LA PRINCESA REBELDE VIII

Jorge contempló su reflejo en el espejo. Esperaba que esa fuera la última vez. Virginia resultó muy útil para la investigación, pero no la echaría de menos. Pese a eso, Jorge había sentido la necesidad de honrar la memoria de aquella persona que donó sus cabellos al Ministerio de Magia. Cuando le preguntó a doña Cleta, recibió una mirada tan heladora que temió quedarse petrificado allí mismo, en el pequeño almacén. Por suerte, la mujer tuvo a bien proporcionarle cierta información. La muestra F-1834-AGD.039 pertenecía a Antonia García Dueñas, nacida en Cádiz en 1808. Después de contagiarse de viruela de dragón, y ante la inminencia de la muerte, comprendió que quería trascender de alguna manera y ayudar a la comunidad mágica. Jorge contempló los cabellos rojos y las pecas sobre la nariz y lamentó que aquella joven hubiera tenido una muerte tan prematura. Se prometió a sí mismo que procuraría buscar una tumba a la que llevar flores y procedió a ponerse la ropa que usaría durante esa misión. Un vestido corto de tirantes y estampado de flores. Él no era ningún experto en moda femenina, pero no le parecía adecuado para estudiar. Era muy incómodo de llevar. Si tirabas hacia arriba para cubrir el pecho, la falda quedaba demasiado corta. Y si tirabas hacia abajo para no enseñar el trasero, el escote se acercaba peligrosamente al ombligo. Salió del cuarto de baño gruñendo y acomodándose la dichosa prenda. Flora Nunes le esperaba fuera. Alzó una ceja al verle y sonrió.

—Estate quieto, Armero. Vas a romper el vestido.

Era difícil seguir sus recomendaciones. Para colmo de males, llevaba esos zapatitos con tacón. ¿De verdad las jóvenes estudiaban de esa guisa? ¿Campuzano se iba a tragar esa trola?

—No sé cómo las mujeres podéis ir así.

—A mí no me gustan los vestidos. —Nunes le puso una mano en la espalda—. A ver. Enderézate y para de una vez.

Le hizo caso. No le gustó el resultado. Enseñaba demasiadas piernas.

—Será mejor que alargue un poco el bajo.

Echó mano de la varita, pero Nunes le detuvo.

—Ni hablar. Queremos que Campuzano te encuentre irresistible. Estás perfecto.

Tenía razón. Jorge resopló y siguió a su compañera hasta la oficina central. Allí esperaban los dos agentes de Seguridad Mágica que les acompañarían durante el operativo. Mientras Jorge procuraba seducir a Campuzano, Nunes y los compañeros estarían en el piso contiguo, presenciándolo todo y preparados para intervenir de ser necesario. Jorge deseaba con todas sus fuerzas que no lo fuera. Sabía que era posible que Campuzano intentara drogarlo y hechizarlo como a las otras niñas, pero estaba preparado. O creía estarlo.

—¿Lo repasamos todo otra vez? —preguntó Nunes justo antes de partir.

—No, joder. Cuánto antes terminemos con esto, mejor.

Todos asintieron. Jorge se colocó la mochila. Le hubiera gustado tener la varita oculta entre la ropa, pero con ese vestido era imposible. Según Nunes, lo mejor era guardarla entre los libros. Si Campuzano intentaba tocarle y notaba la varita, toda la investigación podría irse al traste. También tenía razón en eso. Jorge suspiró y, justo cuando se preparaba para desaparecerse, el Comandante López hizo acto de presencia. Venía casi corriendo, con la cara roja y la frente perlada de sudor. Se limpió con un pañuelo blanco y les miró con algo parecido a la satisfacción.

—Así que ya se marchan. Bien. Espero que se muestren profesionales y logren atrapar a Elías Campuzano hoy mismo. No se atrevan a cagarla.

