Capítulo 18: Lo inevitable
Parte II
El bochorno se hace tan insoportable que tiene que salir de allí. Aunque sus heridas se abran, aunque la sangre vuelva a brotar de la carne que aún vibra con la energía y la técnica maldita de Shoko. Sale al pasillo con un sentimiento de desesperación que le roe la piel.
La vergüenza, la inmoralidad de lo que hace, el dolor de su engaño, la cercanía a la muerte, todo se arremolina confusamente en su interior y la obliga a levantarse para marcharse lo más lejos posible de Tokio. Lo más lejos posible de Gojou Satoru.
El primer problema surge cuando está en las afueras del campus, temiendo que Satoru o alguien más la encuentre. Apretando en su abdomen la herida más reciente. Su ropa manchada de sangre seca.
Lo único que tiene a mano es su teléfono móvil, la daga de Mechamaru y su katana han quedado olvidadas en la penitenciaría. No se lo piensa mucho antes de llamar, no tiene otra forma de salir de Tokio.
Recoge las pocas monedas que tiene en los bolsillos de su chaqueta y toma un taxi hasta un parque, uno que, por casualidad o gracia del destino, se encuentra a pocas manzanas del Colegio de Magos de Tokio. Por suerte, nadie la ha visto, por suerte ha recuperado las fuerzas para caminar. Pero ha perdido mucha sangre y sabe que no llegará muy lejos sola.
Mientras está en el asiento trasero del coche y el conductor la mira, después de preguntarle si quiere que la lleve a un hospital y ella se niega, lo llama. Por suerte, él no está durmiendo, o eso es lo que piensa ella cuando lo oye atender y vacila antes de hablar. Esta es la primera ocasión en la que Miwa escucha la voz real de Kokichi Muta, y no la voz mecánica de su marioneta.
—¿Miwa? —pregunta, desconcertado, interrumpiendo el trabajo que está haciendo sobre otra marioneta.
—¿Mechamaru? —cuestiona ella, ligeramente confundida.
—Sí... soy yo.
—Vaya... es la primera vez que escucho tu voz —Esto provoca una sonrisa en el rostro de ambos.
—Lo sé, Mechamaru está dormido...
—Yo... siento mucho pedirte esto, pero... necesito ayuda.
Kokichi pierde las palabras al escucharla, pero rápidamente sale de su ensimismamiento para responderle.
—Estoy aquí, ¿qué necesitas de mí?
Kokichi siente inmediatamente a su atrofiado corazón latir rápidamente en su pecho. Nunca se había sentido así, Miwa nunca había acudido a él en busca de ayuda. Y, aunque le preocupan las circunstancias que ella pronto le revelará, se siente feliz de poder servirle.
—Estoy en Tokio... y no tengo dinero para volver a Kioto... No tengo mis cosas, no tengo nada. Además... estoy herida.
—¿Qué?
—Sí... ¿puedes ayudarme?
—¿Necesitas asistencia médica? —pregunta él mientras imagina la razón por la que ella no ha decidido ir a la escuela de Tokio.
—N-No... —responde, aunque duda al mirar la sangre que aún brota sobre su camisa manchada—. Aunque… me vendría bien una muda de ropa y unas vendas.
—Envíame la dirección en donde estás... Veré lo que puedo hacer. Vigila tu teléfono móvil. No te preocupes, te ayudaré.
—Siento ponerte en esta situación, pero... ¿podrías no decírselo a nadie?
—No pasa nada. No te preocupes.
Asiente y, cuando cuelga, mira la fotografía de Kasumi en la pantalla. Teme haber cometido un error, ya que lleva varias semanas manipulando los informes que llegan a Kioto para mantenerla fuera de peligro. Adivina, con tristeza, cuál es la razón por la cual ella evita ir a la escuela de Tokio, cuando está allí. Es extraño, Miwa no debería estar en Tokio, y mucho menos tan cerca de Halloween...
Despierta a Mechamaru, ve la dirección que le ha enviado Miwa y tras coger unas cuantas cosas de su habitación, unas vendas de la enfermería y algunas cosas más por si acaso, manda a su marioneta volando a toda velocidad. Teme estar tardando demasiado, pero no tiene otro remedio, no puede contactar con nadie en Tokio para ayudarla, tiene que hacerlo él mismo. Sobre todo, sabiendo que probablemente sea lo último que pueda hacer por ella.
Mientras Mechamaru está en camino, prepara los dispositivos de inteligencia artificial de emergencia, por si todo sale mal... Graba algunos mensajes y sigue llenando jarrones con energía maldita.
El parque donde espera Miwa, en pleno atardecer, está desierto. Cuando la ve, con el rostro pálido, a punto de dormirse, se le detiene el corazón. Corre a través de la marioneta y la llama con un tono desesperado, pero se siente aliviado al ver que abre los ojos. Su expresión cansada, sus ojos rojos, sus pestañas húmedas.
Kokichi no sabe la razón por la que Miwa está llorando, pero siente dentro de su corazón que las heridas de su vientre no son la única razón.
—Tengo que llevarte a un hospital —le dice, agachándose para mirar la sangre fresca que fluye lentamente de su herida. Percibe los rastros de una técnica y se da cuenta, Kasumi ha estado en el Colegio de Tokio, esta técnica es de Shoko Ieiri.
—Sólo necesito cambiar las vendas y ropa limpia —le asegura tratando de sonreír—. Gracias por venir por mí... No sé cómo agradecértelo.
—No es nada...
Mechamaru gira el rostro, hay un baño público a pocos metros y sin preguntarle la toma en brazos para llevarla adentro. Kasumi gime suavemente, pero no lo detiene, apenas tiene fuerzas para mantenerse despierta.
Una vez dentro, la sienta junto al lavabo y saca un dispositivo de su bolsillo para cerrar la puerta desde dentro.
Ella lo ve, hay una pequeña cara en el centro, una réplica diminuta de la cara de Mechamaru. Deja una bolsa al lado de Miwa y ella comienza a quitarse la chaqueta, su cara se tuerce en un gesto de dolor, apenas puede sacar una manga cuando él se acerca para ayudarla.
—No tienes que hacer esto... —le dice avergonzada, con la cara apenas sonrojada sobre la piel pálida.
—No quiero... incomodarte...
—Está bien... Supongo que está bien...
No tiene más remedio que aceptar su ayuda, apenas puede moverse, apenas puede levantar las manos para desabrocharse la camisa.
Mechamaru la ayuda, con toda la delicadeza que le permiten sus gélidas manos, compuestas de diferentes aleaciones. Kokichi se sonroja bajo las vendas que cubren su rostro. Ve, desde la bañera, los tirantes negros de su ropa interior, luego los hombros blancos de Kasumi y finalmente las vendas manchadas que rodean su abdomen. Se da cuenta al mirar, a través del espejo, que Kasumi tiene dos heridas, de lado a lado en el torso. Ambas están sangrando.
Con cuidado, desenrolla la venda y encuentra cinco puntos muy recientes junto su ombligo. A Kokichi se le agolpan las ganas de preguntarle qué ha pasado y se abstiene de decirlo en voz alta. Coloca un poco de antiséptico con un algodón y luego una venda en cada lado. Vuelve a envolverla con la gasa blanca y evita mirar su pecho semidesnudo.
El corazón de Kokichi late tan fuerte que le duele por encima del pecho, más de lo habitual. Pero este encuentro carece de cualquier tipo de romance. Aquí no hay nada más que un amigo, nada más que ella quiera de él que un amigo. A pesar de que su cuerpo entero se sofoca de solo tenerla tan cerca, aunque no sea él quien la toque.
