Advertencia: Como ya he dicho en anteriores notas, este capítulo contiene grandes spoilers del manga. Si no estás al día con el manga, no quiero arruinar tu experiencia así que te aconsejo, querido lector, que salgas ahora mismo si no lo has leído. Habiendo dicho eso, están cordialmente advertidos. Los dejo con el último capítulo de Desencanto, mi fic favorito.
Capítulo 19: El incidente
18 de octubre de 2018
Mira por demasiado tiempo la última flor que yace a los feroces pies de un sauce que ha perdido todas sus hojas. El otoño arrasó con toda la vida del jardín del colegio y sólo resta esta última flor que lucha a pesar de la imponente fuerza de la naturaleza.
Mechamaru la observa por mucho tiempo sin una buena razón. Algo en ella le llama la atención, posiblemente porque sus pétalos rojos sean el único color además del amarillo y naranja que se expanden sobre los alrededores.
Solo levanta la vista cuando la ve, sentada detrás de uno de los árboles, como si estuviera escondiendo su rostro del resto. Probablemente avergonzada por la idea de que ya todos saben su más terrible secreto.
Ella acomoda un mechón de cabello azul que vuelve a caer en el mismo lugar. Cabizbaja, pensando en quién sabe qué. Pero Kokichi tiene la perturbadora certeza de que piensa en él, nada más que él podría doblegar de esa forma la sonrisa natural de Kasumi, esa sonrisa que lo deja sintiendo que vale la pena vivir.
Sin pensarlo, camina hasta ella. Ningún pensamiento cruza su mente más que el de estar cerca de ella una vez más. Las hojas secas crujen bajo sus pies y Miwa levanta el rostro con los ojos bien abiertos y, al verlo, su gesto se suaviza y levanta débilmente los arcos de sus labios para dedicarle una sonrisa. Cuando está a su lado, la mira. Está leyendo un libro y va por la página doce.
—¿Qué lees? —le pregunta y ella cierra el libro luego de poner una hoja seca como separador y le enseña la cubierta.
—Lobo estepario —contesta y él decide sentarse a su lado—. Me lo obsequió Nanami-san. Es un libro interesante… el protagonista es un hombre extraño, pero me agrada. Es un hombre solitario… ¿Lo has leído?
—No… —contesta y tarda un poco en continuar—. Prefiero los mangas.
—Oh, ¿lees mangas? —pregunta sorprendida.
—Sí… también me gustan los animes.
—A mi hermano también le gustan, deberíamos ver uno juntos.
—Tal vez… —contesta, dándose cuenta que esta es la primera vez que discute sus preferencias personales con Miwa, lo cual encuentra profundamente agradable—. Miwa… ¿cómo te encuentras?
Kasumi regresa el rostro al libro y su gesto cambia nuevamente, el movimiento de sus cejas contrayéndose es sutil, pero Mechamaru ve cada centímetro de ella meticulosamente.
—Tu también lo sabes, ¿cierto? Qué vergonzoso…
—No tienes que sentirte avergonzada, Miwa. No estoy juzgándote.
—Gracias… Y estoy bien, eso creo…
La vista de Mechamaru se fija en otra flor roja, junto a Miwa. Se siente tentado a arrancarla de su sitio, pero desiste, ya que sabe que le queda poco antes de marchitarse como el resto.
—Es una flor de higanbana. Florecen en otoño —comenta Miwa, sonriendo—. Curioso, ¿no?
—Sí…
Aún tiene mucho trabajo por delante, está tan cansado que podría quedarse dormido ahora mismo. Se levanta del suelo y la mira por última vez.
—Gracias, Miwa.
—¿Gracias? ¿Por qué?
—Por recurrir a mí cuando necesitabas ayuda.
Ella vuelve a recuperar la sonrisa que le conoce tan bien.
—Gracias a ti, tu fuiste quién fue por mi espada, ¿no?
—No es nada… Voy al colegio. Entra pronto, está poniéndose frío.
Ella asiente y él se retira. Hay mucho trabajo por delante aún y las horas se están volviendo escasas. Tiene la seguridad de que Utahime lo ha descubierto, solo era cuestión de tiempo. Aún no ha retirado la mitad de su equipo de su escondite y falta poco para terminar con los últimos ajustes de su mejor invento. Mientras se marcha, duda por un instante si revelarle todos sus secretos a Miwa, pero la duda no lo detiene en su andar, pues está seguro de que podrá limpiar su desastre por sí mismo sin volver a involucrar a nadie más.
19 de octubre de 2018
Es algo difícil olvidar un primer beso, sobre todo cuando se ha tenido tan pocos. Gojou fue el primero, aunque no el último. Y, si bien tiene problemas para controlar su temperamento cerca de él, no había tenido tiempo para resentirlo. Con el tiempo aprendió a pasarlo por alto, aunque, para alguien que siempre se ha creído muy madura para su edad, caer en la trampa de un sinvergüenza como él le sirvió de recordatorio, aún le queda mucho por aprender. Así como a Miwa, que cayó en el mismo juego sin final y sin reglas, ella también tiene mucho qué aprender.
Utahime observa los reportes de las últimas semanas y los divide por grado, los acomoda sobre la mesa de la sala común de los estudiantes y espera mientras salen de sus últimas clases regulares del día. Esta vez ha decidido enviar a Miwa junto con Momo y Mai en su próxima misión. Quizás de esta manera no cubran tanto territorio, pero no puede darse el lujo de volver a poner en peligro a Miwa después de todo lo que le ha pasado. Además, no confía en la palabra de Satoru, no se fía de que mantenga su distancia y tener a Momo y Mai cerca de ella podrían prevenir cualquier encuentro fortuito entre los dos. Pero eso sólo durará un tiempo… eventualmente tendrá que enviarla sola, en algún momento tendrá que hablar con ella sobre esto y es una conversación que, como educadora, jamás pensó que tendría, o llegó a prepararse para ello.
Desde siempre ha sabido del enamoramiento de Miwa, su inocencia no le ha dejado ver fijamente el tipo de hombre que es. Aunque, ¿cómo podría culparla cuando a ella le pasó exactamente lo mismo?
Le incomoda la sola idea, pero Miwa no tiene madre, no tiene a nadie que le de una guía y aprende a costa solo de sus propios tropezones.
Escucha los pasos y ligeras conversaciones resonando entre los corredores, los alumnos han terminado su última clase y, como les pidió anticipadamente, se reunirán con ella aquí.
Todos están allí, todos excepto Mechamaru. Ordenadamente se paran ante ella y hacen una reverencia. Ella se sonríe ligeramente, le agrada verlos así de educados, bien formados por los parámetros que ella ha estado marcando desde el día de su ingreso.
—Toudou —dice y extiende una hoja que él toma, la lee superficialmente y chista—. Reúnete con Nitta, ella va a llevarte.
—¿De verdad? —pregunta, parece fastidiado por la maldición insignificante con la que deberá lidiar, pero es que reduciendo el equipo a tres grupos no le queda más remedio—. Qué pérdida de tiempo —suelta antes de marcharse. Toudou es uno de los menos educados del montón y suele recordarle a los días de estudiante de Gojou.
—Kamo —lo llama y el recibe solemnemente su misión. Siempre comportándose como si ya fuera la cabeza de su clan. Se marcha sin decir absolutamente nada y se queda a solas con las tres muchachas.
—Esta vez irán juntas, tienen una tarea de investigación antes de lidiar con la maldición —dice y levanta la última hoja entre sus manos y Momo es la primera en recibirla. Mai se para junto a ella, de brazos cruzados y mira por sobre la cabellera rubia, leyendo casi sin interés, mientras Miwa permanece detrás de ellas.
Han pasado un par de días y Miwa aún no ha reunido el coraje para mirarla a los ojos. Es evidente el sentimiento que la obliga a mantener la distancia, la vergüenza es tan palpable que le da pena y sonríe en su dirección cuando levanta la mirada y se encuentra con sus ojos café. No dura mucho, como era de esperarse. Los ojos azules se funden en el suelo y se mantiene inmersa en su propia autoflagelación hasta que Momo termina de leer, levanta el rostro y vuelve a reverenciarla para despedirse.
Cuando las tres se voltean para ir por sus cosas a sus respectivas habitaciones, Utahime se aclara la garganta y todas se detienen.
—¿Podría quitarte unos minutos, Miwa-chan?
Momo y Mai ven a Miwa por el rabillo del ojo, una camaradería invisible que se desprende de ellas en su dirección y cuando ella asiente, continúan su camino para desaparecer a la vuelta del pasillo en el que se quedan ocultas esperando escuchar un vestigio de su conversación.
Miwa vuelve sobre sus pasos, con ambas manos entrelazadas sobre su regazo. Permanece estática frente a ella, con el mentón pegado al pecho, los ojos observando la madera pulida de la sala común.
—Toma asiento —la invita en un tono suave y ella vuelve a asentir, toma asiento frente a ella y en este momento no le queda más remedio que mirarla a los ojos.
Su expresión asustada hace que su propio gesto se suavice. Utahime dibuja una ligera sonrisa sobre sus labios e intenta encontrar la forma adecuada de tener esta conversación. Rememorando, sin querer, aquella vez en la que hablaron del muchacho que la ignoraba. Afortunadamente no le dio otro tipo de consejo aquel día, uno que terminara acercándola más a Gojou.
—Creo que es momento de que hablemos sobre lo que pasó en Tokio… Sobre… Gojou Satoru.
Miwa traga, ha estado temiendo esta charla desde el momento en el que Momo le dijo que Yaga había hecho una llamada a Utahime. Su corazón se acelera y su pecho comienza a incinerarse lentamente, tanto que siente que el nudo de su corbata le aprieta demasiado. Repentinamente quisiera poder desabotonarse los últimos botones de su camisa para poder respirar con más calma. Pero supone que ni eso le ayudaría a tolerar mejor el bochorno.
—Lo siento, Utahime-sensei. Debí habérselo dicho… no debí mantenerlo en secreto… Si cree que debe reprenderme… o si cree que debe expulsarme —comienza, con las manos bien apretadas sobre sus piernas, ocultas bajo la mesa.
