LA PRINCESA REBELDE III
José Vicente revisó el informe del último caso que habían resuelto los aurores Domínguez y García-Callejón. A un imbécil miserable se le había ocurrido la genial idea de lanzarle una imperius a uno de los leones del zoológico y se había armado un buen follón. Josevi odiaba cuando había que avisar a los desmemorizadores. Por fortuna, el incidente se produjo cuando el zoo ya estaba cerrado. El delincuente pretendía utilizar al león para que se zampara al amante de su esposa, pero antes de pasar a la acción había querido entrenarse. Las cámaras de seguridad habían grabado como el animal le arreaba un buen bocado en el brazo y lo demás ya era historia. Una historia con final feliz. A aquel idiota le caería una buena condena en Atalanta por utilizar una maldición imperdonable y el león podría seguir con su vida como si nada.
Todo estaba en orden. Domínguez siempre elaboraba unos informes fabulosos. En ocasiones tendía a adornarlos demasiado porque, en el fondo, tenía alma de escritor. García-Callejón sabía cómo mantener a raya su melodramática manera de escribir y, por una vez, Josevi no tendría que retocar absolutamente nada del informe. Lo firmó para mostrar su conformidad y lo hechizó para enviarlo al Departamento de Justica.
Le echó un vistazo al reloj. Todavía era temprano y le esperaba un día largo. Los nuevos cadetes no tardarían en llegar, si es que no lo habían hecho ya. Marina le había recordado que tenía una entrevista con el subinspector de Seguridad Mágica a las once en punto. Y tenía hambre. Ni siquiera había tenido tiempo para desayunar antes de salir pitando de casa. Nada más levantarse decidió que se arreglaría el bigote y había tenido más problemas de los previstos para hacerlo. Ni siquiera estaba satisfecho con el resultado. Le echó un vistazo al reflejo del ventanal (qué cristales más limpios, por Bargota) y entornó los ojos. Sí. Definitivamente era un desastre. Y mira que a él se le daba genial ocuparse de sus asuntos capilares. Llevaba haciéndolo desde que, con veintiún años, decidió que se dejaría el bigote. No recordaba qué fue lo que le incitó a tomar esa decisión, pero sí el día exacto en que lució tan frondoso y perfecto por primera vez.
Dio un respingo cuando llamaron a la puerta. Marina no esperó respuesta antes de abrir. Normalmente era una mujer seria y circunspecta, pero esa mañana tenía el ceño fruncido y parecía disgustada. Alarmado, Josevi se puso en pie y escuchó la triste realidad.
—Acaban de llamarnos desde San Mateo. El violador ha vuelto a actuar.
¡Puñetas! Josevi notó cómo se le aceleraba el corazón y sus puños se apretaron de forma inconsciente. Maldito fuera aquel cabrón hijo de puta.
La primera vez que supieron de sus hazañas fue a principios del año 2005. Uno de los contactos que tenían en la Guardia Civil les informó de que algo extraño ocurría con una víctima de violación. La chica estaba ingresada en un hospital muggle y se comportaba de forma extraña, como si careciera de voluntad propia. Sospechaba que podría tratarse de una imperius, pero no tenía forma de comprobarlo. Josevi envió a dos agentes para averiguar qué ocurría y, aunque no se trataba de la imperdonable, sí que había magia negra de por medio. Era un hechizo muy parecido a la imperius, aunque la víctima conservaba un recuerdo nítido de todo lo ocurrido. En opinión de Josevi, aquello era incluso más cruel.
Además, encontraron rastros de una poción relajante sumamente potente en el torrente sanguíneo de la víctima. Se trataba de una adolescente de dieciséis años que les contó que su agresor era un hombre llamado Connor Doherty, un irlandés pelirrojo que tocaba la guitarra. La invitó a pasar el fin de semana en la granja en la que vivía y allí aprovechó para abusar de ella durante tres días. Los aurores lo habían buscado con insistencia, aunque no encontraron ninguna pista que les ayudara a dar con él. Sí conservaban su rastro de ADN. Josevi pensó en primera instancia que les sería más útil a los muggles que a los brujos, hasta que supieron del segundo caso.
En esa ocasión la alarma saltó gracias a la policía. No hubo magia de por medio, pero sí una coincidencia en el ADN. Josevi envió a sus subordinados a interrogar a la víctima, que tenía quince años y les habló de un tal Álex Martínez, un tipo de treinta años que pinchaba música electrónica en una discoteca de la playa. Precisamente allí la había violado, en un almacén mohoso y, después, se esfumó.
