LA PRINCESA REBELDE IV

—¿Por qué no tenemos un ordenador como los que salen en las series muggles? Le dices lo que estás buscando y te enseña la fotografía del sospechoso.

—Porque esto es la vida real y en las series muggles se flipan muchísimo. ¿Sabías que en Estados Unidos tiene muchísimos casos sin resolver? No son como en CSI precisamente.

Jorge bufó. Él le había hecho la pregunta al aire, presa de una gran frustración, pero esa sabelotodo había tenido que darle la explicación pertinente. Flora le sonrió y siguió mirando fotografías. Una por una. Cada clic del ratón le producía un sueño tremendo. Lo peor de todo era saber qué estaban inmersos en una tarea titánica. Al principio, pensó que no sería tan difícil encontrar al violador. ¿Cuántos magos españoles podía haber de entre treinta y treinta y cinco años? Pues un buen montón. Demasiados. Examinar uno a uno los carnets de identidad era una tarea titánica. Además, lo más probable era que no hubiera un solo brujo con esa cicatriz característica. ¡Por Bargota! Tardarían siglos en dar con él.

—Menos bufar y más clicar, Armero.

Flora tenía razón. No había tiempo que perder. Apoyó la mano en la barbilla, asió el ratón del ordenador y siguió pasando. Al menos habían podido delimitar la cosa por sexo. Ahí estaba ese señor mayor. Después un chaval recién salido de la schola. ¡Hasta un bebé recién nacido! ¿Quién le hacía un DNI a un bebé recién nacido? Y lo más importante. ¿Qué clase de funcionario negligente lo incluía en el registro? Jorge suspiró por enésima vez. Los ojos le picaban muchísimo. Se los frotó con las palmas de las manos y miró a su compañera.

—Esto es inútil, Nunes.

—No lo es. Tarde o temprano daremos con él. Tú sigue trabajando.

Jorge se frotó las manos en los pantalones. El sospechoso era más o menos de su edad. Hizo memoria para recordar a sus antiguos compañeros de schola. En su día, no le pareció que ninguno tuviera pinta de violador. Estaba Enrique Morientes, que se pasó la mitad de su adolescencia viendo porno y masturbándose, pero el tipo en cuestión media como metro y medio. A no ser que hubiera dado un gran estirón, estaba descartado. Se centró en aquellos que le igualaban en altura porque el sospechoso poseía un físico imponente. A sus quince años, Jorge ya era el chico más alto de su clase. Se pasó un par de años caminando con la espalda encorvada, procurando pasar desapercibido. Se acordó de Pablo Zamorano, que casi lo igualó antes de terminar los estudios. Era un tipo simpático y afeminado. Jorge estaba convencido de que era gay, aunque nadie se lo había conformado. Luego estaba Baldo Cañizares, tan alto y desgarbado que le llamaban "El Espagueti".

Gruñó de nuevo. Era inútil. De hecho, era posible que el violador fuera extranjero. ¿Tendrían también que revisar los pasaportes? Siempre y cuando el brujo en cuestión se hubiera registrado al entrar en el país, por supuesto. Y los portugueses. Tenían que pedir ayuda a sus colegas con las identificaciones de los portugueses.

—¿Por qué no lo dejamos por hoy? —La voz de Nunes sonó firme. De hecho, ya se estaba levantando—. Es tardísimo y necesitamos descansar.

Jorge le echó un vistazo a la hora. Eran más de las nueve. Ni siquiera se había dado cuenta de que los compañeros del turno de noche habían llegado un rato antes. Estaba ansioso por cazar a ese cabrón, pero Flora tenía razón. Para que la investigación diera sus frutos ambos debían estar en perfectas condiciones físicas y mentales. Y para lograr eso debían comer y dormir. El cuerpo humano tenía unas necesidades, incluso entre los brujos.

Apagó el ordenador y recogió sus cosas. Acostumbraba a dar un paseo después de trabajar, antes de volver a su casa de Sevilla, pero esa noche se apareció allí directamente. Estaba convencido de que más de uno se reiría de él si supieran que aún vivía con su abuela. De hecho, se estaba planteando la posibilidad de mudarse a Madrid, pero eso sería un poco más adelante. Quería encontrar un buen piso y no disponía de mucho tiempo libre para estudiar el mercado inmobiliario. Además, Sevilla era una ciudad agradable. En verano hacía un calor horroroso, pero le encantaba estar allí. El patio interior era precioso, todo lleno de geranios y con un pozo de agua justo en medio. No le extrañó nada que la abuela Felisa anduviera por ahí fuera, regando las plantas con el agua que sacaba mágicamente del pozo. Jorge la saludó con una sonrisa y le dio un beso en la mejilla.

