuera. Todos excepto Mechamaru, pero él permanece dormido en el área común de la escuela. Lo ve de reojo y sonríe, aunque su sonrisa se desvanece cuando vuelve a ver la pantalla de su celular y sólo encuentra el último mensaje que le envió a Gojou.
Esto duele cada día más.
Su boca se tuerce, las pestañas se le humedecen y se sienta a tomar un café cuando Utahime entra en la habitación y la encuentra. Kasumi es rápida en limpiarse la vista de los restos de lágrimas que aún no han caído de su rostro.
—Ahí estás, Miwa —le dice mientras se acerca. Ve a Mechamaru por el rabillo del ojo y frunce el ceño por un leve instante antes de volver a ella—. ¿Podemos conversar un momento?
—Claro…
—He notado… que te has comportado algo diferente estos últimos meses… No quise hablar contigo antes por… por lo que pasó con tu padre —Kasumi baja la mirada, esto es algo de lo que no se ha repuesto por completo. La sola mención de Isao trae una imagen macabra a su mente que desearía tener el poder de borrar, pero no lo tiene—. Has entregado tus trabajos con demora… Y también, me he dado cuenta que no estás tan animada como siempre. Además, escuché el rumor de que estás saliendo con un muchacho, ¿eso es cierto? —Kasumi se sonroja tanto que Utahime se sonríe, ya que no necesita respuesta—. Me gustaría pensar que has estado decaída solo por esa razón, pero considerando lo que has pasado últimamente… no estoy tan segura. ¿Te gustaría hablar conmigo al respecto?
—Hablar… ¿de él?
—De lo que quieras hablar, yo puedo escucharte. Ese muchacho, ¿te ha tratado mal?
Ella duda, no esta segura de nada en este momento y aunque Gojou la lastima con su silencio, no quisiera lastimarlo revelando la naturaleza de su relación.
—Eso… bueno… —suspira.
—Tranquila, puedes confiar en mí —dice y extiende una mano sobre las de ella, que yacen entrelazadas sobre la mesa—. Yo sé que ahora no parece así, pero más adelante lo verás claramente… A veces es necesario sufrir un poco para aprender.
—Él… —comienza con la lengua trabada sobre la garganta—. Desde hace un tiempo él ha estado ignorándome… y no sé qué hice mal.
—Miwa… quizás no hiciste nada mal. Pero nadie va a valorarte como te mereces hasta que tú lo hagas. Empieza por ahí, cuando realmente sepas tu valor, ahí es cuando te darás cuenta cuando alguien no merece tu tiempo.
Los ojos de Kasumi se llenan de lágrimas al escucharla y ella le sonríe de una forma que le recuerda a su madre. La mano que le acaricia los dedos se levanta y se posa suavemente sobre su mejilla.
—Eres una muchacha buena y fuerte, no dejes que las circunstancias te hagan olvidarlo.
Miwa se traga las lágrimas y sonríe hasta que Utahime la deja ir.
—Gracias, Utahime-sensei. Yo… yo la admiro mucho.
—Si necesitas hablar conmigo, sólo llámame.
Un mes
Al terminar su última misión en Okazaki, se siente afortunada. Sus últimas tres misiones han resultado tremendamente fáciles. Ha tenido suerte, le han tocado sólo maldiciones de cuarto grado. Nada que con un ligero movimiento de su katana no pueda solucionar. Aunque luego, se ríe apenada de sí misma. Quizás le están dando las misiones más fáciles por una clara razón, porque es débil. Ha intentado poner a prueba su hechizo, una y otra vez, pero la espada no se mueve un centímetro de donde está, sin importar lo mucho que se concentra, sin importar cuanta energía maldita reúna sobre la palma de su mano. Tal vez él hechizo no fue tan fuerte como para durar más de una sola vez. Lo cual es decepcionante.
Mientras camina por las calles de la pequeña ciudad, vuelve a mirar la pantalla de su celular como ya ha hecho cientos de veces desde la súbita desaparición de Gojou Satoru. Luego de meditarlo por muchas noches en vela, llega a la conclusión de que esto era todo lo que quería de ella. Se cuestiona cada vez que lo vio, cada conversación y cuánta sinceridad existió entre ellos. Y cada vez que lo piensa se siente más y más tonta. Más y más insuficiente. Por lo cual decide concentrarse sólo en sus misiones y nada más, aunque esto también le causa grandes complejos.
Busca en su móvil el número que Ito le dio hace un mes, el número que ha estado pensando en llamar, pero no se ha atrevido por miedo a ser inoportuna, o inapropiada. Aunque, ¿qué más da? No tiene nada que perder. Luego de marcar, coloca el celular sobre su oído y espera mientras escucha el timbre.
—¿Hola? —escucha al poco tiempo. Su voz se oye extrañada, lo cual es normal ya que no sabe quién lo está llamando.
—Na-Nanami-sama —dice ella rápidamente—. Soy… Miwa-chan.
—¿Kasumi-chan? ¿Estás bien?
—Sí, perdone que lo moleste… pero me preguntaba… si tenía un momento para hablar conmigo. Si está ocupado… entonces disculpe mi llamada, no quiero importunarlo…
—Uhm… ¿estás en Kioto?
—No, estoy en Okazaki, no tiene que ser en persona…
—Oh. Bueno, tengo que regresar a Tokio en un par de días, pero puedo pasar por el colegio mañana si estás ahí.
—N-No, me gustaría… hablar con usted en privado.
—Ya veo —el suspira—. Si no es laboral podemos encontrarnos en un café.
—Bueno, es laboral… algo así.
—Bien, te dejaré saber cuando llegue a Kioto.
—Sí.
Kasumi regresa al colegio pocas horas después, en un vuelo que no le toma más de dos horas. Sólo encuentra a Kamo y a Mechamaru, aunque él está durmiendo, como ha hecho con demasiada frecuencia durante los últimos días, pero, cada vez que tiene la ocasión de preguntarle si está bien, él solo responde que está ocupado con un nuevo proyecto. Quizás mejora las armas que posee su marioneta, teoriza Miwa.
Nanami es muy diferente a Gojou en este sentido. Cumple inmediatamente con su promesa y al día siguiente le envía la dirección de un café que no queda demasiado lejos del campus, uno que a pie sólo le toma treinta minutos en alcanzar.
Cuando lo ve junto a la ventana, la espera con una taza de café y un panecillo. Está sentado con esa implacable expresión que le hace pensar que ya no le teme a nada, o que no le importa nada.
Ella le sonríe apenas cruza el marco de la puerta y camina hasta él para sentarse en la silla vacía que le espera frente a Nanami.
—Muchas gracias, Nanami-sama, por reunirse conmigo hoy.
—¿Cómo has estado, Kasumi-chan?
—Bien, ¿usted?
—Regular.
—Oh, bueno, este…
—¿Quieres un té o prefieres un café?
—Un té estaría bien —responde ella mientras asiente con ambas manos entrelazadas sobre sus piernas. Nanami le pide un té y mientras esperan, ella trata de encontrar la manera de hacer las preguntas que tiene para él.
—Bien, Kasumi —comienza cuando Miwa recibe una humeante taza de té que decide no endulzar—. ¿De qué querías hablar?
—No sé cómo empezar —contesta mientras se ríe incómoda y acomoda un mechón de cabello sobre su oreja—. Últimamente… me he sentido algo desanimada respecto a… este oficio. Y la verdad es que, siento que usted es la única persona que realmente comprende cómo me siento.