—¡No…! No, claro que no… Miwa… no has hecho nada malo… —suelta Utahime, tratando de calmar el semblante de Miwa, que comienza a romperse nuevamente—. Tranquila, no estás aquí para ser reprendida… Aunque… lo que hiciste no está bien… Tu no eres la culpable. Él lo es.
—¿Cómo es posible… que no sea culpable de algo que hice… sabiendo que estaba mal?
—Porque eres joven, Miwa. Es normal que a tu edad te dejes llevar por ciertas cosas, sobre todo por alguien a quien idolatras tanto como a él. Pero no te preocupes, Gojou no tiene autorización de volver aquí, ni de volver a contactarte. Y… si llega a hacerlo, quiero que me lo dejes saber. No tengas miedo por las implicaciones, nada va a pasarte a ti, te lo prometo. Yo estoy a cargo de ti, estás segura conmigo.
Algo en sus palabras le sienta incómodo, como si estuviera subestimándola. Y, aunque este no es un sentimiento nuevo para Miwa, le irrita. La incomoda mucho más de lo que hubiera podido anticipar. Que todo lo que ella sintió y siente por Gojou no se deba más que a alocadas hormonas adolescentes o a una fijación, un fanatismo desmedido, le sienta mal. Pero no tiene nada qué decir sin sonar a que lo defiende a él. Removerse de toda responsabilidad por ser menor que él parece injusto, aunque tenga razón.
Al mismo tiempo, la idea de no volver a saber de él le abre un agujero en el estómago. Y no es el que le causó la última maldición que enfrentó. Una parte de ella se niega a aceptarlo, a reconciliarse con la idea de que aún desea verlo. A esta altura debería estarse aferrando con uñas y dientes de los vestigios de dignidad que le restan, pero este sentimiento es obstinado y se aferra a su corazón con una fuerza que nada logra contrarrestar. Aún hay preguntas que él no le ha contestado, aún queda una última puerta que cerrar.
—Lo haré, Utahime-sensei —finaliza antes de levantarse para reunirse con las muchachas.
31 de octubre de 2018
Afortunadamente, Mai no tiene ocasión de invadirla con preguntas ya que el auxiliar del colegio que las acompaña, no las ha dejado solas por un instante. Pero Kasumi puede sentirlo en el aire. Ha intentado una y otra vez sonreír como siempre lo hace, pero sus gestos se vuelven mecánicos, forzados, creados con el único fin de no preocupar a nadie.
Jamás le ha gustado la idea de preocupar a los demás… Por un lado, le agrada sentir que a los demás les importa lo que sea de ella, esto habla de un vínculo que se ha creado naturalmente, pero a la vez se siente incómodo, desearía que dejen de mirar en su dirección con esas expresiones que parecen leer a través de su fachada. Así debe sentirse la lástima.
Es exhaustivo para Kasumi actuar como si nada hubiera pasado cuando por dentro esconde una terrible tempestad. Cada segundo que no desperdicia actuando para mantener al resto tranquilo, lo gasta pensando en él. Cada noche lo llora de nuevo, en olas de desesperación, desesperanza, luego viene una calma extraña que la drena completamente de sentimientos al punto en el que llega a cuestionarse lo que siente por él. Pero luego el amor brota con más fuerza y duele como si no hubiera pasado un segundo desde su último beso.
Por instantes se pregunta, si realmente sintiera amor, ¿repetiría todos sus errores para volver a experimentarlo? Si la respuesta es no, entonces eso significa que sus sentimientos no son reales, ¿cierto? Y si dijera que sí, que daría cada uno de sus pasos sobre el mismo camino, sabiendo su final, ¿qué dice eso de ella misma y de su amor propio?
Kasumi siempre ha sabido que tiene baja autoestima, llamarse inútil a sí misma tantas veces contribuye a este mismo sentimiento de insuficiencia, sin darse cuenta. Pero, siempre había pensado que no lo creía realmente, que en algún sentido es útil a algo más grande que sí misma. Que, si bien no es la protagonista sobre un panorama enorme, como sí lo es Gojou, ella aporta, ella sirve de algo. Pero esta noción parece verse cada vez más lejana.
Esta vez, ha perdido completamente el interés en su nueva misión. Solo ha leído el informe una vez y ni siquiera recuerda los nombres de las víctimas, sólo recuerda que son cuatro. Se siente tan indiferente que le genera culpa, pero no logra volcar su interés por completo y por eso está agradecida de que Mai y Momo estén ahí.
Mientras la vida de muchas personas está en riesgo, Kasumi sólo tiene espacio en su interior para encontrarle algo de sentido a sus perturbados sentimientos. ¿Por qué es que no puede borrar el amor que le tiene? Aquello es la causa de todo lo demás, y es tan extraño que un sentimiento tan puro pueda teñirse con tanta facilidad de otros sentimientos más oscuros, unos que se pegan como sanguijuelas que le toca sacar de a una, para volverse a encontrar con el amor que tiene aún por él.
Tal vez se siente así porque no ha podido cerrar la puerta para poder enterrar sus sentimientos. Quizás esta ambivalencia que la confunde tanto se deba a un cierre que aún espera por ella.
El auto se detiene frente a una compañía de seguros en la pequeña ciudad de Uenohara, al sur de Kioto. Las tres bajan del asiento trasero y Mai y Momo caminan delante de ella, con el auxiliar. Al entrar los recibe un gerente que les da una recorrida por las instalaciones y un informe extenso sobre las actividades de cada uno de los empleados fallecidos, sus puestos dentro de la empresa, sus horarios, sus tareas, etc. Pero Miwa no logra retener ni la mitad de la información que recibe, como si todo se hubiera vuelto insignificante, se siente apática, vacía.
Al terminar el recorrido, se da cuenta que no ha dicho una sola palabra. Mai la mira en el camino de regreso, hay algo particular en su forma de mirar. Mai no es de las que miran con lástima, Mai suele tener mucho desprecio en los ojos, casi a todo momento. La mirada que ahora le dirige tiene un poco de eso, mucha intriga y algo de frustración. Pero trata de ignorarla, sabe que si le sostiene la mirada le hará alguna pregunta que eventualmente las llevará a ese tema del que no desea hablar.
No quiere hacerlo ya que teme sufrir un exabrupto similar al que sufrió en su habitación al llegar a Kioto. No sabe si bastará otra caricia en la espalda, o una pregunta muy simple para darle en el sitio preciso que la haga caer otra vez. No desea descubrirlo, por eso la mejor opción es simplemente no hablar de eso.
Para las seis de la tarde, las muchachas están hambrientas y el auxiliar, Masami Fukuda, las lleva a una posada pequeña, a las afueras de la ciudad. Las acompaña hasta su habitación y las deja para marcharse a hacer unas llamadas.
Momo se echa sobre la cama y se estira. Mai toma la delantera para darse una ducha y Kasumi repentinamente siente una inclinación que la lleva a decir su última mentira.
—Voy a salir a tomar aire —dice, en el marco de la puerta. Ni siquiera ha desempacado sus cosas.
—¿A esta hora? Ten cuidado, está oscuro… ¿quieres que vaya contigo?
—Gracias Momo, pero iré sola. Necesito pensar algunas cosas —sobre esto no miente, pero no puede sostener la mirada de la rubia antes de salir del cuarto.
Si tiene prohibido verla y contactarla, o pisar Kioto, entonces quizás esto no tenga propósito. Quizás cuando vuelva lo que ha dicho se transforme en realidad, quizás sólo esté saliendo de la posada para tomar aire y aún no lo sabe. Sus intenciones son otras, Kasumi mira su celular y ve su nombre sobre la pantalla, camina tan lejos como puede en medio de la noche, con su katana envainada en el cinturón de su pantalón.
¿Cómo es posible que la sola idea de llamarlo le provoque tal taquicardia? Su corazón efectivamente es un idiota que no aprende de sus decepciones, tiene más esperanza de lo que ella cree posible. Es esa parte indomable que anhela un desenlace rosa, uno digno del final de una novela romántica. No entiende aún que esto jamás lo ha sido.
Kasumi se detiene sobre sus pasos, posa una mano sobre su pecho e intenta controlarlo respirando profundamente. Quizás esta sea la última estocada que este corazón impertinente necesita para morir.
Presiona el pequeño botón verde sobre su pantalla y luego del primer tono comienza a sentirse una estúpida, al segundo tono comienza a sentir a su corazón golpeando con fuerza y anticipación sobre su pecho, al tercero desea colgar, quiere colgar el teléfono y volver corriendo con las muchachas, pero no lo hace. Aprieta los labios, Satoru jamás se ha tomado tanto tiempo en atender el teléfono.
…
—¡Wow, Kentaro, cocinas muy bien!
—Mi padre era chef de un restaurante de comida coreana.
—¿Puedes enseñarme? —pregunta Fushiguro.
—¡A mí también! —agrega Yuuji.
—¿Para quién quieres cocinar esta receta, Fushiguro-kun? —pregunta Nobara en un tono malicioso—, ¿acaso quieres cocinar para alguna chica en un futuro?
Megumi no contesta. Gojou los observa mientras come el platillo que les preparó el alumno de primer año que se incorporó hace muy poco.
—¿Cocinar para alguien es una forma de cortejo? —pregunta Panda.
—Salmón.
—Bueno… algunos dicen que cocinar es una expresión de amor —agrega Maki y al notar que todos se han volteado en su dirección, aprieta los músculos de su espalda y frunce el ceño—. ¡Es lo que dicen, no lo que yo pienso!
Satoru medita sin querer sobre lo que ella ha dicho. A su mente llega un recuerdo casi de inmediato, el de Kasumi cocinando para él y sus hermanos. Sin lugar a dudas, esto fue una expresión de amor de la que no había caído en cuenta en aquel momento. El tiempo que dedicó en comprar todo lo necesario, muy a pesar de su escaso presupuesto, el cuidado, la preparación… Todo para que él llegue a su encuentro con una hora de demora, si recuerda bien.
