LA PRINCESA REBELDE II
El instituto muggle al que asistía Blanca era carísimo. Todos los alumnos estaban obligados a usar uniforme y pertenecían a las familias más poderosas del mundo no mágico. Marta no iba a clase con ella. Sus padres no podían permitirse el precio de la matrícula, aunque sí había un par de caras conocidas. Darío Vallejo y Alfie Cattermole. Los chicos iban un curso por delante y la saludaban por los pasillos cuando se encontraban. Por suerte, no eran tan tontos como para hablar de la magia. Alfie era un tipo bastante feúcho, aunque tenía una habilidad pasmosa para hacer amigos. Darío era un chico mono, aunque lo encontraba bastante insulso. No tenía ni punto de comparación con Miguel. Menuda diferencia.
Blanca los observó mientras subían las escaleras. Giró la cabeza cuando alguien le puso un brazo sobre los hombros y descubrió el rostro de Paula, su mejor amiga muggle. Paula era hija de un tipo con título nobiliario. Tenía el pelo rojo y la nariz chata y, aunque no era nada agraciada físicamente, no le faltaban los admiradores. Habida cuenta de todos los ceros que tenía su cuenta corriente, era lo más normal del mundo.
—¿Qué tal el finde?
—Genial. Estuve con Miguel.
A Paula no le gustaba demasiado. Decía que tenía algo raro. Según lo que le había contado el propio Miguel, él también estudió en ese colegio, aunque Paula estaba convencida de que mentía. Sus padres no se acordaban de él y, aunque tenía un apellido rimbombante (Sánchez de Valenzuela y Garcés de Marcilla), nadie parecía conocerlo. Blanca no le prestaba mucha atención cuando hablaba sobre genealogías y demás rollos. Aunque le gustara pasar el tiempo entre muggles, su futuro estaba en el mundo mágico. Allí no importaba demasiado que uno fuese conde de esto o marqués de lo otro. Allí, los apellidos más importantes eran aquellos que procedían de familias de magia antigua. Paula jamás llegaría a comprender eso.
Por otro lado, Paula fruncía el ceño cada vez que mencionaba la diferencia de edad.
—Es que te saca veinte años, tía. Es un viejo.
Era una chorrada. A Blanca siempre le gustaron los hombres mayores. No soportaba las tonterías de los chicos de su edad. Aquellos que tenían unos pocos años más eran más sensatos, más maduros. Más interesantes. Y Miguel no era un viejo. Para nada. Estaba tan bueno que quitaba el hipo y siempre era amable y educado. Se notaba que procedía de una buena familia, aunque los padres de Paula no se acordaran de él.
Su amiga frunció el ceño cuando le hizo ese comentario. Hubiera preferido contarle la historia a Marta, que se mostraba mucho más entusiasmada ante su historia de amor. Paula se agarró a su brazo y juntas caminaron hacia el aula, ubicada en el pasillo de la derecha.
—¿Estuvo bien?
Hizo la pregunta con desgana, era evidente. Blanca no le dio importancia porque no iba a chafarle su buen humor. Así pues, sonrió ampliamente y le contó con pelos y señales todo lo que habían hecho. Beso roba alientos incluidos.
—¡Qué guay!
Paula no podría haber sonado menos sincera. Blanca tuvo que poner los brazos en jarra y fruncir el ceño, molesta con ella.
—Al menos podrías alegrarte por mí. Eres una amiga pésima.
—Lo que no voy a hacer va a ser mentirte. Ese Miguel no me da buena espina.
Blanca bufó y se dejó caer en su pupitre.
—A ti lo que te pasa es que tienes envidia. Y no te culpo. Mi novio está buenísimo y, ¿quién fue el último chico con el que saliste? ¡Ah, sí! Ese tan Bruno. Dijiste que era un gilipollas, ¿no? Y además feo.
Había conseguido que Paula también se mosqueara. Perfecto. Así las dos podían estar enfadadas y en paz. No hubo lugar para más conversaciones. El profesor de Historia hizo su entrada en el aula e instó a todo el mundo a guardar silencio. Una clase más, Blanca no prestó atención. Estaba demasiado molesta. Con Paula, por ser mala amiga y no alegrarse cuando las cosas le iban bien. Y sobre todo con sus padres, que la habían castigado sin salir durante un mes entero. Menudos imbéciles. ¿Por qué no podían dejar que viviera su vida tranquilamente? No necesitaba perros guardianes que coartaran su libertad, muchas gracias.