—¿Quieres renunciar?
—Bueno, cuando me ofrecieron la oportunidad de estudiar en el Colegio de Hechicería… solo acepté porque necesitaba el dinero. Por cada maldición que exorcizo, recibo una paga. Y la escuela costea los gastos de mis hermanos, el departamento y las expensas. Hasta entonces solo creí que tendría la oportunidad de encontrar algún trabajo de medio tiempo y que, si me esforzaba lo suficiente, podría costear un departamento aceptable para los tres… No tenía más aspiraciones. Creí que con lo que me pagaran por exorcizar maldiciones podría darles una mejor vida a Kano y Sochi, mis hermanos, quizás incluso pagarles una universidad para que tengan un mejor futuro que yo. Pero… ahora…
—Tengo aún algunos contactos en la antigua empresa para la que solía trabajar, si es lo que quieres podría ayudarte a obtener un trabajo como secretaria.
—¿Lo dice en serio? —él asiente.
—Si es lo que realmente quieres —el rostro de Miwa se arruga, deja de sostenerle la mirada casi de inmediato y duda—. Si de algo te sirve mi experiencia, una vez que uno es consciente de este mundo… jamás podrás sacarlo de tu mente. Tienes que elegir, o vives con la idea de que alguien puede estar muriendo mientras haces la vista a un lado, o vives con todas las tragedias que vienen con ser un hechicero. Tendrás que ver morir a tus amigos, incluso esperar que den su vida si la situación lo amerita. Quizás incluso morir. Si mis palabras influencian tu decisión y mueres en tu siguiente misión, yo tendré que cargar con ese peso. ¿Entiendes a lo que me refiero?
—Pero qué pasa si soy demasiado débil. ¿Qué pasa si, aunque me esfuerce, aunque de todo de mí, aún así fracase?
—Ya te lo dije, no puedes salvar a todo el mundo. Pero un día, salvarás a alguien, aunque sea una sola persona —Nanami baja la mirada hacia su taza de café—. Y en ese momento sentirás que vale la pena… Es una satisfacción que no conseguirás nunca como secretaria. Aunque tendrás otra, la de llevar un cheque a casa cada mes, quizás tengas la satisfacción de pagar las universidades de tus hermanos, ¿pero será eso suficiente para apagar lo que sentirás al saber que no estás luchando junto a tus amigos?
—No lo creo… no podría perdóname por ser tan… inútil.
—Vas a encontrar muy pocas satisfacciones si decides quedarte y ser una hechicera. Trabajarás demás, tus rodillas eventualmente se volverán más frágiles, encontrarás círculos negros bajo tus ojos, sumarás un manojo de cicatrices que la hechicería no puede borrar. Ahora… mientras lo digo en voz alta, me pregunto si yo mismo he tomado la decisión correcta. Pero, cuando estés en ese momento, entre salvar una vida o estar cómoda en casa, te darás cuenta de cuál es la respuesta sin dudarlo tanto. Como lo hiciste aquella vez, cuando te pregunté si ya lo sabías, ¿ha ocurrido algo que te haga dudar tu decisión?
—Yo… no puedo dejar de recordar a las personas que no pude salvar… Además, esa técnica que usé aquel día no ha vuelto a funcionar. No sé qué está mal en mí…
—Las técnicas malditas requieren mucha práctica y meditación. Hay algunas que incluso los chamanes más experimentados no logran dominar por completo. El aprendizaje no es lineal, es prueba y error, muchas veces tu vida pende de un hilo cuando finalmente lo entiendes. Es normal, Kasumi-chan.
—Gracias, Nanami-sama. Creo que comprendo… Espero no haberle hecho perder mucho tiempo.
Él mira su reloj de pulsera y estima los minutos que le quedan para tomar un último avión.
—Aún tengo unos minutos de sobra. Quería aprovechar esta reunión para compartir algo de información que no me pareció apropiado decir la última vez que nos vimos.
—¿Información?
—Sí, es acerca de tu padre —Kasumi escucha con atención—. Aquel día, Ijichi compartió conmigo un informe que Gojou Satoru pidió sobre tu familia, las razones por las cuales lo solicitó aún las desconozco. Creo que es algo que deberías saber, ¿él te lo mencionó?
—N-No… no lo hizo…
—Ya veo… Una cosa más —dice y saca de su bolso un libro que deja sobre la mesa y arrastra con los dedos en su dirección.
—¿Lobo estepario? —pregunta Miwa mientras lee la cubierta del libro, escrito por Hermann Hesse.
—Sí, lo compré hace un tiempo, pero no he tenido la oportunidad de leerlo. Tal vez tú encuentres el momento de hacerlo.
—¿Es para mí?
Él asiente y por primera vez desde que ha posado sus ojos sobre él, sonríe. La sonrisa de Nanami es tan ligera que se vuelve casi imperceptible y no dura más que un par de segundos, lo suficiente para hacer que ella se ruborice. Miwa sonríe más ampliamente y toma el libro entre ambas manos.
—Le prometo que lo leeré —contesta y hace una reverencia.
Un mes y dos días
Lo ha estado vigilando con lupa desde su última conversación, pero Satoru tiene una habilidad inigualable para fingir que es un idiota. Tanto así que de vez en cuando se olvida quién es, pero nunca de lo capaz que es.
Luego de su arribo a Tokio recibió una misión, una a la que bien podría haber acudido solo, pero por alguna razón Gojou decidió acompañarlo. Esto no es inusual, Gojou ha hecho esto al menos seis veces desde que retomó su vida de chamán. No importa cuan insignificantes sean las misiones. Con el tiempo se da cuenta que esto se relaciona íntimamente con las ausencias de los alumnos en el colegio y se pregunta si la fuerza que lo obliga a buscar compañía es el aburrimiento o la soledad.
Y aunque Satoru siempre ha sido una persona extraña, probablemente debido al monstruoso poder que posee, tanto dinero que podría decidir vivir en cualquier sitio del mundo sin preocuparse por absolutamente nada, o si sólo se debe a que así es él. Pero, muchas veces se pregunta si la pérdida de Getou le habrá afectado tanto como a él la pérdida de Yu.
Mientras piensa por un momento en Yu, mientras realizan el check in en el hotel que Ijichi les ha reservado, recuerda a Kasumi. No la conoce muy bien, pero tiene un espíritu similar al de Yu, es una muchacha inocente, como lo era él, aunque más golpeada por las circunstancias. Quizás esto tenga que ver con la inexperiencia de ambos en el mundo de la hechicería. Mientras más joven comienzas a ver maldiciones, más rápido muere el espíritu.
—¿Huh? ¿Solo hay una habitación?
—Lo siento, el hotel está lleno… —contesta la recepcionista a Satoru mientras le hace una sentida reverencia.
—¿Escuchaste eso, Nanami?
—Voy a matar a Ijichi… —contesta y no tarda más de dos segundos en hervirle la sangre al punto de que una vena se marca sobre su sien—. Bueno, tendré que buscar otro hotel.
—Oye, oye, Nanami —lo llama extendiendo las letras de su nombre mientras lo toma por el hombro, cuando está a punto de marcharse—. Es tarde, ¿tan difícil es para ti compartir la habitación conmigo? —se voltea a la recepcionista nuevamente—. ¿Hay una sola cama?
