LA PRINCESA REBELDE V
Contarle al Comandante de Aurores lo que había averiguado ya no era opción. Si Lorenzo estaba dispuesto a tomar medidas contra Elías Campuzano, nadie debía sospechar que tenían esa información. Cuando le ocurriese algo (porque le ocurriría) todas las sospechas recaerían sobre él y no pensaba permitirlo. Tomás estaba preparado para proteger a su familia a como diera lugar.
Pensaba pasar toda la mañana en el hospital. Blanca estaba cansada y necesitaba pasarse por casa para darse una ducha y dormir un rato. Así se lo hizo saber después de que el personal sanitario examinara a su hija y dictaminara que se encontraba bien. Físicamente, al menos. Su esposa se resistió al principio, aunque terminó por transigir. Una vez se hubo marchado, se sentó junto a la cama. Blanquita tenía los ojos cerrados, pero no dormía. Tomás se preguntó si, tal vez, su presencia allí la incomodaba. A lo mejor prefería a su madre. Le acarició una mano y le alegró que ella no se apartara. Estaba tan furioso. No había pegado ojo en toda la noche. Quería ver el cadáver de Campuzano tendido a sus pies.
Cuando trajeron el desayuno, Blanca se negó a comer. Tomás tuvo que convencerla para que, al menos, se tomara la leche caliente. No podía desfallecer. Le preocupaba esa mirada vacía de vida. Era como si su hija se hubiera rendido, como si fuera presa de una desesperación que no se veía capaz de afrontar. Pero lo haría. Todos estarían allí para apoyarla. Y le daría su merecido a aquel monstruo. Ojalá Blanca se encontrara más tranquila al saber de su destino.
—No quiero más, papá. Necesito ir al baño.
—Venga, te acompaño.
No cometió la imprudencia de dejarla sola. Se quedó en la puerta, dándole la espalda y escuchándola con atención. Según los sanadores, el violador no había dejado heridas en su cuerpo. No tenía ni un solo moratón. Era posible que él se creyera que la había cuidado. Hijo de puta. Tomás apretó los puños y dio un respingo cuando ella le tocó un brazo, anunciando que ya había terminado. La ayudó a llegar a la cama y comprendió que necesitaban hablar de algo. El silencio le atormentaba, despertaba sus instintos más salvajes.
—Tus hermanos quieren venir a verte. ¿Te apetece que se pasen hoy por aquí?
Blanca se encogió de hombros.
—¿Quieres que te traigan algo? Un libro, lo que sea.
—No, gracias.
—¿Pongo la televisión?
Al menos haría ruido. Tomás comenzó a mirar la pantalla sin verla en realidad. De vez en cuando le echaba un vistazo a su niña, estremecido por lo pequeña que parecía. Hijo de puta.
Dio un respingo cuando sonó su teléfono móvil. Era Roberto Peñalver, en Consejero de Seguridad Mágica. Un buen tipo. Tomás y él eran amigos desde sus años en la schola de magia. Ambos habían estado interesados en la política desde muy jóvenes y las conversaciones siempre fueron fluidas y agradables entre ellos. Cuando Tomás comenzó a viajar por el mundo, mantuvo el contacto con muy pocas amistades en España. Roberto fue uno de ellos. El hecho de que ambos hubieran alcanzado un puesto semejante dentro del Ministerio de Magia no había hecho más que unirles.
Aunque todo lo relacionado con la violación de Blanca se estaba tratando con la máxima discreción posible, a esas alturas ya debería estar enterado de los hechos. Tomás suspiró, se alejó de la cama y le cogió el teléfono. Roberto fue breve. Le preguntó cómo se encontraba, se interesó por Blanca y le dijo que tenía algo muy importante que decirle. Quedaron más tarde, cuando su mujer regresara al hospital, cosa que ocurrió a las cuatro de la tarde. Tomás se despidió de su hija dándole un beso en la frente. Ella dormía, esa vez de verdad.
