LA PRINCESA REBELDE I


Schola Mágica de Madrid. Septiembre de 2006.

En cuanto su madre se desapareció, Blanca sacó la varita y acortó el bajo de la falda. Martín, que era su hermano menor y un auténtico incordio, la miró con los ojos entornados y se cruzó de brazos.

-Se lo voy a decir a mamá.

Martín sólo tenía once años, pero ya era más alto que ella. Todos los varones de la familia Salcedo eran enormes. Pese a ello, Blanca le dio un empujón para apartarlo de su camino y le dedicó una mirada despectiva. Estaba harta de hacer de niñera. Sus padres le habían pedido que le echara un vistazo porque últimamente estaba un poco torpe y tendía a tropezarse y romper cosas, pero no pensaba perder el tiempo de esa manera. Lo más importante era localizar a sus amigas para ponerse al día. Si bien era cierto que mantenían contacto casi diario, Blanca tenía novedades.

No tardó en ver a Marta con el trasero apoyado en la valla de la schola. Se estaba fumando un pitillo y tenía la mochila tirada a sus pies. A Marta la había conocido cuando ambas tenían siete años, en ese mismo lugar. Era una chica de pelo rubio y ojos azulísimos con un apellido un tanto exótico. Nieminen. Su abuelo fue un afamado jugador de quidditch finlandés que alcanzó la cumbre de su carrera con los Murciélagos de Valencia, que se casó con una española y se instaló definitivamente en el país. Su padre trabajaba en el Ministerio y a Blanca le parecía que era un hombre guapísimo. Como Marta, que deseaba convertirse en modelo profesional.

-Hola, tía. Dame una calada.

Blanca le quitó el cigarro de los dedos y aspiró profundamente mientras se acomodaba a su lado. Echó un vistazo a sus compañeros de schola. Todos eran unos críos insufribles, incluidos los de los últimos cursos. Ella prefería a los hombres maduros. Tipos que ganaban su propio dinero, que tenían su propia casa y que no iban haciendo el gilipollas por ahí. Y de eso precisamente quería hablar con Marta.

-Ayer estuve hablando con Miguel.

Miguel. Alto, musculoso. Pelo castaño y ojos verdes. Guapísimo. Abogado y muggle. Tenía un cochazo impresionante. Marta, que ya sabía lo coladita que Blanca estaba por él, hizo un ruido entre burlón y cómplice y le dio un codazo.

-¡Uy! ¿Y qué te dijo?

-Hemos quedado mañana por la tarde. Va a llevarme a una cafetería súper chic del centro.

Un lugar elegante y sofisticado donde jamás podría encontrarse con sus compañeros de colegio.

-¿Vais a ir solitos?

-Obviamente.

Marta se rio y le dio un achuchón entre grititos de entusiasmo.

-Lo tienes comiendo de tu mano, tía. ¡Qué suerte tienes!

-Tú tranqui. Seguro que hay un Miguel esperándote por ahí fuera.

-Sí, pero mientras aparece tengo que soportar a todos estos cretinos. -Marta señaló a alguien que había a la derecha-. Como el gótico. Menudo amargado de mierda.

Blanca le echó un vistazo al chaval. Por lo que sabía, iba un curso por delante de ellas y únicamente llamaba la atención porque siempre se vestía de negro. Ni siquiera conocía su nombre y no podía tener menos interés por averiguarlo.

-Una lástima que Izan ya no esté. Era el único medianamente potable.

Izan era amigo de Tomás, su hermano mayor. Juntos habían jugado al quidditch y aspiraba a ser golpeador en algún equipo de la liga nacional. Era bastante guapo, pero Blanca lo conocía desde pequeño y lo encontraba tan idiota como a su propio hermano.

-Siempre puedes verlo fuera de la schola.

-No es lo mismo. Además, tengo que pensar en mí misma. Seguro que encuentro a alguien mejor.

-¡Qué romántica eres, Martita!

Se echaron a reír. Apuraron el cigarro y se dirigieron rumbo al interior. Tenían clase de Pociones a primera hora. Vaya mierda. Siempre se sentaban en las últimas mesas del aula y allí se instalaron. Blanca no prestó demasiada atención, para qué negarlo. Estaba muy ocupada pensando en Miguel. En sus ojos un poco rasgados de mirada intensa. En su nariz recta. En su sonrisa perfecta. En su voz grave y profunda que le producía escalofríos. En lo bien que le sentaban el traje y la corbata (y eso que Blanca había aprendido a odiarlos de tanto vérselos a su padre). En su forma de moverse, con esa seguridad innata. Y en todas las cosas que decía. Era un hombre que había vivido mucho y se le notaba. La hacía reír. Conseguía que se sintiera importante. Y era un auténtico caballero. De los que quedan pocos.