—¡N-no, señor! —contesta abochornada—. Es una habitación doble.
—¿Lo ves? No tienes nada de qué preocuparte —comenta mientras palmea sobre su espalda.
Nanami ve a través de las puertas de cristal y los grandes ventanales que dan a la calle, que el sol ya se ha puesto. De hecho, se ha puesto hace varias horas ya. Suspira, tiene que iniciar su investigación sobre una casa de conjuros a primera hora de la mañana. Si decide buscar otro hotel, no tiene la seguridad de que conseguirá una habitación. Y quizás, cuando lo haga, no tendrá las horas de sueño que esperaba. Cambiar el itinerario le enerva.
—Está bien.
Durante la noche, luego de cenar con él, Satoru está sentado sobre la cama, con la espalda reclinada sobre la pared. Mira su celular, se ríe al ver algunos videos y se gira sobre el colchón para enseñárselos.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que no me interesan tus videos?
—¿Huh? ¿Cómo puedes no reírte? Son muy graciosos…
—Solo quiero dormir, Satoru. Ponte auriculares.
—Los olvidé en la escuela —contesta luego de pensar por un momento.
—Entonces apaga el celular y ya duérmete.
—No voy a dormir.
—¿Qué?
Satoru gira el rostro en su dirección, aún cubierto por la bandana negra.
—No voy a dormir esta noche —contesta en el mismo tono.
La teoría de Gojou era incorrecta. Después de ver a Kasumi por última vez, los sueños sólo se han incrementado. Sueña con ella y con él, Suguru, cada noche y sin excepción. Sueña con el mismo ambiente escolar, su antiguo uniforme, sus compañeros más jóvenes. Hay noches en las que los sueños se vuelven tan extremadamente agradables que deja de lado sus intenciones de despertar, aun dándose cuenta que todo es más que un invento de su mente. Hay noches en las que tiene sexo con ella, sueña que se la tira sobre un pupitre, escondidos en algún salón de clases, o con él mismo escabulléndose a su habitación. Otros son más bien desagradables, escenas sangrientas de las que ha visto cientos, con ella o Suguru como protagonistas.
Se ha despertado con lágrimas en las mejillas un par de veces. Sudado, temblando en medio de la noche. Toca sus mejillas y encuentra fascinante que tenga la capacidad de llorar dormido, más no despierto. La mente humana le resulta simplemente fascinante.
Es por esta razón que ha decidido dormir una vez, cada dos noches. Lo trágico es que suele quedarse dormido en algún sofá, sin querer, y vuelve a soñar.
Compró una bolsa de dulces y un par de bebidas energizantes que mantiene junto a él en la mesa junto a su cama, y Nanami lo ve de reojo mientras le da un sorbo a la lata. Aun no lo había notado y este hallazgo le llama la atención.
—¿Insomnio? —pregunta en un tono agotado. A este punto sabe que no ganará ninguna discusión si intenta obligarlo a dormirse.
—Algo así… Eso no importa. Lo bueno de esta situación es que podemos tomarnos esto como una pijamada. Deberíamos jugar algo, ¿hace cuánto no juegas verdad o reto? Podría retarte a salir desnudo al pasillo mientras yo te filmo, luego subiríamos el video a las redes sociales. Oh, oh, podrías retarme a coquetear con una anciana en el lobby, frente a su esposo, como una cámara oculta. Y luego veremos cuál de los dos se hace más viral, el que tenga más visitas, gana. ¿Qué te parece?
—Francamente, es una de las ideas más estúpidas que has tenido.
Nanami abre sus cansados ojos, mira al cielo raso y suspira. Aún tiene la conversación que ha sostenido con Kasumi-chan en el dorso de su mente. Y este reciente recuerdo de Yu ha removido algo. Teme, como bien le dijo, que al seguir el curso de la vida de un chamán, termine sufriendo una muerte temprana, al igual que su viejo amigo. Entonces tendrá una culpa más que cargar.
—Satoru… —comienza y escucha un leve sonido ronco salir de la garganta del chamán más fuerte—. ¿Alguna vez te arrepientes de la profesión que elegiste?
—¿Huh? —él se detiene, deja el celular sobre una mano y con la otra acaricia su mentón—. ¿Ser sensei? Bueno, sé que no va muy bien conmigo, pero es agradable formar mentes jóvenes, sobre todo teniendo en cuenta lo fuertes que se han vuelto.
—No hablo de ser sensei. Aunque debo confesar que me preocupa un poco que tú seas quien los formes.
—Nanami… no hay nada más importante que formar mentes críticas, personas que sean capaces de ver la realidad más allá de lo que les dicen que es lo correcto.
Muy pocas veces sale algo de verdad de la boca de Gojou Satoru, eso lo puede reconocer.
—Hablo de ser un hechicero.
—¿Tu aún lo dudas? Creí que ya te habías decidido.
—Lo hice, sólo me preguntaba… Cuando la fuerza no es un impedimento para ser chamán, el resto de dudas se vuelven minúsculas. Tu no lidias a diario, como los demás, con la posibilidad de morir en tu próxima misión.
Satoru se ríe suavemente.
—La verdad es que he llegado a sentirme invencible… Pero el hecho de serlo no implica que no me haya encontrado con la muerte en más de una ocasión. Creo que a todo chamán, incluso en mi caso, llega un momento en el que… pierdes a alguien importante y te das cuenta…
—¿El verdadero valor de la vida humana?
—Se podría decir… sí, algo como eso. Oye, Nanami…
Él responde de la misma forma que Satoru lo hizo hace un momento, con un asentimiento en forma de un sonido gutural resonando dentro de su garganta.
—¿Por qué siempre tienes que salir con esos temas de conversación tan lúgubres?
—Buenas noches, Satoru. Ya duérmete, apaga ese celular y acuéstate a dormir o voy a golpearte.
—Está bien, está bien… —suspira y se sonríe—. Supongo que no podré escaparme esta noche.
Sus palabras no tienen mucho sentido para Nanami, pero no lo cuestiona. Teme terminar por desatar una conversación incluso más larga y simplemente cierra los ojos y lo ignora. Satoru apaga la luz, luego su celular y se acuesta dentro de las sábanas. Horas después, cuando abre los ojos nuevamente, la imagen de Kasumi en un uniforme escolar de escuela religiosa aún permanece sobre su mente.
Por la mañana, antes de salir, mira sus mensajes sin saber que tiene la esperanza de encontrar algo de Kasumi allí. A pesar de no haber contestado a su último mensaje, sigue esperando. Se sonríe decepcionado cuando se da cuenta de que mira sus viejas conversaciones, una y otra vez. Relee las cosas que ya le ha contado, ve esa foto que se tomaron la primera vez que estuvo a solas con ella. Y recuerda vívidamente cada minuto de sus noches juntos.
Kasumi se ha vuelto su primer pensamiento de la mañana, porque ha soñado con ella, y su último pensamiento en el medio de la noche, temiendo soñarla. Al igual que Suguru.
Afortunadamente ha tenido tanto trabajo últimamente que no le queda mucho espacio durante la tarde para pensar en ellos dos.
Ya no hay mensajes de buenos días, ni de buenas noches. Ya no hay llamadas tras sus misiones ni conversaciones sobre lo que está haciendo, o lo que va a comer. Solo está él, terminando sin mucho esfuerzo con una que otra maldición con la que juega y se divierte antes de pulverizarla. Pero, cuando ve las partículas de estos seres esparciéndose por el aire, no queda nada. Siempre termina solo, observando la nada misma.