Cuando termina, la ayuda a ponerse una camisa limpia que abotona con suavidad. Si hubiera sido él mismo, en carne y hueso, no habría podido terminar esa misión sin sentir sus manos temblar sobre el cuerpo de Miwa. Es un alivio que tenga que hacerlo a través de él, de Mechamaru.
La ayuda con su chaqueta, sin poder ayudarla a deslizar su pelo fuera del cuello de la ropa.
Kasumi no puede mirar a la marioneta a la cara, desvía la mirada en otra dirección durante toda la interacción. Cuando termina, Miwa mira el par de pantalones que la esperan y se da cuenta de que esto es demasiado, tiene que sacar fuerzas de algún sitio para terminar de vestirse conservando la poca dignidad que le queda.
Apoya sus manos en el frío pecho de Mechamaru y hace un esfuerzo por levantarse. En ese momento, recupera el valor para mirarle a la cara y Kokichi la observa mientras una ligera y tímida sonrisa curva sus labios. Lo deja sin aire.
—¿Podrías... darte la vuelta?
Asiente, se da la vuelta y oye la cremallera de los pantalones de Miwa, luego la tela deslizándose sobre sus piernas y gemidos que le duelen más a él que a ella.
—Ya está... —le dice ella y él se vuelve a girar.
Kasumi mete la ropa sucia en la bolsa que ha traído. Se lava las manos sobre el fregadero y se detiene a pensar mientras las seca en un aparato contra la pared.
—¿Podrás volver a Kioto en este estado?
—Sí... creo que sí.
Duda un momento. Puede comprar dos boletos de tren que les dejen en Kioto en dos horas, pero teme que estén todos reservados. Llevarla por el mismo camino que llegó sería lo más conveniente. Pero el semblante pálido y descompuesto de Kasumi le hacen dudar.
—Espera aquí un momento, ahora vuelvo.
Cuando Mechamaru se marcha, llevándose el dispositivo que ha colocado en la puerta, Miwa se sienta en un retrete y cierra los ojos. Está tan cansada que apenas puede mantener los ojos abiertos, pero debe agradecer que no está muerta.
Gojou le ha salvado la vida, pero es difícil encontrar un hueco para darle las gracias después de todo lo que ha pasado.
Con manos temblorosas, Kasumi coge su teléfono móvil. Observa en el nombre de Satoru en la pantalla, que no ha dejado de llamarla desde hace al menos media hora. Desde el momento en que se dio cuenta de que ella había salido del campus.
Teme que él encuentre el rastro de la técnica de Shoko y dé con ella, eventualmente. Pero, como se ha subido a un coche para llegar hasta aquí, es muy probable que él le haya perdido la pista.
No está preparada para hablar con él, no está preparada para tener esa conversación, no en este estado, no ahora.
Kasumi se pregunta qué pasará ahora, la incertidumbre es tenue, pero está ahí, Shoko los vio. Algo tiene que salir de ese descubrimiento, todo el mundo lo sabrá ahora. Todos sabrán lo que ha estado haciendo a sus espaldas. Es sólo cuestión de tiempo, tal vez sólo minutos, tal vez ya lo saben.
Mechamaru llega poco después. Lo oye caminar frente a los baños públicos y lo ve detenerse frente a ella, que sigue sentada en el inodoro, respirando lenta y cansadamente.
Él trae una manta entre sus manos y ella se extraña.
—Será la forma más rápida de volver... —responde él, esperando que ella lo entienda sin dar demasiadas explicaciones.
Kasumi entiende después de unos segundos y sonríe. Se aferra a la pared para levantarse y se acerca a él. Se deja arropar y se da cuenta de lo frías que están sus propias manos.
Siempre ha esquivado las respuestas a las preguntas que involuntariamente se hace. Últimamente, las preguntas que más le atormentan tienen que ver con ella, con la chica que ha desaparecido del campus.
Está claro que ella quiere alejarse de él, Kasumi quiere alejarse de él, aunque muera desangrada en medio de la carretera.
Gojou persigue los rastros de la técnica de Shoko por la calle hasta que se desvanecen en el aire. Coge su teléfono móvil y la llama varias veces, aunque ella lo deja sonar, una y otra vez, hasta que cae en su buzón de mensajes.
Es frustrante, como mínimo, pero al mismo tiempo no puede parar. No se detiene en su búsqueda, aunque Yaga no deja de llamarle. Se dirige a la estación de tren con la esperanza de ver su vibrante cabello en algún lugar, pero no la encuentra.
Tokio es tan grande que ni siquiera consigue verlo por completo. Pone a prueba continuamente la magnitud de sus poderes mientras persigue su rastro. Abre sus seis imponentes ojos, pero no consigue encontrarla. Kasumi no responde. Yaga bombardea su teléfono.
A medida que pasan las horas, el único consuelo que encuentra en esta situación que lo tiene completamente inexpresivo, es que al menos Kasumi colgó su última llamada antes de enviarla al buzón de voz. Lo que significa que no se ha desplomado para morir desangrada en algún rincón remoto de Tokio.
Derrotado, Gojou regresa lentamente a las instalaciones de la escuela.
—Esta vez sí que has metido la pata... —se felicita mientras camina por la acera, a pocos metros de la escuela. El móvil vuelve a sonar, pero no es Kasumi, Yaga vuelve a llamar y decide atender—. Voy para allá —responde y cuelga, sabiendo muy bien la conversación que le espera.
No es alguien que huya de los problemas, o al menos esa es la idea que tiene Gojou de sí mismo. Camina con la mirada tranquila, con las dos manos en los bolsillos, hacia la ominosa sala donde Yaga cose sus marionetas. No tarda tanto en abrir la puerta que tiene delante, no tanto como le ha llevado abrir la puerta de la enfermería para terminar su relación clandestina con Kasumi.
Las velas pintan las paredes de madera con un halo anaranjado. Siempre se ha preguntado por qué no hay electricidad en esta sala, por qué Yaga ha elegido esta forma rudimentaria de iluminación. Camina hacia el centro, su maestro está sentado al otro lado, esperándole, sentado con las piernas cruzadas en un altar de apenas medio metro de altura.
—Te he estado llamando durante una hora —le dice, alzando la vista hacia él, oculta bajo sus gafas negras.
—Lo sé. Supongo que ya has hablado con Shoko.
El tono despreocupado de Gojou se ha vuelto tan cotidiano que a Yaga ya no le molesta como al resto, no importa la circunstancia, siempre se comporta así. Sólo recuerda haberlo visto agitado cuando Getou desapareció, aquella tarde y los días posteriores. Tardó un tiempo en recuperar esta actitud que no ha abandonado desde entonces.
Este momento es diferente, lo que ha hecho es imperdonable, la forma en que lo está afrontando también es imperdonable.
—¿Tienes idea de la gravedad de lo que has hecho?
—Mhm...
Yaga suspira y se gira para tomar un pequeño vaso de sake que se sirvió poco después de que Shoko llegara para darle esa funesta noticia.
Desde luego, no es la primera vez que le ve beber, pero es extraño que tome una copa durante una reunión de este tipo. Probablemente se esté armando de valor para despedirlo. Gojou sonríe, se rasca la nuca y suelta una leve risa, casi imperceptible.
—Bueno, haz lo que tengas que hacer —dice, evitándole la meditación.
—Satoru... de todas las mujeres de Tokio, ¿por qué te fijaste en una estudiante?
Lleva un buen rato haciéndose esa pregunta y aún no encuentra la respuesta. Baja la mirada, Yaga ha desempeñado el papel de un padre para él, el padre que su propio padre no pudo ser, o no quiso ser. Casi nunca se avergüenza de las cosas que hace, casi nunca se siente como ahora, cuando no puede sostenerle la mirada.