Se reunió con Roberto en su despacho del Ministerio. Siempre había sido un hombre con gustos caros. Esa lámpara de mesa debía costar un dineral. Tomás le estrechó la mano y tomó asiento. A juzgar por la mirada que recibió, debía lucir un aspecto lamentable. Roberto no comentó nada al respecto. Él también tenía hijas y debía comprenderle perfectamente.
—¿Cómo sigue Blanca?
—Bien. Los sanadores dicen que le darán el alta dentro de un par de días. Físicamente no tiene nada, pero necesitará ayuda psicológica.
—Ya sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras. ¿Te apetece algo?
—Una copa no me vendría nada mal.
Roberto agitó la varita e hizo aparecer una botella de whisky y dos vasos. Sirvió de manera generosa y Tomás se bebió el contenido de un solo trago. La garganta le ardió de inmediato. Fue reconfortante.
—Siento mucho lo que le ha pasado a tu hija. Por suerte yo no he tenido que afrontar nada parecido, pero me imagino cómo te sientes y me hierve la sangre. —Roberto le sirvió otra copa—. Ese hijo de puta. No debería decirte nada, Tomás. Si lo hago es porque somos amigos y creo que tienes derecho a saberlo. Los aurores están siguiendo una pista muy fiable.
Tomás dio un respingo. En cualquier otra circunstancia se hubiera alegrado de escuchar eso, pero no ese día. Logró ocultar su disgusto a duras penas y se acordó de Lorenzo.
—¿Una pista?
—No puedes hacer nada. Te conozco y sé que sabrás contenerte. Después de todo, falta poco para que arresten a ese bastardo. Se llama Elías Campuzano. Es ese jugador de quidditch.
Apretó la mandíbula. Tenía fama de ser un tanto inexpresivo, así que a Roberto no le extrañaría que no mostrara sorpresa alguna. El enfado sí que le brillaba en los ojos, pero eso era incontrolable.
—¿Estás hablando en serio?
—Esto es confidencial, Tomás. Recuérdalo.
—Claro.
—Van a ponerle vigilancia hoy mismo. Los aurores necesitan algunos días para validar las pruebas de ADN. En cuanto el oidor dé el visto bueno, caeremos sobre él. Hasta entonces, iremos tras ese cabrón. En cuanto cometa el más mínimo error, será arrestado. Le haremos justicia a tu hija y a las otras niñas. Te lo prometo.
Tomás apuró la segunda copa de whisky y sintió unas ganas inmensas de salir corriendo. Tenía que ver a Lorenzo antes de que actuara. No era el momento de atacar a ese bastardo. Tendrían que esperar. Maldita fuera la eficiencia de los aurores.
—Muchas gracias por la información, Roberto. Me siento muy aliviado, pero yo… Tengo que marcharme. Estoy cansado y tengo que pensar en todo esto.
—Por supuesto. Estamos en contacto.
Estrecharon las manos para despedirse. En cuanto salió del despacho, Tomás se desapareció. Hizo acto de presencia en el pasillo de la casa de su hermano. Era de muy mala educación hacer tal cosa, pero a la mierda con todo. Se chocó con el mueble donde dejaban las llaves y Lope asomó la cabeza por una de las puertas. Era la de su estudio, donde se pasaba el día editando fotografías. Le miró con sorpresa y no era para menos. Él casi nunca iba a esa casa. Nunca se aparecía sin permiso. Y jamás se mostraba tan brusco con los demás.
—¿Y mi hermano?
El reproche murió en los labios de Lope. Debió notar lo ofuscado y preocupado que estaba.
—Trabajando, supongo. ¿Pasa algo?
—¿Dónde?
—Tomás, ¿estás bien?
—¿Dónde está su oficina?
Lope se rascó la nuca y no le contestó. Era inútil insistir. Tomás echó mano del teléfono móvil. Lorenzo no se lo cogió. Insistió varias veces. A la quinta fue la vencida.
—Loren, ¿qué haces? Estoy en tu casa. Vente para acá ahora mismo. Tenemos que hablar.
