LA PRINCESA REBELDE VI

Jorge se subió el tirante del sujetador. ¡Por Bargota, qué molesto era! Echó un vistazo a su alrededor y, un día más, no vio nada sospechoso. Había pasado más de una semana desde su encentro con Elías Campuzano y, hasta el momento, no había hecho su aparición por aquel colegio muggle. Empezaba a ser exasperante. El asunto del ADN no estaba solucionado. Según el oidor del caso, no podía tomarle una muestra a Campuzano porque no tenían pruebas en su contra. La cicatriz de la ceja difícilmente entraba en esa categoría. Tenían dos opciones: obtener la muestra de forma cuestionable o esperar a que cayera en su trampa. Jorge sabía de buena tinta que los agentes que le vigilaban estaban preparados para agarrar cualquier cosa que pudiera servirles. Una colilla, un chicle, un vaso. Pero Campuzano era cauteloso. El muy cabrón.

Jorge sacó el libro de matemáticas de la mochila y recordó sus años de estudiante en Sevilla. Había sacado buena nota en la Selectividad. Quiso ser auror desde pequeño, pero siempre fue consciente de que no era una tarea sencilla. Era importante obtener buenas calificaciones y ser una persona mentalmente estable. Sólo conseguían iniciar el entrenamiento uno de cada diez candidatos. Y no lo terminaban todos. Por eso, había desarrollado un plan B. Si no podía ser auror, estudiaría Derecho y buscaría la forma de dedicarse a la criminología en el mundo muggle. Las matemáticas no se le dieron del todo mal. No eran su pasión, pero superó la asignatura de forma notable. A falta de nada mejor que hacer, abrió el libro y le echó un vistazo. ¡Ah! Los logaritmos neperianos. En el fondo eran divertidos. Estuvo incluso tentado de resolver algún ejercicio, pero debía estar ojo avizor.

Se encontraba en la salida del colegio, sentado en un banco y con el aspecto de la joven Virginia. Se había sujetado el pelo rojo en una coleta y los pantalones cortos le incomodaban. No le gustaba nada ser una chica. Nunes le acompañaba, aunque no estuvieran juntos. Andaba por ahí, procurando localizar a alguien sospechoso. Un hombre alto de aspecto indefinido con una pequeña cicatriz sobre la ceja derecha. Lo más fácil del universo. Se disponía a bufar cuando escuchó una voz a su espalda.

—¿Te gustan las mates?

Giró la cabeza para ver a un tipo de pelo rubio y ojos claros. Era atractivo y llevaba un maletín en la mano. Jorge se dio cuenta de que era él de forma inmediata. Casi podía sentir su magia entre todos los muggles que le rodeaban. Aunque sus fosas nasales se abrieron como si fuera un animal olisqueando su próximo desayuno, logró sonreír y se encogió de hombros.

—Se me dan fatal.

—¿En serio? —El hombre le devolvió la sonrisa y apoyó el maletín en el banco—. Son más sencillas de lo que parece. Sólo se trata de comprender el proceso lógico que hay que seguir para solucionar los problemas.

Menudo montón de mierda.

—¿Proceso lógico?

Animado por su aparente interés, el hombre se sentó a su lado y señaló las páginas del libro.

—Veo que estás con los logaritmos. ¿Te has aprendido ya la tabla de propiedades? —Jorge negó con la cabeza—. Te puedo echar una mano si quieres.

En serio. ¿Así actuaba? ¿En qué pensaban todas esas niñas a las que había violado? Claro que no tenía por qué lograr seducirlas a todas. Algunas debieron mandarlo a freír monas en cuanto se puso en plan baboso. Eso era lo que tendría que haber hecho la Virginia real, pero Virginia era un auror disfrazado.

—No quiero molestarle. Seguro que tiene cosas que hacer.

Se mordió el labio, procurando resultar inocente. Ingenua. Atrayente.

—No es molestia. Me encantan las mates y ayudar a los demás, así que echarte un cable será un placer. Y no me tutees, por favor. Me llamo Juan.