Realmente ha estado haciendo las cosas mal desde el primer momento. Atraído por la idea de descubrir al traidor entre las filas de Kioto. Mirando a Kasumi con demasiado interés hasta quedarse un momento a solas con ella, mezclando su ego en el asunto, cuando se dio cuenta de lo atraída que se sentía por él. Inmiscuyendo sus narices en su expediente para buscar algo sospechoso, o algo que explicara por qué esta chica es tan débil cuando sus ojos pueden ver algo escondido, muy en el fondo de su interior.
Se olvidó por completo de la humanidad de Kasumi. Una mujer, un chamán, una estudiante, quizás una traidora. Pero no era más que una muchacha enamorada de un hombre que, en definitiva… él no es.
Es raro que no pueda probar bocado, cuando el plato sabe tan bien. La comida coreana es exquisita e interesante, siempre le ha gustado probar platos extranjeros, pero hoy, y desde hace varios días, su estómago se niega.
Repentinamente suena su celular y él se queda paralizado, es el timbre que le puso sólo para distinguirla de otros mensajes, de otras llamadas que preferiría ignorar. Al principio duda, mira a los demás esperando que no sea su teléfono el que está sonando.
—Idiota, ¿no vas a atender?
Incrédulo, toma el celular sobre su mano y se disculpa de los estudiantes para salir por la puerta, no sin antes escuchar un susurro de Megumi.
—Creo que terminó con su novia…
Gojou camina rápidamente, luego corre lejos, esperando que nadie lo vea. Luego deja de correr y da pasos por el aire, tan lejos que nadie podría verlo sin un par de binoculares.
Hizo una promesa, y la ha estado cumpliendo, aunque se la ha cuestionado ya cientos de veces. Pero esta variable no estaba entre sus planes. No se supone que Kasumi lo busque a él, cuando la última vez salió huyendo de Tokio.
Quizás está en peligro, piensa y asume que esta es la única circunstancia en la que estaría bien hablarle.
…
Está a punto de colgar, sintiéndose totalmente miserable por siquiera intentarlo. Sus labios se tuercen, el latido acelerado se calma poco a poco y, en el último segundo, escucha el tono interrumpirse una ligera brisa del otro lado. Kasumi abre los ojos tan grandes como puede, Satoru está del otro lado de la línea, pero no dice una sola palabra.
—Yo… —comienza Miwa al escuchar el silencio.
—Kasumi… ¿estás bien? —pregunta él en un tono suave que hace su pecho estremecer—. ¿Necesitas mi ayuda?
—Necesito… hablar contigo, en persona…
Vuelve a sentir la brisa sin saber que Gojou pende en lo más alto del cielo nocturno de Tokio, analizando sus palabras y discutiendo consigo mismo los parámetros de su propia promesa. Cuando quiere hacer, por primera vez, las cosas bien… surge esta situación.
—No puedo volver a Kioto —responde en un tono pesado.
—No estoy en Kioto… Estoy en Uenohara… pero, si no puedes hablar conmigo está bien. Supongo que es un error de mi parte el estar hablando contigo ahora, podríamos meternos en un problema…
—No me importa —contesta él de forma súbita—. Si necesitas hablar conmigo es lo mínimo que puedo hacer por ti, envíame tu ubicación e iré enseguida. ¿Podrías esperarme?
—Lo haré…
Kasumi camina por una carretera rodeada de pequeñas casas, escondidas entre colinas y altos árboles desnudos de hojas. En el camino ve un par de niños disfrazados, caminando con bolsas, probablemente llenas de dulces. Ha estado tan distraída que no se había dado cuenta que hoy es Halloween…
Cruza un pequeño puente que se eleva sobre el río Nakama y se para junto a un letrero para enviar su ubicación.
Se rodea con ambos brazos, las noches de otoño suelen ser muy frías a esta altura del año y salió con tanto apremio que ni siquiera se tomó la molestia de buscarse un abrigo. Ya lleva un rato sola, y Gojou probablemente tarde unos cuantos minutos en dar con ella, por lo que decide enviarle un mensaje a Momo.
'Guárdenme algo de comer, en media hora estaré allí.'
'Está bien, no estás ocultándonos nada, ¿cierto?'
Kasumi mira la respuesta de Momo y anticipa su próxima mentira. Pero, cansada de ocultar tantas cosas, decide ser un poco más honesta.
'Les contaré cuando regrese'.
Una vez más, guarda su celular y se envuelve con sus manos. Pero, al regresar su vista al suelo, ve una sobra ampliándose sobre ella. Siente que algo la rodea, cayendo pesadamente sobre sus hombros y al levantar la vista lo encuentra, extendiendo su chaqueta sobre ella. Su ropa se siente tibia, Kasumi vuelve a inhalar el perfume de Gojou y se queda sin aliento con solo ver su rostro aún cubierto por aquella venda oscura.
Él posa los pies sobre el suelo y le sonríe, pero hay tristeza en su gesto, hay un dejo de melancolía en él. Deja sus manos dentro de sus bolsillos y espera por un momento a que Miwa salga de su sorpresa inicial y, cuando finalmente lo hace, su expresión se nubla y desvía la mirada para ver el suelo nuevamente.
Es difícil para él comprender por completo por qué la expresión angustiada de Kasumi logra hacerlo sentir tan miserable. Por qué tiene que esconder los puños, apretar sus dedos hasta volverlos blancos los nudillos para evitarse a sí mismo volver a ponerle una mano encima. Deseando usar sus dedos para levantar su mentón, acariciar su suave piel blanca y consolarla por lo que él mismo ha hecho. No entiende el deseo que nace en sus labios y clama por unirse a los de ella, aunque esté mal, aunque les haga daño a los dos.
—Estoy aquí… —dice suavemente—. No debería, creo que ambos sabemos bien esa parte. Esto… ya lo saben todos, bueno, casi todos…
—Lo sé… lo lamento mucho…
—¿Por qué lo lamentas? Yo creo que era hora de que sucediera, la incertidumbre estaba comenzando a molestarme —dice, mirando el cielo estrellado.
—Lo lamento por ti. Esto debe haberte costado… más que a mí.
—¿Lo lamentas por mí? —pregunta casi atónito y una risa que no logra reproducir muere sobre su garganta—. ¿Por qué siempre tienes que pensar en los demás antes que en ti misma, Kasumi-chan?
—Gojou… —comienza Miwa, ignorando su pregunta—. ¿Por qué es que… pediste un informe sobre mi familia? ¿Acaso tu… conociste a mi padre? La última vez que lo vi… él mencionó un sensei… ¿él estaba hablando de ti?
No solo la forma en la que pronunció su nombre le ha dolido, la respuesta que tiene que darle también le roe las entrañas. Satoru baja la mirada, ordenando lentamente las palabras que debe decir. Debe haber alguna manera de explicarse sin lastimarla más de lo que ya lo ha hecho, pero no importa la forma en la que ordena las cosas, por primera vez midiéndose para no herir, no encuentra la manera correcta.
—Sí —responde finalmente—. Yo…
—Espera, primero te pediré un favor… ¿Podrías quitarte la venda de los ojos?
Satoru se sorprende por su pedido, extiende una de las manos escondidas en los bolsillos de su pantalón y baja la venda hasta dejarla sobre su cuello. Cuando revela por completo su rostro, se siente avergonzado. Esta es la primera vez en la que se siente realmente desnudo ante otra persona, cuando generalmente él es quien ve más que los demás.
La mirada seria de Kasumi es nueva, es un gesto adusto que busca más respuestas de las que él es capaz de darle en simples palabras.
—Yo… —vuelve a decir—, miré tu expediente porque quería saber si tú eras a quien estaba buscando… No puedo decirte mucho sobre eso, pronto lo descubrirás, lo único que puedo decir es que… tú no eras esa persona.
Kasumi baja la mirada luego de verlo a los durante un buen tiempo, sonríe, a punto de llorar. Sin saber a qué se refiere con exactitud, encontrando en su respuesta algo que su corazón estaba anticipando. Ella no es la persona que Satoru Gojou busca.
—Ya veo…
—Además… —continúa, para sorpresa de Kasumi—. Pedí ese reporte porque necesita saber si mis teorías sobre ti tenían alguna clase de fundamento. Creo que estaba en lo cierto, tu energía maldita ha crecido mucho en este último tiempo… pero… eso ya no es importante… Conocí a tu padre… y creo que conocerme hizo que sintiera curiosidad por ti y… eso eventualmente… ya sabes cómo terminó.
—Así que… tu fuiste la razón…
—Lo siento, Kasumi. Quise explicártelo, pero…
—¿Acaso… fui un experimento tuyo?
—¿Qué dijiste?...
—Así es… ¿buscabas que sacara todo lo negativo dentro de mí? Dijiste que yo era una botella, ¿cierto? ¿Intentabas hacerme romperla? —Encuentra el rostro confundido de Gojou y continúa luego de esperar por una respuesta que simplemente no llega—. Dime, por favor… necesito saber… ¿Acaso sabías que estaba en el hotel cuando estabas con esa otra mujer? ¿Era un plan para romperme el corazón y que terminara sacando todo lo que tenía escondido dentro de mí?
Gojou cae en cuenta de lo que Kasumi supone. No puede mirar sus ojos azules por más de dos segundos antes de apartar la vista hacia la desértica carretera. Ahora está seguro, Kasumi también vio eso. De esto era de lo que Mechamaru y Utahime hablaban, esta es la razón por la que ella salió huyendo de Kioto, el motivo real por el que lloraba aquel día.
—Así que viste eso… ¿por qué no dijiste nada?
—Entonces… eso significa que no sabías que yo estaba allí, ¿verdad?
Su pregunta llega a sus oídos en un tono derrotado. Esta era la única explicación aceptable que la joven mente de Kasumi había creado para darle sentido a lo que vio, para que no le doliera tanto. Pero, al descubrir de primera mano que no fue un truco, esconde el rostro, apretándolo contra su pecho y siente sus ojos humedecerse nuevamente.