Colgó. Lope seguía mirándole sin comprender nada. Tomás suspiró, lamentando la invasión, la brusquedad. Lamentándolo todo.
—¿Le ha pasado algo a Blanca?
No pudo responder. Lorenzo fue rápido. Se apareció junto a ellos, dejando a Lope aún más pasmado.
—¿Qué quieres?
—No habrás…
—No.
Tomás suspiró, aliviado.
—Menos mal.
—¿Qué puñetas os pasa?
Lope había alzado el tono de voz. Tenía los brazos cruzadas y los observaba a ambos con los brazos cruzados. Parecía al límite de su paciencia. Tomás quería explicarle, de verdad que sí, pero no estaba seguro de si podía confiar en él. Fue Loren quien, después de parpadear varias veces, lo agarró del brazo y lo llevó a un aparte. Fue una tontería, puesto que Tomás escuchó la conversación.
—¿Nos dejas solos un rato?
—¿Qué pasa, Loren?
—Tú confía en mí, ¿vale? Te lo explicaré todo más tarde.
—Sí, seguro.
Pese a estar evidentemente mosqueado, Lope agarró las llaves de casa y se largó. Loren suspiró y se encaró de nuevo con su hermano.
—¿Qué pasa?
—No puedes hacerle nada a Campuzano.
Loren torció el gesto. Fue casi despectivo.
—¿Por qué? ¿Te están entrando remordimientos?
—Porque los aurores ya van detrás de él. Le han puesto vigilancia. Dentro de unos días podrían arrestarlo.
Su hermano pareció muy sorprendido y relajó su expresión. Dejó caer los brazos a lo largo de su cuerpo y pareció más curioso que disgustado. Después de todo, Tomás acababa de quitarle una presa de entre los dientes.
—¿Cómo sabes tú eso?
—Me lo ha dicho Peñalver. Ya sabes que somos amigos.
Loren soltó una risita sarcástica.
—¡Ah! Las intrigas políticas.
Tomás le ignoró.
—Es confidencial. No se lo puedes decir a nadie.
Loren asintió. Dio unos pasos hacia delante y otros hacia atrás, reflexionando sobre su nueva situación.
—Entonces, ¿abortamos nuestro plan?
Tomás apretó los dientes y negó con la cabeza.
—Lo posponemos. No quiero que te arriesgues y los aurores te pillen intentando hacerle algo.
Hubo un brillo extraño en los ojos de su hermano. Algo oscuro y peligroso que ya había visto otras veces, sobre todo después de que rompiera con la familia.
—Te aseguro que no lo harían. No soy bobo.
—De todas formas, es mejor prevenir. Además, si lograras llegar hasta él, las sospechas recaerían sobre nosotros.
—¿Tú y yo?
—Todos los Salcedo. Papá, Conrado, mis hijos. Quiero que se queden al margen de esto, Loren. Seguro que puedes entenderlo.
El aludido guardó silencio de nuevo, contemplándole con atención.
—¿Qué sugieres que hagamos?
—Esperar. Veremos qué pasa con los aurores, seremos pacientes. Cuando llegue el día de actuar, nos aseguraremos de tener una coartada que no genere dudas. Haremos lo que sea necesario, Loren, pero no ahora.
Su hermano volvió a mirarle, sonrió, asintió con satisfacción y le dio unas palmadas en la espalda.
—El mundo criminal se ha perdido una mente maquiavélica. Lástima que optaras por otro tipo de delincuencia.
En el Cuartel General de Aurores guardaban cabellos. Habían pertenecido a gente que ya estaba muerta y, en ocasiones, los agentes de seguridad mágica los utilizaban para trabajar de incógnito. Estaban metidos en botecitos de cristal y se mantenían en buen estado gracias a la magia. Los botecitos se almacenaban en una estantería altísima, organizados por sexo y por edad.