Un mes y dos semanas
En Shizuoka, Kasumi lee nuevamente el último informe que le han dado para su misión mientras espera el vehículo que la llevará a la correccional. Antes de salir, les propuso a sus compañeros la idea de disfrazarse para Halloween, dado que no falta demasiado. Pero descubrió con decepción, que incluso ella tiene una misión asignada para esta fecha. De hecho, se pone al día con sus materias regulares entre vuelos o viajes en auto, ya que no le queda mucho tiempo libre.
Últimamente las apariciones han aumentado considerablemente, las ventanas no dejan de llamar, día y noche, y no hay suficientes chamanes para atender tantas situaciones a lo largo y ancho de Japón.
Una vez en el auto, revisa su tarea de historia y luego lee nuevamente el informe, nunca se está demasiado preparada para enfrentar una maldición. Teme confiarse, ya que sus misiones han sido demasiado fáciles y le aterra la idea de llevarse una sorpresa desagradable, como ya le ha pasado tres veces. Aparentemente la mayoría de personas lograron salir de la penitenciaría, por lo que la policía ha alertado a la población por la fuga de presos.
Luego de registrarse, deja sus cosas en la habitación del hotel. Un auxiliar la espera a las afueras para llevarla y ella se sienta sobre la cama para ver nuevamente el mismo mensaje que yace sin contestar. Parece que su corazón se ha vuelto obcecado, no entiende lo que es evidente. Y, a pesar de haber visto lo que permanece sin contestar, no deja de lastimarse a sí misma por volverlo a ver. Incluso parece que cada vez le duele más.
Repentinamente frunce el ceño, tiene la súbita idea de llamarlo y preguntarle por qué la ignora tan cruelmente. ¿Cuál es tu maldito problema, Gojou Satoru? ¿Cómo puedes ser tan frío? ¿Tan cruel?
Pero desiste. Suspira y el enojo se esfuma para volverse tristeza. Carece de valor, no siente tener la fuerza para escuchar algo que comienza a asumir lentamente.
Guarda el móvil en su bolsillo y sale por el pasillo de su habitación. Luego toma un elevador hacia la planta baja y, cuando está a punto de salir, recibe una llamada. Por alguna ingenua razón espera que sea él, pero su rostro se vuelve a marchitar cuando ve el nombre de Utahime brillando sobre la pantalla.
—Utahime-sensei —le dice, tratando de no sonar tan decepcionada.
—Miwa, ¿ya estás en la penitenciaría?
—No, estoy a punto de salir.
—Qué bien, ¿leíste el reporte?
—Sí.
—Yo acabo de leerlo, y encuentro que es poco conclusivo. El reporte dice que se trata de una maldición de grado tres, pero no sabemos cuantas muertes fueron provocadas por el motín y no por la maldición. Analiza la situación cuando estés ahí, y si necesitas ayuda, Gojou Satoru está en la ciudad, él puede ayudarte.
El corazón de Miwa se detiene al escuchar su nombre. Se queda sin palabras.
Finalmente están en la misma ciudad después de un mes y medio de no saber absolutamente nada del otro. Kasumi siente un nudo en el estómago, apretándose con más y más fuerza al punto de quedarse totalmente muda.
—¿Está aquí?
—Sí, probablemente está en el mismo hotel. Sé que está de camino a Yaizu con otros chamanes.
—No se preocupe —contesta, recobrando la compostura—. Lo llamaré si surge algo…
—Ten cuidado, Miwa.
—Sí.
Cuando cuelga, mira a los alrededores. Teme estar siendo observada por él en este mismo instante. Su corazón se agita, cada paso se siente incómodo. Aunque sabe que no debería temer encontrárselo.
Intenta creer que no ha hecho nada malo, que ha dado lo mejor de sí misma. Pero aún así le estresa. Tiene tan poca experiencia en estos asuntos que, se ha cuestionado demasiado cada interacción en busca de alguna respuesta que él no le ha dado.
Es extraño que, con esa idea en mente —que le ha dado lo mejor de sí—, que aún tema toparse con él en algún rincón. Continúa mirando los alrededores mientras avanza, buscándolo por un momento antes de salir por la puerta principal donde la están esperando.
Se desvía, camina con el celular apretado sobre la palma de su mano, la quijada rígida, el estómago hecho un remolino. Y, cuando llega al extenso comedor, lo reconoce.
Es él, indiscutiblemente. Nadie más que él podría llevar así el cabello, nadie se vería tan alto incluso sentado.
Kasumi lo ve mientras revuelve un café, probablemente disolviendo los cinco cubos de azúcar que suele ponerle a sus infusiones. Pero su presencia no es lo que le causa más conmoción, sino su compañía.
Se siente extraña observando la reunión que sostiene con otra mujer. Una muchacha exuberante de cabello negro, largo y de apariencia sedoso. Trae los labios pintados de un rojo intenso y los parpados levemente maquillados. Ella lo mira, lo mira de una forma que a Kasumi le avergüenza. Tiene los brazos cruzados, los pechos abultados sobre la mesa, un escote prominente.
Es hermosa, es muy hermosa.
Permanece parada, medio escondida tras una pared y se vuelve incapaz de quitar sus ojos de encima a ese par.
Los ve conversar, ella le sonríe, tiene una sonrisa muy linda. Debe tener la misma edad que él, se ve mayor, no es una niña, como ella, sino una mujer.
Al principio, Satoru parece un poco desinteresado en la conversación que sostienen. Mira de lado a lado, hojea el menú y se reclina sobre su silla cuando termina su bebida, cruzando los brazos sobre el pecho.
Con horror, Kasumi ve claramente cómo ella extiende una pierna debajo de la mesa. Ha dejado caer uno de sus tacones y le acaricia los tobillos. Él se inclina en su dirección y lo escucha reír suavemente, entre el resto de conversaciones que se dan simultáneamente en el salón.
Su pecho se hunde cuando Satoru extiende una mano y acaricia el mentón de esa mujer, desliza su pulgar por encima de su labio inferior y mancha su dedo con labial. Kasumi se queda repentinamente sin aire y se voltea, no puede seguir mirando.
Sale inmediatamente por el pasillo, cada paso más rápido que el siguiente. Se mantiene unida mientras respira aceleradamente y no es sino hasta que se topa con el auxiliar que recuerda la razón por la que está en este hotel.
—¿Lista? —le pregunta y parece extrañarse al verla, ha de ser por la horrorizada expresión de la muchacha que decide asentir varias veces, demasiado rápido.
Presiona la empuñadura de la katana y sube al auto. Hunde su cabeza, intenta recuperar la compostura en el camino y aprieta los ojos con fuerza para no llorar.
Antes de darse cuenta, el vehículo se estaciona y ella se voltea hacia la ventana a ver la el edificio. Pero, incluso antes de entrar, Kasumi está temblando. Todo su cuerpo tiembla, no de miedo, no siente el terror, aunque el edificio emana un aura demoniaca y oscura.
Camina por inercia, sus miembros se mueven por sí solos, como un autómata. El auxiliar coloca un velo sobre el edificio y ella ni siquiera levanta el rostro para observar el manto negro que cae como una cúspide de brea.