—¿Qué tal el día, hijo?

—He tenido mucho lío.

—Te he dejado unas croquetas en el frigorífico. Sólo tienes que calentarlas en el microondas.

—Gracias, yaya.

El no tener que preocuparse por las comidas era su parte favorita de vivir con la abuela. Jorge caminó hasta la cocina, encendió la televisión y sacó las deliciosas croquetas redondas de la nevera. El mago que había inventado el hechizo que evitaba que la magia se cargara los electrodomésticos era un genio. Jorge desconocía su nombre, pero lo era. Metió el plato de croquetas en el microondas, troceó un par de tomates con ajo y se preparó para cenar. Siempre sintonizaba el canal del mundo mágico para ver el telediario, aunque ese día llegaba tarde y acababa de dar comienzo la sección de deportes. En pantalla apareció el capitán de los Ángeles de Oviedo, el vigente campeón de liga. Elías Campuzano.

Jorge se acordó de él. Habían coincidido en los Campamentos Mágicos de Verano. Compartieron pupitre en clase de pociones. Le había echado una mano más de una vez con sus mejunjes, puesto que Campuzano era un auténtico desastre. También coincidieron en el equipo de quidditch. Formaron una excelente pareja de golpeadores. Jorge era más bruto y Elías tenía mejor puntería. Una vez, le había arreado sin querer con el bate en toda la cara y le había hecho una brecha tremenda encima de la ceja.

Maldito hijo de puta.

Jorge se levantó de un brinco, se aproximó un poco más al televisor y entornó los ojos para mirarle mejor.

—Joder, joder, joder.

Ahí estaba la cicatriz. Tenía que ser él. ¿Qué probabilidad había de que fuera una coincidencia? Es que la cicatriz estaba en el sitio exacto. Tenía la edad adecuada y el físico del violador. ¿Daba el perfil? Jorge no sabría decirlo. Siempre le había parecido un chaval bastante normal. Era amable con las chicas y alguna vez había escuchado de él que besaba bien. ¿Tanto había degenerado para convertirse en un pervertido? Además, estaba bastante convencido de que estaba casado y tenía dos hijas. No podía ser él. Un padre nunca le haría algo así a unas niñas. ¿Qué bobadas estaba pensando? Tenía la suficiente experiencia como para saber que hasta el ciudadano más respetable era capaz de cometer auténticas atrocidades.

Campuzano desapareció de la pantalla. Jorge no se lo pensó dos veces. Agarró el teléfono móvil y se puso en contacto con Nunes. No tenían tiempo que perder.


A Lorenzo no le avergonzaba en absoluto reconocer que había robado una muestra de semen de los laboratorios de San Mateo. No demasiada cantidad, la suficiente para realizar el hechizo.

Las instrucciones del Libro de Ensalmos eran claras. Necesitaban la esencia vital del agresor para llevar a cabo el ritual de localización, un mago que lo ejecutara y otro que lo canalizara. El segundo debía ser familiar directo de la víctima, a ser posible. Por eso estaba allí Tomás, observándole con cara de pocos amigos.

En los últimos días parecía haber envejecido una vida entera. Loren nunca se había llevado bien con él. Se las daba de Don Perfecto y acostumbraba a mirarle por encima del hombro por haber abandonado su carrera como sanador. Y quién sabe si por compartir su vida con otro hombre. Eso no importaba en absoluto ese día. Tomás podía ser desagradable y Loren no ardía en deseos de echarle una mano, pero se trataba de vengar a Blanca.

—¿De dónde has sacado ese libro?

La pregunta no le pilló por sorpresa.

—No es asunto tuyo.

—Apesta a magia negra. Deberías entregarlo a los aurores.

—Claro que sí. Porque soy idiota y no sé qué me conviene.

Tomás cerró la boca. Era obvio que no estaba conforme con sus acciones. Loren estaba seguro de que, dadas las circunstancias, no iba a delatarle. Releyó por enésima vez el hechizo y se sintió molesto cuando volvió a hablarle.