Doña Cleta era la encargada de custodiarlos. Tenía una cara extraña. Mirándola, Jorge no se aventuraba a decir si tenía 20 años o 120. Su piel era muy pálida y parecía brillar. No tenía arrugas y daba la impresión de estar cubierta por una capa de grasa. A lo mejor era maquillaje. Tenía los ojos negrísimos y el pelo gris cortado a cepillo. Cuando Jorge y Flora acudieron a su pequeño almacén esa mañana, los contempló con disgusto y frunció los labios antes de hablar.
—¿Qué queréis?
Era obvio que le molestaba muchísimo que interrumpieran sus quehaceres. Jorge sospechaba que dedicaba todo su tiempo a leer novelitas con nombres como "Oscuro Deseo". Flora, que era poco dada a amilanarse ante la gente mal humorada, le entregó la orden del Comandante López y habló con firmeza.
—Queremos dos muestras de cabello distintas. Femeninas. De adolescentes.
Doña Cleta le echó un vistazo al documento, respiró hondo y se dio la vuelta para encarar su estantería. Sus dedos, largos y finos, parecían las patas de una araña. Examinó los botes con detenimiento y detuvo sus movimientos antes de hablar.
—¿Rubios, morenos? ¿Tenéis alguna petición especial?
—Nos gustaría que las chicas sean guapas.
—Y a mí me gustaría estar en un yate en Chipre. No se puede tener todo en esta vida —Doña Cleta extrajo dos botes y los dispuso sobre la mesa—. Os tendréis que apañar con estos.
Sacó dos sobres de un cajón e introdujo unos cuantos pelos en cada uno. Después, anotó la fecha y los hombres de los agentes en la etiqueta de los botes y sacó un libro enorme de un cajón. Anotó la transferencia de cabellos y volvió a mirarles con el ceño fruncido.
—¿Algo más? ¿No? Pues largo de aquí. ¡Aurores!
Escupió la palabra con desprecio. Jorge fue el primer en ponerse en movimiento, sin entender del todo a qué venía esa hostilidad. Hasta ahora, no había tenido ocasión de visitar a Doña Cleta. Sí que había escuchado historias sobre ella. No le gustaba nada cotillear, pero sentía mucha curiosidad y no pudo contenerse.
—¿Qué le pasa a esa mujer?
Flora se encogió de hombros.
—Pues que está amargada, supongo.
—¿Y eso?
Su compañera le dedicó una mirada divertida.
—Doña Cleta fue auror en su juventud, pero la expulsaron del cuerpo porque era extraordinariamente violenta. Y te hablo de una época en la que los interrogatorios se hacían a base de darle hostias a los sospechosos. Imagínate cómo sería.
—¿En serio?
—La suspendieron un par de veces y al final le quitaron la placa. Ella solicitó un empleo dentro del Departamento de Seguridad Mágica y le dieron eso. Creo que no era lo que tenía en mente y nunca ha estado muy feliz con el puesto.
—Pues que dimita.
—¿A estas alturas de su vida? No lo hará.
Jorge dio por concluida esa charla. Ya habían llegado al cuartel, donde les esperaban dos viales con poción multijugos listos para ser ingeridos. Sólo tenían que añadir los pelos y podrían ponerse manos a la obra. Alguien había dejado sobre sus escritorios prendas de ropa de chica. Jorge se aproximó a ellas con cierto temor y examinó la diminuta camiseta y la falda corta.
—No creo que esto vaya a quedarme bien. Parece ropa de bebé.
—A las chicas de ahora les gusta vestirse así. Y si te queda pequeña, siempre podemos agrandarla un poco.
Jorge bufó y le echó un vistazo al sobre que contenía el pelo. Estaba muy fastidiado. Estuvo encantado cuando el Comandante le indicó que se ocuparía de vigilar a Campuzano, pero no le hizo nada de gracia descubrir que, para ello, tendría que transformarse en una adolescente. No quería hacerlo. Ser adolescente una vez ya fue un desastre, incluso siendo un chico. Tener que acostumbrarse a que su cuerpo adquiriera forma femenina era horroroso. A Flora, en cambio, le hacía bastante gracia ver su cara de circunstancias. No se había puesto a reír a carcajadas por respeto al uniforme.
