Epílogo


Prisión confinadora


Por primera vez en su vida se enfrenta a eso que más teme sin siquiera darse cuenta. Y es que, muchas veces ciertos aspectos de la personalidad se moldean, se crean, no de la nada misma, sino de las circunstancias que pesan, las que lastiman en lo más profundo del alma. Aquellas que transforman, como la supervivencia más pura de la esencia del ser humano.

La personalidad magnética, el carisma, la simpatía, todo aquello que se ha creado dentro de él mismo para separarlo de lo que es por herencia, de lo que le ha dado la vida como un obsequio que a la vez termina siendo la maldición más grande, ser un miembro del clan Gojou. Todo lo demás, sin la fuerza sobre humana, sin los poderes monstruosos, es él. Todo lo que resta, que se siente minúsculo en comparación, es lo que Satoru es.

Y ahora, cuando no tiene bromas qué jugar, cuando no tiene nadie en quien volcar atenciones no solicitadas, se da cuenta realmente que esto es lo que más detesta. Que al mismo tiempo es lo que más teme.

La soledad.

En lo que Satoru se ha convertido no es más que un mecanismo para alejarlo de lo que hoy lo tiene completamente atrapado. Todo intento de borrarla, todo paso que da en busca de afecto, de compañía, no hace más que revelarle llana y claramente lo débil que siempre ha sido en realidad.

Allí, cuando está completamente solo, se pregunta desde cuándo se ha sentido así. Si este temor nació al mismo tiempo en el que la persona que amaba murió, o si comenzó cuando él se alejó. Pero, mientras medita, ya que no le queda más opción, se da cuenta que ha estado arraigado en él desde que tiene uso de razón, sólo que no se había dado cuenta de ello.

Cuando se nace y se convive con la soledad, es difícil darse cuenta de lo que es, de lo significa y de cómo se siente. Cuando se nace en el seno de una familia llena de carencias que no se expresan a través de lo material, cuando no hay una madre que abrace, que transmita amor, ¿cómo es posible para él determinar que se siente solo?

Con el pasar del tiempo, recuerda cada vez con más claridad el momento en el que sintió el amor por primera vez, pero él no fue el objeto de estos afectos. Satoru no era más que un simple espectador, aquel día en el que vio a una de las sirvientas del templo de la familia Gojou, colgando en cuerdas sábanas limpias mientras jugaba con su hijo. Observó desde lejos los juegos, las risas, los abrazos, lleno de hambre de algo que, en ese momento, no sabía que carecía. Satoru no sabía de expresiones de afecto, no sabía de amor ni de cariño, ni de caricias ni de abrazos. Él sólo sabía que estaba destinado a grandes cosas, sólo porque él era Gojou Satoru, y creyó que era suficiente.

Recuerda lo apático que era cuando niño, el poder que tenía su sola mirada, el temor que causaba con solo mirar fijamente por un tiempo prolongado y supo hallar placer en este regalo celestial. Pero, con el pasar de los años se vio más y más inclinado a buscar todo lo que le faltaba, lo que se le negó durante tanto tiempo.

La primera vez que hizo reír a uno de los hijos de las sirvientas le causó un dolor de estómago bastante particular. Una aceleración en su joven ritmo cardiaco, un estremecimiento que descubrió que… le gustaba. Le gustaba incluso más que los poderes.

La primera vez que alguien lo abrazó, la primera vez que alguien le dijo que era lindo, la primera vez que alguien lo besó, fueron pequeñas escalas en una búsqueda infinita que no terminó de saciar su hambre, ese apetito voraz que no se calma, el agujero que nunca se llena. De modo que no le quedó más opción, abrazar a personas que no desean ser abrazadas, bromear con temas con los que no se debe bromear, besar a personas a quienes no debería besar… Volviéndose más y más exuberante en sus exhibiciones.

Para no volver a sentirse tan solo.

Le resulta graciosa la idea que alguien como él, que se dice amar tanto, pueda sentirse tan incómodo con la idea de tener que pasar tiempo consigo mismo. Cuestiona cuánto es, verdaderamente, el amor que se tiene. De ser tan inmenso como creía no tendría este problema ahora.

Y quizás, pensar en todo esto sea otra forma de escapar. Si piensa profundamente en la razón, en la raíz de su problema, tal vez no tenga que voltearse a ver el sitio en el que está inmerso.