Durante todos esos meses, habían encontrado a dos víctimas más, todas muggles. No sabían mucho del violador, pero sí de su modus operandi. Era un brujo que cambiaba de aspecto, que dedicaba semanas (o meses) a coquetear con las chicas y que las agredía en un lugar que le era completamente ajeno. Utilizaba su magia para ocasionar daño, para dominar y también para sembrar confusión. Josevi se moría de ganas por ponerle las manos encima. Sus aurores también. Hasta ese día habían fracasado estrepitosamente, pero ahora había atacado a una bruja y tenían un nuevo punto de partida. Podrían reactivar la investigación y encontrarlo. Josevi se lo prometió a sí mismo. Iban a arrestarle.
—La víctima está siendo atendida por el personal sanitario. Han encontrado muestras de ADN. Se llama Blanca Salcedo. Es hija del Consejero de Política Exterior.
Mierda. Un chupatintas mezclado en ese asunto. Tal vez lo conveniente sería ir personalmente al hospital para hablar con él, pero su labor no consistía en eso. Era el Comandante de Aurores. Sólo intervenía en los operativos si era estrictamente necesario y en esa ocasión no lo era. Tomó asiento y comenzó a pensar en los agentes que tenía disponibles. Debía enviar por lo menos a una mujer. La pobre chica se encontraría más cómoda hablando con una auror que con uno de sus hombres.
—Diles a Armero y a Nunes que pasen.
Marina asintió y abandonó el despacho a toda prisa.
Sí. Definitivamente iba a ser un día muy largo.
Flora Nunes era una mujer de aspecto frágil. Tenía el pelo rubio, los ojos azules y una expresión dulce que no dejaba vislumbrar la clase de hija de puta que podía llegar a ser. Jorge había tenido ocasión de comprobarlo en algún operativo anterior. Flora dominaba la varita como nadie y era capaz de reducir al duelista más experimentado con sólo un par de hechizos. Además, era lista. A Jorge le gustaba trabajar con ella. Sabía lo que había que hacer y cuándo y cómo hacerlo. Con ella a su lado tenía la seguridad de que no tendrían lugar ninguna clase de errores y, dado la gravedad del caso que traían entre manos, no deseaba cometer ninguno.
Cuando llegaron a San Mateo les atendieron los sanadores Ulloa y Vilamaior. La chica agredida tenía quince años y, aunque ya no tenía edad para ser tratada por un pediatra, había estado tan nerviosa que, cuando preguntó por él, no dudó ni un segundo a la hora de presentarse en el box. Ulloa había sido uno de los primeros en alzar en brazos a Blanca cuando nació y desde entonces se había ocupado de su bienestar. En cuanto a Vilamaior, era la sanadora de guardia cuando los Salcedo llevaron a su hija al hospital. El corazón se le había encogido en un puño cuando vio lo que le habían hecho y se aseguró de tratarla con exquisito cuidado y profesionalidad.
Armero escuchó con mucha atención sus explicaciones. Permaneció en silencio en todo momento, haciendo algunas anotaciones en una libreta y permitiendo que Flora llevara la voz cantante. Nunes tenía buena mano en asuntos tan peliagudos. De hecho, ya había entrevistado a las últimas víctimas del violador y sabía lo que se hacía. Según lo que contaron los sanadores, Blanca Salcedo no estaba demasiado dañada físicamente. El muy cabrón era cuidadoso. Maldecía a sus víctimas para que no opusieran resistencia y no era particularmente sádico, aunque por otro lado las obligaba a permanecer conscientes mientras abusaba de ellas. Indefensas, sin poder gritar, sin lograr defenderse, si ser capaces de escapar.
—¿Podemos hablar con ella?
Ni Ulloa ni Vilamaior parecieron satisfechos con esa proposición, pero asintieron.
—No la presionen demasiado. Aunque le hemos administrado varias pociones para mantenerla tranquila, ha pasado por una experiencia muy traumática.
Nunes aseguró que se andaría con pies de plomo. Mientras eran guiados hasta la habitación de la chica, Jorge comprendió que no podía entrar. Era un hombre grande. Blanca Salcedo había escapado de su calvario unas pocas horas antes. A saber cómo reaccionaría al verlo. Podría entrar en pánico y sufrir un ataque de ansiedad, incluso si permanecía en segundo plano y no abría la boca. Por eso plantó los pies en el suelo cuando llegaron frente a la puerta.