—Simplemente sucedió.
—Estás forzando mi mano... Ambos sabemos que no nos regimos por las mismas reglas que las escuelas convencionales... Pero todo tiene un límite. ¿Qué edad tiene?...
—Dieciocho —responde inmediatamente, como si eso mejorara el asunto.
Yaga se sirve otro vaso, Gojou no sabe si es el segundo o el cuarto, Yaga puede tolerar el alcohol, no como él. Se bebe el pequeño vaso de un trago y suspira mientras piensa.
—Te mereces... te mereces que remueva de tu puesto y que te expulse de esta escuela inmediatamente.
—Entonces, ¿qué te detiene?
—Tú también lo sabes, ¿no? Tienes que saber en el fondo de esa cabeza hueca que esto es grave.
—Lo sé...
—Lo que me detiene ahora es que... No estamos pasando por circunstancias normales. Tú y yo sabemos que algo grande se nos viene encima y... no podemos permitirnos perderte. Maldita sea, mierda, Gojou, ¿por qué lo hiciste? ¡Mierda! —dice de nuevo y lanza el vaso contra la pared. El cristal salpica el suelo de madera pulida.
Gojou levanta las cejas bajo la banda negra que cubre su rostro. Nunca le había visto tan enfadado.
—Te lo dije... sólo pasó.
—¡No! No me vengas con esa mierda de que simplemente pasó. Sabías exactamente lo que hacías, ¿no mediste las consecuencias de tus actos? Eras consciente de que era una alumna de Utahime y sin embargo... —vuelve a suspirar, esta vez coge la botella de sake y se la lleva a la boca para volver a beber—. Gakuganji va a pedir tu expulsión de la organización...
—Y tú, ¿qué vas a hacer?
—Esto es demasiado serio como para dejarte ir con una advertencia... Pero no puedo permitirme perder a alguien tan fuerte como tú. En todos tus años aquí, nunca habías hecho nada tan estúpido... Y... cuando llegue el momento, te necesito aquí para proteger a los estudiantes. Con maldiciones tan fuertes atacándonos, con la creciente aparición de maldiciones... sabes que es sólo cuestión de tiempo.
—¿Vas a mantenerlo en secreto?
— Mierda, Gojou... Idiota, pedazo de mierda sin cerebro. No sólo tienes una relación con una estudiante, sino que además la has perdido. ¡Tengo que llamar a Utahime para decirle lo que ha pasado! Tengo que llamarla y explicarle lo que hiciste... A partir de hoy... tienes prohibido pisar las instalaciones de Kyoto. No quiero que vuelvas a poner un pie en esa ciudad, ¿está claro?
Él asiente, pero, aunque sabe que no habría fuerza para detenerlo si quisiera, respeta demasiado a Yaga como para romper este pacto.
—Y no puedes volver a contactar con esa chica. Considera esta conversación terminada y sal de mi vista ahora mismo. No quiero ver tu rostro por un segundo más...
Gojou vuelve a asentir y se da la vuelta, pero antes de marcharse decide dirigirle una última palabra.
—Lo siento, Yaga-sensei.
Cuando sus pies tocan el suelo de Kioto, Kasumi se baja de los brazos de Mechamaru y éste la sujeta, ya que parece estar a punto de caer sobre el pavimento.
La ha estado escuchando en el camino, ha visto un par de lágrimas caer de sus ojos y un leve sollozo que ha oído retumbar sobre su pecho. Pero decidió no hacer preguntas, en su lugar, se las hará responder a otra persona.
A pocos metros, Mai se esconde entre los árboles fumando un cigarrillo mientras Nishimiya sacude el aire grisáceo con una mano y se tapa la nariz con la otra.
Los propulsores de Mechamaru son demasiado ruidosos como para pasar desapercibidos, ambas se giran para mirarlo y les resulta curiosa la extraña escena. No es hasta que Miwa se inclina sobre su abdomen y él la abraza que ambas se miran a los ojos con una expresión de alerta. Mai tira su cigarrillo al suelo y las dos corren en su dirección.
—¡¿Qué ha pasado?! —grita Mai.
—¿Estás bien? —pregunta Momo y ambas la sostienen para entrar en la escuela.
—Sólo quiero ir a mi habitación... —dice Miwa.
Mai mira a Mechamaru de reojo, pero no dice nada, absolutamente nada. Las acompaña mientras caminan en dirección a la habitación de Miwa y se detiene en el pasillo cuando entran.
—Miwa, ¿qué pasa? —pregunta Momo y le acaricia la espalda.
El gesto de Kasumi empieza a romperse. Mai la sostiene con firmeza y de pronto siente que se derrumba, no por sus heridas sino por algo más. Un dolor en el pecho que se expande al sentir el abrazo de las chicas, como si los muros que la protegían comenzaran a derrumbarse a su alrededor, como si no tuviera otra salida que romperse. Kasumi comienza a llorar, suavemente al principio y después de unos segundos, cuando Mai la abraza y Momo se inclina para ver su rostro, el llanto se vuelve incontrolable.
Kasumi cae de rodillas y llora como nunca antes lo había hecho, como si su alma estuviera completamente desgarrada. Kasumi llora hasta empaparse la cara y sus compañeras la abrazan, mirando a Mechamaru al otro lado de la puerta esperando algún tipo de explicación.
De entrada, a Mai le cuesta consolar a la muchacha. Pero incluso ella, que ha demostrado tener la piel gruesa, se siente abatida con sólo ver a la más inocente del grupo llorar como si su vida dependiera de ello. Kasumi llora como si alguien hubiera muerto y ni siquiera saben que ella misma se siente morir.
—Cuéntanos qué ha pasado —vuelve a suplicar Momo, pero Kasumi no tiene palabras.
La ven llorar en el suelo, agarrando el uniforme de Mai con la poca fuerza que le queda. Su pecho se mueve en espasmos acelerados, llora tanto que le duele el interior, le duele la garganta, le duele la cabeza. Todo Miwa duele.
En algún momento ambas se dan cuenta de que no van a obtener respuesta. Mechamaru cierra la puerta y se queda al otro lado, escuchando los dolorosos sollozos de su persona más importante. Momo le acaricia el cabello con la esperanza de que acabe calmándose, pero el llanto de Miwa parece no tener fin. Tiene incontables lágrimas que llorar.
Kasumi ignora por completo las palabras, las preguntas susurradas, sólo tiene espacio para sentirse estúpida, utilizada, no es más que una chica tonta que ha sido presa de un romance clandestino que no tenía destino en primer lugar. Desde su infelicidad, puede ver claramente las señales que ha ignorado todo este tiempo, en busca de sentirse amada, en busca de ser el objeto de sus atenciones. Kasumi se reprocha a sí misma mientras llora y piensa en él, en esa otra mujer, creyendo con certeza que no debe ser la única, que esa es la clara razón de sus muchas ausencias. Se siente sucia sólo de pensar que él la ha acariciado con las mismas manos que ella, que le ha hecho las mismas cosas que a otra mujer. La imagen de él acostado con otra. La imagen de él besando a otra.
Y, por si fuera poco, recuerda el informe que le mencionó Nanami. ¿Ha sido todo un juego cuyo final no puede ver con claridad? ¿Cada momento con él no ha sido más que una cruel mentira?
Tiene claro, mientras llora desconsoladamente olvidando incluso el dolor punzante sobre su abdomen, que ella nunca fue suficiente para Gojou Satoru. Si lo hubiera sido, él no habría buscado la compañía de otra persona. Si lo hubiera sido, él habría sido más claro en sus intenciones.