—Este ritual, ¿es legal?

Loren apoyó las manos en la mesa y le retó con la mirada.

—¿Importa eso?

—A mí sí me importa. Tengo un cargo público y prefiero actuar dentro de la legalidad.

Maldito soplagaitas. Loren apretó los puños y decidió poner las cartas sobre la mesa. Aunque tuviera que ser cruel.

—Mira, Tomás. A tu hija la secuestró un hijo de puta. La drogó, la hechizó y estuvo abusando de ella durante días. Ahora está en el hospital, llorando todo el santo día y abrazada a su madre. Aterrada. Lo único que quiero hacer es localizar al violador y que le cortemos los huevos, pero sí tú tienes tantos reparos podemos olvidarnos del asunto. Yo seguiré con mi vida y tú podrás irte con la conciencia tranquila mientras ese puto cabrón vuelve a librarse. ¿Quieres eso?

Tomás se lo pensó durante más tiempo del que Loren hubiera esperado. Hundió su cabeza entre los hombros y, al cabo de unos segundos, volvió a mirarle. Esa vez sin reproche alguno.

—Quiero seguir adelante, pero con una condición.

Loren se cruzó de brazos.

—Tú dirás.

—Cuando encontremos a ese delincuente, lo entregaremos a las autoridades. No dejaré que castres a nadie.

Loren torció el gesto y compuso una sonrisa viciosa.

—En realidad di por hecho que eso lo harías tú.

Tomás no se tomó la molestia de responder. Loren se concentró en el hechizo y al cabo de unos minutos se sintió capacitado para ponerlo en marcha. Recitó mentalmente las palabras para memorizarlas y miró a su hermano. Ya estaban preparados. Sólo restaba dejar que la magia hiciera el resto.


Elías Campuzano. Elías Campuzano. Elías Campuzano.

Tomás saboreaba el nombre una y otra vez. A la parte más oscura de sí mismo le hubiera encantado llevarlo a un rincón apartado para torturarlo hasta la muerte, pero no podía permitirse hacer tal cosa. Era un hombre civilizado. La justicia existía para ocuparse de hombres como él. Contrataría a los mejores defensores que un brujo pudiera pagar y se aseguraría de que el hijo de puta recibiera la pena máxima. Loren le había prometido que encontraría la manera para que los presos de Atalanta le hicieran la vida imposible una vez estuviera detenido. Tomás no pensaba negarle ese placer. Su hermano estaba demostrando una extraordinaria lealtad y se merecía una pequeña recompensa.

Era tarde, pero al día siguiente se presentaría en el Cuartel General de Aurores con su defensor para proporcionar al Comandante López esa información. Tendría que dar algunas explicaciones, pero ya solucionaría ese asunto. Lo importante era arrestar a Campuzano cuanto antes. Castigarlo por lo que le había hecho a Blanca. Evitar que le hiciera daño a alguien más.

Se presentó en el hospital en cuanto terminó su reunión con Loren. Necesitaba hablar con su esposa. A Blanca le encantaría escuchar esas noticias. Seguro que insistiría en hacerle un regalo de agradecimiento a su hermano. ¿Qué podrían darle a Loren que fuera de su agrado? No tenía la menor idea. En realidad, no conocía demasiado bien a ese brujo. Se había alejado de la familia mucho tiempo atrás y su padre se negó a mencionar su nombre durante años. Era una lástima, pero aún estaban a tiempo de estrechar lazos. Tomás quería hacerlo. Loren no se merecía otra cosa. A lo mejor podría ponerse en contacto con Lope para hablar acerca de ese posible regalo.

Tomás se encontraba todo lo feliz que podía estar un hombre dadas las circunstancias. Avanzó por los pasillos de San Mateo sintiéndose ligero y, una vez frente a la puerta de la habitación de Blanca, llamó con suavidad. Le sorprendió que su esposa la recibiera con las manos temblando y los ojos inyectados en sangre. Tantos nervios no podían significar nada bueno.

—¿Qué ha pasado, Blanca? ¿La niña está bien?

—Sí, ella… Sí… Pero ha podido… ¡Dios mío, Tomás! Ha podido ocurrir lo peor. No quiero ni pensarlo.