El hombre siempre tan positivo. Cruzándose de brazos, les observó mientras se marchaban. Jorge tuvo que contenerse para no poner los ojos en blanco. Instantes después, estaba en el punto acordado para la desaparición. Intercambió unas palabras con Nunes y los otros y se metió de lleno en el papel de Virginia. Con la mochila colgada de un hombro, avanzó por la calle a buen paso hasta llegar al edificio en el que se produciría su encuentro con Campuzano. Se suponía que él ya estaba allí (le había dicho que era su casa), así que llamó al timbre y no tardó en obtener respuesta.

—¿Sí? ¿Quién es?

Como si no lo supiera ya.

—Soy Virginia, ¿me abres?

—Claro, preciosa. Sube.

Jorge tuvo la sensación de estar metiéndose en la boca del lobo cuando entró al edificio. Sabía que sus compañeros ya estaban en el piso de apoyo, puesto que se aparecieron allí directamente. Se recordó a sí mismo que era un hombre adulto, un brujo capaz y un auror preparado para enfrentarse a magos tenebrosos. Pese a ello, estaba nervioso. Le asqueaba saber lo que estaba a punto de ocurrir. Tendría que hacer un gran esfuerzo de contención para no echarlo todo a perder. Era una adolescente. Debía ser seductora para que Campuzano cayera en sus redes y al mismo tiempo comportarse como una chica de esa edad. Respiró hondo cuando se subió al ascensor y se quedó quieto durante un instante cuando descubrió a Campuzano esperándole en el portal. Estaba sonriente, con las manos metidas en los bolsillos y aspecto relajado. La saludó con dos besos en las mejillas y le puso una de sus garras en la espalda para invitarlo a entrar.

—No has tenido problemas para llegar, ¿verdad?

—¡Qué va! El autobús me ha dejado aquí al lado.

—Siéntate, preciosa. ¿Quieres tomar algo?

No, claro que no.

—Un poco de agua. Tengo muchísima sed.

Campuzano asintió y abandonó la sala. Jorge echó un vistazo a su alrededor. Era una casa de muggles normal y corriente. Una televisión grande, muchos libros en las estanterías y ninguna fotografía familiar. Seguro que ese cabrón las había quitado todas. Dejó la mochila en el suelo, sacó los libros y colocó la varita de tal forma que pudiera agarrarla con facilidad. Después, tomó asiento. El hombre no tardó nada en regresar con dos vasos vacíos y un botellín de agua con gas.

—¿Te gusta así? Se me ha olvidado comprar de la normal y es lo único que tengo fresco.

—Claro, así está bien.

Campuzano se sentó a su lado. Jorge le dio un sorbo al agua. No notó nada raro, aunque eso no significaba nada. Hasta el momento, ninguna de las chicas notó algo en la bebida, salvo que después se encontraron un poco mareadas. Miró de reojo a ese hijo de puta y lo vio agarrar un bolígrafo. Así que iba a hacer el papel de profesor de matemáticas. Perfecto.

—¿Tienes alguna duda sobre los ejercicios que vimos el otro día?

—Hay uno que no me quedó del todo claro.

Jorge le señaló algo en la libreta. Campuzano sonrió y se acercó un poco más a él. Le explicó con paciencia lo que supuestamente había hecho mal, Jorge fingió que lo entendía y se echó el pelo hacia atrás, dejando al descubierto el cuello. Sonrió para sí mismo cuando descubrió a Elías mirándole con interés. Bien. A ver si terminaban de una vez con ese paripé.

—Si te parece, podemos seguir con el próximo tema. ¿Cuándo tienes el examen?

—Dentro de quince días.

Elías se mostró tan profesional durante tanto tiempo que Jorge comenzó a perder la esperanza. Tendría que volver a tomar la multijugos, a la espera de que ese individuo se decidiera. ¿Y si no le gustaba? No quería plantearse la posibilidad de tener que probar con otra muestra de cabello. Llevaba más de un mes trabajándose a ese cretino, por nada del mundo quería retroceder. ¿Y si fingía que se tiraba agua en el escote? Era arriesgado, pero con suerte merecería la pena. Estaba estudiando con mucha seriedad esa posibilidad cuando Campuzano le puso una mano en la rodilla. El respingo que dio no fue fingido en absoluto. Elías le sonrió.