Ahora todo le sabe a poco, cada interacción, cada momento, le sabe a poco. ¿Cómo es que no se dio cuenta antes? ¿Cómo es que aceptó involucrarse en esta relación sin nombre y sin destino? ¿Es que se valora tan poco a sí misma? ¿Es que es tan carente de afecto y no se había dado cuenta? Es curioso que sólo ahora pueda ver lo poco que le ha ofrecido, cuando la ensoñación del enamoramiento ha desaparecido por completo, como si se hubiese desaparecido el espejismo de lo que creía que era Gojou Satoru.
Cada pregunta que le viene a la cabeza, plagada de improperios, llena de palabras dañinas que crean un enorme agujero en su autoestima, en su autovaloración, en el concepto que tiene de sí misma, se hace más y más profunda hasta que se siente asfixiada. Sin embargo, esto no parece tener fin, no por ahora. Kasumi no puede dejar de llorar, de sentirse desgraciada, de sentirse inútil.
Debería haberse dado cuenta en el mismo momento en que le profesó su amor y no obtuvo respuesta. Pero no tuvo fuerzas para detenerse, no encontró el valor para cuestionar sus sentimientos por ella. Porque, al fin y al cabo, ¿qué podría haber visto Gojou Satoru en ella aparte de lo que es? Una chica inexperta en todos los ámbitos que conoce, con poco y nada que ofrecer. Comportándose como si tuviera que agradecer que se volviera en su dirección.
Entre sollozos que empapan el cuello de su camisa desabrochada, la ropa de Mai, sus propios pechos, Kasumi vuelve a sentir que se queda sin fuerzas. Sus ojos se cierran, está tan cansada de llorar, de sentirse miserable, que lo único que quiere es esconderse bajo las sábanas y no volver a salir.
Momo observa su piel pálida, su semblante agotado. Ella misma tiene el ceño fruncido y las lágrimas se acumulan en sus grandes y expectantes ojos.
—Eh... Miwa... —la llama con un tono dulce—, ¿quieres dormir un rato...? —Kasumi no responde, ni siquiera sabe si la ha oído. Al menos se ha calmado un poco, pero las lágrimas vienen y vienen una y otra vez. Momo mira a su amiga y ésta le devuelve la mirada, igual de preocupada—. Ayúdame a meterla en la cama...
Nishimiya deshace las sábanas y Mai la sostiene para que se siente. Le quitan los zapatos, la chaqueta, y es entonces cuando se dan cuenta de los vendajes en su abdomen. Mai ve débiles manchas de sangre, salpicaduras como pequeñas gotas que parecen pecas, que cubren su cuello y parte de su barbilla. Una vez arropada, se acurruca y esconde la cara entre las manos. Entonces se revuelve de nuevo y llora con más fuerza que antes, como si se hubiera recuperado sólo para seguir sufriendo alguna desgracia desconocida para ambas.
—Miwa... —susurra Mai—. ¿Hay algo... que podamos hacer?
—Yo sólo... Sólo quiero estar sola...
A ambas les cuesta obedecer su petición, pero saben que no hay mucho que puedan hacer en total desconocimiento de la situación. Al salir de la habitación de Miwa, se encuentran de nuevo con Mechamaru. No se ha ido, simplemente se ha quedado allí escuchando con creciente angustia cada sollozo que sale de la persona que más aprecia, la chica de la que se ha enamorado.
Mai, que aún sostiene la chaqueta de Miwa en sus manos, siente que algo vibra y saca el móvil de Kasumi de su bolsillo. Sus ojos se abren de par en par, tanto que Momo se pone de puntillas para ver el nombre que brilla sobre la pantalla.
'Gojou Satoru'.
Esto es extraño, Mai decide colgar y el móvil se desbloquea. Desconcertada, decide echar un vistazo a los mensajes de Kasumi con Momo observando con clara curiosidad.
Mechamaru observa la expresión de ambas, sabe perfectamente todo lo que van a encontrar allí. El motivo más probable de la infelicidad de Kasumi. Se da cuenta por sus expresiones, ambas boquiabiertas mientras Mai desliza su dedo sobre la pantalla, leyendo cada uno de los mensajes de Gojou Satoru a Miwa. Las insinuaciones, la foto de Kasumi, las citas clandestinas, los billetes de avión, todas las pruebas condensadas en un solo lugar, al alcance de su mano, todo lo que ha sucedido desde el 4 de abril, cuando le envió una foto de los dos, sentados, sonriendo en un bar.
—Ese hijo de puta... —Mai suelta, sintiendo que la palma de su mano presiona cada vez más fuerte el móvil.
—No puede ser... —dice Momo.
Mai mira el rostro inexpresivo de Mechamaru y él se voltea, incapaz de sostenerle siquiera la mirada a través de su marioneta. Se siente temblar bajo las vendas, temblar de impotencia, de rabia, de una creciente inclinación a cumplir la promesa que le ha hecho, la promesa de matarlo.
—¿Lo sabías? —pregunta Mai, incrédula—. Lo sabías, pedazo de hojalata —le acusa, acercándose con urgencia y agresividad hasta que Momo la detiene, abrazándola por la cintura.
—No tenemos que pelear... Aquí sólo hay un culpable... y se llama Gojou Satoru —dice Momo, pronunciando su nombre con asco e impotencia.
—¿A dónde vas? —cuestiona Mai al ver que Mechamaru se retira por el pasillo.
—Hay algo que tengo que hacer... Pero, primero... Kasumi no tiene su espada, ¿verdad?
Momo niega y él asiente y sigue caminando. Mientras se aleja, escucha algunos susurros, Momo sugiere la idea de maldecirlo, Mai sugiere cortarle la cabeza o tal vez castrarlo.
Considerando que no puede volver a comunicarse con Kasumi, decide ignorar su teléfono, aunque no deja de sonar, una y otra vez. Por cansancio, mira la pantalla; Ritzuko le ha llamado al menos veinte veces, lo que le recuerda que ha dejado todas sus cosas en Shizouka.
Se maldice por haberle dado la llave de su habitación de hotel para quitársela de encima. Lo que implica que tendrá que pasar por encima de ella para recuperar sus documentos e informes que estaba recopilando sobre su investigación de la organización de la maldición de grado especial. En otro momento se habría limitado a dejarlos allí, pero con Yaga tan decepcionada por sus acciones, no parece buena idea seguir ignorando responsabilidades, o esquivando situaciones que él mismo ha creado.
La técnica de teletransporte consume bastante energía, sobre todo cuando se utiliza con largos tramos. Así que se toma su tiempo antes de salir, tumbado en su cama, con los brazos cruzados, sin hacer absolutamente nada más que mirarse los dedos de los pies.
No puede quitarse de la cabeza lo último que ha sucedido, desde el encuentro con Kasumi al borde de la muerte sólo para ser atrapado y reprendido. Le cuesta mantener su promesa, piensa varias veces en romperla después de unos minutos, llamar a Kasumi sólo para saber si está bien.
Ser el hombre más fuerte del mundo no le impide ser débil en otros aspectos de su vida, más propenso que otros a romper sus promesas, a tener poca constancia o a no saber concentrarse en un mismo tema durante un periodo de tiempo prolongado. Son los gajes de ser un superdotado por naturaleza, todo parece siempre abrumadoramente sencillo, superfluo incluso. El hecho de tener tanto poder desbordando de la punta de sus dedos y tener que aprender a limitarse constantemente, la fuerza sobrehumana utilizada con tanta delicadeza para no romper nada, la facilidad con la que puede hacer cualquier cosa y casi siempre acertar, le han hecho extremadamente apático a todo lo que requiera un mínimo esfuerzo. Le ha llevado a pensar constantemente que no puede cometer errores, a pesar de haber descubierto en más de una ocasión que tiene la capacidad de equivocarse como cualquier otro ser humano. Demasiado confiado, demasiado impertinente, demasiado familiar, arrogante, egocéntrico. En este punto, Gojou se da cuenta realmente de lo obcecado que puede ser cuando quiere algo, rompiendo reglas que deberían ser obvias para todos los demás pero que no significan nada para Gojou Satoru.