—Será mejor que entres tú sola, Flora. Yo hablaré con los familiares.
La chica insistió para que su madre permaneciera a su lado durante toda la entrevista, pero Tomás Salcedo salió al pasillo. Era un tipo casi tan alto como Jorge, de pelo oscuro y aspecto feroz. No tenía pinta de ser diplomático. Parecía más un delincuente, aunque, por lo que podía recordar, de esa parte ya se ocupaba otro miembro de la familia. Un tan Lorenzo que era un auténtico (y escurridizo) grano en el culo.
Jorge se aproximó a él. Se imaginó al Comandante López instándole a ser educado con aquel hombre, dada su posición. Así pues, carraspeó y se hizo notar. El señor Salcedo apenas parecía haberse dado cuenta de su presencia y parpadeó en cuanto lo vio. Tenía los ojos oscuros como dos pozos negros y se notaba a la legua que estaba muy cabreado. Como para no estarlo.
—Buenos días, señor Salcedo. —Jorge procuró sonar lo más profesional posible—. Soy el auror Jorge Armero. Me gustaría hacerle unas preguntas.
El brujo se quedó muy quieto durante unos instantes. Después, suspiró profundamente y asintió, como dándole permiso para hablar todo lo que le diera la gana. Jorge descubrió que la joven Blanca desapareció de su casa el lunes después del instituto, que durante las últimas semanas se había estado viendo con alguien y que no dio señales de vida hasta que, ese día a primerísima hora, su esposa recibió una llamada desde San Mateo. Había encontrado a Blanca en el 3M, desorientada y al borde de un colapso nervioso. El resto, ya lo podía suponer.
Jorge le agradeció su colaboración y le observó mientras se alejaba por el pasillo para tomarse un café. A mitad de camino se encontró con su hermano el delincuente. Si Tomás parecía cabreado, Lorenzo estaba a punto de estallar en mil pedazos. Le dedicó al auror una mirada despectiva y Jorge se preguntó si no les daría problemas en el futuro. A lo mejor le daba por tomarse la justicia por su mano, cosa que en realidad no sería tan terrible como pudiera parecer.
Agitó la cabeza para alejar esos pensamientos de su mente. Era un agente de la ley. No aprobaba las venganzas personales. El violador de Blanca Salcedo sería arrestado y llevado ante las autoridades. Con un poco de suerte, se pudriría en Atalanta. El hecho de encontrar divertida la perspectiva de que ese cabrón castrara al violador de su sobrina era intolerable.
Ansioso por seguir trabajando, les echó un vistazo a sus notas mientras Flora interrogaba a la víctima. Tardó un buen rato, lo que no fue de extrañar. Nunes era meticulosa y entrevistarse con la chica no era una tarea sencilla. Cuando se reunió con él, tenía un brillo peligroso en los ojos. Estaba tan harta como todos de que el violador siempre terminara saliéndose con la suya y deseaba atraparlo como la que más.
Regresaron directamente al Ministerio. En un principio, se centrarían en encontrar la casa en la que había tenido lugar la violación. Lo más seguro era que perteneciera a algún extranjero millonario que sólo pasaba un par de meses al año en la vivienda. Siempre era igual. El violador adquiría distintas identidades, invadía propiedades privadas. Jugaba al despiste. Blanca Salcedo intentó ubicar el lugar sin mucho éxito. Jorge estaba decepcionado, aunque Flora parecía repleta de energía.
—No puede ser tan difícil —dijo mientras hacía aparecer un mapa de carreteras de Madrid—. El colegio está aquí. —Lo marcó con una chincheta roja—. Blanca dice que salieron por esta calle y se incorporaron a la A-6 más o menos por aquí. —Colocó otra chincheta—. Después circularon hacia el Norte durante unos veinte minutos y cogieron un desvío a la derecha. La casa debe estar por esta zona.
Hizo un círculo que a Jorge se le antojó gigantesco.
—Eso son muchas casas.
—Lo sé, pero estamos hablando de un chalet. Una vivienda de lujo. Yo reduciría la búsqueda por esta zona.
Hizo un círculo un poco más pequeño. Eso sonaba más interesante.