Aguantar ese día de instituto fue un auténtico suplicio. Lo único que la alegró un poco fue recibir el mensaje de Miguel, quien le aseguró que quería verla a la salida de clase. Blanca casi saltó de alegría y quedó con él a la salida del gimnasio. Tendría que escabullirse entre el alumnado, porque su padre quedó en ir a recogerla y debía asegurarse de que no viera a Miguel. No quería ni imaginarse lo que diría si veía quién era su novio. Así pues, cuando el último timbre sonó, anunciando el final de la jornada lectiva, Blanca corrió en dirección contraria al resto de sus compañeros y fue hasta el gimnasio, que tenía una salida de emergencia que daba a la parte trasera del colegio. Allí no había padres a esa hora del día. De hecho, no había nadie. Tan solo un Ferrari descapotable de color rojo. El coche de Miguel. Es que no se podía tener más clase que él, joder.
Blanca se ajustó la mochila en el hombro y corrió hacia él, con la coleta agitándose sobre sus hombros. Miguel tenía puestas unas gafas de sol y le dedicó una sonrisa de dientes perfectos. Es que era guapísimo. Blanca apoyó las manos en la puerta y le devolvió la sonrisa. Con un poco de ansiedad, se inclinó y le dio un beso en los labios.
—Buenos días, princesa. —Miguel le acarició el rostro—. ¿Qué tal tu día?
—Horroroso. Y no tengo mucho tiempo. Mi padre va a venir a por mí.
—¿En serio?
—Y eso no es lo peor. Me han castigado, tío. Como si fuera una cría.
Miguel puso cara de disgusto. Se retiró las gafas y le hizo un gesto para que se acercase un poco más.
—¿Te apetece hacer una locura?
Blanca soltó una risita, aunque no supo qué decir.
—Sube.
Miguel golpeó el asiento del acompañante. Era de cuero blanco y estaba impoluto. Sí. Sentarse ahí entraba en la categoría de Gran Locura.
—No sé, Miguel. Mi padre se cabreará un montón.
—Tú lo has dicho antes, Blanca. Ya no eres una cría. Si te apetece venirte conmigo, hazlo. Que le den por culo a tu padre.
Sí. Tenía razón. Echó un vistazo a su espalda y se aseguró de que nadie los estaba viendo. Después, se subió al coche y Miguel puso la capota. Cuando arrancó, no tenía la menor idea de hacia dónde se dirigían y no le importó. Mientras estuviera con su chico, todo iría bien.
Miguel la llevó hasta su casa. Vivía en un chalet a las afueras de Madrid, un lugar impresionante y precioso. Aparcó el coche en el jardín delantero y, cogiéndola de la mano, la guio hasta el interior de la vivienda. Blanca lo contempló todo con los ojos abiertos como platos. Mucha gente admiraba la belleza de su casa. Sus padres tenían un gusto excepcional y el dinero suficiente como para adquirir toda clase de obras de arte, pero lo de Miguel era otro mundo. Debía tener muchísima pasta.
—¿Te gusta?
Le habló muy cerca del oído, aunque no llegó a tocarla. Pese a ello, Blanca se estremeció y asintió sin poder ocultar su fascinación.
—Es genial.
—Algunas cosas son herencias familiares, pero la mayoría las he comprado en subastas de arte. Ese cuadro. —Señaló una obra de arte abstracto que estaba en el suelo, apoyado contra la pared—. Lo compré en Nueva York. Me costó tres veces más de lo que pretendía gastar, pero no pudo dejarlo escapar. ¿No te parece que es fascinante?
Blanca no entendía demasiado de arte (era cosa de sus progenitores) pero asintió de todos modos. Miguel sonrió y se alejó un poco de ella.
—¿Te apetece beber algo?
—Vale. Un Fanta de limón.
Se arrepintió de pronunciar esas palabras en cuanto salieron por su boca. Había sonado tan cría. Miguel se rio y agitó la cabeza con condescendencia.
—¿Qué te parece una copa de champange? Tengo uno muy exclusivo que te va a encantar.
A Blanca no le gustaba el champange, pero era mucho más sofisticado que los refrescos azucarados.
—Genial.
—Siéntate. Vuelvo enseguida.
Miguel desapareció por una puerta, rumbo vete a saber dónde. Blanca curioseó un poco más por la estancia. Las paredes estaban pintadas de blanco y los muebles eran de estilo minimalista. Había cierta frialdad en el conjunto, como si allí no viviera nadie en realidad, pero le gustó de todas maneras. Al final tomó siento en uno de los sofás y contempló el jardín. Estaba empezando a nublarse y el cielo tronaba. Se preguntó que estaría pensando su padre. A esas horas se habría dado cuenta de que se había escapado del colegio y debía estar muy cabreado. Pero todo era culpa suya, por tratarla como a una niña pequeña.
Miguel no tardó en regresar. Traía una botella de vidrio y dos copas brillantes. Se sentó a su lado, sirvió el champagne y le entregó su copa. Blanca lo probó con un gesto dubitativo y comprobó que estaba riquísimo. Mejor que el vino de garrafón que tomaba con sus amigos cuando hacía botellón. Miguel también bebió, mirándola con intensidad por encima de su copa.