—¿Todo bien, preciosa?

Soltó una risa nerviosa.

—Claro. Todo bien.

Elías amplió la sonrisa. Tenía unos dientes perfectos. Había que reconocerle que se esforzaba por parecer atractivo. Jorge estaba tenso e incómodo y se imaginó cómo debieron sentirse esas niñas justo antes de que las hechizara. Maldito bastardo. Cuando la mano subió hacia arriba, acariciando con suavidad, supo que debía apartarse. Era lo que habían hecho todas. Sólo si se negaba quedaría claro la clase de bestia que era.

—Yo no… —Musitó con timidez, aunque en realidad quería arrearle un puñetazo en los morros.

Pensó que él intentaría forzar la situación, pero agachó la cabeza como si estuviera arrepentido.

—Lo siento, Virginia. Yo pensé que… He cometido un error. Cálmate. Voy a por más agua.

Ahora sí. Jorge olfateó el aire y pensó en sus compañeros. Nunes y los otros debían permanecer alerta. Miró de reojo la varita. Campuzano regresó con más agua. Bebió mansamente, como si la necesitara para calmarse. Vio esa sonrisa mezquina en su rostro, tan distinta a los demás, y supo que lo había hecho antes de que el cuerpo se le quedara flojo. Le había drogado. Entonces, Elías le puso las manos en el cuello.

—Calma, preciosa. Todo va a estar bien.

Intentó darle un beso. Jorge no pensaba pasar por eso y, aunque se estaba mareando un poco, logró apartarlo.

—No quiero.

—Será peor si te resistes. Tú déjame a mí. Sé lo que hago.

Jorge vio cómo se llevaba la mano a la varita. No pensaba dejar que lo hechizase, así que acertó a darle un golpe en el brazo. Fue bastante flojo (Virginia era una chica menuda), pero bastó para que la varita saliese volando por los aires. Ahora sí, Campuzano pareció enfadado y le apretó el cuello.

—¿Qué haces, estúpida? Quiero que esto sea fácil para los dos. Estate quieta.

Y un carajo. Jorge alzó la mano para pegarle. Sólo necesitaba un poco de espacio para coger su varita, pero cada vez estaba más débil y apenas pudo rozarle. El puñetazo que le arreó Campuzano sí le volvió la cara del revés.

—Tú lo has querido, puta.

No hizo ademán de ir a por la varita. Sabiendo que tenía a Virginia a su merced, la levantó agarrándola por el cuello y la tumbó boca arriba sobre la mesa. Jorge nunca se había sentido tan indefenso. Pensó que estaba perdido cuando ese cabrón tanteó en sus partes más íntimas y, entonces, escuchó la voz de Flora Nunes muy cerca, justo al lado.

—Apártate de ella, Campuzano —Tenía la varita pegada a la nuca de ese bastardo. Podría freírle los sesos con suma facilidad—. Quedas arrestado por intento de violación. Y ya veremos qué más te cae, hijo de puta.

No se resistió demasiado. Era obvio que estaba alucinando e intentaba comprender lo que ocurría. Los de Seguridad Mágica le colocaron las esposas y se desaparecieron con él en menos de un segundo. Jorge se revolvió sobre la mesa e intentó cubrirse. Tenía el vestido roto y se sentía avergonzado. Débil. Estaba seguro de que Nunes iba a reírse de él, pero cuando la miró, estaba seria y parecía preocupada.

—¿Estás bien, Armero?

—No sé qué mierda me ha dado ese cabrón. Creo que voy a…

Y se desmayó.


Cuando recuperó la consciencia, volvía a ser un hombre. Alguien le había puesto un pijama de San Mateo y estaba cubierto por unas sábanas blanquísimas, pero no estaba en el hospital. Aquello era la pequeña enfermería que había cerca del cuartel, donde los aurores eran tratados de pequeñas heridas. Aunque le dolía el pómulo derecho, no debía tener nada grave. Se incorporó un poco y no se notó mareado.