—En la casa había muchas obras de arte. Podríamos buscar algún coleccionista muggle. Hablaré con nuestro contacto.
Dicho y hecho. Jorge descolgó el teléfono y mantuvo una breve charla con el individuo en cuestión. Mientras tanto, Flora extendió sobre la mesa una serie de fotografías. Jorge se las conocía al dedillo.
Connor Doherty, que tenía el pelo rojo y una diminuta cicatriz sobre la ceja derecha. Álex Martínez, el tipo de pelo largo y barba de chivo que, joder, tenía esa misma cicatriz. Teo Ayala, rubio, ojos clarísimos. Jaime Ruiz, nariz ganchuda y barba de tres días. Y Miguel Sánchez de Valenzuela, su última identidad. Todos tenían esa pequeña cicatriz y habían sido tan estúpidos como para no verla antes.
—Utiliza un glamour —Dijo Jorge, con absoluta seguridad en sí mismo—. Pensábamos que era la multijugos, pero fíjate bien. Todos los hombres son tipos de entre treinta y treinta y cinco años, de una altura y complexión muy parecidas. Cuando utilizas un glamour puedes cambiar tus facciones, el color del pelo o de los ojos, pero hay rasgos que se mantienen.
Flora asintió.
—La edad, la altura.
—Las cicatrices.
Jorge las señaló todas con el dedo. Seguramente la cicatriz del sospechoso estaría mucho más marcada. Debía ser muy llamativa si el glamour era incapaz de disimularla del todo. Flora observó con detenimiento las fotografías y asintió enérgicamente.
—Eso significa que la voz también es la misma.
—¿Te das cuenta, Flora? Ya sabemos a quién buscar. Un brujo joven, de metro ochenta, delgado y con una cicatriz característica en la ceja derecha. No puede ser tan difícil.
Ella dudó durante un instante, pero al final sonrió y le palmeó el hombro, satisfecha.
—No. No puede serlo.
Adquirió una pose reflexiva durante casi un minuto. Se golpeaba el tabique nasal con el dedo corazón y paseaba de un lado a otro sin abrir la boca. Jorge la observaba expectante, sabedor de que estaba a punto de sacar una conclusión muy valiosa y, seguramente, certera. Sus sospechas se vieron confirmadas cuando habló.
—Apuesto a que vive desahogadamente. Si puede permitirse vivir una farsa durante semanas, debe tener las espaldas bien cubiertas en lo que respecta al dinero.
Jorge sonrió. Era un punto más que tener en cuenta. No iba a ser nada fácil dar con el violador, pero tenían un punto de partida y estaban contentos. Sólo necesitaban ponerse a trabajar y tener un poco de suerte.
Lorenzo había pasado toda la tarde perdido en medio de la nada. Estaba muy cabreado. Sentía como la furia le quemaba por dentro y ansiaba estrangular a alguien. Ni siquiera importaba a quién. Por eso se había ido de San Mateo sin decir nada. No quería pagar sus frustraciones con quien no tenía la culpa. Había lanzado mil y una maldiciones e incluso conjuró un saco de boxeo que golpeó hasta despellejarse los nudillos. Poco a poco se le fue pasando el cabreo, aunque las ganas de vengar a su sobrina no desaparecieron. Descargar la adrenalina le sirvió para aclarar sus ideas y por eso se apareció directamente en el jardín del chalet de Ricardo Vallejo. Tenía permiso de sobra para hacerlo y no le dio ninguna vergüenza presentarse sin avisar. Caminó a toda velocidad hacia la casa y, cuando escuchó voces en la zona de la piscina, fue hasta allí.
Ricardo y Darío estaban cenando. Debía ser tardísimo. Lorenzo ni siquiera se había dado cuenta de que ya se había hecho de noche. En cuanto se percataron de su presencia, los dos Vallejo le miraron con pasmo y él compredió que tenía muy mal aspecto. Esa mañana se había puesto un vaquero y una camiseta para acompañar a su hermano al hospital. El vaquero se le había roto y la camiseta estaba sucia y sudada. Y mejor no hablar de su pelo, que estaba suelto, enmarañado y se le pegaba a las sienes. Debía tener pinta de vagabundo y Ricardo le miró con cautela. Darío fue el primero en decir algo.
—Loren, ¿todo bien?