—¿Qué pasa? —inquirió ella, un poco incómoda. Era la primera vez que su novio la hacía sentir así. Miguel sonrió.
—No sé si debo decírtelo, princesa.
—¡Venga! Dímelo.
Miguel se puso aún más cerca de ella, tanto que sus piernas estaban pegadas. Le apartó el cabello que caía sobre su hombro y le habló al oído.
—Pasa que me estás poniendo muy cachondo con ese uniforme, Blanca. Me apetece muchísimo quitártelo.
Blanca contuvo el aire en los pulmones. Le pareció que una alarma comenzaba a sonar dentro de su cabeza, pero optó por ignorarla. Lo que Miguel acababa de decir era muy bueno. Significaba que despertaba en él un gran interés, aunque no sabía si estaba preparada para escuchar algo así. Ningún otro chico le había dicho nada parecido. Y eso que eran unos brutos carentes de romanticismo. Una vez superado el impacto inicial (y notando que tenía la cara muy roja), soltó una risita y agachó la mirada. Miguel también se rio y habló con voz jovial.
—Pero no tiene que ser ahora si tú no quieres, por supuesto.
Se sintió un poco más segura de forma inmediata. Aun así, estaba nerviosa, así que comenzó a beberse el contenido de su copa. El alcohol siempre la relajaba un montón. Miguel la observó con atención mientras lo hacía, apenas dando un par de sorbos a su bebida. Al cabo de un rato, Blanca estaba achispada y apoyó la cabeza en el respaldo del sofá.
—¿Estás bien, preciosa?
—Sí. Es que no estoy acostumbrada a… Ya sabes.
Cerró los ojos. Miguel se removió a su lado y notó como se inclinaba sobre ella. Cuando colocó la mano en su muslo, lo miró de forma inmediata. Él le sonreía y parecía muy feliz y calmado. Le acarició la mejilla y le habló con suavidad.
—Estás muy guapa. ¿No tienes calor? —En realidad estaba sudando—. Deja que te ayude a quitarte la chaqueta. Eso es.
Blanca no sabía muy bien qué estaba pasando. No le apetecía nada quitarse el uniforme, aunque no pudo hacer nada para oponer resistencia. Miguel dejó la chaqueta sobre el respaldo del sofá y llevó la mano a los botones de su camisa.
—Sigues acalorada, ¿verdad? Puedo ayudarte con eso.
Esa vez sí, logró detener sus movimientos. Miguel le acarició la mejilla otra vez y procuró calmarla.
—Tranquila, princesa. No va a pasar nada. No seas niña.
No. No era una niña. Dejó que él le desabrochara los dos primeros botones y se estremeció cuando él le rozó un pecho. Nunca nadie le había tocado así y, aunque quiso apartarse, no podía moverse. No sabía qué le ocurría, pero todo su cuerpo estaba flojo, como si acabara de correr una maratón y no tuviera fuerzas ni para respirar.
—¡Qué piel tan suave, Blanca! Eres mejor de lo que me imaginé.
Dicho eso, procedió a mordisquearle el cuello. Le acariciaba el pecho con suavidad, como el novio enamorado que era. Le besó debajo de la barbilla, le dio un pequeño bocado y luego lo lamió con cuidado. Blanca podía escuchar como su corazón se aceleraba y como su respiración se volvía errática. Era agradable, pero no estaba segura de nada. No entendía nada. Y cuando Miguel subió la mano por su muslo y tocó las braguitas, dio un respingo y, ahora sí, se hizo a un lado.
—¡No!
Miguel frunció el ceño un instante, como si se hubiera enfadado con ella. Pensó que la dejaría en paz, que se comportaría como el caballero que siempre había demostrado ser, pero no. Lo que hizo fue colocarse sobre ella, con ambas piernas flaqueando su cuerpo para inmovilizarla.
—Relájate, Blanca. Todo saldrá bien. Tendré cuidado.
Intentó besarla. Blanca apartó la cara.
—No quiero. Déjame.
Le empujó. O lo intentó, más bien, porque él apenas se inmutó. Lo vio apretar las mandíbulas y, joder, acababa de sacar una varita. ¿No se suponía que era un muggle?
—Sé buena, princesa. Todo saldrá bien.
Pronunció un hechizo, pero ella nunca lo había escuchado antes. Sintió como perdía la voluntad. Fue como si se convirtiera en una marioneta y, a partir de ese momento, no logró hacer nada para evitar que Miguel la besara, que la desnudara, que se colocara sobre ella y la penetrara así, despacio, con cuidado, aunque rompiéndole el alma de todas formas. Se movió erráticamente durante un buen rato, diciéndole lo guapa que era, lo feliz que lo estaba haciendo, prometiéndole que estarían juntos para siempre. Y cuando terminó con un gruñido que a Blanca le sonó horrible, la acunó entre sus brazos y se quedó a su lado, acariciándole el cabello.