Tras unas horas de autoflagelación mental, se levanta de la cama y decide acabar con la situación de Ritzuko. Junta las dos manos y aparece en un abrir y cerrar de ojos ante la mirada atónita de un par de turistas que lo ven, gritan y un par incluso se tiran al suelo para verlo pasar tranquilamente por la puerta principal del hotel donde sigue registrado.
Toma el ascensor; su móvil vuelve a sonar y ve con cierto disgusto el nombre de Ritzuko. Incluso le molesta su simple nombre.
Se dirige a la habitación 56, pero decide no llamar a la puerta, la abre sin avisar y encuentra a Ritzuko en la cama con el móvil en las manos, probablemente intentando contactar con él. Su maleta también está sobre la cama, abierta, su ropa está desordenada en el suelo, sus documentos están esparcidos por el colchón y su billetera vacía está sobre una mesa.
—¡Ahí estás, desgraciado! Me has hecho esperar durante horas —dice ella, mientras Satoru cierra la puerta tras de sí y camina, con las dos manos escondidas en los bolsillos, mirando con expresión ausente todas sus cosas desperdigadas por la habitación.
Era de esperarse, piensa cuando la mira a los ojos. Nunca le han gustado las mujeres bulliciosas, las que montan escenas y gritan y tiran cosas. Prefiere las mujeres tranquilas, las que están más predispuestas a aguantar sus tonterías. Ella nunca ha sido de ese tipo, es más bien de las que manchan todo con una toxicidad descarada, controladora, obsesiva, prepotente. Más ciega que él a su falta de tacto, incapaz de leer el aura que impregna la habitación.
—No he venido por lo que estás pensando —responde él, poniéndose delante de ella, y Ritzuko frunce el ceño—. Sólo he venido por mis cosas, pero siéntete libre de quedarte aquí si eso quieres.
—Tienes que estar bromeando —responde ella, estirando los brazos sobre la cama—. Tienes que estar jodiéndome, Gojou.
—No estoy de humor —responde él e intenta recoger sus cosas, pero ella lo detiene, recostándose en la cama.
—Ah... ¿vas a hacerme rogar? Te gusta que te rueguen, ¿no? Algo así como... por favor, Gojou, más, más fuerte, dame más. Así es como te gusta, ¿no?
La voz ronroneante de Ritzuko sólo profundiza el disgusto de Gojou.
—Te he dicho que no estoy aquí para eso. Ahora levántate o te obligaré a hacerlo.
—¿Crees que puedes amenazarme? ¿Quién mierda te crees que eres para rechazarme? —pregunta ella, incorporándose en la cama.
Gojou se ríe, intenta mantener la calma, estira el cuello y la mira de nuevo.
—No voy a acostarme contigo, ni hoy, ni mañana, ni nunca. Así que mueve tu triste culo y déjame coger mis cosas. Tengo prisa.
—¿Qué no sabes con quién estás hablando? —exclama ella para levantarse con claras intenciones de golpearlo. Pero Gojou la sujeta en un instante por las muñecas y la arroja sobre la cama. Ritzuko abre los ojos, perpleja.
—Te dije que no estoy de humor.
La suelta tan rápido como la doblega, coge las cosas más importantes, se mete algunos documentos en los bolsillos y se guarda los informes dentro de la chaqueta. Ritzuko se levanta, pero no puede acercarse ni un centímetro a él. Gojou aumenta el radio del infinito que los separa hasta tal punto que ella no puede romper el medio metro que los separa. Y en un momento dado, mientras ella lo insulta de maneras demasiado creativas, Gojou desaparece.
Levita sobre el hotel, siente la fresca brisa otoñal acariciar su pelo y sus mejillas y observa la ciudad desde lo alto. Desde allí puede ver claramente el correccional donde encontró a Kasumi.
—Se ha dejado la espada... —piensa por un momento.
Yaga le prohibió ponerse en contacto con ella, pero podría enviarla de forma anónima. Kasumi ha establecido un vínculo especial con ella y le parece un desperdicio que siga allí, olvidada, cuando probablemente le salvó la vida.
Emprende un vuelo tranquilo, sin expresión alguna en su rostro mientras surca los cielos nocturnos de Shizouka. Apoya los pies en las premisas exteriores, mira el edificio por el rabillo del ojo y se adentra tranquilamente en él, hasta el preciso lugar en donde la encontró. El charco de su sangre sigue allí, tanta sangre que se pregunta cómo no murió. Sonríe para sí mismo, agradecido de haber llegado a tiempo. La idea de verla morir fuera de sus sueños es algo que ha pensado un par de veces por la mente, han muerto hechiceros con técnicas sorprendentes, hechiceros de grado especial... Al final le tocará a ella también, pero espera que sea de una forma más mundana, aunque debería morir a costa de la energía maldita de alguien o de algo, para evitar que se forme una nueva maldición. Es la muerte que espera para sí mismo.
Encuentra la katana y una daga de hoja espiralada junto a ella. Toma ambas en sus manos y sale del edificio a paso lento y cansado. Derrotado.
Pero al salir a las afueras, se detiene. Sólo con posar sus ojos en él sabe perfectamente a qué ha venido. Ha venido a cumplir una promesa, aunque sabe que no tiene ninguna posibilidad de derrotarlo.
Mechamaru está de pie al otro lado, junto a la alambrada. Gojou sonríe para sus adentros, tal vez una pelea le haga bien en este momento en el que se siente tan profundamente frustrado, aunque desearía que fuera alguien más fuerte, alguien capaz de golpearle, con un solo golpe le bastaría. Considera incluso desactivar su técnica, dejar que el chico le dé uno o dos golpes, pero no le parece justo subestimarlo así. Mechamaru no parece el tipo de persona que quiera que le den ventaja, y mucho menos al defender el honor de Miwa.
Deja la espada clavada en un cantero de hierba y lanza la daga a su lado.
—No pensé que vendrías tan rápido, ¿cómo sabías que estaba aquí?
—He venido por la misma razón que tú —responde refiriéndose a la espada—. Pero me has ahorrado el viaje a Tokio.
—Bueno, hagámoslo —dice Gojou, girando su brazo derecho en movimientos circulares.
—Eres tan... tan desagradable. ¿Crees que esto es un juego?
—Los celos no te sientan bien, Mechamaru. Deberías intentar decirle a Kasumi lo que sientes por ella —sugiere, levantando el dedo índice, como si estuviera dando una lección.
'Kasumi', piensa Mechamaru y Kokichi siente que se le revuelven las entrañas. 'Kasumi', con qué familiaridad se refiere a ella... Leerlo es una cosa, pero escucharlo le inquieta aún más.
—No vuelvas a referirte a ella por su nombre, no tienes derecho. No después de lo que le hiciste.
—Lo que le hice... ¿Te lo dicho ella?
Del antebrazo de Mechamaru surgen repentinamente varias cuchillas afiladas, como largas uñas de metal. Adopta una posición de ataque y arremete contra él, pero cada ataque es infructuoso. A esto se había adelantado, Mechamaru sabe que no podrá asestar un solo golpe, pero persiste mientras Gojou se desvanece una y otra vez en el aire.