La oscuridad se vuelve normalidad. Dentro una capsula en la que no hay más que muerte. A donde sus seis ojos voltean, solo ve muerte. Los rostros desfigurados de cientos, de miles de maldiciones que mueren y renacen dentro del mismo lugar para continuar una contienda eterna.

Nunca se imaginó lo tortuoso que es realmente el infinito, de la eternidad que se vuelve lentamente tortura. Las horas que pasan por fuera, aquí dentro no existen. No hay días, no hay noches, ni semanas, ni meses.

No come, no muere y tampoco vive.

Gojou echa de menos el sabor del azúcar. Gojou echa de menos la dulzura…

En algún momento comienza a calcular el tiempo de acuerdo a cuantos mata, ya que no tiene nada más aquí dentro. ¿Cuántas cabezas arrancó de sus cuellos? Al menos cuarenta y siete mil.

El olor a muerte ya no le molesta, que no se da cuenta que él mismo huele a muerte. Que cada gota negra de sangre de los cuerpos que mutila constantemente, están volando en el aire y, cuando desactiva su técnica para descansar, para no explotar, las partículas se pegan a su piel, a su ropa, a su cabello.

¿Cuántos lleva ya? ¿Doscientos mil?

Gojou se pregunta qué pasa allá afuera, ¿por qué tardan tanto? ¿Quiénes habrán muerto?

Si las cosas van tan mal… entonces ella también debe de haber muerto. ¿Cuánto tiempo ha pasado ya y él no deja de pensar en ella? Rememora, como si sintiera nuevamente la dulzura sobre sus papilas, cada recuerdo que le ha quedado de ella. La sensación cálida de su pecho no muere a pesar del tiempo y la soledad. La inexplicable forma en la que algo florece dentro de él, algo que continúa creciendo, alimentando su espíritu.

Gojou suspira, encerrado en aquel sitio oscuro en el que solo ve luz cuando cierra los ojos y la recuerda. Su sonrisa, el olor natural que exuda su piel, sus ojos grandes, tan expresivos. Se encuentra a sí mismo sonriendo entre la miseria en la que se sumerge. La echa tanto de menos…

En algún momento, luego de perder la cuenta y empezar de nuevo, comienza a sentir una dolorosa certeza… Kasumi debe haber muerto. Y de no ser así, quizás nadie ha encontrado la manera de sacarlo de allí. Cualquiera de las dos respuestas trae consigo la misma triste noticia, él no podrá verla nuevamente y esta idea duele más de lo que había anticipado. Lleva una mano a su pecho y siente dentro de sí un dolor que sólo pudo sentir el día que perdió a Suguru, es tan familiar que termina por darse cuenta… esto debe ser amor.

Se ríe de sí mismo, qué dilema y qué situación tan patética. Ser capaz de darse cuenta de lo que realmente siente estando completamente solo, incapaz de decir en voz alta lo que siente, confesar aquello de lo que él mismo estaba huyendo para no volver a sentir tanto dolor nuevamente. Una lágrima cae por su mejilla mientras sonríe. Al menos sí es capaz de volver a sentir algo así…

Siempre ha sido uno con el infinito, pero llevar la cuenta del tiempo que pasa a costa de matar criaturas que ni siquiera están vivas para darle algo de sentido a este castigo eterno comienza a volverse difícil.

Esto es… un purgatorio, piensa.

Gojou Satoru tiene el honor de saltarse la muerte para pasar directamente por el purgatorio.

Siempre ha tenido la filosofía de que el tiempo es escaso, pero cuando se vuelve infinito su mente se nubla. Se empaña de recuerdos dolorosos, de personas, de arrepentimientos. No es extraño que alguien atrapado aquí considere el suicidio, sólo para terminar con la tortura del tiempo interminable. Pero para él no existe esa opción, el chamán más fuerte del mundo no puede morir de una manera tan poco interesante. Es demasiado orgulloso como para considerarlo. Aunque ahora, cuando no tiene nada más qué hacer que matar y matar, y matar… y matar… La introspección no parece tan mala idea…

Una de las razones por las que siempre está en movimiento, por la que detesta la monotonía y el aburrimiento, es para evitar pensar. Sobre todo, ahora, cuando el rostro de Getou es lo último que pudo ver antes de ser sellado.