—Virginia.

Se estrecharon las manos. Durante la siguiente media hora, ese individuo le soltó un discurso infumable sobre matemáticas. Hablaba con seguridad, como si supiera lo que estaba diciendo, pero en realidad no tenía ni puta idea. Jorge lo sabía bien porque aún no se le habían olvidado las cosas que aprendió en el colegio. Fingió que le escuchaba con atención e incluso se preocupó por parecer embelesada. En un momento dado, intercambió una mirada muy significativa con Nunes. "Lo tenemos", le dijo con los ojos. "Ya lo creo", respondió ella.

Al cabo de un rato, él apoyó las manos en las rodillas y miró a Jorge con satisfacción.

—¿Qué me dices? ¿Lo has entendido?

—A medias.

—A lo mejor podría ayudarte otro día.

—¿Eres profe?

Campuzano se rio.

—¡Qué va! Soy matemático.

—¡Vaya! Debes ser muy listo.

¿Se había pasado con ese comentario? Aquel tipejo no pareció darle mucha importancia. Movió la mano con aire distraído hasta rozarle la pierna. Era asqueroso.

—Todo en este mundo es cuestión de disciplina. Si te apetece que quedemos otro día, te paso mi número de teléfono.

Jorge se apartó un mechón de pelo de la cara y sonrió.

—Vale.

Entonces, Campuzano le agarró la mano, le arrebató el bolígrafo y le garabateó unos números sobre la piel mientras le dedicaba una caída de párpados que pretendía resultar atractiva.

—Nos vemos pronto, Virginia. Ha sido un placer conocerte.

—Muchas gracias por todo. Te llamaré.

Campuzano se alejó calle abajo, agitando el brazo para despedirse de ella. Jorge contempló los números que había en su mano y dio un respingo cuando Nunes se acercó a él.

—¿Qué ha pasado?

—Me ha dado su teléfono para quedar otro día.

—Vaya puto cerdo.

Y que lo digas.

—Si me disculpas, tengo ganas de vomitar.

Jorge recogió sus cosas y decidió que era el momento de tomarse un respingo. Estaba deseoso de recuperar su forma masculina y, sobre todo, deseaba lavarse esa mano con un estropajo. La piel donde ese bastardo le había tocado le picaba de puro asco.


Blanca apenas se levantaba de la cama. Sus padres no querían presionarla y sus hermanos se afanaban por mantenerla entretenida, contándoles anécdotas sobre la universidad y el colegio. Ella les escuchaba sin sentir demasiado interés. Lo único que le apetecía era dormir. Ni siquiera quería recibir las visitas de sus amigas. No le apetecía ver a nadie. El día anterior le había gritado a Olga, su prima, para que la dejara sola. Tomás pensaba que era algo positivo. El hecho de que sintiera ira significaba que estaba iniciando una nueva fase en su recuperación. Porque iba a recuperarse. Tenía que hacerlo.

Cuando comprendió que estaba dormida otra vez, le acomodó las sábanas y salió del dormitorio. No había nadie más en casa. Los chicos estaban estudiando y su mujer se había ido a dar un paseo con su hermana. Necesitaba despejarse y Tomás había insistido para que lo hiciera. No quería que cayera enferma. Además, por algo se había pedido un buen puñado de días libres en el trabajo. Quería estar con su familia, contribuir para superar esas circunstancias tan trágicas.

Aprovechando que estaban solos, le envió un mensaje a Loren para que acudiera a casa. Quería hablar con él y llevaban unos días sin verse. Su hermano acudió de forma inmediata y Tomás se preguntó a qué se dedicaría exactamente para disponer de esa libertad de movimientos. Siempre había sabido que sus actividades eran absolutamente ilícitas, pero nunca le había preguntado y ya no necesitaba hacerlo. Le bastaba con saber que estaba de su parte.

Loren se apareció en el exterior del piso y llamó al timbre. Tomás lo invitó a tomarse un refresco en la terraza y no tardó en sacar a colación el asunto que deseaba tratar con él. Era inútil andarse por las ramas con alguien tan directo como su hermano.