El profesor le echó la bronca. Fue inevitable. Blanca supuso que sería conveniente ponerse a cortar ingredientes como el resto de compañeros y agarró el cuchillo de filo brillante y afiladísimo. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo. No sabía qué poción preparaba ni para qué servía, pero no le importaba en absoluto. En ese instante de su vida, sus pensamientos estaban dirigidos a una sola persona: Miguel.


Blanca odiaba las comidas familiares en casa de los abuelos. Si bien era cierto que de pequeña se divertía muchísimo jugando con sus primos y sus hermanos, a esas alturas las encontraba aburridísimas. Eran una pérdida de tiempo.

Estaba sentada a la mesa, ansiando que llegara el momento de irse con Miguel. El abuelo, su padre y el tío Conrado charlaban junto a la barbacoa, tan serios como siempre. Su madre y la tía andaban en la cocina, preparando ensaladas y frutas para el postre. Sus hermanos y los primos Cristian, Roberto y Olga jugaban al fútbol. El único que estaba junto a ella era el tío Lorenzo, que tenía los brazos cruzados y miraba a su alrededor con los ojos entornados. No parecía muy feliz y solía gruñir en lugar de hablar. Blanca siempre lo había encontrado muy divertido. Era, con diferencia, su tío favorito. El tío Conrado era tan estirado como su padre y se pasaba todo el tiempo hablando sobre economía y otras cosas que no le despertaban ningún interés. El tío Lorenzo era misterioso y malhumorado. Ni siquiera tenía muy claro a qué se dedicaba. A los negocios, fueran cuales fueran. El abuelo muchas veces se lamentaba porque no hubiera terminado sus estudios de sanador.

—Podría ser el director de San Mateo y, míralo.

Siempre decía lo mismo. Blanca lo miraba y no conseguía averiguar por qué estaba el abuelo tan disgustado. ¿Porque vivía con un hombre, tal vez? Lope solía acudir a las reuniones familiares y era un tipo agradable, pero ese domingo estaba trabajando. Era fotógrafo y acostumbraba a cubrir eventos sociales. A Blanca le gustaba. Un muggle en una familia de brujos.

—¿Tú no juegas?

El tío Lorenzo le habló de sopetón. Blanca observó a sus primos. Todos se reía como idiotas, incluido Cristian, que ya era lo suficientemente mayorcito como para traerse a alguna novia, pero nada.

—No me gusta el fútbol.

—¿No será que no quieres mancharte el vestido?

Blanca debía reconocer que se había arreglado muchísimo. Quería estar guapa para Miguel y, puesto que no iba a tener tiempo de ir a casa para cambiarse, escogió un vestido corto de color blanco que le sentaba fenomenal. No era demasiado cómodo, aunque eso era lo de menos. El tío Lorenzo se cambió de silla para estar más cerca y la observó con ojo clínico.

—Te has puesto demasiado guapa, ¿no te parece?

Blanca bufó, harta de que los adultos de su familia hicieran comentarios de ese tipo.

—Eso es asunto mío.

El tío la miró con disgusto, cruzó los brazos y no se dejó intimidar por su salida de tono.

—A mí no me engañas, niña. Tú has quedado con alguien.

Blanca se puso roja. Apretó los puños y se mantuvo firme.

—Te he dicho que no es asunto tuyo.

—¿Cómo que no? Eres mi sobrina. Tengo todo el derecho del mundo a saber con quién has quedado.

—No se lo he dicho ni a mi padre y, ¿quieres que te lo diga a ti?

Era consciente de que no se estaba comportando con demasiada educación. El tío pareció molesto porque su querida princesita se le estaba rebelando. Blanca recordó el día que cumplió cinco años. El tío se presentó en su casa con un vestido rosa de princesa, una corona y una varita de juguete y se lo regaló todo. Sin envolver ni nada. Ahora que lo pensaba, había sido un gesto un tanto cursi que no le pegaba en absoluto, aunque dejaba bien claro lo que el hombretón pensaba de su sobrina. Era curioso que a Olga no le hubiera hecho un regalo semejante. De hecho, cuando ella cumplió cinco años le regaló un bú de peluche que era gigantesco y rugía con ferocidad.

—¿Esos son los modales que te han inculcado?

Por su forma de decirlo, el reproche era más para su progenitor que para sí misma. Blanca se encogió de hombros.