—No debería moverse todavía.

Jorge miró hacia la derecha. Vio al viejo sanador que estaba a cargo del personal de Seguridad Mágica. Era tan mayor que parecía a punto de partirse en mil pedazos. Jorge gruñó, decidido a no hacerle caso.

—Insisto, auror Armero. Le administraron una poción paralizante muy potente. Aunque le hemos tratado con el antídoto más adecuado, es posible que pueda sufrir mareos y nauseas durante las próximas dos horas.

—Me encuentro perfectamente. Tengo que ir a ver qué pasa con el prisionero.

Se sentó sobre la camilla, giró el cuerpo hacia la derecha y posó los pies en el suelo. Seguía sin encontrarse mal. Era un hombre grande, así que cabía la posibilidad de que su organismo se recuperara antes que el de las otras víctimas. El sanador le estaba mirando como si lo considerara un idiota y también con algo de resignación. Debía estar acostumbrado a que sus pacientes se comportaran de esa manera.

—Si va a hacer lo que le dé la gana, al menos tenga esto.

Le entró una cajita de madera. En su interior, una hoja con instrucciones y media docena de viales.

—Tiene el pómulo roto. Debe tomar la crecehuesos para repararlo y algo para el dolor. También necesita más dosis del antídoto. Ahí tiene todas las instrucciones. —Dicho eso, procedió a abandonar la habitación, mascullando entre dientes—. Irresponsables. Nunca hacen caso. ¿Para qué estoy yo aquí?

Aunque entendía la frustración del sanador, le importaba bastante poco. Jorge descubrió que alguien había dejado su ropa sobre una silla y procedió a vestirse. Hubiera preferido el uniforme, eso sí.

Cuando llegó al Cuartel General de Aurores había bastante movimiento. Todos cuchicheaban sobre la última detención. Jorge no prestó mucha atención. Supuso que el detenido debía estar en la sala de interrogatorios y hasta allí fue. Su primera intención fue la de irrumpir en la estancia sin más, pero el Comandante López le salió al paso.

—¿Qué hace aquí, Armero?

—He venido a interrogar a mi prisionero.

—El señor Campuzano no es su prisionero y usted está convaleciente. Vuelva a la enfermería.

—Ni hablar. Llevo semanas trabajando en este caso y no me voy a echar a un lado justo ahora.

Se mostró firme, contundente. Era mucho más alto que el Comandante. Debía resultar intimidante y, sin embargo, el hombre ni se inmutó. De hecho, parecía gigantesco cuando le habló.

—Usted va a hacer lo que yo le diga, Armero. No me toque los huevos.

—Pero, señor.

—Nada de peros. Acaba de experimentar una situación traumática.

—¡No estoy traumatizado! —protestó, ofendido. El jefe insistió.

—Una situación traumática, he dicho. —Se mostró tan firme y seguro de sí mismo que Jorge incluso se creyó a punto de sufrir un ataque de nervios—. Necesita reponerse física y mentalmente. Mientras tanto, sus compañeras se encargarán del interrogatorio. Son buenas profesionales.

Jorge suspiró. De nada le servía enfrentarse a ese hombre. Puso los brazos en jarra y suavizó sus modales.

—¿Quién está dentro?

—Nunes y García-Callejón.

Dos mujeres. El acusado podría sentirse intimado por ellas o menospreciarlas. Era una buena idea.

—¿Qué ha dicho hasta ahora?

—Poca cosa. Afirma que no tenía intención de hacerle nada a Virginia pese a que ella le provocó sexualmente.

Jorge ahogó una risa sardónica.

—¿Sabe ya que soy un auror?

—Ese es un as que nos estamos guardando bajo la manga. —El jefe parecía satisfecho por ello—. Espero que no la cague.

—Por supuesto, señor.