Una vez adentro, Kasumi apoya una mano sobre su pecho lo siente temblar. Una lágrima cae de su mejilla y luego otra. Un sollozo rebota sobre las paredes y escucha el eco de su llanto. Siente que ha comenzado a desmoronarse por dentro, ¿cómo puede doler tanto desde adentro?
—Contrólate… —se dice a sí misma mientras limpia las lágrimas que caen por sus mejillas.
Echa un vistazo sobre paredes grises, aun yacen algunas manchas de sangre esparcidas por los alrededores y nota bajo sus pies una particularmente larga que se extiende hacia uno de los corredores, como si alguien hubiera arrastrado un cuerpo mientras este se desangraba.
Kasumi suspira, no es momento de pensar en él, no es momento de preguntarse si esto ha estado pasando hace meses o es algo nuevo. No puede darse el lujo de dejarse distraer por aquello que pesa tanto sobre su corazón. Ella no puede permitirse sentir en este instante. Sin darse cuenta, introduce todo su dolor dentro de la apretada y resquebrajada botella para seguir adelante, aunque se escurra lentamente por las grietas.
En este momento, Kasumi no siente absolutamente nada. No hay nada dentro de ella, ni miedo, ni dolor, ni angustia. Kasumi sólo sigue los rastros en busca de la maldición que ahora desea matar. Lo único que quiere es exorcizar esta bestia, cuya sola existencia es la razón por la que su vida ha dado tantos vuelcos.
Las maldiciones son la razón porque la que su padre la odiaba, las maldiciones son la razón por la que las personas mueren, es por ellas que es una hechicera, es por ellas que tiene que pasar por todo eso, si no fuera por las maldiciones… ella nunca hubiera conocido a Gojou Satoru.
Camina por los pasillos de la correccional, observa la sangre y los restos de viseras esparcidos sobre las celdas. Sabe que el mayor grupo de muertos está en el patio, pero la energía maldita no es tan fuerte en esa dirección.
Su mirada está vacía cuando lo encuentra, a aquel monstruo horroroso. Lo encuentra cuando escucha un desagradable sonido, el sonido de huesos rompiéndose, el de carne siendo desgarrada. Es el sonido que producen las maldiciones al comer.
Lo encuentra de espaldas, mientras tira de un manojo irreconocible de carne y estira el cuello con fuerza hasta que el miembro se rompe y salpica sangre contra la pared. Y por primera vez, no le horroriza la escena.
Su cuerpo vibra por dentro, apoya sus pies con fuerza sobre el suelo y toma la empuñadura de su espada.
—Oye, tú —lo llama—. ¿Ya estás satisfecho? —le pregunta y eso se gira a observarla.
No tiene que mover su cuerpo por completo para enfrentarla, tiene el cuello negro, largo y retorcido, la cabeza invertida en una posición extraña, entre los labios cuelga un pedazo de carne humana que se mete a la boca como si se tragara una porción de fideos.
Le toma un solo golpe de su katana terminar con él. Ha llegado a escuchar un llanto ligero salir de su garganta contracturada, una voz aguda cuyo resoplo le toca las mejillas. La maldición se esfuma frente a ella. Las partículas vuelan a su alrededor y se desvanecen en el aire.
Ha sido demasiado fácil, piensa mientras vuelve a envainar la espada. Miwa se detiene, esta ligera distracción no es suficiente para sofocar el sentimiento, eso que comienza a expandirse por todo su cuerpo. La imagen de Gojou acariciando el rostro de otra mujer vuelve a su mente y no logra removerla.
Duele, vuelve a doler en el centro de su cuerpo y la garganta se le cierra. Está a punto de volver a llorar cuando escucha un sonido del otro lado de una puerta, a pocos metros del cadáver deformado de lo que alguna vez fue una persona. Miwa vuelve a desenvainar la espada, solo en este momento se da cuenta de que la energía malévola no se ha disipado del edificio.
Camina lentamente junto al cadáver, ignora completamente su forma desproporcionada y el hedor nauseabundo a hierro que se impregna por los alrededores. Una vez frente a la puerta, la abre y apunta su katana hacia el interior. Pero se queda inmóvil cuando encuentra del otro lado una mujer, escondida entre escobas y productos de limpieza, en ese pequeño armario.
Kasumi baja la espada y sonríe, la mujer no deja de llorar y la observa con horror por un momento, ya que probablemente esperaba que la maldición apareciera a cobrar su vida. Cuando se calma lo suficiente, observa el gesto de Miwa, quien extiende una mano en su dirección.
—Ven conmigo, te sacaré de aquí.
Ella asiente, toma su mano y Miwa siente el intenso temblor y el frío de su extremidad. Se pregunta por cuántas horas ha estado aquí escondida. Se pone de pie junto a ella, son casi de la misma altura, aún tiene puesto su uniforme, pero es una mujer adulta, debe tener al menos cuarenta años.
—Quédate detrás de mí, te llevaré hacia la salida.
La mujer no habla, se ha quedado muda del espanto. Voltea levemente a ver el cuerpo a medio devorar tirado a pocos metros y parece arrepentirse de haberlo hecho, ya que se gira a punto de vomitar.
Kasumi se pregunta si se ha empezado a acostumbrar al horror, o cuál es la razón por la que no se siente tan convulsionada por lo que acaba de ver.
—Sígueme… —indica mientras levanta la espada entre ella y el trayecto que comienza, de regreso a la entrada.
—Solo… solo eres una niña —le dice aquella mujer luego de seguirla por unos minutos y Miwa se sonríe.
—Lo sé…
Mientras cruzan la cafetería, Kasumi escucha un crujido. La mujer grita sobre su oído al ver la mancha negra que comienza a crecer sobre la pared, cuando una segunda maldición se abre paso sobre el concreto y estira el cuello para mirarlas.
Esta maldición, es mucho más horrorosa que la anterior. Tiene el cuello largo, retorcido y oscuro, como la primera, pero tiene cabello, una larga cabellera negra que cuelga desde su cabeza invertida, su expresión carece de vida. Su cuerpo delgado, escuálido con brazos largos y piernas deformes.
Kasumi siente la energía maligna emanando del cuerpo de la maldición, con más fuerza que la anterior, y se interpone entre la única sobreviviente y esa cosa.
Pero, cuando planea su ataque siente los pasos de la mujer corriendo hacia la puerta.
—¡No corra! —le grita al ver como la maldición se lanza contra ella, empujando mesas y sillas a su paso.
Es tan rápido, tan acelerado en sus movimientos descontracturados y antinaturales, que Kasumi sabe con sólo observarlo que no llegará a tiempo. Su brazo se mueve sin meditarlo, en una fracción de segundo arroja la espada y esta se incrusta sobre el cuello de la criatura para dejarla inmovilizada contra la pared.
La mujer cae al suelo, la maldición extiende las manos hasta ella, pero no logra tocarla y, luego de gritar, vuelve a levantarse y sale por la puerta, dejándola completamente sola.
En este momento, ve con horror como la maldición usa una mano para remover la espada de su frágil cuello que por poco llega a cortar. De haber sido más ancha la hoja, lo hubiera logrado. Si le arrancaba la cabeza se hubiera salvado, pero no lo hizo. La maldición se remueve el arma y una masa negra comienza a burbujear sobre su herida para reconstruirse.