—Venga, Armero. Esta noche tenemos que ir a esa discoteca. Campuzano estará allí. Pon el pelo en la poción y bebe.
—Deberíamos ir a un sitio más privado.
Como el cuarto de baño. Jorge agarró su vial, la ropa y caminó rumbo al lavabo. Decidió que lo mejor que podía hacer era dejar de pensar en esa mierda. Echó el pelo en la poción, aguardó unos segundos y se la bebió de un trago. Al principio no sintió nada, pero pronto fue consciente de lo desagradable que era experimentar esa clase de transformación. Sintió náuseas y un cosquilleo molesto en sus partes nobles. Notó como su piel se inflaba y se desinflaba y, enseguida, todo cesó.
Ya no media casi dos metros ni tenía el cuerpo lleno de músculos. Sus hombros no eran anchos ni sus manos enormes. El uniforme le quedaba gigante y los pantalones se le habían caído al suelo. A lo mejor debió quitarse la ropa antes de tomar la poción. Cuando gruñó, su voz grave no estaba allí. Ahora sonaba como una flauta dulce de colegio de primaria. Una cosa horrorosa. Procuró no mirarse demasiado mientras se retiraba el uniforme, aunque era evidente que tenía pechos y que ya no había nada colgando ahí abajo. Maravilloso. No terminaba de entender por qué no le habían dejado convertirse en un chico adolescente. Se suponía que así había más posibilidades de que Campuzano se acercara a él (bueno, a ella). Jorge era, principalmente, un cebo. Y Flora también.
Se vistió a toda prisa, braguitas incluidas. No entendía cómo era posible que las mujeres usaran sujetador, cuando era el accesorio más incómodo sobre la faz de la tierra. La ropa parecía ser de su talla, pero vaya falda más corta. Las chicas no tenían ningún sentido del gusto. Se puso las zapatillas (se negó a usar tacones. Podría haberse cargado el operativo) y salió del retrete para contemplarse en el espejo. Ahí estaba él. Pelirroja, con el cabello rizado, la cara llena de pecas y los ojos verdes. No era nada fea. Podría atraer a un canalla como Campuzano sin mucha dificultad.
Se sentía ridículo. Todo fuese por el bien de la investigación. Cuando fue a reunirse con Flora, el Comandante López aguardaba junto a su mesa, con los brazos cruzados y la cara muy seria. No hizo comentario alguno cuando le vio de esa guisa. Ni siquiera se sonrió. Le contempló intensamente y se aventuró con un nombre.
—¿Nunes?
Jorge masculló una maldición.
—No, señor. Armero.
El Comandante alzó las cejas apreciativamente.
—Ya veo. ¿No le parece a usted que debería maquillarse?
—¿Cómo dice?
—Las niñas de ahora se maquillan, sobre todo cuando salen por ahí. Hágase algo en la cara.
Jorge apretó los puños y procuro contenerse.
—Como comprenderá, señor, no tengo ni idea de cómo hacer tan cosa. Por lo general, nunca me maquillo.
—Pues yo resolveré eso. No te preocupes.
Era Flora. O debía serlo porque su voz le resultaba desconocida y ahora lucía como una chica alta, delgada y de pelo negro. Bastante guapa también. De hecho, le daba un aire a Blanca Salcedo. Si a Campuzano le gustaban más las morenas, podría decantarse por ella. Jorge gruñó una maldición, pero no opuso resistencia alguna cuando ella procedió a llenarle la cara de potingues. El Comandante aguardó hasta que hubo terminado, sin decir nada y sin reírse. Qué hombre más estoico.
—Bien, señores —dijo cuando estuvieron preparados para la acción—. Recuerden su tapadera. Se llaman Virginia y Yolanda y estudian en un colegio muggle. Lo demás pueden inventárselo. Seguiremos a Campuzano en todo momento y, sin cambia de aspecto, les haremos llegar una fotografía con su imagen para que puedan identificarlo. Por su bien espero que no la caguen.