Contrólate, se dice a sí misma, contrólate, suplica en su interior.
—No lo sabía… Utahime me lo dijo… Es por eso que fui por ti.
—¿Acaso… —Kasumi comienza su pregunta sin poder ver a los ojos en los que espera encontrar la verdad—, te acostaste con esa mujer?
Gojou mira el rostro que se niega a verlo a la cara, separa las pestañas al escuchar su pregunta y luego las hace descender, ahora él también observa el suelo.
—Sí, pero no aquel día, ni los siguientes.
—Si tú… si no hubieras recibido esa llamada de Utahime… ¿lo habrías hecho?
Satoru da un paso hacia adelante, evitando responder a su pregunta. Pero, al acercase, Kasumi retrocede con ambas manos envueltas sobre su pecho, sosteniendo lo bordes de su chaqueta. La espina en su pecho no se marchado, sigue ahí desde hace un tiempo y vuelve a notarla cuando se hinca sobre él. El rechazo de Kasumi duele mucho.
—No… —empieza, a punto de mentir, pero a último momento decide que ya no hay nada más que pueda rescatar a base de más mentiras—. No lo sé, probablemente…
Los labios de Kasumi se separan, aire sale de sus pulmones como si Satoru acabara de golpearla en el abdomen. Se gesto se desarma, no le queda fuerza para mantenerse unida y su respuesta tan sincera la deja sin palabras, sin aliento. El pecho le arde, los ojos se inundan y se voltea con el único objetivo de no dejar que la vea en este estado, no puede quedarse sin absolutamente nada de lo que queda de su dignidad.
Gojou la observa voltearse frente a él, bajo la luz amarillenta de la calle. Su espalda se mueve, apenas puede ver ligeros movimientos y estira una mano que se detiene en el aire al oír el primer quejido que sale lastimosamente de su garganta. Satoru la escucha llorar, mientras Miwa esconde su rostro sobre ambas manos, horrorizada por lo que él es.
—Kasumi… —pronuncia con dolor—. Por favor… no llores…
En contra de toda lógica, Gojou rompe la distancia que los separa y la abraza por la espalda mientras ella llora amargamente este terrible descubrimiento. Mientras sufre por lo que Gojou Satoru es capaz de hacer a sus espaldas.
Sorpresivamente, ella no se resiste, simplemente continúa llorando, dejándose envolver por sus largos brazos.
Satoru siente su pecho abrirse a la mitad. Si fuera capaz de volver a llorar, lo estaría haciendo en este momento. De eso está completamente seguro. Pero no puede hacerlo y este impedimento comienza a volverlo loco por primera vez. No hay manera de dejarse expresar abiertamente todo el dolor que siente en su interior. Como si no hubiera nada dentro de él, cuando está completamente sobrepasado de diferentes emociones que no llega a comprender por completo. Satoru aún sigue anestesiado.
—Lo siento… —susurra—, lo siento mucho, Kasumi —No recibe otra respuesta que sus tristes sollozos—. Por favor, detente… No quiero que sigas llorando de esta manera. ¿Crees que lo merezco? ¿Crees que vale la pena llorar así por alguien como yo? Por favor… te lo ruego… no llores por mí. No valgo la pena, Kasumi. Kasumi… ¿me escuchas? Haré lo que sea, sólo deja de llorar… por favor, por favor… solo deja de llorar…
Miwa siente los brazos de Gojou estrujándola con más fuerza, sus casi dos metros de alto encorvándose sobre ella, su rostro rozando ligeramente su cabello.
—Yo… —suelta Kasumi repentinamente aún envuelta por los brazos de Satoru, el rostro empapado de agua salada—. No hubiera sido capaz… jamás. Jamás hubiera podido hacerte algo así… Incluso… aún sin tener un título… yo jamás te hubiera traicionado de esa manera.
La voz de Kasumi se quiebra con tanta constancia que él asume que cada palabra duele sobre su garganta. Es difícil para ella hacerle esta confesión.
—Eso es porque tú… eres mejor persona que yo. Eres más fuerte… que yo…
Repentinamente, Kasumi se voltea y lo enfrenta con los ojos brillando, llenos de lágrimas que le restan por llorar. Satoru mantiene sus manos sobre sus hombros y ve con intriga el rostro sin aliento que lo mira de una forma diferente, horrorizada.
—¡No! ¡Yo soy débil! ¡Tú eres quien se supone que debe ser fuerte! Lo que digo es solo natural cuando alguien… cuando alguien ama a otra persona. Pero no lo comprendes porque tú no me amas, ¿cierto?
Las manos de Satoru caen.
—Kasumi… —comienza y ella presiente que lo que dirá a continuación dolerá tanto que se prepara para recibir el golpe. Ninguna confesión de amor comienza de esta manera, con un rostro tan herido y avergonzado, con tanta duda resonando en el tono de su voz—. No estoy seguro… si soy capaz de sentir lo que tú esperas que yo sienta. No creo que pueda…
—¿Soy yo quien no te hace sentir esos sentimientos?... ¿Es que no soy suficiente para ti?
—¿Qué dices? No… no, claro que no es eso… —comienza, acercándose suavemente, aun manteniéndola unida a él, acariciando sus menudos hombros—. Kasumi… tu eres perfecta tal cual eres. Eres la mujer más dulce, la más buena… que he conocido en mi vida. Lo que pasó no habla de ti, sino de mí… ¿lo entiendes?
—¿Cómo puede ser que creas que soy perfecta pero aún así no me ames?...
—No lo sé, la última vez que sentí algo parecido… fue hace muchos años. Desde entonces… creo que perdí la capacidad. No quiero mentirte y decirte lo que esperas para hacerte sentir mejor… Y tampoco voy a ser un cínico y decirte que no siento nada por ti. Porque estos últimos días se han sentido como una tortura para mí, he querido hablarte a toda hora, quise llamarte tantas veces… Incluso antes de eso… quería saber de ti, quería verte y pasar tiempo contigo… Pero… tú sabes, lo que estamos haciendo no está bien, hay cosas que deseo hacer más que nada en la vida… Y creí que quizás, si simplemente me alejaba de ti, te olvidarías de mí y seguirías con tu vida. Creí que dejaría de sentir ganas de verte… creí que dejaría de soñar contigo todas las noches, pero… no lo conseguí. Sin embargo, no puedo asegurarte que te amo, ¿puedes comprender lo que digo? O, ¿he enredado más las cosas para ti?
—No lo sé… La verdad es que yo tampoco sé qué pensaba cuando decidí involucrarme contigo. Sólo sé que… no he tenido muchos momentos felices en mi vida… —una nueva lágrima cae de sus ojos—. No me he sentido como me siento contigo… bueno… nunca —Kasumi se sonríe un instante y la sonrisa muere cuando sus labios se tuercen, sabiendo perfectamente que volverá a llorar—. Pero no puedo perdonar todo el daño que me has causado… Estos últimos días… jamás me sentí tan desdichada como ahora. Jamás me sentí tan pequeña… Y aún así… puedo decir con toda certeza que sigo enamorada de ti. De alguna forma me aferraba a la idea de que después de todo, no fuera más que una confusión y tuvieras algo coherente qué decirme, que pudieras devolverme este sentimiento y, quizás… No… fui una estúpida… Es obvio que todo esto ha terminado…
Kasumi se remueve la chaqueta de Gojou y se la entrega antes de voltearse, reteniendo más lágrimas entre sus ojos.
—Adiós, Gojou-sensei… me ha enseñado mucho.
Cuando ella se da media vuelta, el pecho de Satoru se encoje. Estruja la chaqueta entre sus manos y ve con horror a Kasumi caminando sola en medio de la noche. Paralizado, lucha con algo en su interior que lo inclina a quedarse justo en donde está. Y, finalmente, la otra parte de él sale a encontrarla, la sostiene por la mano y ella se gira a verlo a los ojos. Ni siquiera sabe qué decirle, ni qué intenciones tiene para detenerla cuando toda lógica le dice lo contrario, todo lo demás le dice que la deje ir.
—No te vayas… Aún no…
El ruego de Gojou duele. Él se mueve en su dirección arrastrado por una fuerza que no entiende.
Las cejas de Kasumi se fruncen sobre su frente, su gesto sólo denota confusión. Encuentra pánico en los ojos claros de Gojou y se detiene, se gira sobre sus pasos y apoya una mano sobre la mejilla de Satoru por un momento. Debería despreciarlo, debería aborrecerlo, pero no puede hacerlo.
—Tal vez algún día nos volvamos a encontrar, cuando tengas más claros tus sentimientos. Quizás ese día… incluso podamos ser amigos. Porque… ¿sabes?... creo que yo nunca podré arrancarte de mi pecho. Creo que siempre vivirás en mí a pesar de que tengo todas las razones necesarias para odiarte.
—Entonces ódiame.
—¿Qué?...
—Si me odias será más fácil para los dos. ¿Qué hay aquí que no puedas odiar? Ignoro constantemente las reglas, soy inmoral, inoportuno, engreído… infiel… ¿Qué es lo que podrías amar de todo eso?
Kasumi sonríe suavemente y medita sobre su pregunta. Esta es la única ocasión en la que Gojou no parece hacer una pregunta sobre sí mismo con la única intención de inflar su ya hinchado ego.
—A veces no necesitamos razones para amar a las personas, simplemente lo hacemos.
—¿Podrías intentar odiarme?
Ella niega.
—Creo que odiarte… sería lo mismo que seguir amándote, de cierta manera.
—¿Qué tal si me golpeas? Me lo merezco.
—No soy capaz de hacerte daño, tampoco puedo odiarte. Si pudiera hacerlo sería más fácil, tienes razón… Y no es que no lo haya pensado. He estado muy… muy enojada contigo. Quizás, de haber tenido esta conversación en otro momento hubiera sido capaz de golpearte… Pero ahora… sólo quería una explicación y ya me la has dado. Eso tendría que ser suficiente para mí para… comenzar a despedirme de mis sentimientos por ti.