Seguía estando enfadado. Cuando miró al chico recordó que iba al mismo colegio para pijos insoportables que su sobrina y la furia le subió por la garganta. Le señaló con el dedo y dejó que toda la inquina se le escapara por la boca.
—Tú, mocoso. ¿Por qué no dijiste nada?
Era obvio que el chaval no tenía ni idea de qué le estaba hablando. Loren vio como Ricardo se ponía de pie y juraría que había echado mano de la varita. Sí. Debía tener un aspecto un tanto amenazante para que hiciera tal cosa. Darío, por su parte, estaba pasmado.
—¿De qué?
—De Blanca. Mi sobrina. Llevaba desde el lunes desaparecida, ¿y tú te callas?
Darío boqueó como un pez y fue incapaz de hablar. A Loren se le pasó la peregrina idea de agarrarlo por el cuello para obligarle a confesar (tuviera lo que tuviera que decir), pero Ricardo acababa de tomar cartas en el asunto. Olvidándose del hecho de que era bastante más bajo que él, lo agarró de un brazo y lo arrastró hacia el interior de la casa. No se le veía feliz precisamente y a Loren le importó un carajo.
—¿Se puede saber qué te pasa?
Pasa que han violado a Blanca, gilipollas. Pasa que quiero matar a alguien. Ahora. A quién sea. Pasa que no te debo ninguna explicación. De todas formas, ahora no puedo dártela.
—Dame el libro, Ricardo.
—¿Qué libro?
—Lo sabes perfectamente. Necesito localizar a alguien y en ese libro está todo lo que necesito saber para hacerlo.
El libro en cuestión había pertenecido a la mismísima Aurora Carballeira. En apariencia era un Libro de Ensalmos normal y corriente, pero contenía toda una letanía de maleficios que podían causar horror al más pintado. Esa hija de puta había jugado con los límites de la magia y fue una gran conocedora de la magia de sangre. Esa era la parte que necesitaba Loren. Sólo eso.
Sabía que sus modos no habían sido los mejores. Ricardo no se fiaba en absoluto de él y, si quería el puñetero libro, iba a tener que convencerle. Pero ese día no podía. No se sentía con fuerzas para explicar lo que le habían hecho a Blanca sin soltar alguna maldición imperdonable.
—No me has dicho qué te pasa.
Loren apretó los dientes y a duras penas logró templar los nervios. Cerró los ojos y, cuando se encaró con Ricardo, estaba un poco menos furioso. Lo suficiente como para hacerle entender. Al menos en parte.
—Te prometo que te lo voy a contar todo, pero será otro día. Tú dame el libro.
—No.
Puto Vallejo. Loren apretó los puños y se contuvo para no abalanzarse sobre él.
—¿Cómo que no?
—Antes casi le pegas a mi hijo. No voy a arriesgarme.
Bufó. Admitía que no había sido buena idea comportarse como una fiera salvaje. Si Ricardo sentía que Darío estaba amenazado, ya podía despedirse del Libro de Ensalmos.
—No le voy a hacer nada.
Ricardo alzó una ceja, suspicaz.
—¿Seguro?
Loren asintió. No parecía muy sincero.
—Si ha hecho algo para cabrearte, dímelo.
Tuvo que reírse de pura impotencia.
—No, Ricardo. El chaval no ha hecho nada. No voy a ponerle un dedo encima. Te daré las explicaciones que quieras otro día. Ahora, dame el puto libro.
Se lo pensó durante un buen rato, aunque logró convencerlo. Ricardo agitó la varita y el famoso libro apareció en su mano derecha. Apestaba a magia negra. Lorenzo ignoraba dónde lo tenía escondido. Durante mucho tiempo le importó una mierda, pero ahora lo necesitaba. Lo agarró con un movimiento brusco, miró a Ricardo una última vez y se desapareció.
Hola, holita.
He aquí un capítulo más. A partir de ahora, la historia estará centrada en los aurores y en Loren. Blanca no saldrá demasiado.
Tenía que incluir el Libro de Ensalmos de la Carballeira. Ricardo, como es evidente, lo robó en algún momento. Cuando Darío le preguntó por los libros familiares, a Ricardo ni se le pasó por la cabeza la posibilidad de darle uno de los suyos porque, bueno, están llenos de magia horrorosa.
Ya veremos quién encuentra antes al brujo violador. Por su bien, esperemos que sean los aurores.
Besetes y hasta la próxima.