Armero y Nunes asintieron. Eran las nueve de la noche. Hora de salir de marcha.
—¡Hola, pelirroja!
—Adiós, caraculo.
El chaval debía tener unos diecisiete años y pareció bastante ofendido. ¡A la mierda! Jorge estaba hasta los huevos de espantar a aquellos adolescentes babosos. Su Yo Chica estaba resultando ser bastante atractiva. Se había quedado junto a la barra del bar y, hasta el momento, media docena de tipejos con las caras llenas de granos habían intentado tirarle la caña. Menudos idiotas. ¿Él también había sido así de joven? No iba a engañarse a sí mismo: lo más probable era que sí.
—Me acaba de llegar un mensaje. Campuzano no ha cambiado de aspecto. Está rondando por los alrededores de la discoteca. Será mejor que salgamos. Por separado. Siempre se acerca a las chicas cuando están solas.
Jorge asintió. Dejó su refresco sin terminar sobre la barra y siguió las instrucciones de Flora Nunes. En la calle había bastante trajín. Muchos chavales dándose el lote por ahí y metiéndose mano, algunos taxistas dando vueltas con los coches a la espera de clientes y adultos que pasaban corriendo o con el perro. Jorge vio a Nunes caminando hacia la derecha y él fue hacia la izquierda. Había un pequeño parque ahí cerca y un banco vacío. Fue a sentarse allí para poder otear mejor el horizonte. Todo estaba tranquilo y no veía a Campuzano por ninguna parte. La multijugos dejaría de hacer efecto en breve y tenía la sensación de que estar perdiendo el tiempo. Le echó un vistazo a su reloj y, de pronto, alguien se dejó caer en el banco, a su lado.
—¡Ay! Mi pie, joder.
Jorge dio un respingo cuando vio que se trataba de Campuzano. El muy bastardo. Su primer impulso fue el de partirle la cara de un puñetazo, pero se recordó que ahora era una chica adolescente. No entendía por qué el hijo de puta no había cambiado de aspecto esa noche. A lo mejor estaba cogiendo confianza. O a lo mejor sólo se trataba de una maniobra de aproximamiento a su próxima víctima. Consciente de que debía comportarse como un buen cebo, le habló.
—¿Te has hecho daño?
Campuzano vestía ropa de deporte y tenía el pelo pegado a las sienes. Jorge recordó que en los campamentos salía a correr todas las mañanas.
—Me lo he torcido. Creo que no he calentado lo suficiente. ¡Maldita sea!
—¡Qué mal!
—Voy a llamar a casa para que vengan a recogerme.
Comenzó a buscar algo en sus bolsillos. Sin éxito.
—¡Mierda! Me he dejado el móvil. ¡Joder! —Entonces, miró a Jorge—. Tú, ¿me dejarías el tuyo un momento?
Pues no. Jorge sonrió y le tendió el teléfono con un movimiento amable e inocente. Campuzano lo agarró con decisión, se puso en pie y se alejó del banco unos metros.
—Muchas gracias, guapa.
Jorge le observó mientras fingía esa llamada. Supuso que estaba aprovechando la tesitura para averiguar cosas sobre él. O sobre ella, más bien. De hecho, tardó casi tres minutos en devolverle el móvil. ¡Merlín! Estaba siendo ridículamente obvio. Un tipo más o menos listo podría averiguar muchos detalles sobre él/ella con solo ver sus redes sociales. Y en el Cuartel de Aurores habían sembrado también en ese sentido. Sólo tenían que esperar para recoger los frutos.
—De nada. Ahora me voy con mi amiga.
—Vale, guapa. Cuídate.
Jorge se alejó de él. Se dio cuenta de que tenía los puños apretados cuando llegó junto a Nunes. Lo único positivo de esa noche era que sólo tenían que esperar a que Campuzano volviera a por más (si decidía hacerlo). Lo negativo, que hubiera elegido a Virgi en lugar de a Yoli.