Todo el cuerpo de Miwa tiembla al verlo retorcerse, la cabeza pende de un lado al otro, se sacude y la boca oscura grita con fuerza, tanta que logra aturdirla y apenas logra escapar de su primer ataque, cuando vuelve a moverse empujando todo a su alrededor con aterradora facilidad. Pero no llega a eludir el segundo estando tan cerca.
Un dolor agudo, uno que quema y arde en su interior. Las uñas afiladas, negras, de aquellos brazos largos que de apariencia son frágiles, pero son muy duros al tacto, le atraviesan de lado a lado de la barriga.
Cuando la criatura saca sus garras y desgarra sus órganos, Kasumi escupe y unas gotas de sangre le bañan los labios. Mira su camisa, comenzando a bañarse de sangre y escucha la maldición reírse de ella. Se aleja, deleitada por el daño que le ha infringido, parece regodearse de una forma horrorosa. Parece que le causa placer el miedo que emana del cuerpo de Kasumi.
Cae pesadamente sobre sus rodillas, vuelve a escupir sangre, esta vez sobre el suelo cuando se sostiene de ambas manos para no caer. Su abdomen gotea espesas gotas de sangre a través de la tela desgarrada de su camisa. Kasumi escucha el húmedo caer de su sangre mientras siente que el afilado dolor de su carne mutilada.
¿Acaso es este el lugar en el que va a morir? Finalmente, en un día tan patético. Ahora no solo llora porque Gojou le ha roto el corazón a la mitad, sino también porque este es el mismo día que ha sido elegido para terminar con su patética existencia. Un par de lágrimas caen de sus ojos. ¿Acaso esperaba algo más de sí misma? ¿Acaso esperaba poder proteger a los demás cuando no puede protegerse a sí misma del horror que está sintiendo ahora?
Akiko, Isao, Sochi, Kano, Mechamaru, Momo, Mai, Gojou… Todos pasan por su mente tan rápidamente que no se da cuenta la forma lenta en la que pasan los segundos. Mientras lágrimas caen desde sus ojos y se mesclan con la sangre que le baña las rodillas.
¿Realmente pensaba que ella era suficiente para un hombre como él? ¿Una pobre muchacha de dieciocho años? ¿Aún no entiende que él jamás la amó?
¿Por qué solo puede pensar en esto mientras la vida se le escapa en una laguna sanguinolenta, mientras escucha la risa macabra de un monstruo, merodeando a su alrededor?
La risa rebota sobre las paredes, cada vez más y más fuerte. La frustración, la soledad, la insuficiencia, la inutilidad. Lo odia, realmente odia todo lo que está pasando. Odia la risa mientras la escucha, odia la forma en la que va a morir, odia el trabajo que le toca desempeñar. Y en ese momento, cuando siente que está a punto de perder la razón, cuando todos sus sentimientos comienzan a surgir desordenadamente dentro de ella, su cuerpo vuelve a temblar.
La botella explota en su interior y se levanta, aun perdiendo la vida en cada movimiento. Extiende su mano en dirección a su espada y grita.
—¡Si quieres matarme ven por mí ahora!
El sonido de la hoja metálica atraviesa el recinto y Miwa siente sobre su palma húmeda la empuñadura. Finalmente lo ha entendido.
Finalmente acepta todo lo más oscuro que yace en su interior, oculto por miedo a sentir por completo aquello que tanto la lastima. Si estos son los residuos que le han dejado una vida de traumas, si este es el último regalo que recibirá de Gojou Satoru, lo recibe con los brazos abiertos.
Miwa sonríe, con los dientes manchados de sangre. Repentinamente le resulta gracioso que su única posibilidad de vencer esa abrazando por completo eso que tanto daño le hace. ¿Acaso es el desamor lo que le hará obtener la victoria?
Su mirada azul afilada y el cuerpo vibrando de la energía maldita que explota sobre todo su cuerpo, una ráfaga de calor que inunda todos sus rincones y quema, la revitaliza mientras siente que en cualquier momento caerá desplomada para morir.
Entonces, se ríe, ella misma se ríe de la expresión de la maldición que se aleja de ella al sentir la energía desbordando de su cuerpo.
—¿Acaso tienes miedo? ¡Yo también! ¡Estoy aterrada!
No se da cuenta, pero ahora su cuerpo solo se mueve gracias a la energía que brota descontroladamente de su cuerpo. No lo sabe aún, mientras agita su espada una y otra vez contra la maldición que no deja de retroceder tras cada estocada. Inintencionalmente desgarrando más sus propios órganos tras cada ataque.
—No huyas, o moriré antes de exorcizarte —le dice al notar que se vuelve lenta.
De pronto, como si todo se diese naturalmente, Kasumi vuelve a lanzar la espada, esta vez sobre su torso. Y, cuando la maldición se detiene a ver la espada, ella saca la misma daga que Mechamaru le obsequió del bolsillo que yace dentro de su chaqueta y clava el puñal en el medio de su deforme cráneo.
Antes de esfumarse, los ojos drenados de vida de Kasumi observan la expresión ausente de la maldición, sus ojos oscuros, como dos agujeros sin fin, la boca de labios partidos, secos. Parecen verse a los ojos, mientras la maldición se deshace y Kasumi pierde la fuerza.
Los pedazos diminutos de la maldición se levantan en el aire como ceniza. Kasumi los ve y se sonríe. La energía demoniaca desaparece lentamente y, tanto la daga como la katana, caen al suelo. Kasumi también cae.
Apenas tiene la fuerza para arrastrarse sobre el suelo para descansar sobre una pared. Posa una mano sobre su abdomen, no tiene la fuerza para quitarse el cinturón y hacer un torniquete. Sólo puede sentir la sangre abandonarla, segundo a segundo.
Otra lágrima le recorre la mejilla, se lamenta… ya que morirá aún amando a Gojou Satoru.
Mira con desinterés los alrededores, pone un terrón de azúcar más a su café luego de probarlo. Revuelve la taza, observa el rostro atento de Ritzuko Mawamirichi, una chamán que conoció hace diez años, mientras buscaba el paradero de Fushiguro Megumi.
—¿Tienes algo de información o no? Tengo otras personas con quien hablar y si no vas a decirme lo que necesito… —Repentinamente siente sobre sus tobillos el roce de su pie desnudo.
Gojou se sonríe. Soñar tan frecuentemente con Kasumi lo tiene particularmente sensible. Sus intenciones evidentes lo estimulan involuntariamente, tanto que recuerda la última vez. Esta no sería la primera ocasión en la que decide acostarse con Ritzuo. La mira mientras se ríe de su avance. Es extraño saber que ha compartido una amante con Toji Zen'in.
—Tal vez sepa algo, pero necesito refrescar mi memoria.
—Oye, oye… No me gustan los chantajes —extiende su mano sobre su rostro y acaricia su labio inferior con el pulgar—. Eres linda, pero estás tan loca de remate que temo me cortes el pene si no lo hago como a ti te gusta.
Es lamentable que se sienta atraído por esta propuesta, aunque el universo ha conspirado a su favor y dispone de una habitación de hotel a pocos metros de distancia. Lo considera, ya que a pesar de que sabe con certeza que esta mujer está ligeramente demente, es un animal en la cama. ¿Por qué será que las más locas son las más promiscuas? Debe ser porque nada las inhibe.
—¿Desde cuándo te volviste un miedoso?
—Das miedo, Ritzuko. ¿No te lo habían dicho antes?