—Últimamente he pensado mucho sobre la muerte. —Loren alzó una ceja. No tenía forma de saber de qué iba todo aquello—. No sabemos a ciencia cierta lo que ocurre cuando pasamos al otro lado del velo, pero yo sospecho que una vez allí, todo nuestro sufrimiento queda atrás. No parece que la muerte sea el peor castigo que alguien pueda recibir. ¿Estás de acuerdo?

Loren se encogió de hombros y recurrió a una frase hecha.

—Muerto el perro, se acabó la rabia.

—¿Y si te digo que yo quiero que el perro sufra por la rabia durante mucho tiempo?

—¿En qué estás pensando?

Tomás suspiró. Apretó el puño y observó cómo sus nudillos se ponían blancos. Había reflexionado mucho sobre Campuzano y, aunque sabía que sus intenciones eran crueles, le importaba un pimiento. Violar niñas también era cruel. Dejarlas traumatizadas de por vida era una barbaridad. No se merecía ni una pizca de piedad.

—Me he dado cuenta de que no quiero que Campuzano muera. Si lo hace, no habrá pagado por todo el mal que ocasionó.

—Pues dejemos que vaya a Atalanta. Me he informado y podrían caerle hasta treinta años de condena.

Tomás negó con la cabeza.

—Eso tampoco es suficiente.

Carraspeó y se removió con cierta incomodidad. Después, buscó algo en el bolsillo del pantalón y dejó el papelito sobre la mesa.

—He estado investigando en los libros de familia y he encontrado ese hechizo. Es lo que quiero.

Tomás agarró el papel y le echó un vistazo. Parecía un demonio recién llegado el averno cuando sonrió.

—Esto es una cabronada, Tomás.

—Y dura para siempre.

Loren asintió y se guardó el papel con sumo cuidado. Por sus gestos, casi parecía venerar aquel objeto.

—¿Estás seguro?

—Totalmente.

—¿No te gustaría hacerlo a ti?

Pensar en la venganza despertaba una sensación cálida en el pecho, sí, aunque no confiaba del todo en sus capacidades.

—No sé si estoy preparado. Nunca me he enfrentado a ese tipo de magia.

Loren apuró el contenido de su bebida y se puso en pie para desaparecerse.

—Por suerte para ti, yo sí lo estoy.

Un instante después, Tomás estaba solo en la terraza. No veía el momento de darle su merecida lección a aquel monstruo.


Elías soñó con Virginia aquella noche. No era la primera vez. Desde que la viera, se quedó prendado de ella. Era una mujer guapísima. Las pelirrojas nunca le habían gustado demasiado, pero con ella podría hacer una excepción. Y no era tímida. En las dos últimas semanas se habían visto en numerosas ocasiones y ya la había convencido para quedar con ella en su casa. Tendría que encontrar algún piso adecuado a las afueras de Madrid, acondicionarlo un poco para que pareciera un lugar habitable.

—¡Papá!

Las niñas acababan de hacer acto de presencia. Tenían ocho y seis años y se parecían muchísimo a su madre. Eran preciosas. Elías las recibió con los brazos abiertos y se mostró encantado cuando le besaron las mejillas. Martina observaba la escena desde la puerta, sonriente y relajada.

—¡Hola, princesitas! ¿Qué tal en el cole? ¿Tenéis que hacer deberes?

Las pequeñas se miraron, dudaron un instante y asintieron. Nunca decían mentira. La mayor tomó la palabra.

—Sí, pero los haremos luego.

—¿Y eso?

—Prometiste que nos llevarías a volar.