—No hace falta que lo diga, es evidente el daño que le has hecho.
—¿El daño? —pregunta Gojou a unos metros de distancia. Mechamaru se gira y lo encuentra pensando en sus palabras— ¿No se ha recuperado Kasumi de sus heridas?
—No tengo que responder a eso. Deberías saberlo.
—No era mi intención hacerle daño.
—¡¿Crees que me importan tus intenciones?! —Insiste mientras ataca sin dar un golpe, una y otra vez—. ¡¿Crees que me importa lo que pasaba por tu mente?!
Gojou lo sujeta luego de que estira sus afiladas garras, le rompe el brazo y se lo arranca hasta el hombro. Kokichi lo observa, no hay nada en su rostro. No puede encontrar el indicio de ningún tipo de sentimiento. Ve cómo su propio brazo se desprende y él lo arroja, Mechamaru salta para alejarse de él.
Sabía de antemano que no debía atacar cuerpo a cuerpo, pero la rabia que lo invade es demasiado para contenerse, para ser práctico y estratégico. Todavía recuerda el llanto de Miwa, la forma desconsolada en que se aferraba al uniforme de Mai, pálida, rota.
—Lo que sea que le hayas hecho... Nunca te perdonaré, Gojou Satoru.
Las palabras de Mechamaru se graban en el cerebro de Satoru. Esa frase implica algo muy concreto que él desconoce por completo. Algo además del tiempo y la distancia que ha establecido. ¿Tal vez sea por el beso que le dio? ¿Ese último afecto le causó dolor?
Recuerda claramente la forma en que Kasumi lloró mientras la besaba, algo más ha sucedido. El pensamiento le roe la mente, le invade la incertidumbre.
—¿Qué fue? —le pregunta.
—Bastardo, ¿cómo te atreves a preguntarme eso?
Mechamaru levanta la mano que le queda y escupe el nombre de su técnica, "Ultra cañón", apunta en su dirección y dispara, dándole de lleno. Kokichi observa cómo el cuerpo de Gojou Satoru se funde en llamas mientras todo a su alrededor se vuelve negro, todo se convierte en cenizas.
Su sonrisa no dura mucho, las llamas se desvanecen y la figura pensativa de Gojou sigue ahí, completamente intacta.
—¿Cómo está? —pregunta en un susurro.
—¿Cómo está ella? Realmente no tienes remedio; ¿quieres regodearte en su sufrimiento?
Kasumi está sufriendo, piensa Gojou y la espinilla en su pecho crece. Se arremete sobre él, algo le duele por dentro, es incómodo, es casi insoportable. ¿Puede su silencio haberle causado tanto daño?
Gojou baja la mirada, parece contrariado. Mechamaru no es consciente de la fuerza que necesita Gojou para no irse a Kioto en su búsqueda. Sólo puede ver al hombre que le ha quitado toda la dignidad a Miwa.
—No me regodeo... Realmente me importa Kasumi.
—¡Deja de decir su nombre tan a la ligera! —Mechamaru grita y abre la mandíbula, pero antes de que pueda usar su mejor técnica, Gojou le aprieta la cara y lo tira al suelo, aplasta el cañón con los dedos y se detiene.
—No quiero destruir tu marioneta... Tienes que hacerme un favor.
—¿Qué? —pronuncia, sorprendido de que los parlantes de Mechamaru no se hayan roto con este impacto.
—Tienes que llevarle su espada.
—No lo haré por ti... —responde, derrotado, postrado a los pies de Gojou.
—Lo sé... Solo necesito que lo hagas.
Sabe que ha perdido; habría sido una fantasía creer que podría derrotar al chamán más fuerte del mundo. No tiene nada más que hacer frente a él, se sienta en el suelo sin decir una palabra y se pregunta qué hace Gojou todavía allí, de pie frente a él.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Qué más da...
—Bueno... ¿Por qué no le dices lo que sientes por ella?
Kokichi escucha esta pregunta con ligero horror. Mechamaru levanta su rostro deformado por la brutalidad de Gojou y lo observa mientras espera su respuesta. No sabe la razón por la que le hace esta pregunta, ¿por qué es tan obvio para él lo que siente por Miwa?
—Porque... porque no soy suficiente para ella. Yo… me conformo con verla feliz.
—Ya veo... —Gojou responde, entendiendo por primera vez el sentimiento. El sentimiento de ser menos, de no ser suficiente—. Pero tú no eres quien decide eso.
—¿Qué quieres decir?
—Ella es la que decide si eres suficiente o no. Deberías decírselo, dejarla elegir.
—No... —Responde Mechamaru, desviando la mirada—. Ella se merece algo mejor... alguien mejor. Un hombre que pueda darle... todo. Y no es ninguno de nosotros.
—Así es...
Gojou se acerca a la espada, toma la empuñadura y luego la daga y las arroja junto a Mechamaru antes de alejarse.
Cuando por fin se despierta, con los ojos pesados, hinchados de tanto llorar, Miwa se levanta en la cama, en medio de la noche. Ni siquiera en ese momento, el de la confusión inicial del despertar, consigue sacarlo de su mente o de su corazón. Incluso con el corazón roto, Kasumi es incapaz de olvidar a Satoru.
Al levantar las sábanas, siente que el peso la tira hacia abajo y se inclina para descubrir el brillo de su espada, que refulge bajo la escasa luz de la luna que se desliza por la ventana de su habitación.
Le resulta extraño, ya que no recuerda haberla llevado consigo. A su lado, yace la daga espiralada de Mechamaru. Quizá el asistente que la llevó al correccional se encargó de enviársela, aunque ella hubiera esperado que llegara un par de días después.
Se levanta al baño y ve su rostro cansado; las grandes bolsas negras bajo sus ojos azules, la palidez de su rostro. Se desabrocha la camisa y mira las vendas, esto es un testimonio de que todo lo que recuerda ha sido real. Desde su llegada a Shizouka, hasta su inesperada llegada a Kioto. Se desnuda y se lava el cabello con cuidado, usa una esponja en el resto del cuerpo para no manchar las vendas y mientras lo hace siente el calor que aún emana de su núcleo, el residuo aún latente de la técnica de Shoko, revirtiendo lentamente el daño que sufrió hace unas horas.
Todo parece un torbellino, pero al menos se ha quedado sin lágrimas que llorar, por el momento.
Se pone lentamente el pijama y no está segura de tener el valor de salir al pasillo. Debería comer algo, pero no tiene apetito, debería comer para ayudar a su cuerpo a tener la energía necesaria para recuperarse de tanto daño, pero nada la motiva a salir de su habitación y finalmente se vuelve a sentar en la cama después de beber un vaso de agua del grifo.
A lo lejos, al otro lado del pasillo, Kasumi consigue escuchar unos susurros. Reconoce las voces casi de inmediato: Mai, Momo y Utahime. Pero no puede oír claramente de qué hablan. Sin embargo, lo intuye. Ieiri Shoko los vio, los vio claramente mientras se besaban. Si tan solo hubiera tenido la fuerza para romper su contacto no estaría pasando por esta situación.
Miwa se sonroja, horrorizada al pensar que a estas alturas todo el mundo sabe, desde Tokio a Kioto, todo el mundo sabe qué clase de mujer es. ¿Qué dirá Gakuganji? ¿Qué pensará de su alumna favorita? La que sabe cuál es su té favorito y cómo le gusta que se lo preparen. ¿Qué pensarán Kamo y Toudou? ¿Qué le dirán Mai y Momo? Está aterrada por las ideas que se harán de ella, teme la reprimenda que probablemente le dará Mai.