Quizás este es el momento de llegar a término con su muerte… Creerse realmente lo que ha dicho tantas veces: Yo sólo puedo salvar a quienes quieren ser salvados.

Dejarlo ir finalmente, dejar de invitarlo a sus sueños y de castigarse por lo que pudo haber sido, quizás… Este es el momento de empezar.

¿Qué más le queda?

Le duele el pecho, vuela la cabeza de un horrendo ser que repta hacia él por la derecha y baja las barreras que ha creado para protegerse de volver a sentir. Los muros que ha levantado para que nadie se acerque lo suficiente, para no volver a sentir tanto dolor que se vuelva su misma anestesia. Gojou se quita la máscara y limpia una lágrima que cae de su mejilla. Luego otra, luego otra más.

¿Cuántos lleva ya? ¿Quinientos mil?

Está seguro, cuando salga solo encontrará más muerte. ¿Acaso cumplirán su palabra? ¿Será que realmente va a despertar en la Era de las Maldiciones?

Si es así, más les vale estar esperándolo con bombos y platillos, porque va a darse una puta fiesta cuando ponga los pies en la tierra.


Secuelas de Shibuya


Cinco años después


Camina bajo el sol de verano, escondida bajo la sombra de los edificios más cercanos. La suela de su zapato está floja y Kasumi se detiene y levanta su pie derecho para ver el daño de cerca. El área está desértica, el centro comercial no está muy lejos, por lo que decide desviarse y ocuparse de este pequeño inconveniente antes de continuar su misión.

Recorre el patio de comidas entre sillas tiradas por el suelo y unas cuantas manchas demasiado familiares decorando las paredes. Entra a una zapatería abandonada y mira entre los estantes hasta encontrar un par de botas negras. Observa el precio pegado y toma su billetera. Sabe que no tiene sentido, pero siempre hace lo mismo. Quizás porque tiene la esperanza de que el dueño de esta tienda siga con vida en algún sitio y vuelva para encontrar algo de esperanza entre tanto caos. Deja unos cuantos billetes dentro de la caja registradora, deja sus zapatos rotos a un lado y se calza las botas antes de volver a salir.

Siente no muy lejos una energía negra, poco antes de marcharse y se da media vuelta. Kasumi tiene que limpiar el edificio antes de continuar con el resto de la ciudad. Un movimiento rápido, algo que corre lejos captura su. Camina a paso seguro detrás de aquello, cada movimiento es certero, sin duda, sin miedo.

Entra a una tienda llena de electrodomésticos y deambula con el rostro carente de expresión. Una pequeña contracción entre sus cejas se crea al escuchar un sonido a pocos metros y al voltearse, una maldición de dos metros de alto se lanza contra ella. Kasumi se mantiene serena al verlo, al quedarse debajo de su imponente sombra y escuchar el rugido que sale de sus pulmones deformados. Kasumi desenvaina dos katanas aseguradas sobre su espalda y corta a la maldición en cuatro pedazos que caen a su alrededor. No le ha dado al núcleo, pero al menos lo ha debilitado y aprovecha este instante para dar con la hoja de una de sus espadas sobre ese punto exacto en el que se concentra la mayoría de la energía maldita.

Las cenizas se levantan en el aire, desprendiéndose del suelo, al igual que la sangre. Kasumi saca un trapo de tela de su bolsillo y limpia una hoja para volver a guardarla, continúa con la otra y ve su reflejo en ella. Se ve a los ojos, sus ojos azules ya cansados de esta horrible rutina que viene sosteniendo durante los últimos años. Se limpia la frente con el reverso de la mano a sabiendas de que tendrá que manchar la hoja de nuevo, aún le restan unas cuantas horas de trabajo….

Repentinamente siente pasos detrás de ella, pero está tan anestesiada del peligro que ya no siente nada más que fastidio por tener que mancharla su espada o su uniforme.

Se queda totalmente quieta y escucha con atención los pasos y gruñidos bizarros detrás de ella. Luego se gira y arroja la katana al núcleo, lo atraviesa y la maldición cae sobre su espalda. La espada cae el suelo cuando la criatura se desmaterializa. Ella camina unos pasos, hay otro detrás del pasillo y saca su segunda espada y la lanza con fuerza en su dirección. Tanta es la fuerza que logra clavarlo contra la pared y la katana se incrusta con el monstruo colgando por un momento hasta desaparecer.