—Yo… no quiero despedirme de ti. Soy muy egoísta, ¿verdad? Quiero quedarme con esta chica tan linda que está enamorada de mí, aunque sepa que no tengo nada bueno qué ofrecerle.
—Sí, eres muy egoísta…
El celular de Satoru suena y el rostro de Miwa se entristece. Satoru presiente lo que ella está pensando, saca el móvil y exhibe la pantalla.
—Es Ijichi.
—Deberías atender… pueden sospechar que algo extraño está pasando. Además, puede ser importante.
—Esto es importante.
—Nuestra conversación ya ha terminado… no tenemos nada más qué decirnos…
—Lo sé, pero… siento que hay más qué decir…
—Mejor atiende el teléfono.
—Está bien, pero espérame… por favor —al ver a Miwa asentir, coge el móvil y atiende la llamada entrante. Se lo echa al oído y saluda—. ¿Qué sucede, Ijichi?... ¿Ahora?... ¿Dónde?... Vaya… ¿toda la estación?... Uhm… ¿mi nombre? ¿acaso me conocen?... Oh… Está bien, voy en camino —Cuelga y se voltea a Kasumi, que se ha vuelto a envolver con sus brazos y espera tal y como él le pidió. Le sorprende que después de todo sea capaz de cumplir este último favor—. Lo siento, me necesitan en Shibuya…
—¿Pasó algo grave?
—Sólo algo… interesante… Perdóname, pero tengo que irme.
—Está bien, de todos modos, ya terminamos de hablar…
—No… no quiero que nuestra conversación termine —ruega, acercándose a ella nuevamente y encuentra pánico en su mirada—. Quiero seguir aquí contigo.
—No digas esas cosas, no puedo confiar en lo que estás diciendo… No después de todo lo que ha pasado. Todas las ocasiones en las que estuve esperando un mensaje, una llamada, ¡cualquier cosa! No puedo olvidarme de todo eso solo porque… solo porque te amo.
—Pero estoy siendo sincero…
—Lo que prometes y lo que haces no siempre van de la mano, solo puedo confiar en que… eventualmente… volverás a lastimarme.
—Kasumi… —comienza, tomando su rostro entre las manos, secando sus lágrimas mientras ella cierra los ojos temiendo el efecto que el roce de Satoru le cause—, sólo sé que ahora tú eres mi persona favorita.
No es una confesión de amor, estas no son las palabras que Kasumi ha soñado escuchar envueltas en esa voz de terciopelo que le da escalofríos. Pero es débil ante él, siempre lo ha sido. Levanta sus manos y acaricia las grandes manos de Gojou sobre su piel y sonríe, una nueva lágrima cae sobre su mejilla.
¿Tan malo puede ser hacer aquello por lo que su corazón llora?
Gojou se acerca lentamente y planta un beso sobre sus labios y ella lo recibe tímidamente. Lo ha extrañado tanto, lo ha necesitado tanto que al momento de sentir su aliento rozando su rostro, su mente pierde todo rastro de pensamientos coherentes. Ella aún le pertenece a él.
Recibe y comparte su beso por más tiempo del que desearía. Tiene un hambre voraz de él, uno insaciable.
Gojou siente la textura suave de los labios de Miwa y su corazón estalla sobre su pecho, tanto calor se vuelve incontenible, no quiere irse de aquí. Quiere quedarse y continuar hasta que Miwa le pida algo más, ruega mentalmente una última noche. Aunque sabe que después querrá otra, y otra más. Porque no ha dejado de soñar con ella ni pensarla durante todo este tiempo. Es egoísta, profundamente egoísta.
El celular vuelve a sonar y ella se detiene, se aleja unos centímetros de él, tratando de recuperar el aliento que el beso de Gojou le arrebató.
—Tienes que irte… vete, por favor. No podemos seguir haciendo esto, no puedo permitirte que me hagas más daño.
—No quiero hacerte daño… Tengo que irme, pero luego volveré y seguiremos hablado de esto. No quiero que te apartes de mí… Volveré pronto, Kasumi.
Con toda su fuerza, retira las manos del rostro sonrojado de Miwa y da unos pasos hacia atrás, junta sus palmas y le sonríe por última vez antes de desaparecer en el aire.
08:31 PM
Se coloca nuevamente la chaqueta que le había prestado a Miwa y deambula lentamente en dirección a Shibuya. Aún tiene el sabor de Kasumi sobre los labios y hace un esfuerzo muy grande para dejar de pensar en ella.
Esto es demasiado interesante, piensa mientras ve desde lejos el velo de 400 metros que rodea la estación de Shibuya. Se ha quedado a las afueras por un tiempo, intentando dar con la razón, con la idea que debe haber detrás de tal parafernalia. Escucha los gritos de la gente, escucha su nombre una y otra vez de personas que no conoce, de personas que no lo conocen a él, pero sólo saben que tienen que llamar por él. Nadie más que él. Esto es claramente una emboscada, es tan evidente que no parece suficiente explicación.
Cuando decide que no sacará ninguna conclusión con verlo desde la distancia, entra, empuja un hombre regordete que lo ve, sorprendido, materializándose sobre la cortina invisible que los mantiene atrapados, palmea sobre su hombro una disculpa mientras sigue su camino.
Llega hasta Shibuya Hakarie, observa los cientos de personas congregadas, la mayoría disfrazadas por Halloween. Esto es tan interesante que logra sacarle a Kasumi de la mente. Los ve a todos, atrapados como sardinas, aterrados por las características paranormales de su confinamiento.
Esto es tan cruel, incluso le da lástima que todas estas personas no tengan idea de lo que está pasando.
Gojou se eleva en el aire frente a los ojos sorprendidos de los rehenes. Todos tiemblan de miedo, lo señalan mientras él espera que todo esto tenga algo de sentido. Tantas personas sin energía maldita congregadas en un solo sitio, tan curioso… Y estando dentro de la estación el objetivo se vuelve evidente. Es claro lo que está en juego, lo ve en cada rincón, hacia donde sus ojos llegan no hay más que rehenes que serán usados en su contra en cualquier instante.
—Les seguiré el juego… —se dice a sí mismo, descendiendo en el aire hacia las vías ferroviarias.
Al llegar al andén de la línea Fukutoshi, los encuentra. Un grupo de tres. Se sonríe, esto finalmente ha empezado, eso que él esperaba con tanta antelación.
Repentinamente una masa de raíces se desliza sobre las salidas, Gojou observa sobre su cabeza una cúpula oscura que cubre el sitio por el que llegó, encerrándolo.
—No tienen que hacer eso… No voy a huir —comenta, sin entender realmente las intenciones de este temible grupo de maldiciones.
—Si huyes, la respuesta a eso es… que los mataremos, ¡aunque no lo hagas! —exclama aquel a quien en algún momento le arrancó la cabeza.
En ese momento, Gojou comprende. Mientras cientos de personas son arrojadas sobre las vías del tren, detrás de él, a su lado, delante suyo. Gritos por doquier, cuerpos cayendo desde las plataformas empujados por las mismas raíces que sellaron cada entrada. Todos apretados, arrastrándose, cayendo unos sobre los otros, pisándose, empujándose. Solo puede escuchar una cacofonía de desesperación.
Gojou observa un exabrupto ante sus ojos. Sangre chorrea por las paredes luego de un primer ataque, cuerpos caen agonizantes, otros muertos. Desmembrados, gritando mientras la sangre cae a borbotones de sus cuerpos. Escucha la pronunciación de una técnica maldita y ve tres cráneos volar, desprendidos de los cuerpos, cortados con escalofriante precisión. La sangre se le hiela, al menos veinte muertos en un parpadeo.
Levanta una mano, el ataque que arrasó con todas las personas que tenía frente a él se golpea con su barrera. Más cuerpos caen, el aire se llena de hierro, de más gritos, de lágrimas, de muerte.
Ve claramente cuando dos maldiciones se lanzan contra él, activando un territorio simple para acertarle un golpe sobre el rostro que él elude y huye a unos metros. Es indudable que han aprendido de un usuario de maldiciones, de un hechicero. De otra forma, no habría manera de que pudieran pensar en esta posibilidad.
—¿No nos dijiste que no huirías? ¿Acaso necesitas algo más para persuadirte?
La maldición más pequeña toma la cabeza de una persona que apenas logra levantarse del suelo y la arranca de su cuello, de la misma forma que él mismo hizo en algún momento.
—Bueno, estoy sorprendido…
—¿Qué dices? ¿Esa es tu excusa? —se ríe mientras mucosidad negra se desliza entre sus dientes.
—Nada de eso, imbécil —pronuncia Gojou mientras se retira la banda negra del rostro, deslizándola bajo su cuello—. ¡Estoy sorprendido de que sean tan descerebrados como para creer que con esto podrían ganarme!
Lo observa tragar, sabe que no tiene posibilidades contra él. Una gota de sudor frío cae por el rostro de la maldición y él desvía su mirada hacia el otro, el que está parado a su lado.
—Oye, tú, la planta de ahí. Esta es la tercera vez que nos vemos, ¿no? ¿Y aun así sigues subestimándome? Te mataré a ti primero —su tono alto, imponente y escalofriante. Su mirada fija, gélida—. ¡Vamos! ¡Vengan! ¿qué les pasa? —pregunta, alzando las manos invitándolos al ver cómo se alejan de él—. ¿Acaso no fueron ustedes los que dijeron… que no huyera?
Las maldiciones se lanzan contra él en simultáneo y una sonrisa maliciosa se cuela sobre el rostro de Gojou. Toma la muñeca del más pequeño, esquiva el ataque del segundo sin ninguna dificultad y arranca su antebrazo luego de burlarse de él.
Desactiva su hechizo sin límites y persigue a su víctima mientras él huye, con el rostro desencajado, intentando desesperadamente reconstruir el brazo que le acaba de arrancar. Lo ve voltearse, presintiendo lo mismo que él, cayendo en la trampa que construyó con tanta rapidez que le resulta divertido. Cuando lo escucha gritar, sabe que lo ha logrado.