Cuando el murmullo cesa, Kasumi oye unos pasos que se acercan a su puerta y espera en la penumbra de su habitación hasta que llaman a su puerta.
—Miwa... ¿estás despierta? —pregunta Momo en voz baja.
—Han pasado cuatro horas —dice Mai a su amiga y empuja la puerta para encontrarla sentada en la cama—. Ves, está despierta. ¿Qué haces con la luz apagada? Son las once de la noche.
Mai enciende la luz y Kasumi cierra los ojos hasta que se acostumbra lentamente a la intensidad de la luz. Las dos entran y cierran la puerta; Momo trae una bandeja con un cuenco de ramen y un vaso de agua. Y, mientras Mai camina con determinación y se sienta a su lado, Momo da pasos más lentos hasta dejar la bandeja sobre el escritorio de Miwa.
—¿Cómo te sientes? —pregunta la rubia y Miwa no consigue mantener el contacto visual con ella más de dos segundos. Se sonroja y evita su mirada.
—Ya lo sabemos todo.
—¡Mai! ¿Por qué tienes que ser tan brusca?
—¿Qué quieres que haga? ¿Mentirle?
—No... Pero podrías abordar el tema con un poco más de tacto.
—¿Ustedes...? —Miwa comienza con la voz colgando de un hilo—, ¿se lo contaron a Utahime-sensei?
—No... —responde Momo—. Ella... recibió una llamada de Yaga-san hace unas horas. Él se lo dijo.
—Y ustedes... ¿cómo lo supieron?, ¿ella se los dijo?
Kasumi coge su móvil; Mai acaba de sacarlo del bolsillo y se lo extiende. Miwa mira la prueba irrefutable de su pecado y se queda mirando a las dos, boquiabierta. El lujo de detalles que existe en este móvil le revuelve el estómago.
—Sentimos haber revisado tus cosas —dice Momo, sentándose en la silla del escritorio de Miwa.
—¡Yo no lo siento, ese depravado tiene que pagar por lo que te hizo! Se aprovechó de ti. Ese... ese...
—Basta —responde Miwa de repente y Mai guarda silencio por un momento, pero parece volver a molestarse poco después.
—¡No tienes que defenderlo!
—No lo defiendo, pero también soy culpable de... lo que sea que haya pasado entre los dos.
—Miwa... sólo tienes dieciocho años... esto no está bien —suelta Momo.
Una media sonrisa curva los labios de Kasumi, una ligera risa involuntaria muere en su garganta y apoya una mano en la herida de su abdomen.
—¿Estás diciendo que soy lo suficientemente madura para enfrentarme a las maldiciones, para morir en una pelea, pero no para elegir a la persona que...?
No consigue terminar la frase, ya que empieza a preguntarse qué es lo que realmente esperaba tener con Gojou Satoru. ¿Qué clase de pseudo relación podría tener con el líder del clan Gojou, el chamán más fuerte del mundo?
Mai guarda silencio y reflexiona sobre la pregunta que Miwa no termina de formular. Sale de su actitud combativa y sonríe suavemente al recordar su primer amor.
—Uno no elige de quién enamorarse —le dice en un tono más sereno—. Pero Gojou Satoru tiene mucha más experiencia que tú, debería saber mejor que tú que esto estaba mal desde el principio.
—La única persona responsable de mí misma soy yo...
Miwa no está del todo segura de lo que está haciendo en este momento, si está defendiendo a Satoru incluso cuando duda de cada una de sus acciones, o si está asumiendo la responsabilidad que le corresponde por haberse envuelto en esta relación que la ha destrozado.
—Si quieres maldecirlo... —comienza Momo—. Bueno... si hubiera sido otra persona quizás hubiéramos tenido la oportunidad de hacerlo... Pero como es él... De todas formas, nunca le voy a perdonar lo que te hizo.
—No... —Miwa responde—. No quiero hacerle ningún daño.
—¿Hablaste con él cuando estabas en Tokio? —pregunta Mai.
—Sólo intercambiamos unas palabras.
—¿Qué te dijo? Hace meses que no te habla... —suelta Momo, ligeramente incómoda de sólo recordar la naturaleza de sus mensajes.
Kasumi suspira suavemente ante el recuerdo. Desearía no recordarlo tan vívidamente, desearía no haberlo escuchado cuando le dijo que la echaba de menos, porque incluso ahora, ella también lo echa de menos.
—Nada importante.
—Entonces, ¿por qué viniste así a Kioto? Y no hablo de las vendas, es obvio que has tenido una pelea.
—No quiero hablar de ello.
—Tenemos derecho a saberlo, somos tus amigas.
—Mai... déjala en paz. Cuando esté preparada nos contará lo que pasó, ¿verdad?
No está segura de si podrá compartir ese peso que la doblega, si el sentimiento que la invade, la humillación, se desvanecerá en algún momento para compartir lo que ha visto, lo que ha vivido con Satoru, sin sentirse tan estúpida. Ni siquiera sabe si puede catalogar lo que vio como un acto de infidelidad, y si es así, ¿por qué se siente tan avergonzada cuando no fue ella quien la llevó a cabo?
—Tal vez —responde Kasumi con el mismo tono doloroso con el que ha respondido a cada una de sus preguntas.
—Está bien, no tenemos que hablar más del tema, ¿verdad, Mai? —dice Momo alzando la voz, mirando directamente a Mai, quien pone los ojos en blanco y suspira una afirmación en tono cansado—. Ahora deberías comer algo, toma —le extiende el cuenco de ramen y ella lo recibe. Come en silencio mientras las chicas la observan con atención.
—Al menos saliste viva de tu última misión —Mai le sonríe.
—Sí... —responde ella, recordando que la única razón de ello es él.
El día siguiente llega como una página en blanco, como una hoja sin nada escrito, nada más que una monotonía que se siente extraña, inmerecida. Yaga ha tomado la decisión de no hablar de lo sucedido con nadie más que con Utahime, al menos por el momento. Gojou se pregunta qué dirá Nanami al respecto si esta información llega a él. Ijichi tiene una mirada extraña y cuando cruza su mirada con la de él, lo evade y continúa con sus tareas como si nada hubiera pasado, pero es un pésimo actor, se nota de lejos que sabe o sospecha algo. Los chicos, por su parte se comportan como siempre, nadie ha notado el ligero cambio en el comportamiento de Gojou, nadie excepto Megumi, pero no ha preguntado nada al respecto, sólo le ha oído preguntarle a Yuuji en voz baja mientras creía que no lo oía: "¿Sabes si ha pasado algo con Gojou?"
Lo único que se le ocurre a Gojou es que tendrá que volver a gastar alguna broma, algo que les distraiga o les haga pensar que no ha pasado nada, pero nada divertido se le viene a la mente.
Por la tarde recibe un mensaje que lleva esperando desde la noche anterior. Lo ha estado esperando, pensó que llegaría antes en forma de alguna llamada llena de insultos, pero Utahime ha tardado un poco.
'Tenemos que hablar'.
Gojou no es lo suficientemente cínico como para preguntarle de qué. Mira la pantalla de su móvil y responde con una expresión sombría.
'Dime cuándo y dónde'.
'Ahora, en Yokohama'.
Duda un instante. Yokohama no está lejos, podría tomar un avión en quince minutos y estaría allí en una hora, podría tomar un tren y alargar unos minutos ese lapso en el que tendría que enfrentarse a ella, pero no es un cobarde. Sin embargo, no se complace en la lucha que pronto tendrá que librar con ella. Sabe de antemano lo que ella le dirá, incluso puede reproducirlo en su mente sin necesidad de tener ese cara a cara.