El edificio está deshabitado, sin embargo, ella lo recorre como ha hecho por todos los alrededores de Tokio en busca de civiles, pero las pequeñas ciudades aledañas están completamente desérticas.

Mientras levanta la primera espada del suelo se pregunta si esto que siente es real. Si realmente se están debilitando con su sola presencia en el mundo. Es tan poderoso que su sola existencia hace la diferencia…

Hace dos días pudo sentirlo, como un destello, como si la tierra estuviera temblando bajo sus pies, a pesar de estar a cientos de kilómetros de Tokio.

Recibió una llamada esa misma noche. Gojou Satoru ha sido liberado del sello, finalmente. El universo ha recuperado su balance. Y aunque, indudablemente esto le alegra, que una vez más las cosas vuelvan a la normalidad que conocía antes de del incidente de Shibuya, su corazón vuelve a sentirse igual de frágil que cuando tenía dieciocho años.

Tal vez es demasiado optimista al creer que el mundo pudiera volver completamente a la normalidad. Demasiado ha pasado en cinco años, demasiadas ciudades han sido destruidas, Japón perdió más de la mitad de su población.

Vuelve a limpiar la hoja, como lo hace cada vez que exorciza una maldición.

Unos pasos se escuchan detrás de ella, otra vez, y mientras se prepara para atacar, una voz hace que sus músculos se congelen y se gira alertada a su encuentro.

—Ahí estás, Kasumi-chan.

Parece que no ha pasado un solo día desde la última vez que lo vio, con los ojos llenos de lágrimas y un dolor punzante sobre la garganta. Él está ahí, con el mismo uniforme y la misma venda negra sobre los ojos.

—Gojou… —pronuncia en un susurro y trata de controlar el latido salvaje de su corazón.

Él la observa bajo la venda, ha perdido la corbata y ahora lleva los últimos tres botones de su camisa desabrochados. Ya no trae la chaqueta, sólo la camisa blanca impoluta, bien planchada y un par de pantalones de gabardina oscuros. Se ve más alta, pero no ha crecido en altura, sólo lleva un par de botas negras y un arnés modificado para cargar con dos vainas para sus katanas. Lleva el cabello largo, atado en una cola de caballo que le llega hasta la mitad de la espalda. La observa envainar la espada y voltearse a él. Y no se le ha pasado por alto el hecho de ya no ser Satoru para ella.

Su expresión inicial es la misma que él recuerda, los ojos azules bien abiertos, algo sale de ellos desbordándose por un efímero instante, pero luego parece volver en sí. Sus ojos se oscurecen.

—Estás vivo —comenta, recuperando la compostura y camina por el pasillo en busca de su segunda espada.

—Tú también.

Esta no es la bienvenida que Satoru estaba esperando.

—¿Qué haces aquí? —pregunta mientras él se agacha, toma la espada entre sus manos y se la extiende.

—Vine a verte.

—¿A mí? ¿Para qué? —contesta, comenzando a limpiar la hoja, caminando a su lado para salir de la tienda.

—Tenemos una conversación pendiente.

Kasumi se detiene abruptamente sobre sus pasos. Él la ha estado siguiendo los últimos metros y ella se voltea a enfrentarlo, aunque esto revuelva tantos sentimientos dentro de sí.

—Ha pasado mucho tiempo —comienza ella—. Ya no hay nada de qué hablar.

—Kasumi…

—No digas nada más.

—Tuve mucho tiempo para pensar, ¿sabes? —comienza, ignorando sus palabras—. Si bien dentro del sello no pasa el tiempo, fue una eternidad…

—Lamento mucho que hayas tenido que pasar por eso… Y lamento lo de Yuuji… y lo de todos los demás…

Satoru tuerce los labios de una forma casi imperceptible al escucharla, asiente y continúa.

—Lamento lo que pasó con Mechamaru…

—No, no es Mechamaru… —corrige ella—. Kokichi… aunque nunca tuve la oportunidad de llamarlo por su nombre…

—Creo que le agradaría saber que lo llamas por su nombre… —comenta esbozando una ligera sonrisa—. ¿Qué hay de los niños?... —pregunta y teme la respuesta.