—¡No deshagas la expansión! ¡Hanami!
Gojou se voltea rápidamente, hambriento de terminar con esta maldición. Su corazón late aceleradamente inmerso en aquello para lo que ha nacido. Su sola creación dispuesta con este objetivo. Gojou no es el hombre que le gustaría ser, pero él goza esta otra parte suya. La mejor versión de sí mismo, sobre la que no duda, sobre la que está completamente segura. En esto, es el mejor.
Sonríe mientras toma uno de los cuernos que sale como raíces del rostro del tal Hanami.
—Según recuerdo, este es tu punto débil, ¿no? —cuestiona mientras arranca ambos tallos y estos se expanden bajo sus manos, como sogas infinitas hasta que finalmente se terminan y vuelve activar su técnica sin límites, protegiendo su cuerpo de un nuevo ataque que asesina cinco personas antes de llegar a él.
Se voltea y ve al tercero, que espera a varios metros de distancia. Lo observa con fastidio mientras la sangre de los inocentes flota a su alrededor, momento en que las dos maldiciones restantes aprovechan para atacarlo y él cumple su promesa, volviendo a arremeter contra Hanami para volverla un manojo de cenizas. Una abrupta explosión retumba por las paredes, sobre un agujero ennegrecido que ha dejado en donde alguna vez hubo una maldición.
Ha escuchado claramente las amenazas del más pequeño, apuntando contra un grupo de humanos que probablemente no pueden ver ni entender nada de lo que está pasando a su alrededor.
—Tú sigues.
Gojou lo observa correr, escondiéndose cobardemente entre la gente. Él camina a grandes zancadas, persiguiéndolo mientras los humanos se alejan de él, temiéndole. Repentinamente le avienta un civil y vuelve a correr, desesperadamente.
—¡Choso! ¡Te mataré si no ayudas!
—Bueno… bueno… —contesta el otro con fastidio y una lluvia de flechas negras caen sobre los humanos, matándolos alrededor de Gojou.
Habiendo apuntado todo este tiempo a una batalla cuerpo a cuerpo, se da cuenta que no podrá salvarlos a todos. No hay manera, los están sacrificando como ganado y si él utiliza rojo o azul no hará más que incrementar los muertos. Se disculpa con ellos, aunque no puedan entender sus palabras en este momento.
Un vagón llega repentinamente y las personas se abalanzan sobre él, desesperados por escapar. Pero se detienen al ver a través de las ventanas, justo antes de que todas las puertas se abran de par en par. Decenas de humanos mutados salen del tren, masticando rápidamente la carne de las primeras personas con quienes se topan. Más gritos, más desesperación. Gojou observa atónito lo que está pasando a su alrededor, con los ojos desencajados del rostro.
—¿En qué están pensando?
Satoru no logra dar con la idea que moviliza todo este plan. No hay más que caos y muerte a su alrededor. Nada tiene sentido. Están diezmando su única ventaja sin razón aparente. Están aniquilando eso que lo detiene de usar sus técnicas más fuertes.
Repentinamente una nueva maldición se lanza contra él y lo reconoce en un instante, es el mismo que le describieron Yuuji y Nanami. Es el responsable de la mutación de todos los humanos que acaban de llegar. Evita que lo toque en su primer ataque y él se ríe y se hace a un lado para hacerle un comentario que parece sentarle muy gracioso.
—Te diré una cosa que me repugna de los humanos… ¡Que hay demasiados!
Su anuncio viene con una sorpresa. La plataforma superior se abre a sus espaldas y Gojou escucha claramente los cuerpos desplomados, más y más gritos que logran dejarlo sordo. Hay tantas personas que probablemente muchos hayan muerto solo con el impacto, otros están siendo asfixiados en este mismo instante.
Escucha dos técnicas pronunciadas simultáneamente, dos ataques de largo rango que llegan a él sin tocarlo, pero aniquilan a todos a su alrededor. Un nuevo ataque cuerpo a cuerpo del mismo iluso que cree que podrá acertarle un golpe, y él vuelve a quedarse con su brazo entre las manos antes de que él salga corriendo entre la gente, ocultándose.
Se queda parado, meditando en medio del caos, de los gritos, de la sangre que correa de tantos cuerpos, tantos litros que se derraman a cada segundo.
Lo ha decidido, le toca concentrarse para lograrlo, pero no hay otra manera. Levanta la mano derecha y cruza los dedos.
—Expansión territorial… Vacío inconmensurable.
Esto es todo o nada.
Gojou se mueve rápidamente en una fracción de segundo. Cuando el vacío infinito se desactiva, él está parado en medio de todos los cuerpos de los humanos que se han desmayado por la información que sus cerebros acaban de recibir. Y, entre sus manos, las cabezas de un par de maldiciones creadas por el de cara parchada.
Camina cansado, la sangre chorrea por sus mejillas, esta sangre no se vuelve ceniza ya que es la sangre de lo que antes solía ser un humano. Gojou observa lastimosamente las cabezas deformes que penden de sus manos y las arroja a un lado. Luego escucha algo caer junto a sus pies.
—Puerta de la prisión confinadora… Ábrete.
La caja que ha caído se abre repentinamente, extendiendo cuatro lados a través de carne viscosa. Cuatro parches mantienen abierto un ojo gigantesco que lo observa atentamente. Gojou ve su propio reflejo desencajado en la enorme retina y se siente estremecer por su poder.
El terror lo invade cuando la pupila se expande, mirando directamente. La sangre se le congela dentro del cuerpo, el poder inmenso va a atraparlo. Se voltea para salir rápidamente de su alcance y una voz lo detiene.
—Oye, ¡Satoru!
—¿Huh? —musita, girando su rostro. Esa voz es inconfundible, está grabada en su memoria desde hace muchos años.
—Cuanto tiempo.
Lo observa, paralizado, preguntándose de qué se trata esta trampa, qué clase de engaño están utilizando para engañar a sus ojos. Pero el poder de sus seis ojos no ven una réplica, esta es la carne de Suguru Getou. Es real.
Los años, los recuerdos, las risas, las peleas, la muerte. Todo llega a su mente en una fracción de segundo y lo deja completamente congelado, con los ojos bien abiertos, sin poder quitarlos de la figura que se acerca caminando hacia él.
Repentinamente siente que se queda sin aire. Algo lo ha atrapado por la cintura inhabilitando su técnica. La caja se ha partido en más pedazos y la carne se pega a él, inmovilizándole los brazos. Su poder mágico desaparece tan rápidamente como es atrapado, su fuerza física se disuelve. Gojou cae sobre sus rodillas, postrado ante aquel que parece ser su mejor amigo. Sin embargo, a pesar de haber perdido la batalla, lo único que desea saber es quién es este impostor que manipula el cuerpo de Getou.
—¿Quién demonios eres tú?
—Suguru Getou, por supuesto. ¿Te has olvidado de mí? Me pones triste.
—Tanto tu cuerpo, como tu energía maldita… La información que reciben mis seis ojos… Me dicen que eres Suguru Getou. ¡Pero mi alma se niega a creerlo! ¡Respóndeme de una vez! ¡¿Quién eres?!
—Vaya… ¿cómo lo supiste?
Gojou escucha horrorizado la explicación que aquel ser extraño le brinda, luego de revelar el cráneo de Suguru, abierto, sosteniéndose de una sutura. Lo escucha burlarse de él, lo oye explicarle cándidamente la cantidad de años que pasará encerrado en este sello del que no tiene manera de escapar. Lo escucha subestimar la existencia de Okkotsu Yuta y le frustra saber que en cierta forma tiene razón sobre él.
—Buenas noches… Gojou Satoru. Nos veremos en el nuevo mundo.
Algo en su interior se lo dice, puede sentirlo, puede sentir su presencia aún en algún lugar entre todo este caos y desorden. Satoru puede sentir su esencia, sin la necesidad de ningún poder mágico. Hay una conexión invisible a los ojos, una que nadie más que ellos dos pueden compartir. Satoru está seguro, él sigue ahí, en alguna parte.
—Bueno, creo que ya son buenas noches para mí. Y ya va siendo hora de que tú despiertes. ¿Hasta cuándo piensas quedarte sin hacer nada… Suguru?
La mano de Suguru se levanta amenazando sobre su propio cuello y él se ríe. El del rostro parchado llega, caminando como un niño y observa el cuerpo de Suguru revelándose sobre el impostor. Ambos se ríen y a él se le voltea el estómago de sólo escucharlos. Escucha una leve conversación filosófica sobre el cuerpo y él alma, y su necesidad del uno del otro. Esto se siente patético, se comportan como si él ni siquiera estuviera ahí.
—Oigan, si lo van a hacer háganlo ya. Estoy harto de ver sus horrendas caras.
—Me hubiera gustado humillarte más. Pero tienes razón, no quiero que nada nos estropee los planes… Cerrar… celda.
Aún siente la piel de sus labios cosquillear por el último beso que le dio Satoru. Suspira mientras deambula sola por la calle en medio de la noche. ¿Por qué ha resultado ser tan obstinado su corazón? Ni siquiera al escúchalo decir en voz alta que no la ama, no puede empezar a enterrarlo.
Su móvil suena y la distrae de su ensimismamiento. Mira la pantalla y atiende sin dudar.
—Ya estoy regresando, Momo… —dice, anticipándose a lo que cree que va a decirle.
—Dinos dónde estás, pasaremos por ti. Tenemos que irnos a la estación de tren, Utahime-sensei nos necesita.
—¿Qué? ¿Pasó algo malo?
—No lo sabemos, no nos han dicho nada aún… pero parece serio.
—De acuerdo —contesta y cuelga para enviar su ubicación y espera hasta que el vehículo negro de la organización se estaciona frente a ella y sube a toda velocidad. El auxiliar no tarda en volver a acelerar y emprender rumbo a la estación de trenes.
Pocos minutos pasan recorriendo las carreteras de la pequeña ciudad rural de Uenohara y se detienen frente a la estación. Utahime está junto a Kamo, las están esperando y al llegar ni siquiera las saluda.