Eso era verdad. Elías intercambió una mirada con su esposa y la vio encogerse de hombros. El quidditch era muy importante en la rutina familiar. Elías era uno de los mejores golpeadores de la península y Martina trabajaba como agente de jugadores. Así la había conocido. Fue en la fiesta que organizaban todos los años los responsables de la competición, después de proclamar al campeón de liga. Martina era una mujer joven y talentosa que iba por la vida subida sobre unos tacones de escándalo y que no se amedrentaba ante nadie. Elías incluso se planteó la posibilidad de contratarla, pero ella le rechazó alegando algo que cambió su relación para siempre. "Nunca mezclo el placer y los negocios, Campuzano". Como no podía ser de otra manera, el placer comenzó esa misma noche. Y hasta ahora.

Elías estaba enamorado de esa mujer. Adoraba a sus hijas. Eran sin duda alguna lo más valioso que tenía. Procuraba ser honesto con Martina. Consideraba que el respeto mutuo era esencial en una relación, pero tenía secretos. Era inevitable tenerlos. Porque su esposa podía amarlo con todo su ser, pero sin duda tenía el cerebro contaminado por la corriente de pensamiento general. No vería con buenos ojos que se sintiera atraído por todas aquellas jóvenes. Algunos incluso las llamaban niñas. ¡Qué estupidez! Hasta no hacía muchos años, una niña se convertía en mujer en el mismo momento en que podía procrear. ¿Cuántas reinas muggles había habido en España, casadas antes de cumplir los dieciocho años? Esa clase de convencionalismos sociales eran estúpidos, retrógrados. Incluso en la actualidad existían sociedades en las que esa clase de relaciones no estaban mal vistas, aunque por lo general con un matrimonio de por medio. Él no deseaba casarse. Únicamente quería satisfacer sus deseos. Un hombre tenía derecho a disfrutar de su sexualidad. Eso de que esta vida es un paño de lágrimas no era para él. Quería disfrutar, obtener todo el placer posible antes de morir. Ojalá sus coetáneos pudiesen comprenderlo. Por eso tomaba tantas precauciones. Sabía que, si cometía un error, las autoridades se echarían sobre él como bestias hambrientas. Y por eso procuraba escoger a chicas muggles, porque la policía no tendría forma de llegar hasta él.

Por desgracia, había cometido un error con Blanca. Era injusto que los magos y brujas hispanii estudiaran en colegios muggles. El modelo británico era muchísimo mejor. Brujos con brujos. Muggles con muggles. ¿Qué posibilidad había de que escogiera a una bruja? Una entre un millón. No estaba muy seguro de la estadística. Poca probabilidad, en todo caso. La suerte le fue esquiva por una vez. Y había sido un tonto. Debió darse cuenta antes de que Blanca se comportaba como cualquier otro brujo que trataba con muggles. Dando respuestas vagas a ciertas cuestiones, siendo esquiva, prudente. ¡Maldito fuera su error! Ya no había marcha atrás. En el mundo mágico se comentaban cosas, aunque desde el Ministerio se estaban ocupando de que la prensa no publicara nada demasiado esclarecedor porque, para colmo de males, era hija de un alto cargo político.

Elías sabía que se estaba arriesgando demasiado. Sabía que lo más prudente era mantenerse alejado de Virginia y de las otras chicas durante una temporada. Sabía que, si le descubrían, su vida se iría a la mierda. Martina jamás le perdonaría algo así. Perdería a sus hijas. Le despedirían del trabajo. Caería en desgracia. Sabía todo eso y, sin embargo, era incapaz de resistirse a la tentación. Llevaba formando parte de él toda su vida. Durante un tiempo la controló, considerando que los prejuicios de la mayoría eran reales, que lo correcto era matar esa parte de sí mismo. Un día, simplemente no pudo más. Recordarlo aún le volvía loco. Desde entonces no podía parar. Dentro de un par de días, Virginia sería suya. Esa tarde, prestó atención a sus hijas.

—Está bien, princesas. Pero tenéis que prometerme que sacaréis un diez en la tarea.

—¡Claro, papá!

—¡Pues vámonos!

Todo fueron gritos satisfechos y besos durante un par de minutos. Elías fue en busca de las escobas y por una tarde se olvidó de ese otro hombre con el que cohabitaba.