—Un par de veces, pero Toji no me tenía miedo… Creí que eras más valiente que él, pero resulta ser que eres inferior.
—¿Pretendes seducirme maltratando mi ego? —el suspira—. Está bien, pero si no tienes nada qué decir acerca de las maldiciones será la última vez en la vida que…
Su celular vibra y Gojou se detiene. Observa el nombre de Utahime sobre la pantalla y se voltea a Ritzuko, quien lo observa como un pedazo de carne mientras se relame los labios.
—Tengo que tomar esta llamada —Mientras atiende, ella comienza a pinchar la porción de tarta que se ha pedido para acompañar su té—. ¿Hola?
—Gojou, ¿hablaste con Miwa?
—¿Huh? —él levanta las cejas bajo la venda—. ¿Qué?...
—¿Aún no? —suspira—. Acabo de hablar con ella, está en Shizouka…
—¿Ocurrió algo? —pregunta con más tranquilidad, ya que, a juzgar por su tono, no sabe absolutamente nada.
—Está en una misión, en una penitenciaría. El informe es poco conclusivo, además… Miwa ha estado algo distraída últimamente. ¿Podrías ir por ella y asegurarte de que esté bien?
—Claro, envíame la dirección e iré de inmediato.
—Gracias.
Gojou cuelga y esquiva el cuchillo que Ritzuko clava sobre la mesa. Abre los ojos, sorprendido por el exabrupto.
—¿¡Acaso vas a dejarme plantada, Gojou Satoru!?
—N-No… Claro que no… Solo, solo contesté por formalidad. Ya sabes cómo son en el colegio. Oye, ten, para que no creas que te dejaré plantada —dice mientras le extiende la llave de su habitación de hotel—. Sólo me tomará un minuto, espérame ahí, ¿quieres?
Ella toma la llave entre sus manos y vuelve a sonreír, ignora con demasiada facilidad la forma en la que todos los observan en las mesas aledañas.
—Si no vuelves rápido, te maldeciré, ¿me oíste?
Él sale del comedor, sudando frío. Qué complicadas son las mujeres… se dice a sí mismo mientras sale del hotel. Pocos segundos pasan hasta que recibe el mensaje de Utahime con la dirección. Levanta la mano sobre la calle y detiene un taxi.
Para cuando llega a la correccional, ve una mujer saliendo, da un tropezón a los pies del auxiliar y se aferra de su ropa. Se inclina sobre sus rodillas y llora, apretando con fuerza la tela bajo sus dedos.
—¡Tienen que ayudar a la niña!
Gojou escucha sus palabras y voltea al edificio que repentinamente deja de emanar energía oscura. Camina tranquilamente hasta llegar hasta el auxiliar, quien ayuda a aquella mujer a ponerse de pie.
Tal vez no tenga que pasar mucho tiempo aquí, aparentemente Kasumi ha logrado exorcizar a la maldición. Pero, mientras más segundos pasan, más intranquilo se siente. Kasumi no sale del edificio.
—¿G-Gojou Satoru? —dice el uniformado al notar su presencia y él asiente, inmediatamente vuelve la vista y espera.
Nada sucede. Algo está mal.
Gojou comienza caminando hasta la puerta, abre sus seis ojos y lo siente. Algo en su interior se retuerce, una espina que crece a medida que observa la energía maldita de Kasumi apagándose. Los ojos se abren y miran desde todos los rincones. Sin darse cuenta comienza a correr, corre y empuja las puertas hasta que finalmente la encuentra.
Su corazón se detiene. Kasumi está sentada contra la pared, con una mano sosteniendo una herida que ha manchado de sangre su uniforme. Se sienta en una laguna extensa, el olor empapa de hierro todo a su alrededor. Repentinamente le pesan los pies, cada paso se siente extrañamente pesado, uno más pesado que le anterior.
Ya no tiene fuerzas ni para sostener la cabeza en alto, Kasumi está pálida.
Está muerta, piensa Gojou mientras se agacha hacia ella y su boca se tuerce. No, no, no… no puede estar muerta, Kasumi no puede estar muerta. No de nuevo, no puede ver esto pasar de nuevo.
Como si despertara de un transe escalofriante, Gojou apoya sus dedos sobre el cuello de Kasumi y detecta el débil latido de su corazón.
—Estás viva —le dice, pero no puede sonreír. Quizás le restan segundos.
La toma entre sus brazos y la observa caer sin fuerza sobre él.
Es extraño, hasta este momento no se había dado cuenta por completo lo mucho que la echaba de menos. Lo siente en su interior al ver su rostro enfermo, los labios manchados de sangre y las lágrimas cayendo sobre sus mejillas. Lo comprende cuando la idea de su muerte comienza a desgarrarlo por dentro y junta ambas manos para llevarla hacia Tokio.
Cuando aparece sobre el campus ruega que Shoko esté ahí, que no este bebiendo, que esté despierta. Ruega mentalmente mientras camina a grandes zancadas y grita su nombre hasta que le duele la garganta.
No se da cuenta de la desesperación que hay en su tono, ni de la forma en la que le tiemblan las manos. Esta vez no puede perder, no puede perder otra vez. No puede ser que nuevamente tenga una mujer muerta entre los brazos. Nadie merece una vida feliz más que ella.
El corazón le vuelve a latir cuando Shoko abre la puerta de su enfermería con los ojos bien abiertos. Ve a la muchacha entre sus brazos y se apresura a entrar nuevamente.
—Déjala sobre la camilla —le ordena rápidamente él permanece parado junto a las dos mientras le desabotona la camisa, revelando la enorme herida que una maldición dejó sobre su abdomen.
—¿Estás a tiempo? Puedes hacerlo, ¿cierto?
—Satoru, sal un momento, por favor… Necesito concentrarme.
Él no sabe por qué sus pies se sienten tan pesados, por qué está inclinado a no moverse ni un centímetro y por qué ignora las palabras de Shoko hasta que ella lo empuja a salir.
Aprieta los puños, si Shoko no está a tiempo… si la trajo demasiado tarde… Debió haber usado su técnica para llegar de alguna forma a la penitenciaría. Debió haber llegado antes.
Debió haber hablado con ella, quizás incluso debió haberla disfrutado más.
Gojou comienza a sonreírse.
¿Por qué estás pensando tan fatalmente, Gojou?
La verdad es que no tiene ninguna respuesta. Solo tiene un deseo irrefrenable de quedarse allí hasta que Kasumi salga caminando y probablemente le recrimine su inaceptable ausencia. Oh, cómo desea que lo haga. Que lo golpee, que le recrimine, que lo odie incluso.
Vuelve a abrir sus seis ojos, aún mira cada parte de Miwa. Cada partícula subatómica de energía maldita que abandona su cuerpo hasta que se detiene, hasta que deja de escurrírsele la vida.
Se cruza de brazos y espera hasta que la noche llega, Shoko no sale de la habitación y él recibe una segunda llamada de Utahime en la que le explica la situación, muy a grandes rasgos. Por supuesto, omite la parte en la que está parado a las afueras de la enfermería esperando hace tres horas.
Cuando la puerta se abre y él se voltea, Ieiri lo ve perpleja. Se quita los guantes de látex y saca una cajetilla de cigarrillos de su bolsillo.
—¿Sigues aquí?