—Supongo.

—Ya veo que no quieres hablar, pero ya me enteraré de lo que te traes entre manos, ya.

La réplica se vio interrumpida por la llegada de Martín, que corría en pos de un poco de agua. Como no podía ser de otra manera, se chocó contra la mesa y tiró al suelo un par de vasos. Tanta torpeza se debía al estirón que había dado durante el verano. Blanca lo miró con disgusto y el tío agitó la varita y devolvió los vasos a su estado original. El muchacho sonrió, engulló medio litro de agua y se largó tan rápido como había llegado. El tío Lorenzo volvió a la carga.

—Sólo te diré una cosa, Blanca: ten mucho cuidado. Los hombres no somos de fiar.

Apenas prestó atención al comentario. La jornada transcurrió con normalidad. Comieron, charlaron, bebieron. Cuando llegaron las cinco de la tarde, Blanca estaba hartísima de la familia y empezaba a dolerle la cabeza. Y puesto que había quedado con Miguel en un rato, se acercó a su hermano mayor y le habló en tono confidencial.

—Tomi, necesito que me hagas un favor.

—Te he dicho mil veces que no me llames Tomi. ¿Qué quieres?

—Que me lleves a Madrid.

—¿Para qué?

—He quedado con unos amigos muggles y no quiero que papá me someta a un tercer grado. Porfi.

Su hermano la miró de reojo. Por norma general, era un socio ideal a la hora de saltarse las normas. De hecho, un par de años antes se comportó como un auténtico grano en el culo. En la actualidad estaba un poco más calmado, pero distaba mucho de ser el hijo perfecto.

—¿Cómo quieres que les explique tu ausencia?

—Hazte el tonto. Yo fingiré que me he escaqueado.

—Te va a caer una buena.

—Porfi, Tomás.

Él tenía toda la razón del mundo, pero merecía la pena correr el riesgo con tal de estar con Miguel. Su hermano suspiró y al final le dijo que sí. Sin más preguntas. Sin interrogarle sobre sus amigos muggles, demostrando que confiaba en ella.

—Vale. Pero no quiero saber nada si te pasa algo.

—¿Qué me va a pasar, idiota? Sólo vamos a dar una vuelta por ahí.

Tomás suspiró y se levantó.

—Venga, vamos al baño.

Dicho y hecho. Se escabulleron aprovechando el bullicio general y, en menos que canta un gallo, Blanca estaba en el centro de la capital, preparada para pasar una tarde inolvidable.


Miguel la había besado. Fue justo antes de despedirse. Le había puesto las manos en el cuello, se había inclinado hacia delante y le había rozado los labios con los suyos. Después, le acarició con la lengua y a Blanca le temblaron las rodillas. Nadie la había besado así jamás. Nunca se había sentido tan nerviosa. Había ansiado muchísimo más, pero él se separó al cabo de unos segundos y le dio un golpecito en la punta de la nariz.

—Nos veremos pronto, princesa.

Había sido maravilloso. Blanca se sentía como flotando en una nube, como la chica más especial del planeta tierra. Miguel, el hombre perfecto, se había fijado en ella. Tan guapo, tan maduro, tan divertido. Se moría de ganas por volver a encontrarse con él y, cuando se despidieron, notó como si le faltara algo en su interior.

No fue fácil regresar a casa. No podía dejar de pensar en Miguel y sentía que sus piernas eran de gelatina. Caminó muy despacio a través de las calles de Madrid hasta llegar al barrio mágico. Vivía allí, en un ático gigantesco cerca del Ministerio de Magia. Su padre podía permitírselo, puesto que el Consejero de Política Exterior desde hacía un par de años. Antes de eso había estado viajando por el mundo como diplomático. Estados Unidos, Australia, Chile, Sudáfrica. De hecho, Blanca nació en Francia, que fue el último destino de su progenitor antes de que decidiera instalarse en España de forma definitiva.

El piso era precioso. Tenía una terraza repleta de plantas y mágicamente hechizada. Podía ser tan grande como el Parque del Retiro o tan minúscula como un humilde invernadero. A sus amigas le encantaba. Marta iba a dormir allí bastante a menudo. Su casa tampoco estaba nada mal, aunque se notaba a la legua que su padre no estaba tan bien posicionado como Tomás Salcedo.