Tomás entró en la habitación. Su hija estaba dormida y alguien le había atado los brazos a la cama. Miró a su mujer con impaciencia.

—Explícate.

—Blanca ha intentado tirarse por la ventana.

Al brujo se le erizaron todos los vellos de su cuerpo. Acababa de perder diez años de vida.

—Gracias a Dios que está bloqueada para evitar cosas como esa, pero ha sido horrible. —Su esposa sollozó y se aferró a él—. Dice que no puede soportarlo, que se acuerda de lo que pasó todo el rato y que quiere morirse. Han tenido que sedarla y yo no sé qué puedo hacer, cómo ayudarla.

Tomás apretó los dientes. Estaba furioso. Acarició el cabello de la bruja con suavidad y procuró reconfortarla.

—Tranquila, mi amor. Todo estará bien. Te lo prometo. Lo arreglaremos, ya verás. Blanca va a salir de esta. Cálmate.

Ni él mismo creía en sus palabras, pero logró que su mujer dejara de llorar. La instó a recostarse en el sillón junto a la cama y tomó una firme determinación. Ya estaba bien de ser un hombre bueno. Le acababan de desgarrar el alma y todo su ser clamaba por venganza. La situación incluso podía ir a peor y él estaba cansado. De aparentar esa frialdad que debía demostrar un buen político, de luchar contra sus propios instintos. De comportarse como un robot.

Sacó el teléfono del bolsillo y llamó a su hermano. También le dolía saber que, por muy furioso que estuviera, era un cobarde. Loren no. Loren era capaz de hacer cosas impensables. Cuando le respondió, su interior hervía de rabia.

—Hermano. Blanca está mal. Haz lo que tengas que hacer.

Colgó. Estaba seguro de que Loren le había entendido. Vio a su esposa durmiendo con la mano de su hija agarrada. Cualquier otro día se hubiera marchado a dormir a casa, pero en esa ocasión se quedó en el hospital, velándolas durante toda la noche.


Elías sacó las braguitas del interior de la caja de madera, se las acercó a la nariz y aspiró el aroma de su pequeña Blanca. Era tan dulce. Una lástima que lo suyo se hubiera acabado. A ella le había dedicado un poco más de tiempo que a las demás y había merecido la pena. Aún se excitaba cuando recordaba sus labios rojos, sus pechos firmes y su trasero. ¡Cuántos momentos de placer sublime le había proporcionado ese trasero!

Contempló su entrepierna y se dijo que esa noche tendría que conformarse con los mimos de su esposa. Guardó las braguitas y ocultó la caja en lo más profundo del armario. Él mismo inventó aquel hechizo desvanecedor. La gente pensaba de él que era un brujo sin talento, que lo único que sabía hacer bien era jugar al quidditch, pero se equivocaban. Elías se sabía poderoso. Llevaba años perfeccionando sus encantamientos y sus pociones y eran casi infalibles.

Abandonó la buhardilla y caminó hasta el dormitorio. Martina ya había acostado a las niñas. Estaba tumbada en la cama, con un camisón de seda que dejaba al descubierto sus largas piernas de modelo. Era una mujer atractiva, aunque le faltaba el encanto y la inocencia de mujeres como Blanca. Elías no se molestó en ocultar su erección. En cuanto Martina la vio, sonrió, golosa. Elías se subió a la cama y gateó hasta ponerse a su altura.

—Veo que has tenido un día duro —Martina le acarició por encima de la ropa.

—¿Me das un poquito de consuelo?

Martina siempre se esforzaba por satisfacerle y acostumbraba a ser decepcionante. Elías no pretendía culparla. Estaba seguro de que cientos de hombres darían una mano con tal de pasar una noche a su lado. Los responsables eran él y sus exigencias. Necesitaba más de las mujeres. O menos. Menos experiencia, menos picardía. Menos edad. Elías apoyó la cabeza en la almohada y se dejó envolver por la boca de su esposa. Mientras ella se esmeraba por proporcionarle placer, él no dejaba de pensar en Blanca. Necesitaba encontrar a otra chica y lo necesitaba cuanto antes.


Hola, holita.

Dejo aquí un capítulo un poco más corto que los anteriores. No es mi intención alargar la investigación hasta el infinito, así que he decidido regalarle un poco de suerte a Armero. Ver la televisión a veces es bueno.

Nos leemos pronto. Besetes.