—Lo bueno es que hemos conseguido que el oidor firme una orden para cogerle una muestra de ADN y cotejarla con las que ya tenemos. Es cuestión de días que Campuzano caiga. Puede inventarse todas las mentiras que quiera, pero cuando se confirme que violó a las chicas muggles y a la señorita Salcedo, podremos ir a por él con todo.

Usar la legeremancia, examinar su varita, registrar su casa. Todo.

—Está jodido —dijo Jorge, contento porque todo fuera a terminar de una vez.

—Es posible. Pero no podemos confiarnos. El tipo tiene pasta. Su defensora es una de los mejores de la península. Una tipeja carísima que no tiene escrúpulos. Si existe una persona en el mundo capaz de joder este caso, es ella.

Debía tratarse de Palmira Ortega. Jorge se había topado con ella en alguna vista judicial y era un auténtico grano en el culo. No podía entender qué clase de mujer podía defender a un violador de niñas.

—Vaya rastrera de mierda.

Se le escapó. No debió decirlo en voz alta. López le miró con indulgencia.

—Todo el mundo tiene derecho a ser defendido con todas las armas que proporciona la ley. Incluso Campuzano.

—Pues Campuzano me toca mucho los cojones.

Seguro que eso tampoco debió decirlo. El jefe se rio, pero solo un poco.

—Lárguese de aquí, Armero. Tómese un par de días de descanso, hasta que se le suelden los huesos de la cara. Ya le avisaremos cuando sea necesaria su presencia.

Incluso contra su voluntad, Jorge obedeció. El Comandante López, como casi siempre, tenía la razón de su lado.


A nadie le extrañó que Roberto Peñalver acudiera a la residencia de los Salcedo para interesarse por el estado de salud de Blanca. La niña permaneció encerrada en su cuarto, acompañada de su hermano menor, así que Tomás tuvo ocasión de charlar con él en la terraza. Le invitó a un chocolate con churros (necesitaba meterse algo caliente en el estómago) y procuró no mencionar demasiado a su hija. Por un lado, temía descubrir sus intenciones. Roberto le conocía bien. Por otro, todo ese asunto le rompía por dentro. Le hubiera encantado ser capaz de olvidarlo todo así, sin más. Pero no podía. Ni Blanca tampoco.

—Te traigo novedades —anunció de pronto, cuando Tomás amenazó con empezar a divagar—. Ayer arrestaron a Campuzano. Lo están interrogando, aunque se ha buscado una defensora dura de roer. Ortega.

Tomás la conocía bien. Se codeaba con las altas esferas. Era una hija de puta muy buena.

—Dime que no va a librarse.

—Todavía es pronto para afirmarlo. No saben qué estrategia seguirá, pero podremos contrarrestarla. Tenemos muchas pruebas en su contra, Tomás. Se pudrirá en Atalanta. Por mi parte, estoy dispuesto a mover hilos si es necesario. Ya sabes lo importante que será el oidor que lleve el juicio. Por supuesto, no puedo ser demasiado obvio, pero intentaré que sea alguien que vaya a beneficiar nuestros intereses.

—Yo había pensado en Castillejos. Siempre se muestra inflexible cuando hay muggles implicados.

—Sí. Castillejos o Lozano.

—Lozano es joven.

—Por eso precisamente. Querrá hacer méritos para su carrera profesional. Encerrar a un pederasta no puede perjudicarle.

—Pero un caso mediático sí. Campuzano juega al quidditch. Es famoso. ¿Crees que no utilizará la prensa en su beneficio?

Tomás había pensado mucho en eso. Por supuesto que su venganza personal seguía en pie, pero eso no significaba que no quisiera que todo el peso de la justicia cayera sobre ese cabrón. Nunca había sido dado a las corruptelas y estaba dispuesto a hacer una excepción en esa situación.

—Castillejos entonces.

Charlaron un rato más. Cuando Roberto se fue, Tomás avisó de inmediato a su hermano. Debían mantenerse alerta para encontrar el momento más adecuado y actuar. Pronto, muy pronto, todo llegaría a su fin.