Blanca hubiera preferido que se marchara.
—Ha sido maravilloso. Eres mi princesa. Ahora, descansa.
Blanca pensó que, después de eso, Miguel la dejaría ir. No fue así. El efecto del hechizo no se pasó en los siguientes tres días. Miguel le hizo el amor en todos los rincones de la casa. Siempre suave, siempre cariñoso. Siempre repugnante. Al fin, Blanca recuperó el control sobre sí misma la mañana del viernes. Miguel dormía a su lado. Ya no le parecía tan guapo.
Estaba asustada. No sabía qué pretendía hacer ese hombre. A lo mejor quería matarla o, peor aún, quedarse con ella allí para siempre. Y Blanca no quería eso. Lo único que quería era escapar de ese infierno, volver a su vida de antes y olvidarse para siempre de ese hijo de puta. Se sentó en la cama. Apoyó los pies en el suelo, preparada para escapar, y una garra ardiente se aferró a su muñeca.
—¿Dónde crees que vas, princesa?
Comenzó a llorar sin poder evitarlo. Tendría que haber sido más fuerte, pero tenía tanto miedo que no le importaba suplicar.
—Por favor, quiero ir a casa.
Miguel se sentó en la cama y le dirigió una mirada despectiva.
—¿Con esos vejestorios que te tratan como a una niña?
Blanca asintió vehemente.
—Sí, por favor.
Él le agarró de la cara y la miró a los ojos. Ya no había nada bonito allí.
—¿Acaso no eres feliz conmigo? Porque a mí me encantas, Blanca.
Negó con la cabeza entre sollozos. Miguel chasqueó la lengua.
—Mírate. Eres una cría.
—Por favor. Deja que me vaya. No diré nada.
Miguel gruñó, la cogió del cuello y apretó. Iba a matarla. Por Bargota. Blanca no quería morir. Se aferró a sus brazos y le clavó las uñas con todas sus fuerzas, en un vano intento de librarse de él. El aire le faltaba y empezaba a marearse y, entonces, él la soltó y se rio en su cara.
—Eres una putita inútil. Puedes irte cuando quieras. Puedes hablar de mí a quien te dé la gana, pero nadie va a creerte.
Blanca no daba crédito. Se puso en pie muy despacio y, sin dejar de mirar a ese hombre, comenzó a retroceder. Localizó su uniforme perfectamente doblado sobre una silla y comenzó a vestirse. No pudo ponerse las bragas porque no estaban. Sabía que Miguel la estaba observando con atención, aunque no se atrevió a mirarle.
Ni siquiera se ató los cordones antes de salir corriendo.
A Tomás estaba a punto de darle un infarto. Blanca había desaparecido el lunes y ya era viernes. La policía muggle la estaba buscando. Los de Seguridad Mágica también. Hasta el momento, no tenían ni una noticia sobre ella. Tomás en persona había hablado con varias de sus amigas, pero ninguna sabía nada de ella. Tan solo le hablaron de su novio, un tan Miguel, un tipo mayor. Tomás sabía que lo ocurrido tenía que ver con él y ansiaba encontrarlo para darle su merecido.
Por eso estaba allí, porque conocía sus limitaciones y las grandes virtudes del hombre que tenía frente a él. Tan solo había estado en casa de Loren un par de veces, en visitas tan breves como incómodas. Esa mañana le abrió la puerta Lope, que estaba despeinado y tenía pinta de haber estado durmiendo hasta esa mañana. Cuando le preguntó por su hermano, le hizo entrar y lo llevó hasta la sala de estar. Loren no se hizo de rogar. Apareció ataviado con un pantalón de chándal y nada más y le miró con hosquedad.
—¿Qué haces aquí? ¿Por qué no me has avisado de que vendrías?
—Es Blanca.
Loren se cabreó un montón cuando le explicó que su sobrina llevaba varios días desaparecida. Se quejó de que los Salcedo seguían ninguneándolo y escupió unas cuantas maldiciones hasta que Lope le miró con el ceño fruncido y se quedó callado.
—No es tiempo de reproches —dijo después de respirar hondo—. Tenemos que encontrar a la niña.
Tomás se disponía a hablarle sobre el tal Miguel cuando su teléfono sonó. Era Blanca, su esposa. Intercambiaron unas cuantas frases. Estaba muy pálido cuando miró a Loren.
—Ya ha aparecido. Está en San Mateo.
Hola, holita.
Espero que el capítulo sea desagradable, aunque no demasiado.
Besetes.