A pesar de su aversión, Gojou suspira, responde al mensaje y sale de la escuela hacia el patio interior. Antes de salir encuentra a Shoko, charlando con Ijichi mientras se dirigen a otro extremo del campus y lo miran de reojo sin decir nada. Está seguro de que todos deben estar asqueados por su comportamiento y esa seguridad le hace sentirse aún peor consigo mismo. Desaparece ante sus ojos y aparece sobre el parque Akarenga, el único lugar que recuerda en todo Yokohoma.
Una vez allí, envía su ubicación a Utahime.
Le gusta este lugar, le gusta por lo tranquilo que es. Recuerda haber estado allí hace muchos años después de una de sus primeras misiones con Shoko y Suguru. Este fue el lugar donde probó por primera vez el sabor de los cigarrillos, intrigado por la creciente adicción de Ieiri. Suguru intentó disuadirlo, pero entonces era incluso más testarudo de lo que es ahora. Se arrepintió después de inhalarlo, sintió como una puñalada en los pulmones, como tragar ceniza directamente por la garganta. Tosió y sacó la lengua, lleno de asco y Shoko le arrancó el cigarrillo de entre los dedos mientras Suguru le acariciaba la espalda y se reía.
Ahora este lugar tendrá una connotación menos agradable para él. Se siente más seguro de ello cuando ve a Utahime caminar lentamente hacia él, con el ceño fruncido, el puente la nariz arrugada en un gesto que parece conllevar más asco que el que él mismo sintió cuando probó su primer cigarrillo.
Gojou mira la mano de Utahime, apretada sobre una espada de bambú, ceñida sobre la cintura de su uniforme de templo.
Cuando se detiene frente a él, a una distancia de al menos tres metros, lo mira fijamente. Él puede sentir claramente la ira que crece en ella, la energía maldita contenida en su cuerpo con tanta vehemencia que sus miembros tiemblan.
—Bueno... acabemos con esto —le dice, con prisa por volver a Tokio.
—¿No tienes un mínimo de respeto? Seré yo quien determine cuándo se acaba esto.
—Bien, supongo que tienes razón.
—Anoche recibí una llamada... —comienza ella.
—Lo sé.
—¡No me interrumpas! ¡Maldita sea! —ella grita—. Anoche Yaga me llamó para informarme, no sólo de que uno de mis alumnos había desaparecido, sino también de que tú... tú...
—¿Se lo dijiste a Gakuganji? Si no es así, ¿me darías el honor de decírselo yo mismo? Tal vez pueda darle detalles que le provoquen un ataque al corazón y al menos sacaré algo bueno de todo este lío.
—¡¿Cómo te atreves a bromear con esto?!
—¿Crees que estoy bromeando?
—¡Qué cínico eres! —vuelve a gritar ella, abalanzándose sobre él con su espada de bambú, una y otra vez, y con cada parpadeo desaparece y aparece a unos metros de distancia. No es hasta que él detiene la espada con una mano que ella se queda quieta, presionando con fuerza su arma.
—Sabes muy bien que eres demasiado débil para luchar contra mí...
—¿Cómo te atreves...? ¿Cómo has podido? —pregunta ella, empujando la espada con todas sus fuerzas—. De todas las personas... tenía que ser ella. ¡No tienes ni idea de cuánto la has herido! ¡Miwa es una buena chica, con un buen corazón! ¡Lo que hiciste es imperdonable! Nunca te perdonaré por esto, ¡nunca!
—No te he pedido perdón.
—No tienes remedio... sigues siendo el mismo idiota de hace quince años cuando... —El asco en su mirada se intensifica y a la mente de Gojou llega un recuerdo, algo olvidado con el paso de los años, desterrado porque no le importaba demasiado.
—Oh... —suelta cuando se da cuenta—, ¿todavía estás enfadada por lo que pasó hace quince años?
—Eres imposible, ¡ya no me importa lo que pasó! La cuestión es que sigues siendo el mismo tipo que se cree con derecho a tomar lo que quiera sin consecuencias. ¡Deja de creerte un dios en la tierra!
—Utahime... fue sólo un beso, pensé que no significaba nada para ninguno de los dos.
—¡No significó nada! —grita Utahime tratando de creer su mentira.
Ese beso que ambos se dieron, en el lugar más recóndito del campus del Colegio Metropolitana de Tokio, había significado algo para ella. Después de haber sido víctima de innumerables insinuaciones por parte del nuevo estudiante de primer año, se sintió como una idiota cuando descubrió que no era sólo ella la que recibía sus insinuaciones. Shoko las experimentaba casi a diario, como una partida de ping pong que incluía a más de dos o tres jugadores.
Esto es algo que nunca pudo perdonarle, robarle su primer beso para seguir adelante en busca de nuevas conquistas, en una cacería interminable en la que Miwa también terminó siendo la presa.
—Lo siento —dice él de repente, y ella, sorprendentemente, levanta la presión sobre su espada.
—No lo dices en serio —responde ella.
—No, de verdad que siento haber herido tus sentimientos entonces. Lo siento, Utahime, sólo era un niño.
—¿Eras sólo un niño? ¿Qué eres ahora? ¿No hiciste lo mismo con Miwa...? No... lo que hiciste con ella es mucho peor. Es a ella a quien tienes que pedirle perdón, pero no lo harás. No volverás a hablar con ella, no volverás a mirar en su dirección. Ni volverás a tratar con ninguno de mis alumnos. No sé qué demonios tiene Yaga en la cabeza, no tienes derecho a ser sensei.
—Tienes razón...
Utahime abre los ojos, sorprendida por sus palabras, pero la sorpresa muere rápidamente y vuelve a fruncir el ceño.
—Si no fuera porque... tengo información sobre el espía del que me hablaste, no volvería a hablarte... —contesta, retirando la presión sobre su espada bloqueada por la mano derecha de Gojou.
—¿Ya sabes quién es?
—Tengo una sospecha... pero no puedo pedir a mis alumnos que me ayuden a corroborarlo. Necesito... Necesito su permiso para llevar a algunos estudiantes de Tokio, sólo para estar segura...
—Lleva a los de primer año, son confiables.
—Después de eso... No quiero volver a ver tu cara, ni hablar contigo. No quiero saber nada de ti, nunca más. ¿Me oyes?
—Fuerte y claro.
—Bien... Ya puedes irte. Y Gojou... Si vuelvo a descubrir que has visto o hablado con Miwa, encontraré la forma de matarte.
Después de escucharla, asiente sin decir nada, ni siquiera el atisbo de una risa se le escapa de los labios mientras junta las dos palmas para marcharse.
Nota: ¡Hola lector! Había planeado que este fuera el capítulo final, pero terminé escribiendo tanto que, si pusiera todo lo que había planeado originalmente, este capítulo sería el doble de largo (tal vez un poco más). El próximo sí será el último (sin contar con el epílogo), quizá algunos ya se hayan hecho una idea de hacia dónde va todo esto... otros quizá no. Lo más difícil para mí viene ahora, me da dolor de panza sólo de pensar en lo que tengo que escribir.
Quiero daros las gracias como siempre por leer, por su apoyo y por sus comentarios. Es muy bonito saber que lo que escribo con tanto esfuerzo, lo disfrutan. Y me pone muy nerviosa darles un final satisfactorio, es un peso que no puedo explicarles. Espero que les guste, al igual que espero que les haya gustado este capítulo. Si es así, o si no, espero que encuentren algún momento para dejarme un comentario. Que este capítulo los encuentre a todos muy bien, muchas gracias por leer y nos vemos en el próximo capítulo.