—Vamos, tenemos prisa —dice, caminando hasta la plataforma para abordar el siguiente tren
—¿Sabes de qué se trata esto, Kamo? —pregunta Mai, pero él niega, se ve tan confundido como ellas.
Utahime se detiene.
—Tenemos una situación complicada en Tokio —comienza, parada frente al grupo que se detiene esperando la llegada del tren—. Pero… antes de eso, tengo que contarles algo... Puede resultarles algo difícil de entender, no se los diría si no estuviera completamente segura… —suspira—. Mechamaru ha estado colaborando con la organización de maldiciones que atacó la escuela durante el evento de Intercambio.
—¿Qué? —pregunta Miwa repentinamente, como si no hubiera escuchado claramente lo que Utahime acaba de decir.
—Él ha escapado. Fuimos a buscarlo junto a los alumnos de primer año del colegio de Tokio… huyó.
—No, eso no puede ser posible… —murmura Miwa, atónita—. Tiene… tiene que se una confusión… Estoy segura de que si hablo con él podrá explicarme qué fue lo que sucedió y…
—Miwa, ya lo hemos confirmado. Él le dio información sobre la escuela a los usuarios que nos atacaron. Ya no hay nada qué hacer. Además, eso no es lo importante ahora… Nos necesitan en Shibuya. Han colocado un velo sobre la estación y hay mucha gente atrapada en el interior. Necesitan refuerzos, así que iremos a ayudarles.
Kasumi escucha claramente las últimas palabras de Utahime, a pesar de que se siente algo aturdida por lo primero. Termina asintiendo, sin estar completamente convencida de que tenga la razón en cuanto a Mechamaru. Ella cree firmemente que aquello es un error y que, eventualmente, encontrará la manera de aclararlo.
El tren llega y el grupo sube a un andén completamente vacío. Kasumi camina desconcertada y se sienta en una butaca junto a una ventana. Le resulta curioso por un instante que el andén esté completamente vacío. Ve sobre la pantalla que titila sobre la puerta que conecta con el siguiente andén "Entrada a Shibuya bloqueada". Sabe que Satoru está allí, con él tendría que ser suficiente para terminar con esto, probablemente simplemente se limiten a ayudar a evacuar la zona.
Momo se sienta junto a ella al cabo de unos minutos.
—Aún no puedo creer lo de Mechamaru.
—Yo tampoco, estoy convencida de que no es más que una confusión…
—Ojalá tengas razón… —murmura y al cabo de unos largos segundos vuelve a tomar la palabra—. Entonces, ¿dónde estabas?
Miwa está cansada de ocultar y de mentir. Mira los alrededores, Kamo y Mai conversan con Utahime, parados en la parte delantera del andén.
—Estaba con él, estaba despidiéndome.
—Lo supuse…
—¿Crees que hice mal en volverlo a ver?
—Supongo que no, si lo que necesitabas era despedirte. ¿Vas a decírselo a Utahime-sensei?
—Creo que eso solo nos metería en más problemas y creo que por hoy ya tenemos suficientes…
—Tienes razón… ¿cómo te sientes?
—No… no lo sé aún.
Una larga hora pasa, el tren se detiene en cada estación y Miwa mira el reloj en su celular constantemente. Un nudo en su estómago comienza a apretarse con fuerza, un turbio presentimiento la deja repentinamente sin aire. No está segura si esto se debe a lo que debe estar sucediendo en Shibuya… o si se trata de Mechamaru. Los mensajes que ha intentado enviarle no llegan a destino, cada uno falla. Recuerda la última conversación que tuvo con él hace unos días, cuando anunció que iba a dormir. Se pregunta si habrá escuchado sus palabras, su propuesta de ir a verlo y compartir algo más de tiempo con él, con el verdadero él.
No puede ser verdad, Mechamaru no puede ser el traidor.
Repentinamente, Miwa ve el reflejo de algo deslizándose por el aire para caer frente a ella, en su regazo. Un pequeño disco con el rostro de Mechamaru gravado sobre su cubierta, similar a ese que utilizó para bloquear la puerta del baño público en Tokio.
—¿Qué…? —murmura al verlo y éste enciende su par de ojos verde incandescente. Miwa ensancha una sonrisa y Momo se inclina junto a ella.
—¿Mechamaru? —pregunta y Mai, Utahime y Kamo se voltean en su dirección.
—¡Mechamaru! —exclama Miwa emocionada—. ¡¿Eres tú?!
—¿Pueden escucharme, muchachos? —pronuncia la voz mecánica.
—¡Sí! ¡Sí, te escuchamos! —dice Miwa.
—Traidor… —pronuncia Kamo, acercándose hacia las muchachas y Miwa lo observa aterrada, sosteniendo el disco recelosamente entre sus manos.
—¡Miwa! ¡Aléjate de eso! ¡No sabemos lo que puede hacer! —grita Utahime, a punto de arrebatárselo.
—¡No! ¡Mechamaru no me haría daño!
—Escúchenme, por favor. Sé que no tienen motivos para hacerlo. Pero lo que estoy a punto de decirles es importante… Yo fui asesinado por una maldición de grado especial llamado Mahito el 19 de octubre. Ahora mismo no soy más que un "seguro de emergencia" que dejé preparado cuando todavía estaba vivo. Este es un seguro de alto nivel cuya condición para activarse fuera cuando Gojou Satoru fuera sellado. Esta condición acaba de ser cumplida, ahora mismo, en Shibuya, Gojou Satoru fue sellado por las maldiciones de grado especial y un usuario de maldiciones.
—¿Qué…? —pronuncia Miwa con la voz pendiendo de un hilo.
—Les recomiendo que regresen por donde vinieron, sus probabilidades de sobrevivir son escasas. Toudou y Nitta están en camino, ellos tienen mayores posibilidades de sobrevivir que ustedes. Es en vano que vayan a Shibuya en este momento.
—¿Gojou ha sido sellado? —cuestiona repentinamente Utahime, su rostro completamente desencajado.
—Así es, ahora mismo estoy ayudando a Itadori Yuuji a llegar hasta él con otro dispositivo de emergencia. Por favor, no se involucren en esta pelea.
—¿Realmente… —comienza Miwa, su corazón estrujado bajo su pecho—… realmente estás muerto?
—Así es Miwa.
—¡No! ¡No es cierto!
Momo se pone de pie y se reúne con el resto.
—¿Vamos a creerle? —pregunta Mai—. Él nos traicionó…
—Si tiene razón… la situación en Shibuya se ha complicado mucho más de lo que esperaba. No podemos tomarnos a la ligera lo que acaba de decir… Creo que, si quieren bajar en la próxima estación está bien. Yo iré a Shibuya, pero su seguridad está primero, muchachos.
—Yo iré contigo, Utahime-sensei.
Momo y Mai se miran a los ojos por un instante, compartiendo un pensamiento.
—Nosotras también iremos.
Ven por un instante el semblante de Miwa, que aún continúa hablando con el dispositivo que Mechamaru les envió y deciden hacerse a un costado. Si realmente Kokichi Muta ha muerto, probablemente desee dirigirle unas últimas palabras a Miwa en privacidad.
Kasumi apenas puede procesar su pérdida. En realidad, no puede hacerlo por completo, no lo cree, no mientras siga escuchando su voz.
—Ya deben estar a punto de terminar. Ir ahora a Shibuya no tendría sentido. Lo mejor es que regreses… Miwa…
—¿Por qué solo fueron Toudou-sempai y Nitta? —pregunta suavemente.
—Porque evalué que, aunque fueras a Shibuya, Toudou tendría un 99% de probabilidad de sobrevivir. Y lo mismo pasa con Nitta, su conjuro es de mucha utilidad.
—¡¿Yo… yo no soy… de ayuda?! —cuestiona con la voz quebrada.
—Ahora… no es momento de hablar de eso. No solo tú, Mai, Kamo, Nishimiya y Utahime, modifiqué los registros para asegurarme de que todos estuvieran en una misión al sur de Kioto durante el 31 de octubre.
—¿Por qué… no me dijiste nada? ¿Por qué no lo consultaste conmigo? ¿Acaso no somos compañeros? ¿Es porque… soy débil?
—No. Yo soy el débil… No lo hice bien porque soy débil. No pude enmendar mi error porque soy débil. Había una persona a la que quería mucho… Al principio pensaba que, con estar a su lado, protegiéndola, lo que le pasara al mundo no me importaba, pero… Tal parece que esa persona… no quería que fuera yo quien la protegiera…
Kasumi abraza el dispositivo sobre su pecho mientras nuevas lágrimas cubren su rostro. Lo presiona con fuerza, intentando mantenerse unida.
—Llegó la hora, Miwa…
—¡No! —grita en un tono desesperado.
—Gracias y adiós.
—¡No te vayas!
—Miwa… sé feliz por favor. No importa cómo lo hagas, si eres feliz… Mi deseo se habrá hecho realidad…
—Mechamaru…
La voz desaparece, los ojos incandescentes se apagan para siempre y Miwa mira su reflejo sobre la ventana del andén. Su pecho se abre a la mitad y se deja caer sobre su regazo, llorando amargamente la pérdida de su gran amigo. Incrédula aún sobre su destino. Quedándose sin la posibilidad de hacerle unas últimas preguntas.
Mechamaru se ha ido.
…
Al arribar cerca de la estación de Shibuya, los velos de los que les habían hablado han desaparecido por completo. La ciudad desértica parece salida de una película de terror, de esas que Kano disfruta tanto. Caminan, exterminando entre todos, maldición tras maldición. Utahime logra comunicarse con Nitta y se pone rápidamente al tanto de la situación. El usuario de maldiciones pelea contra un grupo de hechiceros y ella siente claramente una enorme cantidad de energía maldita emanando desde un sitio no muy lejano.
Idean un plan rápidamente. Nishimiya gana altura sobre su escoba y recorre la ciudad devastada en busca de su enemigo.