—¿Está despierta? —pregunta Gojou y nota una ligera contracción en el entrecejo de Shoko, cada vez se siente más evidente—. Sólo quería hacerle unas preguntas.
—Está bien, pero no la molestes demasiado. Le tomará un tiempo recuperarse por completo.
Él asiente y la ve salir por el pasillo con un cigarrillo sobre la palma de su mano. Cuando gira por el siguiente corredor, Gojou empuja la puerta y la encuentra sentada sobre la camilla. Kasumi levanta la vista hacia él y lo primero que hace es cubrir su pecho con la sábana de la camilla. Tiene el abdomen cubierto de vendajes y aún permanece un dolor punzante de lado a lado de su torso.
Él cree saber la razón por la que desvía la mirada y no le dice nada. Pero, su expresión no lo disuade de acercase. Camina hasta ella y levanta su mano derecha hasta acariciar su mejilla. Su pulgar se mueve suavemente sobre su piel y ella levanta el mentón y lo mira. Repentinamente siente la inclinación de besarla, todo dentro de él se siente cálido, Kasumi está viva.
—Tuviste suerte de que estuviera cerca —le dice suavemente y ella deja de verlo a la cara.
No es la primera vez que Kasumi se siente tan débil entre las manos de Gojou Satoru, no es la primera vez en la que se pregunta por qué no puede romper su contacto. ¿Por qué le cuesta tanto trabajo?
La mano izquierda de Gojou se posa sobre su otra mejilla y la obliga a verlo. Detesta la forma en la que su corazón se desboca cuando lo tiene tan cerca, cuando él hace tan claras sus intenciones.
—Yo también la pasé muy bien contigo.
Le afligen sus palabras, era todo lo que estaba esperando de él durante semanas. No puede articular palabra, no puede decirle lo que ha visto, no puede remover las manos que le acarician las mejillas y se siente estúpida cuando cierra los ojos y deja que él la bese de nuevo. Lo necesita, su piel necesita de él, su corazón necesita desesperadamente este último beso.
Una lágrima cae de los ojos cerrados de Kasumi y moja el pulgar de Gojou. Él se detiene apenas por un instante y mira sus ojos rojos bajo sus pestañas húmedas.
—¿Aún duele?
—Duele mucho…—contesta ella con la voz pendiendo de un hilo.
Él vuelve a besarla y limpia sus lágrimas mientras lo hace.
—Te echo de menos —confiesa entre suspiros, mientras la besa una y otra vez hasta que la suelta súbitamente.
Gojou se arrima contra la pared y se limpia los labios con el reverso de su mano. Kasumi esconde su rostro avergonzado bajo su cabello. Shoko acaba de abrir la puerta luego de darse cuenta que había olvidado su encendedor sobre la mesa.
Más perpleja que antes, con el picaporte aún sobre su mano derecha, observa al par con la boca abierta.
—¿Qué carajo…?
Así que este es el final, piensa Gojou. Ahora es cuando realmente empieza. Se sonríe, se da media vuelta y ve el rostro de Shoko Ieiri, su expresión vacilante, que no da crédito a lo que acaba de ver.
—Creo que… Shoko y yo vamos a tener una conversación —dice, caminando hacia ella para tomarla del brazo y arrastrarla lo más lejos posible de la enfermería.
—¡Oye! —le dice en un tono monótono. Ni siquiera en la situación más desesperante Shoko es capaz de levantar la voz—. ¿Qué es lo que acabo de ver?
Gojou la arrastra por varios metros, necesita un lugar seguro para tener esta conversación. Abre la puerta de la morgue y cuando entra siente el aire frío y seco rozar su piel. La luz artificial, de un blanco enfermizo, está encendida sobre ellos y él se reclina contra la puerta.
—Bueno, ¿vas a ofrecerme una explicación o me trajiste aquí para matarme? Es conveniente, no tendrían que mover mucho mi cuerpo.
—¿Realmente crees que te mataría por algo así? ¿Eso es lo que piensas de mí?
—Vaya, ahora sí que necesito mi encendedor —comenta mientras mira el cilindro blanco que descansa sobre sus dedos—. No estoy segura de lo que pienso de ti, Satoru. En realidad, jamás he estado muy segura. Pero esto sí que no me lo veía venir… ¿Soy la única que lo sabe?
—Nanami lo sospecha, un alumno de Kioto también.
—Bueno… y, ¿qué piensas hacer? —dice ella, también reclinándose sobre la pared luego de guardar el cigarrillo dentro de la cajetilla.
Gojou medita, hasta hace unas horas tenía decidido lo que haría. Este último beso no estaba entre sus planes. Se encoje de hombros, la verdad es que ya no está seguro.
—¿La quieres?
—Me importa.
—Eso no suena suficiente…
—Lo sé.
Shoko suspira.
—Sabes lo que tengo que hacer.
—Sí…
—¿Estás triste? No suelo verte preocupado.
—No estoy seguro. Sé que no tengo derecho de pedirte esto, pero, ¿podrías esperar a que me despida apropiadamente de ella antes de hablar con Yaga?
—No lo sé… ¿Hace cuánto que…?
—Unos cuantos meses.
—Mierda, Satoru. De verdad me estás atando de manos aquí.
—¿Estás dudando si delatarme o no? —se ríe.
—Lo que estás haciendo es demasiado inapropiado como para tener dudas… Pero, de verdad siento mucho que te hayas fijado en alguien que no puedes tener. Solo espero que no estés jugando con ella, eso sí sería imperdonable.
Él asiente sin decir nada.
—¿Entonces…?
—¿Ella está enamorada de ti?
—Eso dice…
—Te daré unos minutos. Solo se amable con ella…
—Gracias.
Satoru toma el picaporte y sale de la morgue, volviendo a recorrer sus pasos hasta la enfermería. Una vez frente a la puerta, se detiene un instante para reunir el coraje que necesita para terminar con lo que ha empezado. Es extraño, le cuesta trabajo abrir la puerta. Se le pasan los segundos y aún está ahí, pensando exactamente lo que dirá, cómo lo dirá. Imagina las diferentes reacciones que puede tener Kasumi y cuando está listo, o cree estarlo, abre la puerta para encontrar las sábanas revueltas de la cama y sobre ellas una ligera mancha de sangre.
Kasumi se ha marchado.
N/A: Ay este capítulo fue un montón, pueden esperar que el siguiente sea igual o más largo, y será el capítulo final. De verdad disfruto escribiendo estos personajes y me alegra mucho que haya personas igual de entusiasmadas que yo, a pesar de que es evidente que el desenlace no será un final de Disney. No sé si logré capturar la imagen que tengo de Gojou y Miwa por completo, seguramente hay mucho que se me ha escapado. Espero que no odien demasiado a Gojou después de leer este capítulo, aunque era algo que se venía venir desde hace mucho si han prestado atención. No estoy segura de que lo que esté haciendo se pueda considerar infidelidad, pero sí es irresponsabilidad afectiva. En mi opinión esto no lo hace una mala persona, sólo una persona, que es lo que quiero transmitir. Ambos son personas con dificultades que sopesan sobre sus vidas cotidianas. En fin… el próximo capítulo va a ser muy difícil de escribir, como ya pueden ir anticipando… Ojalá les haya gustado este capítulo y, si tienen tiempo, me lo dejen saber.
Mil gracias a todas las personas que dejaron comentarios en el capítulo anterior. Les mando un abrazo muy grande.