—Están bien, están en Kioto… Por suerte no estaban cerca del primer ataque de Uzumaki y llegamos a tiempo para rescatarlos… Aún viven en Kioto… Es sorprendente como el mundo puede seguir funcionando como si nada cuando la mitad del país está en llamas. Ambos están bien, gracias por preguntar.

—Me alegra… saber que ustedes tres están bien.

Kasumi asiente y se voltea nuevamente a buscar su katana.

—Pensé en ti —le dice y vuelve a detenerla sobre sus pasos, pero esta vez Kasumi no se voltea a él, teme que su rostro se aplaque al oír sus palabras, teme volver a ser débil—. Pensé mucho en ti durante este tiempo. Estar en tu purgatorio privado te da algo de espacio para pensar en las cosas, ¿sabes? —Ella no puede creer que aún tenga el humor para expresarse así—. Te he extrañado mucho y…

—Llegas tarde, Gojou Satoru —contesta ella en un tono implacable—. Cinco años muy tarde…

Nunca en la historia de Gojou Satoru, había escuchado esas palabras con tanto dolor. Llegar tarde siempre ha sido uno de sus talentos innatos, pero en esa ocasión parece ser lo peor que podrían decirle.

—¿Ya no me amas?

Le inquieta la facilidad con la que habla de estos sentimientos, pero hace un gran esfuerzo por no verse perturbada.

—No, ya no. Después de todo, ¿cómo podría?

—Espera, espera, dímelo a la cara —dice y la toma de un brazo para obligarla a voltearse. Gojou encuentra los labios de Kasumi apretados en una línea recta y su entrecejo fruncido. Sus ojos vacíos, faltos de la calidez que conoció en algún momento—. Ahora, repítelo…

—Ya no te amo, Satoru.

Él analiza la expresión, ve cada poro y espera que esta expresión se quiebre, pero no lo hace, Kasumi ha cambiado y en este momento nota la cicatriz que le adorna el cuello, larga y blanca, desde la nuca hasta la clavícula. Se pregunta entonces cuántas batallas ha librado ella mientras él estaba encerrado, cuántas veces volvió a enfrentar su propia muerte.

—Estás mintiendo.

—Lamento lastimar tu ego de esta forma, pero no miento.

—Entonces bésame —dice, quebrando por completo la expresión de Kasumi—. Bésame y dime que ya no sientes nada.

—¡¿Qué?! Estás loco, no voy a hacerlo… —contesta y levanta ambos brazos para liberarse de él y le da la espalda.

Los pasos de Gojou continúan copiando los suyos.

—Tienes miedo —le dice, caminando encorvado detrás de ella con ambas manos dentro de los bolsillos—. Tienes miedo de hacerlo y darte cuenta que aún sientes algo por mí. Kasumi, inténtalo… Vamos, ¿qué tienes que perder? ¿Quieres que lo diga yo también? ¡Lo diré! Me tomó algo de tiempo… lo admito, pero ya lo entendí…Te amo.

Ella se detiene nuevamente, escucharlo decir esas palabras que ha soñado no tiene el resultado que esperaba. Le enervan sus palabras, la ligereza con la que pronuncia algo que ella siente que es sagrado. Se voltea precipitadamente y lo mira, toma con fuerza de su chaqueta y lo jala hacia ella. Kasumi lo besa, lo besa tan súbitamente que él parece no reaccionar y lo suelta con la misma rapidez.

—¿Lo ves? Nada, no sentí nada —le dice con el rostro fruncido.

—¿Huh? ¿Nada? ¿Nada de nada? —pregunta, perplejo, Kasumi vuelve a darle la espalda para seguir caminando—. Espera, no estaba preparado. Oye, oye, espera. Kasumi, déjame hacerlo bien.

El desaparece de su espalda y aparece mágicamente frente a sus ojos. Se ve molesta, levanta una mano y extiende los dedos en dirección a su espada y Gojou escucha la hoja temblando del otro lado, vibrando, esperando la llamada de su ama, incrustada en la pared del otro lado.

Él se sonríe, no sólo ha incrementado notablemente su fuerza espiritual sino también controla a su antojo su katana.

—Y si no sientes nada… al menos puedo marcharme con eso… Sólo déjame intentarlo una vez más…

Gojou percibe la desconfianza que irradia en su mirada. Esto no está resultando como lo imaginó tantas veces dentro de la prisión. En su mente, el resultado era completamente diferente, aunque el reto le parece atractivo.