Y mientras todos se preparan para la futura batalla, Kasumi camina mientras las manos le tiemblan… Todo su cuerpo tiembla por dentro. Pero no se sacude de temor, no es miedo lo que hace vibrar su cuerpo, Kasumi ha quedado completamente anestesiada de dolor. No sólo ha perdido a Mechamaru a manos de estos individuos, sino que también se han hecho con Gojou Satoru, confinándolo en una prisión.
Se siente como si le hubieran arrebatado todo. Y ya ni siquiera puede llorar. Ha llorado todo el camino hasta que el tren bala se detuvo y al bajar y encontrar edificios colapsados, humanos deformados por ese mismo sujeto que le arrebató la vida a Mechamaru, no le quedó nada más que la forma más pura de ira que había experimentado en su vida.
Ella aún tiene una conversación pendiente con Gojou, no pueden llevárselo. No pueden quitárselo.
Kasumi sostiene con firmeza la empuñadura de su katana y al ver un monstruo corriendo en cuatro patas en su dirección planta sus pies con fuerza sobre el suelo y alza su mano firmemente, sus pupilas dilatadas, el rostro carente de emociones. La criatura cae, dividida en dos partes. La sangre le salpica el uniforme y no se detiene a preguntarse por qué no se disuelve, por qué la sangre oscura continúa manchando su uniforme. ¿Por qué no siente nada más que impotencia y unas enormes ganas de ser mucho más fuerte? Kasumi siente sus pies pisando con firmeza bajo cada paso, completamente enceguecida.
Nishimiya enciende su señal. El grupo se ha dispersado y Miwa ve claramente a ese hombre con un traje tradicional debajo de la lámpara encendida que cuelga de la escoba de Momo. Ese es el hombre que le ha quitado a dos de sus personas más importantes…
¿Cómo se atreve?, piensa mientras camina sin meditar, arrastrada por el sentimiento que se le desprende de cada poro, cegada por el odio que perturba la energía maldita que crece en su interior.
Kamo lo ataca con una flecha hecha de su propia sangre, tomándolo por sorpresa y él alude el ataque. Mai dispara con un rifle y él recibe el impacto como si nada.
Repentinamente toda su vida comienza a destellar en el interior de su mente mientras se dirige a él. Como si cada paso que hubiera dado la hubiera dirigido a este punto exacto. Kasumi no se deja intimidar por la fuerza de su oponente, ni por lo minúsculo que es su poder en comparación. Kasumi se mueve a través de la injusticia, de haber sido arrebatada de los que ama.
"Recuerdo muy bien cuando era capitana del equipo de baseball, mi madre solía teñirme el pelo de negro mucho durante esos días. Cuando conocí a mi instructor en secundaria, nunca había agarrado una katana, ni mucho menos una espada de madera ni de bambú, y aún así elegí ser una hechicera. Blandía la katana con toda mi alma, porque no quería ser una carga, porque no quería morir, por eso blandía mi katana con toda mi alma."
Sin pensárselo ni un minuto, Kasumi se para detrás de él con la katana bien apretada sobre su mano derecha. Hunde sus pies con fuerza sobre la tierra debajo de ella y pronuncia su técnica.
—Nuevo estilo de las sombras.
Un pensamiento le nubla la mente.
"Me dejaré llevar… por todo mi presente… ¡Y por todo el futuro que me espera! Aunque no pueda volver a empuñar mi katana."
Kasumi lanza su ataque con los ojos bien abiertos sobre su enemigo, pero éste se voltea y recibe la espada por el filo, sosteniéndola como un tallo sobre la palma de su mano. Kasumi observa la espada partirse en mil pedazos, la hoja se desprende como vidrio, repartiéndose a su alrededor y un aura maldita se alza sobre ella antes de que pueda dar un nuevo paso.
—Hechizo máximo —pronuncia él en un tono ominoso—. Uzumaki.
El cuerpo entero de Kasumi se estremece al verlo, una figura arremolinándose sobre sus propios miembros. Un rostro desfigurado, un espiral de carne y huesos que no tiene principio ni final, un ser completamente comprimido de forma antinatural que se extiende detrás de él y se eleva en el aire desprendiendo tanta energía que la deja completamente congelada, temblando y sin aliento. Todo el aire que había en sus pulmones se esfuma y ella presiente en este instante, que ha llegado finalmente el momento de morir. La valentía se esfuma y ella siente recibir este ataque sin arrepentimientos, ha hecho todo lo que pudo, ha hecho lo que su corazón gritaba.
—¡No lo hagas! —escucha una voz detrás de ella.
Nishimiya usa su escoba para empujarla por el aire para evitar el terrible ataque que destroza todo a su paso. La tierra se resquebraja salvajemente bajo sus pies antes de salir despedida. Todo se destruye y desaparece. La energía corroe todo a su paso abriendo un hueco sobre la tierra justo en el sitio en el que ella estaba parada.
Kasumi siente que se ha despertado del transe que la mantenía en el asiento trasero de su propia mente. Utahime y Nishimiya le gritan algo que no logra entender por lo aturdida que ha quedado luego del ataque. Delante de ellas se para alguien más, que sostiene una espada, protegiéndolas.
Otro llega y grita su nombre, el nombre del sujeto que usa el cuerpo de Suguru Getou para moverse.
—¡Nitorishi Kamo!
Ella escucha el intercambio, confundida por todo lo que está sucediendo a su alrededor. Esto se ha vuelto tan inmenso que vuelve a sentirse minúscula. Ella no es una pieza de este enorme juego, no tiene lugar en este sitio.
Kano… Sochi… piensa repentinamente y se arrepiente de lo que acaba de hacer.
Para cuando vuelve en sus sentidos, una ola de hielo se ha expandido por el predio, atrapando a los muchachos de Tokio, Kamo y Nishimiya. Pero, cuando está a punto de salir en su ayuda, Oai la detiene.
—Vas a morir —le dice y ella se detiene.
Su cuerpo vuelve a paralizarse. El corazón se le encoje al darse cuenta que, bajo toda probabilidad, ella no podrá recuperar a Gojou. Mai la toma del brazo repentinamente y la lleva consigo varios a varios metros de distancia en dónde observan atónitas el resto de la pelea. Hasta el mismo momento en el que una masa negra nace a los pies del impostor de Suguru Getou. La tierra retumba bajo sus pies, un escalofrío intenso recorre a Miwa, quien aún sostiene firmemente la empuñadura de su espada hecha pedazos.
Decenas, sino cientos de monstruos nacen de la sombra negra que se salpica como gotas de petróleo por el aire. Criaturas de aspecto mítico que parecen haber estado atrapadas por mucho tiempo comienzan a salir, empujándose los unos a los otros, comenzando a dar sus primeros pasos por la Tierra.
Kasumi observa horrorizada las gigantescas criaturas, y con aún más horror, ve al usuario escapándose entre la confusión.
—¡Está huyendo! —grita Miwa, arrastrada por el amor hacia Gojou, inclinada a ir por él a pesar de que volverá a poner en riesgo su propia vida, pero Mai vuelve a detenerla.
—¡¿Estás loca?! ¡Tenemos que huir!
La tierra retumba, los monstruos comienzan a correr en todas direcciones. Los hechiceros también huyen, un manojo de ellos continúa allí, enfrentando el caos que ha liberado Nitorishi Kamo, el peor hechicero de la historia.
Mai corre a toda velocidad, con el rifle colgado sobre el hombro, con Miwa aferrada de su mano, mirando hacia atrás aquellos temibles seres que acortan la distancia hacia ellas con fiereza.
"Tengo que sobrevivir… tengo que sobrevivir"
Kasumi corre con todas sus fuerzas, corre por su vida, aunque siente que la mitad de ella ha muerto este día. Kasumi corre porque por fin entiende que no ha tenido opción, no hay nada qué meditar. No había ninguna elección qué hacer. Ella es una hechicera, siempre lo ha sido, este es su destino. Esto es lo que la vida tenía preparada para Kasumi Miwa.
Una lágrima se desprende de su retina mientras huye, mientras sus pies buscan la fuerza de correr con más rapidez, cuando toda la energía que le queda la usa para escapar de un cruel destino. La lágrima vuela y la deja atrás y corre hasta que se queda sin aliento, hasta que no le queda nada más que el latido de su corazón, la sangre que corre por sus venas, el deseo de volver a ver a Gojou, de tener esa conversación que le prometió. Kasumi corre con todas sus fuerzas sin saber exactamente a dónde, ni para qué. No sabe qué caso tiene, pero hay una fuerza en su interior que clama por vivir, un ardor que la empuja, que siempre la ha empujado sin darse cuenta. Un deseo ferviente por vivir, por experimentar, por conocer.
Kasumi corre hasta que se queda sin fuerzas y encuentra en ella un poco más, y continúa. Aunque no tenga armas para continuar peleando, aunque las razones sean escasas, quizás insuficientes. ¿Tiene que haber un motivo para vivir? ¿Acaso ella necesita más que esta fuerza desconocida que le dice que tiene que hacerlo? ¿Acaso importa?
No lo sabe, no hay razones cuando la muerte está a la vuelta de la esquina, cuando su cuerpo simplemente continúa luchando porque es lo natural para ella, ya que… Kasumi Miwa está hecha para sobrevivir. Creada en un mundo cruel, con pocas habilidades, pero las suficientes para mantenerse con vida. Kasumi Miwa es un ser especial a su propia forma. Kasumi Miwa no morirá este día, a pesar de que se ha sentido morir tantas veces.
Al final del día, cuando está lejos del epicentro de una masacre y el sol sale luego de horas de escapar. Cae sobre sus rodillas para recuperar el aliento y lo usa para volver a llorar. Llora con rabia, con impotencia. Kasumi grita incluso hasta que se queda sin voz y jura no volver a caer. Por Gojou, por Mechamaru, por los que han caído en Shibuya. Kasumi se promete no volver a cuestionar la razón por la que vive, solo sabe que tiene que hacerlo.
N/A: No quería hacerlos sufrir demasiado, así que he dejado el epílogo listo para ustedes ahora mismo. Hay luz al final del tunel.