Blanca subió las escaleras de dos en dos. Seguía nerviosa y ni se le pasó por la cabeza la posibilidad de coger el ascensor. Necesitaba descargar un poco de energía antes de enfrentarse a sus padres. Porque iban a regañarle, estaba claro. Los había dejado a todos plantados en la casa que sus abuelos tenían en Oviedo y tendría que dar muchas explicaciones. Era consciente de que su plan maestro tenía muchas fisuras. Para empezar, le preguntarían que cómo había llegado a Madrid. Aunque, conociendo a Tomás y su incapacidad para mentir, seguro que ya había desembuchado. Como adolescente rebelde, su hermano resultó ser una birria. Cuando hacía una trastada, bastaba con el ceño fruncido de sus progenitores para hacerle confesar. Pero ella iba a ser más fuerte. Porque estaba enamorada. Porque Miguel merecía la pena. Porque sus labios aún sabían a café y trufa.

En efecto, cuando abrió la puerta su madre estaba allí, con los brazos en jarra y cara de mala leche. Blanca compartía con ella algo más que el nombre. Si bien sus hermanos eran Salcedos de pura cepa, ella había heredado casi todos sus rasgos físicos. Eran de la misma altura y complexión y sus caras eran un fiel reflejo la una de la otra. Blanca hubiera preferido que fuera su padre el encargado de abroncarla (aunque se hiciera el duro, era el más fácil de manipular), así que dio un pasito atrás cuando se encontró con esa mujer.

—¿Dónde has estado, Blanca?

Cerró la puerta. No quería que los vecinos escucharan nada.

—Dando una vuelta con mis amigos.

—¿Qué amigos?

—No los conoces. Son muggles.

Su madre se aproximó a ella con los dientes apretados.

—Conozco perfectamente a tus amistades y sé que no has estado con ellos. He hablado personalmente con sus padres.

—¿Que has hecho qué? —Blanca resopló, molesta—. No tenías ningún derecho a hacer eso.

—¡Claro que sí! Te has ido de casa de los abuelos sin avisar y sin decir a dónde ibas. Estaba preocupada.

—¿No te ha dicho Tomás que me apareció en Madrid?

No estaba bien delatar a su hermano, pero a lo mejor podía conseguir que la furia de su madre se dividiera un poco.

—No estamos hablando de eso.

—Yo creo que sí.

—¿Dónde has estado, Blanca?

Apretó los dientes y decidió decirle la verdad. No tenía nada que perder.

—Con mi novio, ¿vale? He estado con mi novio.

Su madre pareció desconcertada.

—¿Tienes novio? ¿Quién es?

—Un muggle. No lo conoces.

—Pues quiero que me lo presentes. Mañana mismo.

Blanca se rio sin dar crédito a lo que estaba escuchando.

—¿Estamos en el siglo XIX, mamá? No pienso presentártelo.

—¿Por qué no?

Porque tiene treinta y cinco años, mamá. A Blanca no le importaba en absoluto la diferencia de edad, pero estaba convencida de que su madre no lo aprobaría. Pensaría tan mal como siempre e intentaría alejarla de Miguel. Y no iba a consentirlo. Él era genial y la veía como realmente es. Veía a Blanca.

—Porque no es asunto tuyo lo que yo haga con mi vida.

—Mientras vivas en esta casa, es asunto mío.

La frasecita de marras. Blanca puso los ojos en blanco y alzó el mentón.

—¡Qué poco original eres, mamá! Ya podrías haberme dicho otra cosa.

—A mí no me contestes así, Blanca Salcedo.

—Te contesto como me da la gana.

Su madre alzó la mano como si quisiera darle un bofetón, pero no llegó a hacerlo. En lugar de eso apretó el puño y señaló hacia el pasillo.

—Vete a tu habitación. Estás castigada.

—Pero, mamá. ¡No soy una niña!

—¡A tu cuarto!

Blanca obedeció porque era consciente de que ya había tensado suficiente la cuerda. Corrió hasta su dormitorio y cerró la puerta con fuerza. Ya no estaba excitada por el beso de Miguel. El corazón le latía muy deprisa debido al enfado. Por fortuna, su teléfono móvil sonó en ese momento y leyó con alegría el mensaje cariñoso de su novio.

Sí, exponerse al castigo había merecido la pena.


Hola, holita.

Hace eones que no publico nada en De casta le viene al galgo. Pero, como más vale tarde que nunca, aquí estoy. Dejo abandonado (no sé si indefinidamente) el anterior minific de Ricardo Vallejo y me centro en un personaje que apenas he explorado: Blanca Salcedo. Al final vamos a saber lo que le ocurrió, aunque creo que ya lo teníais más o menos claro. A ver si puedo publicar algo más a lo largo del día.

Besetes y hasta pronto.