—Ya te lo dije, no sentí nada.

—Eso ni siquiera puede calificarse como un beso, vamos… nos hemos dado mejores.

—Está bien… —contesta temiendo el motivo por el cual su corazón aún late con tanta fuerza.

Toma su rostro con sus amplias manos, tan cálidas como las recordaba. Kasumi es incapaz de controlar cada fibra de su propio cuerpo, a pesar de que lo intenta. No puede retener el rubor que le pinta instantáneamente las mejillas al volver a sentir su contacto. Respira su perfume y levanta el mentón esperando no caer ante esta prueba y él la besa. Siente sus labios rozar los de él, como si no hubiera pasado un solo día. Cierra los ojos y sin darse cuenta acompaña el suave movimiento de sus labios.

Jamás le había dado un beso así, uno que transmitiera tanto anhelo y ella se pregunta si acaso ella lo besaba de esta manera años atrás. Si es que realmente es sincero por una vez en la vida y la besa con el amor que no pudo darle antes, que no sabía que podría volver a expresarle a alguien más.

Acaricia su cuello y le da escalofrío y mientras siente su aliento pegarse sobre su piel teme haber sucumbido nuevamente a su hechizo. Entonces la suelta, la deja mareada y con el corazón latiendo sobre los oídos y el cuello.

—¿Y ahora?

—N-Nada… —contesta, lo hace a un lado y toma la espada de la pared para volver a envainarla.

—¿¡Qué!? Lo di mi todo, ¿no lo sentiste? ¿De verdad no sentiste nada? ¡Espera! Estoy oxidado… han pasado cinco años… Dame un minuto para prepararme y lo intentaremos de nuevo.

—No, no sentí nada, Gojou. Ahora puedes marcharte.

—No, espera, es mentira. Estás mintiendo, Kasumi. Nunca fuiste una buena mentirosa.

—Tal vez aprendí del mejor —contesta mientras comienza a bajar las escaleras mecánicas que ya no funcionan.

—Tus palabras y tus ojos dicen que no, pero tu alma dice que sí. Puedo sentirlo, tú aún me amas. Mi alma me lo dice… —Kasumi escucha sus palabras y cada paso para alejarse de él se siente más pesado—. Sé que te defraudé, sé que traicioné tu confianza… —dice mientras la persigue por las escaleras—. Sé que no confías en mí y tienes razón para no hacerlo. Pero quiero hacer las cosas bien… Déjame hacer las cosas bien.

Kasumi se detiene y abre los ojos hacia un lado cuando una maldición se lanza contra ella del otro lado del pasillo. Gojou levanta una mano un segundo antes de tocarla y extiende los dedos sobre el rostro deforme de la criatura y lo exorciza en un segundo. Una flama roja lo consume y desaparece. Él se para junto a ella nuevamente, ignorando a la maldición que acaba de aniquilar.

—Te amo —le dice.

Está tan confundida por su repentina aparición y sus palabras que ni siquiera se había dado cuenta que había otra maldición en el edificio.

Kasumi suspira.

—Lo dices con tanta facilidad que parece otra mentira —contesta y continúa caminando.

—Te lo he dicho muchas veces mientras estaba sellado.

—Lo siento, Satoru… Se terminó hace mucho tiempo.

Gojou siente claramente la forma en la que su corazón se desmorona pedazo a pedazo al escucharla, pero al menos ha pronunciado su nombre una vez más. Presiente que miente, cada fibra de su cuerpo le dice que ella está mintiendo y se niega a aceptar estas palabras. La observa llegar a la puerta y salir hacia el desolado exterior de esta desolada ciudad.

—¿Y si empezamos de nuevo? ¿Qué tal si me dejas demostrarte que es verdad? Te he echado de menos. Fui un idiota, no sabía… No quería admitirlo. Tu fuiste una de las razones para mantenerme cuerdo ahí adentro, ¿sabes? ¿Sabes cómo se siente una eternidad? Cada minuto rogaba que estuvieras viva, Kasumi. Escúchame, por favor… Kasumi… No me ignores. ¡Oye! Voy a seguirte, no importa a dónde vayas. Iré contigo.

—¡No tiene caso! ¡Han pasado cinco años! Ya no soy la misma persona que conociste antes…

—No me importa, ¿crees que los años no pasaron para mí también? Bueno… no he envejecido un solo día, pero créeme… ahora estoy diciendo la verdad. Oh… espera… ¿acaso te casaste?

—¿Huh? —pregunta Kasumi, volviendo a detenerse—. ¿Crees que esa es la razón?

—Bueno… podría ser tu amante si eso quieres. Un rompe hogares…

—Deja de bromear… ¿lo ves? No tomas nada en serio…

—No, no. Lo siento, fue una broma… y aún no me has contestado. ¿Hay alguien más? —pregunta, apresurándose para pararse frente a ella. Se remueve la máscara y la mira a los ojos. Son los mismos ojos que vio hace cinco años atrás.

—Eso no es asunto tuyo.

—¿Entonces estás saliendo con alguien? ¿Quién es?

—Basta… —dice, caminando a su alrededor para seguir adelante.

—¿Aún no me has perdonado por lo que pasó?

—¿Crees que he tenido tiempo de resentirte? ¡Mucho ha pasado aquí afuera! No he tenido tiempo de pensar en ti —miente mientras sigue caminando. Su corazón se sofoca en su interior.

—Eso no responde mi pregunta.

Kasumi vuelve a suspirar.

—Te he perdonado hace mucho tiempo… Si eso te deja más tranquilo.

—Entonces te demostraré que esta vez puedes confiar en mí.

—Estoy ocupada.

—¿Haciendo?

—¿No lo ves? Estoy tratando de eliminar todas las maldiciones en esta ciudad para poder reconstruirla.

—Puedo ayudarte con eso.

—Estoy segura de que tienes cosas mucho más importantes qué atender ahora…

—No más importante que esto.

—No sigas…

—¿Por qué no? Pasé cinco años atrapado y aún después de tanto tiempo no he dejado de pensar en ti. Eso tiene que significar algo.

—Eso se llama culpa, Gojou Satoru.

—Tal vez, pero no es solo eso. Si quieres puedo repetírtelo hasta que lo entiendas.

—No lo hagas, por favor…

Mientras camina junto a un pequeño río, cuando el sol se esconde tras los edificios abandonados, Kasumi repentinamente se sonríe. Gojou no deja de hablar detrás de ella y de hacer promesas que ella no está segura si podrá cumplir. Pero, eventualmente, se queda callado y simplemente sigue sus pasos.

Siente sus mejillas arden como no lo han hecho desde hace años. Una lágrima nace sobre su pupila y le humedece las pestañas y ella sonríe mientras continúa su camino con el chamán más fuerte persiguiendo cada uno de sus pasos.

—Iré contigo —le promete—. Esta vez lo haré bien… De verdad.


FIN.


Sé que el último capítulo fue de lo más desolador. Lo siento, pero quería ser fiel al universo en el que estos dos personajes están situados. Al final, creo que los cambios reales son los que más tiempo toman. Me imaginaba este epílogo con mucha emoción y espero que les haya gustado. Incluso he llegado a plantearme la posibilidad de escribir eventualmente una secuela, porque realmente me ha encantado escribir sobre este par. No sé qué tan interesados podrían estar sobre seguir leyendo el resto de camino que les tocaría recorrer a estos dos para reencontrarse de verdad. Creo que cada uno puede, en este punto, elegir el desenlace que más le guste. Kasumi puede no caer nuevamente ante Gojou, habiendo aprendido de sus pasados errores, o puede darle otra oportunidad, ahora que es una mujer y que las circunstancias la han cambiado. Como sea, cualquier final que elijas yo sé cuál es el mío.

Creo que jamás había terminado una historia tan rápido. Me llevó solo dos meses y mucho sacrificio, mucha energía y emoción. Sinceramente, lo dejé todo en este fic y espero que haya cumplido con sus expectativas, y si no es así, espero que al menos parte del fic les haya gustado.

Es muy difícil llegar a un final que a todos los lectores les guste. Yo diría que es imposible. Me haría muy feliz que después de tanto trabajo, quienes hayan llegado hasta acá pudieran dejarme un saludo. Muchas gracias por acompañarme, muchas gracias por leer. Y quizás nos leamos nuevamente en otra ocasión.

Ahora me voy mientras escucho Give it back (el segundo ending de JJK) y me imagino lo que pasa de ahora en más en esa nueva historia entre Gojou y Miwa en un futuro post apocalíptico jajaja ¡ADIÓS!